De Mallorca a Keflavik pasando por Barcelona

Día 0 | 29 de agosto de 2015

Mapa de la etapa 0

Mallorca. 29 de agosto de 2015. Se avecina un sábado caluroso en una nueva racha de temperaturas altas y humedad extrema que no bajará en intensidad hasta el miércoles siguiente. Pero en un pequeño piso en el sur de la isla los planes son otros. Porque hoy, a las 7 de la mañana, dan comienzo nuestros 15 días de aventura para este año.

Nuestros yo viajero de los dos últimos años optaron por los Estados Unidos para saciar su sed de turismo. En 2013 disfrutamos de la costa este norteamericana, visitando parques y bosques como Acadia o White Mountain además de descubrir y redescubrir las ciudades de Boston, Nueva York y Washington DC. En 2014 nos sacamos la espina de uno de los grandes "debe" de nuestra agenda, dedicando varios días al Parque Nacional de Yellowstone en el occidental estado de Wyoming y aprovechando la cercanía para hacer un tour que nos llevó por hasta seis Parques Nacionales además de otros hitos de renombre como Horseshoe Bend o Monument Valley.

Este año podía ser el del cambio. Todavía nos quedan muchos cabos sueltos tanto en la tierra de las barras y estrellas como en su vecina Canadá, pero vista nuestra tendencia al alza de disfrutar de la naturaleza, una opción mirando al norte empezaba a coger fuerza. Y, coincidiendo con una época en la que dicho destino parece estar en pleno auge para los turistas españoles, nos subimos a la ola. Hoy, 29 de agosto de 2015, ponemos rumbo a Islandia.

En realidad todavía queda un buen puñado de horas para eso, ya que nuestro periplo comienza con una larga escala en Barcelona que aprovecharemos para visitar a la familia. Por ahora agotamos un par de horas desayunando, recogiendo los últimos aparatos electrónicos y cargadores que llevar, echando un último vistazo a algunas de las cámaras en directo de livefromiceland.is y echando una fugaz partida a Guitar Hero 5 antes de que mi suegro llame al timbre para llevarnos hasta el aeropuerto Son Sant Joan. Nuestro equipaje, dos bolsas de deporte con el añadido de ruedas y un asa extensibles que adquirimos hace unos meses aprovechando una oferta de los supermercados Lidl. Y a la espalda sendas mochilas con, por un lado todo el equipo fotográfico y electrónico de supervivencia, y por otro documentación variada y algunos víveres que llevar para intentar minimizar el impacto de los altos precios de algunos productos en el país de destino. A saber: embutidos, sobres de sopas, pastas y risottos, paté, café soluble, sacarina, chocolate, quesitos, frutos secos y una botella no demasiado grande de aceite de oliva.

Algunas de las provisiones que llevábamos con nosotros

Según Infovuelos -la web oficial de Aena para consultar el estado de los vuelos en tiempo real- nuestra primera escala a la ciudad condal sigue en hora y sin incidencias. Sin embargo, FlightRadar24 anuncia ya un retraso de diez minutos. No nos sorprendería a sabiendas de que se espera un fin de semana de cifras récord en el aeropuerto mallorquín. Y efectivamente, a nuestra llegada avistamos la explanada de llegadas totalmente invadida por decenas de autocares que recogen y devuelven a los ya clásicos ingleses y alemanes que monopolizan la isla durante los meses de verano.

Por suerte, los mostradores de facturación de Vueling no presentan ante sí ni una cuarta parte de las kilométricas colas de otras compañías. En apenas diez minutos es ya nuestro turno y una agradable y eficiente azafata nos da exactamente lo que deseamos: tarjetas de embarque tanto de la escala a Barcelona como el salto final a Keflavik para esta noche, pero facturación del equipaje solo hasta el aeropuerto de El Prat para que podamos recoger nuestras bolsas en la ciudad condal y volver a facturarlas antes de partir.

Los vuelos tanto de la ida como de la vuelta están operados por Vueling, si bien comparten código con Iberia que es con quien realmente los contratamos a través de Internet hace ya la friolera de 6 meses. El coste total para dos personas es de 864,40€, previa rebaja de 20€ por cabeza gracias a los puntos acumulados en el programa de fidelidad Iberia Plus.

