Kirkjufell, Hraunfossar y la cegadora aurora de Akranes

Día 13 | 11 de septiembre de 2015

Mapa de la etapa 13

Penúltimo despertar en tierras islandesas. La noche no comenzó bien, con los vientos de Kirkjufell sacudiendo de nuevo una y otra vez la furgoneta. Tan molestos eran los zarandeos como el fuerte ruido que entraba por la salida de aire que la furgoneta dispone en el techo. No obstante, según avanzaba la noche parece que la cosa fue a menos ya que esta vez ningún brusco empujón interrumpió nuestro sueño.

Son alrededor de las 6:30 cuando abrimos los ojos. Oímos el viento, pero parece mucho más débil. Lo que no es tan tenue es otro sonido: voces. Todavía muy adormilado, aparto con la mano una de las cortinas y veo a gente. Mucha gente. Algún tipo de excursión fotográfica que ya ha llegado al lugar para hacer las primeras capturas del día en Kirkjufell. Estamos en un aparcamiento y no se les puede reprochar nada, pero podrían tener la deferencia de no quedarse hablando al lado de una furgoneta decorada como "Happy Camper" y con las cortinas todavía extendidas.

Cuando pasan ya las 7:00 y tras hacer copia de seguridad de las fotos de ayer, vuelvo a embutirme en las múltiples capas de ropa y salgo al exterior. Casualidades de la vida, precisamente hoy es el cumpleaños de un amigo y compañero de trabajo enamorado de Kirkjufell, así que no dejo pasar la oportunidad de grabar una felicitación en video para hacérsela llegar a modo de dedicatoria. Acto seguido, me lanzo cámara en mano a por Kirkjufellfoss.

De forma providencial la horda de fotógrafos empieza a regresar al aparcamiento según yo me alejo de él, así que encuentro las cataratas enteras para mí. Fotos desde arriba, desde abajo tras meter las botas en dos centímetros de barro, de lado, en horizontal, en vertical... De acuerdo Kirkjufell, lo has puesto condenadamente difícil pero debo reconocer que eres uno de los sitios más atractivos de Islandia. O el que más. Palabras mayores.

Yo. Kirkjufell. Felicidad.
Mojarse es irrelevante
Madre mía, madre mía...

L sale de la furgoneta unos minutos tras de mí y se me une en la experiencia, que completamos dando un rodeo al río en dirección a Grundarfjördur para enlazar con la carretera y regresar a pie hasta el aparcamiento. Por el camino vamos acumulando más fotografías, incluida una con el trípode instalado junto a lo que luego descubriría como un nido de arañas. No importa, en este lugar todo ser es bienvenido. Completamos el círculo y regresamos a la furgoneta para iniciar la "operación desayuno". Esta vez no vamos a dar muchas vueltas para buscar un lugar donde tomar el café: el que descubrimos ayer que consistía en un supermercado con una pequeña terraza de interior con enchufes y radiadores nos basta y sobra. Además, la sección de panadería del supermercado ofrece cruasanes y focaccias recién hechos que ya degustamos ayer y estamos deseando repetir.

Podría pasarme la vida fotografiándola
Kirkjufellfoss, desde un ángulo menos habitual
¿Podemos levantar una cabaña aquí?
Regresando hacia la furgoneta
Kirkjufellfoss, ahora desde la carretera

Llegamos cinco minutos después de que haya abierto sus puertas y todavía no hemos dado tiempo a que saquen los cruasanes del horno. Mientras esperamos, damos un par de vueltas por los pasillos y finalmente nos instalamos en las mismas mesas que ayer. Me empieza a lanzar miradas un hombre en el fondo de la sala, que finalmente se acerca y me pregunta cómo he conseguido la conexión a Internet. Entablamos conversación, y resulta ser un fascinante personaje que ha vivido por medio mundo y lleva apenas 48 horas instalado en Grundarfjördur. Su intención es transformar la granja que ha alquilado en un lugar de turismo invernal donde recibir a aventureros que quieran dar paseos nocturnos a caballo bajo un manto de auroras boreales. Antes de despedirse nos da una idea aproximada sobre cuánto cuesta instalarse en Grundarfjördur: 135.000 coronas al mes por una casa estándar en pleno pueblo, una construcción que en Reykjavik se dispararía hasta las 300.000 coronas mensuales. Él, en cambio, ha conseguido una granja a 30 kilómetros de aquí más económica, pero no consigo sonsacarle exactamente cuánto.

