Happy Campers, Reykjavik, Thingvellir y Bruarfoss

Día 1 | 30 de agosto de 2015

Mapa de la etapa 1

Despierta en silencio la habitación número cinco del B&B Guesthouse de Keflavik. Haciendo todo cuanto está en nuestra mano para no despertar a nuestros vecinos, caminamos de puntillas por el pasillo atestado de estanterías con guías de viaje y otros libros para alcanzar el cuarto de baño compartido. Nos podemos duchar sin problemas y pasamos al desayuno.

Los edificios en los que el B&B Guesthouse aloja a sus huéspedes no son más que casas particulares cuyos dueños han decidido habilitar toda una planta entera para acoger a turistas. Por eso al fin y al cabo nos encontramos en una casa normal y corriente, en la que la sala principal dispone de una cocina completa en la que nos espera todo tipo de opciones para la primera comida del día como leche, café, yogures, cereales, galletas, mermeladas, embutidos y quesos varios. También aceite de oliva español. De lo que cogemos por aquí y allá destacamos los yogures Skyr. El de sabor a fresa es como comerse un Petit Suisse gigantesco.

Veamos qué hay por aquí...

Iniciando la operación "salvemos al pobre desgraciado que se ha dejado el abrigo en su casa a 3.000 kilómetros de distancia", recurrimos a la conexión a Internet gratuita para consultar los horarios de los centros comerciales de Reykjavik. Aunque me vaya a costar un riñón corregir mi error comprando un repuesto a precio de nivel de vida islandés, el dinero es solo dinero y con la salud y la meteorología adversa no se juega. Por desgracia, el centro comercial más indicado es Kringlan, que en un domingo como hoy no abre sus puertas a las 13:00. Nuestro plan era que precisamente a las 13:00 abandonaríamos la capital tras visitar sus lugares más señalados y hacer las compras básicas de supermercado, así que la planificación parece que deberá sufrir algunos ajustes.

Tal y como acordamos ayer, a las 8:15 aparece la furgoneta del B&B Guesthouse para llevarnos de vuelta a la recepción. Esta vez va al volante un hombre de unos 50 años que bien podría pasar por sacerdote, y que en su primera impresión cree adivinar que somos italianos. Alcanzamos así de nuevo el edificio principal, donde hace unos días confirmamos con la empresa que nos proveerá transporte y casa -más sobre esto en unos párrafos- que a las 8:30 nos recogerían para desplazarnos hasta las oficinas de Reykjavik. Sin embargo, no es hasta que pasan 20 minutos sobre lo acordado cuando una Renault Trafic con el logotipo de Happy Campers aparece por la calle. Mientras tanto, hemos podido comprobar que desde Keflavik el ruido de los aviones maniobrando en las pistas del aeropuerto se oye más que la televisión del vecino.

Esperando a nuestro chófer para llegar a la recepción
Recepción del B&B Guesthouse

El conductor de Happy Campers nos informa de que debe recoger a seis personas más antes de poner rumbo a las oficinas, por lo que el proceso se va alargando. Por motivos desconocidos, solo en el trayecto en el que somos sus únicos acompañantes nos deleita con una suerte de heavy metal y cuando paramos en otro alojamiento cercano al aeropuerto y la capacidad de la furgoneta queda completa, pasa a una emisora más tranquila de rock alternativo.

Los dos viajeros que se han sentado junto al conductor resultan ser una pareja de canarios y pasan la media hora de trayecto conversando sin parar con él en un inglés muy fluido, especialmente en el caso de ella. Hablan de absolutamente todo, desde la comparación de clima hasta el sistema educativo, lamentando el bajo nivel de inglés de los españoles y como sigue siendo la norma ver el cine y la televisión doblados, cosa que a nuestro conductor islandés le parece una aberración. Y así nos dan aproximadamente las 9:45 cuando alcanzamos el cuartel general de Happy Campers. Esto merece una explicación.

Cuando nos propusimos que este 2015 sería el año en el que recorrer Islandia tuvimos que tomar una decisión importante en cuanto al alojamiento. La opción más tradicional era planificar las noches en albergues o hoteles lo más económicos posibles y recurrir a un modesto coche de alquiler para desplazarnos. Esto implicaría tener un plan muy estricto y muy poca flexibilidad si la caprichosa meteorología nos impedía disfrutar de un lugar y permanecer esperando a que el tiempo amainase no fuese posible. El coste total de esta opción pasaría holgadamente los 2.000 euros teniendo en cuenta que el alquiler durante dos semanas de un turismo convencional raramente costaría menos de 1.000 euros y buscar alojamiento para 14 noches en Islandia no es barato a menos que no te importe compartir literas con desconocidos, cosa que para nuestras preferencias estaba descartado de antemano.

