De Zion a la Fremont Street de Las Vegas

Día 13 | 8 de septiembre de 2014

Mapa de la etapa 13

7:00 de la mañana en el Canyon Ranch Motel de Springdale, Utah. No es hasta las 8:00 cuando, ya desesperezados, nos dirigimos con nuestra garrafa de leche todavía bastante llena hacia la pequeña recepción del motel, que a diferencia de la mañana anterior está abierta y ofrece en su interior un microondas en el que calentar parte de nuestro desayuno. Lo completamos con el café soluble de L y la bollería que adquirimos ayer junto a la cena en el supermercado de Springdale: un cruasán para L, y una cookie de mantequilla de cacahuete con pepitas de chocolate para mí. Algo blanda, pero menos empalagosa de lo que cabía esperar. Un buen menú lejos de los excesos de cuando el desayuno está incluido en el alojamiento.

Mientras tanto, el cielo se despierta azul con muy pocas nubes hasta donde llega la vista. La tormenta anunciada por el Weather Channel, el cual había sido bastante fiable hasta el momento, no aparece por ninguna parte, y en este caso el error de predicción juega en nuestro favor. Gracias a él, puede que todavía podamos volver un par de horas a un Zion National Park que considerábamos despedido.

Son alrededor de las 8:30 cuando entregamos la llave de nuestra habitación, nos despedimos de la gerencia y nos dirigimos unas pocas millas al norte donde nos espera Zion, omitiendo esta vez largas esperas para coger el autobús gratuito. Nos hacemos la última de nuestras fotografías con las señales que dan la bienvenida a los National Park, siendo en el caso de Zion un cartel de estilo distinto al de la mayoría.

El último parque...
... el último cartel.

Los planes para esta mañana fueron cambiando según transcurría el viaje. La primera intención era invertirla desplazándonos hasta Kanarraville, un pueblo al noroeste de Zion, y realizar allí una exigente excursión a pleno sol y descendiendo por un cañón hasta Kanarra Creek, donde un río espera oculto entre sus paredes. Esto quedo descartado días antes tras ver que íbamos a llegar justos de fuerzas a las últimas etapas, y más todavía cuando la previsión meteorológica no garantizaba el margen de tiempo suficiente para llevarla a cabo. Dada esa anunciada tormenta, el segundo plan consistía en simplemente tomarse la mañana con mucha calma, conseguir la fotografía en la señal de Zion cayese lo que cayese del cielo y ponernos en marcha hacia nuestra siguiente y última parada del viaje. El acuerdo al que hemos llegado con la meteorología nos permite una solución híbrida: tomarnos las cosas con calma, aprovechar un par de horas en Zion para realizar una excursión muy suave, y finalmente salir antes del mediodía en dirección al suroeste.

Son las 9:00 cuando ya hemos aparcado junto al Visitor Center de Zion, en un aparcamiento que a estas horas por supuesto vuelve a no mostrar signos de esa aglomeración que tanto temíamos. Horas después observaríamos que los problemas de aparcamiento no aparecen hasta pasadas las 10:00, caso que a nosotros raramente nos podría afectar. Nada más bajar del coche y caminar unos metros, prácticamente se cruza en nuestro camino una cría de ciervo que pasta tranquilamente sin alarmarse lo más mínimo por lo cercano de nuestra presencia. Bautizada desde el primer momento con motivo de la excursión que hemos venido a realizar, pasamos un rato grabando en video las andanzas de "Parrus".

Parrus come
Parrus posa

Empezamos el Pa'rus Trail, que es la más sencilla de las excursiones oficiales del Parque Nacional de Zion. Consiste en un paseo pavimentado de 2,8 kilómetros de longitud que inicialmente pasa entre el Virgin River y una de las zonas de acampada del parque. El sol hace que sea necesario beber un poco de agua fresca de vez en cuando, pero el paseo es una delicia. Cuando abandonamos definitivamente los alrededores del campamento, las vistas al Cañón de Zion bien merecen un rato de contemplación en silencio. Mientras tanto y a nuestra espalda la cima del Watchman, un acantilado cuya excursión también estuvimos planteando, empieza a verse acompañada de unas nubes grises que quizás supongan la tan cacareada tormenta.

