Regreso a Reykjavik y despedida

Día 14 | 12 y 13 de septiembre de 2015

Mapa de la etapa 14

Nuestra última mañana. Tal y como destacábamos al cierre de la etapa anterior, hemos alcanzado ese momento en el que para todo lo que hacemos se trata de "la última vez que". La última vez que encendemos la calefacción por la mañana para cambiarnos, la última vez que recogemos la ropa de cama, la última vez que calentamos la leche para el café mediante el hornillo portátil. El día ha amanecido con algunas nubes por aquí y por allá, los campistas más madrugadores están recogiendo sus tiendas de campaña, las gaviotas lanzan los primeros graznidos del día y la gran flota de autocaravanas que nos acompañan -fines de semana en Islandia, ¡todos al camping!- todavía dormita a pocos metros de nosotros.

Aprovechamos la corta distancia que nos separa de nuestra meta final del viaje para dilatar la mañana y tomarnos los preparativos para ponernos en marcha con mucha calma. Ya son las 10:00 y seguimos en Akranes, con el depósito de gasoil lleno tal y como dictan las condiciones de alquiler, el equipaje casi listo para nuestro regreso y todo un día por delante a rellenar. El plan es sencillo: visitar de nuevo Reykjavik y darnos un último festín en la hamburguesería Fabrikkan de la capital. Hacemos un pequeño alto en el poco vistoso y rodeado de obras faro situado en la esquina más al noroeste de Akranes antes de reemprender la marcha. Nos esperan unos 45 minutos de viaje atravesando bajo el agua nada más y nada menos que un fiordo.

El precioso faro de Akranes y sus alrededores. No.

Llegamos a la entrada norte del túnel de Hvalfjördur, donde nos esperan las cabinas para pagar el peaje. Un carril para pasar casi sin detenerse con una tarjeta especial y otro para poder pagar en efectivo o tarjeta de crédito con su taquilla y su operario. Nos liberamos de una buena carga de monedas y el hombre ni espera a contarlas para dejarnos pasar. Unos pocos metros después, comienza el túnel. Si queréis experimentar alguna vez lo que es atravesar un fiordo varios metros por debajo del agua, durante seis kilómetros, circulando a 70 kilómetros por hora y con la posibilidad de adelantar a otros vehículos en algunos tramos de largas rectas, éste es vuestro lugar. La temperatura, que era de 9 grados al meternos bajo el agua, sube hasta los 17 durante los largos minutos que pasamos conduciendo en su interior. Cuando volvemos a la superficie la ciudad de Reykjavik ya espera en el horizonte y por momentos incluso puede distinguirse el campanario de Hallgrímskirkja. Gracias al túnel hemos avanzado en tiempo récord lo que de otro modo supondría alrededor de 40 kilómetros rodeando el fiordo.

Por ahí debajo pasa el túnel

Nuestra siguiente parada solo es friki, si no también enormemente rebuscada. Desde hace unas semanas, Reykjavik cuenta en su callejero con una calle con el nombre de Darth Vader, el villano de Star Wars y uno de los mayores iconos de la cultura pop del siglo pasado. Dicho así suena muy molón, pero su explicación resulta mucho más discreta y decepcionante. Que la calle haya recibido ese nombre es en gran parte una casualidad, ya que en Islandia al personaje se le conoce como Svarthöfdi -en islandés "cabeza negra"- y la calle se encuentra en un polígono industrial llamado Höfdi, motivo por el cual la mayoría de sus calles vienen acompañadas de ese sufijo.

Pero ni friki, ni rebuscado: más bien imposible. Vengo todo lo preparado que puedo con el punto exacto marcado en Google Maps en el que se encuentra la corta calle. Aparcamos exactamente en él... y los carteles y señales dicen todo lo contrario. En ellos figura otro nombre -acabado también en Höfdi-, pero esta no es la calle que estamos buscando. Así que, muy despacio y con mucha atención, recorremos prácticamente todas las calles del desangelado polígono industrial dos y hasta tres veces sin rastro del Lord Sith. No es que sea una gran pérdida, pero ya que había llegado hasta aquí te derrumba el poco el orgullo haber fallado en la misión. Nuestra falta de localización resulta molesta.

