El día de las cataratas

Día 2 | 31 de agosto de 2015

Mapa de la etapa 2

Son alrededor de las seis de la mañana cuando arrancamos nuestro primer día despertando en el interior de una furgoneta. La noche ha ido razonablemente bien. No hemos sufrido el ruido de ningún vecino -de hecho, hemos estado prácticamente solos en el aparcamiento-, la calefacción no ha matado la batería auxiliar y ha mantenido caliente el interior del vehículo y solo el ruido de la nevera activándose de vez en cuando podía llegar a desvelarnos. La cama construida a partir de asientos ha resultado ser menos incómoda de lo que temíamos.

Me asomo por la ventana todavía casi sin luz pero ya intuyo el problema de las mañanas islandesas: la niebla. A unos escasos 100 metros tenemos nuestra próxima catarata, pero hasta que no salga el sol y disipe una bruma que no deja ver el horizonte parece inútil acercarse a ella. No opina así el propietario de la auto caravana que tenemos a pocos metros, que tras unos minutos aparece de entre la niebla trípode en mano. Me pregunto qué resultados habrá conseguido.

Nuestros primeros vecinos...
La noche ha sido menos dura de lo esperado

Nos tomamos todo el tiempo del mundo para desperezarnos, dejar en orden el interior de la furgoneta y desayunar. Utilizamos por primera vez y sin problemas la cocina portátil para calentar la leche de nuestro café, que acompañamos con galletas y un poco de ese yogur Skyr sospechosamente parecido a los Petit Suisse que descubrimos ayer por la mañana y acabamos comprando en el supermercado. Cuando me dispongo a utilizar el pequeño fregadero por primera vez, me doy cuenta de que no tenemos estropajo. Quitar los restos de la cubertería con un cepillo de cerdas duras no es fácil, así que será conveniente recordar comprar uno cuando tengamos la ocasión. Se acercan las ocho de la mañana y seguimos rodeados por la niebla cuando termino de redactar la etapa de ayer y ya estamos listos para ponernos en marcha.

El café con la leche caliente, por favor

Nos equipamos a prueba de cortinas de agua -a saber, botas, chaqueta y cubrepantalón impermeable- y enfilamos los pocos metros que nos separan de Gullfoss. Según nos acercamos descubrimos que había un segundo aparcamiento inferior con vistas directas hacia la catarata, ha sido un fallo no haber pasado la noche en él. Tras unos pasos sobre una pasarela de madera y un cartel narrando las bondades del lugar, la cascada aparece ante nosotros. No nos acompaña el mejor de los días para disfrutarla -lo habitual es encontrar fotos de ella atravesada por un arco iris- pero la inmensidad y el caudal en caída constante son suficientes para justificar su visita. Grandes cortinas de spray se elevan junto al sendero que permite acercarse a ella por la izquierda.

Buenos días, Gullfoss
No hemos venido en el mejor momento del día

Transitamos por él y, aunque es irremediable mojarse, no llega al extremo esperado ya que el viento no sopla en la dirección necesaria para lanzarnos agua encima. Alcanzamos el punto en el que el agua del río empieza a coger velocidad hasta caer por múltiples laderas generando un ruido ensordecedor. No es el Brink of the Lower Falls de Yellowstone -aunque se le acerca- y probablemente no tenga comparación con alguna de las cascadas que están por venir, pero a estas alturas del viaje nos resulta impresionante.

Acercándonos al nacimiento de la cascada
El húmedo paseo desde el aparcamiento
Disfrutando Gullfoss... desde Gullfoss
Alguien empieza a asomar el pico

Abandonamos un aparcamiento al que ya empiezan a llegar los primeros turistas de la semana -además de nosotros, claro- y en el que, al igual que en los Parques Nacionales de Estados Unidos, vemos a cuervos por aquí y por allá que parece que estén dedicándose al dudoso oficio de los gorrillas. Mientras deshacemos varios kilómetros del camino de ayer, descubrimos con horror que el lector de discos de la furgoneta ha conocido tiempos mejores, dando error al reproducir cualquiera de las recopilaciones que traemos de casa. Eso, sumado a que por ahora la radio solo es capaz de encontrar dos emisoras y ninguna parece muy devota de nuestros gustos musicales, anticipan unas jornadas de carretera un tanto duras. El mal sabor de boca dura poco cuando a nuestro paso por Geysir el señor Strokkur parece querer despedirse de nosotros lanzando agua hacia el cielo a nuestro paso con una sincronización perfecta.

