Visitando Bodies en el Luxor y vuelta a casa

Día 17 | 12 y 13 de septiembre de 2014

Abrir los ojos a las 6:30. Enlazar una cabezada extra tras otra hasta las 8:00 con el Bellagio como testigo. Pasar los primeros 30 minutos despierto del día metido en la bañera de hidromasaje con el agua muy caliente. Ducharse y bajar al Starbucks más cercanos para gastarse 15 dólares en un café y un frappuccino de los que alimentan. Al subir, coincidir con un horondo estadounidense que presume de haberse bebido 12 cervezas. Volver a la habitación y encontrarme a L, esperando su café, metida en un jacuzzi activado a toda potencia. Esto es vivir la última mañana en la ciudad de Las Vegas.

Hoy termina el viaje. Poco antes de las 19:00 hora de Nevada nuestro vuelo de Edelweiss rumbo a Zúrich nos alejará de este lado del Atlántico tras 17 intensos días que tuvieron como protagonista numerosos y espectaculares rincones de la naturaleza local, y con una propina en forma de cuatro noches viviendo el lujo y los excesos de la ciudad del pecado. Con el equipaje ya listo desde la noche anterior y sin haber conseguido que la hora de salida del hotel vaya mas allá del mediodía, es el momento de guardar los cuatro últimos detalles en el equipaje de mano y dirigirnos al coche, el cual amortizaremos unas horas más antes de entregarlo en la oficina del aeropuerto.

Son las 10:30, hora y media antes del límite, cuando abandonamos la prodigiosa habitación en la Augustus Tower del Caesars Palace. Tramitamos la salida a través del televisor, dejando las llaves simplemente tras nosotros en la habitación. Cargamos cada uno con una maleta grande, un trolley y una mochila a la espalda, una carga excesiva para cruzar todo el casino hasta el aparcamiento. Así que decidimos que L esperará con todos los bultos en el "VIP Valet", la entrada más cercana a nuestros ascensores y reservada para la llegada y partida de los huéspedes más ilustres. Mientras tanto, yo cruzo a toda velocidad por última vez las incontables salas de mesas y máquinas tragaperras hasta alcanzar nuestro Chrysler. Tras dos giros estoy ya en la Flamingo Road y dejo el coche con las luces de emergencia donde buenamente puedo, a unos pocos metros de la posición de L.

Nos desplazamos por el Strip hacia el sur hasta alcanzar el desvío que nos lleva al aparcamiento del Excalibur, el casino ambientado en la época medieval y cuyo exterior con forma de castillo no deja de recordarme al logotipo de Disneyworld. Una vez estacionado el coche nos dirigimos a su vecino el Luxor, hotel y casino reconocible por su esfinge y su gran pirámide de cristales oscuros que por la noche proyecta un haz de luz hacia el cielo de Las Vegas.

Todavía en el vestíbulo principal frente al mostrador de recepción, recibimos la primera advertencia sobre no hacer fotos ni a la zona de casino, ni a los huéspedes que están tramitando su entrada. Es una prohibición que conocíamos de antemano, pero que hasta ahora no nos habían recordado verbalmente. Yo para evitar problemas intento hacer solo fotografías generales en el interior de los casinos -de todas formas, con mi cámara no puedo retratar gran cosa-, y para las ocasiones más furtivas hago uso del conveniente y más discreto teléfono móvil. Me porto como un buen ciudadano ante la advertencia y aprovecho la ocasión para preguntar dónde puedo alcanzar las taquillas para las exposiciones del hotel.

El interior de la pirámide del Luxor (I)
El interior de la pirámide del Luxor (II)

Llegamos a ellas tras subir una escalera y, gracias al margen de tiempo que tenemos antes del almuerzo y posterior llegada al aeropuerto, nos podemos permitir una actividad que teníamos apuntada pero quedaba muy a expensas de las circunstancias. En estos momentos el Luxor, espectáculos aparte, ofrece sendos recorridos por exposiciones dedicadas al Titanic, en forma de reliquias recuperadas del naufragio, y a la anatomía humana, gracias a una sucesión de salas con partes reales del cuerpo humano donadas y conservadas para su exhibición. Es esta segunda la que nos interesa, y previo pago de 35 dólares por cabeza accedemos al inicio de Bodies: The Exhibition.