Renunciado el exótico objetivo, nuestra siguiente parada está a escasos dos kilómetros al suroeste. Se trata del parque de Ellidaardalur Valley, una suerte de Casa de Campo en versión islandesa donde los locales vienen a pasear y hacer deporte en su tiempo libre. Sin embargo y aunque la previsión es que a las 13:00 brille el sol, cuando lo alcanzamos minutos antes de las 12:00 nos recibe un espeso manto de nubes acompañado de lluvia intermitente. La consecuencia es que el lugar está absolutamente desolado e incita muy poco a apearse del coche y descubrirlo. En su favor, nos llevamos el recuerdo de una familia de patos que salvamos de ser atropellados mientras paseaban por las tranquilas calles de los alrededores.

¡Patos!
¡A la carretera no, patos!
¡Volad, patos, volad!

Descartada cualquier actividad de exteriores por ahora, siendo sábado y en los alrededores de una ciudad, la solución viene por sí sola: centro comercial. Nos acercamos al segundo centro comercial que Google nos ofrece después del ya visitado Kringlan. Se llama Smaralind y es también de dimensiones notables. Aunque el aparcamiento parezca estar abarrotado, la situación en su interior es como la de un centro comercial de España en un día laborable. Parece que los islandeses raramente experimentan el agobio de las multitudes. Descubro aquí una tienda bien nutrida de camisetas, figuras y todo tipo de merchandising sobre franquicias de cultura pop, desde Doctor Who a Star Wars pasando por los Cazafantasmas y muchos más. Algo me tengo que llevar, y el ganador termina siendo un posavasos con el cartel clásico de Star Wars por 690 coronas.

Centro comercial Smaralind

Completamos la agradable vuelta por el centro comercial y nos desplazamos ahora hasta un Bonus cercano en el que comprar unos caramelos y galletas para llevar el lunes de vuelta a la oficina. Con esto nos han dado las 13:00 pasadas, y tenemos una nueva misión que cumplir: disfrutar de las hamburguesas de Fabrikkan una vez más antes de abandonar Islandia. Tenemos dos opciones, una en el centro de la ciudad y otra en el ya mentado centro comercial de Kringlan. Como ya sabemos de lo accesible y fácil de aparcar que es, nos decantamos por el segundo. A las 13:30 estamos sentados y esperando nuestras hamburguesas. L no quiere marcharse sin probar la de filetes de cordero que yo elegí en Akureyri, y yo me decanto por una monstruosidad mitad ternera, mitad cordero y con un huevo frito sobre el pan. Nuestra opinión es ya totalmente favorable como denota el hecho de que estemos repitiendo franquicia en apenas cuatro días. Salgo rodando, ya que en mi afán de engullir no solo me como mi barbaridad de hamburguesa y patatas si no también unas cuantas de las que L en su eterna sabiduría ha dejado en el plato. La cuenta asciende esta vez a 7.200 coronas.

Groar

Regresamos al aparcamiento de Kringlan y, con el estómago todavía a pleno rendimiento y margen todavía para devolver la camper, se nos ocurre la mejor manera de despedirnos del maravilloso hogar con ruedas que nos ha acompañado en los últimos 14 días: con una pequeña siesta. Llueve con fuerza durante unos minutos mientras dormitamos en el interior de la furgoneta.

A las 15:15 ya no hay tiempo para más. Seleccionamos en el GPS la oficina de Happy Campers y tras apenas 10 minutos allí estamos, dejando estacionada nuestra TARDIS en exactamente la misma parcela en la que nos conocimos hace dos semanas. Aparece uno de los empleados, que no es Jon pero se parece bastante: normal, ya que es su hermano. Hace la inspección rutinaria del vehículo por dentro y por fuera y, cuando me pregunta si hemos tenido algún problema, le resumimos toda la película de terror con la calefacción, incluyendo los comentarios telefónicos de su hermano y la necesidad de comprar un nórdico días atrás para combatir el frío. No parece muy preocupado cuando se mete de nuevo en la oficina y nos deja a solas con la furgoneta para hacer un último repaso y asegurar que no nos dejamos nada en su interior.

