Amanecer en Arches, atardecer en Monument Valley

Día 9 | 4 de septiembre de 2014

Mapa de la etapa 9

En un viaje de este tipo, tan intenso y variado y de 18 días de duración, es normal que haya días mejores y peores. El objetivo es intentar que los peores simplemente sean los "menos buenos" y hacer de los mejores una experiencia única. La jornada que empieza esta vez a las 6:00 pertenece, sin lugar a dudas, al segundo grupo.

Nueve horas de sueño. Algo impensable durante las primeras noches del viaje, pero que a estas alturas se convierte en una buena dosis de descanso necesaria para continuar la marcha. Desayunamos por segunda y última vez en el pequeño comedor del Sleep Inn Moab, esta vez menos abarrotado debido a la temprana hora. Como siempre una vez cada varios días, me animo a untar una tostada con mantequilla de cacahuete solo para recordar lo potente y empalagosa que es. Llenos los estómagos, toca bajar a la planta baja todo nuestro equipaje nuevamente sin ascensor, teniendo que pedir una tercera llave durante el proceso por haber olvidado las dos originales dentro de la habitación.

El trámite de salida es rapidísimo gracias a estar la reserva ya pagada en origen, y nuestro coche se despide del que ha sido nuestro hogar durante 48 horas. Se trata de nuestra primera experiencia en un local de la cadena Sleep Inn y ha sido muy positiva. Lo tendremos en cuenta para futuros viajes.

No da tiempo siquiera a calentar el motor cuando paramos en un cajero "drive-thru" de la compañía Mountain America. Sin apearnos del vehículo, sacamos 300 dólares en efectivo tras pagar una comisión de 2,5$. La comisión no varía respecto a los cajeros de cualquier gasolinera, pero por lo menos aquí no nos vemos condicionados por el límite de 200$ de cajeros anteriores.

En el camino hacia Arches, nos detenemos otra vez en el supermercado City Center con el objetivo muy concreto de conseguir pomada y tiritas para mis malogrados talones. Aunque el curso natural cerraría unas heridas que ayer estaban totalmente abiertas, no está de más intentar acelerar el proceso y de paso aliviar un poco el dolor. Suena "Beth" de KISS mientras elegimos un paquete de tiritas de entre las decenas de opciones, y cuando volvemos al exterior son las 08:20 y el termómetro ya marca los 21 grados centígrados.

Pasamos por segunda vez en dos días junto al cartel que anuncia la llegada a Arches National Park, y esta vez nos detenemos para sumar una nueva prueba a nuestro recorrido de Parques Nacionales. Coincidimos aquí con dos "road buddies" que vienen, con una furgoneta reconvertida en caravana y matrícula de Nueva York, recorriendo millas desde el Burning Man. Que las apariencias no os engañen: tras los pañuelos, las chaquetas de cuero llenas de parches y el aspecto desaliñado, se esconden un par de amigos que son todo amabilidad cuando entablamos conversación con ellos.

Visitados sus vecinos, volvemos a Arches
Gracias, buddies

Enseñamos nuestro Annual Pass como si de una identificación del FBI se tratase y volvemos a recorrer las carreteras interiores de Arches. Los primeros minutos del paseo ganan muchísimo con los primeros rayos de sol, gracias a un color muy particular que la luz proyecta en las paredes de roca. Cada vistazo es una postal. Park Avenue no corre tanta suerte, ya que durante la mañana se encuentra totalmente a la sombra.

Cada metro, una postal

Debíamos estar despistados disfrutando de la Balanced Rock a pocos metros de nuestro camino, ya que pasamos de largo el desvío hasta The Windows y no nos damos cuenta hasta que aparece el cartel del siguiente desvío importante, el que lleva al maldito Delicate Arch. No importa, nuestra siguiente parada en la lista se encuentra al final de la carretera principal, así que invertiremos el orden visitando The Windows a la vuelta y aquí no habrá pasado nada.

A las 09:30 estamos aparcados y protegidos con crema solar en el aparcamiento del Devil's Garden Trailhead. Empieza aquí uno de los senderos más duros de parque, pero cuyo primer kilómetro y medio es apto para todos los públicos. Solo aquí y en el Visitor Center se habilitan unas fuentes de agua fría para rellenar tus botellas.

