Canyolands, Dead Horse Point y descanso en Moab

Día 8 | 3 de septiembre de 2014

Mapa de la etapa 8

Atrás quedan ya los primeros días en los que, debido a la adaptación al nuevo horario, nos levantábamos de la cama a horas ridículamente tempranas. En este octavo despertar en los Estados Unidos, no es hasta las 8 de la mañana cuando nos dirigimos a la planta baja para probar los desayunos del Sleep Inn Moab.

La sala habilitada para el desayuno es pequeña, tanto que nos vemos obligados a llevarnos nuestras bandejas al vestíbulo para disfrutarlo con la ayuda de unos sofás alrededor de una mesita. Tenemos las ya clásicas tostadas, bagels, cereales, mermeladas y quesos para untar... y destacan dos cosas, una mala y la otra buena. La mala es el zumo de naranja, que parece agua aromatizada a una temperatura tal que un pingüino la pasaría por el microondas. La buena es el café al que le podemos echar, en lugar de las típicas dosis de crema, auténticos cartones de leche desnatada. Tras varios días tomando sucedáneos de leche, esto es un lujo que se nota en el paladar.

Compro en recepción la cuarta postal del viaje, pero todavía no tengo suerte con el envío. Habilitan aquí para los huéspedes un buzón de "Correo saliente", pero no les quedan en el mostrador sellos internacionales así que tendré que conseguirlos por mi cuenta. Aprovechamos la digestión del desayuno para dar un paseo por la sala de lavadoras, la piscina y el spa del hotel, que no es más que una pequeña sala climatizada con una bañera de hidromasaje de agua caliente... pero resulta terriblemente apetecible.

Regresamos a la habitación y, con tantos días de viaje, ocurre lo inevitable. Desde siempre, L arrastra algún tipo de problema estomacal que ningún médico ha podido o querido diagnosticar correctamente. Cuando el dolor aparece se le palidece la cara, empieza a sudar y tiene que pasar largos ratos en el servicio. Eso ocurre ahora, y nos demora una hora nuestra salida para iniciar la jornada de hoy sin nada que podamos hacer para evitarlo.

Aprovechando la imprevista espera probando la aplicación de Skype para Android y resulta funcionar a la perfección, lejos de lo inestable que resultaba en sus primeras versiones. Tanto mis padres como los de L quedan asombrados con la calidad del sonido, a años luz de la del micrófono del portátil que sufrieron en nuestra primera llamada.

Ahora sí, nos ponemos en marcha cuando deben ser alrededor de las 10:00. Para esta mañana, el plan es visitar el otro Parque Nacional que tenemos a tiro de piedra de Moab, menos popular que el de Arches. Se trata de Canyonlands National Park, y en su mayoría consiste en una plataforma de tierra elevada que en algunas zonas alcanza los 2.200 metros de altura y desde la cual se habilitan infinidad de miradores a los terrenos colindantes, destacando varios imponentes cañones y formaciones por el río que intentan competir con el siempre popular Gran Cañón del Colorado.

Ganando altura por una cómoda carretera

Con los ánimos bajos por el estado físico de L, se hacen un poco largos los 20 minutos de ascenso desde la carretera principal hasta la entrada del parque. Las curvas no son tan fieras cuando las estudias a través de imágenes vía satélite, ya que la calzada es lo suficientemente amplia para evitar vértigos. Alcanzamos el cartel y, como en todo National Park, cumplimos religiosamente con el trámite de inmortalizar el momento.

Y con este van cuatro, quedan dos

Al pasar por la taquilla conmigo al volante y entregar el Annual Pass junto al pasaporte de L, tenemos otra vez el típico comentario sobre qué poco me parezco a la foto, si me he cortado el pelo, etc. Paramos durante cinco minutos en el Visitor Center, que se divide en una mitad izquierda al estilo de un museo con maquetas, carteles y explicaciones varias sobre el parque, y otra mitad consumista con los ya habituales artículos de recuerdo, libros y demás.