Entramos y dejamos en la Green Zone dos bolsas de Bonus llena de cosas que nos han sobrado, muchas de ellas sin abrir: leche, yogur, galletas, pan de molde... suficiente como para sobrevivir un par de días. También mucha agua y rollos de papel de cocina. Accedemos al mostrador, donde "Casi Jon" nos confirma que ha hablado con su hermano y que, no solo va a pagarnos el coste del nórdico -10.000 coronas que se tradujeron en 70 euros- sino que además nos va a devolver el importe de una noche. En concreto nos descuenta uno de los dos días que se consideraban de temporada media, lo que significa que nos va a devolver 105 euros. Hacemos cuentas, y eso se traduce en que finalmente el alquiler de la camper nos ha costado 1785 euros por 13 noches, 225 euros menos de lo que teníamos previsto y para colmo con un vehículo de mucho mayor espacio que el que habíamos reservado. Es sensato pensar que la suerte que hemos tenido en este aspecto no se volverá a repetir aunque volvamos anualmente a Islandia durante los próximos 40 años.

Unos cuantos números sobre la camper. El cuentakilómetros de nuestra Renault Trafic marca 2.663, una cantidad que aunque puede parecer alta nos parece muy modesta si la comparamos con viajes anteriores recorriendo los Estados Unidos. Hemos gastado en total 41.178 coronas en gasoil, lo que al cambio son 286 euros. Teniendo en cuenta el precio del combustible que siempre ha permanecido entre las 189 y las 192 coronas por litro estimamos que hemos quemado alrededor de 216 litros de combustible. Eso saca un consumo medio de 8,1 litros cada 100 kilómetros, lo cual consideramos más que aceptable teniendo en cuenta las dimensiones y peso del vehículo.

Los servicios de Happy Campers incluye el traslado a la estación de autobuses de Reykjavik. Se pone al volante David, el mismo hombre corpulento, bonachón y con déficit de atención que nos explicó todas las bondades de la furgoneta durante los trámites de recogida. Nos ameniza el trayecto con algo de conversación y música de su Spotify personal, aunque cuando la reproducción aleatoria lanza Cotton Eyed Joe la pasa rápidamente no sé si por vergüenza o por no estar de humor para esa fiesta. Nos deja en la puerta de la estación BSI donde dentro de cinco horas cogeremos un autocar hasta el aeropuerto.

En el pequeño vestíbulo nos encontramos varias taquillas automáticas donde las de tamaño más grande cuestan casi 1.200 coronas y, nuestro gozo en un pozo, no tienen capacidad suficiente para nuestras pesadas bolsas. Pero no hay problema: según vemos en el mostrador, la misma compañía de excursiones que ofrece los traslados tiene servicio de consigna aquí mismo. Compramos los dos billetes de autocar -1.950 coronas por persona- y solicitamos guardar dos bultos en consigna -1.000 coronas por bulto-, por lo que nos despedimos de 5.900 coronas más.

Cuando nos disponemos a salir de la terminal para aprovechar nuestras últimas horas en Reykjavik vemos a través de los ventanales que está cayendo esa lluvia casi invisible pero que te empapa en cuanto caminas dos metros sobre ella. No nos queda otra opción que esperar unos minutos leyendo los múltiples panfletos de excursiones y actividades, siendo el recorrido por el interior de un glaciar la más reciente y anunciada del momento.

La lluvia no tarda en remitir y nos ponemos en marcha empezando por el lugar más visible de la capital: la iglesia de Hallgrímskirkja. Al llegar a ella tras unos 15 minutos en subida que nos recuerdan que nuestras mochilas ahora pesan más, no damos crédito a lo primero que vemos.

Volvemos al punto de partida

Durante todo nuestro viaje nos hemos estado cruzando intermitentemente con una autocaravana de la compañía Snail con un caracol dibujado en su lateral. Sabemos que era siempre la misma porque recordamos su matrícula. La tuvimos como vecina en múltiples aparcamientos tanto del sur como del norte, desde Vík hasta Mývatn pasando por Jokulsárlón. Y allí estaba de nuevo. A los pies de la iglesia, destacando ahora entre coches de techo mucho más bajo. Puede que sea lo habitual en Islandia, hacer inesperados compañeros de viaje que comparten gran parte de tu ruta durante los mismos días.