Despidiéndonos de Geysir

Tras algo menos de 20 kilómetros por carretera en buen estado llegamos a Faxafoss, una catarata que no figura en las listas de visitas principales pero vale la pena no pasar por alto. A nuestros pies y junto a una especie de canal artificial construido a su izquierda, se extiende a lo ancho ante un pescador que no sabemos muy bien cómo ha conseguido instalarse en el pequeño peñón frente a ella. Las vistas desde su posición deben ser inmejorables. Nos pisa los talones un autobús de turistas de los de "bajarse, disparar 200 fotos y volverse a subir" por lo que decidimos avanzar un poco más con el coche hasta alcanzar un mirador menos poblado.

El primer contacto con Faxafoss
Y el mejor contacto con Faxafoss

Nuestro próximo destino se encuentra a 60 kilómetros y supuestamente empezará a suponer circular por carreteras menos óptimas. Al poco de arrancar encontramos una gasolinera N1 con una pequeña tienda que aprovechamos para al fin comprar agua mineral y ya de paso un par de manzanas. Cuatro botellas de litro y medio y la fruta nos cuestan 830 coronas.

Una parada improvisada para disfrutar de un lago

Proseguimos la marcha, rodeados ahora por infinitos prados de un intenso color verde bañado por un sol que ahora ya empieza a ser molesto para conducir. La carretera por ahora no ha empeorado ni un ápice, no hay arcén pero el asfalto está como nuevo. Solo los últimos 600 metros tras desviarnos para alcanzar nuestro próximo destino son de grava y nos obligan a una marcha cautelosa a no más de 25 km/h.

Se presenta ante nosotros Hjálparfoss, que pese a no ser especialmente grande alude a su original forma para llamar la atención. Dos saltos de agua procedentes de un mismo río bifurcado metros antes y que vuelven a confluir en la base de la catarata. El lugar es totalmente accesible e incluso puedes sumergirte y llegar a su base si las aguas heladas no te suponen un problema. Desde el aparcamiento se puede descender a los miradores principales tanto a través de rampas de grava como por unas escaleras de madera. El aparcamiento tiene aspecto de ser un sitio estupendo para pasar la noche si fuese necesario.

La original Hjálparfoss
Las aguas de Hjálparfoss
El corto paseo desde el aparcamiento

Y ahora sí, arrancamos el motor y nos dirigimos a la hora de la verdad, a una de las entradas marcadas como prioritarias en la agenda. Desde que encontramos imágenes suyas por primera vez y supimos que no es necesario circular por una carretera F -las reservadas para vehículos todoterreno- para alcanzarla, Háifoss era claramente uno de nuestros objetivos del viaje. Sin embargo, que no sea obligatorio el uso de 4x4 para llegar a ella no implica que el camino fuera a ser fácil: opiniones de viajeros por aquí y por allá insistían en que no todo vehículo es capaz de avanzar por su acceso, especialmente en los últimos kilómetros en ascenso por una vía sin asfaltar.

Los 13 primeros kilómetros no presentan sorpresas, ya que siguen siendo sobre el asfalto de una carretera 32 en perfectas condiciones. Entonces llega el desvío señalado por el GPS, y pronto vemos que nuestro navegador no está por la labor de hacer llevarnos a donde queremos. Nada más girar, nos topamos con una señal de "Paso permitido solo al personal autorizado" que nos obliga a dar media vuelta y deshacer 2,5 kilómetros para intentarlo por el desvío anterior, señalizado como el acceso al camping de Holaskogur. A partir de aquí empieza la acción de verdad: la carretera 332 arranca con siete kilómetros de un terreno plagado de rocas de todos los tamaños que no podemos atravesar a más de 30 km/h, y uno o dos tramos especialmente preocupantes -coincidiendo normalmente con pendientes de ascenso- que nos obligan a rebajar la velocidad hasta los 10 km/h. Pero sin embargo, llegamos, y aunque en el aparcamiento predominan los todoterreno, algún valiente más con una camper ha llegado antes que nosotros.