Empezamos el recorrido de los cuatro miradores que tenemos apuntados en la lista de paradas obligatorias. Aunque ya estaba previsto, las circunstancias refuerzan todavía más el tomarnos la jornada en clave de descanso físico: nada de senderos y solo conducir de aparcamiento a aparcamiento para visitar los miradores. Las excursiones del parque se cuentan a decenas y algunas de ellas pueden ser alucinantes, con la posibilidad incluso de descender hasta los pies del cañón, pero ni nuestros pies, ni el estado físico de L ni el calor con el que ha empezado el día son los más adecuados para intentarlo.

Recorremos una carretera serpenteante hasta el desvío que alcanza el Green River Overlook, pasando de largo unos minutos antes el abarrotado aparcamiento de Mesa Arch al que volveremos más adelante.

Lo que nos encontramos nos eleva los ánimos, y cómo no iba a hacerlo. Las vistas desde este mirador son imponentes y, al igual que ocurre con el Gran Cañón, no hay fotografía que le haga justicia y retrate debidamente la sensación de inmensidad fruto de la altura desde la que contemplamos un enorme cañón que se adentra en la superficie. Es un exponente perfecto de lo que aquí en Canyonlands denominan "Island in the Sky" (Isla en el cielo): nos sentimos como si estuviéramos asomados en la cubierta de un barco que nos está llevando de crucero a 2.000 metros de altura.

Green River Overlook, lo mejor de Canyonlands

El mirador "oficial" tiene habilitadas una serie de barandillas de madera que pueden no ser del gusto de todos, pero basta con caminar unos metros hacia la derecha para obtener el balcón definitivo: una pequeño saliente sin ninguna medida de seguridad que obstaculice la vista. Este va a ser, cuando lleguemos a las conclusiones, nuestro momento preferido en el Canyonlands National Park. La guinda la pone el hecho de que la altura ganada haya conseguido bajar la temperatura unos grados, sumado a la aparición de una constante brisa inestimable para combatir el calor.

Una gran caída de altura que no se aprecia en las fotos
No se pierde una...
El saliente a mano derecha, mejor que el mirador
Estas aceras serán todo lo que caminemos hoy

Continuamos hacia el sur hasta alcanzar el final de la carretera del parque, donde se encuentra uno de los miradores principales. El aparcamiento de Grand View Point Overlook está tan concurrido como el propio lugar, el cual ofrece vistas a una superficie mucho más abierta y extensa que el mirador de Green River. Lo mejor para disfrutar este punto es caminar parcial o totalmente el sendero de una milla hacia la derecha que pasa junto a una serie de precipicios, vigilados al fondo por una colosal pared cuya roca rojiza cae en un ángulo perfecto. Las vistas al asomarse a un metro o menos de una muerte segura son de las que imponen.

Disfrutando del paisaje rumbo al sur
Grand View Overlook
Más altura impresionante
Miedo no, respeto sí
No apto para torpes
Bruscas caídas de piedra a mano derecha
Buscando un poco de perspectiva...

Comenzamos ahora la vuelta hacia el norte, parando primero en Buck Canyon Overlook aprovechando que cae en nuestro lado de la carretera. Nos encontramos otro ángulo de visión hacia el cañón, con más paredes verticales y alguna meseta en el horizonte que recuerda a Monument Valley. Pronto, pronto...

Gorrillas, por todas partes
Buck Canyon, curioso por su forma alargada
Más mesetas en este mirador

Aquí en Buck Canyon sufrimos la compañía de unos moteros franceses que espantan a los cuervos, se dan voces unos a otros y se tiran entre carcajadas sonoros pedos mientras contemplan las vistas. Con la de moteros nobles que hay, nos han ido a tocar los más gilipollas que están de visita en Utah.