Accedemos al interior de la iglesia cuyo interior es mucho más discreto que su exterior. Lo más destacable es el gran órgano que cuelga sobre el pasillo de entrada. Accedemos a su tienda donde por 800 coronas -que también se pueden pagar como 5 euros- te dan el ticket de acceso al campanario. En realidad nadie comprobó luego que llevábamos el ticket, así que pagarlo previamente a subir depende de la ética de cada uno.

Hallgrímskirkja desde dentro

Un ascensor con apenas capacidad para seis personas nos sube hasta el vestíbulo previo a la cima, desde el que ya se puede ver la ciudad desde las alturas a través de los relojes situados en las cuatro paredes. Pero la meta final está varios escalones más arriba, donde en la parte más alta visitable aguardan pequeñas ventanas al aire libre y con barrotes para divisar la capital en las cuatro direcciones. Reykjavik es muy atractiva desde las alturas por una sencilla razón: la mayoría de sus edificios son muy bajos y no siguen un esquema de color, por lo que se suceden a lo largo de sus calles grandes contrastes de tonos llamativos.

Reykjavik desde las alturas, I
Reykjavik desde las alturas, II

Mientras estamos aquí dan las 17:00 y el campanario deja sordos a todos los presentes, primero con los cuartos y luego con cinco fuertes campanadas. Nos imaginamos viniendo aquí a las 12:00 del mediodía, equipados con 12 uvas y una botella de cava a descorchar. Y confeti. Y grabarlo, claro. Quizás el próximo año. Volvemos a la planta baja y nos relajamos unos minutos frente a la fachada principal de la iglesia. La sensación es extraña, encontrándonos exactamente en el mismo punto que 14 días antes pero con un gran puñado de experiencias y paisajes a nuestra espalda.

Juraría que ya hemos estado aquí antes...

Descendemos de nuevo por Skólavördustígur, la calle comercial con un tramo de calzada teñido de los colores del arco iris. Aprovechamos las numerosas tiendas de souvenirs para llevarnos lo que ya son clásicos de nuestros viajes: imanes para la nevera de algunos de nuestros lugares favoritos y un peluche con el animal que mejor represente la aventura. En esta ocasión el elegido es un frailecillo o "puffin" como los que avistamos en la playa de Kirkjufjara. Pagamos por él 3.000 coronas, lamentando no haberlo comprado en tiendas de regalos de otras paradas del viaje donde solo costaban 2.000.

Situado al final de la calle hacemos una parada rápida en Eldur & Ís, el primer lugar sugerido por Foursquare si buscas la mejor heladería de la zona. Los helados islandeses también gozan de popularidad y no podemos irnos sin saber por qué. Tras el atracón en Fabrikkan todo lo que nos entra es una bola de helado de caramelo y nueces, que efectivamente sabe a gloria. 400 coronas y servida en un vaso.

En lugar de continuar hacia el mar como hicimos dos semanas atrás, esta vez enlazamos con otra calle comercial que confluye con la del arco iris. Aquí se mezclan locales más clásicos como galerías de arte o tiendas de disco con una gran cantidad de pubs y tabernas en los que se intuye ambiente ya que es sábado y ahora mismo se está jugando el clásico inglés entre el Manchester United y el Liverpool.

Callejeando por Reyjkavik

Cuando decidimos que ya está bien de callejear, atajamos hasta el mar para desde allí iniciar el regreso. Aparecemos exactamente en el punto del paseo marítimo por el que terminamos el recorrido inverso en nuestra primera etapa. Tenemos por lo tanto literalmente a dos pasos la estatua del Sun Voyager, que esta vez disfrutamos todavía más gracias a la mejor luz del día y la menor afluencia de público -a ratos, ya que a veces vienen grandes grupos que cambian por completo la escena-. Mientras descansamos aquí sentados, un Rolls Royce aparca tras nosotros y de él se baja una pareja de recién casados para hacerse unas fotografías de su reportaje de boda. Aunque en todas las instantáneas apuntan al mar, no a la estatua. No preguntéis.

El preciosista Sun Voyager

Continuamos caminando hacia el oeste, bordeando la costa y acercándonos a Harpa. Durante todo el camino y fijándonos en los vehículos que atraviesan el paseo marítimo verificamos que los islandeses son dados a pisar de más el acelerador. Escuchar derrapes y ruedas patinar en los semáforos es habitual. Llegamos a Harpa y, efectivamente, las condiciones de hoy son mucho mejores. La acristalada fachada refleja la luz en mil direcciones teniendo como colofón el reflejo del edificio en un pequeño estanque frente a su lateral principal.