... y esta es la última foto que pudimos hacer

En absoluto nos arrepentimos del algo abultado precio de la entrada. Bodies consiste en un recorrido que, para poder realizar con cierta tranquilidad y leer las instructivas explicaciones en carteles y paredes, conviene visitar con casi dos horas de margen. Se suceden restos humanos reales convenientemente preservados de huesos, músculos, arterias, órganos internos e incluso reconstrucciones completas de nuestra propia anatomía convenientemente dispuestas para poder apreciar los detalles más interesantes. Mención aparte merece la sala de los nonatos, debidamente señalada para que los más sensibles se replanteen su visita y puedan omitirla a través de un atajo en caso de considerarlo oportuno. Aquí pueden observarse a centímetros de distancia fetos en distintas fases de gestación, pudiendo captar con asombroso detalle como el tejido muscular y óseo va evolucionando semana a semana.

A mí, por algo tan sencillo como el interés por aprender y la curiosidad científica, la exhibición me parece sumamente interesante. Por su parte a L, como chica que se arrepiente de no haberse matriculado en la Facultad de Medicina y que si la economía y el tiempo libre se lo permitiera no dudaría en matricularse, todo lo que observa y lee le apasiona. No podemos evitar buscar paralelismos con lo observado en las distintas entregas de "Autopsy", una serie de programas especiales de la BBC en las que un doctor alemán hace demostraciones, con cuerpos donados a la ciencia, de distintas partes de nuestra anatomía. Tampoco es posible obviar el paralelismo de algunos montajes en vitrinas y atriles con los que el nuevo Hannibal Lecter televisivo realiza con sus víctimas, dejando de lado el aspecto más morboso.

Hora y media después abandonamos la exposición más que satisfechos. Aprovechamos el margen que nos queda para recorrer los tres casinos principales a este lado y acera del Strip: los mencionados Luxor y Excalibur, y el New York, New York con sus recreaciones por dentro y fuera de las zonas más reconocibles de la gran manzana. Me quito aquí otra espina que tenía clavada desde nuestra visita anterior: subirme a la rústica montaña rusa que recorre todo el perímetro del hotel con algunos loopings y tirabuzones por el camino. 14 dólares me cuesta tachar de la lista una experiencia que L en ningún momento se plantea por su aversión a todo lo que sea quedarse boca abajo

Quizás el Excalibur vaya necesitando una capa de pintura
New York en un vistazo
Las entrañas del New York
Otra cosa a tachar de la lista

Dejando de lado el obvio cambio de ambiente y gentes entre el Caesars Palace y estos tres hoteles, creo que en conjunto la experiencia hubiera sido mucho más positiva -¡y barata!- alojándonos en una de estas tres opciones. Superando el hecho de que con toda seguridad las habitaciones y piscinas serían de peores prestaciones, los servicios de restauración de los tres casinos son mucho más acorde a nuestras preferencias y, por supuesto, mucho más asequibles. Guardo cierto rencor ante la excesiva pompa e inaccesibles precios de todos los restaurantes de nuestro hotel y sus vecinos.

Alguien debería pagar por esto

Deshacemos nuestros pasos de pasarela en pasarela hasta regresar al Luxor, donde hay publicidad hasta la extenuación de sus dos espectáculos estrella: el ilusionista Criss Angel -una especie de David Copperfield del siglo XXI- y Carrot Top, el humorista de pelo naranja que causa furor en los Estados Unidos.

Ya de nuevo en nuestro coche y con el obligatorio aire acondicionado para combatir las elevadas temperaturas, abandonamos el Strip por última vez. Pasan las 13:00 y por su cercanía al aeropuerto, su variedad, la conveniencia de poder confeccionar tu menú al gusto y la conexión a Internet gratuita, decidimos que nuestro último almuerzo de Las Vegas y de todo el viaje será nuevamente en Whole Foods Market. Por 17 dólares me hago con una bandeja de arroz enrollado en una suerte de pasta con miel al estilo oriental y una magnífica ensalada con verduras, abundante salsa césar y algunos extras más. Lo remato con una pizca de ensalada de patata a un lado. Esta vez, compensamos la política de no vender Coca Cola trayendo nuestra propia botella.

Lo quiero TODO
De todo, menos Coca Cola
Hay ensaladas, y Ensaladas

Aprovecho la conexión gratuita y el tiempo disponible para realizar desde la puerta la última llamada a través de Skype. Mantenemos el contacto lo justo y necesario para avisar de que todo va bien y que en unos minutos devolveremos el vehículo de alquiler en el aeropuerto. Oímos ya desde aquí a los aviones aterrizar y despegar en las pistas del Aeropuerto Internacional McCarran.

