Recorriendo la península de Snaefellsness

Día 12 | 10 de septiembre de 2015

Mapa de la etapa 12

Contra todo pronóstico, hemos sido capaces de conciliar el sueño. La noche empezó con un viento moderado y una fuerte lluvia que impactaba ruidosamente contra el techo de nuestra furgoneta, pero por el lado positivo ese repiqueteo del agua tapaba el ruido de algunos coches llegando y saliendo del hotel. Según avanzaba la noche, la alerta por viento se hizo efectiva y nuestro hogar móvil sufrió los peores zarandeos del viaje, asemejándose por momentos a estar durmiendo en el vagón de un tren que avanza a toda velocidad sobre las vías.

Como acto reflejo, lo primero que hacemos al despertar es mirar por la ventana. La visibilidad sigue siendo nula y solo se intuye que el sol está saliendo por el lado opuesto a Kirkjufell. Nuestra segunda acción es conectarnos y consultar la previsión del tiempo. No existe una estación meteorológica en nuestra exacta ubicación de Grundarfjördur, pero si sendos puntos de recogida de datos varios kilómetros a lado y lado. La que se encuentra más al este anuncia que seguirá la lluvia durante todo el día y el viento empezará a remitir a mediodía, pasando a ser soportable a partir de la tarde. La del oeste, situada en el pueblo de Ólafsvík, promete que dentro de unas horas saldrá el sol y en ese instante el viento comenzará a remitir. De cumplirse todas estas previsiones, podríamos dedicar gran parte de la jornada de hoy a recorrer la península de Snaefellsnes y regresar por la noche a los pies de Kirkjufell, que ya estaría en muchas mejores condiciones para acampar. Lo que parece claro es que las próximas cuatro o cinco horas no son nada halagüeñas y el viento está en un punto en el que hace peligroso incluso conducir despacio. Lo más sensato parece buscar un local en el que poder pasar las horas a cubierto, con algún enchufe cerca y una buena taza de café.

Tras un vistazo rápido a Foursquare, parece seguro que ningún comercio de Grundarfjördur abre hasta las 9:00. Así que hacemos tiempo en la furgoneta, en su mayoría dormitando bajo el calor del nórdico, hasta que llega la hora. Nos las arreglamos para recoger el dormitorio, cambiarnos y pasar al asiento delantero sin tener que salir de la furgoneta y quedar a merced del temporal, y abandonamos al fin el aparcamiento del hotel. Nos esperan unos pocos metros avanzando a un máximo de 20 kilómetros por hora, con una constante lluvia lateral salpicando el vehículo y mirando a lado y lado todo lo que pueda parecer un lugar caliente y confortable en el que pasar las próximas horas. El primero, llamado Kaffi Emil, resulta ser un centro de visitantes con una pequeña cafetería, pero permanece cerrada y sin previsión de abrirse a corto plazo. El segundo, Kaffi 69, tiene mucho mejor aspecto pero resulta ser más restaurante que cafetería, por lo que no abrirá hasta las 11:00. Mientras tanto, Kirkjufell parece burlarse de nosotros dejando ver un fragmento del arco iris junto a ella. Damos media vuelta para hacer un segundo recorrido, y entonces se nos ocurre echar un vistazo al edificio anexo a la gasolinera N1 del pueblo.

Encontramos en él un supermercado con mesas a cubierto y que lleva ya abierto unos minutos. Entramos para comprar un cruasán de jamón y queso, sendas focaccias, un zumo de naranja y dos cafés, pagando en total algo menos de 2.000 coronas. Nos sentamos en las mesas y los astros se alinean. Justo sobre el radiador junto a nuestra mesa está esperándonos un puñado de enchufes libres. Desayunamos y pasamos aquí las siguientes horas, navegando por la red y observando el temporal mecer nuestra furgoneta tras la cortina de agua del ventanal.

