De Son Sant Joan a Gatwick y un vistazo a Picadilly

Día 1 | 7 de diciembre de 2015

Mapa de la etapa 1

Diciembre de 2015. Un momento tan bueno como cualquier otro para visitar Londres por primera vez. Tras varios intentos en vano de planificar un viaje a la capital británica por fin damos el salto hacia el norte en forma de regalo de cumpleaños desesperado para una chica que ya lo tiene todo. Un alto en el camino en la tradición que suponen nuestros viajes habituales de coche de alquiler y miles de kilómetros sobre ruedas.

Comienza esta historia en lunes, a una hora temprana pero no ofensiva como son las 8:30. Esperando junto a la puerta, dos mochilas y una maleta a facturar. No tarda en sonar el teléfono anunciando que mi suegro en su rol de chófer está ya esperándonos para llevarnos al aeropuerto. Para empezar bien las vacaciones, cierro la puerta de casa dejando dentro una llave puesta y obligando a que ese mismo suegro tenga que cambiarse horas después el uniforme de chófer por el de cerrajero y arreglar el entuerto.

Gracias al escaso tráfico enseguida nos encontramos en el vestíbulo de Son Sant Joan buscando los mostradores de facturación de EasyJet. Se trata de otra novedad para nosotros, novatos con esta compañía low-cost que nos permite dar el salto a dos personas hasta el aeropuerto de London Gatwick por 182€, los cuales incluyen la facturación de un bulto como añadido al equipaje de mano. Gatwick no es un aeropuerto especialmente cercano y desplazarse hasta la ciudad implica un gasto adicional pero el bajo coste de los billetes de avión lo compensa.

El proceso de facturación nos roba varios minutos debido a que solo dos mostradores permanecen abiertos, pero finalmente subimos a los controles de seguridad y tras un control de pasaportes alcanzamos la puerta de embarque D97. El aeropuerto mallorquín presenta un aspecto casi desolado, muy llamativo en comparación con el infierno que alberga durante los meses de temporada alta. Aprovechamos nuestros primeros minutos esperando frente a la puerta para trazar un plan de qué hacer en Londres esta misma tarde si los horarios nos respetan. A diferencia de viajes anteriores esta vez llevamos una planificación muy vaga y nuestra meta es ir cubriendo la lista de cosas a visitar según avance la experiencia.

Pasados unos minutos de la hora programada para el embarque subimos al avión. Parece que todo va como la seda, pero no tardan en llegar las malas noticias: al parecer hay una congestión de tráfico aéreo al norte de Francia que impide que la torre de control autorice el despegue de nuestro vuelo. No queda más remedio que esperar sentados en nuestras butacas a que la situación mejore, y así nos lo informan por megafonía mientras los auxiliares de vuelo dan explicaciones a los pasajeros en un inglés cuyo acento queda claro desde un inicio que no es el americano al que estamos más acostumbrados.

Hora de embarcar
La ventaja de subir a pie son las vistas mientras esperas

Empieza el avión a moverse alrededor de una hora después de lo esperado. A partir de ese momento, ya no hay más imprevistos: nos despedimos de tierra y empezamos a sobrevolar el mediterráneo con rumbo noroeste. No tardamos mucho en presenciar desde la ventanilla los nevados Pirineos dándonos la bienvenida al espacio aéreo francés. El cielo permanece despejado durante todo el trayecto... hasta que empezamos a sobrevolar las islas británicas, momento en el cual un manto de grises nubes confirma nuestra llegada y no permite disfrutar demasiado de las vistas desde las alturas. Pensando ya en zona horaria GMT (una hora menos que en península y Baleares) tomamos tierra en Gatwick a las 13:30, una hora más tarde de lo esperado. Afortunadamente no habíamos reservado nuestro medio de transporte hasta la ciudad con antelación, lo cual hubiera supuesto un problema debido al percance que ha provocado el retraso.

Nuestros primeros pasos en tierra corresponden al largo paseo atravesando la terminal norte de Gatwick hasta alcanzar el control de pasaportes, que consiste en unas máquinas automáticas que registran tu acceso al país y te toman una fotografía. Cuando superamos el control nuestra maleta está ya dando vueltas en la cinta de equipaje, por lo que estamos ya en disposición de conseguir nuestro transporte hasta la ciudad.

