De Seydisfjördur a Mývatn pasando por Dettifoss

Día 7 | 5 de septiembre de 2015

Mapa de la etapa 7

No hay que ser un visionario para anticipar a qué hora empieza el relato de hoy: efectivamente, a las seis de la mañana como siempre. Parece que nuestro reloj interno funciona con precisión suiza en cuanto adoptamos un nuevo horario de sueño.

¿Cómo ha ido la noche sin el sistema de calefacción? Pues fría, para qué engañarnos. Especialmente para los pies y la cara, que estando menos protegidos por las capas de ropa han acusado la falta de calor en el interior de la camper. Pero hay que reconocer que no ha sido una noche tan traumática como un pesimista podría anticipar, ya que hemos podido conciliar el sueño y descansar un buen puñado de horas. Notamos el cuerpo algo dolorido, y eso es fruto de que hemos tensado los músculos y hemos pasado la noche agazapados en posturas más forzadas intentando retener el calor corporal.

Más ha influido en nuestras últimas horas del sueño el repiqueteo de la lluvia sobre el techo de la furgoneta. Al fin, y casi parece que nos quitemos una espina al decirlo, ha llovido en Islandia. Observando la previsión de Vedur -supuestamente unos auténticos prodigios anticipando el clima a corto plazo- vemos que las zonas que queremos visitar tendrán una ventana de tiempo sin lluvia a media mañana. Será cuestión de adecuar nuestra agenda para aprovechar dicha ventana.

Alrededor de las 7:00 empezamos a incorporarnos para relajar los músculos y probar una vez más el sistema de calefacción. Y sorpresa, tras 20 largos minutos sigue sin parpadear y el aire que expulsa es maravillosamente caliente. Quizás los minutos que pasamos con el motor encendido y la poca, poquísima luz solar que debe haber absorbido la placa instalada en el techo en los últimos minutos le han dado a la batería extra el empujón que necesitaba. Parece que llueve menos, pero en el sentido figurado.

Aunque el indicador de nuestra furgoneta todavía marque medio depósito de gasoil, paramos en la N1 cercana a nuestro camping para rellenarlo. Una vez más funciona por autoservicio operando directamente con unos cajeros automáticos junto a los surtidores, con la limitación de poder repostar solamente cantidades predefinidas. Con el depósito lleno en previsión a la posible escasez de gasolineras en el resto de la etapa, nos ponemos rumbo al fiordo de Seydisfjördur.

Los fiordos del este de Islandia son una zona bastante menos turística que otras como la costa norte o, sobre todo, los alrededores de Reyjkavik y su "Círculo Dorado". Sin embargo, algunos turistas como es nuestro caso la incluimos en nuestro plan si los días disponibles lo permiten para darle todavía un punto más de variedad a la colección de imágenes recopiladas, en este caso con las notables entradas del océano tierra adentro formando estos canales custodiados por dos altas paredes de tierra.

Dentro de las opciones posibles, Seydisfjördur es uno de los fiordos más escogidos para visitar. El motivo es claro: su acceso es de los más asequibles. Y lo es gracias a que su carretera, la 93, debe estar en condiciones suficientemente buenas para acoger los camiones que la recorren desde y hasta el puerto del pueblo situado en la punta, que ofrece la línea marítima que conecta los países de Islandia y Dinamarca.

El periplo, de unos 27 kilómetros, arranca con una cuesta pronunciada ya desde antes de abandonar por completo los edificios de Egilsstadir. No tardan en aparecer reclamos para la vista por todas partes, desde verdes laderas de montaña hasta hilos de agua cayendo por ellos en forma de pequeñas cataratas. La carretera está a la altura de las expectativas y se encuentra en un estado impecable. Podemos transitar sin problema a 80 kilómetros por hora atravesando el puerto de montaña, extremando siempre la precaución en las curvas y los cambios de rasante.