Harpa jugando con la luz
Harpa jugando con el agua

Se acercan las 19:00 y, aunque nuestro autobús previsto hasta el aeropuerto no parte hasta las 21:00, estamos ya algo cansados y no nos importaría descansar en el vestíbulo de la terminal. El coche anterior parte a las 19:30, así que si nos damos prisa podríamos llegar a tiempo y ganarnos ese descanso en el mismo aeropuerto. Nos ayudamos de Google Maps para encontrar la vía más corta y nos lleva durante 20 minutos por verdaderas calles islandesas, lejos de las comerciales y más concurridas. Esto nos gusta mucho más. Sin pretenderlo, nos topamos con la embajada estadounidense. Nuestros yo viajeros son incapaces de desvincularse de Estados Unidos por mucho que lo intentemos.

Llegamos con diez minutos de margen a la terminal de BSI, tiempo más que suficiente para recoger nuestro equipaje, presentarse en el andén y cargar los pesados bultos en el maletero del autocar. Subimos a él y disfrutamos del atardecer durante 45 minutos desde la ventana de un vehículo equipado con conexión a Internet. El paseo nos brinda perfectas imágenes de despedida con el sol ocultándose entre las nubes que quedan en la línea del horizonte.

Un país impresionante hasta el último minuto

A las 20:20 y con un ligero retraso debido a que el autocar hizo dos paradas adicionales para recoger a algún pasajero más, alcanzamos la terminal de Keflavík. Tal y como recordamos el vestíbulo no es demasiado grande y, como hemos llegado con mucha antelación, los mostradores de Vueling están desiertos sin nadie atendiendo a los viajeros todavía. Toca buscar un lugar que, a poder ser, aparente un mínimo de comodidad y tenga algún enchufe a mano. El único que cumple esos requisitos es el local de Joe & The Juice, una franquicia de zumos, batidos y cafés naturales en cuya terraza las mesas libres no abundan. En cuanto una queda disponible nos lanzamos a por ella y nos derrumbamos en los asientos tras encargar sendos zumos, uno con frambuesa y banana y otro de fresa y banana. La conexión a Internet gratuita del aeropuerto ayuda a sobrellevar la larga espera que nos queda por delante.

Los minutos parecen dilatarse. No es hasta las 23:00 cuando aparecen empleados de Vueling tras los mostradores para empezar a facturar el equipaje de su primer vuelo de la noche, el que conecta Keflavík con Barcelona. Conseguimos facturar nuestras dos bolsas hasta el destino final en Palma de Mallorca y obtener las tarjetas de embarque para los dos tramos a realizar. Con ganas de cambiar de escenario tras demasiadas horas esperando en el mismo vestíbulo, subimos ya al control de seguridad tras el cual nos espera el Duty Free y las puertas de embarque.

Tal y como sospechábamos tras ver dos semanas antes a islandeses saliendo del Duty Free cargados con decenas de packs de cerveza, aquí toda bebida alcohólica es muchísimo más barata que una vez dentro del país. Un pack de seis cervezas locales cuesta 1.500 coronas, cuando lo habitual en un supermercado era que la lata rondase las 400. Es más, medio Duty Free está dedicado al bebercio, con botellas de licores suaves, fuertes y para osos y tamaños desde el chupito ocasional hasta la fiesta sin fin.

Comparando precios...
Duty Free de Keflavík, cuna del botellón islandés

El vestíbulo de puertas de embarque, por otra parte, está infinitamente más surtido de servicios que el de antes de pasar el control de seguridad. Hay mucha más oferta para comer, beber y comprar desde souvenirs hasta ropa de abrigo o cosméticos de Blue Lagoon. Incluso hay una oficina de cambio que compite con la que utilizamos a nuestra llegada en la planta baja.