Sentarnos en la mesa junto a nuestra furgoneta quizás no haya sido la mejor idea. Cada vez que suena un nuevo golpe de viento, la observamos y vemos como el viento la empuja hasta levantar la carrocería fácilmente más de un centímetro. Sé que no debería ocurrir, pero tengo el corazón en un puño pensando en si el próximo empujón la levantará lo suficiente para crear un túnel de viento y que vuelque. Por momentos parece que esté viendo una película de terror.

Temiendo por nuestra camper a la intemperie

Pasamos la mañana entretenidos en este salón improvisado gracias a la corriente eléctrica ilimitada y la conexión casi infinita, ya que a apenas tres días de abandonar Islandia todavía nos quedan por consumir tres de los cinco GB de conexión a Internet con Siminn. Navegamos, leemos las redes sociales, nos damos de vez en cuando un paseo por el supermercado, y finalmente llegan las 13:00 y desde hace ya un rato no escuchamos el maldito viento en el exterior. Es hora de ponernos en marcha, y decidimos hacerlo recorriendo Snaefellness comenzando por el sur. Como estamos en el norte, la forma más corta de iniciar la jornada es avanzar levemente al oeste para luego atajar hasta la costa sur mediante la carretera 54. Siguiendo ese orden podemos posponer todavía un poco más los miradores que requieran de una mayor distancia de visibilidad, cosa que la meteorología nos está negando de momento.

La carretera 54 termina siendo un puerto de montaña en el que tras pocos kilómetros hacemos una parada para observar el valle a nuestros pies. Es una parada esclarecedora. Esclarecedora de que hace un frío de mil pares de narices. Nos sirve para decidir añadir algunas capas más de ropa, cumpliendo aquello de que Islandia es el país del vestuario de capas de cebolla.

Las vistas desde la 54
Parece que toca abrigarse...
Snaefellsnes regala postales incluso en el lugar menos esperado
¿Quién vive ahí?
Directos hacia la nube

Seguimos superando la montaña, alcanzando ya cotas que rivalizan con las nubes y en ocasiones nos hace atravesarlas. Según vamos ganando visibilidad nos encontramos en el horizonte una catarata en la el viento provoca que parte del agua salga disparada hacia arriba. Cuando finalmente descendemos y alcanzamos la costa sur descubrimos que se trataba precisamente del primer punto que veníamos a visitar. La catarata de Bjarnarfoss se encuentra en una granja privada que impide llegar hasta su base, por lo que hay que conformarse con las vistas más allá de la finca particular.

Bjarnarfoss, donde el agua sube
Bjarnarfoss, ahora desde abajo

A solo tres kilómetros nos espera uno de los puntos más reconocibles de la península: la iglesia negra de Búdir. No pasa inadvertida gracias a estar construida con tablones de madera negra, lo cual sumado a su ubicación a poca distancia del mar la convierte en un punto muy frecuentado por aficionados a la fotografía. Y por ello encontramos a nuestra llegada a cuatro o cinco personas ataviadas con sus caros equipos rodeándola y retratándola desde todos los ángulos posibles. Les acompañan unas cuantas ovejas que han sabido aprovechar el despiste de algún turista que olvidó cerrar la verja a su paso y conseguido así acceder al cementerio cercado, dando buena cuenta no solo de la hierba sino también de algunas flores instaladas sobre las lápidas.

Bienvenidos a Búdir
Uno de los lugares más fotografiados de Islandia

Nos unimos al grupo de obsesos por la fotografía, aprovechando además que el cielo se está abriendo y las nubes corren a toda velocidad. Se nos va el tiempo y en ningún momento pienso en equiparme los guantes, por lo que termino con las manos congeladas.

