Skógafoss, excursión junto al río Skógar y Kvernufoss

Día 3 | 1 de septiembre de 2015

Mapa de la etapa 3

Empieza nuestro tercer día en Islandia a las seis de la mañana, cuando sin necesidad de despertador abrimos los ojos mirando al techo de nuestro hogar móvil. La adaptación a vivir en una furgoneta ha sido mucho menos traumática de lo que esperábamos, en parte gracias al buen funcionamiento de la calefacción y a la sorprendente comodidad de los asientos abatibles, pero sobre todo gracias a la mejora en espacio que supuso que Happy Campers nos entregara una Renault Trafic en lugar de la esperada Ford Transit Connect.

Apartamos las cortinas de la ventana para comprobar que Skógafoss sigue en su sitio. El sonido del agua cayendo nos ha acompañado sin llegar a ser una molestia durante toda la noche, y a estas tempranas horas apenas vemos un par de vecinos deambulando por el césped entre las numerosas tiendas de campaña instaladas.

Esto sí que son vistas para una casa
Buenos días, Skógafoss
Amanece en el vecindario

Si has seguido este diario desde el principio, quizás te hayas percatado de que no hemos vuelto a mencionar una ducha desde la mañana en la que salimos de Keflavík. Eso es porque a estas alturas llevamos ya 48 horas sin ducharnos y es que cuando vives en una furgoneta, la higiene personal es una de las primeras cosas que pueden verse… mermadas. Tuvimos la opción de utilizar las duchas previo pago de 400 coronas junto al aparcamiento de Gullfoss, pero ese día lo terminamos demasiado cansados y nos convencimos de que no era tan grave pasar un día más a lo salvaje. Sin embargo dos días ya son demasiado, y por eso ahora que despertamos por primera vez en un camping vamos a ponerle remedio.

En el mismo pequeño edificio en cuyo lateral encontramos la ventanilla de “recepción” para pagar la estancia en el camping, un par de puertas a mano izquierda dan acceso a sendos baños con un lavabo y un plato de ducha. Para dar comienzo a los cinco minutos de agua, hay que introducir tres monedas de 100 coronas -algo más de 2 euros en total- en la ranura de una máquina. En el preciso instante en el que introduces la tercera moneda, el agua empieza a salir del teléfono de la ducha. No hay controles manuales para regular el agua, que por defecto sale ya a una temperatura agradable. Que esté calentada mediante energía geotérmica en Islandia solo puede significar una cosa: que desprende ese aroma a huevos cocidos -otros dicen que podridos- típicos de las zonas con alta actividad de este tipo. Y aquí viene la parte más traumática de la experiencia: las instalaciones no incluyen sistema de calefacción por lo que cuando los cinco minutos terminan, más vale ser diligente al secarse y cambiarse porque el confort termina de forma abrupta. A estas horas la temperatura ambiente ronda los 8 grados, por lo que equiparse pronto de varias capas de ropa es una cuestión de supervivencia.

Regresamos a la furgoneta como nuevos tras la reparadora ducha. Contradiciendo los pronósticos que anunciaban un día totalmente nublado, el cielo ha amanecido azul y el sol empieza a iluminar la postal de ensueño que es Skógafoss. No puedo resistir la tentación de acercarme por primera vez a la cascada cámara en mano. Tengo la escena entera para mí solo... durante unos segundos, los justos y necesarios para que una mujer asiática –de dónde si no- decida hacer fotografías siempre unos metros por delante de mi posición por mucho que yo intente desplazarme.

Skógafoss... y la china
Skógafoss, yo... y los chinos
Sólo Skógafoss
Skógafoss y nosotros
Skógafoss y ella

De vuelta al vehículo, L ya ha terminado de desayunar y tiene cara de contrariada. Si ya es sorprendente poder perder algo en un piso de dimensiones estándar, hacerlo en una vivienda móvil de apenas cuatro metros cuadrados es para medalla. El rollo de papel de aluminio que compramos ayer en un supermercado no aparece por ninguna parte. No es que sea una tragedia, pero cuando todo lo demás marcha como la seda cualquier detalle parece el fin del mundo. Tras rebuscar en todos los rincones donde puede haber quedado escondido desistimos, y hemos alcanzado ya las ocho de la mañana cuando nos ponemos en marcha. Paramos primero -ahora en pareja- algo más cerca de la cascada para hacernos un puñado de fotos más ahora que no hay nadie que nos moleste ni a quien podamos molestar nosotros. Son las 8:30 cuando enfilamos el camino de la derecha según miramos hacia la cascada y subimos el primer escalón.

