Las playas negras, Vík y Fjadrárgljúfur

Día 4 | 2 de septiembre de 2015

Mapa de la etapa 4

Una mañana más en la que nos ponemos en marcha a las 6:00 sin necesidad de despertador. Y segunda mañana consecutiva con Skógafoss dándonos los buenos días a través de la ventana de la furgoneta. Entre ella y nosotros, apenas un par de coches más y un extremadamente madrugador campista que ya está caminando hacia ella equipado con botas y chubasquero.

En esta ocasión espero a que quede libre la segunda de las duchas del campamento, la de la puerta situada más a la derecha. Y el cambio es a mejor. A diferencia de la de la izquierda, aquí no se ha roto el soporte para colgar el teléfono de la ducha. Además, nos encontramos la ventana ya cerrada evitando que escape el calor del interior por lo que la experiencia de cambiarse tras la ducha caliente no es tan traumática como ayer. L no corre la misma suerte y tiene que volver a utilizar la defectuosa ducha izquierda, ya que en la otra oye voces tras la puerta que dicen "Afanyat, que això dura poc". Debe ser un dialecto islandés...

Empieza un nuevo día...
... junto al río Skógar

Calentamos la leche junto al café de las siete de la mañana y nos acercamos por última vez a Skógafoss para despedirnos de ella de la mejor forma que sabemos: llevándonos un nuevo puñado de instantáneas. Cuesta encontrar el momento definitivo en el que arrancar el motor y ver como este lugar se aleja por el retrovisor, pero a las ocho de la mañana y tras limpiar un poco el interior de la furgoneta y rellenar el depósito de agua con la manguera disponible en el acceso al campamento, iniciamos los aproximadamente 30 kilómetros que nos separan de nuestra próxima parada. Nos proponemos recorrerlos a un ritmo tranquilo, ya que vamos muy adelantados a nuestro horario previsto y así damos tiempo al inverter del coche para que cargue un poco más la batería USB auxiliar que tras salvarnos un par de noches está ya en las últimas.

Hasta la próxima, Skógafoss
Nos despedimos de una de las estrellas del viaje

Tras salir de Skógar y coger la carretera 1 hacia el este, enseguida vemos desde aquí el tramo superior de la cascada Kvernufoss que tanto nos sorprendió el día de ayer. Tras 28 kilómetros de camino encontramos el desvío hacia el arco de Dyrhólaey pero consideramos que será mejor dejar pasar unas horas para que el sol se sitúe sobre él y no contemplarlo con el contraluz que nos encontraríamos si lo visitásemos ahora. Por el camino hasta la parada más oriental de nuestro recorrido costero, avistamos lenguas de glaciar a mano izquierda.

La villa de Skógar y Kvernufoss escondida a su derecha

Llegamos a Reynisfjara sin ningún contratiempo, apenas un último tramo de carretera que hubiera resultado algo estrecho en caso de habernos cruzado con alguien. El aparcamiento junto al Black Beach Restaurant señala que está prohibido acampar. Junto a él, unos baños impecables a los que se puede acceder previo pago de 200 coronas en un moderno kiosco que genera un código QR temporal. En el exterior tenemos ocho grados y un viento helado que consigue que experimentemos más frío que en ningún momento anterior del viaje.

Damos los primeros pasos por esta playa al sur de Islandia y en lugar de la esperada arena negra lo que encontramos son más bien pequeñas rocas. Tampoco esperábamos, pero esto es una sorpresa positiva, poder avistar todavía frailecillos a estas alturas del año. Son unas aves muy características del país, de pequeñas dimensiones y un aspecto que combina rasgos de pingüino y el pico de un pelícano, pero más colorido. Unos cuantos sobrevuelan nuestras cabezas antes de dar una vuelta más sobre el Atlántico.

Continúa azotándonos el gélido viento cuando alcanzamos el extremo más al este de la playa, donde nos esperan una cueva formada por columnas de basaltos y Reynisdrangar, las tres grandes figuras que emergen del agua y son conocidas popularmente como "los trolls". En el extremo contrario ya podemos ver desde la distancia el mencionado arco de Dyrhólaey. Por ahora hay poca afluencia de turistas, pero muchos de los que vienen cargan con equipos fotográficos que ya quisiera para mí. Esta zona de playas de arena volcánica es una referencia universal para los amantes de la fotografía.

