Paseando y comiendo en Mývatn

Día 9 | 7 de septiembre de 2015

Mapa de la etapa 9

Segunda mañana consecutiva que no arrancamos hasta las 7:00, y no a las 6:00 como venía siendo habitual. La comodidad y calidez del nórdico sigue causando ese efecto "cinco minutos más, mamá" que está aplazando el momento en el que arrancar el día. En el exterior, toda la noche ha soplado un fuerte viento que zarandeaba la furgoneta pero sin llegar nunca a suponer un problema para conciliar el sueño. Arrancamos el sistema de calefacción para poder salir de la cama, y a los pocos minutos vuelve a comportarse erráticamente y expulsar aire frío. Sin embargo, anoche funcionó sin problemas durante una hora antes de que lo apagáramos para ir a dormir. ¿Quizás la batería de la que se alimenta esté averiada y pierda carga durante la noche?

Adoro este nórdico
Amanece un nuevo día en Vogahraun

Hoy afrontamos un día al que no le faltarán cosas para visitar, pero deberíamos poder tomarnos con mucha calma gracias a la poca distancia a recorrer entre punto y punto. Tras pasar dos noches junto a él, nos dedicaremos al fin a visitar lo que el Lago Mývatn y sus alrededores tienen que ofrecer. Nos esperan cuevas, cráteres, paseos junto al lago y otros atractivos que provocan que este suela ser un punto de parada extendida para muchos de los turistas que recorren el país.

Una asignatura que tenemos pendiente antes de marcharnos de Islandia es conectar con la gastronomía local. Hasta la fecha no es que hayamos comido precisamente mal, ni cuando lo hacemos en la furgoneta ni cuando esporádicamente visitamos algún local, pero es cierto que solemos apostar sobre seguro con platos conocidos como pizzas o hamburguesas. El otro miedo que tenemos es que probar algo no tan universal nos vaya a costar un riñón y medio, sabiendo como es el coste de la vida en Islandia. Por eso, cuando durante el desayuno estudiamos la oferta gastronómica de la zona, el hallazgo del Vogafjós Restaurant, sus opiniones en Foursquare, su carta de menú y sus precios, decidimos modificar ligeramente el plan del día para darle una oportunidad durante el horario de comidas. Pero de eso ya hablaremos cuando llegue el momento.

En lo que a alimentación se refiere, empezamos el día del mismo modo que terminamos el anterior: con pizza. Desayunamos las sobras de la pasada cena y nos ponemos en marcha comenzando por el punto de la agenda situado más al noreste del lago: la cueva de Grjótagjá en la que la salvaje Ygritte convertía a Jon Snow en un hombre.

La alcanzamos alrededor de las 9:30. Se puede acceder tanto por la carretera que pasa frente al camping como desde el acceso por el este a Mývatn, ya que se encuentra junto a una vía que ataja entre estas dos. El desvío desde dicho acceso está perfectamente señalizado, pero no se puede decir lo mismo del aparcamiento concreto en el que hay que parar para visitarla, aunque con un poco de sentido común no cuesta deducir que ese gran apartadero con unos carteles imposibles de distinguir desde la carretera debe ser lo que andamos buscando.

Tras apenas 100 metros a pie desde el coche estamos ya en la grieta que se adentra unos pocos metros bajo la tierra. Y ahí mismo, tras descender por unas pocas rocas en forma de peldaño, tenemos la piscina subterránea. Unas aguas preciosas de colores intensos, cristalinas y que emanan vapor ya que su temperatura se mueve entre los 40 y los 45 grados. Desgraciadamente está prohibido el baño, y digo desgraciadamente porque el calor que la cueva retiene incita a quedarse en ropa interior y zambullirse en ella. Somos capaces de rodear el agua por la derecha asegurando el paso a través de varias rocas. Tomamos fotos, decenas, cientos de fotos, de quizás uno de los lugares más preciosistas que nos hemos topado durante el viaje hasta la fecha.

Bienvenidos a Grjótagjá
Me meto, no me meto...
Los impresionantes colores de la cueva

Cuando ya nos disponemos a pasar al próximo punto de la agenda, vemos a mano derecha del aparcamiento lo que parece otra grieta por la que acceder a las aguas. Y efectivamente, lo es. Todavía más fácil de descender para literalmente dar con los pies en ella, aquí tenemos una vista todavía más amplia de los calmados tonos verdes y azul turquesa iluminados por rayos de sol que entran por pequeños agujeros en la roca. Es posible que por mero azar hayamos venido en el mejor momento del día para retratarlo. Un lugar mágico en el que me cuesta imaginar a todo el equipo de rodaje de Game of Thrones rodando las desventuras de Jon Snow.