Primeros pasos por Gatwick

Londres tiene numerosos aeropuertos, siendo Gatwick uno de los que más alejados quedan. Eso provoca que haya que investigar y hacer un importante desembolso para desplazarse desde la terminal hasta la ciudad, y lo de investigar es literal ya que no faltan alternativas. La más obvia es el Gatwick Express, un tren de alta frecuencia y que promete conectarte con la capital en apenas 30 minutos de trayecto. Sin embargo nos presenta dos inconvenientes: el primero su elevado precio y el segundo que para el día de nuestro regreso unas obras en curso provocan que el servicio esté interrumpido y se sustituya con autobuses que ya no pueden asegurar ese tiempo tan corto de viaje.

Por ese motivo y tras descartar varias opciones como easyBus debido a las críticas de los clientes a través de la red nos decantamos por National Express, una compañía de transporte que fleta autobuses a intervalos irregulares desde Gatwick hasta la ciudad. La parte negativa es que la duración del trayecto aumenta hasta 90 largos minutos entre el origen y el destino. La parte positiva es que el importe por un pasaje de ida y vuelta se queda en 15 libras por persona, tres veces menos que el Gatwick Express. Otro atractivo es que, mientras Gatwick Express tiene su salida en la terminal sur y nos obligaba a usar las lanzaderas internas del aeropuerto, National Express recoge a sus pasajeros desde la misma terminal norte en la que aterrizábamos. Ambas opciones nos dejarían igualmente en la estación de London Victoria desde la que enlazar con un transporte más, por lo cual ese aspecto no afectaba a tomar una decisión u otra.

Siguiendo la buena señalización del aeropuerto llegamos a las máquinas de venta automática de National Express, con la desagradable sorpresa de que por dos minutos hemos perdido el autobús de las 14:00. Eso nos obliga a reservar pasajes para el siguiente, que no saldrá hasta 30 minutos después. Para la vuelta, elegimos el doloroso horario de las 4:30 de la mañana obligados por la temprana hora a la que despegará nuestro vuelo de regreso a Palma de Mallorca. Salimos al exterior de la terminal donde con poco esfuerzo encontramos el andén en el que el vehículo pasará puntualmente a recogernos. Para amenizar la espera, nos aprovechamos de la conexión a Internet que Gatwick ofrece a los pasajeros que se registren mediante un formulario web.

Llega la hora y tras presentar nuestro billete y entregar el equipaje para que el propio chófer lo almacene en el maletero nos subimos a bordo. Nos quedan por delante 90 eternos minutos en los que ser testigos de cómo poco a poco desaparecen los últimos rayos de luz y con ellos nuestras opciones de poder disfrutar de la ciudad con luz natural en nuestro primer día. La duración del trayecto queda justificada por la cantidad de núcleos urbanos que atraviesa el autobús, cuyo itinerario parece diseñado para sufrir cuantos semáforos rojos sea posible. De nuestro primer vistazo a través de la ventanilla a la vida en las afueras londinenses destacamos el aspecto antiguo de todos los edificios y la cantidad de pequeños comercios ocupando las plantas bajas. Según nos acercamos a la capital, empiezan a sucederse también locales de esas casas de apuestas que en España solo operan a través de Internet.

A diez minutos de la hora programada para nuestra llegada a la estación, el autobús rodea el primer gran parque metropolitano que podemos descubrir. Una ridículamente grande extensión de césped en la que se suceden pequeños campos improvisados de fútbol y donde, pese a que la oscuridad empieza a ser predominante, todavía queda bastante gente disfrutando de la tarde. Son las 16:00 cuando las señales de tráfico indican que estamos llegando a la estación de London Victoria.

Recogemos nuestro equipaje y nos disponemos a cruzar nuestros primeros pasos de peatones para recorrer la corta distancia que separa las estaciones de autobuses y metro. Como no podía ser de otra manera, nuestros primeros cambios de acera vienen acompañados del ritual de mirar hacia todas las direcciones ya que no sabes por dónde viene el tráfico. Entramos al pequeño centro comercial que sirve de antesala al gran vestíbulo de London Victoria Underground y nos dirigimos hacia las taquillas.

Turno ahora de explicar nuestra decisión tomada respecto al transporte dentro de la ciudad para los próximos días. Londres, como toda gran urbe que se precie, está atestada de transporte público en forma de metro (al que aquí se refieren como “tube” o el más formal “underground” pero desde luego no como “subway”) y autobús, con esos característicos vehículos rojos de dos plantas cuya flota ahora está renovada y ya no mantiene estrictamente ese aspecto clásico de antaño. Aunque nuestra intención sea caminar bastante a lo largo y ancho de la ciudad, no faltarán ocasiones en las que subir a un vagón o un autobús para ganar tiempo y de paso descansar las piernas. Se hace por lo tanto imperativo buscar la solución con la mejor relación calidad/precio para cubrir este apartado.

