Hverfjall, Godafoss, Fabrikkan y Kolugljufur

Día 10 | 8 de septiembre de 2015

Mapa de la etapa 10

De nuevo arrancando a las siete de la mañana con energías restablecidas. El cielo amanece muy despejado, una situación que nos hubiera venido muy bien la noche anterior cuando las densas nubes nos privaron de lo que parece haber sido una noche especialmente intensa de auroras boreales. Pero lo más importante es que, cuando abrimos la puerta, comprobamos que el viento ha desaparecido casi por completo. Exactamente unos cuantos cientos de metros frente a nosotros tenemos a Hverfjall riéndose todavía por cómo salimos despavoridos la mañana anterior, pero lo que no sabe es que pensamos volver para vengarnos. No sabemos si lo rodearemos por completo -no es moco de pavo, entre hora y hora y media-, pero por lo menos poder pasar más de cinco minutos en su cresta sin miedo a salir despedido por el viento. El plan original para hoy era abandonar temprano la zona de Mývatn, así que ejecutar nuestra venganza requerirá apretar un poco la agenda.

En el viaje de ida y vuelta paseando hasta los baños del camping sufrimos por primera vez la temida invasión de pequeñas moscas de Mývatn. En los lavabos junto a las duchas, no hay un solo centímetro cuadrado sin una mosca moribunda. Parece Normandía. Al regresar hasta la furgoneta, nuestra cara cruza pequeñas nubes de ellas. Afortunadamente supimos de ello con antelación y traemos, por si fuese necesario, un par de redecillas para la cabeza compradas por una cantidad irrisoria a través de eBay. En cualquier caso, lo más probable es que según nos aproximemos a Hverfjall y nos alejemos ligeramente del lago tanto por distancia como por altura las moscas dejen de ser un problema.

Son las 9:00 cuando nos hemos despedimos tras tres noches de estancia del camping de Vogahraun, el cual recomendamos aún sabiendo que los precios son algo elevados. Haciendo la suma, hemos gastado aquí 9.000 coronas por tres noches para dos personas -incluyendo duchas y electricidad, si puedes consumirla-, 7.400 coronas en cenar -¡y desayunar!- un par de pizzas con bebida, y 3.000 coronas en lavar y secar nuestra ropa sucia acumulada. En total y tras aplicar el cambio, las buenas gentes del camping se han quedado con unos 130 o 140 euros de nuestro bolsillo. En unos 15 minutos y tras volver a superar los dos kilómetros de grava, volvemos a encontrarnos en la base del acceso fácil a lo alto de Hverfjall. Esta vez con mucho menos viento que hace 24 horas.

Solo dos coches incluyendo el nuestro se quedan esperando en el parking cuando iniciamos por segunda vez la subida. De nuevo el viento es más intenso aquí que en los alrededores del lago, pero en esta ocasión parece mucho más soportable. La subida transcurre sin contratiempos, una vez más con una primera mitad de ascenso suave para luego dar paso a una segunda mitad algo más empinada en la que parar en alguna ocasión y dar media vuelta para apreciar las vistas.

Ya estamos aquí otra vez...

Alcanzamos la cima, nada inédito hasta aquí. El viento sigue dándonos algo parecido a una tregua. Al igual que ayer y al contrario que la mayoría de senderistas, comenzamos a recorrer el perímetro del cráter en el sentido de las agujas del reloj con tal de evitar una fuerte subida que espera en el lado contrario. Avanzamos con paso lento pero seguro y en apenas tres minutos ya hemos superado lo que fue nuestro punto de retorno durante la jornada anterior. Ya más confiados pero conservando la prudencia, llegamos al hito que nos hemos marcado, el punto más alto de la circunferencia en esta porción del perímetro.

Primera fase completada
Segunda fase en proceso
Tercera fase, ¡conseguida!