Llegados ya a la puerta de embarque D94 desde la que saldrá nuestro pequeño paseo sobre el Mediterráneo y con mucho tiempo por delante antes de la hora programada de las 10:10, aprovecho el momento para dejar preparada la aplicación de Vedur, el servicio meteorológico islandés, caracterizada por su precisa previsión del tiempo hora a hora. Algo muy útil en un destino en el que el clima es inestable, por lo que un diluvio universal a las 12 del mediodía no es impedimento para tener un cielo soleado y despejado solo un par de horas después.

Sucede finalmente aquello de lo que FlightRadar24 ya intentaba advertirnos: el vuelo se retrasa no solo diez, si no hasta 35 minutos según las pantallas del aeropuerto. Que a estas horas tan tempranas y en un día que ya se preveía intenso tengamos un retraso de ese calibre, habla muy poco en favor de Vueling y su capacidad de responder ante imprevistos como el retraso de un vuelo de conexión.

Vemos a algunos -bastantes- pasajeros haciendo cola con tarjetas de Ryanair en la mano pese a que hace ya varios minutos desde que su vuelo dejó de aparecer en la pantalla sobre la puerta de embarque. A ninguno de ellos se les ocurre caminar los 10 metros que les separan de una pantalla de vuelos para descubrir que su puerta de embarque ha cambiado. Si es que a veces parece que la raza humana no se ha extinguido de milagro.

La espera con el retraso añadido se hace muy larga, y el avión no llega a la terminal hasta diez minutos después de la hora de salida programada. Afortunadamente nuestra larga escala de nueve horas en Barcelona nos evita cualquier problema, pero ya oímos en algunas conversaciones a varios pasajeros que van a pasar grandes apuros para conectar con su vuelo a Lanzarote de la una del mediodía. Incluso en el caso poco probable de que puedan alcanzar corriendo por la terminal su próximo avión, no hay muchos motivos para creer que su equipaje vaya a poder hacer lo mismo sobre las pistas. Y al parecer el siguiente vuelo disponible a Lanzarote sería unas seis horas más tarde. Vaya forma de iniciar unas vacaciones.

El avión despega finalmente alrededor de las 12:20, más de una hora después de lo previsto. Tras los 20 escasos minutos que separan por el aire Mallorca de Barcelona, toca sufrir un aterrizaje brusco digno de algunos vuelos de Ryanair. Unos inevitables minutos de incertidumbre hasta ver nuestras bolsas aparecer por la cinta de equipaje, y ya está mi hermano esperándonos para hacer las veces de conductor hasta casa de mis padres.

Nos espera allí una buena -y excesiva, faltaría más- comida casera de mi madre, una siesta corta para intentar compensar los efectos de la hora tardía de llegada de nuestro vuelo nocturno, un pequeño paseo hasta un supermercado cercano para hacer unas últimas compras de emergencia como desodorante o pomada para rozaduras en el pie, y una partida de dominó en familia para ponerse al día tras un par de meses sin poder vernos las caras. Finalmente dan las 20:00 y es nuevamente mi hermano convertido en chófer quien nos lleva de vuelta a la T1 del Aeropuerto de El Prat.

Gracias a tener las tarjetas de embarque en nuestro poder desde esta mañana, nos ahorramos la considerable cola de facturación estándar y usamos el atajo de los mostradores de "Baggage drop-off" donde simplemente facturar los bultos. El empleado de Vueling nos pregunta si vamos a un sitio tan remoto para trabajar. Para dedicarse al turismo, no parece muy al día de cuáles son los destinos en auge.

Llegamos al ala B de la terminal con una hora de antelación y todavía sin saber la puerta de embarque exacta. Momento perfecto para disfrutar de la cena por cortesía de Doña Bastos: sendos bocadillos de tortilla de patatas, por supuesto, con cebolla. Un "B39" aparece en las pantallas junto a nuestro vuelo, y son las 21:30 cuando estamos ya enfilando la pasarela hasta el interior del Airbus A320 que nos dejará tras cuatro horas en el Aeropuerto Internacional de Keflavik. La tripulación anuncia que debido a la alta intolerancia de uno de los pasajeros a los frutos secos, piden comprensión al resto del pasaje a la hora de comprar artículos de la carta a bordo.