Iniciando el Pa'rus Trail
No tarda en acompañarnos el Virgin River
Según nos alejamos del campamento, el camino es para nosotros solos
Cruzando varias veces el Virgin River
El cielo está acompañando para este último paseo
Cruzamos una vez más el río buscando ya la meta...
Una pequeña catarata nos espera en los últimos metros
Un último vistazo a las paredes del sendero

Son las 10:15 cuando terminamos el trayecto del Pa'rus Trail que solo realizaremos en uno de los dos sentidos, y esperamos durante un minuto al bus interno del parque a su paso por Canyon Junction. Avanzamos en él un poco más hacia el norte para regresar a Zion Lodge, viendo mientras tanto en la camiseta de otro turista un guiño a una de nuestras paradas anteriores que ahora parece muy, muy lejana: el Jenny Lake de Grand Teton.

¿Jenny Lake? Me suena...

En esta zona, la del alojamiento oficial del parque y donde empieza el Lower Emerald Pools Trail que realizamos ayer, se encuentra el comedor y la tienda de regalos que ya habíamos visitado anteriormente. Tenemos una cuenta pendiente: desde que lo vimos ayer, gradualmente nos hemos convencido de que algo que vimos debe venirse a casa con nosotros. Os presento a "La ardilla que tenía un plan", un peluche de siete dólares con la mirada y las formas combinadas de Montgomery Burns y Frank Underwood. La fría expresión de sus ojos y la malvada manera en que junta sus patas delanteras dejan claro que algo está tramando. Me llevo también un quinto dedal de la Operación Thimble.

La ardilla que tiene un plan

Al salir al exterior, la tormenta ha vuelto a desaparecer. El verde césped del Zion Lodge luce brillante ante la mirada de decenas de cimas iluminadas por un sol que nada sabe sobre nubes negras y amenazas de inundación. En cualquier caso, nuestro agenda ya no admite explorar más rincones de Zion, así que tomamos el shuttle interno para regresar a la salida. Algunos conductores de estos autobuses lo viven intensamente, como es el caso de nuestra de nuestra última anfitriona, Linda. Por megafonía, se deshace en elogios ante la belleza del parque, lo recomendable que es visitarlo justo después de fuertes lluvias como las que anuncian, lo absolutamente espectacular que es contemplarlo a la luz de la luna llena que tendremos esta noche, e incluso se permite recomendar a algunos pasajeros lugares donde desayunar y comer cerca del parque.

De nuevo en el Zion Lodge

Alcanzamos nuestro coche sin cruzarnos en esta ocasión ciervos por el camino, ya que el único visible estaba almorzando tras las instalaciones del Visitor Center. Nos espera algo menos de una hora hasta la ciudad de St. George. Dejamos atrás un Zion National Park que, tal y como entraba en nuestros cálculos, nos ha gustado mucho más de lo que denota su popularidad en comparación con otros parques. Las comunidades online que frecuentamos se deshacen en elogios a Arches o Bryce Canyon, y sin embargo pasan muy de puntillas cuando se trata de Zion. Quizás sea que nuestra debilidad por las excursiones que combinan montañas y ríos con cataratas hace que nos parezca una visita mucho más recomendable que a los demás.

Nuestras primeras millas nos obligan a atravesar Hurricane, otro lugar de estancia habitual como trampolín para visitar Zion, que desde aquí queda ya a algo más de media de hora de carretera. Nuevamente nos encontramos con una calle donde confluyen todas las franquicias de comida rápida y alojamientos imaginables.

En St. George nos espera la comida de hoy, y dado que alcanzamos la ciudad cuando todavía no son ni las 12:30 decidimos hacer algo de tiempo parando en el Best Buy tres millas antes. Resulta que se encuentra en "The Outlets of Zion", que es un conglomerado de centros comerciales con a su vez decenas de locales, ocupando hasta tres salidas consecutivas de la autopista. Una locura consumista solo imaginable aquí en Norteamérica, vaya.

Rumbo al suroeste

El aparato que me han encargado desde España y por el que me interesaba visitar un Best Buy no aparece por ninguna parte debido a que es de tan reciente comercialización que todavía no figura en el stock de ninguno de los locales de la franquicia. Siento lástima por abandonar un Best Buy sin llevarme ningún juguete nuevo aprovechando el beneficioso cambio con el dólar, pero la realidad es que no necesito nada. Tengo mis necesidades "geeks" satisfechas en este momento.

