Las Vegas: Gordon Ramsay BurGR y Garden of the Gods

Día 15 | 10 de septiembre de 2014

Empezamos nuestro segundo día completo en Las Vegas poco antes de las 8:00. Escribir parte de la etapa del día anterior y disfrutar con calma de las vistas a un ahora tranquilo Strip que horas antes rebosaba vida nos lleva hasta pasadas las 9:00. Nuevamente salir de la habitación viene acompañado de un golpe de frío nórdico como consecuencia de unas máquinas de aire acondicionado que a este ritmo deben tener una vida útil sorprendentemente corta.

Bajamos hasta el casino donde, como siempre, lo primero que cruzamos al salir de la Augustus Tower es la recepción del hotel. No ha vuelto a haber rastro de nuestra amiga Slejvana desde aquella tarde en la que nos obsequió con la mejora de la habitación a cambio de 20 dólares. Especulamos con que la hayan expedientado por dejar pasar a un pato hasta las suites. Al salir del vasto complejo hotelero, vemos que una de las entradas está ahora acompañada de una pancarta que da la bienvenida a los huéspedes que celebran el Día de la Independencia Mexicana.

La cola frente al Starbucks de cada mañana
Alejándonos del Caesars Palace

Caminamos y caminamos, mucho más de lo previsto -como siempre con las engañosas distancias del Strip- hasta el Starbucks junto al casino pirata del Treasure Island. Nos mezclamos en la cafetería con un montón de gente trajeada y portando acreditaciones de algún tipo de congreso sobre telefonía y movilidad. Este tipo de eventos, constantes en la ciudad de Las Vegas, son los que consiguen que los precios de las habitaciones oscilen de una semana a otra. Aprovecho la conexión a Internet para, entre otras cosas, curiosear el programa de ponencias y eventos del dichoso congreso, y no me parece más que una excusa para chupatintas que quieren pasar cuatro días en Las Vegas a costa de la empresa.

Un Best Western camuflado entre casinos
Los alrededores del Mirage con el Treasure Island de testigo

Cruzamos a acera opuesta del Las Vegas Boulevard para visitar el Venetian. Esta vez sí, tras verlo solo de noche y casi cerrado hace tres años, queremos disfrutarlo a la luz del día y en plena actividad. Empezamos por las Grand Canal Shoppes, la galería comercial anexa al hotel y el casino. Cada dos pasos, empleados del local nos agasajan ofreciendo mapas, consejos y preguntando de dónde somos. Un tanto absurdo que estando tan marcado el itinerario que siguen los turistas, les preguntes una y otra vez las mismas cosas a cada pocos metros. Algunos de ellos intentan jugar a las adivinanzas y nos toman por brasileños. Será el bronceado mallorquín. Damos un par de vueltas -más de las esperadas, por no aclararnos en nuestro camino hasta el canal veneciano- y contemplamos los bonitos acabados del casino.

Venecia, versión Las Vegas
La moda de los chachos ha llegado hasta aquí...
Piazza San Marcos, versión Las Vegas

Salimos de nuevo a la calle y empecemos a sufrir el calor de Nevada cuando, a la altura del casino Harrah's, topamos con una de las varias taquillas habilitadas por el Strip en las que venden, con importantes descuentos, entradas para los próximos pases de los espectáculos que alojan algunos de los casinos. Algo así como el "TKTS" de Nueva York trasladado a Las Vegas. En las pantallas comprobamos el precio para esta noche del musical Rock of Ages en el Venetian: 57 dólares precio final por persona en las butacas de peor calidad. Me lo pienso unos instantes, y la cola ante el mostrador decanta la balanza y desisto.

Las terrazas del Venetian

Regresamos pasadas las 10:00 a nuestro hotel, en cuya recepción no deja de registrarse más y más gente. Hoy, de una vez por todas, vamos a disfrutar de las piscinas. Subimos a nuestra habitación, nos vestimos para la ocasión y cruzamos ahora una porción algo más pequeña del casino para alcanzar uno de los accesos al "Garden of the Gods", el Jardín de los Dioses con el que el Caesars Palace consigue su fama de alojar uno de los mejores complejos de piscinas de toda la zona. Enseñamos la llave de nuestra habitación para conseguir un par de toallas y allá que vamos. Nos recibe la piscina Temple Pool, la más grande de todo el complejo y presidida por un Julio César de bronce en una isla del centro de la piscina, que es circular. A esta hora del día, solo la mitad del agua está iluminada por el sol, y mientras en ella el calor es asfixiante en las zonas sombreadas la sensación es de relativo fresco. No nos cuesta demasiado encontrar un par de tumbonas libres que no se encuentren bajo las sombras. Fuera de la competición quedan las camas dobles, que son de pago, y las casetas con nevera, televisión y ventilador, para las que imagino es necesario firmar un documento de donación de patrimonio, órganos y bienes en tus vidas futuras.