Recorreremos solo el sencillo inicio
En busca de la sombra...

1,3 kilómetros de camino de tierra con alguna subida y bajada nos llevan a los pies del Landscape Arch. Es grande, muy grande, pero también muy frágil. Hace 23 años, un bloque de grandes dimensiones en su lateral derecho se desprendió debido al peso de la lluvia acumulada, ofreciendo en su caída un espectáculo del cual los carteles muestran la fotografía de un afortunado visitante. Y se espera que, siendo algo natural que tarde o temprano ocurre a todos los arcos, este sea uno de los próximos en derrumbarse completamente.

Landscape Arch
El instante en el que un trozo se desprendió en 1991
Esbelto y frágil
Esto es lo más cerca que puedes estar de Landscape Arch

Desde el Landscape Arch, asomándose a la derecha y buscando con la mirada, se descubre cómo sigue el camino del Devil's Garden. Y sí, es una locura. Una pared de lisa roca que fácilmente puede tener una inclinación de 60 grados y a lo largo de la cual los más osados escalan y descansan en lo que parece el inicio de una larga y exigente excursión.

Los valientes que deciden continuar

Volvemos sobre nuestros pasos con un cielo nublado que es una bendición, ya que el camino no se prodiga mucho en sombras. Antes de alcanzar el coche, un pequeño desvío a mano izquierda nos lleva al Tunnel Arch primero y el Pine Tree Arch después.

El primero es un mirador inferior hacia un gran agujero de contorno suavizado que atraviesa un bloque de piedra. Lo que más destaca es como el intenso azul del cielo asoma por su abertura.

Tunnel Arch, dejando ver el cielo

El segundo, el Pine Tree Arch, es toda una sorpresa. Siendo posible una vez alcanzada su base poner los pies literalmente dentro de él, es enorme y destaca sobre el resto del paisaje en el que la naturaleza tuvo el capricho de dejar que se formara.

Pine Tree Arch, ¿entramos?
Entremos pues
Contrastes de colores en este no tan popular arco

Regresamos, ahora sí, al aparcamiento del Devil's Garden Trailhead. Está muy cerca de colgar el cartel de completo, así que conviene visitar esta zona temprano. El termómetro marca casi 23 grados centígrados pero, a pleno sol y sin viento que venga en nuestra ayuda, el sudor ya empieza a ser abundante.

Si nunca habéis cantado "Play that funky music" mientras recorríais carreteras desérticas de Utah, apuntadlo en la lista de cosas que hacer antes de morir. Y sí, la idea la cogimos de ese pequeño secreto que es la película Evolution.

Unas pocas millas y un aparcamiento a mano izquierda nos deja en el inicio del camino a dos arcos: el Broken Arch y el Sand Dune Arch. Es el segundo, mucho más cercano, el que nos interesa, muy poco conocido pero con algo que lo distingue de todos los demás: está escondido en un pequeño cañón al estilo Antelope Canyon por cuyo estrecho pasillo hay que avanzar hasta alcanzarlo. Llegamos tras unos pocos metros, y el lugar es precioso. Pisando arena muy fina, el pequeño arco se exhibe como si fuera un cachorro al lado de la gran manada que son sus hermanos mayores.

En busca de Sand Dune Arch
Coqueto y entre las sombras
Verás qué de arena cuando me descalce...

Terminamos con la zona más al norte de Arches y regresamos hacia el sur para, esta vez sí, encontrar el desvío a The Windows. Está perfectamente señalizado, realmente debíamos estar extasiados con las vistas cuando lo hemos pasado de largo en dirección contraria. Alcanzamos el aparcamiento más cercano al Double Arch, y ya desde aquí la vista es impresionante, una de las mejores panorámicas del parque.

Double Arch, un poco a la derecha de eso con forma de... de...