A mitad del trayecto divisamos en un pequeño cartel una leyenda que nos resulta familiar. Habíamos olvidado por completo que en nuestra ruta hasta el fiordo teníamos planificada una parada intermedia para una... sí, correcto, una nueva catarata. Como una hendidura creada a propósito por debajo de la carretera encontramos Gufufoss, accesible tras caminar un pequeño puñado de metros desde un apartadero reservado para visitarla. Entra en la categoría de cataratas resguardadas por un pequeño anfiteatro de roca, dando la ilusión de que estuvieran construidas así con el objetivo de que la caída de agua sea más atractiva.

Casi nos olvidamos de Gufufoss
Aunque no aparezca mucho, sigue con nosotros
¿Y ese pedestal?
La escasa distancia entre Gufufoss y el apartadero

Aprovechamos el momento para llamar a través de Skype a Happy Campers con el objetivo de seguir buscando una solución a los problemas con el sistema de calefacción. Como descubriríamos al finalizar la llamada, el empleado que nos atiende vuelve a ser el ya conocido para nosotros como "Tío Jon", mismo chico que nos estuvo atendiendo por correo electrónico durante los preparativos del viaje y nos entregó la documentación del alquiler en el momento de la recogida días atrás. Le ponemos al día acerca de probar el sistema con el motor del vehículo en marcha, cómo resultó en pasar la noche sin su ayuda y cómo esta mañana parecía mofarse de nosotros funcionando sin interrupción. El Tío Jon tiene tantas dudas como nosotros y nos sugiere que siempre que iniciemos el sistema por primera vez lo hagamos a su máxima potencia ya que de lo contrario existen precedentes de comportamientos extraños. Durante la conversación se agota el crédito de Skype -las llamadas a móviles islandeses son absurdamente caras- y no hemos terminado de recargarlo cuando nos devuelve la llamada por telefonía móvil convencional. También nos plantea, y aunque fuera algo que yo mismo iba a intentar sonsacarle el hecho de que lo haga por iniciativa propia habla muy bien de él, que en caso de necesitar comprar mantas u otros artículos para compensar los problemas encontrados se nos será reembolsado el coste de éstos cuando devolvamos la furgoneta. Hay que reconocer que el personal de Happy Campers está entregado al máximo para que sus clientes queden satisfechos.

Aprovechando todavía la parada y las vistas a Gufufoss desde nuestra ventana, desayunamos. Hoy hemos decidido emprender la marcha primero y desayunar después, dado que no había mucho aliciente en desayunar rodeado de tiendas de campaña y algunos edificios en nuestro camping. Somos testigos de cómo la gente llega al apartadero, se baja del coche, toma tres fotografías de la catarata desde la misma puerta y se marcha. Así se puede visitar Islandia en dos días.

Proseguimos la marcha hasta llegar al pueblo de Seydisfjördur, que comparte nombre con el fiordo que preside. Se trata de un conjunto de casas la mitad de las cuales tienen aspecto de ser alquileres turísticos. Claramente su instalación más importante es el puerto conectado a Dinamarca, el cual pasamos de largo para proseguir la marcha por el lateral derecho del fiordo. Para llevarnos hasta el punto geográfico que hemos introducido con el objetivo de adentrarnos lo máximo posible por el lateral, el navegador GPS pretende que cojamos un ferry. Pero de eso nada, ya que sabemos por nuestra preparación previa al viaje que es posible transitar un buen trecho por una carretera escondida tras un puñado de naves industriales hasta alcanzar una granja desde la que poder admirar con más contexto el brazo de mar que se adentra tierra adentro.

Nadie nos sigue, claramente beneficiados por la falta de señales de tráfico que envíen hacia aquí a turistas que solo se orienten a través de ellas. El lateral se convierte en un camino de tierra en buen estado, y llega a su fin cuando alcanzamos la valla que delimita el acceso privado a la granja. Aquí tenemos una vista panorámica desde la que presenciar cómo las aguas del fiordo avanzan al oeste hasta topar con el pueblo, ya fuera de nuestro ángulo de visión. Todo sin una sola embarcación y ningún crucero gigantesco entorpeciendo la escena. Y vaya escena.