Las vistas consiguen que haya merecido la pena. Tenemos al noreste toda la extensión de columnas de vapor, alguna de ellas correspondiente a los baños termales. Al noroeste aguarda el Lago Mývatn presidido por el monte Vindbelgjarfjall, ese que tampoco pudimos visitar ayer a causa del viento. Y siempre iniciando su descenso a escasos pasos de nuestra posición la pared interior de Hverfjall. Con lo que ha costado y la perseverancia que ha sido necesaria para llegar hasta aquí, nos resistimos a iniciar el camino de regreso. Si las condiciones actuales no cambiaran, podríamos asumir la misión de rodear por completo la cima, pero ya hemos hecho concesiones en nuestra agenda para llegar hasta aquí y continuar hasta dar la vuelta completa supondría demasiados ajustes.

Por fin podemos disfrutar de Hverfjall
Mývatn y Vindbelgjarfjall desde la cresta

Damos la misión por cumplida y, con una maravillosa sensación de haber superado un obstáculo, deshacemos nuestros pasos para regresar hasta la camper. Hverfjall debe tener miedo a que olvidemos de lo que es capaz, ya que por momentos el viento empieza a soplar más fuerte y levantar nubes de tierra en lo comienza a asemejarse al infierno con el que nos recibió ayer. Pero parece que se ha quedado con las fuerzas justas y no puede mantener esa violencia de forma constante, por lo que parando unos instantes en los peores momentos conseguimos alcanzar la bajada. Vemos ya en el parking hasta 13 vehículos y durante el descenso nos cruzamos con gente que lleva equipados objetivos con la anilla roja -traducción: no son baratos- totalmente expuestos y desprotegidos ante la tierra que el viento lanza contra ellos, sin ni siquiera la tapa del objetivo puesta para evitar que la lente reciba directamente los golpes.

Son las 10:30 cuando estamos de vuelta en la furgoneta sabiendo que aquí termina nuestra estancia en el Lago Mývatn. Por delante nos quedan 55 kilómetros hasta el próximo hito, uno que tras casi dos días desde la última revivirá nuestra pasión por las cataratas. Godafoss espera.

El desvío a mano izquierda cuando restan diez kilómetros para alcanzar la catarata no indica Godafoss, si no que es la continuación de la carretera 1 hacia Akureyri. Cuando quedan tres kilómetros para la meta y empezamos a descender una colina, la cascada aparece por debajo de nuestra posición. Dando la sensación de ser pequeña desde esta distancia alcanzamos uno de sus aparcamientos, en concreto el más cercano a la catarata en la orilla oeste del río. Ya estacionados, nos equipamos el cubrepantalón para completar nuestro uniforme de resistencia al agua y nos ponemos en marcha.

Nos acercamos todo lo que el instinto de supervivencia permite a su extremo derecho, dando un par de saltos para atravesar de roca en roca el riachuelo que se interpone entre ella y nosotros. El viento es cambiante y con él la dirección que toma la nube de agua, que por estar a tan corta distancia nos empapa tanto o más que la de Dettifoss. La catarata es impresionante y estilizada, formando un anfiteatro que la diferencia de cualquier otra. Su nombre viene de historias de la literatura clásica islandesa que aseguran que fue aquí donde lanzaron al agua a los dioses antiguos de la cultura islandesa tras abrazar el cristianismo.

Sorteando rocas para llegar al balcón
El anfiteatro de Godafoss
Disfrutando del espectáculo

Regresando hacia el aparcamiento vemos otro mirador inferior perfectamente delimitado por un cordel. En realidad resulta algo redundante, ya en este lateral hay mil ángulos y posiciones que son para enmarcar sin necesidad de que un cordel dictamine donde debes o no debes hacer fotos.

Godafoss en todo su esplendor

Tomamos el coche para cruzar el puente hasta el otro lado, no tanto por querer evitar el esfuerzo de hacerlo caminando si no por ganar un tiempo que no podemos desperdiciar. Pasamos junto a unos baños públicos unisex, y tras parar en el parking más cercano a este lateral de la cascada y escuchar como el viento activa la alarma antirrobo de un vehículo iniciamos el camino hasta el punto de vista más cercano al agua que el entorno ofrece.

Veníamos informados de que este sendero no estaba señalizado, pero nada más lejos de la realidad. Según nos acercamos avanzando en paralelo al río unos metros por encima de él un poste indica el punto en el que se abre un camino de tierra por la derecha que rápidamente desciende hacia él. El mirador es también para no perdérselo, aunque la exposición al viento y la nube de agua alcanza cotas máximas debido a la cercanía al salto.