Y así llega nuestra aventura a su fin. A una hora de coger el vuelo que nos devolverá a España ya tenemos todo lo suficiente para sacar conclusiones. Y las conclusiones son que... guau. Las expectativas puestas en este viaje eran altas, quizás las más altas que nos habíamos fijado desde que cogimos el hábito de viajar, y se han cumplido. Vaya que si se han cumplido. Empezando por la apuesta de vivir en una furgoneta reconvertida en camper, experiencia que ha salido bien con ayuda del golpe de suerte que supuso obtener un modelo todavía mayor al reservado y pese al contratiempo con la calefacción que nos tuvo preocupados un par de días. Y siguiendo, por supuesto, por lo que Islandia tenía para ofrecernos.

Hace ya dos o tres años desde que nuestro interés en visitar ciudades extranjeras descendió dando paso al turismo de naturaleza. Ese nuevo hábito comenzó con nuestra historia de amor con los National Parks estadounidenses, primero en la costa este y luego en la oeste. Pero nos estaba esperando y sin necesidad de cruzar todo el Océano Atlántico una de las joyas de este tipo de turismo. Islandia, y ésta es una afirmación que ya traía preparada y se ha cumplido, es un parque en sí mismo. No hay apenas un kilómetro de carretera que no te deje fascinado y tiene la medida perfecta para poder ser recorrido en un tiempo prudencial. A esas dimensiones se le suma una densidad de fenómenos geológicos abrumadora, que para colmo se completa con una rica variedad de paisajes que parecen sacados de otro planeta. Que en apenas unos cientos de kilómetros pudiéramos pasar de Skógafoss a Jokulsárlón es algo que todavía unos días después nos sigue sorprendiendo. Si te gusta la naturaleza y te lo puedes permitir, tienes que venir tarde o temprano. Si además te entusiasma la fotografía, probablemente ya estés tardando más de la cuenta.

En el lado negativo, empezamos por lo más obvio: Islandia es cara, muy cara. Ya diseñamos el tipo de viaje con el objetivo de contener el gasto, pero aun así es inevitable que ciertas compras hagan disparar el presupuesto. Pese a todo, creo que hemos sabido gestionar la economía con bastante tino y el coste final, a falta de hacer las cuentas definitivas, no se ha ido por las nubes teniendo en cuenta que no nos hemos privado de nada. Y por poner otra nota negativa, ese viento que empezó a acompañarnos en lo alto de Hverjfall y no terminó de desaparecer hasta la última jornada de Snaefellsnes enturbió levemente una aventura que, por otra parte, había gozado de una estable y suave meteorología que dudamos que nadie pueda tener garantizada viniendo a este país.

Y nos dejamos para el final las auroras boreales. Porque merecen un capítulo aparte, y en realidad no tenemos palabras para hablar de ellas. Cruzarse con ellas por primera vez me hizo sentir aquella noche en Fjallsárlón una emoción que creía olvidada. Como si alguien que llevase 30 años viviendo en el interior viera el mar por primera vez. Lo tienes ahí delante, sabes que es real, pero tu cerebro lo procesa como si estuvieras viendo una película con efectos especiales. Y los avistamientos posteriores no se quedan atrás, ya que una vez superado el shock inicial aprendes a observarlas mejor, apreciarlas a ojo desnudo, dejar la mente en blanco mientras sus caprichosas formas se hacen y deshacen entre tú y las estrellas. Esa última noche en el camping de Akranes con una aurora boreal rasgando el cielo sobre mí hasta casi obligarme a apartar la vista, es algo que creo -y espero- no olvidaré jamás.

Como siempre me gusta decir, espero que hayáis disfrutado de seguir estas dos semanas una décima parte de lo que nosotros hemos disfrutado preparándolas, viviéndolas y documentándolas. He hecho lo mejor que he podido y a veces la urgencia y el deseo de no sentirme esclavizado por tener que generar este diario me ha llevado a no detenerme lo suficiente en algunos momentos, pero creo que el resultado final ha sido digno. Si además estáis preparando una futura escapada a Islandia, ojalá estas páginas os hayan aportado algún dato que haga vuestro viaje un poco más fácil. Y seguro que os gustará, para eso no necesitáis ningún diario. Yo de hecho, estoy escribiendo estas últimas líneas esperando el vuelo de regreso en Keflavík... y ya quiero volver.

Nos llevamos el recuerdo... y algo más

La aventura continúa en 2016. ¿Dónde? Quién sabe. El suroeste de Canadá parece bonito...