Listos para disfrutar de Seydisfjördur
Señales de tráfico que no encuentras en cualquier lugar
Agua y tierra luchando entre sí por todas partes

Nos apeamos y dedicamos unos largos minutos a dar un paseo por los alrededores de la granja. Vacas pastando por aquí, rebaños de ovejas por allá. No poder divisar desde aquí el pueblo es el único pero de las vistas que nos ofrece el lugar. Nos acompañan unos increíbles 16 grados al sol, difíciles de prever cuando unas horas antes el día había amanecido lluvioso y cubierto de oscuras nubes que no auguraban nada bueno para la mañana.

Ni un alma junto a la granja en la punta del fiordo
No faltan aquí vistas a nieve en las cotas más altas
Una pena que la colina nos tape el pueblo donde termina el fiordo
Seydisfjördur, de principio a fin

Deshacemos nuestro recorrido por el fiordo dándole una nueva oportunidad al inverter de alquiler para que muestre su potencial. En el primer intento resultó que la carga no soportaba más de un aparato a la vez, pero ahora por arte de magia aguanta todo lo que le echen. GPS, ordenador portátil y teléfono móvil enchufados y con sus baterías rellenándose simultáneamente.

Seydisfjördur también es un pueblo

Tras varios kilómetros y pasar de largo la ya conocida catarata de Gufufoss encontramos no sin esfuerzo el desvío desde el que comienza el ascenso a Bjólfur. Se trata de un monte que alcanza cotas por encima de los 600 metros con la recompensa final de un mirador con vistas de infarto al fiordo en toda su extensión. Supuestamente y según algunos artículos en Internet, se puede alcanzar dicho final incluso al volante, pero en cuanto encontramos el desvío ponemos en duda dicha afirmación. El terreno es de lo peor que hemos transitado hasta ahora, poblado de piedras de gran tamaño y muy irregulares. La otra opción es aparcar en el acceso y recorrer a pie los cinco kilómetros de excursión. Pero por primera vez en una semana, la climatología juega en nuestra contra. En el preciso instante en que debemos decidir si seguir adelante con la excursión o abortar los planes, una lluvia espontánea hace acto de presencia acompañada de un viento huracanado que alcanza el umbral de poner en riesgo la seguridad de un senderista. No llegamos a los niveles de osadía para continuar... y no es por falta de ganas, ya que el desnivel a superar parece muy gradual y asequible y nos apetecía mucho disfrutar de esas prometidas vistas al fiordo. Pero irremediablemente la excursión de Bjólfur se cae de nuestra agenda.

Vistas desde el desvío a Bjólfur que no pudo ser

Completamos el regreso de nuestra ruta matutina al alcanzar de nuevo el pueblo de Egilsstadir, visible desde las alturas durante el último tramo en descenso. Pasamos a "modo supermercado", empezando con el primer Bonus que se cruza con nuestra ruta desde que abandonamos Reyjkavik el primer día. Se trata de un local de la franquicia mucho más variado y amplio que el del centro comercial de Kringlan, y gastamos en él 3.000 coronas en unos pocos artículos como por ejemplo pan de molde o más yogures Skyr, que nos tienen enganchados.

Reaparecen los Bonus en Egilsstadir

Nuestro otro objetivo, ahora que el Tío Jon se ha ofrecido a pagarlo en caso de necesidad, es encontrar algo con lo que abrigarnos más por las noches como una gruesa manta o un nórdico. No encontramos nada en esa línea en Bonus así que nos desplazamos hasta el supermercado Netto. Una vez más, nos topamos con una plantilla de empleados cuya media de edad no supera los 20 y pocos años. Tampoco aquí tenemos suerte con la "operación noche calentita" y solo nos llevamos un imán de nevera más para nuestra colección.

Damos una serie de vueltas por el pueblo de forma aleatoria esperando encontrar alguna tienda que pueda tener lo que andamos buscando. Recaemos en Husasmidjan, una tienda de bricolaje y jardinería muy similar a Bauhaus. Creemos ver a lo lejos algo que nos hace recobrar la esperanza, pero resultan ser unas mantas sintéticas de poco grosor que apenas sirven para celebrar un picnic sobre la hierba. Dado que no encontramos otra cosa y solo cuestan 1.300 coronas, nos llevamos una por si acaso fuera capaz de retener un poco el calor al colocarla encima de nuestra ropa de cama actual.

