Arches: Park Avenue, Balanced Rock, Delicate Arch y The Windows

Día 7 | 2 de septiembre de 2014

Mapa de la etapa 7

Por primera vez en la semana que llevamos de viaje, hemos conseguido dormir sin los tapones para los oídos. Un hecho curioso a tenor del puñado de trenes que han pasado durante la noche por una estación cercana al hotel dando buena cuenta de sus bocinas. El cansancio y la modorra que provocaron las más de cuatro horas seguidas al volante para alcanzar Evanston pudieron con todo.

Esta vez toca escribir a primera hora la etapa del día anterior, ya que en las condiciones mentales con las que llegamos a Evanston la noche anterior escribir algo coherente no era la mejor de las ideas. En el proceso de copia de seguridad de las fotos llego, mucho antes de lo previsto, al temido momento: me he quedado sin espacio libre. Con una sola copia completa en el disco duro de 500 GB integrado de mi portátil, ni el lápiz USB ni una tarjeta SD secundaria de 16 GB son suficientes para copiar todo el material acumulado. Y eso que día a día me he dedicado a comprimir los videos, comprimir los JPG y hacer una criba muy profunda de los archivos RAW, que son el aspecto más problemático.

El exterior del Quality Inn Evanston

Nos dirigimos al comedor junto al vestíbulo del Quality Inn para disfrutar de ese desayuno incluido en la reserva. Nos encontramos una variedad muy similar a la de nuestra primera mañana en Pocatello: máquina de gofres, tostadas y bollería, cereales entre los que se encuentran mis preciados Fruit Loops, etcétera.

Y el correcto comedor para desayunar

Son las 8:41 cuando nos ponemos en marcha, desplazándonos primero una milla en dirección opuesta a nuestro próximo destino para detenernos en un Walmart y hacer unas compras de emergencia, siendo la más importante una solución a la falta de espacio digital.

Alcanzamos el Walmart pese a los intentos de Alicia (sí, nuestro GPS tiene nombre) de enviarnos a la acera contraria. Al entrar tenemos una sensación de "deja vú" respecto al año pasado en estas mismas fechas: empiezan a aparecer motivos de Halloween en los estantes más próximos a la entrada.

Se nota que es jornada laborable y primera hora de la mañana en el hecho de que tenemos los pasillos del hipermercado prácticamente para nosotros solos. Al alcanzar la sección de tecnología -previa parada por camisetas frikis, para no coger nada esta vez-, me encuentro con un dilema. Las tarjetas de memoria, además de caras, son una herramienta que luego no voy a amortizar en el día a día. Los lápices USB pueden tener mejor salida, si bien los precios por los de 64 y 128 GB duelen a la vista. Por una escasísima diferencia de 15 dólares respecto al segundo, puedo agenciarme un disco duro portátil Toshiba de 2,5 pulgadas y 1 TB de capacidad. A decir verdad, llevo tiempo tanteando la posibilidad de hacerme con un segundo Toshiba de este tipo (ya tengo uno como almacén de video en casa) y parece que ha llegado el momento de lanzarse. Por 75 dólares se viene conmigo.

Nos ponemos ya en marcha de verdad y enseguida abandonamos Wyoming para siempre o, por lo menos, en lo que a esta aventura respecta. Utah nos recibe con un vistoso cartel con motivos de esquí que no podemos fotografiar por no estar debidamente preparados cuando llega la frontera interestatal. No tardan en aparecer las primeras montañas rojizas, y tomamos durante varios minutos un tramo de autopista interestatal cuyos tres carriles y límite de 75 millas por hora, tras el atracón de vías de un solo carril del día anterior, nos saben a gloria.

Tras abandonar antes de lo que nos hubiera gustado dicha interestatal y atravesar un tramo de la siempre dispuesta a demorar tus planes "Road work", cruzamos la calle principal de un pueblo llamado Heber con un Walmart burlándose de nosotros a pie de asfalto. No importa, tampoco hemos perdido tanto tiempo en esa milla extra que tuvimos que recorrer por la mañana.

El desplazamiento de hoy se estima que será de cinco horas. Inicialmente, para el salto entre los parques de Grand Teton y Arches (separados por 533 millas) habíamos decidido reservar un día completo de carretera. Sin embargo, pensándolo mejor y en lo que a la postre fue la decisión adecuada, reajustamos la planificación para dividir la ruta en dos partes, dejando así una mañana más para Teton y una tarde para estrenarnos en Arches. Aplicando un poco de sentido común habíamos conseguido ganar un día de contenido turístico y no desperdiciarlo completamente al volante de un coche.