Temple Pool

Hemos dejado a mano derecha el acceso restringido al Venus Club Pool. Situación curiosa la de esta piscina en particular: protegida por una serie de arbustos que impiden divisarla desde fuera, es la única que permite practicar el topless. Y según cuentan las historias, mientras que las mujeres pueden entrar y salir de ella libremente, los hombres deben pagar para acceder. Y alguno lo hace. Increíble.

Nos hacemos con un par de toallas adicionales, ya que las tumbonas son enormes y están ardiendo por el sol. Pese a estar ya muy poblada toda la zona, no se oyen demasiados gritos y los que hay quedan aplacados por la potente megafonía en la que en estos momentos suena Summer of '69 de Bryan Adams.

Recogemos nuestras cosas para seguir explorando el complejo. Más allá de la Temple Pool nos encontramos la Neptune Pool, más pequeña pero alargada permitiendo así nadar de extremo a extremo. Y más allá todavía, la que es nuestra joya de la corona: apartada en una esquina, la Apollo Pool es mucho más pequeña y silenciosa, perfecta para nuestras preferencias. Es aquí donde nos instalamos y pasamos dos de las horas más relajadas de toda nuestra aventura. A no demasiados metros, en la pequeña Fortuna Pool conviven los bañistas, un bar en el agua y, no sé por qué me sorprendo, mesas de juego en las que perder los ahorros sin secar el bañador.

Apollo Pool
Neptune Pool
Fortune Pool, jugando sin secarse

Ya medio secos tras quedarnos unos minutos al sol regresamos a nuestra habitación alrededor de las 13:00. El contraste de gente en bañador y sandalia con otra trajeada y otra con trajes dignos de un cóctel solo podría darse aquí en Las Vegas. Nos duchamos en la habitación mientras España intenta remontar ante Francia en los cuartos de final del mundial de baloncesto, retransmitido por ESPN2.

14 minutos es lo que nos cuesta llegar desde la habitación hasta la puerta del restaurante BurGR de Gordon Ramsay en el Planet Hollywood. Y se trata de dos puntos que, en términos relativos del Strip, están literalmente uno al lado del otro. Hay que ser muy conservador a la hora de medir los tiempos para desplazarse por la calle principal de Las Vegas, ya que la obligación de cruzar casinos y pasarelas hace que un desplazamiento aparentemente corto se torne en un eterno serpentear por las rutas señalizadas.

Esperamos nuestro turno y pedimos para beber un té de frambuesa para L y una cerveza Blue Moon de barril que elijo utilizando un iPad Mini. Pedimos unas patatas para compartir siguiendo el consejo de la camarera de que una sola ración es suficiente, L se queda con la clásica American Burger y yo me animo con uno de los especiales de la casa, la Hell's Kitchen. Tardando algo más de lo deseado -entre 15 y 20 minutos-, finalmente llega el momento de emitir un veredicto.

Gordon y su hamburguesería gourmet cumplen las expectativas. La Hell's Kitchen, pese a sus potentes ingredientes, sigue cediendo todo el protagonismo a una carne que está jugosa y sabrosa a más no poder, de esas que te recuerdan cómo debería saber siempre una hamburguesa. Las patatas, acompañadas de salsa ketchup y curry, no desmerecen aunque no superan las sazonadas en barbacoa del Wildcat Willies de Springdale. Pagamos satisfechos los 46 dólares con propina aparte tras descontarnos tres dólares gracias a mostrar nuestra tarjeta de Total Rewards.

Hell's Kitchen
American Burger

Y en un hecho inédito a lo largo del viaje, la comida no ha sido tan excesiva como para desechar la idea de disfrutar de un postre. Caminamos cinco minutos para viajar hasta París y aterrizar en una crepería, en la que por diez dólares y medio nos hacemos con una crepe dulce de banana, ron, nueces, caramelo y nata. Y así es como nuestro estómago recibe el mejor postre imaginable. Digno merecedor de ser uno de los pocos postres que comamos durante toda la aventura.

Hola de nuevo, París
Groar...

Ahora sí que volvemos a estar llenos. Rodando regresamos hasta el Caesars, no sin antes sufrir el calor extremo de Las Vegas solo aliviado por el agua en spray que arroja otra taquilla de entradas con descuento, en la que Rock of Ages sigue manteniendo el precio de 57 dólares por persona.

No tardamos mucho en volver a vestirnos para el baño y bajar para aprovechar las últimas dos horas de sol antes de que el Garden of the Gods cierre sus puertas a las 18:00. Nos dirigimos directamente a nuestra apreciada Piscina Apollo, en la que ahora ya solo la mitad de la superficie está iluminada por el sol. El ambiente sigue siendo tranquilo, el más calmado de las tres piscinas a las que podemos acceder. Deberían ser cuatro, pero por desgracia la Jupiter Pool -que por el mapa, intuímos que debía ser similar a la Apollo- parece cerrada por mantenimiento. Nuestra querida Apollo sigue teniendo la música alta pero no estridente como las demás.