Dado que todavía es pronto para darle vida al estómago, cambiamos el orden de nuestros planes y nos dirigimos ahora al Walmart que esperábamos visitar tras la comida. Al caminar por su aparcamiento el calor del sur de Utah nos golpea con toda su fuerza, concretamente la de 34 grados centígrados. Compramos algunas cosas para llevarnos a España, pocas teniendo en cuenta la limitación de espacio y peso: sopas Campbell de sabores exóticos y unas palomitas con mantequilla como solo aquí saben producir. También cargamos con sendos BBQ Wraps de esos que L cenó hace unas cuantas noches y está deseando volver a degustar. En nuestro paseo por los pasillos nos acompañan numerosos mormones, ellos con un aspecto digno de llamar a tu puerta en nombre de los Testigos de Jehová y ellas con una combinación a medio camino entre los Amish y Norma Duval en el Telecinco de los años 90. Las hombreras siguen pegando fuerte en la comunidad mormona.

Por fin, llega el momento de quitarse una espina. Todo viaje que realizamos a nuestro destino turístico favorito debe incluir, por lo menos, una visita a un Applebee's. La franquicia de comida típica estadounidense sabe hacer las carnes, patatas y salsas exactamente como nosotros queremos. Eso sí, al entrar y pedir una cerveza Samuel Adams me toca sufrir la severidad de las normas para tomar alcohol en un restaurante de Utah: solo si tienes 21 años y vas a pedir algo de comer. Y requerirán verificar la edad en tu identificación (pasaporte, en este caso) dos veces. Lo cumplen: primero la camarera y luego el encargado solicitan mi documento, el cual escudriñan al detalle para comprobar que no está caducado. Más vale que esa cerveza esté buena. Lo está.

Sí, sí, ¡dame mi cerveza!

Llega la comida y las tradiciones no fallan: nuestra mejor comida del viaje vuelve a ser en un Applebee's. L se agencia un entrecot de 7 onzas, cuando en realidad podría haber plantado cara al de 9. El "muy hecho" de la carne está aplicado a la perfección y el puré de patatas sabe lo mejor que puede saber. Pero el premio gordo me lo llevo yo, pidiendo lo que resulta ser la recomendación del día: unas apabullantes costillas de cerdo con salsa Honey BBQ y unas patatas igualmente sazonadas al estilo barbacoa. Lágrimas de emoción recorrerían mis mejillas si no estuviera demasiado ocupado engullendo las sabrosas costillas, que se deshacen entre mis dientes. Y todo, bebidas y propina máxima incluida, acaba costando la decente cantidad de 39 dólares. Siempre que Applebee's sea una opción, no entiendo qué hacemos comiendo en otros locales.

Ajjjjj...
Ooommmm...
Te quiero, Applebee's

Son las 14:45 cuando, junto a la omnipresente tormenta, atravesamos unas millas de la esquina noroeste de Arizona. Con ello ganamos una hora de reloj por la diferencia horaria entre Utah y Arizona. Nuevo horario que se mantiene cuando 30 minutos después entramos en el estado de Nevada, y con ello tras apenas 30 segundos empezamos a divisar los primeros casinos mientras suena Bohemian Rhapsody en el reproductor de música de nuestro Chrysler.

Una última incursión en Arizona
Atravesando rocas a toda velocidad
Welcome to Nevada...
... welcome to gambling land

A 70 minutos de nuestra llegada a Las Vegas, llega al fin. La madre de todas las tormentas espera ante nosotros, cubriendo todo de un gris azulado que hace que la tarde se convierta en noche. Y no tarda en empezar a caer agua. Más de la que puede achicar nuestro limpiaparabrisas a su máxima potencia. Y la temperatura baja de los 33 a los 21 grados centígrados. Y aminoramos la velocidad de las 75 millas por hora permitidas hasta las 55, punto en el que la conducción sigue pareciendo segura.

Y por fin, llegó, la madre de todas las tormentas

Tras unos 15 o 20 minutos con serias dudas acerca de si tomar una salida y detener la marcha hasta que pase lo peor del aguacero, parece que dejamos atrás lo peor y podemos continuar rumbo a Las Vegas. Las últimas 40 millas mantienen una lluvia moderada pero mucho más soportable y que no penaliza demasiado la buena media de velocidad que llevamos acumulada.