Nos esperaba el mejor mirador
Acceso al mejor mirador de Grjótagjá

Nuestra próxima parada es Hverfjall, un cráter negro visible desde prácticamente cualquier punto de la zona. Está a unos escasos 1.500 metros de nuestra posición, pero el rodeo que debemos hacer en coche hasta el aparcamiento en su base nos supone seis kilómetros más que sumar al marcador. El estado de los dos últimos, sobre un camino de oscura grava bastante suelta, hacen que debamos tomárnoslo con calma al volante.

Llegamos junto a unos cuantos más vehículos a lo que se anuncia como el acceso más fácil hasta la cresta del negro cráter al este del Lago Mývatn. La otra subida permitida es por el extremo opuesto y tiene fama de ser muchísimo más dura, tanto por su algo mayor longitud como por su más pronunciada pendiente. Viendo que el viento amenaza con no irse a corto plazo, nos equipamos bien para resistir su empuje y empezamos a subir. El primer tramo no es tan fiero como parecía desde abajo pero la segunda mitad aumenta el desnivel, lo cual sumado a que ya llevas ascendidos metros suficientes como para que tu coche sea un pequeño juguete en la distancia hace que se haga algo duro. Dosificando esfuerzos, llegamos hasta arriba.

El ascenso asequible a Hverfjall

Es grande, mucho más que el cráter de Viti y obligándote a mover la cabeza para observarlo entero. Quedan tras nosotros buenas vistas al lago, presididas al fondo por la cima del monte Vindbelgjarfjall que quizás, solo quizás, subamos antes de que termine el día. Recuperados del esfuerzo de la subida, nos disponemos a rodear el cráter por completo en lo que probablemente nos lleve un rato. Decidimos seguir el sentido de las agujas del reloj para que a nuestro regreso debamos descender un tramo que ahora mismo se nos haría muy duro cuesta arriba.

En la cresta del cráter

Los primeros metros van bien. Los segundos... bueno, podemos con ellos. En los terceros la cosa se complica. El viento hasta ahora molesto pero soportable -al llegar a la cima nos permitía inclinarnos sin caer, lo cual tenía su gracia- ha pasado a ser violento de verdad. Yo consigo mantener la vertical clavando los pies en el suelo, pero L empieza a tener serios apuros para mantenerse en el sitio. Patina de lado, empieza a asustarse y yo también de ver como el viento le está ganando la batalla. Corro a su posición para hacerle de tope, y no tardamos mucho en comprender que así va a resultar imposible completar todo el recorrido. Cuando apenas llevamos rodeado un 20% del perímetro, deshacemos con muchas penurias lo andado para regresar al punto de descenso.

Tras dejar a L relativamente a salvo descendiendo ya por un lateral menos castigado por el aire, me resisto a abandonar la misión y doy media vuelta para volver a intentarlo yo solo. Dejo solo mis ojos sin protección, manteniendo a cubierto el resto de la cara gracias al gorro y la braga de cuello. Doy un paso. Y otro. Y otro más. Ya puedo ver a los tres valientes que quedan arriba. Y entonces llega. Viene directa hacia mí una nube de tierra a toda velocidad que hace que patine varios metros y solo pueda detenerme clavando en el suelo un bastón de senderismo de los que L traía consigo. Puedo hacer frente entre mi peso y mi fuerza a los golpes de viento. Puedo detenerme lo que haga falta para esperar a que amaine y retomar la marcha. Pero contra lo que no puedo hacer nada es contra medio cráter golpeando mis ojos a toda velocidad. Sin una protección adecuada, esto es jugársela absurdamente. E incluso con unas buenas gafas protegiéndome la vista tendría mis dudas.

Aquí termina Hverfjall para mí también. Doy media vuelta y todavía me queda por superar los primeros cuesta abajo no resguardados del viento. Las nubes de tierra me adelantan. Con la ayuda de la GoPro intento registrar un mínimo de la experiencia, y no sé si por hacerlo le habré causado una pequeña marca en la lente fruto de un grano de tierra que golpea la pequeña lente con violencia. A medida que el viento amaina durante el descenso, aligero el paso para alcanzar a L y la furgoneta cuanto antes. No veo el momento de ponerme a cubierto y lavarme manos y ojos ahora llenos de tierra.