A éste le han dicho que aquí se come bien
Búdir y Bjarnarfoss al fondo
Jugando con las nubes

Iniciamos ahora desde este litoral sur nuestro itinerario que bordeará toda la punta de la península, y lo hacemos rumbo al oeste para detenernos 12 kilómetros después en el aparcamiento de Raudfeldsgjá. Señalizado solo en el último momento, lo que encontramos aquí es una grieta en la montaña a la que llegar tras algo menos de un kilómetro de suave pendiente. Dicha grieta supone el punto de partida para recorrer un cañón que acompaña al río y se estrecha más y más a cada paso. El río viene con bastante agua, por lo que solo es apto para gente debidamente equipada y dispuesta a meter los pies en remojo. L enseguida desiste, pero yo avanzo un par de tramos hasta llegar a un pequeño plano de tierra seca desde el que observar parte del camino que continúa hasta quién sabe dónde. El regreso al aparcamiento, en descenso, nos brinda unas fantásticas vistas al océano que trae consigo un fuerte oleaje distinguible desde lo lejos.

Acercándonos a la grieta
La entrada a Raudfeldsgjá
El interior de Raudfeldsgjá, I
El interior de Raudfeldsgjá, II
Estilo, mucho estilo
Las apabullantes vistas del regreso

La siguiente parada en nuestro periplo por Snaefellness es Arnastapi. Nos esperan aquí una serie de acantilados por los cuales varias cataratas mandan su agua directamente al mar. En el puerto junto al mirador cientos de patos se dejan llevar por las mareas, y caminamos durante unos pocos metros el sendero que conecta Arnastapi con el vecino pueblo de Hellnar a dos kilómetros y medio de distancia.

Arnastapi y sus patos
Las movidas aguas de Arnastapi
Al fondo, pequeñas caídas de agua a lo largo del acantilado
Basalto, basalto por todas partes

Mientras deshacemos el tramo que nos desvió de la carretera principal que recorre la península nos topamos con un surtidor de agua de libre acceso del que cuelgan dos mangueras: una para rellenar el depósito de agua de la camper y otra con una escoba instalada en su extremo para poder quitar algo de suciedad del coche. Lo aprovechamos para quitar un poco de esa capa de tierra pegada acumulada con los días.

Proseguimos la marcha y cruzamos ya el cartel que indica que hemos entrado en los dominios del Parque Nacional de Snaefellness. A nuestra derecha sucede inadvertido un espectáculo que las nubes nos privan de disfrutar: el volcán Snaefellsjökull en todo su esplendor, protagonista del inicio del Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne y responsable en gran medida de la geología de la zona. Por desgracia su cima es también un imán para las nubes que nos acompañan, y aunque los alrededores muestren síntomas de mejoría la persistente mancha grisácea no se aparta del volcán.

Alcanzamos la playa de Djúpalónssandur. Nos dirigimos primero a pie hasta el mirador, desde el que hacernos una idea del lugar y tomar la decisión de descender hasta la orilla. En el camino, encontramos las piedras de contornos suavizados que supuestamente se utilizaban para medir las aptitudes de los hombres como marineros. Las hay de distintos pesos, y para poder trabajar a bordo de un navío debías ser capaz de transportar hasta él la que supuestamente pesa 54 kilos. La más grande y pesada alcanza los 154. Yo me acerco a la de 54, la tanteo un poco, y acabo levantando no sin esfuerzo la más pequeña de menos de 30 kilos. Me da igual, la vida en alta mar no es para mí.

El fuerte oleaje de Djúpalónssandur
Ahí está, supuestamente, el volcán Snaefellsjökull

Alcanzamos el mar y la playa, aunque negra igual que todas, está constituida por pequeñas piedras y no por arena. Esparcidos por ella descansan los restos oxidados de un barco inglés que naufragó dejándose por el camino 14 de sus 19 tripulantes hace ya más de 150 años. Le da un tono desolador y solemne al lugar, junto al cual el océano vuelve a brindarnos un fortísimo oleaje al que es mejor no acercarse demasiado para evitar sorpresas.

Descendiendo hasta la orilla
Los restos del naufragio
Nuevamente arena y rocas negras

La siguiente parada está requiere una distancia algo mayor que la de los últimos tramos, ya que espera a más de 30 kilómetros de nuestra posición. Helissandur es el primer núcleo urbano que encontraremos ya de nuevo en la costa norte de la península, y aunque el mirador hacia Snaefellsjökull que teníamos apuntado aquí carezca de sentido por las persistentes nubes, los alrededores del lugar sí que nos brindan un colosal arco iris completo ante el que detenernos unos segundos.

