Bryce Canyon y Zion Canyon Overlook

Día 11 | 6 de septiembre de 2014

Mapa de la etapa 11

El despertador marca las 7:00. Bien descansados y con un sol radiante asomando tras las cortinas, desayunamos sin salir de la habitación gracias a nuestras propias provisiones y a la existencia de un microondas bajo el televisor. Un tarro de café soluble que siempre acompaña a L, y una garrafa de leche así como un paquete de muffins de plátano que nos llevamos ayer del Walmart. Y madre mía, cómo están los muffins.

Antes de despedirnos de un Best Western que sigue la premisa de "los mejores hoteles te los encontrarás en las jornadas que menos puedas disfrutar de ellos", pasamos por la tienda de regalos en la que localizamos su propia oficina de correos donde comprar un sello internacional para enviar una nueva postal. Entregamos luego las llaves de nuestra menos de lo deseado disfrutada habitación, y nos ponemos en marcha para descubrir Bryce Canyon.

La Ponderosa, nuestra villa de habitaciones
Llegando al vestíbulo del hotel
La tienda del hotel, accesible desde el vestíbulo

El Parque Nacional de Bryce Canyon pertenece a la familia de los "parques pequeños", claramente acomplejado en la comparación ante gigantes como Yellowstone o Yosemite. Habilita una serie de miradores y caminos en los que planificar excursiones más o menos exigentes, y todos ellos tienen como denominador común disfrutar del principal atractivo de la zona: un enorme anfiteatro en el que se elevan centenares, si no miles, de "hoodoos", una atípica formación geológica en la que la roca, en este caso de tonos rojos muy pálidos hasta llegar prácticamente al blanco, se eleva como una estalagmita gigantesca hacia el cielo.

Entramos al parque con cierto temor a encontrarnos los aparcamientos llenos, ya que en la carretera principal de Bryce Canyon City algunas señales luminosas recomendaban el uso del autobús lanzadera que comunica con el parque para así evitar aparcamientos completos. Quizás fruto de esa ansiedad por localizar un sitio donde dejar el coche, me equivoco al elegir el destino y en lugar de dirigirme al aparcamiento de Sunrise Point lo que hago es entrar al bloque Sunrise Unit de los alojamientos del Bryce Canyon Lodge. En conclusión, que con el coche ya aparcado y el temor de que si lo muevo quizás allá donde vaya no encuentre sitio, nos toca improvisar un pequeño paseo a pie hasta el verdadero punto de inicio de nuestra excursión.

Nuestro sendero planificado recorre en gran medida las entrañas del citado anfiteatro de "hoodoos". Buscando el equilibrio entre ver todo lo posible y no caer en cuestas o senderos de dificultad elevada, el plan es el siguiente: descender por el costado derecho del Navajo Loop que sale de Sunset Point, un vistoso y empinado recorrido circular que en este lado y descendiendo es asumible para las piernas no preparadas. Una vez abajo, en lugar de regresar por el lateral opuesto de este circuito, enlazar con Queens Garden Trail que nos ofrecerá un ascenso hasta el cercano Sunrise Point con una distancia algo mayor que permite que la pendiente a remontar no sea tan pronunciada. El plan incluía aparcar en Sunrise Point para dirigirse a Sunset Point siguiendo el "Rim Trail" que recorre todos los miradores sin descender al anfiteatro, pero dado nuestro error el aparcar nos dirigimos directamente hacía el Sunset Point, donde llegamos al cabo de unos 15 minutos de parar el motor.

Recibimos aquí las primeras vistas a esa aglomeración de curiosas formaciones de piedra, y llama tanto la atención su forma como su número y también su color, lejos de los rojos intensos y oscuros de otros parajes de Utah y Arizona. Vemos también desde aquí "El Martillo de Thor", un hoodoo muy particular en cuyo extremo superior se mantiene en equilibrio una roca de forma cuadrada que le da la apariencia del mentado símbolo. Localizamos el punto de partida del Navajo Loop, y enseguida encontramos el camino derecho prometido.

El inicio del Navajo Loop Trail a nuestros pies
Ya se intuye la bajada...
El Martillo de Thor, desde Sunset Point
Los primeros tramos del Navajo Loop desde Sunset Point

El descenso es muy vistoso, gracias a una senda serpenteante que baja y baja hasta meterse en un cañón y cuyo recorrido puede contemplarse durante cualquier momento al mirar hacia abajo. Cuando alcanzamos el fin de la cuesta, nos esperan dos grandes paredes del mismo tono rojo pálido en un largo tramo de sombras.