La aproximación hasta este desafío a la gravedad tampoco desmerece. A mano derecha, dejamos una pequeña abertura en la roca con la pronunciada y peligrosa cuesta por la que River Phoenix, vestido de boy scout e interpretando a un joven Indiana Jones, huía de unos cazatesoros en la secuencia inicial de Indiana Jones y la Última Cruzada.

Indy, huyendo de los cazatesoros
Tan grande que merece la pena contemplarlo por el camino

Un poco más cerca ya del mastodóntico doble arco, un clon de Steven Spielberg nos hace unas fotografías. Y claro, quedan de cine, como no podía ser de otro modo.

Un par de personas dentro que sirven de referencia
Ya que estamos aquí, lleguemos hasta él

Llegamos al interior del arco. Es de tal magnitud que hasta cuesta percibir su tamaño real, resultando menos impactante que en los metros previos a introducirse en él. Girando la vista tenemos una buena panorámica de la zona de The Windows, a la que nos vamos a dirigir en unos minutos.

Sí, él también
Las vistas desde el interior del Double Arch

Nuestra última visita fotográfica en Arches National Park consiste en recorrer el camino que pasa junto al Turret Arch, la South Window y la North Window, por ese orden. Solo nos acercamos hasta la base del tercero, en cuyo interior ya estuvimos hace dos días disfrutando de la puesta de sol. En el centro del triángulo que conforman los tres fenómenos, la panorámica de 360 es de las que no tienen comparación, con un Double Arch en la distancia como invitado de excepción.

Las distintas etapas de la formación de un arco
Turret Arch...
... y frente a él, The Windows

El atracón de fotos de esta mañana es de los que hacen época. Paseando por Arches uno no sabe cuándo debe dejar de pulsar el disparador.

De nuevo alcanzando la North Window
El tamaño de la ventana es impresionante
Mini ardillas correteando dentro de la North Window

Antes de despedirnos de otro hito en el camino, pasamos unos minutos en el Centro de Visitantes. Las fotografías expuestas de la Vía Láctea junto a los arcos son de las que dan envidia, y mucha. No consigo ni un dedal ni un marco de fotos decente, objetos para los cuales me instan a visitar las tiendas de regalos de Moab. Sí me llevo otro imán de nevera para la colección, y el premio de consolación para L al posar junto a una réplica de cartón piedra del Delicate Arch.

En un video que se exhibe en el pequeño museo del Visitor Center, recibimos la mejor y más accesible de las explicaciones posibles acerca de la formación de los arcos. Un emocionante relato de 15 minutos en el que intervienen inundaciones, grandes depósitos de sal, sedimentos, lluvias ácidas y mucha paciencia para dejar pasar millones y millones de años.

Se acabó Arches, y los foreros que insistían en que lo incluyéramos en la ruta tenían razón. Es mucho más atractivo de lo que parece cuando se resume como "El parque de los arcos de piedra", ofrece un paisaje y atractivos que lo desmarcan de cualquier otro, y además se puede visitar con total tranquilidad en tan solo un día o día y medio. Las posibilidades de fotografía astronómica que ofrece son infinitas, y si viviera cerca de aquí no habría un año en el que no renovara el pase anual para poder entrar cuando quisiera.

Haciendo caso al consejo recibido en la tienda de regalos de Arches, nos detenemos en el tramo de la Main Street de Moab donde están concentradas la mayoría de Gift Shops. No tenemos suerte con los marcos para fotografía, y L está a punto de obrar el milagro cuando su sombrero favorito, ese que se arrepiente de no haber comprado en Grand Teton, está en una de las tiendas y todavía más barato... pero no hay tallas para ella. Consigo un dedal, aunque bastante austero. Para terminar, vemos matrículas de Utah y Arizona como las que compré en Jackson Hole pero algo más baratas, entre 8 y 10 dólares en lugar de los 15 que pagué en aquel hervidero turístico.

Me pongo al volante y decimos adiós a Moab. L se descalza aprovechando sus horas de copiloto y descubre bajo sus calcetines la mitad de la arena de Arches National Park. Son las 14:45 cuando nos hemos puesto en marcha y a las 15:00 ya estamos pasando de largo Hole N'' The Rock, una vivienda ubicada en el corazón de una gran roca y que, a L y a mí, nos parece una tontería bastante forzada como reclamo turístico.