Dyrhólaey desde el aparcamiento de Reynisfjara
Los trolls de Reynisdrangar
Las columnas de basalto de Reynisfjara
Una panorámica del extremo oriental de Reynisfjara

Llevamos ya un rato combatiendo el frío cuando llega un cargamento de turistas asiáticos. Como suelen hacer, aterrizan en grupo, empiezan a hablar a gritos, disparan cuatro fotos y vuelven a subir cual rebaño al autocar que les llevará hasta la próxima parada rápida del itinerario. El sol sigue ascendiendo a las 9:30 y la experiencia mejora.

Las olas acompañadas por Dyrhólaey
Las olas acompañadas de Reynisdrangar

Antes de continuar la marcha, hacemos un alto para merendar en la furgoneta. Hemos desayunado pronto y el ataque de frío nos ha dado hambre. Los dos últimos plátanos que quedan de los comprados el primer día en Reyjkavik están ya a un paso de convertirse en papilla.

A tres kilómetros en línea recta pero 19 siguiendo las carreteras deshaciendo camino hacia el oeste lo que encontramos señalado como Dyrhólaey no es el arco en sí, si no el punto en el que se unen las playas de Reynisfjara y Kirjufjara. Hacia la primera, podemos ver ahora la gran roca de basalto que tiene sus pies en el agua a pocos metros de nuestro mirador elevado. Al fondo podemos ver el lugar en el que nos encontrábamos hace unos minutos y las siluetas de Reynisdrangar, mucho más distinguibles ahora que desde una menor distancia. Cuando estoy preparando la cámara el filtro ND1000 sale rodando y por un momento veo los 30 euros que me costó cayendo hacia la inaccesible orilla, pero lo salvo por centímetros. Hace más calor que hace una hora, pero el viento parece ir a peor.

Reynisfjara, ahora desde el oeste

Si giramos la vista hacia la derecha, tenemos la orilla de Kirkjufjara. Y en esta no cabe duda de que lo que estamos viendo es fina arena negra compactada por la humedad. Descendemos por una corta rampa hasta la orilla, en lo que resultan ser los mejores momentos de toda la jornada matutina. Haciendo una gracia que implicaba escribir en la arena, tomar unas fotos y colocar a Pato, éste último sufre el ataque inesperado de una ola y evitamos una catástrofe mayor gracias a sacarlo del agua antes de que el océano se lo trague.

Kirjufjara a nuestros pies
Se masca la tragedia

Alargamos este momento mágico recorriendo casi toda la orilla de Kirjufjara, con el arco de Dyrhólaey contemplándonos al fondo. Un grupo de turistas se reúne junto a un tramo de la pared en el que varios frailecillos parecen tener su nido, ya que lo utilizan como parada recurrente antes de lanzarse una y otra vez a surcar los cielos.

El mirador, ahora desde la playa
Uno de nuestros momentos favoritos del viaje
¡Cazado!
No me quiero ir...
Daños colaterales

L parece tener un don para evitar las carreteras en mal estado, ya que cuando pasa a ser mi turno al volante y nos dirigimos hacia el faro de Dyrhólaey, el último tramo hasta alcanzarlo pasa a ser una cuesta de grava que aunque lejos de lo vivido en etapas anteriores, me obliga a extremar la precaución. Afortunadamente dura muy poco y en escasos minutos alcanzamos el aparcamiento en la cima. No vemos sin embargo ningún acceso para poder alcanzar la superficie superior del arco, desconocemos si por estar muy oculto o porque ha dejado de ser posible acceder hasta él.

Por desgracia y pese a nuestros esfuerzos para que no ocurriera, hemos llegado aquí demasiado pronto. El sol todavía se encuentra para nosotros más allá del arco, y eso lo desluce ya que gran parte del detalle de la piedra queda en la sombra. Sí que resultan inmejorables las vistas hacia los trolls, que son ahora más distinguibles que nunca. En el lado opuesto , una infinita playa de arena negra compite por el protagonismo del paisaje contra el colosal glaciar que se adivina en el horizonte. Lo peor sigue siendo, y por mucho, el intenso y gélido vendaval contra el que nos vemos obligados a luchar en todo momento. Sin él, incluso tendríamos calor.

Dyrhólaey entre las sombras
Según avanza el día, los trolls son más distinguibles
Una nueva y enorme playa negra, ésta inaccesible

Damos por terminado nuestro tour por esta serie de playas y miradores del sur y en 20 kilómetros alcanzamos el encantador pueblo de Vík gracias a una carretera 1 que sigue en impecable estado. Desde la calle principal vemos con temor como unas cuantas grúas y camiones están operando muy cerca de la iglesia que protagoniza casi todas las postales del lugar. Antes de ascender hasta ella, paramos en otro supermercado de la cadena Kjarval donde gastamos 5.000 coronas en algunas comidas preparadas, más agua, una postal y dos sellos.