Con un enorme sentimiento de satisfacción por haber disipado la duda de si podríamos disfrutar de Háifoss nos ponemos en marcha y bastan apenas unos metros para entenderlo todo. Qué pasada. Qué magnífico. Qué enorme. Qué único. Nos encontramos con el balcón perfecto: a mano derecha Granni, una ya de por sí espectacular cascada cuya agua cae y cae durante varios segundos. Frente a ella, un bloque de nieve compacta que se niega a desprenderse por la ladera. Y en el otro lado, la joya de la corona: Háifoss y sus 122 metros de altura nos dan su bienvenida con el sonido de litros y litros de agua esparciéndose por todas partes tras recorrer la supuesta tercera catarata de mayor altura en toda Islandia. Aunque estas clasificaciones cambian según dónde las leas, así que no son datos muy fiables.

Tiene que estar por aquí...
Y aquí está Háifoss y su hermana Granni

El sitio es como para saborearlo el tiempo que sea necesario, y así lo hacemos. Vamos recorriendo ese balcón, descubriendo a cada dos pasos qué hace especial cada mirador respecto al anterior. Hacemos fotos, vídeos, más fotos, la contemplamos, más videos. Vemos a pequeñas figuras aproximándose al espectáculo por la parte inferior izquierda, pero no acertamos a averiguar por dónde pueden haber accedido.

Una panorámica de ensueño

No hay un momento correcto en el que decirle adiós a Háifoss, pero decidimos que sea al cabo de aproximadamente una hora. Aunque todavía no la abandonamos del todo, ya que aprovechando una mesa con bancos de madera cercana al aparcamiento hoy comeremos al aire libre. Sacamos el hornillo portátil de la furgoneta y nos preparamos unos filetes empanados acompañados por una ensalada de patata con pepinillo que, como todo lo que lleva pepinillo, sabe a Big Mac de McDonalds. Mientras comemos, el aire frío se acusa algo más por el hecho de estar parados. Suena de fondo el agua chocando contra el suelo y nos contemplan cumbres nevadas desde el otro lado.

Ahora sí, nos ponemos en marcha para abandonar este paraje de ensueño y deshacer los siete complicados kilómetros de carretera que cuesta abajo resultan menos pesados. Probamos por primera vez el inverter destinado a poder enchufar aparatos de 220V en la toma de corriente del vehículo, pero solo parece funcionar correctamente si utilizamos uno de los puertos a la vez. Regresamos a la carretera 32, cuyos primeros kilómetros en la nueva dirección nos brindan límites de velocidad de 90 km/h. Pero todavía a 15 kilómetros de la nueva meta, empieza un páramo desolado y atravesado por una carretera muy bacheada con vistas sobrecogedoras a lado y lado. Durante los siguientes 11 kilómetros lucho circulando a no más de 35 kilómetros por hora contra un volante que traquetea tanto o más que el resto del coche, con la cubertería de los cajones sonando a todo volumen. El desvío para los últimos cuatro kilómetros no es mejor, circulando por una vía estrecha en la que afortunadamente no nos cruzamos con nadie circulando en dirección contraria. Tras confirmar que íbamos en la dirección correcta gracias a algunas señales previas, casi pasamos de largo el mirador en el que detenernos debido a la falta de carteles pero el sentido común hace que paremos donde corresponde.

El largo y duro camino a Thjofafoss

Estamos aquí para ver la cascada de Thjofafoss. Bajamos de la furgoneta y, rodeados de un desolador entorno que parece sacado de una fotografía enviada desde Marte, tememos que los dolorosos kilómetros bacheados no hayan merecido la pena. Pero ese sentimiento se desvanece rápidamente en cuanto nos asomamos al río desde las alturas y encontramos el salto de agua de tonos verdes acompañado por un voluminoso monte a su izquierda. Disfrutamos de esta postal en compañía de unos increíbles 14 grados de temperatura.