Tras investigar todas las opciones redujimos a dos las soluciones más atractivas. La primera es la Oyster Card, una tarjeta magnética, personal y recargable en la que puedes ir rellenando un saldo que va decrementando a cada uso que hagas de los transportes a razón de 2,10 o 2,80 libras por trayecto en función de la hora del día. El aliciente está en que la tarjeta tiene un límite diario de siete libras a partir del cual tu saldo deja de disminuir por mucho que continúes utilizando el transporte público durante ese día. En el caso extremo (pero bastante probable) de alcanzar ese límite a diario, estaríamos hablando de que seis días de transporte nos costarían 42 libras a cada uno.

Por otro lado tenemos la Travelcard. Con un sistema mucho más simple, consiste en una tarjeta de papel que junto a una identificación personal te habilita para utilizar el transporte de forma ilimitada desde el primer instante. Para el caso de uso limitado a las zonas 1 y 2 del área metropolitana y durante siete días, el importe por persona se queda en 32 libras. Así que por simples matemáticas, estaba claro que esta segunda era nuestra opción más sensata.

Pero todavía había más, ya que las ventajas de una Travelcard pueden variar en función de con qué entidad la obtengas. Concretamente, si la adquirimos a través del servicio nacional de trenes National Rail podemos aprovecharnos de un programa de “2 por 1” en entradas para infinidad de lugares que raramente faltarán en la agenda de un turista en Londres. Previa "reserva" (pero sin abonar nada todavía) en la web de la promoción 2for1 y presentando el resguardo en taquilla junto a las dos Travelcard podemos reducir a la mitad el coste de visitar lugares como la Abadía de Westminster o la Torre de Londres, o incluso el elevado precio de montarse a la noria del London Eye.

Así que no había discusión: teníamos que buscar las taquillas de National Rail en la estación de London Victoria y hacernos con sendas Travelcard. Para ello hay que venir preparado con, además del obvio pasaporte, una foto de tamaño carnet para la identificación que acompaña al bono de transporte. No sin esfuerzo por culpa del alboroto de la estación y el acento cerrado del empleado en taquilla conseguimos nuestras tarjetas y estamos ya preparados para estrenarlas con el metro. Seguir con calma las indicaciones y realizar un transbordo nos dejará en la estación de Goodge Street cercana al que será nuestro hogar durante las próximas seis noches.

Superado el trance con un metro de Londres que puede resultar algo caótico y confuso durante los primeros usos, volvemos a la superficie en la prevista Goodge Street. Solo nos quedan cinco minutos más que caminar ataviados con el equipaje hasta alcanzar nuestro hogar: el Ridgemount Hotel. Hablemos de hoteles.

La vida en Londres es alarmantemente cara y el alojamiento no es una excepción. Durante nuestros primeros pasos de preparación del viaje no tardamos en reducir la lista de posibles alojamientos a apenas dos o tres locales que ofrecen tarifas más económicas a cambio de sacrificar ciertas comodidades. Uno de ellos era el Ridgemount Hotel, cuyos principales atractivos eran su buena ubicación cercana al British Museum y a varias paradas de metro y autobús así como un precio ajustado que se quedaba en 86 libras por noche, desayuno incluido. Su principal inconveniente era que, para gozar de ese precio más económico, había que renunciar a las habitaciones con baño privado y recurrir a las duchas compartidas repartidas por el edificio. Viniendo de un viaje en el que pasamos dos semanas durmiendo en una furgoneta parecía un sacrificio que podíamos permitirnos.

Tras superar varios hoteles aparentemente idénticos a lo largo de Gower Street alcanzamos nuestra parada. Llamamos al timbre y nos abre desde la distancia en su oficina una señora mayor que será quién nos reciba y nos haga una introducción del lugar. Semanas antes solicitamos a través del correo electrónico una habitación de las más cercanas al jardin trasero del edificio con el fin de evitar así el posible tráfico que transita por la calle principal. La señora nos informa de que, para poder satisfacer nuestra petición, no le ha quedado más remedio que asignarnos una habitación que para nuestra última noche ya estaba reservada y deberemos abandonar en detrimento de una nueva estancia. Aceptable. Tras informarnos de la ubicación de la sala de estar con máquinas de vending y ordenadores, del comedor en el que se sirve el desayuno y el camino más corto hasta nuestra habitación y los baños compartidos más cercanos, la señor nos hace entrega del juego de llaves. Una abre tanto la verja exterior (cerrada a partir de las 23:00) como el portal del edificio mientras que la otra es la que se corresponde a nuestro cuarto.