El mirador más cercano

Solo nos queda remontar la pequeña cuesta y continuar un poco más allá el camino superior para alcanzar el último de los miradores, el que más se acerca desde arriba al extremo más oriental y que deja la catarata a la derecha ya que estamos mirando hacia el sur. Otro lugar propicio para conseguir fotografías dignas de un marco.

El último de los balcones a Godafoss

Regresamos al parking, acercándonos ya a las 14:00 y con el estómago recordándonos que en la cercana ciudad de Akureyri hay una popular hamburguesería que quizás nos interese. Antes de llegar al vehículo vemos en una pequeña playa mínimamente resguardada del viento a un grupo de personas practicando algún tipo de disciplina oriental. Nosotros a duras penas conseguiríamos mantener el equilibrio en algunas de las posiciones que están practicando, no digamos con la presencia de un viento que por momentos vuelve a recordarnos a nuestro némesis de la jornada de ayer.

Un sitio tan bueno como cualquier otro

De nuevo en nuestra Renault Trafic ponemos rumbo al oeste donde a 50 kilómetros espera la ciudad de Akureyri, conocida por ser la "capital del Norte". Si en Islandia existiesen los Stark, este sería su hogar. Tras aproximarnos por el otro lado al fiordo de Eyjafjördur en el que se encuentra cruzamos un gran puente y nos topamos con las entrañas de la ciudad, que ya desde el primer momento queda claro que es mucho más que uno de los típicos pueblos encontrados hasta ahora. Siguiendo las instrucciones del GPS nos quedamos a escasos metros de la Hamburguesería Fabrikkan y vemos lo que parece un aparcamiento con algún tipo de restricción. Estacionamos y, tras preguntar a cuatro personas y que nos manden de un sitio a otro hasta en tres ocasiones, en una cafetería nos informan de que debemos indicar mediante un papel en la luneta a qué hora hemos llegado. El aparcamiento tiene unas señales que dan a entender que la estancia máxima permitida es de dos horas entre las 10:00 y las 16:00. Anotamos las 14:30 y también dónde nos encontraremos, por si hubiera un problema. Nos vamos a comer.

Fabrikkan huele a sofisticado desde el instante en el que entras por la puerta. El local es enorme, con grandes sofás y buena música, y en la vitrina junto a la puerta vemos unas pequeñas hamburguesas que luego sabríamos gracias a la carta de postres que resultan ser dulces muffins. Nos decantamos por dos variantes de hamburguesa de cordero, bien hechas y acompañadas de patatas. Para beber L es tradicional y fiel a su Coca Cola Zero, pero a mí me atrae el "Batido de chocolate con hielo"... que sí, no es más que Laccao o Cacaolat -nótese ya mi doble nacionalidad catalanomallorquina- con cubitos de hielo. Mientras esperamos el plato principal descubrimos una maravillosa conexión a Internet a más de 20 Mbps que aprovecho para descargar el último episodio emitido de MasterChef USA con el ordenador portátil.

¿Pero esto qué...?
Póngame cuatro

Llegan las hamburguesas. Y las lágrimas no nos dejan ver más allá. Y las babas no nos permiten articular palabra. El cordero está jugoso, sabrosísimo, y elevado a lo espectacular con una salsa que parece tener una base de mantequilla. El pan, cuadrado y con semillas, se deshace cuando el mordisco lo une con las grasas de la hamburguesa. Y las patatas... ay, las patatas. Nos sentimos gordos solo de recordarlo, pero volveríamos a repetir con los ojos cerrados. Normalmente terminamos las comidas tan saciados que lamentamos no tener hueco suficiente para el postre, pero yo hoy hago el esfuerzo extra. Ese muffin con forma de hamburguesa no lo voy a encontrar en otro sitio. Está caliente y sabe a chocolate. ¿Podemos acampar aquí?

Póngame ocho
¡Póngame quince!

Pagamos una cuenta que se queda en las 6.300 coronas, 44 euros al cambio. Probablemente esta sea nuestra última incursión en la gastronomía islandesa hasta, por lo menos, nuestras últimas horas en Reykjavik cuando hayamos devuelto el vehículo. Ahora nos quedan por delante días en los que agotar los productos que tenemos en la nevera.