El impracticable perímetro de Hverfjall
Descendiendo junto a nubes de tierra

Llego al interior y aquí también se percibe el vendaval. De vez en cuando una nueva nube de tierra golpea el lateral de la furgoneta inclinándola un par de grados. No era esta la experiencia que veníamos a buscar pero, como dirían en mi tierra, "Deu n'hi dó!".

Hverfjall se burla según nos alejamos

Recuperados de la impresión y de unos momentos tan tensos, ponemos rumbo al próximo atractivo de la zona. Tal y como anticipábamos las distancias a recorrer hoy son cortísimas, y en un abrir y cerrar de ojos hemos ganado algo de altura hasta alcanzar la tienda y centro de visitantes de Dimmuborgir. Vemos en este aparcamiento, una vez más, señales que prohiben acampar. Toda la zona de Mývatn parece poner las cosas complicadas a los que quieran pasar la noche en tienda de campaña, autocaravana o cualquier otro vehículo sin pagar la cuota de un camping.

Antes de iniciar la visita damos un paseo por el interior de la tienda. Es la que más cantidad y variedad de postales ofrece de cuantas hemos visto hasta la fecha. Lo aprovechamos para llevarnos un par junto a los sellos necesarios, y ya estamos iniciando la excursión por Dimmuborgir.

Es turno ahora de pasear y atravesar campos de lava que se solidificó al salir a la superficie, preservados por siempre jamás con curiosas formas que la caliente sustancia decidió adoptar antes de convertirse en piedra. Como dato curioso, un grupo noruego de black metal tomó su nombre de este lugar. Tras todo lo que llevamos andado, Dimmuborgir nos parece un agradable paseo con el que relajarse sin renunciar a mantener las piernas en marcha. Existen bien señalizados varios recorridos que van desde los diez minutos de duración hasta las varias horas, incluyendo un gran rodeo de ocho kilómetros que termina en Reykjahlíd, el núcleo urbano junto al lago unos metros al norte de nuestro camping. También se puede desde aquí enlazar con el camino que lleva a la falda de Hverfjall por el lado contrario al que hemos atacado, en lo que supone una subida mucho más larga y empinada que la del acceso más asequible.

Dimmuborgir puede no ser tan vistoso como una gigantesca cascada o una laguna glaciar, pero su interés radica en conocer su origen. Saber que en su día lo que estamos atravesando fue un infierno en la tierra con lava saltando por todas partes le da al paseo un significado muy especial. Cogemos un par de pequeñas rocas que hay por el camino y verificamos que la lava solidificada no pesa prácticamente nada. Pasamos por un gran arco que inevitablemente nos recuerda a los caprichos geológicos del Parque Nacional de Arches, en lo que pese a tener solo un año de antigüedad se nos antoja un recuerdo muy lejano.

Arcos en Dimmuborgir
Lava solidificada
Disfrutando del momento

Terminamos en 45 minutos el recorrido que habíamos escogido, marcado oficialmente como de una hora de duración. Nos cruzamos a nuestro regreso hacia el centro de visitantes con un gran grupo de turistas de la tercera edad que han llegado organizados mediante un autobús. Ya antes habíamos comentado entre nosotros lo adecuado que era este lugar para gente que busque menos exigencias físicas.

Nos han dado las 14:00 y, tal y como nos prometimos por la mañana, es hora de probar algo de gastronomía autóctona. En cuestión de minutos aparcamos frente al Vogajfós Restaurant, que tal y como prometía su página web forma parte de una granja con animales -y especialmente vacas- por todas partes. El olor a fauna que entra en la furgoneta al abrir la puerta anticipa que está a punto de pasar algo muy bueno.

Accedemos al local, justo después de otro grupo de ancianos organizados que mantienen ocupado al personal durante unos minutos. Nos asignan finalmente una mesa en el centro del salón, lo suficientemente cerca de los amplios ventanales para disfrutar de las vistas a la granja y sus alrededores. El resto del local tampoco tiene desperdicio, de diseño cuidado y acogedor. Una evidentemente islandesa camarera se acerca a nosotros para anotar nuestro pedido. L tenía claro que quería probar el cordero islandés, y lo hace mediante un plato de pierna de ídem con puré de patatas y ensalada. Yo, arriesgando más, quiero probar algo más exótico y me decanto por el "Plato de granja", que se compone de una variedad de productos de la región. Para beber, una cerveza Viking -producida en el cercano Akureyri- de medio litro. Nos traen también sin pedirlo una botella de agua natural. Junto a la carta, nos entregan un pequeño libreto con la historia y bondades del lugar, haciendo especial hincapié en que toda la materia prima -carne, pescado, leche...- es de producción propia o bien obtenida de granjeros y pescadores de la zona.