Aquí el coche...
... y aquí Thjofafoss a su lado

Deshacemos los cuatro kilómetros del desvío y, cuando giramos hacia el sur y estamos ya mentalizados para una nueva y larga tortura en forma de carretera no asfaltada, la vía se transforma y se convierte prácticamente en una imitación de la anhelada Ring Road. Es todo un alivio pensando que todavía nos quedaban 44 kilómetros para conectar con la carretera 1, creyendo que hasta entonces íbamos a tener que seguir acompañados por ese traqueteo infernal.

Sin la emoción de los baches y circulando a 90 km/h, la travesía se torna algo monótona y solo la ameniza el avistamiento de ovejas y caballos enanos por aquí y por allá. Atravesamos en un abrir y cerrar de ojos el pueblo de Hella, lugar donde si se cumple la agenda pasaremos las dos últimas noches de nuestro viaje. Pero ahora lo que corresponde es pasarlo de largo y llegar a las 17:00 a una gasolinera N1 especialmente nutrida de servicios, entre ellos un supermercado en el que nuestro plan es localizar algunos productos básicos que se nos resisten. Sin embargo, justo enfrente de la gasolinera vemos un supermercado de la marca Kjarval y decidimos probar suerte. Encontramos todo lo que buscábamos, como por ejemplo alguna alternativa más para el desayuno y un paquete de estropajos. Nos llama la atención la bajísima edad media de todos los cajeros, y a uno de ellos le abonamos las 1.400 coronas que nos cuesta la bolsa con apenas 4 o 5 artículos.

Retomamos la marcha en busca del que debería ser ya nuestro penúltimo aparcamiento del día. El ya bautizado como "Día de las cataratas" lleva hasta el momento cinco saltos de agua visitados pero todavía quedan algunos platos fuertes por llegar. El primero de ellos puede verse ya varios minutos antes desde la carretera, y cuando finalmente lo alcanzamos descubrimos en su aparcamiento más coches y turistas que en ninguno de los visitados hasta ahora.

Es el turno de Seljalandsfoss, y no le cuesta nada pasar a engordar la lista de momentos de mandíbula desencajada. Ya desde el aparcamiento la cosa promete, con gente yendo y viniendo por el césped, tres ovejas pastando en el terreno elevado por encima de la catarata y, por supuesto, personas pasando por detrás de la caída del agua. Hacemos un par de ajustes a nuestro vestuario para estar lo más preparados posible ante la garantizada cortina de agua que nos va a recibir y, a medio camino hasta ella, nos damos cuenta de que hemos olvidado lo único verdaderamente preparado para soportarlo todo: la GoPro. Regreso corriendo hasta el coche para ir a buscarla y voy al rescate de L que se ha quedado ya en las entrañas de la catarata.

Seljalandsfoss nos da la bienvenida

Completamos el recorrido por el interior, y tal y como esperábamos salimos de él con medio glaciar derretido sobre nuestra ropa y cabello. En algunos tramos y cuando el viento golpea contra el interior, no hay mucha diferencia respecto a meterse en la ducha de casa y accionar el grifo. Me encomiendo al Dios Deliplus y hago peripecias con un gorro de baño de Mercadona para evitar que la cámara de fotos quede calada hasta los huesos, pero viendo el resultado final no parece que haya sido un Dios muy eficiente. La estrategia a seguir durante la locura que es cruzar Seljalandsfoss por dentro es destapar el objetivo, disparar rápidamente, comprobar que la lente ha quedado encharcada, achicar agua como buenamente puedo y volver a taparlo.

A rodearla toca
¡Qué empiece la ducha!
¡Qué empiece el baño!
Rodeo completado

Nos alejamos de Seljalandsfoss lo justo para poder contemplarla de forma más tranquila y seca. Una vez satisfechos, todavía no regresamos al aparcamiento. Y es que toda esta ladera guarda muchos secretos en forma de cascadas más o menos grandes procedentes del glaciar descongelado, pero una en concreto nos ha llamado tanto la atención durante la planificación del viaje que nos vemos obligados a intentar vivirla de primera mano.