Remontamos ahora con la furgoneta la pequeña cuesta que termina en el aparcamiento junto a la iglesia. Desde este punto privilegiado y aparcando con vistas de frente hacia los trolls, iniciamos el servicio de comidas. Para hoy nos preparamos un risotto de queso desafiando a un viento que de vez en cuando zarandea ligeramente el vehículo.

Quedan pocos minutos para las 15:00 cuando recorremos a pie la corta pero intensa cuesta que separa la iglesia de Vík de su cementerio. Por el camino pasamos de largo el desvío por que el que continúan dos excursiones, marcadas con colores amarillo y rojo respectivamente en lo que deducimos debe indicar su dificultad. Viendo la montaña hacia la que se dirigen, apuesto a que deben merecer muchísimo la pena. Junto al cementerio nos espera el balcón a las mejores vistas de Vík, incluso con el infortunio que suponen las grúas y camiones operando junto al edificio eclesiástico.

Hoy, en lugares donde vivir, Vík í Mýrdal
Lástima de obras junto a la iglesia...

El tiempo de más que hemos invertido en Kirjufjara y la larga hora que se ha ido mientras cocinábamos y comíamos han provocado que nos retrasemos un poco sobre la agenda planificada. Arrancamos el penúltimo tramo de carretera del día con la intención de ganarle tiempo al reloj aprovechando los altos límites de velocidad de la Ring Road. Al poco de reemprender la marcha, sin embargo, no podemos evitar detenernos un instante para contemplar por última vez el colosal glaciar de Mýrdalsjökull que queda a nuestra izquierda.

Un vistazo a Mýrdalsjökull

Recorremos 60 tranquilos kilómetros acompañados de campos de musgo en los laterales durante los últimos minutos. Cuando quedan cuatro kilómetros para el destino, iniciamos un desvío en el que la primera mitad consiste en una vía estrecha pero bien asfaltada y los últimos dos kilómetros pasan a ser grava con algunos baches. Nada que no podamos superar manteniéndonos entre los 20 y los 30 kilómetros por hora. Son las 16:40 y el termómetro marca unos espectaculares 16 grados cuando detenemos el motor en el aparcamiento de Fjadrárgljúfur.

Perteneciente a la categoría "lugares cuyo nombre puede provocar un infarto cerebral al intentar pronunciarlos", Fjadrárgljúfur es un cañón que forma parte del parque geológico de Katla. El volcán que da nombre al parque es uno de los más poderosos del sur y se estima que sus erupciones tiene una periodicidad de entre 40 y 80 años. Su última erupción tuvo lugar en 1918 así que sí, cabe la posibilidad de que estalle mientras estoy escribiendo esto y el relato pase a ser una película de Roland Emmerich.

Bienvenidos a Fjadrárgljúfur

El cañón puede recorrerse de dos maneras: la primera y más popular, a partir de un sendero delimitado que sigue por arriba la pared derecha de la grieta. El segundo, algo más aventurero, caminando literalmente dentro del cañón cuando el nivel del agua lo permite. Incluso en las épocas de menor caudal es muy probable tener que vadear tramos donde el río ocupa toda la superficie. Nos asomamos primero al puente que cruza el río a mano izquierda y desde el que se puede iniciar el recorrido interior. La imagen del cañón desde aquí es la que suele protagonizar todos sus carteles promocionales.

El inicio del cañón desde el puente

Comenzamos ahora a ascender por la ruta exterior, acompañados por el zumbido de un dron que está subiendo y bajando a lo largo del cañón obteniendo unas imágenes seguramente espectaculares. El sendero tiene una pendiente bastante pronunciada por momentos, pero el buen estado del terreno hace que solo sea necesario saber dosificar esfuerzos. Por desgracia, el interior del cañón ya está parcialmente en sombra y no tardará en quedar totalmente oscurecido. La hora ideal para visitarlo en esta época del año debe ser entre las 12:00 y las 16:00, aproximadamente.

Primeros pasos ladeando el cañón
Echando la vista atrás

Los dos kilómetros de excursión hasta el final del cañón no se hacen largos en absoluto. Su último hito es un saliente que hará dudar a los que sufran de vértigo y que ofrece vistas a una cascada doble. Salvo dos grandes grupos que nos hemos cruzado, tenemos todo el lugar para nosotros solos.