Acabamos con lo que debería ser otro punto álgido de la jornada, pero afectado negativamente por visitarlo a una hora que no es la más adecuada. Mesa Arch es un lugar recurrente en portales y foros de fotografía, especialmente cuando buscamos imágenes del amanecer. Por eso a nuestro paso anterior el aparcamiento parecía lleno, y por eso ahora que el sol ya hace rato que empezó su turno queda espacio libre de sobra.

No tan cerca del aparcamiento como creíamos, nos toca recorrer medio kilómetro hasta alcanzar el arco por un sendero de arena. Arena traicionera que provoca que L dé con sus huesos -con uno muy concreto allá donde termina la espalda- en el suelo, dándose un golpe cuyo dolor todavía no habrá remitido completamente incluso pasado un mes. Desde luego, las últimas 24 horas deben estar cubriendo el cupo de infortunio que debamos pagar durante el viaje.

Llegamos al ancho arco a través del cual pueden verse tanto el cielo como la elevación del terreno, y no sé si fruto de que la luz ya no es la mejor o porque todavía estoy algo asustado tras creer que la lesión de L podía ser más grave, pero me decepciona levemente. Es uno de esos sitios que, con la cantidad adecuada de retoques fotográficos, resultan mucho más vistosos en la ficción que en la realidad. Nos sorprende aquí una fuerte tormenta de arena de la que debemos resguardarnos y que casi acaba con la gorra de L haciendo un "adiós mundo cruel" más allá del arco.

La llegada a Mesa Arch, caída mediante
Mesa Arch, sin el aliciente del amanecer
A los pies del arco
Disfrutando de la brisa
Vistas al cañón asomándonos a través del arco
Fotos desde todos los ángulos
Constante pero discreto ir y venir de turistas

Termina aquí nuestro tiempo en Canyonlands. La conclusión es que es un lugar muy recomendable para dedicar una mañana lejos de los largos senderos, centrándose en saborear todos y cada uno de los paisajes. Una visita recomendada si hay que pagar los 10 dólares de la entrada, y obligada si estás en la zona y tienes un pase que te permita el acceso sin coste añadido. Aprovechar un mejor clima y condición física para hacer uno o varios recorridos a pie seguro que ensalza todavía más la experiencia.

Todavía no es el momento de regresar hacia Arches y su campamento base en Moab. Antes, sin perder todavía toda la elevación conseguida y al poco tiempo de haber abandonado Canyonlands, nos desviamos hacia la entrada del Dead Horse Point State Park. Al ser un parque estatal y no nacional, esta vez de nada sirve el pase que nos ha estado abriendo todas las puertas. Debemos abonar los 10 dólares de la entrada y recibir a cambio luz verde y un folleto que intenta vender el parque como un gran abanico de paisajes y puntos de interés... cuando en realidad, la gran mayoría de sus visitantes viene buscando una sola cosa.

Previa parada en un cuidado y modesto Visitor Center, llegamos al mirador de Dead Horse Point. Nos espera aquí un meandro formado por la erosión del río Colorado, que cuando hablamos de fenómenos geológicos y geográficos parece estar en todos los fregados. La vista es interesante, distinta a la de un Horseshoe Bend con el que no se puede evitar la comparación. Aquí la vista es menos cenital y el mirador está mucho más protegida que en el archiconocido meandro de Arizona.

Dead Horse Point, el meandro de Utah
Apurando las últimas vistas del día
Especial hincapié en la formación por capas

A mano derecha y escasa distancia a pie del mirador podemos observar otro de tantos paisajes únicos, con unas curiosas extensiones de color azul intenso que resultan ser minas de potasa. Las paredes cercanas dejan ver perfectamente, a través de capas, las edades de la tierra. Vuelve a nuestra mente el recuerdo de una de las mejores escenas de la reedición de Cosmos presentada por Neil DeGrasse Tyson.