Skógafoss es una de las estrellas turísticas de Islandia, eso está de más decirlo. Lo que ya no es tan turístico, aunque en los círculos adecuados goce de tanta o más popularidad que la propia catarata, es el sendero que aquí termina -o empieza, según se mire- y que forma parte de una excursión que distribuida en seis etapas comunica la villa de Skógar con la región de Landmannalaugar pasando muy de cerca junto a los glaciares de Eyjafjallajökull y Mýrdalsjökull. Para muchos está considerada una de las mejores rutas de senderismo que se pueden hacer en todo el mundo. Hacerla de principio a fin conlleva cargar con todo lo necesario -comida, sacos de dormir, etc.- a la espalda y pasar la noche en los distintos refugios instalados a lo largo de la ruta, ya sea montando tu propia tienda de campaña o bajo techo en su interior.

Nosotros, aunque nos encantaría vivir la experiencia y disfrutar de las vistas que conforman la excursión completa, no nos sentimos en absoluto preparados para una empresa de ese calibre, así que nos conformamos con una versión muy reducida de ella. El plan, si las piernas lo permiten, es recorrer los 9 kilómetros que nos separan de un puente que cruza el río Skógar, y a continuación deshacer esos mismos 9 kilómetros para regresar al punto de inicio en Skógafoss. Durante el día iríamos decidiendo si se trata de un objetivo asumible o debemos rebajar nuestras pretensiones.

Puestos en contexto, volvamos a ese primer escalón. El primero de los muchos que nos llevan desde la base de Skógafoss hasta el mirador junto a lo más alto de la cascada. La subida es acusada, y a medio camino nos topamos con un mirador natural todavía mejor que el que nos espera en la cima, ya que permite apreciar mucho mejor toda la altura de la catarata desde un saliente a muy pocos metros de ella. Superamos los últimos escalones y en el mirador oficial delimitado por una barandilla podemos intuir ya una pequeña porción de los colosales glaciares que proveen de este constante caudal. Nos sigue acompañando un tremendo cielo azul con el que no contábamos.

Un pequeño paso para L, un gran paso para el viaje
En peores nos hemos visto...
El fantástico mirador no oficial

Superamos el botador que da inicio a la etapa de verdad y a los pocos metros nos encontramos ya con una catarata que quita el hipo. Muy cerca de ella, junto a la orilla del río, vemos una tienda de campaña de la que sale un único hombre que debe haber pasado una noche espectacular. Nos damos cuenta ahora de que hemos intercambiado pantalones, despiste que puede ocurrir cuando ambos nos hemos puesto exactamente el mismo modelo y talla. Como por ahora el tráfico es muy escaso, aprovechamos unos minutos sin compañía a la vista para cambiarnos aquí mismo. Aprovecho para decir adiós al polar, una de las tres capas de ropa de manga larga que llevo encima. El sol está creando una temperatura que para nada hace necesario tanta protección contra el frío por ahora. La tierra en la que colocamos las mochilas durante el cambio de vestuario ensucia bastante.

¡Empecemos!
Y esto, nada más comenzar

Seguimos avanzando junto al litoral este del río Skógar y no hacen más que sucederse espectaculares saltos de agua. La densidad de escenas de postal por kilómetro recorrido es abrumadora, droga dura para los fotógrafos de gatillo fácil como yo. Tras alrededor de 40 minutos nos tomamos un par de onzas de chocolate como haría Popeye con sus espinacas para afrontar un tramo con fuerte pendiente ascendente que se presenta ante nosotros.

Skógar y más Skógar...
Se aleja la villa pero el río sigue con nosotros
L contra Skógar, capítulo 1
L contra Skógar, capítulo 2
Spray de cascadas por todas partes
Y siguen los saltos...

A las 10:20 y tras algo más de 2 kilómetros recorridos sale a nuestro encuentro una nueva catarata que supera a todas las anteriores exceptuando la propia Skógafoss. Enorme y entre montañas, el ruido de esta resulta ensordecedor. Justo a partir de este punto el ascenso se complica un poco obligándonos a apoyar las manos aquí y allá, aunque al llegar a un plano y volver la vista atrás creemos ver un camino alternativo más accesible.