La opción más aventurera hubiera sido recurrir a una tienda de campaña, ya que Islandia está sobradamente adaptada para el turismo de mochila y acampada. Sin embargo dormir bajo una lona que montar y desmontar cada jornada tampoco es algo que se ajuste mucho a nuestros requisitos mínimos de comodidad. Me parece fantástico el que disfrute de ese tipo de experiencia, pero no es nuestro caso.

Y luego encontramos una solución híbrida, lo suficiente aventurera para nosotros pero con algunas comodidades más: que el transporte se convierta en alojamiento. Esto en otros países sería sinónimo de hacerse con una auto caravana, pero precisamente en Islandia existen motivos que pueden hacer de ella una opción peligrosa, como los fuertes vientos o el estado de algunas carreteras. Toda esta disertación nos lleva a lo que es nuestra decisión final: alquiler durante nuestra estancia una "camper van" consistente en una furgoneta cuyo interior ha sido reacondicionado para poder dormir durante la noche. En el caso concreto de Happy Campers, ese reacondicionamiento incluye varios espacios ocultos donde guardar equipaje, una pequeña cocina portátil junto a un fregadero y, lo que terminó de convencernos, un sistema de calefacción estacionaria alimentado por una batería auxiliar que se carga tanto mediante el mismo depósito de combustible que abastece al motor como a través de un panel solar instalado en el techo.

Estuvimos de acuerdo en que esta solución híbrida era la que mejor combinaba probar algo diferente y no arriesgar demasiado, así que nos decantamos por la empresa de las campers felices. Y en su oficina nos encontramos, esperando nuestro turno junto a tres parejas más de turistas que llegaron a la misma conclusión de nosotros.

Bienvenidos a Happy Campers
Campers de varios modelos esperando a sus huéspedes...

Llega nuestro momento y empiezan a acumularse las no buenas, si no magníficas noticias. En primer lugar, el precio que nos comunican es 200 euros menor que el que figuraba en el momento de realizar la reserva a través de Internet. Cuando la tramitamos hace cinco meses, la página web todavía incluía entre los extras seleccionables el "Super CDW", una cláusula que nos reduce a 600 euros la franquicia a pagar ante daños provocados por cualquier tipo de percance. Sin embargo, semanas después de tener nuestra reserva confirmada dicha opción desapareció, si bien a través de redes sociales la empresa nos aseguró que la cláusula seguiría vigente para las reservas realizadas con anterioridad. La cuestión es que, ya sea como gesto de buena fe o por un simple error administrativo, el importe final de dicho seguro en nuestra factura asciende a unos ridículos 50 euros, muy lejos de la cantidad original. De ese modo, el importe total de la reserva por un alquiler de 14 días queda fijado en 1.850 euros que pagamos con nuestra tarjeta de débito, con la que solicitamos pagar en euros para evitar comisiones bancarias. Presentamos también una tarjeta de crédito para posibles imprevistos y penalizaciones.

Pero no acababan ahí las buenas noticias: todavía quedaba la madre de todas las sorpresas. Happy Campers dispone de cuatro tipos de vehículos: 1, 2, 3 y EX. Los tres primeros se corresponden a los distintos tamaños disponibles, siendo el 1 una furgoneta básica como una Ford Transit Connect, el 2 una Renault Trafic y el 3 nuevamente una Renault Trafic pero con un techo más elevado que le permite acoger un segundo dormitorio y doblar así la cantidad de huéspedes que puede acoger. Por su parte, las Happy Campers EX son modelos Ford Transit anteriores que, en lugar de retirar inmediatamente del servicio, ofrecen a precios menores para que los clientes cuenten con una opción más económica. Nos habíamos decidido por esta última ya que la diferencia entre los modelos 1 y EX era de unos 15 euros al día, lo que en el total de nuestra estancia suponía un ahorro de más de 200 euros.