Antes de reemprender la ruta callejeamos unos minutos por lo que parece la zona más comercial de Akureyri. Está muy poblada de servicios, desde decenas de restaurantes hasta híbridos entre cafetería y librería, pasando por tiendas de ropa, joyas y más. Pero pese a que todos los comercios permanezcan abiertos el barrio tiene un aspecto desolado, quizás debido a que para los islandeses nos encontramos ya en temporada baja y hoy es un día laboral cualquiera.

Regresamos a la furgoneta, donde parece que no ha habido inconveniente con nuestra peculiar forma de indicar la hora de llegada. Tras unos minutos estamos en uno de los dos supermercados Bonus de Akureyri. También dispone de un Netto, pero con la franquicia del cerdito rosa nos basta para reponer pan, leche y refrescos. 1.300 coronas, probablemente nuestra compra más económica en un supermercado islandés.

Toca avanzar en la ruta. Y de qué manera... nos separan casi 200 kilómetros de nuestro destino final del día, lo que con las velocidades que suele permitirnos la carretera 1 que volvemos a transitar debería dejarnos allí dentro de dos horas, alrededor de las 19:00. Los primeros 60 kilómetros nos llevan por las entrañas de un descomunal valle atravesado por una carretera 1 tan impecable que, sin ser consciente de ello, el velocímetro alcanza los 130 km/h cuesta abajo y debo reducir. Nos detenemos en un merendero pasado el valle, pero ha quedado ya demasiado atrás y no puedo retratarlo como me gustaría. En su lugar podemos contemplar un trozo de río que traza una media circunferencia alrededor de un gran meandro.

Un meandro, sigamos

Los siguientes 130 kilómetros los recorremos haciendo una muy buena media, pasando por el pueblo de Blönduós. Antes superamos un desvío indicado como Dalvik, del que me pregunto si tendrá algo que ver con los ingenieros de Google poniendo nombre a la máquina virtual para Android. Superamos prados y más prados y las montañas con cimas nevadas que antes veíamos a lo lejos ahora van desapareciendo por el simple motivo de que las hemos superado. Mientras nosotros vivimos en agrupaciones de casas y pisos donde corremos el riesgo de soportar indeseables vecinos, hay gente que pasa su vida en una de las solitarias granjas que estamos pasando de largo. Nos gustaría saber qué nivel de vida pueden mantener. O quizás no, ya que nos forzaría a replantearnos muchas cosas.

Alcanzamos, ya amodorrados por la monotonía de la carretera, el desvío a mano izquierda a diez kilómetros de Ferdabjónustan Daeli. Decidimos pasar la noche en esta zona por dos motivos: el primero, que está situado 20 kilómetros al sur de Hvítserkur, un muy fotogénico arco que emerge de las aguas de la costa norte islandesa y que pretendemos visitar la mañana posterior. El segundo, que se encuentra a una buena distancia intermedia entre nuestro origen en Mývatn y nuestro destino de mañana, uno de los más esperados del viaje. Así que para partir en dos la larga jornada de carretera, algo más de 200 kilómetros hasta aquí parecía un buen sitio en el que detener la marcha.

Pero antes de alcanzar el camping y ya en el mismo desvío pasamos de largo el giro final para avanzar apenas un par de kilómetros más. Estos nos llevan a Kolugljufur, una falla que atraviesa el valle en el que nos encontramos y en el que, frente al puente que la atraviesa, aloja una catarata que también va a sorprendernos. Aparcados prácticamente a metros de ella, las rocas de su lateral derecho nos permiten quedarnos a una distancia irrisoria de sus distintos saltos. Este tipo de cataratas con un caudal más reducido que permite ver la mojada roca que queda tras el agua precipitándose tienen un encanto especial y dan mucho juego tras el objetivo de una cámara. Esta no solo no es una excepción, si no que gracias a la estratégica posición de varias rocas en las que posarse se presta especialmente a ser retratada. Por si fuera poco, siguiendo el camino de agua tenemos unas vistas privilegiadas a como la falla continúa abriéndose paso entre las altas paredes. Una delicia de parada que inevitablemente se alarga más de lo esperado.