Pasamos de largo el desvío a Needles Overlook, un mirador muy prometedor al sur de Canyonlands National Park pero cuyo acceso se encontraba aquí, en la otra punta del parque, por lo que el tiempo necesario para visitarlo no terminaba de encajar en ninguna de nuestras jornadas por la zona. Pasamos la ciudad de 2.000 habitantes Monticello, y un cartel luminoso nos informa de que ya son 222 los coches dañados por atropellar un ciervo, instándonos a ser prudentes si no queremos ser el 223.

A 70 millas de nuestro destino giramos para tomar la US 191. Paramos en una gasolinera Mobil ya regentada por indios navajos y repostamos 20 dólares a razón de 3,70 dólares el galón. Pocos minutos después las gasolineras ya elevarían el precio hasta los 3,84 dólares por galón.

Pasamos de largo el desvío hacia Four Corners. Durante un tiempo fue un posible punto en la agenda de nuestro viaje con el objetivo principal de imitar a Skyler White en Breaking Bad, ya que el monumento en sí tiene cero interés natural al basarse únicamente en fronteras políticas establecidas por el ser humano. Sin embargo, sumar 76 millas a nuestro recorrido entre la ida y la vuelta era un precio demasiado alto a pagar.

Cruzamos las cuatro casas de Bluff. Sí, el nombre es correcto, y lo más sorprendente no es eso si no que esas cuatro casas, según la Wikipedia, alojaban en el censo del año 2.000 un total de 320 habitantes.

El cielo, inicialmente nublado tal y como vaticinaba la previsión del tiempo en este rincón de Utah, empieza a abrirse según nos aproximamos desde el noreste a Mexican Hat. Pasamos antes el que sería el desvío a Goosenecks State Park, otro parque estatal a pagar por separado y cuyo principal atractivo es un nuevo meandro, esta vez formado por el curso del Río San Juan. Sin embargo, lo justo de nuestro horario sumado a haber visto ya un meandro de pago ayer en Dead Horse Point y a que la madre de todos los meandros nos espera mañana nos lleva a la decisión de descartarlo.

La tarde llega nublada, al igual que hace tres años

Tras unos cuantos metros recorriendo un austero camino de tierra que podría servir de entrenamiento para el circuito de Monument Valley, llegamos a los pies de Mexican Hat. Una curiosa estructura de piedra cuya forma da nombre al cercano pueblo, en el que un ancho bloque se mantiene en equilibrio en lo más alto aportando la ilusión -tras echarle mucha imaginación- de que se trata de un sombrero mejicano. En dicho pueblo, el cual creíamos iba a ser mucho más grande, numerosos viajeros hacen noche para su estancia en la zona y aprovechan para degustar las carnes de un popular restaurante con una "barbacoa balanceante".

Mexican Hat
Aparcamiento con vistas

El día sigue gris, y el recuerdo de tres años atrás cuando una tormenta nos sacó a patadas de la zona se hace más intenso. No obstante, el paisaje que ofrece el cielo amenazante tiene un toque apocalíptico que le viene muy bien al escenario.

Empieza la magia a 15 millas y 23 minutos de nuestro destino. No tarda en aparecer La Recta, que es como nosotros conocemos a ese tramo de la carretera 163 que desciende libre de curvas hasta las mesetas que forman la reconocible postal de Monument Valley. En algún sitio específico de este tramo es donde Forrest Gump decide dejar de correr porque "está cansado". Supuestamente -juro haber visto fotos- hay un pequeño cartel que lo señaliza, pero soy incapaz de encontrarlo.

En un apartadero cualquiera de La Recta, nos espera el mismo circo de siempre. Llegar cuando no hay prácticamente nadie, y que a los pocos minutos estemos rodeados de gente que ha seguido nuestros pasos y espera su turno para colocarse en posición. Eso, sumado a la alerta constante por si vienen coches en una u otra dirección que obliguen a salir corriendo cámara en mano hacen que la experiencia sea agobiante y apenas disfrutes el momento. Pero el recuerdo que consigues es de los que no tiene comparación. En cualquier caso, la luz de la tarde no es la más adecuada para el lugar y si el tiempo lo permite mañana volveremos hasta aquí.