Nos dan las 10:00 en la tranquilidad del local y unas montañas junto a Grundarfjördur mucho más visibles que durante el infierno de ayer, dejando ver ese verde tan característico de la época adornado por pequeñas concentraciones de nieve que ya no parece que vaya a derretirse jamás. La temperatura exterior es de unos ocho grados por lo que no tenemos excesiva prisa por arrancar. Estudiamos dónde podríamos pasar nuestra última noche en Islandia. Si quisiéramos poner el broche con una noche con un techo de verdad la opción que más nos atrae es el Guesthouse Hvita, a unos 25 kilómetros al este de Borgarnes y en una ubicación óptima si al final nos decidimos a visitar Hraunfossar como nuestra última catarata del viaje. El precio rondaría las 11.000 coronas. La alternativa más económica sería continuar viviendo en la furgoneta y pasar la noche en el camping de Akranes, algo más al sur y con servicios completos incluyendo lavadora, algo muy importante si no queremos cargar con bolsas de ropa sucia en nuestro vuelo de vuelta. Decidimos que somos más felices ahorrándonos ese gasto de 60 euros y nos fijamos como objetivo Akranes previo rodeo por Hraunfossar. Gracias a la distancia que avanzaremos, al día siguiente tendremos Reykjavik a apenas una hora de distancia y, con la furgoneta disponible hasta las 16:00, toda la mañana para conducir por la capital.

Regresamos a Kirkjufell, lugar que queremos aprovechar al máximo tras todos los obstáculos que hemos tenido para poder visitarlo en condiciones. No parece que se vayan a abrir los cielos a corto ni medio plazo, pero hay algo más de luz que antes y volvemos a la carga para disparar más fotos. Porque oye, la tarjeta de memoria ya está pagada y disparar es gratis. Volvemos a alcanzar el puente, volvemos a cruzarlo, volvemos a bajar a los pies de Kirkjufellfoss, volvemos a enamorarnos. Son las 12:00 cuando regresamos a la furgoneta y, tras pasar diez minutos frente a frente con la montaña mágica nos despedimos con un "hasta luego", ya que a estas alturas estamos ya convencidos de que tarde o temprano nos volveremos a encontrar. Es hora de abandonar Snaefellsnes y ponernos en marcha hacia el sur. Pasamos de largo el pequeño puerto de Grundarfjördur en el que permanece amarrado un gran barco que, a juzgar por los textos en su lateral, realiza una ruta que le lleva por Groenlandia y Noruega. Cuánto por ver...

Oioioioi...
Y por fin, durante unos segundos, salió el sol
Grundarfjördur en la distancia

Cuando empezamos a dirigirnos al sur decidimos descartar los 40 kilómetros entre ida y vuelta hasta el emplazamiento de Ytri Tunga situado en ese litoral de la península. Conducir hasta allí tendría el único objetivo de encontrar focas relajándose en la orilla, pero visto el tiempo que hace y que probablemente nos encontremos lluvia decidimos tacharlo de la agenda y poner rumbo directamente a Hraunfossar, de la que nos separan algo más de 130 kilómetros por carreteras supuestamente en buen estado. Transcurren con total tranquilidad, rodeados de paisajes que en el primer día hubieran causado asombro y admiración pero ahora ya entran dentro de lo cotidiano. Alcanzamos el desvío perfectamente señalizado a mano izquierda hasta Hraunfossar, y tras él un muy amplio aparcamiento bastante concurrido. Junto a nosotros, llega un gran autobús del que se bajan grupos organizados que nos recuerdan que tras varios días estamos regresando a la civilización.

Comenzamos a caminar siguiendo el río, comprendiendo que el topónimo de Hraunfossar se refiere a todo el área, y Barnafoss es el nombre que recibe una angosta cascada cuyas aguas fluyen rodeadas de altas rocas. De todo el agradable paseo apto para todos los públicos nos quedamos con la pared derecha del paso del río por la que decenas de pequeños saltos de agua aterrizan en él.

¡Hraunfossar!
¡Hraunfossar! (más cerca)
Y esto es Barnafoss

Ahora que nos hemos desplazado al sur vuelve a hacer una temperatura inesperadamente suave para Islandia y, mientras nos cruzamos con algunos turistas en manga corta, empezamos a sudar con nuestras múltiples capas de ropa procedentes del norte y de las que nos liberamos en cuanto regresamos a la furgoneta para comer. Que ya son las 15:00 y aunque no estemos haciendo excursiones no está de más llevarse una rica tortilla al estómago. Nuestros vecinos de parking vuelven a sorprenderse al vernos cocinar en la furgoneta, cosa que había pasado a ser de lo más normal en cuanto nos alejábamos de los lugares más concurridos.

Otro paseo sobre ruedas por delante. Esta vez el que nos obliga a deshacer parte del recorrido hasta Bogarnes, momento en el cual re-enlazamos con la Ring Road pero en lugar de tomar el largo puente que entra en la ciudad, giramos a la derecha para afrontar los últimos 20 kilómetros hasta Akranes. Precisamente en este tramo creemos ver el único radar de velocidad de toda Islandia... y tenemos nuestras dudas sobre si nos habrá "cazado" ligeramente por encima de la velocidad permitida.