Pero ya a nuestra llegada, nos llama la atención que entre las decenas de vehículos del aparcamiento no hay una sola Happy Camper EX como la que hemos contratado. No podemos evitar ser optimistas y pensar que, quizás por falta de disponibilidad, finalmente nos asignen el modelo de mismas prestaciones pero más moderno. Pero nada podía prever lo que finalmente ocurre: la matrícula del contrato coincide con la de una enorme Renault Trafic que está esperando en una esquina. Un vehículo que fácilmente puede doblar en espacio interior al que esperábamos recibir y que disipa todo temor a que las estrecheces de la furgoneta se hagan muy pesadas con el paso de los días. No sabemos a ciencia cierta cuáles han sido los motivos de este cambio, pero tenemos la teoría de que han debido renovar recientemente la flota de las Happy Camper 2 y como resultado un puñado de modelos antiguos han pasado a pertenecer a la categoría EX. El caso es que nos ha tocado el gordo y nos hemos quedado absolutamente en shock por la suerte que hemos tenido. Nuestro gran gasto del viaje ha resultado ser más barato y con una mucha mejor contrapartida.

¡Nos ha tocado el gordo!

Completado el pago y obtenido el contrato nos despedimos de Jon, que es quien ha gestionado nuestra reserva y casualmente el chico con el que había estado intercambiando e-mails para confirmar toda la logística durante las semanas anteriores. La oficina de Happy Campers es moderna y acogedora, con máquina de café, buen ambiente entre los empleados y una "Zona Verde" comunitaria en la que los clientes dejan las provisiones que les han sobrado al finalizar el viaje para que los siguientes que llegan puedan beneficiarse de ello. Nosotros apenas nos llevamos unos rollos de papel higiénico, sal y unas bayetas.

Nos atiende ahora en el exterior otro empleado que pasará a enseñarnos el coche, previo recorrido alrededor de él para anotar todos los daños pre-existentes y poder distinguir entre el maltrato que le infrinjamos nosotros y el que ya traía sufrido con anterioridad. El hombre es todo un personaje, reconociéndonos que narra en voz alta todas sus acciones porque le permite concentrarse y combatir su diagnosticado déficit de atención. Pasa a explicarnos el funcionamiento de los distintos añadidos: cómo rellenar el depósito de agua del que se alimenta el pequeño fregadero, cómo utilizar el pequeño hornillo alimentado por pequeñas bombonas de butano, cómo abrir y cerrar la cama y, lo que más nos interesa, cómo gestionar la calefacción, que nos recomienda no dejar encendida toda la noche ya que podría provocar dejar la batería auxiliar totalmente seca. Tras completar su presentación entregándonos toda la documentación adicional -y reconocer que han puesto el enlace a Google+ al final del dossier porque nadie lo utiliza- nos hace entrega de las llaves, la bolsa con la ropa de cama -una colcha para poner debajo, dos almohadas, dos edredones y dos mantas- y el inverter, un aparato que convierte a 220V la toma de mechero del vehículo habilitando un enchufe y dos puertos USB para poder cargar nuestros aparatos electrónicos mientras estemos en marcha. Estamos listos para salir cuando son las 11:00 de una mañana que definitivamente está retrasando los planes.

Como ya es costumbre en nuestros viajes, soy el primero en ponerme a los mandos del volante. Con el GPS que traemos de casa ya dispuesto incluyendo nuestras futuras paradas pre-almacenadas, los primeros siete kilómetros con los que familiarizarme con la sensibilidad de volante y pedales, las dimensiones del vehículo y el escaso tráfico de Reykjavik nos llevan hasta los alrededores de Hallgrímskirkja, la iglesia cuya fachada imita el aspecto de las columnas de basalto y que capta las atenciones de todos los turistas. Estacionamos el vehículo en la parte de atrás, con muchísimo espacio disponible y totalmente gratis. Buena cosa a saber teniendo en cuenta que el resto de alrededores del edificio son plazas de pago.

Primerísima parada: la iglesia de Hallgrímskirkja

Aprovechando las cortas distancias el plan es recorrer a pie el triángulo que forman los tres puntos de Reykjavik a los que nos interesa echar un vistazo. Es un recorrido que podríamos hacer en nuestro último día cuando hayamos devuelto la furgoneta, pero de todos modos debemos esperar hasta las 13:00 para poder ir al centro comercial -el plan era esperar solo hasta las 12:00 que es cuando abre el supermercado, pero el olvido de la cazadora nos ha hecho cambiar de planes-. La primera parada es la citada iglesia, cuyo interior no podemos visitar ahora mismo ya que hay una misa en curso y durante su celebración se permite la entrada pero no la salida hasta que ésta finalice. Se puede subir hasta el mirador en la parte alta del "órgano", pero esa sí es una actividad que reservamos para nuestra última jornada.