El tamaño de ésta llama especialmente la atención
Una buena excusa para unas cuantas fotos más...
... y más...

Y ésta no era la última cascada que encontrar por ahora. Apenas unos pasos más adelante, aparece otra monstruosidad con múltiples caídas de agua a lo ancho del río y frente a la cual encontramos el balcón perfecto en el que merendar un sándwich. Mientras lo hacemos, el cielo se nubla en cuestión de minutos privándonos ahora de ese sol que nos venía acompañando desde el inicio.

Un buen sitio para merendar
Seguimos avanzando

Por lo que la no muy buena conexión móvil nos permite consultar en Google Maps, creemos la meta fijada en el puente sobre el río Skógar se encuentra todavía a cuatro kilómetros de distancia. Por ahora no es una cifra que nos asuste ya que el terreno que está por venir parece muy llano. Sin embargo, no tarda en volver a aparecer una fuerte pendiente aunque en este caso es sobre tierra compacta en lugar de rocas. Nos cruzamos con un turista que estima que podemos alcanzar el puente tras entre hora y hora y media. Mientras tanto y tras tomarse un descanso, el río vuelve a ofrecer varias cascadas a las que asomarse cada cierta distancia.

¿¡Dices que queda CUÁNTO para el refugio!?
Verde y más verde
Se está alargando la cosa...
Otra excusa para coger aire
El río se esconde en un estrecho cañón
Y vuelve a aparecer en forma de colosal caída

Veo como las fuerzas de L empieza a flaquear y no poder siquiera intuir el maldito puente en la distancia hace que bajen los ánimos. Tras nuevos tramos de fuertes subidas y bajadas que las piernas empiezan a acusar, intuyo a ojo consultando el mapa -desde hace varios minutos la cobertura ha desaparecido- que todavía nos quedan por delante más de dos kilómetros. Viendo como las mejillas de L empiezan a ponerse coloradas y mis propias piernas empiezan a quejarse cuando nos detenemos, es el momento de tomar una decisión.

Por una parte, queda ya claro que no estamos en la mejor de las formas físicas posibles. Desde hace unos meses procuramos hacer un mínimo de ejercicio gracias a una bicicleta estática en casa con la cual hemos perdido ya unos buenos kilos, pero el senderismo prolongado tiene otras exigencias que todavía nos consumen. Por otro lado, el puente de marras fue un objetivo marcado por nosotros mismos con tal de tener una meta, pero no es el fin último de la excursión. No es como si el hecho de no llegar hasta él determinase que todo lo andado hasta ahora hubiera sido en vano. Por último, no hay que perder de vista que esos más de dos kilómetros restantes no son los últimos, si no que habrá que deshacerlos junto a todo lo recorrido hasta ahora. Tras poner sobre la mesa todos estos puntos, decidimos que el valle elevado con vistas al río Skógar en el que nos encontramos es el final de nuestra ruta.

Se acerca nuestro fin
Algunos testigos de nuestra excursión
Pues como se derrita todo eso verás qué risa...
El glaciar Eyjafjallajökull, al oeste de Skógar
Nuestro fin de la aventura

Tras unos últimos minutos sentados frente a lo que ha sido nuestro límite, emprendemos el camino de vuelta a las 12:30. Con una mejor idea de lo que nos queda por delante, las piernas parecen recobrar fuerzas y no tardamos demasiado en alcanzar un cartel que indica la distancia restante hasta Skógafoss: dos kilómetros y medio, lo cual sumado a lo que llevamos recorrido de regreso -tras dar media vuelta hemos activado una aplicación de seguimiento que habíamos olvidado en la ida- haría un total de aproximadamente seis kilómetros. Reconozco que es algo desmoralizador: nuestra ruta total quedará en unos modestos 12 km, muy lejos de las grandes etapas de más de 20 km que describe la guía Rother de rutas de senderismo.

Viejas conocidas, ahora de regreso
Volvemos a contemplar la mayoría de cascadas

Nuestro alterado plan provoca que alcancemos una hora propicia para comer exactamente en el mismo punto donde hicimos un alto para merendar, así que volvemos a recurrir a los sándwiches frente a esa amplia cascada que podemos contemplar a la perfección desde nuestra posición. Y tal y como ocurrió durante la merienda, vuelve a nublarse tras haber disfrutado durante largo rato de un sol radiante. Esta vez las nubes vienen acompañadas de una bajada de temperatura que enfría el aire.