Las cataratas de Kolugljufur
Un poquito más cerca
Asomándonos a la falla
Contemplando la falla

Son las 19:30 cuando hemos deshecho el pequeño desvío y recorrido los tres kilómetros adicionales que nos llevan al camping de Ferdabjónustan Daeli. Y aquí nos estaba esperando la guinda del pastel. Nos detenemos en un descampado en el que no hay absolutamente nadie aparcado para acto seguido dirigirnos a pie hasta lo que parece una mezcla de restaurante y hotel de montaña. En su casi vacío interior las dos chicas de la recepción nos confirman el precio de 1.000 coronas por persona y noche -el más barato hasta ahora, y además incluye duchas- y que tanto las duchas como la cocina comunitaria se encuentran en el tercer descampado, el más alejado del edificio principal. En el central hasta seis pequeñas encantadoras cabañas con baño privado y literas forman un círculo que nos hace plantear si pasar por una vez una noche bajo un techo diferente al de la furgoneta. Pero su precio es de 8.000 coronas y la excesiva diferencia de precio respecto al campamento nos hace descartar esa posibilidad.

Pagamos la estancia y, al salir del local, descubrimos en los jardines frente a la entrada a un perro que en cuanto ve que tiene nuestra atención corre hacia nosotros pelota en boca con ganas de jugar. Está a la defensiva, pero acaba cediendo y dejándose acariciar. Parece que sea algo mayor, pero la buena vida que debe tener en estos campos le mantiene en forma. Regresamos al coche para instalarlo definitivamente en el área designada, intentando que quede lo más cerca posible de la cocina y las duchas. En este descampado volvemos a no encontrar absolutamente nadie. Dejamos la furgoneta frente a unos columpios y una pequeña caseta sacada de los decorados de The Walking Dead y entramos en la gran construcción de madera que aloja las instalaciones comunitarias. Nos espera dentro un amplio y acogedor comedor con capacidad para 40 o 50 personas, una completa cocina con vitrocerámica y unos baños completos con calefacción y las primeras duchas con mampara de todo el viaje. Y todo, según parece, para nosotros solos.

Previously, on AMCs...
El comedor comunitario, por fuera
El comedor comunitario, por dentro

No tardamos en cargar con todo lo susceptible de ser enchufado junto a algunas cosas para cocinar y meterlo todo en la caseta. Pasamos aquí un largo rato dejando todas las baterías al 100%, cociendo los macarrones que nos quedan para un plato futuro y relajándonos, relajándonos muchísimo. Para ya poner el broche, la cobertura móvil de Siminn es perfecta y nos permite mantener sendas conversaciones fluidas y sin cortes con nuestras familias sin miedo a escuchas ajenas gracias al vacío de todo el comedor. Llegado el momento, debo regresar a la furgoneta para coger algunas cosas y ahí descubro la única parte subjetivamente negativa. La camper ha quedado aparcada junto a la zona de juegos con aspecto abandonado. Está ya muy oscuro. El viento suena con fuerza. No hay nadie. Dicho de forma sutil, siento cierto gusanillo en el estómago que hace que tenga mucha prisa en regresar a la cabaña. Dicho de forma clara, me cago vivo. Tengo un amigo aficionado a recorrer lugares abandonados en busca de cacofonías y seguro que le encantaría recorrer este lugar.

Son imaginaciones tuyas, son imaginaciones tuyas...

No nos dan las uvas pero sí las 23:00 viendo el capítulo de MasterChef -¡Luca!- cuando va siendo hora de organizar nuestro dormitorio de siempre, aunque la tentación de coger el nórdico y colocarlo sobre las mesas del comedor es muy grande. Al salir al exterior veo ese resplandor familiar en el cielo. Hago la prueba, pero no da el resultado esperado: solo unas nubes con cierto tono verdoso en su contorno. Probablemente las auroras estén tras ellas ofreciendo un espectáculo solo al alcance de los pájaros y los aviones. Así termina un día más, que empezó bien, continuó mejor y terminó excelente. Nos deshacemos de una hoja más del dossier con el plan de viaje, que poco a poco se está acercando a su final.

Sin auroras esta noche