Caminamos por Skólavördustígur, una calle comercial que desciende hasta el nivel del mar y que en algunos tramos está decorada con motivos que, sospecho, guardan relación con el día del orgullo gay. El final de la calle nos ofrece ya vistas al edificio Harpa, un centro de conciertos y conferencias que llama la atención de los turistas debido a cómo su fachada se compone de pequeños poliedros acristalados que juegan con la luz proyectada con el sol. Paramos antes de alcanzarlo en un local de la franquicia de tiendas abiertas las 24 horas 10 11 con la esperanza de encontrar una tarjeta prepago para conexión a Internet como la que buscamos, pero exactamente la tarifa que queremos solo está disponible en tiendas oficiales de la compañía Siminn. Afortunadamente, el centro comercial que pensamos visitar en breve aloja una de esas tiendas, por lo que solo debemos esperar un poco más para conseguirla.

Skólavördustígur, una calle arco iris alejándonos de la iglesia

Los pasos frente a la fachada de Harpa vienen acompañados de un sol que en absoluto esperábamos en la mañana de hoy. Incluso, cuando la suave brisa se detiene, llegamos a tener algo parecido a sensación de calor. Entramos brevemente en el edificio para admirar la vista interior de su fachada, y disfrutamos a la salida de las vistas al océano, que junto a las elevaciones de terreno en el horizonte componen ya un paisaje más que notable.

Erling Blöndal Bengtson, violoncelista danés dando la bienvenida a Harpa
La fachada de Harpa y un día soleado, la combinación perfecta
El interior de Harpa
Preciosas vistas desde el exterior de Harpa
Un vistazo general para despedirnos

Nuestros pasos en paralelo al agua nos llevan hasta el último de los tres puntos de nuestra agenda en la capital: el Sun Voyager, una escultura de acero con forma de barco que protagoniza mil y un trabajos de fotógrafos profesionales. Nos juntamos ahora mismo en ella un puñado de curiosos y simples aficionados a la fotografía.

Sun Voyager, de Jón Gunnar Árnason
Uno de los símbolos de Reykjavik

Cerramos el triángulo trazado alcanzando de nuevo nuestro vehículo en la zona posterior de la iglesia, que ofrece desde aquí unas vistas distintas a las más habituales. Nos ponemos en marcha para en apenas diez minutos alcanzar el aparcamiento de Kringlan, el centro comercial.

Un vistazo diferente a Hallgrímskirkja

Lo que encontramos dentro no defrauda. Ya en la primera tienda, Hagkaup, encuentro una de las cosas que he venido a buscar. Cazadora de abrigo impermeable y paravientos por 9.000 coronas islandesas con la que restauro el orden del universo y vuelvo a tener una buena chaqueta para los días venideros. El cambio actual es de 144 coronas islandesas por 1 euro, por lo que hay que recurrir a algún atajo de cálculo para hacerse una idea del precio en cantidades que nos resulten más comprensibles. Por ejemplo, pensar en que la etiqueta está marcada en pesetas españolas y añadirle aproximadamente un 10% (en este caso, 9.000 coronas serían unas 10.000 pesetas).

La siguiente parada es la tienda oficial de Siminn, una de las compañías telefónicas del país. El plan original es conseguir una tarjeta prepago que por 2.000 coronas incluye 1GB de datos y, si fuera necesario, ampliar esa cuota con 5GB adicionales por algo menos de 20 euros al cambio. Sin embargo, el empleado de la tienda me informa de que por 2.300 coronas podemos llevarnos una tarjeta que viene ya inicialmente con esos 5GB. Por esa diferencia de precio, no hay mucho que pensar. Clic, clac, y ya tenemos conexión móvil en nuestro teléfono. Instalo la aplicación oficial de Siminn para poder controlar nuestro consumo, pero no puedo entender mucho más allá que eso en la pantalla ya que está íntegramente en islandés.