Seljalandsfoss desde una posición más conservadora
Alejándonos rumbo a la próxima catarata

Gljufrafoss no se puede ver directamente desde Seljalandsfoss, pero está muy cerca. Tras apenas 500 metros, nos adentramos en un lodazal que resulta no ser el desvío adecuado, pero al segundo intento acertamos. Basta con encontrar un cartel que, debo suponer, nos está diciendo en islandés "es por aquí, despistado". A través del estrecho cañón que forma una grieta en la pared podemos ya atisbar otra generosa caída de agua que resulta especial por su ubicación clandestina entre las rocas. Para poder acceder a ella hay que vadear un pequeño río que, si bien podemos superar saltando entre piedras que emergen a la superficie, probablemente te condenará a mojarte las botas en cuanto haga peor tiempo. Aunque vista la recompensa, valdría la pena hasta zambullirse en bañador. La mezcla de luz y sonido de la caída del agua en el interior de la cueva es algo que no puede ofrecer ninguna de las otras cataratas visitadas.

Por aquí, despistado
Gljufrafoss, parcialmente visible desde fuera
Y totalmente visible desde dentro
El desastre fotográfico pasado por agua

Aunque no sea este el que elijamos para esta noche, aprovechamos que exactamente frente a Gljufrafoss se encuentra un camping para tener una primera impresión de cómo son este tipo de instalaciones. Tras rodearlo y tragarme un insolente bicho que decidió pasear frente a mi boca en el exacto instante en el que yo bostezaba, regresamos al aparcamiento de Seljalandsfoss donde una señal recuerda que está prohibido acampar aquí. Antes de marcharnos, aprovechamos el cercano río para limpiar el barro de los bajos de nuestros cubre pantalones.

Un camping literalmente a los pies de Gljufrafoss
Casas idílicas entre Seljalandsfoss y Gljufrafoss

Nos faltan algo menos de 30 kilómetros para nuestro destino final, y el viaje se ve interrumpido por una rápida parada en el centro de visitantes del volcán Eyjafjallajökull, ese amigo de nombre impronunciable que en 2010 puso en jaque todo el tráfico aéreo europeo. El centro está cerrado, pero desde aquí podemos echar un vistazo a su protagonista. A esta distancia parece inofensivo, acariciado en sus cotas más altas por unas nubes que, como la mayoría de las que hemos visto hasta ahora, sobrevuelan el cielo a bastante baja altura.

El amigo Eyjafjallajökull

Arrancamos el motor por última vez y, justo tras la señal que indica el último kilómetro para alcanzar Skógafoss, giramos la cabeza a la izquierda y allí aparece. Volvemos a experimentar esa extraña sensación de ver al fin en su contexto una imagen que hemos visitado digitalmente cientos de veces. Accedemos al campamento junto a la cascada y, tras aparcar lejos de las instalaciones pero cerca del salto, visitamos la recepción para pagar las 2.200 coronas -sin incluir las duchas- que cuesta pernoctar aquí.

Hacemos un primer acercamiento a la cascada, aunque tendremos tiempo de sobra para retratarla y la luz de hoy ya no es suficiente para disfrutarla en su máximo esplendor. Por ahora nos parece evidentemente espectacular, y dada su cercanía a la capital y lo sencillo que es alcanzarla es fácil averiguar por qué se ha convertido en uno de los símbolos turísticos de país.

Volvemos a nuestro hogar móvil y pasamos a hacer la cena en su interior, no como nuestros vecinos de acampada que llevan un buen rato organizando su barbacoa particular en el exterior pese a que la temperatura está empezando a bajar seriamente. Hoy toca repetir el pamboli mallorquín de sobrasada y queso, esta vez acompañado de una sopa de pollo precocinada. Se agradece el plato caliente de sopa en la mano rodeado de cristales empañados por la diferencia de temperatura con el exterior.

Pasan las 22:00 horas cuando preparamos nuestro dormitorio tras lo que ha sido un día tremendamente completo si echamos la vista atrás. Un total de ocho cascadas visitadas, y todas y cada una de ellas nos ha ofrecido algo que la hacía merecedora de la visita. Tenemos el cuerpo molido, en mi caso especialmente debido al esfuerzo de sostener el volante durante los tramos de carretera más complicados. Pero nos vamos a la cama con una sonrisa en la cara, ya que cualquier otra cosa no sería justa con lo que nos está ofreciendo esta aventura.