Aproximadamente una hora más de camino de vuelta nos lleva de nuevo hasta Skógafoss. A estas horas, el mirador de la parte superior está mucho más poblado de turistas que esta mañana. Algunos ya pasan apuros para superar el botador que separa la cascada de la excursión, encontrando consuelo en que tampoco somos los peores visitantes de la historia. Son las 15:00 cuando ponemos nuestros pies de vuelta en la furgoneta y lo primero que hacemos es descalzarnos para que nuestros agradecidos pies respiren.

De vuelta en Skógafoss

Me acerco al edificio del campamento, cuyo mostrador solo abre de 19:00 a 21:00 para recibir las reservas del día. Compruebo por el camino que ciertas parcelas del campamento tienen tomas de electricidad protegidas con llave. Llevo en brazos con el depósito de agua de la furgoneta para rellenarlo en uno de los dos fregaderos frente a las duchas, pero más tarde descubriré que en el acceso al recinto hay una manguera disponible para hacer esto sin requerir tanto esfuerzo ni causar el estropicio que provoco al sacar el bidón del grifo. Tras sopesar los pros y contras entre pasar aquí una noche más o retroceder 30 km hasta el campamento junto a Gljufrafoss, nos decantamos por lo primero.

Empieza a chispear un poco mientras nos relajamos en la furgoneta. Por momentos parece que vaya a llover con más fuerza, pero a los pocos minutos vuelve a amainar. Pasamos más de una hora en el interior, L actualizando las redes sociales y yo empezando a redactar la etapa del día. Skógafoss sigue a lo suyo a mi izquierda. Algo más descansados, arrancamos el motor por primera vez en lo que va de día y nos dirigimos a la segunda y última actividad de la jornada. No se puede decir que vayamos a castigar el motor, ya que en apenas 1,8 km llegamos al destino.

Cuando planificas un viaje por Islandia, una de las páginas web que no deberían faltar en los favoritos de tu navegador es World of Waterfalls. En ella encuentras no solo una completa lista de cataratas alrededor del mundo, si no detalladas fichas de cada una de ellas con fotografías, datos y, algo muy importante, cómo alcanzarlas. Es a través de este sitio mientras consultábamos la información de Skógafoss, cuando supimos de la existencia de una vecina mucho menos popular pero con mucho que ofrecer: Kvernufoss.

Atravesando la pequeña villa de Skógar, pasamos de largo el Hotel Edda Skógar y aparcamos al final de la carretera. Ante nosotros solo vemos una valla que parece delimitar una finca privada en la que descansan varias ovejas. Me conecto a Internet buscando una segunda fuente, y lo que encuentro ofrece algo más de información: tras el museo dedicado a Skógar en el que hemos aparcado, deberíamos encontrar un botador que nos permita acceder al camino situado en esa misma finca privada. Resulta imposible perderse con instrucciones tan específicas y enseguida estamos pisando la hierba que debe acercarnos al río que protagoniza nuestro destino.

El extremo del museo de Skógar e inicio de la travesía
Buscando el botador
Encontrando el botador

Caminamos por un lateral izquierdo del río que a veces nos obliga a superar tramos complicados, pero enseguida vemos a una distancia razonable la meta. Y en ella, como si hubiéramos escrito un guión para tal efecto, nada más y nada menos que una ceremonia de matrimonio en plena celebración.

Acercándonos a la magia

Kvernufoss es, como su nombre acabado en "foss" da a entender, una nueva catarata. En este caso, una que guarda muchas similitudes con la popular Seljalandsfoss, siendo la principal que permite ser rodeada por detrás y darse una pequeña ducha por el camino. Es algo más pequeña que Seljalandsfoss pero merece mucho la pena visitarla gracias a lo poco conocida que es. De no ser por la boda en curso, la tendríamos enteramente a nuestra disposición. La rodeamos solo hasta la mitad, ya que no vemos claro por dónde completar la vuelta entera. Recogemos nuestras cosas para no molestar más al fotógrafo que está inmortalizando el mágico momento entre las dos chicas y emprendemos un muy agradable paseo de vuelta hasta nuestra camper.