Yo empiezo a darme por vencido y creer que, salvo sorpresa, esta noche volveremos a estar expuestos a los caprichos del sistema de calefacción. Buscando por Internet asumo que no será hasta llegar a Akureyri, dentro de tres días, cuando volvamos a tener opción de buscar ropa de cama que pueda abrigarnos. Afortunadamente, en esta ocasión L fue más persistente que yo y se obliga a seguir intentándolo a pesar de las probabilidades. Y voy a estar en deuda con ella, ya que tras tres saltos de tienda en tienda preguntando, siguiendo indicaciones y sintiéndonos como una pareja de concursantes de Pekín Express, llegamos a Vaskur. Se trata de una tienda situada al final de una cuesta siendo literalmente el último edificio del pueblo. Y en la entrada, un prometedor rótulo anunciando lana islandesa. Pero aquí llega lo más divertido de todo: L es alérgica a la lana. Cruzamos los dedos al atravesar la puerta.

En un extremo encontramos rollos de gruesa lana para comprar a granel, y al transitar por los desiertos pasillos, aparecen unas cestas acompañadas de un rayo de sol sobre ellas y música celestial de fondo. Nórdicos. Acogedores y gruesos nórdicos. Uno de ellos, de dimensiones para cubrir una sola persona, cuesta 13.000 coronas, unos 90 euros al cambio. En la cesta de al lado, otro nórdico azul pero de tamaño doble marca en la etiqueta 10.000 coronas, unos 70 euros. La decisión está clara. Agarro la bolsa como si me fuera la vida en ello, y lo hubiera hecho aunque el precio de la etiqueta hubiera sido el triple. La tranquilidad de dormir caliente todas las noches que quedan no tiene precio. Ya veremos si Happy Campers cumple su promesa de pagarnos el sobrecoste de los problemas con la calefacción, pero aunque no fuera así no nos arrepentimos de la compra. Al despedirnos de la cajera y única empleada de la tienda a estas horas le digo con una sonrisa en la cara que nos ha salvado la vida.

Completar con éxito la misión de conseguir abrigo para las noches nos ha dejado a las 15:00 todavía en Egilsstadir. Este sería el momento en el que saltar hasta el segundo fiordo de nuestra agenda, pero con nuestro regreso desde Seydisfjördur ha vuelto el temporal de lluvia y viento abortando completamente la posibilidad de visitar el fiordo de Mjóifjördur. Situado al sur de Seydisfjördur, el trayecto hasta él se cruza con la escalonada catarata de Klifbrekkufossar y un paso elevado de la carretera que ofrece buenas vistas hacia el brazo de agua. La contrapartida es que a éste no llegan camiones desde Dinamarca, y como consecuencia la carretera no está obligada a guardar las mismas buenas condiciones que la de su vecina al norte. Es más, según lo investigado parece que el acceso es bastante malo y totalmente desaconsejado para turismos sin tracción a las cuatro ruedas en caso de riesgo de que haya llovido sobre ella. Así que también tachamos Mjóifjördur de los planes para el día de hoy.

Ponemos rumbo al noroeste, donde nos espera el camping proyectado para esta noche todavía a cierta distancia de los puntos que queremos visitar el día de mañana. Por el camino paramos en un merendero junto a un puente con vistas a un pequeño cañón. En esta zona del país, con mucho menos tránsito de turismo internacional, es más habitual encontrar excursionistas locales que están haciendo escapadas de uno o pocos días. Y aquí se hace palpable: en el rato en el que paramos para comer vemos llegar y partir un goteo de coches del que baja gente con esos rasgos vikingos de pelo rubio y piel y ojos claros. Su moda a veces un tanto extravagante para los de la Europa continental es también una manera de identificarlos. Algunos de ellos montan su pequeño comedor familiar en las mesas de madera junto al mirador, pero no entiendo cómo pueden disfrutar de una comida azotada por los fuertes vientos que protagonizan la escena.