No tenemos absolutamente ningún problema para encontrar la zona de entrega de vehículos de Alamo y tramitar la devolución. El empleado de la compañía hace un pequeño recorrido alrededor del coche para comprobar que todo está en orden y nos confirma la factura de 150 dólares más tasas por entregar en Nevada un vehículo recogido en Utah. La distancia recorrida durante el viaje se queda en 4.303 kilómetros repartidos en 17 días. Nuestra distancia más larga jamás realizada en nuestros viajes de carretera.

En unos pocos pasos y tras superar varias máquinas tragaperras que estaban esperándonos a los pies de las escaleras mecánicas, embarcamos en el autobús gratuito que nos llevará hasta la Terminal 3 de la que salen los vuelos de la compañía Edelweiss. Tras unos minutos llegamos a la terminal, en la que aprovecho una báscula de facturación libre para pesar mi maleta y comprobar que excede el máximo permitido en apenas medio kilo. Movemos un poco de la carga a la maleta de L para equilibrar los pesos y nos dirigimos hasta los mostradores de facturación donde ya hay esperando su turno varios pasajeros.

Nos llevamos un pequeño susto cuando el empleado de Edelweiss no encuentra nuestra escala de Zúrich a Palma de Mallorca en el sistema. Afortunadamente, la previsora L traía imprimidos los billetes electrónicos con todo el itinerario, y al mostrarlos el empleado hace todo lo posible hasta encontrar nuestro última escala en el sistema. Nuestras maletas grandes inician su propio camino hasta casa mientras nosotros nos quedamos con mochilas y maleta de mano, en mi caso excediendo en un kilo y medio el máximo permitido de ocho kilos pero sin recibir ningún aviso al respecto.

Era cierto, aquí también hay máquinas
Que vayan por orden alfabético es... raro

Los responsables de AENA (la red de aeropuertos españoles) deberían replantearse muy en serio dos cosas: la disposición de enchufes, y la conexión a Internet libre y sin abusivas tarifas en las salas de espera. Estas dos prestaciones hacen que nuestras casi cuatro horas en el agradable Aeropuerto de Las Vegas sean de lo más llevaderas.

Nos dirigimos al control de seguridad, encontrándonos bastante cola para cualquiera de sus mostradores. Uno de los empleados encargados de dirigir el tráfico de turistas se declara aficionado a Doctor Who gracias a la camiseta que llevo puesta, un perfecto detector de whovians. Las modernas máquinas del aeropuerto permiten que pasemos el control sin tener que deshacernos de cinturones, portátiles ni otros artículos que suelen suponer una molestia en este proceso. Ni siquiera tenemos que descalzarnos.

Nos encontramos ya en el pasillo de puertas de embarque, y la E2 de la que saldrá nuestro avión no queda lejos. Justo en la puerta anterior encontramos el clásico comodín en el que gastar los míseros dólares en forma de billetes y monedas que sobran al final de un viaje a los Estados Unidos. Contando lo que nos queda, los 12 dólares nos bastan para llevarnos el café mocha y el café helado de vainilla más grandes de un Starbucks. Nos sobra un dólar en forma de varias monedas, pero como las tragaperras -porque la leyenda era cierta, hay tragaperras en el aeropuerto- solo aceptan billetes, no habrá modo de gastarlo.

Las últimas tragaperras que veremos

Seguimos gozando de enchufes e Internet en la última hora y media hasta que se inicia el embarque. Aprovecho la ocasión para descargar e instalar varios juegos en el móvil, ya que ante un vuelo de diez horas seguido de una escala de dos y media toda previsión es poca. Se inicia el embarque y si los empleados de Edelweiss solo hablan por megafonía en alemán, es complicado que sepamos en qué momento podemos acceder los pasajeros de nuestro tramo de asientos.

Accedemos a la cabina del avión, cuyo estado junto a lo moderno dele servicio de entretenimiento a bordo dejan entrever que se trata de un aparato bastante nuevo. Las pantallas táctiles individuales tienen una imagen y tiempo de respuesta fantásticos, y la oferta de películas es prometedora. A simple vista, ya veo como posibles candidatas Locke, Trascendence y Fault in Our Stars, todas en versión original con subtítulos en inglés. Los minutos previos y durante el despegue los pasamos jugando varias rondas del Solitario. No ha sido posible conseguir asientos de ventanilla, y de todos modos en esta fila daría igual ya que nos encontramos a la altura de las alas. Esto nos impide disfrutar de las vistas de un Strip todavía bañado por el sol durante la maniobra de despegue.

Hacia el este

Tras los primeros 30 minutos visualizando Locke para compensar los llantos de un bebé a dos asientos de nuestra posición, llega el primer aperitivo. Un paquete de galletitas saladas acompañado de un vaso de Coca Cola, ya que las bebidas alcohólicas deben pagarse por separado. Que cada vez que se hace un anuncio por la megafonía del avión todo juego o proyección de las pantallas quede bloqueado es un incordio, especialmente cuando el capitán y su segundo a bordo divagan más que hablan y, además, lo repiten todo en varios idiomas.