El final del camino
El premio que espera al final
El cañón, ahora desde el otro extremo

Deshacemos el sendero esta vez cuesta abajo y volvemos a asomarnos al interior del cañón, esta vez para avanzar unos escasos 20 metros antes de encontrar el primer obstáculo insalvable a menos que estés dispuesto a mojarte los pies. Como no podía ser de otra forma, el agua está a una temperatura muy baja. El sol ya queda totalmente escondido tras la pared izquierda dejando el cañón a la sombra.

En la punta, el dueño del dron
Despidiéndonos de Fjadrárgljúfur

Regresamos a la furgoneta para recorrer los últimos kilómetros del día, que nos llevan hasta el pueblo de Kirkjubaejarklaustur. Otro nombre más a la lista de infartos. En el camino tenemos marcada como parada la catarata de Stjornafoss, pero como nuestra intención es lavar y secar la ropa sucia esta tarde y no sabemos cuánto tiempo nos llevará preferimos no arriesgarnos y reservar esa parada para la mañana siguiente. Sí que paramos sin embargo en una gasolinera N1 para realizar nuestro primer repostaje del viaje.

Según habíamos leído con anterioridad, el problema con las gasolineras en Islandia es que si indicas que quieres llenar el depósito, la autorización inicial que se realiza sobre la tarjeta de crédito es de una cantidad exorbitada. Aunque finalmente el cargo que queda confirmado es uno segundo por la cantidad realmente repostada, no queríamos acumular demasiadas autorizaciones de cantidades grandes, motivo por el cual para nuestra primera vez aseguramos el tiro indicando solo 5.000 coronas en la máquina de autoservicio. Con un precio del gasoil alrededor de las 190 coronas, con eso conseguimos llenar solo un 25% del depósito, dejando otro 25% todavía vacío. Entendemos por lo tanto que nuestra furgoneta tiene capacidad para aproximadamente 20.000 coronas de combustible diésel. Las gasolineras N1 llevan el concepto de autoservicio hasta sus últimas consecuencias: todo el proceso tiene lugar sin intervención de un empleado físico, utilizando las máquinas automáticas junto a cada par de surtidores para programar el repostaje, pagar y obtener el recibo volviendo a introducir la tarjeta tras haber completado la operación.

Encontramos nuestro camping para esta noche en el segundo intento, tras acabar en una granja junto al río siguiendo las instrucciones del GPS. Bastaba con haberse fijado en un cartel en el que reza el texto "Kirkjubaer II" junto al símbolo de una tienda de campaña. El II es porque el pueblo cuenta con dos campamentos, si bien es este en concreto del que hemos leído muy buenas opiniones. Estacionamos la furgoneta en uno de los múltiples sitios libres de una superficie con muy buen aspecto. Frente a nosotros, se baja de otra furgoneta una chica que L, usando su sentido arácnido, intuye que debe ser española y, rizando el rizo, catalana. Nos apeamos y vamos a la recepción, que está abierta para pagar las reservas desde las 8:00 hasta las 11:00 por las mañanas y de 18:00 a 22:00 por las tardes. Pagamos las 1.200 coronas por persona y noche ante un encargado que parece un tanto seco en el trato y al salir hacemos una ronda de reconocimiento del lugar.

Es un camping estupendo. A sus grandes dimensiones y lo bien cuidado de su césped hay que sumar unas completas instalaciones con lavadora y secadora, múltiples fregaderos para lavar tanto los platos como la ropa, un comedor comunitario con tres mesas y una cocina y, la guinda del pastel, unos completos e impecables baños con calefacción desde la puerta hasta las duchas. A su lado, el camping de Skógafoss queda en absoluto ridículo.

El único pero es que no encontramos en el cuarto de la colada un dispensador de detergente. Por ello salimos raudos rumbo al supermercado que hemos ignorado a nuestra llegada, con la mala suerte de que cuando lo alcanzamos resulta estar cerrado. Lo intentamos en la gasolinera N1 en la que habíamos repostado, y pese a haber una estantería con artículos varios de higiene nuestra fortuna no cambia.

Regresamos derrotados al camping donde aparcamos esta vez en una zona más elevada y probablemente más tranquila, ya que queda separada de la entrada principal por las cuatro cabañas de alquiler que tras un vistazo furtivo comprobamos que tienen varias literas en su interior. A unos diez metros de nuestra parcela, dos chicas juegan a las cartas en el exterior de una Happy Camper 3, que no es más que una Renault Trafic como la nuestra pero con el añadido de un techo supletorio en el que habilitar el dormitorio.