Un vistazo furtivo al cañón junto al mirador

Retomamos la marcha y se enciende una bombilla sobre nuestras cabezas. Todavía nos queda mucha tarde por delante y nuestra parada de hoy no tiene mayor aliciente que ser un punto intermedio conveniente hasta nuestro siguiente destino real. Con el tiempo que tenemos disponible, no es descabellado pensar en saltarnos esta parada a medio camino y con un poco de paciencia al volante ir mucho más allá, llegando al lago Mývatn una noche antes de lo previsto. Este cambio nos obligaría mañana a deshacer algo de la distancia recorrida para realizar la muy obligatoria visita a Dettifoss, pero se trataría en todo caso de una distancia mucho menor a la que hoy podríamos adelantar. Es sin duda una oportunidad puesta en bandeja de ganar tiempo al reloj y tener más margen de tiempo ante futuros imprevistos. Pensando en ello, alcanzamos el apartadero de las cataratas de Rjúkandi.

Rjúkandi no es una sola catarata, sino un conjunto de ellas que se suceden a lo largo de la falda de una montaña. Su ubicación está señalizada por sendos carteles junto a la carretera que traducidos del islandés dirían algo así como "Entrando en Rjúkandi" y "Saliendo de Rjúkandi". Dos son las cataratas de mayor envergadura de todo el conjunto, y la primera de ellas y a nuestro juicio la más atractiva se encuentra a la altura del primero de los dos carteles según venimos del este. Ya desde el aparcamiento podemos ver su tramo superior y pensamos que no está nada mal. Entonces comenzamos a subir, superando una pendiente con buen terreno y poco exigente, y es cuando pasa a parecernos una maravilla. De gran altura, caudalosa y muy bien acompañada por el verde de la montaña a lado y lado y otro salto de agua más pequeño varios metros por debajo de ella. La habíamos añadido a nuestra ruta como una parada intermedia y circunstancial, pero nos lo agradece dándonos un espectáculo mucho mayor del que anticipábamos. Con todo lo que llevamos ya a nuestras espaldas, decir que es una de las cataratas que más nos gustan es decir mucho.

Rjúkandi, otra sorpresa
Un escenario perfecto coronado por una gran catarata

Tras una hora -quizás algo más, incluyendo paradas- disfrutando del camino y de la base de la cascada en la más absoluta soledad solo interrumpida por algún senderista esporádico que nos cruzamos, regresamos al coche y reemprendemos la marcha al oeste. Y por segunda vez, cambiamos nuestros planes. Porque... qué demonios, son las 17:00. Tenemos todavía tres largas horas de luz natural por delante, y a algo más de una hora de camino podríamos alcanzar uno de los dos miradores de la colosal Dettifoss, accesible tanto por el este como por el oeste. Nuestro plan original era visitar ambos lados mañana, que pese a verse uno desde el otro requieren deshacer y rehacer 20 km por lateral, así que la posibilidad de repartirlo en dos días viendo un lateral hoy y el lado opuesto el día siguiente resulta de lo más apetecible. Está decidido, Dettifoss se adelanta un día.

Hasta ahora y encontrándonos ya en el séptimo día de viaje, no ha habido prácticamente un tramo de carretera que no tuviera algo nuevo que ofrecer. Esto cambia en los 80 km que separan Rjúkandi del desvío al lateral oeste de Dettifoss. Una carretera en perfecto estado pero rodeada de la más absoluta nada. Ni en primer plano, ni en segundo, ni en ninguno. Pasamos de largo primero el desvío a la carretera 864, con fama de estar en estado discutible y que nos llevará más adelante al lateral este de la catarata. Poco después encontramos el desvío a la 862, y nos despedimos de un Volkswagen que ha ido siguiendo nuestro ritmo durante los 80 km y creía iba a acompañarnos hasta el final del trayecto.