La Recta. Aquí de nuevo.
Este sitio es mágico, también en una segunda visita
Que se pare el tiempo...

La señal que indica el paso de Utah a Arizona a tres millas de Monument Valley no es digna ni del estado, ni del lugar. Un cochambroso cartel que bien podría ser el desvío para una carretera privada o un restaurante de mala muerte.

Llegamos a las taquillas del Monument Valley Navajo Tribal Park, el cual al ser gestionado completamente por la comunidad de indios navajos no está incluido en el pase anual de Parques Nacionales. Pagamos los 20 dólares por vehículo, una tarifa mayor a la de hace tres años cuando el importe era de 5 dólares por pasajero. Y al fin estamos aquí.

Cuando empezamos a planificar este viaje, el lugar donde pasar la noche de hoy no admitía ningún tipo de dudas. Nuestro paso anterior por Monument Valley fue atropellado, con un ojo constantemente sobre el reloj y para colmo sorprendido por una tormenta que nos obligó a abortar la visita sin disfrutar de todo lo que ofrecía. Una manera de minimizar el riesgo de que se repitiera la historia era dormir lo más cerca posible de aquí, para así contar con dos balas en la recámara: la tarde de la llegada y la mañana de la salida. Y no hay sitio más cercano que The View Hotel.

The View Hotel es un establecimiento literalmente dentro de Monument Valley. Igualmente administrado por los navajos, el edificio cuenta con tres plantas de habitaciones cuyas terrazas apuntan siempre en la misma dirección, que no podía ser otra que la imagen principal del valle. Observar desde sus barandillas los primeros y últimos minutos del día es algo impagable. O lo era hasta que construyeron el hotel y establecieron unas tarifas que, como es de suponer, no son baratas.

247 dólares por noche cuesta una habitación en la más inferior de las plantas. Obviamente la habitación más cara de cuantas hemos pagado por este viaje, siendo unos 190 euros en el momento de la reserva a través de su web oficial y con varios meses de antelación para evitar encontrarnos todo el alojamiento completo. Veníamos preparados para encontrarnos con un hotel que, lejos de justificar su precio con unas buenas instalaciones, viviera únicamente del atractivo de su ubicación y valor turístico y fotográfico. Pero por fortuna, no fue así.

Aparcamos algo lejos de la entrada al lobby principal, para luego descubrir que frente a ella se habilitan unas plazas especiales de aparcamiento para los 15 minutos máximo del trámite de entrada y salida. El trámite de entrada es correcto y amable, sin percibir todavía esa supuesta sequedad en el trato de los navajos. Llegamos a la habitación, la cual casualmente y tras recorrer un largo pasillo se encuentra a pocos metros de la salida de emergencia más cercana a nuestro vehículo. Lo amplio de la estancia, la decoración y el mobiliario ya nos sorprende para bien. Y claro, entonces llega el momento de abrir las cortinas.

A veces las expectativas, por muy altas que sean, se cumplen. Eso es lo que ocurre con las vistas desde una habitación de The View: tras ladear ligeramente la cabeza hacia la izquierda, tenemos línea de visión directa a los "Mittens", esas mesetas a veces más anchas a veces más estrechas que cortan el paisaje desértico. Tener tu propia parcela privada durante unas horas apuntando a algo así, no se puede describir con palabras. Lo único que se puede hacer para ser digno de ello, es aprovecharlo todo lo posible. Y eso es lo que hago desde el instante cero.

Vine por las vistas
Él vino por la comida

Cámara. Trípode. Intervalómetro. Pruebas y más pruebas. Disparar hasta el fin de los tiempos y más allá. Mientras nos vamos a inspeccionar el hotel, dejo programado un disparo a cada minuto con el fin de conseguir lo que, espero, sea mi primer y memorable timelapse, un video compuesto de imágenes espaciadas en el tiempo y que muestre de forma acelerada como la luz y la posición del sol aporta vida a la escena.