Pasando unas horas en El Prat

Se sienta junto a nosotros una chica que, cuando abro nuestro dossier de planificación del viaje, se ofrece a respondernos a cualquier duda que podamos tener. Resulta que lleva unos meses trabajando en un restaurante de Vík y Mýrdal, lugar por el que si todo va según lo previsto pasaremos durante nuestra cuarta etapa. Charlamos un rato con ella antes de que el avión se ponga en marcha y pongamos el primero del puñado de capítulos de Scandal que traemos para amenizar el viaje en sus ratos muertos. La serie de Shonda Rhimes y sus guiones alocados nos tienen atrapados en su cuarta temporada.

Pasa la primera hora y aprovecho para empezar la inevitable tradición de escribir este diario. Es el momento de convertir en párrafos completos las notas que voy tomando in situ gracias a la aplicación de Google Keep en el smartphone. Según nos acercamos al pequeño tramo en el que sobrevolaremos Gran Bretaña nos metemos en la tormenta y empiezan las turbulencias. Nada que deba sorprender.

Rondan las 2:30 de la madrugada hora española cuando, tras haber matado el rato leyendo Hello, Startup -muy recomendado para ingenieros informáticos que busquen la inspiración-, jugando al Angry Birds 2 y obligándome a estar despierto concentrado en sudokus difíciles, el avión comienza a descender. Luces al fondo indican que la tierra ya está cerca y las ruedas no tardan en topar con ella. No hay pasarela que conecte la cabina con la terminal, por lo que durante los 20 metros a pie que debemos caminar para llegar a su interior recibimos una primera dosis de esos seis grados de temperatura que L estaba esperando para olvidar el calor y bochorno del verano mallorquín.

El pasillo de puertas de embarque nos espera atestado de gente, ya que según vemos por las pantallas todavía quedan algunos vuelos por salir esta noche aunque ya estamos rozando la una de la madrugada hora local. La tienda "Duty Free" nos recibe literalmente al lado de las cintas de equipaje, por lo que aprovechamos la espera para dar una vuelta por ella a la búsqueda, sin éxito, de los kits prepago de Siminn con los que confiamos permanecer conectados durante el viaje. Ahora mismo no tengo el cuerpo como para preguntar nada, así que lo volveremos a intentar mañana en Reikiavik según lo planeado.

Las maletas no tardan en aparecer y tras callejear por unos estrechos pasillos ya estamos en el vestíbulo principal. A estas horas de la noche, no parece haber rastro de nadie encargado de controlar que no estemos introduciendo en el país tipos o cantidades de comida mayores de los permitidos. Hemos corrido el riesgo, pero las normas no permiten introducir embutidos crudos en el país. Una chica morena con gafas, pelo largo y ropa que podría llevar Riley de Sense8 -¡claro!- sostiene una pizarra con el logotipo de B&B Guesthouse y varios nombres escritos, entre ellos el de L. Nos informa de que todavía no han salido dos clientes más que está esperando por lo que podemos aprovechar para ir a cambiar divisas si lo teníamos previsto.

Y así lo hacemos, pero el proceso no lleva mucho tiempo. Como hemos salido de los primeros del avión, apenas hay nadie cambiando coronas islandesas y enseguida nos atienden, dándonos poco más de 14.000 coronas islandesas a cambio de 100 euros. El cambio oficial es de 144 coronas por euro, por lo que la esperada comisión ha sido aceptable.

El vestíbulo principal no tiene mucho más que la mencionada oficina de cambio de divisas, un típico local de comidas de aeropuerto y máquinas para pagar el ticket del aparcamiento. Introduciendo nuestro correo y país de destino, accedemos a una conexión a Internet gratuita que funciona a las mil maravillas. Mientras esperamos a nuestros compañeros de hotel, aprovechamos la conectividad para avisar a la familia de que todo ha ido estupendamente por ahora.