El descenso derecho del Navajo Loop es serpenteante
Un descansito...
Cada vez menos luz
Algunos hoodoos están escondidos junto a las parades
Una vez abajo, toca mirar hacia arriba
En el punto más bajo las paredes forman un estrecho cañón
Rodeados de tonos anaranjados

Seguimos ahora durante un trecho un camino más bien llano y con un paisaje que raramente deja intuir que nos encontramos dentro del anfiteatro. La sensación dura hasta alcanzar la señal que señaliza la bifurcación entre la ruta de regreso por el otro lateral del Navajo Loop y el ascenso por el Queens Garden Trail. Viramos a la derecha.

Turno ahora de un tramo llano y con vegetación
A la izquierda, un infierno, a la derecha, más soportable

Vuelven a aparecer hoodoos, unos de lejos y otros prácticamente ante nuestras narices. Cruzamos varios arcos perforados en la roca para poder seguir ascendiendo en dirección a Sunrise Point. Por el camino y tal y como ocurría ayer en el hotel, nos encontramos hordas y hordas de turistas alemanes. Cuando creemos que el final está cerca, aparece una extraña bifurcación con la que no contábamos. A mano izquierda, continúa el Queens Garden Trail. A mano derecha y siguiendo 0,8 millas según el cartel, se alcanza el Sunrise Point. El mapa da a entender que deberían ser exactamente el mismo camino. Para asegurar el destino, giramos a la derecha.

Iniciando el regreso por el Queen's Garden Trail
Mucho por delante
Vuelven los hoodoos

Queda todavía mucho más camino del que creíamos, y además de dificultad ascendente. Cuestas con una fuerte pendiente y sin sombras que provocan que L llegue finalmente al Sunrise Point con la lengua fuera. Afortunadamente, tras algo menos de diez minutos cogiendo aire en compañía de unas estupendas vistas al mundo de los hoodos, estamos listos para regresar a nuestro coche.

Algunas vistas desde balcones del Queen's Garden
Debido a su menor pendiente, el ascenso se hace más largo
Según se asciende, las posibilidades fotográficas se multiplican
Por un momento nos trasladamos a un desierto de dunas
Es un espejismo solo al asomarse hacia el norte
El camino del que venimos se hace más y más pequeño
Y finalmente, Sunrise Point nos brinda nuevas panorámicas
El anfiteatro, ahora desde más al norte

Dado que no aparcamos donde estaba previsto, nos toca improvisar el camino desde Sunrise Point hasta el Bryce Canyon Lodge. Y mira tú por dónde, resulta que nuestro aparcamiento se encontraba a apenas 3 minutos de este segundo mirador, descubriendo que nuestros primeros pasos en el parque fueron un rodeo completamente innecesario. No siempre podemos acertar.

Son las 11:40 cuando estamos ya en el coche, con el aire acondicionado como recompensa por el esfuerzo. Con paradas para fotografiar y contemplar, e incluyendo nuestro innecesario desvío, la excursión nos ha llevado un total de dos horas. Lejos de las tres horas que la guía oficial aconseja para poder realizarlo.

Tomamos la carretera de los miradores hacia el sur, y tras 25 minutos a buena velocidad alcanzamos el último de todos para luego ir deteniéndonos en algunos más que quedarán en el arcén derecho. Al final del camino nos espera Rainbow Point, que a casi 2.800 metros de altura resulta un poco decepcionante. Ofrece buenas vistas a todo el valle, pero con muy poco protagonismo de los hoodos que hemos venido a ver. Solo el balcón más hacia la derecha muestra vistas algo parecidas a las que esperábamos.

Rainbow Point... ni rastro de hoodoos
Solo en un extremo del paisaje vuelven a asomar

Ya en el camino de vuelta hacia el norte y buscando compensar la decepción que ha sido viajar hasta Rainbow Point, hacemos una parada no prevista en Agua Canyon. Y el paisaje ya empieza a teñirse de nuevo de esos tonos tan característicos de Bryce.

En Agua Canyon volvemos a la normalidad

La siguiente parada, esta sí planificada, es el Natural Bridge. El cual, pese a su nombre, de puente no tiene nada: es un arco en toda regla del mismo estilo que los que protagonizan el Arches National Park. Eso sí, es enorme, y su amplitud permite a través de él tanto parte del valle como de cielo por encima del horizonte.

Natural Bridge (I)
Natural Bridge (II)
Natural Bridge (y III)

Tomamos ahora, justo antes de alcanzar nuestro punto de partida, un giro a la derecha para ver los miradores al sur del anfiteatro. Cambiamos el orden previsto de visitar Bryce Point primero e Inspiration Point después, para así parar cuanto antes y evitar seguir persiguiendo a unos moteros a los que les cuesta horrores acelerar a la salida de cada curva y empiezan a desesperarnos.