Canon, haz tu trabajo

Entramos al restaurante del propio hotel para consultar las opciones para cenar. La primera impresión es obviamente cara, pero jugando con la oferta se puede conseguir que el precio final sea algo menos excesivo. Por ejemplo, varias opciones del menú incluyen un viaje hacia el buffet de sopas y ensaladas, con lo que aunque de forma encubierta ya estamos hablando de primer y segundo plato. Pasamos también por la tienda de regalos, donde sumo un dedal a la operación y recibimos un trato ya más en la línea de la fama de los navajos, con una gruesa chica que no se digna ni a levantar la mirada para atendernos.

Las habitaciones de The View, desde la terraza principal

Volvemos a la habitación, en la que observo con alivio que los golpes de viento desde la terraza principal del hotel no han llegado hasta aquí provocando un desastre. Observamos los últimos atisbos de luz con nuestros propios ojos, mientras la cámara sigue a lo suyo. El resultado final, por ahora, es bestial, y las ganas de intentar construir con ello el ansiado video fotograma a fotograma no hacen más que aumentar las expectativas. Todavía podemos ver los faros de algunos coches que están recorriendo el circuito escénico, ese que hace tres años debimos interrumpir y cuya espina esperamos poder sacarnos en el día de mañana.

Inmortalizando el atardecer...
... con la esperanza de conseguir mi primer timelapse

Nos vamos a cenar. Parece que las 20:00 es la hora perfecta para entrar directamente y evitar tener que esperar a que una mesa quede libre. Pedimos dos de los platos especiales que incluyen un viaje al buffet. De dicho buffet nos traemos una taza de riquísima sopa de arroz y pollo y un plato dividiendo el protagonismo entre una completa ensalada con varios condimentos y, la gran sorpresa de la noche, la mejor ensalada de patata que jamás hayamos probado. Solo este plato ya nos llena, y nos tememos lo peor al ver pasar a varios camareros con vajillas del tamaño de uno de los Mitten. Todo ello acompañado de una cerveza negra sin alcohol (como todo en este hotel) que pasa a la historia como la primera de este tipo que no me causa repulsión.

Lágrimas en los ojos recordando esa ensalada de patata

Llegan los platos principales. Mi "Clint Eastwood Fried Chicken" es solo ligeramente excesivo, y está rico. La "Navajo Burger" de L ya es otro cantar: para envolver sendas hamburguesas, parecen haber agotado todas las existencias de un extraño y aceitoso pan similar al pan de pita. La cantidad del banquete iguala o supera al de nuestra anterior experiencia con la gastronomía navaja en Tuba City, con un desayuno que ni entre cuatro pudimos terminar.

¿Pan de pita en territorio Navajo?

Nos llevamos una "doggy bag" con algunos restos de pollo rebozado, patatas fritas y patata al horno, y pagamos de buen grado los 38 dólares que se convierten en 44 al incluir la propina. Dado el escenario con vistas al parque desde los ventanales del comedor y la cantidad y calidad de la comida, creo que no es tan caro como cabía esperar.

Descubro el problema de la conexión wifi del hotel, a la cual no hemos conseguido conectar todavía pese a ver gente con móviles y tablets en la recepción. A través de los ajustes de Android, cambiamos la frecuencia de conexión de "Automático" a "Solo 2,4 GHz", y en un instante estamos conectados. Eso sí, la afortunada situación de nuestra habitación alejada de las zonas comunes, tiene la contrapartida de que la cobertura wifi no llegue hasta ella. Así que pasamos un rato en un vestíbulo que sería perfecto de no ser por el monótono y cargante hilo musical de música tradicional navaja solo a la altura de joyas como Björk.

Terminando la jornada en el vestíbulo de The View

Al terminar vuelvo al cuarto, donde L enseguida se va a dormir tras programar la alarma minutos antes del amanecer, pero yo todavía aguanto una hora más para intentar sacar más partido a la terraza. La media luna que ilumina parte del paisaje no es la mejor compañía para fotografiar las estrellas junto a los Mitten, pero hago lo que puedo. Y ahora sí, a dormir rodeados de la magia.

... y esto es lo mejor que salió