Geología en su máximo esplendor
Neil DeGrasse García
Dominio de marrones irrumpido por la potasa

Esto es todo lo que queríamos ver en Dead Horse. Es el momento de decidir en qué invertir toda la tarde que tenemos por delante, y hay que saber cuando frenar. El cansancio acumulado, sumado al variado infortunio que ha arrastrado una L todavía dolorida en los últimos dos días, nos lleva a la decisión de despejar completamente el resto de la jornada. Ni volveremos a Arches (del que todavía quedan arcos por ver, pero todos más recomendables por la mañana), ni recorreremos varias millas de la ruta escénica cercana a Moab que nos habían recomendado. En su lugar, ponemos rumbo al hotel donde poner la segunda lavadora del viaje y aprovechar la ocasión para disfrutar esa piscina y jacuzzi tan prometedores que hemos descubierto esta mañana.

El descenso desde las alturas en las que se encuentran Canyonlands y Dead Horse hacia la carretera de entrada a Arches y Moab viene acompañado con un aumento de la temperatura de varios grados. Antes de completar nuestro regreso paramos primero en la oficina de correos de Moab, en la que por fin consigo los cuatro sellos necesarios para enviar las cuatro postales que llevo acumuladas. 1,15 dólares por cada sello internacional. La segunda y última parada es en el supermercado City Market, donde resolvemos el "shampoogate" comprando nuevamente gel y champú. Aprovechamos las circunstancias para llevarnos más agua y algo que cenar más tarde sin salir de la habitación.

El calor aprieta ahora más que nunca, con el mercurio por encima de los 36 grados centígrados. Llegamos al hotel a las 16:00, todavía con margen suficiente para recuperar fuerzas durante la tarde. Nos comemos los sándwiches de pavo que habíamos preparado antes de salir, sacamos el bañador de la maleta y bajamos con un buen montón de ropa sucia hacia la lavandería.

Programamos los 32 minutos de lavado por 1,25 dólares, como siempre aprovechando el detergente y suavizante de nuestro primer día en Walmart. Salimos a la piscina, en la que solo hay dos personas charlando en una de las mesas junto a ella. Me meto sin pensarlo mucho y el agua está mucho más fría de lo que esperaba, lo cual añadido a que la piscina parece estar instalada en un túnel de viento hace la experiencia menos placentera de lo que anticipaba.

Pues hace más frío del que esperaba...

Así que nos dirigimos al jacuzzi. Porque por mucho que en la puerta el hotel lo anuncie como spa, eso es lo que es: un jacuzzi en una pequeña sala aislada térmicamente y con un par de sillas de jardín y, eso sí, un bonito mural de Arches rodeando toda la estancia. Nos metemos dentro... y en ese momento sí que siento como mi yo interior abandona su cascarón físico y se eleva a los cielos. El agua está hirviendo, pero para entonces mis terminaciones nerviosas también se han ido de vacaciones. Ni la pequeña interrupción para programar los 45 minutos de secado por 1,25 dólares consiguen boicotear una tarde que empezaba a ser necesaria. Salgo de la sala del jacuzzi al cabo de prácticamente hora y media. Como nuevo, pero eso sí, con los ojos sollozando por el exceso de cloro.

Termina el secado, y esta vez va a tocar una sesión doble ya que las prendas más gruesas todavía están algo húmedas. Mientras se completa esta segunda tanda subimos el resto de la ropa y ponemos orden en el equipaje, dejando ya la indumentaria para el frío al fondo de las maletas. Lo hacemos en compañía de Full House (Padres Forzosos) en la televisión, descubriendo lo fácil que es seguir los diálogos de Danny, Joey y el tío Jesse en versión original.

El día termina con la cena adquirida en City Market y la compañía del último episodio de MasterChef USA. La ensalada que se trajo L tiene muy buen aspecto, y el burrito que he traído yo pica como el demonio gracias a los jalapeños. Nada que una limonada de Minute Maid comprada en las máquinas expendedoras del hotel no pueda aliviar.

Nos vamos a dormir a las 21:15, en mi caso con heridas en los talones por la rozadura de las botas desde que empezamos a recorrer Arches. Mañana toca despedirse a lo grande del parque de los arcos y dar un salto hasta el escenario de la próxima noche, que promete ser muy especial.