Preparado para el asalto...

A falta de tres horas para alcanzar nuestro destino empezamos a atravesar lo que en principio parece un pequeño pueblo, pero crece y crece hasta pasear junto a un colosal estadio. Resulta que estamos en Provo y nos observan más de 110.000 habitantes así que ni pueblo, ni pequeño. El estadio es el LaVell Edwards Stadium y en sus gradas 63.000 espectadores disfrutan del equipo de fútbol americano de la ciudad.

La carretera 6 en la que nos encontramos ahora se hace eterna, atravesando Utah en dirección sureste, subiendo, bajando montañas y repitiendo el ciclo una y otra vez. Los límites de velocidad van oscilando entre las 55 y las 65 millas por hora, y a estas alturas ya hemos agotado las cinco recopilaciones en CD que conforman nuestra discografía del viaje.

Pasado Helper, un conjunto de 2.000 personas que pensaron que un lugar entre montañas perdido de la nada era el mejor sitio en el que asentarse, cumplimos las tres horas de trayecto y hacemos una parada rápida para cambiar de conductor. El paisaje empieza a teñirse ya con algunas montañas lejanas que comparten la textura de las inmediaciones del Gran Cañón del Colorado.

Molinos de viento entre montañas

El terreno es cada vez más llano y desértico, se suceden las interminables rectas y el GPS inicia la cuenta atrás de 60 minutos para alcanzar las puertas del Parque Nacional de Arches. El termómetro marca 30 grados centígrados, por lo que desde que nos pudimos en marcha hace cuatro horas hemos ganado 28 grados de temperatura.

La más absoluta nada, primera parte

A las 13:50, a 50 minutos de Arches y con el sol de Utah elevando la temperatura hasta los 32 grados, comprobamos por primera vez que el aire acondicionado del Chrysler 200 cumple su cometido.

Quedan 30 minutos. Nada.

La más absoluta nada, segunda parte

Quedan 20 minutos. Nada.

Quedan 15 minutos. Aparecen mesetas rojizas más allá del Aeropuerto de Moab. Uno podría pensar que nos estamos aproximando a Monument Valley y, pese a ser en cierto modo así, aún queda algo más lejos.

Dos Parques Nacionales, un destino

Quedan 5 minutos. Las montañas de rojo intenso se encuentran ya junto a nosotros, tras haber superado el desvío que mañana nos llevará al Parque Nacional de Canyonlands y el Parque Estatal de Dead Horse.

El paisaje se tiñe de rojo

Y fin. Se hizo eterno, pero hemos conseguido terminar con esas temidas casi 10 horas que conformaban la mayor distancia a recorrer entre puntos de visita de nuestro itinerario. Con 34 grados centígrados y tras consumir nuestros sándwiches a la sombra de un Visitor Center que no permite introducir comida en sus instalaciones, entramos para inaugurar nuestra visita al Arches National Park, el "parque de los arcos de piedra".

Nos dirigimos directamente a un mostrador en el que pedir consejo a un Ranger sobre la hora adecuada a la que iniciar el camino hasta el Delicate Arch, sin perder de vista el objetivo de alcanzarlo antes del atardecer. Sus explicaciones son impresionantes, no solo respondiendo a todas nuestras dudas si no aportando alternativas, consejos y evaluando nuestra situación. Su pasión por el parque es contagiosa, y no es una excepción en el sentimiento general cuando hablas con estos guardianes de la naturaleza.

Regresamos al coche para untarnos brazos, piernas y cara con crema solar y estrenar nuestra andadura por Arches. Este es un Parque Nacional pequeño, por lo menos si lo comparamos con otros y especialmente con los que acabamos de visitar en Yellowstone y Grand Teton. Sin embargo, sus más reducidas dimensiones guardan infinidad de secretos, tratándose muchos de ellos de arcos de piedra que han ido formándose como consecuencia de un largo proceso de millones de años que podremos ir aprendiendo gradualmente gracias a las asequibles explicaciones distribuidas por todas partes.