Hasta hace unos años la carretera 862 tenía fama de ser un camino de cabras, pero eso cambió tras la inversión que la convirtió prácticamente en una prolongación del buen asfalto de la Ring Road. Recorremos a toda velocidad los 20 km hacia el norte hasta el giro que da acceso a Dettifoss, comprobando como en caso de seguir recto a partir de ese punto, la 862 vuelve ya a su estado original con señales que prohíben circular por ella a vehículos sin la tracción adecuada.

Llegamos al aparcamiento a las 18:30. Sin darnos cuenta, durante el último tramo hemos permanecido en un inusual y tenso silencio. Estamos muy cerca de uno de los supuestos puntos estrella del viaje, y creemos, sabemos, que debe ser impresionante. El spray escupido por la cascada es ya visible desde varios cientos de metros antes de alcanzar el parking.

Nos equipamos para la aventura y empezamos a caminar. Dettifoss queda más lejos del aparcamiento de lo que creíamos, requiriendo para alcanzarla alrededor de diez minutos de paseo a velocidad estándar. El camino está muy bien señalizado, con los mismos postes de direcciones y distancias que habíamos visto en Skaftafell y marcando múltiples desvíos a la derecha hasta la cascada vecina de Selfoss. Solo hay que sortear de vez en cuando alguna roca grande en el camino y un tramo que otro embarrado por el agua y la tierra. Tras esos diez minutos, vuelves a divisar el spray y oyes por primera vez el estruendo del agua, y entonces aparece. Nada impactante, qué va. Solo cerca de doscientos mil litros de agua cayendo por segundo a lo largo de 100 metros de ancho, teñidos de marrón por los sedimentos que arrastra y precipitándose desde una altura de 45 metros, con tal violencia que todo lo que queda alrededor carece de importancia. Tan atípica, tan única, que irónicamente resulta antinatural cuando es precisamente la naturaleza la que ha tenido a bien generar esta maravilla.

Dettifoss, esa barbaridad
Tras varios minutos, sus dimensiones dejan de parecer escandalosas
Alguna figura lejana te recuerda las proporciones

Descendemos hasta el mirador más cercano a la cascada en este lado del río. Desde aquí vemos ya a los valientes que han alcanzado la otra orilla, mucho más salvaje dada la ausencia de medidas de seguridad. Por ahora no sufrimos el efecto del spray, ya que la nube de agua expulsada por el impacto se dirige a nuestra izquierda hasta un mirador mucho más elevado.

Como nos va la marcha, ascendemos hasta él. Al principio parece que seguimos a salvo del spray, pero entonces el viento cambia y literalmente nos duchamos. En tres segundos nuestra ropa queda impregnada de pequeñas gotas por todas partes y las que quedan adheridas al rostro provocan una sensación muy desagradable. Entonces reflexionas sobre dónde han estado todas esas gotas hace apenas unos segundos, y lo ves con un enfoque diferente. Decidimos que un minuto permaneciendo en el interior de una nube ya es suficiente y empezamos a alejarnos de Dettifoss. Hay cierto tráfico de gente por aquí y allá, pero nada que no sea soportable.

Dettifoss durante las dos décimas de segundo en las que la lente estuvo seca
Agua, ven a nosotros

Como esa barbaridad de agua nos parece poco, giramos a la izquierda por uno de los caminos señalizados hasta Selfoss. A solo 700 metros de distancia, aquí el río crea una forma mucho más estilizada, reencontrándonos con columnas de basalto y pequeñas orillas negras en la pared izquierda y con finos saltos de agua en la pared derecha. La luz natural comienza ya a escasear, lo que sumado a la sensación de que el mirador opuesto de Selfoss que visitaremos mañana es más vistoso hace que no tardemos mucho en dar por finalizada la visita.

Selfoss, un poco más lejos
Y Selfoss, un poco más cerca

Estamos de nuevo en la furgoneta a las 20:30, sabiendo que en menos de 24 horas regresaremos a otra versión más salvaje todavía de estos mismos paisajes. El termómetro marca 12 grados y nos preguntamos hasta cuándo durará esta suerte. Desde que abandonamos los fiordos del este no ha vuelto a llover pese a la presencia de nubes oscuras amenazadoras a lo largo de todo el camino. Emprendemos los 52 km -20 deshaciendo la carretera 862 y otros 34 hacia el oeste por la Ring Road- con el objetivo de alcanzar Mývatn.