A 18 minutos del destino, un cartel en el arcén derecho llama la atención: "Prison Area, hitchhiking prohibited". O lo que es lo mismo, prohibido hacer autostop por encontrarse en las cercanías de una prisión. Una medida para que, en caso de que un preso escape, por lo menos ningún vehículo pueda llevárselo muy lejos de aquí.

Pasan pocos minutos de las 16:00 en Nevada cuando al fin alcanzamos el Strip, cuyas primeras siluetas reconocibles permanecen difusas tras la poca visibilidad de la lluvia. Gracias a haber hecho virtualmente el recorrido por Google Street View, no nos cuesta mucho dar con el aparcamiento del Caesars Palace. Dejamos el coche en la cuarta planta y empezamos, dejando nevera y bolsas en el vehículo y cargando solo con las maletas, el camino hasta la recepción del hotel. Empieza el show.

Llegamos a Las Vegas, con sus luces, su colorido...

Llegar desde el aparcamiento hasta la recepción de un casino principal de Las Vegas solo puede significar una cosa: metros y más metros de máquinas tragaperras, restaurantes, mesas de póker, tiendas, ruletas, dos Starbucks y, finalmente, el mostrador del programa de fidelidad Total Rewards en el que recoger nuestros carnets de socio gratuitos tras registrarnos online desde casa. Y para colmo durante el primer tramo por megafonía nos acompaña música de Cher.

Y finalmente, el check-in. Tras unos 15 minutos de espera, nos atiende una chica rubia de unos 35 años y nombre eslavo... Slejvana, quizás. Le entrego el resguardo de la reserva, la tarjeta de Total Rewards y mi pasaporte... con regalo dentro. Encuentra enseguida el billete de 20 dólares, y con total normalidad dice "lo dejo aquí por ahora" depositándolo sobre el mostrador. Nos pregunta si somos recién casados, y es el momento de una mentira piadosa. Entonces empieza a obrar su magia. Maltrata su teclado y pasa a toda velocidad las pantallas de su terminal, alterna la expresión de su cara entre decepción y esperanza, y finalmente nos anuncia el veredicto. Tenemos premio.

Habíamos reservado, a través de centraldereservas.com y por 426 euros, cuatro noches en una habitación de la Palace Tower del Caesars Palace, el tercer escalón en categorías de habitación del hotel. La mejora que nos ofrece nos lleva hasta la Augustus Tower. Y esto significa: una habitación el doble de grande gracias a la inclusión de un salón, televisión de plasma, una bañera mucho mayor con sistema de hidromasaje, y una amplia ventana con vistas al París, el Bellagio y sus famosísimas fuentes. Exactamente el mayor premio al que aspirábamos. Slejvana, quédate mis 20 dólares y si quieres te doy otros 20.

Subimos ilusionados a más no poder por el ascensor hasta la planta 28. Nos plantamos frente a la puerta 2878, y... toma ya. Nos ha tocado el gordo. La habitación es colosal. La bañera, lejos de poder llamarse jacuzzi, es más que suficiente para nosotros dos. Y las vistas... ay, las vistas. Unas fuentes del Bellagio de momento inactivas pero que ahí están, esperándonos y vigiladas por la Torre Eiffel en la acera de enfrente. Todo esto, sumado al ambiente mucho más "maduro" que hemos visto en las zonas comunes del hotel, nos está diciendo que hemos acertado. Cambiamos a última hora los planes de alojarnos en el Flamingo en favor de un Caesars Palace más caro, pero el objetivo de buscar mejores instalaciones y un ambiente más tranquilo parece verse cumplido. Y eso que todavía no hemos descubierto el área de piscinas, supuestamente una de las mejores del Strip.

Las vistas desde la suite

No todo iba a ser bueno: siguiendo la norma de que cuanto más lujoso es un hotel más reacios son a incluir este servicio, no tenemos conexión a Internet gratuita para los huéspedes. La pantalla de entrada nos pide abonar 15 dólares por cada 24 horas de conexión.

Toca ahora sufrir un poco. En nuestro maletero han quedado bolsas varias y la tan temida y pesada nevera desechable, y debemos cargar con todo hasta la habitación. Volvemos hasta la cuarta planta del aparcamiento, donde Cher sigue dándolo todo ahora a ritmo de "The Shoop-Shoop Song". Cargamos con nuestras cosas y volvemos a atravesar el largo camino. Todavía uniformado como para pasear por Zion, empezando a sudar, y cargado con una nevera portátil llena de pesado hielo que estoy deseando destrozar el último día de nuestro viaje. Ante la adversidad, llegamos de nuevo a nuestro palacio en forma de habitación.