Nuestra última parada es el supermercado donde aprovisionarnos, pero nuestros estómagos nos recuerdan que nos acercamos ya a las dos del mediodía y no hemos comido nada desde el desayuno de hace más de seis horas. En la planta superior del centro comercial nos encontramos el "food court", donde dudamos entre porciones de pizza en Domino's o hamburguesas en una franquicia local llamada simplemente Burgers. Solo el segundo ofrece carteles con traducciones al inglés, lo cual hace que nos decidamos por dos hamburguesas con salsa barbacoa, bebida y patatas por 1.990 coronas cada una. Tanto la hamburguesa como las patatas nos saben a gloria, si bien duele pensar que nos estamos gastando 27 euros en comida rápida. Tal y como se nos prometía, Islandia es cara.

Aprovechamos los minutos de descanso de la comida para comprobar los pagos realizados. Ahí tenemos el cargo de Happy Campers por valor de 1.850 euros en la tarjeta de débito de ING Direct, y el resto de cargos -chaqueta, Siminn, comida...- en la tarjeta de crédito Citi Oro, que nos aplica el cambio oficial sin cargarnos comisiones encubiertas.

Turno ahora para comprar víveres para nuestro viaje. A la hora de abastecerse, Islandia cuenta con varias cadenas de supermercados con locales esparcidos por todo el país. Una de las opciones más evidentes cuando se quiere contener el gasto es Bónus, la marca del cerdito rosa que cuenta con los precios más bajos, si bien como podremos comprobar su aspecto desaliñado -se nos asemeja a los Lidl en España- sigue ocultando unos costes dignos del supermercado de El Corte Inglés.

Un aspecto curioso de Bónus es que, en lugar de contar con neveras y frigoríficos, para aquellos alimentos que deban conservarse en fresco habilitan estancias enteras con una temperatura muy baja. La consecuencia es que morimos de frío cada vez que pasamos por una de ellas. Lo helados que nos dejan los precios tampoco ayuda a que entremos en calor. Tras un par de vueltas, pasamos por caja y nos dejamos aproximadamente 50 euros en una compra muy básica. Por poner algunos ejemplos: 2,4 euros por cada yogur de 500 gramos, casi 2 euros por un paquete de pan de molde, 1,8 euros por un kilo de bananas.

El paraíso del yogur en Bónus
Una compra muy discreta...

Son alrededor de las 14:30 cuando regresamos a nuestra furgoneta y, ahora sí y con una hora y media de retraso respecto a lo previsto, nos disponemos a abandonar la capital del país. Marcamos en nuestro GPS el aparcamiento de la falla de Almannagjá iniciando así los 44 kilómetros que separan la ciudad y el parque nacional de Thingvellir en el que se encuentra dicha falla. La salida de Reykjavik está sitiada por badenes y rotondas lo cual provoca que nos sintamos como en casa. Empezamos la marcha con límites de velocidad de 60 km/h pero al poco suben hasta los 90, momento en el que el tráfico ya prácticamente desaparece y nos encontramos en una carretera rodeada de pura naturaleza. Cuando quedan solo nueve de los 44 kilómetros anunciados, nos detenemos en uno de los múltiples apartaderos señalizados para contemplar el lago del parque desde la distancia.

Apenas unos minutos tras Reykjavik, comienza el espectáculo
Una parada rápida para situarnos

Alcanzamos ya el "parking 1" de Thingvellir en el que nos esperan numerosos autocares, lo que solo puede significar una cosa: asiáticos. El turismo asiático no hace más que crecer y crecer y últimamente no podemos evitar encontrar hordas de ellos allá donde vamos. La parte positiva es que no suelen salirse del guión preestablecido de las excursiones contratadas, por lo que superados los sitios más populares y los miradores junto a aparcamientos, estos grandes grupos desaparecen.

Thingvellir es una parada habitual en el circuito más turístico de Islandia -conocido como el "Círculo dorado"- y guarda, entre otros, dos atractivos. El primero de carácter histórico, ya que es aquí donde se fundó y reunía regularmente una de las instituciones parlamentarias más ancestrales del país en los años 900. El segundo, de carácter geológico, es que aquí tiene lugar la deriva continental fruto de la fricción entre placas tectónicas, siendo la falla más grande y claramente visible de todas ellas la Almannagjá.