Junto a una intermitente lluvia alcanzamos la ciudad de Akranes y sus apenas 7.000 habitantes su aspecto industrial y su ubicación junto a la costa. El GPS nos lleva correctamente hasta el camping, y tras una breve carretera de grava encontramos espacio suficiente como para unas cuantas decenas de autocaravanas. Dejamos nuestra modesta furgoneta, evaluamos las instalaciones en un rápido vistazo y tras considerarlas suficientes nos dirigimos hasta la oficina para tramitar la estancia. Nos recibe allí una señora exageradamente amable que nos da la bienvenida y nos advierte de que las duchas están algo desgastadas pero, como en pocos días cerrarán las instalaciones hasta la próxima temporada, no van a ser reparadas a corto plazo. Nos recomienda que, si las consideramos insuficientes, nos dirijamos a la piscina municipal en la que por 150 coronas por persona tendremos acceso a la piscina exterior, unos cuantos jacuzzis, sauna y un vestuario completo con todas las duchas que queramos. Agradecemos la propuesta, pero tras inspeccionar nosotros mismos las duchas y sin saber qué hacer con el empapado bañador si fuéramos a la piscina, decidimos quedarnos con lo que el camping nos ofrece. El lugar tiene el precio más barato de cuantos hemos visitado a lo largo del viaje: 750 coronas islandesas por persona y noche, ¡incluyendo las defectuosas duchas!

Aprovechamos la amabilidad de la señora para preguntar dónde podemos descubrir esas tan populares tartas islandesas. Nos insta a visitar dos sitios repartidos por el pueblo. Ponemos rumbo hacia el que nos ha parecido que le despertaba más entusiasmo y encontramos en él, junto a lo que parece ser la plaza principal de Akranes, un agradable lugar llamado Skökkin Café en el que una pareja con sus críos disfruta del "rincón infantil" mientras la camarera limpia y pone orden tras la barra. Pedimos un "latte machiato" y un cappuccino junto a sendas porciones de tarta, una de nueces y otra de zanahoria. Corta la de nueces y, al ver que el pedazo que queda de zanahoria ya no es demasiado grande, se deshace del cuchillo y nos lo entrega tal cual. Como porción individual es descomunal. El resultado es que, previo engulle de las susodichas y verificar que son espectaculares, es poco probable que necesitamos comer nada más hasta la mañana siguiente.

Un señor muy famoso en Akranes
¿Mola o no mola el Skökkin Café?

Mientras aprovechamos la muy correcta conexión a internet gratuita de la cafetería -25 Mbps de descarga- se me acerca un local con chaleco de obra y me pide si puedo salir a hacerles una foto. Lo que me encuentro fuera es a dos equipos de lo que parece algún tipo de prueba por equipos compitiendo por conseguir una foto del grupo realizada por un peatón anónimo. Se la hago tras pelearse ambos bandos por mí y allí los dejo, corriendo de un lado a otro del pueblo. Apuramos hasta que faltan diez minutos para que cierre el Skökkin Café, cuya experiencia nos ha costado 2.500 coronas. Satisfechos y tras tachar de la lista otra de esas cosas que hacer antes de abandonar Islandia, volvemos al campamento para iniciar el proceso de lavarnos tanto nosotros como nuestra ropa. Un ejército de gaviotas observa el camping a escasos metros, aprovechando su ubicación literalmente junto al agua. Aunque a L le parece demasiado industrial, a mí esta ciudad me está empezando a resultar muy agradable y el sol resplandeciente ahora que la lluvia ha remitido no hace más que mejorar mi impresión.

Nuestro último hogar islandés
Vecinos con vehículos exóticos

Tal y como nos adelantó la dueña del camping, a las duchas no les vendrían mal algunos arreglos y mejoras. El agua no sale con demasiada presión ya que la junta entre la manguera y el teléfono de la ducha pierde mucha agua y, lo más molesto de todo, el desagüe del descansillo ha vivido mejores días y me recibe con un charco que me obliga a ir constantemente calzado con las zapatillas. El pestillo de ese mismo cuarto no funciona, aunque con lo respetuosos que parecen los islandeses creo que sabrán deducir por el sonido que hay alguien dentro. Por lo menos el agua sale bien caliente sin tener que esperar demasiado para que adquiera la temperatura. Mientras tanto, L prepara la lavadora que supuestamente necesita cuatro monedas de 100 coronas pero se pone en marcha sin haber insertado una sola moneda.