En Inspiration Point encontramos aquello que habíamos venido a buscar. Ya la terraza inferior, a pie de aparcamiento, es impresionante, pero el premio gordo se encuentra tras una fuerte subida para la que echamos mano de las pocas energías que nos quedan. Una vez arriba, el Upper Inspiration Point te deja sin aliento y no solo por llegar hasta él. Una vista de más de 180 grados con hoodos y más hoodos a lado y lado del valle, sin dejar espacio para nada más. Desde aquí arriba, una amenazadora tormenta que vemos en el horizonte empieza a llamar a la puerta en forma de lejanos truenos. Bajamos la cuesta hasta el aparcamiento lo más rápido que podemos, ya que sería una pena tener que cancelar los planes por culpa de la lluvia cuando estamos a solo un mirador de tachar todos los puntos de la agenda.

Inspiration Point... y lo mejor está por llegar
La agradable pero inesperada subida al mirador superior
El Rim Trail es un largo sendero que recorre todos los miradores
Y finalmente, Upper Inspiration Point
Las mejores vistas al anfiteatro
Obviamente, él no se las iba a perder
Un pequeño valle, y hoodoos hasta donde alcanza la vista

En Bryce Point no hay que conformarse con las vistas junto a los coches. Hay que caminar unos 100 metros por un camino que arranca a la izquierda del mirador hasta alcanzar una terraza que prácticamente flota sobre el anfiteatro. Sin embargo, tras el momento boquiabierto que nos ha dejado Inspiration Point, este Bryce Point ya no nos aporta demasiado más. Además, no hay nada peor que coincidir en un mirador con un grupo organizado. Ocupan todas las barandillas, hacen ruido y bloquean las vías de acceso. Pero nos quedaremos con lo bueno, y es que la tormenta parece estar descargando en el valle y con un poco de suerte estará ya en las últimas cuando nos alcance.

Los descensos al anfiteatro, desde Bryce Point
Bryce Point luce menos, pero también es recomendable
Echando un último vistazo antes de que llegue la tormenta
Coincidir con grupos organizados, ese error

Cerca de las 14:00 y cumpliendo al minuto el plan que nos marcamos la noche anterior llegamos a nuestro quinto cartel de National Park, en el que nos hacemos rápidamente la foto ante la amenaza de un vehículo de orientales que acaba de detenerse junto al nuestro. Cuando salimos del parque, hacemos una parada en la estación de servicio Sinclair justo enfrente de nuestro hotel en Bryce Canyon City para repostar 30 dólares a razón de 3,89 dólares el galón.

Y con este van cinco, queda uno

Tomamos prestados un par de tenedores de plástico de la gasolinera y en un aparcamiento anexo nos damos nuestro particular banquete. A los sándwiches habituales de pavo y queso sumamos esta vez una "Ensalada de patata Amish" que compramos en Walmart y lleva todo el día en el fondo de nuestra nevera portátil, rodeada de hielo. No llega al nivel de la espectacular ensalada de patata del The View Hotel, pero se acerca.

A las 14:30 abandonamos definitivamente Bryce Canyon City, el perfecto trampolín a un parque nacional que nos ha dejado satisfechos por ofrecer algo diferente a los demás, y cuyas dimensiones y oferta permite visitarlo con cierta pausa en tan solo medio día o un día completo.

Bryce nos despidió con temperaturas de 21 grados en los momentos más calurosos, pero ahora que volvemos a descender y coincidimos con la tormenta en carretera, el termómetro baja hasta los 15 grados. No tarda en volver a remontar en cuanto reaparece el sol, y esta vez lo hace para subir hasta casi los 27 grados. Puede que acabemos de vivir los últimos instantes del viaje con temperaturas frescas, ya que lo que queda por delante es de esperar que venga acompañado de un calor notable.

Obviamente, la ruta escénica que conecta los parques de Bryce Canyon y Zion es mucho más vistosa a plena luz del día.

Pasamos de largo muchísimas tiendas de rocas y minerales antes de llegar al desvío final, ese que nos mete en la Highway 9 para atravesar Zion National Park. Pretendas detenerte o no en el parque transitar esta carretera requiere disponer de entrada a él, por lo que si no es el caso hay que dar un rodeo por una carretera que evita la zona por el sur.

A las 15:43 y con 29 grados centígrados golpeando la carrocería de nuestro vehículo atravesamos el cartel que nos da la bienvenida al Parque Nacional de Zion. El asfalto se torna de color marrón rojizo para mimetizarse con el escenario, que se adentra entre grandes paredes de roca con escasa vegetación.