En palabras de L, el plato de cordero "sabe a Nochevieja", en lo que diría que significa que está para chuparse los dedos. El mío, por su parte, es exactamente lo que quería: un trocito de Mývatn en mi plato. La estrella es la trucha ártica ahumada, que no sé si por la experiencia de algo nuevo o por ese sentimiento cuando estás de vacaciones en el que todo te parece bien, me gusta pese a reconocer que es como meterse un trozo de chimenea en la boca. Lo acompañan un jugoso pan de ajo, otro tipo de pan similar al de pita, una tortilla que sabe a hogar, una ensalada con riquísimo queso mozzarella y una enorme copa de yogur Skyr bañado con leche obtenida de las vacas que mugen a pocos metros de nosotros. Y todavía hay gente -no nuestro caso- a la que le queda estómago para probar las populares tartas y helados del local. La cuenta casi alcanza las 11.000 coronas -más de 70 euros-, pero lo han merecido.

Para mí...
... y para ella
El agradable comedor de Vogafjós

Cuando salimos al aparcamiento, nuevamente rodeados de ese viento que hoy se resiste a abandonarnos, pasamos al establo abierto que hay puerta con puerta junto al restaurante. Nos esperan aquí vacas y terneros de distintas edades que nos provocan esa mezcla de sentimientos enfrentados. Cariño por el animal, lástima por saber que no están en libertad y la el saber que tarde o temprano alguien como tú se los va a comer. Seguiremos siendo carnívoros, de todos modos.

¡Hola!
A qué sabrá...

Detrás del edificio una inmensa pradera acoge a otro buen puñado de vacas e infinidad de ovejas, custodiadas por el Lago Mývatn que queda un poco más allá. Así termina nuestro tiempo en Vogafjós, un lugar muy recomendado en el que prácticamente te permiten acceder hasta sus cocinas además de probar las exquisiteces de su menú. Eso sí, sin olvidar en ningún momento que la experiencia va a tener un precio, y no es bajo.

Los dominios de la granja

Con el estómago más satisfecho que nunca nos vamos bordeando el lago hacia el sur hasta el desvío indicado de Stakhólstjörn. Lo que nos espera aquí es un paseo alrededor de pequeños cráteres que se formaron con las explosiones de vapor provocadas cuando la lava alcanzó las aguas y zonas húmedas del lago. Aquí, a escasos metros del agua, seguimos sin ver ni rastro de esas nubes de pequeñas moscas que tanto habíamos oído hablar e incluso pretendíamos combatir con unas mosquiteras de cabeza compradas en eBay. Quizás el viento o la época del año nos hayan librado de ellas.

Lo que sí encontramos es otro paseo poco exigente como el de Dimmuborgir. Sería realmente agradable de no ser por ese puñetero -ya nos empieza a cabrear de verdad- viento que sigue empujándonos una y otra vez a base de fuertes golpes. Los carteles anuncian varios recorridos, uno corto de 600 metros que pasa por los cráteres más cercanos al aparcamiento y otro más completo de dos kilómetros y medio que se adentra más en el lago y permite ver algunos ejemplares más. Nos quedamos solo con el primero, que ya es suficiente para divisar patos y cisnes en las orillas cercanas.

Pequeños cráteres, I
Pequeños cráteres, II
Pequeños cráteres, III
Pequeños cráteres, IV

Regresamos a nuestra camper y seguimos hacia el norte por el lado oeste del lago, pasando de largo el desvío a la falda del monte Vindbelgjarfjall. Con un desnivel de 270 metros y un recorrido hasta su cima de dos kilómetros, traíamos el propósito de llegar hasta lo más alto para poder disfrutar de las vistas generales al lago. Pero este odioso viento y la convicción de que a más altura, con más fuerza soplará, nos lleva a tacharlo de la agenda. El maldito vendaval nos está minando la moral, con algunos momentos de desánimo al comprobar que vayamos donde vayamos allí está Eolo acompañándonos para que no podamos disfrutar al completo de la experiencia.