Hay que empezar a disfrutar esto cuanto antes, y qué mejor que en esa bañera de hidromasaje. Mientras la disfrutamos y nos derretimos en ella, en la televisión del cuarto de baño vemos las noticias locales, en las que desde un helicóptero informan de que la autopista que hemos cruzado hace alrededor de una hora ha sido cortada por inundaciones. Y una de las salidas que estuvimos tentados de utilizar está totalmente destrozada, arrasada por la crecida de caudal del Virgin River. Esto no es suerte, esto es estar tocados por una varita mágica.

Hora de relajarnos tras el baño en la habitación, escribir estas líneas y esperar a que caiga la noche y, si el tiempo no empeora, empezar nuestro tiempo en Las Vegas con un caramelo en forma de nuestra zona favorita de la ciudad. Antes de abandonar la suite, apagamos las luces para disfrutar del primer pase de las fuentes del Bellagio. Desde esta distancia, con una buena visibilidad pero insonorizados por el grueso cristal de la ventana, es como contemplar una película muda. Ahora sí, cogemos nuestro coche para dirigirnos a Fremont Street.

El GPS nos aconseja, para ganar tiempo, recorrer muy poco Strip para luego acceder a la autopista en paralelo que nos haga ganar velocidad rumbo al norte. Le hacemos caso y en apenas seis minutos estamos en los alrededores de la zona antigua de Las Vegas. Dejamos el coche en el aparcamiento del Main Street Station Casino, cuyos carteles informan de que la estancia del vehículo es gratuita para huéspedes pero para el resto consiste en tres dólares diarios. Sin embargo, no hay nadie en la taquilla y las barreras están levantadas, así que por el momento dejamos el coche y ya veremos qué sorpresa nos encontramos al regreso.

Apenas a unos 200 metros del aparcamiento, visible y audible desde él, tenemos ya Fremont Street. Y se confirma que lo que aquí ocurre es mucho más de nuestro agrado que en la zona moderna de la ciudad dele pecado. En comparación con el Strip, tan moderno, tan ficticio y con la gente siempre tan impecable y lista para el cóctel, en Fremont todo es más terrenal. La gente va con la misma ropa con la que iría de picnic, comen, beben, ríen, bailan y todo con absoluta desinhibición y desprecio por el qué dirán. Es un ambiente decadente y, al mismo tiempo, el más sano que puede uno encontrarse en este paraíso de lujuria.

Nos recibe la calle con uno de los tres escenarios distribuidos por toda su superficie, en el que en esta ocasión una imitación pasada de peso de Elvis vive apasionadamente su momento de gloria. Mientras tanto y cada varios minutos, las cuatro tirolesas del Slotzilla que recorren media calle desde las alturas siguen haciendo caja, siendo el caso más particular el de dos señoras bien entradas en años y con el pelo completamente canoso que parece que vayan a desmayarse con el arnés puesto antes de llegar al final del recorrido. Nos dirigimos hacia el escenario de la 3rd Street, en el que supuestamente a partir de las 21:10 empezará el concierto que más nos llama la atención de toda la agenda para los próximos cuatro días.

Otra cosa no, pero pasión le ponía un rato
Y aquí estamos de nuevo
Biff Tannen empezó a crear su fortuna en...
Fiesta, buen ambiente... esto es Fremont
El Slotzilla, esperando más billetes de incautos

Para hacer tiempo, compartimos un vaso grande de Miller Lite por siete dólares. Cuando dan las 21:00 las luces de todos los viejos casinos, incluido el reluciente The D que no habíamos disfrutado en nuestra visita anterior, se apagan para ceder todo el protagonismo al Viva Vision, la pantalla que ocupa todo el techo de la calle y en la que a cada hora se proyecta un montaje de luz y sonido. En esta ocasión toca el correspondiente a Bon Jovi, que durante unos 10 minutos encadena la música de It's My Life, Who Says You Can't Go Home y Livin' On A Prayer acompañada de clips de la banda. Hortera, pero divertido.