El paisaje empieza a decir Zion

Dan las 16:00... y todo nos sale bien. Literalmente a las puertas del último túnel antes de entrar de lleno en el cañón, el reducido aparcamiento solo accesible en este sentido de la carretera y que da acceso al Canyon Overlook Trail presenta un único espacio libre, que yo veo desde la distancia como si un rayo de luz lo iluminara entre las nubes y sonara un coro celestial junto a él.

No éramos excesivamente optimistas sobre encontrar sitio a estas horas y en un sábado como el de hoy, pero la fortuna está de nuestra parte. Con 30 grados al sol, es hora de despedirse del pantalón tejano y dar paso a algo más fresco acorde a lo que nos espera. Cargamos las botellas de agua, renuevo las tiritas en mis talones, me calzo las botas de senderismo y nos lanzamos a por un nuevo sendero.

Llegamos al sendero junto a los coches esperando a cruzar el túnel

Los primeros metros del Canyon Overlook Trail asustan pero la sensación no dura mucho. Una escalera tallada en la roca se eleva rápidamente por encima de la carretera y el túnel en el que se introduce, y tras pocos pasos empezamos a tener una disfrutable perspectiva del acceso al cañón. A partir de aquí, media milla de camino sobre roca arenosa, con algunos grandes espacios a la sombra para descansar y precipicios no tan fieros como cabría esperar y siempre protegidos por barandillas en los puntos más críticos. Los 800 metros se hacen algo duros, pero esencialmente por el calor que no perdona.

Camino a Canyon Overlook, perdidos entre rocas
Una pequeña cueva a medio camino del mirador
El camino es asequible y en absoluto peligroso

Y al llegar, todo ha merecido la pena. Porque ante nosotros se extiende el Pine Creek Canyon y justo encima el Lower Zion Canyon, ambos custodiados por varios macizos de roca y acompañados por la carretera de acceso al parque que desciende en zig-zag. Canyon Overlook, un enorme mirador con varios salientes para diferentes niveles de osadía, es la excusa perfecta para invertir aquí un largo rato contemplando y retratando las vistas. El sol no se encuentra en su mejor momento y atenúa algo los colores, pero sigue siendo toda una experiencia.

Canyon Overlook, bienvenidos a Zion
Un anticipo de la carretera que nos queda
Amplio, y con un buen mirador
Una de las mejores postales del viaje
Como siempre, que no falten las explicaciones

Iniciamos el camino de regreso deshaciendo nuestros propios pasos. Esta media hora de sendero es un valor añadido, ya que es también un atractivo de por sí. Podríamos hablar de él como un "sendero escénico", con vistas a cada paso a distintos ángulos del cañón. Se nos cruzan grupos ataviados con sandalias y vestidos de tubo... algunos viajan a los sitios sin saber dónde se meten.

Abandonando Canyon Overlook
Barandillas siempre protegiendo los tramos más delicados

Nos detenemos unos instantes en una pequeña cueva del camino, y la tapa de mi objetivo decide darse un paseo por su cuenta. Empieza a rodar y rodar y no parece tener intención de frenar. Finalmente detiene su avance a un metro de un precipicio que hubiera supuesto su final definitivo.

Son las 17:25 y tras descender el último tramo siguiendo a un francés cuya piel estaba ya tan roja o más que las rocas del cañón, llegamos a nuestro coche para tachar de la lista otra de las grandes citas del viaje. El sentimiento de satisfacción es enorme. Esperamos nuestro turno para poder cruzar el túnel de un solo carril y que va alternando el sentido de la marcha, y así iniciamos los 16 minutos de camino restantes hasta nuestro próximo hogar, el pueblo de Springdale.

Recorrer las curvas que hemos divisado desde Canyon Overlook es también una experiencia por sí misma. Con numerosos apartaderos a lado y lado de la carretera para deleitarse sin entorpecer el tráfico, mi cuello en el asiento de copiloto no puede bajar más allá de los 120 grados, mirando a lado y lado de las montañas hasta localizar el mirador en el que acabamos de estar. La temperatura récord del día son los casi 33 grados centígrados que alcanzamos en la zona más baja del cañón, justo allí donde aparece un giro a mano derecha que nos aleja de Zion para llevarnos a Springdale. El pueblo está, literalmente, a las puertas del parque.

El Canyon Overlook, ahora desde abajo
Más paisajes de foto en nuestro camino al hotel

Nos cuesta pocos metros y tiempo alcanzar el desvío al Canyon Ranch Motel, un complejo de bungalows que reservamos a través de su web oficial al precio de 112 dólares por noche. Recibimos una cálida bienvenida de su dueña en una oficina con olor a perro, y tras entregarnos la llave de la habitación 20 procedemos a descubrir el que será nuestro hogar en las próximas dos noches.