Completamos la vuelta al lago en sentido horario para alcanzar el pueblo de Reykjahlíd, con la intención de dar un paseo por la calle comercial que pueda tener. Pero de eso no hay ni rastro, ya que el pueblo no son más que cuatro casas esparcidas por aquí y por allá, una piscina municipal donde unas siete u ocho personas -todas locales, imagino- están nadando al aire libre, y una gasolinera N1 que aprovechamos para recuperar los 45 litros de gasoil quemados desde el último repostaje. Indicamos 9.000 coronas en la máquina de autoservicio y apuramos el surtidor hasta casi rebosar el depósito para evitar que, al no llegar a la cantidad original, la gasolinera haga dos autorizaciones en la tarjeta de crédito aunque solo vaya a confirmarse la de la cantidad real.

Cada vez más cansados y desmoralizados por luchar contra el viento, decidimos que visitaremos un punto más y con eso daremos por cerrada la jornada. Para mañana la previsión nos promete el viento tendrá solo una décima parte de la fuerza de hoy, y si pudiésemos empezar temprano podríamos arañar un par de horas al plan original para hacer un segundo intento de rodear la cresta de Hverfjall.

Esta última visita del día la decidimos lanzando una moneda al aire. Las opciones son: la península de Höfdi todavía en el perímetro del lago, o la zona termal de Hverir a escasos kilómetros alejándonos por el este. Gana la primera y tras apenas cinco minutos estamos en el reducido pero suficiente espacio para aparcar.

Tenemos aquí otro paseo nada exigente, por lo que en todo el día de hoy apenas habremos hecho esfuerzos físicos exceptuando la subida a Hverfjall y, claro está, la lucha perpetua contra el viento allá donde fuéramos. El fotogénico lugar consiste en una serie de caminos de tierra con bosque a lado y lado de los que salen pequeños miradores que se asoman a zonas donde las aguas del lago, con la corriente generada por el viento, golpean bloques de lava que en su día se tornaron sólidos al precipitarse a él.

Las aguas de Mývatn en Höfdi
Agua y lava
El laberinto verde de Höfdi

Y con esto, cuando faltan diez minutos para las 19:00, se acabó nuestro día en los alrededores del Lago Mývatn. Previa búsqueda de una plaza horizontal para hoy en el descampado del camping, nos detenemos en la pizzería para recoger nuestra ropa lavada y secada. Está ya abarrotada a estas horas, con tanta gente sentada comiendo o esperando sus pizzas como haciendo cola ante el mostrador para pedir la suya. Como dijimos que vendríamos a buscar nuestra ropa a partir de las 20:00, han cuadrado los tiempos y todavía faltan 20 minutos para que esté lista. Entre nuestras prendas se encuentran las toallas que necesitamos para la ducha, así que no nos queda más remedio que hacer tiempo esperando en la furgoneta.

Mi amigo más fervoroso aficionado a las auroras boreales -saludos, Andrés- me informa desde Mallorca de que el índice KP que permite anticipar la existencia e intensidad de dichos fenómenos está por las nubes. Sin embargo, queda todavía hora y media para que atardezca por lo que deberían ser casi radioactivas para poder observarlas en estos momentos. Si el fenómeno persiste podría abrirse una nueva oportunidad de capturarlas, siempre y cuando las nubes lo permitiesen. Lo que no sabemos es si nuestro cuerpo está preparado para un último asalto contra el viento en caso de que fuese necesario.

Dan las 20:00 y regresamos a por nuestra colada como paso previo a poder ducharnos. Al regresar, uno ya no sabe si está viendo "algo" en el cielo o son imaginaciones suyas. Y como te sientes obligado a asegurarte, tiras de equipo fotográfico en el modo más inmediato posible para poder salir de dudas. Un cielo nublado normal y corriente nos confirma que hoy no tendremos una nueva entrega del espectáculo de luces verdes.

Tras una sopa de pollo de sobre, picar algo de aquí y allá y hacer un poco de inventario de provisiones para comprobar que, muy probablemente, al final nos sobrará comida que deberemos dejar en la "Zona Verde" de Happy Campers, nos vamos a dormir algo más pronto que en las últimas noches con el sonido del viento todavía presente en el exterior, pero la esperanza de que como las peores pesadillas, se haya desvanecido cuando volvamos a abrir los ojos.