Subimos a la primera de las dos plantas de la vieja casa convertida en hotel y encontramos la puerta con un número 6 clavado en ella. Nos espera en su interior una habitación razonablemente amplia con hasta tres camas (una doble y dos individuales) y una ventana que, deseo cumplido, ofrece vistas a los Ridgemount Gardens de la parte posterior del edificio. Nuestros pasos sobre la moqueta hacen crujir el suelo mientras exploramos los baños más cercanos, consistentes en un par de retretes, una bañera y una minúscula ducha que será suficiente para cumplir su función. Nos instalamos y, pese al cansancio del viaje, hacemos el esfuerzo de echarnos a una calle ya completamente de noche para nuestra primera toma de contacto con la ciudad.

Tras el atracón de transporte en forma de aviones, autobuses y trenes lo que nos pide ahora el cuerpo es caminar. Y eso hacemos en dirección sur, con ayuda de los mapas de Google previamente descargados en el smartphone para no depender de una conexión a Internet de la que no disponemos. Sin tener que cambiar de dirección, Gower Street se convierte primero en Bloomsbury Street y acaba desembocando en Shaftesbury Avenue, una vía en la que el tráfico y los peatones se triplican y donde nos espera nuestra primera parada: Forbidden Planet.

Forbidden Planet es, dicho rápido y mal, una tienda friki. Especificando un poco más, es una cadena de librerías que ha ido ampliando sus líneas de negocio con todo tipo de artículos de merchandising relacionado con obras de cine, televisión y cómics. El local ante el que nos encontramos se ha convertido en un punto de referencia en el que se fijan tiendas que apuntan a un público similar, como las del conocido como “Triángulo friki” de Barcelona. Dicho de otro modo, en su interior nos esperan dos plantas con cientos de artículos de prácticamente toda película y serie de televisión que adoramos. Star Wars, Doctor Who, Game of Thrones, el universo Marvel, Regreso al Futuro... nada escapa de las garras de sus abarrotadas estanterías. Mientras la planta baja se centra en figuras y artículos varios sobre cada franquicia (con especial mención a los muñecos Funko Pop de absolutamente cualquier personaje imaginable), la planta subterránea la monopolizan pasillos y pasillos repletos de libros y cómics. No cabe duda de que es un templo en su especialidad pero esperaba algo todavía más ofensivo. Me llevo conmigo una pequeña TARDIS para un amigo y una figura Funko de Emmett Brown para acompañar a la de Marty McFly que tengo esperando en casa. Las figuras de coleccionista como un Boba Fett de 20 centímetros y un precio de 500 libras se salen un poco de mi presupuesto.

Doctor Who para bolsillos generosos
Orphan Black para presupuestos más ajustados
There's been an awakening...
Doctor Who, también en literatura

Al regresar a la calle y seguir caminando por Shaftesbury descubrimos un local de la cadena de hamburgueserías Shake Shack que no teníamos controlado, pero consideramos que todavía es temprano y podemos volver en otro momento. Seguimos la marcha sin cambiar de calle y perdemos ya la cuenta de cuántos turistas españoles hemos detectado a nuestro paso al escuchar sus conversaciones. En el extremo más occidental de la avenida Shaftesbury nos espera otro punto de visita obligada en la capital inglesa: Picadilly Circus.

Dicen que las comparaciones son odiosas, y en el caso de Picadilly no juegan a su favor. Conocida como “la Times Square de Londres” creo no equivocarme cuando digo que cualquiera que haya estado en ambos sitios consideraría que la comparación no se sostiene por ninguna parte. Sí, la plaza de Picadilly es un punto estratégico de la ciudad. Sí, mucha de la oferta de ocio se concentra tanto en ella como en sus alrededores. Sí, uno de sus laterales se caracteriza por apilar varias pantallas publicitarias que emiten luz suficiente para alumbrar todo el lugar. Pero ni la arquitectura, ni la disposición de las calles, ni el resto del contexto tienen nada que ver entre esta y la plaza neoyorkina. No es mejor ni peor, simplemente diferente. A nivel personal diría que Picadilly Circus podría considerarse, a lo sumo, una hermana pequeña de Times Square.