Parque Nacional de Thingvellir

Precisamente dicha falla marca el sendero que desciende desde el aparcamiento, resultando algo menos extensa y angosta de lo que las fotografías dejaban entrever. Llegamos a los primeros miradores con vistas al "parlamento" en el que se tomaban decisiones sobre la región y se castigaba a los criminales. Llevamos recorridos 450 metros desde el aparcamiento y ya solo quedan 1.150 más hasta la que debería ser nuestra primera catarata del viaje.

Descendiendo por Almannagjá
La mejor panorámica del 'parlamento'
Disfrutando de las primeras vistas...

Pero no lo es, porque ya antes de cubrir esa distancia aparecen los primeros saltos de agua que bajan desde el dorsal de la falla hasta el lago en el que ya avistamos patos revoloteando. No falla, en cuanto añades agua a un paisaje natural el resultado mejora exponencialmente.

Un pequeño anticipo antes de llegar

Llegamos, ahora sí, a Öxarárfoss, el salto de agua que protagoniza el río Öxará. En islandés, "foss" significa "catarata" por lo que es fácil saber cuando estamos tratando con una a partir de su nombre. Es una cascada pequeña pero gracias a su entorno y a ser la primera que alcanzamos la disfrutamos durante unos largos minutos. Su atractivo también reside en lo mucho que puedes acercarte a ella, con la pasarela de madera situada a escasos diez metros del agua y nada que te impida caminar sobre las rocas para acabar literalmente a sus pies.

Y ya está aquí la primera: Öxarárfoss
Panorámica en Öxarárfoss
No hemos hecho más que empezar...

Emprendemos el camino de regreso al aparcamiento por el otro lateral del lago, con Öxarárfoss ahora pequeña y visible a nuestras espaldas. Lo que era un sol radiante en Reykjavik ha pasado a ser un cielo totalmente cubierto por nubes, lo que desmerece algo las vistas ya que la falta de luz hace que los colores sean más apagados. Pasamos junto a la pequeña iglesia de Thingvellir y con esto damos por concluida la visita.

Öxarárfoss desde la distancia
Paseando por la zona baja de Thingvellir
Iglesia de Thingvellir
Gente que no pasa del mirador junto al aparcamiento...

L, que había conducido los últimos kilómetros hasta aquí, vuelve a cederme el volante para poder descansar los pies durante los 50 kilómetros que nos separan de nuestro próximo destino. Rumbo al noreste, los primeros diez se hacen pesados debido al límite de velocidad de 50 km/h, pero cuando vuelve a ascender a 90 la distancia se va reduciendo rápidamente. La carretera se encuentra en perfectas condiciones, y divisamos ya las primeras ovejas y caballos enanos característicos del país. A dos kilómetros del destino nos desviamos por una suerte de urbanización y empieza nuestro primer "camino de cabras" del viaje. Avanzamos con mucha prudencia y poca velocidad -nunca superior a 20 km/h- por un pedregal que va superando a lado y lado impresionantes casas de madera. Un par de grandes rocas insorteables ponen fin a nuestro camino, momento en el que decidimos aparcar la furgoneta lo más apartada posible de la carretera y continuar a pie. Los 50 kilómetros avanzados han conseguido que el cielo se abra y volvamos a contar con un sol prometedor.

Nuestro primer camino de cabras

Los primeros metros a pie dan la razón a esas dos grandes piedras colocadas en la carretera: lo que venía a continuación era literalmente intransitable. Grandes piedras y baches con el añadido de una gruesa tubería que sigue en paralelo al camino y lo hace mucho más angosto, insuficiente para un vehículo de una mínima envergadura. Guiados por el sonido del agua y el curso del río Bruar, pero sobre todo gracias a no perder de vista nuestra ubicación exacta en Google Maps, tras alrededor de 20 minutos encontramos el puente con vistas a todo un regalo para nuestras retinas. Estamos en Bruarfoss.

Superando señales de dudosa utilidad
La maravillosa Bruarfoss

Esta catarata consiste en una serie de pequeños saltos los cuales, si bien son de pequeña altura, forman en su conjunto un paisaje espectacular. A ello ayuda el casi irreal color turquesa que las aguas tienen y que combina a la perfección con el blanco de la espuma que forma esa misma agua al golpear la base de cada salto. Se juntan aquí ya varios fotógrafos bien equipados que trípode en mano inmortalizan el lugar tanto desde el puente justo frente a los saltos como descendiendo a los dos laterales del río y consiguiendo un punto de vista diferente y más cercano.