Nuestros primeros minutos en Islandia

Mientras tanto, viajeros con aspecto de ser locales que vuelven a casa salen del aeropuerto cargados con carros llenos de packs de cerveza. Recuerdo ahora como a viajeros que nos precedieron y plasmaron sus opiniones en la red les sorprendía no solo el elevado precio, sino también las dificultades de encontrar cerveza en los comercios de Islandia. Mi teoría es que en el Duty Free además debe ser ostensiblemente más barata así que los locales aprovechan su paso por él para darle una alegría a sus neveras.

Nuestra Riley particular desiste en su empeño de esperar al resto de pasajeros cuando, tras 20 largos minutos, cesa el flujo de gente apareciendo en el vestíbulo y no hay rastro de nuestros compañeros. Decide llevarnos al hotel y volver más tarde a seguir intentándolo. Tras pagar el aparcamiento, nos marca el camino hasta su furgoneta y diez minutos después estamos en el edificio principal del B&B Guesthouse de Keflavik, pueblo situado a un par de kilómetros y que da nombre al aeropuerto.

Reservamos este hotel obligados por la tardía hora de llegada del vuelo, que nos impedía recoger nuestro medio de transporte desde el primer instante. Tramitamos la reserva a través de centraldereservas.com, portal que últimamente siempre ha resultado la opción más cómoda y económica para nuestras instancias. El precio para dos personas por una noche es de 92 euros a pagar en destino, cosa que hacemos en efectivo para poder usar la divisa de origen. De haber pagado con tarjeta, el cobro se realizaría en coronas y el banco se llevaría la correspondiente comisión al aplicar el tipo de cambio que se le antoje. A menos que usáramos la Citi Oro que no aplica comisiones, pero no queremos consumir ya crédito mensual si podemos evitarlo.

Tramitado el pago, la misma chica vuelve a llevarnos volante en mano hasta nuestro bloque de habitaciones. Está en otro sitio completamente diferente del pueblo, lo que hace del hotel -si es correcto aplicarle ese término- algo un tanto extraño. Por el camino vemos a lado y lado de las calles acogedoras casas pero con aspecto de ser prefabricadas.

Llegamos al edificio y Riley -pobre, supongo que tiene un nombre...- nos enseña la sala común donde podremos desayunar la mañana siguiente sirviéndonos nosotros mismos de la nevera. Nos indica también la ubicación de los baños y las duchas compartidas, y la dirección en la que se encuentra la habitación número cinco que ya está abierta y esperando a recibirnos.

La alcanzamos y, tal y como esperábamos, incluye lo justo y necesario para superar la noche. Una cama de las dimensiones justas para dos huéspedes, un par de mesitas, un armario y un lavabo en una esquina. No tenemos tiempo para mucho más que sacar la regleta para cargar nuestros equipos electrónicos, dejar preparada la ropa que nos pondremos mañana e intentar dormir apenas unas cinco horas.

Y mientras preparo el vestuario, me hago valedor del premio "tarita" ya sin posibilidad de debatirme el título desde el primer día. Tras tanto planificar el equipaje, hacer inventario y comprobar con alegría que Vueling no ha perdido nuestro equipaje, resulta que olvidé meter en él una de las prendas más importantes del viaje: la cazadora impermeable y paravientos con la que pensaba ir equipado durante todas las excursiones. Comprada expresamente meses antes en Decathlon con motivo del viaje. Supongo que la indecisión sobre facturarla o no hizo que no la metiera en su día en la bolsa de deporte y se quedó bien junto al resto de ropa descartada o bien en el armario del dormitorio. Mañana tocará hacer una compra inesperada en Reikiavik.

Apagamos luces, y nos cuesta dormir. Los cuerpos están extrañados por la experiencia y no terminamos de desconectar la mente. Para colmo, una hora después de empezar a intentarlo llegan otros huéspedes que hacen algo de ruido al instalarse, reduciendo todavía más las posibilidades de quedar dormidos. Afortunadamente venimos preparados para la ocasión y un par de tapones de los oídos consiguen el silencio necesario. Conseguimos dormirnos a tiempo para que el cuerpo descanse unas cuatro horas. Mañana empieza la acción.