Un poco a contrapié ya que faltan 15 minutos para que termine la película, empiezan a repartir la cena. Nos plantan delante una bandeja con un plato de pollo con verduras y arroz, un pequeño recipiente con salmón ahumado y un tercer envase con una extraña ensalada de pasta con tomates cherry y pimientos. Como añadido, un bollo de pan con un riquísimo queso suizo. De postre, un sabroso mousse de chocolate. Lo más curioso, un pequeño tetrabrik de agua canadiense.

Termino al fin de ver Locke, una de esas películas que traía recomendada por lo original de su propuesta... y con razón. Es una rareza muy bien ejecutada, de esas en las que no engancha tanto el qué cuenta si no el cómo lo hace. Para mi gusto, le falta un poco de intensidad en su desenlace. Espero ansiosamente que retiren las bandejas de comida para poder hacer una visita al servicio, y al poco de volver -y mientras escribo precisamente estas líneas-, las luces en cabina se apagan completamente para instruir a los pasajeros al horario europeo en el que ya son las seis de la mañana.

Incapaz de conciliar el sueño, me decido a ver esa película a la que temo llamada The Fault on the Stars. Con apariencia de absoluto pastel, solo me animo a verla fruto de las recomendaciones de un par de críticos cinéfilos en cuyo criterio suelo confiar. Pero nada más lejos: lo que empieza como un intento de romper tópicos y presentar un drama romántico menos conservador, acaba cayendo en todos los ídem. Al final todo queda en una pieza simpática, ñoña, y hecha a medida para arrasar en premios juveniles estilo MTV, tal y como acabó ocurriendo.

Llevamos ya unas cinco horas de vuelo y nos quedan otras cinco por delante. Y entonces ocurre lo increíble. Me equipo con los tapones para los oídos, un antifaz que L lleva siempre consigo y... consigo dormir tres horas. De una tirada. Por primera vez en un vuelo de esta naturaleza. Me despierto completamente desorientado, pero tras la confusión inicial el milagro me sitúa a solo dos horas de tomar tierra en Zúrich. No está mal haber pasado de este modo un 30% de la duración del vuelo.

Cuando estamos ya a las puertas del espacio aéreo irlandés llega el turno del desayuno, almuerzo, comida o qué sé yo. Y parece que Edelweiss ha heredado para sus vuelos de larga duración los buenos hábitos alimenticios de su hermana mayor Swiss. Nos plantan delante una bandeja con buenas raciones de jamón, pavo, queso suizo y queso cheddar, un bollo de pan, un cruasán, mermelada de fresa y un quesito, zumo de naranja, yogur de fresa, café o té y, para rematar la faena, una pequeña barrita de Toblerone. Menudo banquete.

Esta vez no espero a que L me tire por encima ningún tipo de brebaje como en alguna ocasión anterior: me las apaño yo solo. Un poco de sucedáneo de café termina en forma de mancha sobre mis tejanos nuevos y me toca ir cuánto antes al baño para intentar que el tejido no la absorba y cambiarme con algo de la ropa que llevo en la maleta de mano. No tengo problemas con la comida de los aviones: con lo que no puedo convivir es con las estrecheces en las que hay que saber manejarse mientras la consumes. Hay que moverse con tal precisión y prudencia que más bien parece que estés desactivando un explosivo.

Son las 14:30 y han pasado diez horas desde nuestro despegue en Las Vegas cuando tomamos tierra en el Aeropuerto Internacional de Zúrich. El vuelo ha sido pesado: los trayectos de Norteamérica a Europa son más cortos que en sentido inverso -por las corrientes, creo- pero la distancia mayor en comparación al tramo transoceánico de la ida ha hecho mella. Nuestros primeros pasos para conectar con las terminales A y B vienen acompañados de grupos de visita con chalecos de amarillo fosforescente. Al parecer, cuando en Zúrich tienes un sábado libre no hay mejor plan que venir a que te enseñen el aeropuerto.

Hinchados y con el cuerpo que ni está ni se le espera, nos queda una hora hasta saber cuál será nuestra puerta de embarque. Y tras eso otros 90 minutos hasta despegar rumbo a Palma de Mallorca. Es en momentos así cuando nos planteamos por qué no cumplimos de una vez la promesa de visitar Londres o alguna otra ciudad europea que no requiera esta pequeña tortura de eternos vuelos y escalas. Mientras tanto, las pantallas informan de que en diez minutos un vuelo de Air Europa pone rumbo a ese hogar que todavía nos parece tan lejano. Dan ganas de agarrarse a un ala y adelantar la llegada.