La habitación cumple las expectativas, con unas buenas dimensiones y un mobiliario y materiales mucho mejores que las cabañas que ocupamos el año anterior a nuestro paso por Nueva Inglaterra (que también eran más baratas, todo hay que decirlo). No tardamos ni diez minutos en ponernos el bañador y dirigirnos a la piscina exterior a solo dos parcelas de distancia, ataviados con unas toallas andrajosas que nos han entregado al llegar.

La piscina está un poco fría, cosa sorprendente con el calor que nos acompaña, pero el jacuzzi contiguo nos ofrece lo que cabía esperar. Agua muy caliente y fuerte olor a cloro para durante diez minutos olvidarse del mundo más allá de las rojizas colinas que podemos ver desde el agua, gracias a que Springdale está completamente incrustado en el cañón. Llega otro grupo de jóvenes cargando una cubitera llena de cervezas, y se me hace la boca agua. Hay gente paseando por aquí y por allá a lo largo del recinto, pero no se oye prácticamente nada. Parece que tenemos vecinos respetuosos con el espacio vital de los demás.

El tranquilo y agradable Canyon Ranch Motel

Con la caída del sol (más temprana de lo habitual, ya que se oculta tras las colinas) nos vamos a la ducha de nuestra habitación. Tras enviar un par o tres arañas camino a los infiernos del desagüe, la ducha obra milagros. Muy espaciosa y con buena presión y temperatura. Echamos un ojo a los dos restaurantes que traemos recomendados de casa y nos decidimos por uno que está a un minuto en coche de nuestra ubicación, y que pondrá remedio al hecho de que L haya dejado pasar mucho tiempo sin probar uno de sus platos estrella. La conexión a Internet es lenta, nunca superior a 1 Mbps, y esta noche es noche de Doctor Who.

Todavía tenemos casi 30 grados centígrados cuando salimos rumbo a la cena a las 20:00 horas. El pequeño paseo hasta el restaurante viene acompañado de varios hoteles y locales de restauración con bastante ambiente en todos ellos. No cambiamos nuestra decisión y alcanzamos el Wildcat Willies.

Con un interior muy amplio, revestido de madera y ambientado en el mundo cowboy, nos sentamos en una de sus mesas simple y llanamente por un motivo: Calamari. Desde que hace un tiempo descubrió las mieles de los "calamares a la andaluza" o "calamares enharinados", L no puede pasar una oportunidad de probar variantes de esta receta allá donde va. Y eso es lo que pedimos como entrante, acompañado de una salsa marinara que hace las delicias de L y una salsa alioli que parece hecha para mí. Los calamares están algo más rebozados de lo esperado, pero igualmente muy buenos.

Calamares y salsas, la felicidad

Riego el entrante con una cerveza negra local tras varios días arrastrando ese capricho. El tamaño medio es una jarra de tamaño más que aceptable y el sabor fuerte y afrutado es justo lo que andaba buscando.

Y entonces llegan los platos principales. L continúa apostando sobre seguro y le sirven unas costillas de cerdo que se deshacen en la boca junto a una estupenda salsa barbacoa. El remate lo ponen unas patatas fritas sazonadas de tal forma, que según sus propias palabras pueden ser las mejores que haya comido jamás. Y eso es decir mucho.

En mi mesa, aparece un plato que me llamaba a gritos según lo leía en la carta: pastel de carne de búfalo acompañado de puré y verduras. El pastel, rodeado por una quizás excesiva loncha de bacon, está jugoso hasta más no poder y se deshace igualmente en el paladar. El puré es también el remate perfecto; esta gente sabe qué hacer con unas buenas patatas. Las cantidades son más que suficientes, pero sin llegar a excesos estilo Crónicas Carnívoras.

La carne y las patatas, esas patatas

La cena es un éxito. Eso sí, un éxito que hay que pagar: 61 dólares que se convierten en 72 al incluir la propina. Es y será la comida más cara de todo nuestro viaje, pero no es algo que nos coja por sorpresa. El lugar y el haber pedido un entrante -cosa poco habitual en nosotros- elevan el precio. Mañana tocará cenar en la habitación con compras de supermercado para así contener el gasto.

Ni Doctor Who, ni apenas escribir la etapa del diario. La modorra por la oscura cerveza es tal que poco más allá de las 21:30 apagamos las luces de la habitación y, en compañía del sonido monótono del aire acondicionado configurado en modo ventilador, pasamos nuestra primera noche rodeados de la belleza de Zion.