Los colores de Bruarfoss parecen irreales

Nos hace el favor de tomarnos una fotografía de pareja una chica que parece empezar a aburrirse mientras su pareja la ignora completamente en favor de su pedazo de cámara profesional. Resulta ser una neoyorquina que, al igual que nosotros, llegó a Islandia ayer y hoy ha iniciado su viaje realizando exactamente el mismo recorrido y paradas que en nuestro caso. Pasamos varios minutos más admirando las aguas turquesa desde el puente para acto seguido emprender el regreso que vuelve a llevarnos por unos metros embarrados los cuales, en caso de haber llovido recientemente, hubieran provocado un desastre en nuestras botas y los bajos de los pantalones. Con paso mucho más firme y sin dudar sobre qué dirección tomar, no tardamos nada en llegar a nuestra furgoneta.

Gracias, anónima neoyorquina
Esto debe ser complicado si llueve...
Cuando regresamos, la camper seguía allí

En una carrera contra el reloj y un atardecer que sucederá dentro de pocos minutos, alcanzamos la zona termal de Geysir poco más allá de las 20:00. Salimos a toda prisa del coche tras aparcarlo justo frente a la entrada hacia las dos estrellas del lugar: por un lado el géiser descomunal pero muy irregular que da nombre a la zona, y por otro lado Strokkur, su vecino mucho menos violento pero más previsible y frecuente al que se dirigen todos los turistas y que nunca falta a su cita de una explosión de agua y vapor entre cada ocho y diez minutos.

Precisamente mientras nos acercamos a él nos sorprende con la primera de las columnas de agua, por lo que al llegar a sus pies nos toca esperar unos minutos hasta el siguiente pase. Lo inmortalizamos, y mientras revisamos el material apenas dos minutos más tarde nos sorprende a todos con una explosión de propina. Cumplido el trámite, recogemos nuestras cosas y regresamos a la furgoneta. La zona bien merece una visita de por lo menos una o dos horas, pero nuestro recuerdo de Yellowstone está todavía muy reciente y habíamos decidido no reservar demasiado tiempo para ella en favor de otros lugares menos similares a lo que ya hemos visitado.

Pasando el rato junto a Strokkur
Las concentradas fumarolas de Geysir
Y con total puntualidad, el agua saltó

Nos asomamos antes de partir por la Tienda Geysir para descubrir que lleva cerrada desde las 20:30. Probamos suerte con la gasolinera N1 cercana, pero resulta ser un simple surtidor junto a la carretera. A nuestro paso por Bónus hemos sido incapaces de encontrar agua mineral, y parece que seguiremos sin poder contar con ella en el corto plazo.

El sol ya se ha puesto y tenemos dos opciones para pasar la noche. La primera sería permanecer en el área de Geysir y hacer uso de la zona de acampada, con acceso a ducha y electricidad por un módico precio. Sin embargo, siendo nuestra primera noche podemos permitirnos prescindir de instalaciones. La opción que nos queda es adelantar ya los 11 kilómetros que nos separan de Gullfoss para pasar la noche en su aparcamiento y estar ya preparados para la próxima jornada.

Así lo hacemos, y a su llegada comprobamos que la tienda junto a Gullfoss sí que está abierta. Sin embargo las botellas de agua son pequeñas, solo pensadas para el servicio de cafetería, así que tampoco aquí podremos surtirnos con ellas. Sí me llevo de aquí el primero de los artículos de la "operación dedal" de este año, buscando como en todos los viajes dedales con los que completar la colección de mi madre. Me asomo a un montículo con la esperanza de divisar la cascada en anticipo a la mañana siguiente, pero sin acercarme más todo lo que consigo es ver el spray que el agua proyecta hacia arriba.

Gullfoss deberá esperar a mañana

Regresamos a la furgoneta para por primera vez montar nuestro pequeño dormitorio. Cenamos primero un par de rebanadas de pan con queso comprado en Bónus y sobrasada traída desde Mallorca en forma de tarrinas. Hago copia de seguridad de las fotos, adelanto un poco la redacción del diario, y viendo que el calor generado por la calefacción tarda poco minutos en disiparse cuando la desconectamos, corremos el riesgo de mantenerla a baja potencia toda la noche. Termina así nuestro primer día completo en Islandia y, aún sabiendo que lo mejor está por venir, como primera etapa el resultado no puede haber sido más satisfactorio.