El gran arco iris de camino a Helissandur

Para terminar, la última parada antes de completar nuestro circuito es Ólafsvík. Otro núcleo urbano, a nuestro parecer mayor que el de Helissandur, cuya estrella es una iglesia que como tantas y tantas en Islandia hacen de su original arquitectura un atractivo. Ésta se encuentra custodiada por una catarata bastante notable en la distancia.

La iglesia de Ólafsvík
Un templo más de curiosa arquitectura
Ningún rincón sin su catarata

A estas alturas ya hemos decidido qué es lo peor de la jornada: la rutina de detener el coche, ponerse varias capas de ropa, salir al exterior, invertir unos minutos, regresar al coche, quitarse las capas ya que es incómodo estar en el interior con ellas, circular unos minutos y volver a empezar. Snaefellness concentra muchos puntos de interés en muy poca distancia, por lo que pasamos más tiempo entrando y saliendo del vehículo que en marcha.

Para cerrar el círculo nos dirigimos ya hacia el mismo supermercado y cafetería que nos ha acogido esta mañana, pero antes de llegar volvemos a pasar junto a la montaña de Kirkjufell. Y tras una tarde en la que el tiempo había vuelto a ser benevolente y apacible, al acercarnos a ella todo vuelve a teñirse de gris y reaparece el más fuerte de los vientos. Ya sabíamos que el día en el que podremos disfrutarla -o eso esperamos- en condiciones es mañana, pero la sensación no deja de ser frustrante. Hacemos un alto en uno de sus miradores más escorados al este. Solo pretendo alejarme unos pasos del vehículo, tomar cuatro instantáneas y regresar. Pero es suficiente para agotarme en la lucha contra el viento, y cuando necesito hasta cuatro intentos para cerrar la puerta del coche y evitar que el temporal la arranque de cuajo, ya empiezo a ponerme seriamente de mal humor. Este tipo de temporal acaba quebrando el ánimo de hasta el más paciente, y tampoco es que yo tenga demasiado aguante.

Tras la parada rápida en el súper, regresamos al aparcamiento frente a Kirkjufell. Y no porque seamos unos suicidas, si no porque realmente la previsión del servicio meteorológico es que el temporal tiene que empezar a remitir y dormir aquí ya no debería ser un riesgo. Antes del aparcamiento "oficial" encontramos un pequeño apartadero que parece algo refugiado del viento gracias a un corte en la montaña, pero una autocaravana se nos ha adelantado y ocupa ya la única superficie horizontal disponible. Debemos seguir por lo tanto hasta el apartadero oficial, donde se reúnen a estas horas cinco o seis coches. Y es que resulta que el tiempo ha dado una pequeña tregua, la suficiente para que parezca seguro recorrer a pie los algo más de 100 metros que nos separan del puente sobre Kirkjufellfoss y su ángulo perfecto para retratar la montaña junto a las cataratas.

Lectura sobre Kirkjufell

Nos unimos al grupo y a toda prisa conseguimos nuestras primeras imágenes decentes de Kirkjufell. La sensación de victoria es enorme al saber que pase lo que pase mañana, por lo menos no nos iremos de vacío. Regresamos a una furgoneta cuyo motor ya no se volverá a poner en marcha hasta mañana y la nube que se acercaba a nosotros por la espalda mientras lanzábamos fotografías nos alcanza antes de que podamos ponernos a cubierto.

Y, por fin, Kirkjufell posa para nosotros
Con lo que se ha hecho de rogar, hay que sacarle provecho

Algo mojados, volvemos al interior de la Renault Trafic con el único objetivo de hacer la cena, preparar la cama y esperar lo mejor para el día siguiente. Pero el reloj alcanza ya las 22:00 cuando el maldito viento de Kirkjufell sigue azotando los laterales del vehículo, zarandeándolo de forma violenta cuando menos te lo esperas. Vaya noches nos está regalando Snaefellness.