Uno de los mejores descubrimientos del viaje
Buscad al fulano paseando la GoPro
Yo os declaro pareja y cascada
La oveja que Gotham necesita

Estamos ya de vuelta en el campamento cuando pagamos la novatada de no estar familiarizados con la cultura de las autocaravanas. Tras comprobar que las tomas de corriente de esos puestos que habíamos avistado no coinciden con un enchufe convencional, me acerco a una autocaravana vecina para que su amable propietario me aclare en qué consiste el sistema. Resulta que dichas tomas de corriente no funcionan del mismo modo que un enchufe convencional y ni siquiera utilizan el mismo tipo de corriente. La única forma de beneficiarse de ellas es mediante un cable que incorporan todas las autocaravanas y viene conectado a una instalación eléctrica para tal efecto en su interior. En resumen: que no vamos a poder enchufar nuestros aparatos en un campamento, lo cual supone un duro revés cuando vamos cargados de varios aparatos que no soportarán ni por asomo 15 días de uso. Es hora de improvisar un plan.

Pocos metros antes de regresar al campamento, hemos avistado el cartel de un local llamado Fossbúd cuyos precios parecen, sin llegar a ser baratos, ligeramente prometedores. Damos un breve paseo hasta él con la mochila cargada de todo lo pendiente de carga así como una regleta que traemos de casa. En su interior, encontramos un salón comedor en el que varias personas están esperando a ser atendidas y muchas de ellas están ya aprovechando las tomas de corriente del perímetro. Parece que hemos dado en el clavo.

Saco todo mi arsenal eléctrico y, como si fuera lo más normal del mundo, empiezo a chupar del frasco de la factura eléctrica de Fossbúd: móviles, portátil, batería de la cámara, GoPro y batería USB auxiliar, todo de golpe. Al poco rato aparece un empleado al que se le pueden hacer pedidos. Como todavía es pronto, empezamos con una cerveza de surtidor grande -1.000 coronas- y un cappuccino -500 coronas-. La cerveza es suave pero un deleite para la garganta. El cappuccino es de una máquina de autoservicio y bastante mediocre.

Droga en forma de electrones

Suena "You really got me" en el hilo musical y la temperatura es muy agradable gracias a la calefacción y el revestimiento de madera. Pasamos el rato conectados a nuestra propia red inalámbrica con Siminn, ya que la conexión a Internet del local no funciona demasiado bien. Pasan los minutos y, según dan las 19:30, creemos que cenar aquí es una muy buena opción. Compartimos un "Fish & Chips" y una hamburguesa también con patatas y pedimos sendas cervezas más, una grande y otra pequeña. El total son unas 5.000 coronas, 35 euros al cambio tras comprobar el extracto de la tarjeta de crédito. Y así pasan los minutos, con los Ramones sonando ahora de fondo y en uno de los momentos más relajados desde que iniciamos nuestra aventura. Por la ventana vemos que empieza a llover, lo cual supondrá un problema dado que hemos recorrido la distancia que nos separa del camping a pie. A las 20:30 el par de empleados que parecen gestionar todo el local empiezan a apagar luces y colocar sillas sobre las mesas, señal más que suficiente para comprender que ha llegado la hora de cierre y hay que regresar a casa. Afortunadamente, ha dejado de llover y la alerta de fuertes chubascos por venir todavía no se ha materializado.

Cervezas tostadas que saben a gloria
Hamburguesas y Fish & Chips, para probarlo todo

Como es nuestra segunda noche consecutiva, podemos beneficiarnos de la oferta del campamento para estancias más largas. Una sola noche en el campamento de Skógafoss cuesta 1.100 coronas por persona, pero si la estancia es de dos días el precio sube solo hasta las 2.000 coronas por cabeza. Pagamos por lo tanto las 1.800 coronas de diferencia y, aprovechando la ocasión, cambiamos un billete de 1.000 coronas en monedas de 100 para poder utilizar las duchas a la mañana siguiente. Alcanzamos nuestra furgoneta que esta noche tendrá como vecino a un todoterreno con una tienda de campaña pegada al techo. No puedo parar de preguntarme cómo demonios deben subir ahí arriba.

De nuevo en las entrañas de nuestra Renault Trafic, dejamos todo listo para no perder el tiempo a la mañana siguiente, dejando atrás un día intenso tanto para las piernas como para la vista. Son poco más de las 21:00 cuando apenas quedan deberes por hacer, simplemente hacer copia de seguridad de las fotografías y videos del día y descansar, descansar mucho. Mientras tanto, en el exterior Skógafoss sigue obrando su magia bajo un manto de nubes que anula toda posibilidad de ver un cielo estrellado o incluso auroras boreales.