Nos cuesta no quedarnos dormidos por la potente digestión, primero sentados en los bancos embaldosados dentro del agua y luego en las tumbonas mientras el sol desaparece por detrás del edificio más occidental del casino. No dejan de pasar helicópteros.

Son algo más de las 18:00 cuando volvemos a nuestra habitación para, por supuesto, disfrutar de la bañera de hidromasaje. Esta vez con un chorrito de jabón, que parece excesivo cuando la espuma crece y crece hasta casi desbordar la bañera. Secados y tumbados en la cama, el botón de encendido del mando a distancia es demasiado tentador. Pasamos un largo rato dormitando, zapeando entre programas de "gossip" e investigaciones criminales.

Llegan las 21:00 y, tras sopesar nuestras opciones, concluimos que las fuerzas nos llegan justas para apenas pasear por las zonas de nuestro propio hotel que todavía no hemos visitado. Desplazarse a otras zonas del Strip es un descarte automático, tanto por lo largo del paseo y el calor de hacerlo a pie, como por el tráfico congestionado que siempre aparece a esta hora si decidimos desplazarnos en coche. La sola idea de ir nuevamente a los casinos vecinos, con la odisea que supone llegar al Planet Hollywood o al París, solo nos provoca pereza. Y así terminamos alcanzando por nuestro propio pie The Forum Shops, un centro comercial no muy grande -para los estándares de la ciudad- anexo al Caesars Palace.

Naciendo en una plaza con una suerte de Fontana di Trevi con estatuas de más, nos encontramos dos galerías llenas de tiendas en su mayoría de autor, con los precios que ellos conlleva. Es de esas zonas que te hacen sentirte como un mero invitado que puede mirar pero no tocar. Al final de una de ellas, otra pequeña plaza alberga una fuente con efectos de luz y vapor en la que a nuestra llegada tiene lugar un espectáculo de fuego y agua. Muy cerca de aquí tenemos un Sephora y una Apple Store, ambos habilitando puntos de conexión a Internet que aprovechamos desde la comodidad de unos bancos con la comodidad de un sillón de salón.

Las galerías de The Forum Shoppes

Paseamos por algunas de las tiendas más acorde a nuestro bolsillo: Gap, por ejemplo. El género es el mismo que en los outlet, pero el precio es el marcado en la etiqueta sin el atractivo de los descuentos que se anuncian a bombo y plantillo en los locales de ayer. Por ejemplo, unos tejanos como los que conseguí por 25 dólares, aquí mantienen su precio original de 60.

Paramos en una típica tienda para mitómanos, con sus pasillos a rebosar de cuadros enmarcados con fotografías autografiadas e incluso objetos originales del mundo de la música, el cine y la televisón. Las firmas de todo el reparto de El Retorno del Jedi o Game of Thrones. Una guitarra original de Green Day de su época del Dookie. Una de las katanas ensangrentadas de Michonne en The Walking Dead. Ninguno de estos artículos baja de los 1.000 dólares, y en ocasiones coquetean con las cinco cifras. Encuentro, sonrío, y me llevo algo un poco más accesible: una figurita Pop! Vynil de Marty McFly en Regreso al Futuro II que me cuesta unos modestos 16 dólares. No lo he podido evitar.

This is heavy, Doc!

Empezamos el camino de vuelta hasta el casino primero y el hotel después. Pasamos junto a una máquina tragaperras sentada en la cual una mujer devora una pizza. Superamos otra cuyo huésped recibe un masaje mientras sigue apretando botones. Otra vez superamos la sala de competición de póker, con varias mesas en plena partida de Texas Hold'Em y en las que me encantaría participar si tuviera la osadía y economía doméstica necesaria. Las Vegas es esa ciudad donde el primer día todo lo que ves te sorprende, y al segundo día ya nada lo hace.

Llegamos a la habitación a las 22:00, donde nos comemos el segundo y lamentablemente último de los wraps barbacoa de Walmart, en mi caso acompañado de una gigantesca cerveza Bud Light con sabor a lima. L utiliza la cafetera de la habitación para calentar agua cuatro veces: las tres primeras con el objetivo de limpiar los filtros y la última para conseguir agua limpia e hirviendo en la que disolver un sobre de manzanilla que todavía conserva de una de nuestras primeras compras de supermercado.

Así llegamos a las 22:30, bastante descansados gracias a la piscina y a tomarnos el día con mucha calma. No hay más que contar por hoy, terminando la jornada con unos minutos más contemplando el espectáculo de las fuentes del Bellagio y su pase puntual de cada 15 minutos. Las Vegas no descansa pero nosotros sí, y mañana será nuestro último día completo.