Cabría esperar de un aeropuerto en Suiza un ambiente sobrio, formal, ordenado, con la gente en respetuoso silencio. Pues es hora de romper mitos. Las dos terminales en las que pasamos la espera presentan un bullicio digno de la puerta de una discoteca. Y los niños, ay, los niños. Y yo que creía que en la Europa no mediterránea eso de que los niños respeten el espacio vital de los demás estaba más arraigado. Gritos, carreras y berrinches a cada dos pasos, haciendo imposible encontrar un rincón en el que poder simplemente dejar pasar los minutos con los ojos cerrados en paz. Para rematarlo, las pantallas informan de un retraso de 20 minutos en nuestro vuelo debido a la llegada tardía del avión.

Son las 18:05, 35 minutos más allá de la hora programada de despegue, cuando por fin entramos en la cabina. Y para romper un último mito, en Suiza tampoco saben organizar una cola frente a la puerta de embarque. Ver para creer. Una vez dentro, por folletos que vemos y conversaciones que oímos nos parece entender que parte del pasaje pertenece a un viaje organizado con el objetivo de disfrutar de la "fiesta" de Mallorca. Eso explicaría en gran medida todo lo visto hasta el momento.

Mientras el Mont Blanc nos saluda desde la ventanilla a mano izquierda del avión, la tripulación de Edelweiss nos sirve un bocadillo de roastbeef. Me cuesta horrores entender el inglés de los suizos, y acabo pidiendo una cerveza sin saber que al cabo de un rato vendrán a cobrársela a razón de cinco francos suizos (unos cuatro euros). En fin, lo consideraré el último gasto frívolo del viaje... o no, porque mes y medio después de este día el supuesto cargo en la tarjeta de crédito sigue sin aparecer por ninguna parte.

Los Alpes desde las alturas

El teléfono, ya sincronizado con la nueva zona horaria, marca las 20:00 cuando tomamos tierra en Son Sant Joan. Ya en la terminal, nos recibe el bochornoso calor con humedad que L estaba temiendo reencontrar a nuestro regreso. Alcanzamos el par de cintas de equipaje que se encuentran en una sala especial que obliga a pasar por el control de aduanas, y no tardan en aparecer nuestras dos grandes maletas. Salimos pasando frente a la Guardia Civil sin que absolutamente nadie nos pare ni nos pida datos sobre nuestro aeropuerto de origen. Ya en el ascensor que nos lleva hasta la planta de facturación donde pueden venir a recogernos nuestros familiares, somos testigos de cómo un hombre con un asombroso parecido a Cañita Brava recrimina a una pareja rubia con aspecto de noche marbellí el no haber respetado su turno en la cola.

Tras unos cuantos eternos minutos más, por fin llegamos a casa. Con el calor mallorquín negándose a abandonar el piso, es hora de empezar a deshacer las maletas, aunque ese proceso seguramente no termine hasta dentro de unos cuantos días.

Se acabó lo que se daba. 18 días después, hemos vuelto al lugar de origen pero con una experiencia más en nuestro haber. Y vaya una experiencia: Yellowstone, Grand Teton, Arches, Canyonlands, Monument Valley, Horseshoe Bend, Bryce Canyon, Zion, Las Vegas. Nombres que sacian con creces nuestro apetito de Parques Nacionales, objetivo principal de esta aventura.

Yo lo tengo claro. De entre los incontables recuerdos que me llevo, hay tres que debo destacar por encima del resto. La impresión que me supuso ver a apenas un metro de mí la magnífica caída de agua del Brink of the Lower Falls de Yellowstone. Ser testigo de cómo las sombras se apoderaban de Monument Valley desde nuestra terraza de The View Hotel. Y volver a sorprenderme ante la belleza y enormidad de ese Horseshoe Bend moldeado por el río Colorado. Por su parte, L coincide conmigo en destacar Horseshoe Bend y se queda para su selección particular con las vistas a la cordillera del Grand Teton y todos los ángulos desde los que disfrutar del Cañón de Yellowstone, siendo incapaz de quedarse con un mirador concreto. Y eso es solo la punta del iceberg: a decir verdad, todas las paradas que traíamos planificadas y hemos podido realizar han tenido algo por lo que merecían la pena.

Aquí termina esta película, pero como las buenas franquicias de Hollywood, difícilmente será la última. Siempre quedan motivos para volver a las andadas.