Limpios y con la ropa dando vueltas de forma gratuita aprovechamos los últimos minutos de sol para disfrutar de los alrededores del camping. En concreto, de unas escaleras que bajan directamente al mar donde el sol ilumina por igual rocas y agua y las gaviotas siguen buscando posiciones para esta noche. Bajamos hasta la cercana orilla aprovechando un sol que todavía calienta y, salvo por la suciedad que el mar ha traído a la arena, el escenario es perfecto. Unos cuantos patos huyen a nuestra llegada y se reúnen con un gran grupo en el agua, y varias personas juegan en unos salientes de roca en la otra punta de la playa. Damos un paseo de 15 minutos en paralelo a la carretera para alcanzar el cercano Bonus pero llegamos a las 19:40, diez minutos después de la hora de cierre. Por el camino curioseamos los precios de un concesionario de coches, confirmando que comprar un vehículo en Islandia tampoco es precisamente barato. A la vuelta entramos en una gasolinera frente al camping que también incluye un pequeño restaurante de carnes a la parrilla, pero las tartas todavía están circulando por nuestro intestino y nos vamos de vacío.

Nuestros vecinos junto a la playa anexa

De vuelta al cuarto de lavadoras, movemos toda nuestra ropa a la secadora que también arranca sin introducir una sola moneda. Viendo que la colada va a salir gratis, hacemos una segunda tanda de lavado rápido con algunas prendas que no han cabido en la primera carga. No tener que poner lavadoras al llegar a casa tras un viaje de dos semanas suena muy apetecible. Mientras esperamos compruebo que los cielos de Akranes están ofreciendo bastante claros, y consultando con mi amigo el "maestro de las auroras" me informo de que se espera bastante actividad durante las próximas tres o cuatro horas. Es momento de dejar la cámara lista para la acción en caso de que las "luces de norte" quieran despedirse de nosotros en nuestra última noche.

Pasan las 21:00 y seguimos en el cuarto de la lavadora, enchufados, conectados y en manga corta si no abrimos de vez en cuando para no morir asfixiados por el calor retenido en el interior. La lavadora ha hecho su trabajo, pero la secadora no debe ser muy potente o debe estar ya algo machacada ya que tarda muchísimo en dejar la ropa en unas condiciones mínimamente adecuadas para volverla a guardar. Aprovechamos el rato muerto para buscar opciones de ocio durante la próxima mañana en Reykjavik, y de vez en cuando asomamos la cabeza al exterior para comprobar si ha anochecido y han aparecido nuestras amigas verdes. Sin embargo se nota mucho la diferencia entre el este y el oeste, y es que en este lado del país la noche tarda mucho más en llegar. Rondando las 22:00 y estando a mediados de septiembre la oscuridad no es todavía completa.

Cae la noche y ocurre lo que estaba esperando. Los azules van dando paso al negro, y ya incluso sobre las luces de la ciudad se intuyen las harmónicas formas verdes. No necesito ni hacer un disparo de prueba para saber que están ahí: apunto a matar directamente. Y de aquí en adelante, la noche de auroras más intensa de cuantas hemos vivido, como si hubiera estado esperando para ser el gran número final de despedida. Deambulo como un poseso de un lado a otro del camping, rodeado de gente mirando boquiabierta al cielo. Incluso llega un momento en el que una aurora nace rasgando el cielo sobre mí, como si la pudiera tocar la mano, y literalmente me ciega como una explosión si la miro fijamente. No tengo palabras, pero si debiera usar una sería un adjetivo que siempre intento esquivar: mágico.

Comienza la fiesta
Disparando como posesos, I
Disparando como posesos, II
Disparando como posesos, III
Disparando como posesos, IV
Disparando como posesos, V
Disparando como posesos, VI
Disparando como posesos, VII
Disparando como posesos, VIII
Disparando como posesos, IX
Disparando como posesos, X
Disparando como posesos, XI

Tras un breve interludio en el que los cielos se tranquilizan y que aprovechamos para preparar el dormitorio, las auroras vuelven a aparecer ahora mirando hacia el mar, mezcladas con las nubes que allí todavía persisten. Esta vez ya no hace falta ni que salga de la furgoneta gracias a que la hemos aparcado con la puerta lateral frente a frente a donde se está produciendo el fenómeno. Basta con que monte el trípode sin extenderlo del todo, abra la puerta, y dispare. Más comodidad imposible. Son las 23:00 cuando las luces se atenúan por segunda vez hasta casi desaparecer, pero por si acaso dejo la cámara montada y lista para la acción a los pies de la cama.

Tirando de vagancia
Nuestras últimas...
... auroras boreales

Hoy, en nuestra última noche, la calefacción funciona mejor que nunca, permaneciendo encendida durante más de una hora y aumentando varios grados la temperatura interior. La noche termina con el silencio de Akranes haciendo compañía al penúltimo episodio de Masterchef USA que vemos para conciliar el sueño. Apagamos la luz de nuestra furgoneta, y ya todo empieza a ser por última vez. Última vez que nos arropamos con el nórdico. Última vez que cerramos los ojos mirando al techo del vehículo. Y mañana, última vez que pisaremos Islandia. Todo termina.