Nuestros asientos para el Viva Vision

Vuelve la normalidad -si se puede llamar así- a Fremont Street y el escenario junto a nosotros sigue cerrado a cal y canto. A estas horas, debería estar ya sobre las tablas The Blackjacks, un grupo que versiones temas de grupos como The Killers y cuyo repertorio y estilo parecía adecuarse bastante a nuestras gustos musicales. Sin embargo no hay rastro de ellos, y empezamos a pensar que quizás las carreteras cortadas por el temporal han debido provocar algunos imprevistos en la agenda de espectáculos. Decidimos pasar el tiempo visitando el interior del nuevo The D, en el que chicas de todo tipo amenizan las mesas de todos los juegos de apuestas imaginables y yo pierdo mi primer dólar en una máquina de video blackjack -podría haberme retirado ganando dos y doblar la inversión, pero me pudo la codicia-. A continuación entramos en varias de las tiendas de recuerdos de la calle, que en su día nos parecieron una buena oportunidad a precios baratos pero ahora, en una segunda visita, ya no nos aportan gran cosa. Cuando volvemos a la calle, el todavía notable calor solo se ve interrumpido por fuertes golpes de aire acondicionado que salen huyendo al exterior desde las puertas de los casinos, incluso al pasar junto a ellas a varios metros de distancia.

El interior de The D, el nuevo casino en Fremont

Esperando al show audiovisual de las 22:00, compartimos una porción de pizza que nos sabe a gloria por algo menos de cuatro dólares. Amenizamos la espera compartiendo fotos en las redes sociales y comprobando el correo y cuentas bancarias porque a diferencia de en nuestro hotel, aquí no es difícil encontrar puntos de acceso a Internet gratuitos. Y entonces vuelven a apagarse las luces y es turno del montaje de The Who, que con I Can See From Miles, Pinball Wizard y My Generation provoca la admiración de los presentes.

Esperando ya al show de The Who
El techo se tiñe de Union Jacks a ritmo de My Generation

Las luces vuelven a encenderse, y los The Blackjacks no dan señales de vida. Definitivamente el número de música en directo marcado en nuestra lista ha debido ser cancelado por fuerza mayor, suponiendo la decepción de la noche. Empezamos el camino de vuelta hasta nuestro coche pasando nuevamente frente a un Elvis que, hay que reconocerle el mérito, parece mantener el mismo espíritu y energía que en el minuto uno. Nuestro vehículo puede salir del aparcamiento del Main Street Casino sin obstáculo alguno, por lo que de los tres dólares a pagar por poder estacionar nunca más se supo.

Evidentemente, él también estuvo allí
Hasta siempre, Fremont

Volvemos al Caesars Palace, y al volver cruzar todas las salas de juego reaparece el pensamiento de que es físicamente imposible que tanta gente pueda estar apostando su dinero de forma simultánea. Vemos incluso a alguna mujer todavía ataviada con el vestido de novia pulsando los botones de una máquina tragaperras.

Alcanzamos la recepción donde, para hacer varias preguntas, nos toca volver a esperar unos largos minutos. Para empezar, el cargo de 200 dólares que he visto reflejado en mi tarjeta de crédito es solo un depósito de seguridad que nos reembolsarán a la salida. Confirmamos que la hora para abandonar el hotel dentro de cuatro días son las 11:00, y que debemos llamar esa misma mañana a recepción para averiguar si es posible mantener la habitación unas horas más aprovechando que nuestro vuelo sale bien entrada la tarde. Por último, nos confirman que la conexión a Intenet no está incluida en la reserva y que obtenerla tiene un coste de 15 dólares por día y dispositivo, lo cual termina de decantarme por ignorarla totalmente y resignarme al acceso a la red que podamos conseguir en locales de Starbucks y paseando de aquí a allá.

El día termina echando mano de las latas de Pringles que todavía nos acompañan, y disfrutando una vez más del espectáculo de luz pero no sonido que son las fuentes del Bellagio desde nuestra increíble habitación. Son las 23:30 cuando damos por terminada la jornada, bastante amortizada teniendo en cuenta cómo la empezamos y cómo la terminamos. Solo queda esperar que mañana Las Vegas siga teniendo algo que ofrecernos. Una cosa es segura: será el momento para desenfundar de verdad nuestras tarjetas de crédito. Llega el inevitable día de los outlets.