Welcome to Picadilly Circus
El ajetreo de Picadilly
No es Times Square, pero tampoco me quejo

Desde la propia Picadilly y siguiendo con la mirada el recorrido de una de las calles que aquí se cruzan divisamos una noria al fondo. Nos dirigimos hacia ella y eso provoca que lleguemos a una Leicester Square en la que parece haberse instalado una pequeña feria con motivo de la Navidad. Ya desde antes de alcanzar Picadilly se han estado sucediendo todos los teatros del West End, anunciando funciones como Mamma Mia, Thriller de Michael Jackson o Los Miserables. Si bien a mí no me importaría en absoluto aprovechar la estancia para tener mi propia experiencia con los musicales londinenses, la idea de encerrar durante tres horas a L en un teatro para algo que a ella no le resulta tan atractivo me echa para atrás.

Tras concluir que ya hemos caminado suficiente para esta primera visita exprés a la ciudad, nos disponemos a regresar a ese Shake Shack que habíamos divisado para cenar. Con ayuda de Google Maps fijamos su posición y seguimos las indicaciones, pero claramente algo no ha ido como esperábamos cuando nuestros pasos nos llevan hasta Covent Garden. Aquí espera un pequeño centro comercial al aire libre con mucho, muchísimo ambiente, un gran árbol de Navidad patrocinado por Coca Cola y un grupo de violinistas atrayendo la atención de los peatones. Y también un Shake Shack, pero mucho más pequeño y abarrotado que el que habíamos visto un par de horas antes. Asumimos que Google Maps todavía no tiene registrado ese primer local, y tiramos de intuición para alcanzarlo por nuestros propios medios.

En alrededor de 20 minutos que las piernas ya empiezan a acusar llegamos a él y entonces todo cobra sentido. Cuando intentamos entrar, vemos que dentro hay varios obreros rodeados de tablones y herramientas de construcción. Por eso Google todavía no tiene noticia de que exista el local: porque no está terminado. El letrero de la franquicia encendido y la ausencia de carteles que anuncien su próxima apertura nos ha confundido. Tras debatir los pros y los contras de tener que deshacer de nuevo lo recorrido, el habernos hecho ya a la idea de cenar en un Shake Shack pesa mucho y decidimos regresar a Covent Garden.

Ahora sí, turno para cenar. Pedimos dos “Shack Burger” sencillas, unas patatas normales, unas patatas con queso y sendos refrescos. Me entregan un “beeper” que no se activará hasta unos 15 o 20 minutos después, momento en el que descubro que la chica de la caja ha entendido tan bien mi nombre que en lugar de Albert ha apuntado Howard. Disfrutamos al fin de esas hamburguesas de las que tan buen recuerdo teníamos tras descubrirlas tres años atrás en Nueva York... y están a la altura de la nostalgia. Eso sí, empezamos a experimentar los altos precios de la ciudad: la cena cuesta 23 libras, aproximadamente 32 euros por algo que en España raramente superaría los 20.

Shake Shack time!

Ya está bien de caminar por hoy, y el regreso al hotel lo hacemos mediante un metro que no habíamos visitado desde nuestra llegada a la estación de Victoria. Ahora que se acercan las 20:00, la hora punta queda ya en el pasado y los vagones presentan un aspecto mucho más despejado. De vuelta en Goodge Street y antes de enfilar los últimos metros hasta el hotel buscamos un supermercado en el que comprar sendas botellas de agua. Nos toca caminar varias manzanas hacia el norte hasta encontrar un supermercado coreano de la cadena H-Mart. Al día siguiente descubriríamos que de haber caminado en sentido contrario, tras apenas una manzana hubiéramos encontrado un Tesco Express mucho más adecuado. Cosas que pasan.

Llegamos al hotel agotados tras una jornada intensa e irregular y nos damos prisa en deshacer las maletas tras haberlas dejado tal cual a nuestra llegada para no perder tiempo. Probamos por primera vez la angosta ducha compartida, y como contrapartida a sus reducidas dimensiones comprobamos que la presión y temperatura del agua cumplen con creces.

Lo último que queda por hacer es decidir vagamente qué zona visitaremos mañana con fuerzas renovadas. Tras ello, aprovecho la irregular conexión a Internet del hotel para ver un capítulo de Death Note a través de Netflix y acto seguido me coloco los tapones para dormir. Los pasos de nuestros vecinos en la planta superior hacen crujir el techo, lo cual hace que anhelemos una habitación en la planta más alta, libre de pisadas en el techo. Hace muchísimo calor en la habitación y, a falta de saber como apagar el radiador bajo la ventana, nos vemos obligados a dejarla un poco entreabierta para que la temperatura sea más agradable. Termina así esta larga pero necesaria jornada de aclimatación, y mañana será turno de seguir descubriendo Londres.