A dos kilómetros del camping y antes de poder divisar el lago que da nombre a la zona aparecen a lado y lado de la carretera múltiples columnas de vapor acompañadas por el olor a huevos podridos. Nos estamos metiendo de lleno en una zona de actividad geotermal, y el recuerdo de hace un año en Yellowstone revive en nuestras cabezas. Es una pena que nuestra primera aproximación a la región sea ya de noche y no podamos apreciar en todo su esplendor la riqueza y variedad del entorno. Sin embargo, la luz todavía nos permite ver una congregación enorme de ovejas contenidas en un corral a mano izquierda. Nos cuesta un poco dar no tanto con el camping, si no con el acceso a su interior. Llegar de noche a lugares que no conoces y que no se prodigan en farolas no es una experiencia agradable.

Al fin encontramos la rampa de acceso y conseguimos ingresar en la gran superficie de césped, buscando a ciegas una parcela lo suficientemente horizontal para pasar la noche. Tras encontrarla no sin esfuerzo, caminamos hasta la pizzería que hace las veces de recepción del lugar y el olor de las pizzas que salen de la cocina nos atrapa.

El camping de Vogahraun cuesta 1.500 coronas por persona y noche, una cantidad que puede parecer elevada pero deja de ser tal cuando sabes que incluye duchas y electricidad -si nuestro vehículo pudiese beneficiarse de ella-. Mientras pagamos, la encargada nos comunica que mañana es una jornada especial en Mývatn en la que los granjeros de los alrededores congregan a todo su rebaño para lo que podríamos denominar "la gran esquilada". Eso explica la concentración de ovejas recluidas que hemos visto junto a la carretera. Hacemos un reconocimiento rápido del recinto en la medida que la linterna nos permite, paseando junto a las casetas con habitaciones para alquilar y descubriendo el pequeño edificio con dos únicas duchas para todos los campistas. Parecen calientes y relativamente limpias, que es lo que importa.

Son las 21:40 cuando nos metemos ya de noche cerrada en nuestra furgoneta, demasiado tarde y demasiado cansados. Usamos nuestras últimas fuerzas para cocinar unas hamburguesas caseras que a L le salen de maravilla y las acompañamos con una nueva ensalada de patata con pepinillos que nos hemos traído del Bonus. Apuramos los restos de otro yogur Skyr, que está siendo uno de los descubrimientos gastronómicos del viaje.

Antes de preparar la cama y dar por cerrado el día, salimos fuera una última vez para disfrutar del entorno. Y es entonces cuando miramos al cielo y la volvemos a liar. Otra vez ese pequeño resplandor que te hace dudar si has visto una nube en movimiento o algo más. Y otra vez un disparo de prueba, para descubrir que vas a pasar más rato del que esperabas a la intemperie. El cielo abierto sobre Mývatn nos regala la segunda tanda de auroras boreales de nuestro viaje, y esta vez estoy mucho más despierto para disfrutarla. Disparo a discreción allá donde creo ver mayor actividad, hoy más a ciegas dado que no son tan intensas como sobre la laguna glaciar de Fjallsárlón y hay que usar la intuición para acertar donde se encuentran las formas de luz más complejas. Unos metros más allá, otros campistas ríen nerviosos con el espectáculo. Y disparan fotos... con flash. Voy a ahorrarme los comentarios para que este diario siga siendo para todos los públicos.

Noches mágicas, capítulo II, introducción
Noches mágicas, capítulo II, nudo
Noches mágicas, capítulo II, desenlace
Noches mágicas, capítulo II, créditos finales

Tras esta segunda racha de regalos proyectados en el cielo, damos por concluida la jornada instalados mucho más al noroeste de lo que teníamos planeado. Y muy satisfechos con la decisión, gracias a la que mañana nos habremos ahorrado un buen puñado de kilómetros hasta nuestro primer alto en el camino. Hemos alcanzado el ecuador de nuestro viaje. Solo el ecuador. Todavía queda mucho por delante.