Entramos en el comedor donde se encuentra la supuesta chica catalana, y en un vistazo podemos observar que su novio tiene una camiseta del Montseny y que han sacado de una bolsa de El Corte Inglés una lata de conservas de la marca Dani. El ojo clínico de L sigue en plena forma. Les preguntamos si tienen algo de detergente que puedan prestarnos pero nos confiesan que no tienen intención de hacer ninguna colada. Nos instan al que ya considerábamos que era nuestro plan B, que era pedirle ayuda al arisco encargado del camping. Tentamos a la suerte y salimos ganando: aunque preservando sus formas, el buen hombre parece no ser tan huraño como creíamos y él mismo se presta a cedernos algo de detergente sin cargo alguno cuando lo necesitemos.

El servicio de lavadora cuesta 500 coronas repartidas en diez monedas de 50 y tarda 80 minutos en completarse. La secadora, por su parte, debe programarse entre 60 y 90 minutos a razón de 10 y 14 monedas de 50 coronas respectivamente. Echando cuentas, nos sale como resultado que hoy nos vamos a ir a dormir demasiado tarde. Y menos mal que nos dimos prisa en llegar.

En estos momentos a la única lavadora en servicio -porque esa es otra, solo hay dos lavadoras y una de ellas está averiada- le quedan 20 minutos antes de quedar disponible. Decidimos aprovechar ese tiempo para ducharnos y así de paso poder lavar incluso la ropa que hemos utilizado hoy. Las duchas cuestan 300 coronas al igual que en Skógafoss, a pagar esta vez con monedas de 50. Entre unas cosas y otras, conviene venir a este camping con un buen saco de las dichosas monedas. Por suerte el ya-no-tan-borde encargado tiene monedas para dar y tomar y no pone objeción en darnos cambio.

Las duchas son un lujo tal y como esperábamos por su estado de limpieza y la calefacción. Al salir, la lavadora ya ha quedado libre y la cargamos hasta arriba, dejando fuera solo un par de pantalones tejanos y una camiseta. Pedimos el jabón al encargado e iniciamos el ciclo de 80 minutos.

Ya que tenemos a nuestra disposición una cocina con mejores prestaciones que el pequeño hornillo portátil de butano aprovechamos para cocinar aquellas cosas que requieren de más potencia y dejar prácticamente lista tanto la cena de hoy como la comida de mañana, que preservaremos en una improvisada fiambrera. Mientras tanto, utilizo mi regleta para multiplicar por cuatro las posibilidades de una de las tres tomas de corriente repartidas por el comedor. Aprovechamos el tiempo haciendo copia de seguridad de las fotos y redactando la etapa del día. El camping tiene servicio de conexión a Internet, pero solo son gratuitos los primeros 15 minutos y luego hay que pagar hasta un total de 1.000 coronas por 2 horas de servicio. Como por ahora nos sobra cuota de nuestra línea de prepago de Siminn, seguimos recurriendo a ella.

Somos en el comedor tres mujeres alemanas, una pareja argentina y nosotros. Según les oímos conversar, la pareja argentina parece estar haciendo un recorrido muy similar al nuestro, incluso llevando los mismos días de viaje. Con las puertas cerradas y los distintos fogones a toda máquina, pronto empieza a hacer un calor sofocante en el interior. Tras un rato sufriendo, una de las chicas alemanas abre una puerta y se disculpa si a alguien le molesta. Por la reacción de los demás, creo que estábamos todos al borde del desmayo pero ninguno se atrevía a decir nada.

Tras cenar y seguir aprovechando la electricidad, el comedor empieza a poblarse con nuevos vecinos y no queda más remedio que dejar libre nuestra mesa por el bien de la comunidad. Regresamos a nuestra furgoneta, en cuyo interior hacemos tiempo mientras termina la lavadora primero y la larga ronda de secadora después. Caminando por el césped en la penumbra cargados con la ropa seca, nuestra jornada de hoy termina pasadas las 00:30 bajo un cielo que, una vez más, ha decidido terminar el día totalmente nublado. Con ayuda de una luna menguante pero todavía rebosante de luz, será una noche más en la que no poder disfrutar del cielo estrellado islandés o, quién sabe, si de alguna aurora boreal. Pero todavía quedan muchas balas en ese cartucho.