Tras unas escasas millas ganando metros gracias a una fuerte pendiente, hacemos nuestra primera parada en Park Avenue. Tomando prestado el nombre de unas de las avenidas más conocidas de Nueva York, lo que encontramos aquí es ya toda una declaración de intenciones sobre lo que ofrece el parque. Te podrá gustar más o menos, pero lo que es innegable es que es... diferente. Tenemos aquí una no grande, sino más bien colosal pared de roca que se extiende metros y metros junto a un pequeño valle. El camino que aquí se inicia se extiende una milla en sentido único y permite descender hasta la base de la pared, pero ya desde el mirador en el punto de partida uno puede hacerse a la idea del lugar. O no, porque se trata de una de esas imágenes para las que el cerebro humano no está preparado. A cada minuto que pasa, el desplazamiento del sol provoca que el lugar cambie completamente gracias al color que adopta la luz reflejada en el muro.

Park Avenue en toda su extensión
El mirador junto al aparcamiento ya es recomendable
Las paredes se abren al fondo del paisaje
Nada mal para empezar en Arches...

Proseguimos la marcha recorriendo ahora un buen trecho hasta Balanced Rock. Lo que nos espera es un enorme y esférico trozo de roca que se mantiene en un aparentemente precario equilibrio sobre una base alargada. Tiene más gracia de la que parece a simple vista, e incluso a contraluz resulta muy fotogénico. Además desde aquí hay unas buenas vistas a la zona de las Windows, en las que se concentran un par de arcos y otras tantas "ventanas" formadas en paredes de roca. Regresamos tras unos pocos pasos al aparcamiento, en el que los más aprensivos con el calor toman instantáneas sin siquiera abandonar el aire acondicionado del vehículo.

Formaciones de todo tipo a lado y lado de la carretera
Hacia los pies de Balanced Rock
Balanced Rock, vista ¿frontal?
Balanced Rock, vista ¿lateral?
Los guardianes de la roca
La hora perfecta para no-verlo a contraluz
Por ahora Arches promete...

El altímetro del navegador GPS nos indica que estamos a 1.500 metros de altura, 100 por encima del techo de la isla de Mallorca que es el Puig Major. Algo difícil de imaginar cuando estamos atravesando en coche grandes llanuras desérticas, acompañados por un sol que eleva la temperatura hasta los 35 grados.

Se acerca el momento más esperado y a la vez el más temido de nuestro paso por Arches. Todavía no han dado las 17:00 cuando pasamos ante el aparcamiento del Delicate Arch Trail y, a la vista de que parece haber espacio de sobra, nos animamos a continuar por una carretera propensa a las inundaciones para alcanzar los miradores al arco delicado.

Desde el Lower Delicate Arch Viewpoint tenemos nuestro primer contacto visual con la estrella del parque. Un impresionante -no tanto desde aquí, claro- y estilizado arco de 20 metros de altura situado a 1.463 metros de altura. Desde esta posición, el arco se encuentra a algo más de un kilómetro de distancia y no parece que deba ser tan complicado alcanzarlo. Sin embargo, el cañón oculto entre él y el mirador provoca que el camino para llegar sea más rebuscado y exigente de lo que podemos intuir a simple vista.

Delicate Arch desde el mirador inferior
Sí, hasta allí pretendemos ir...

Nos quedamos ya en el parking desde el que se inicia el ascenso hasta él, casi una hora antes de las 17:30 que nos hemos marcado como momento en el que lanzarnos a su conquista. Bebemos, rellenamos y dejamos enfriar las botellas de agua con las que llevar los dos litros por persona que se recomienda en todos los carteles. Mientras esperamos desde la comodidad del asiento del coche y el aire acondicionado, disfrutamos del espectáculo de idas y venidas de los turistas.

El inicio de la penitencia
La foto de las indicaciones, muy premonitoria

Una pareja de japoneses se dedican a hacer entrevistas haciendo preguntas sobre el arco y el camino que lleva hasta él, siendo ahora el turno de una pareja de turistas alemanas con las que mantienen el coqueteo. Ellas dicen a cámara que se disponen a subir hasta él y que el sendero es duro, pero cuando se despiden arrancan el coche y desaparecen. Como dirían en "APM?": "Que no nos engañen, que nos están engañando...".

Aparece a lo lejos un hombre regresando hasta el aparcamiento a toda velocidad y equipado como todo buen runner. Su gorra y camiseta están encharcadas en sudor. El ser humano siempre buscando nuevas formas de morir a voluntad propia. Al cabo de un rato, llega una chica perfectamente uniformada para la ocasión y arranca a correr hasta perderse en la distancia. Todos locos.

En este aparcamiento, al igual que en todos los que vimos en Wyoming, siempre hay uno o varios cuervos pululando por entre los coches. Los cuervos -y estos son especialmente grandes- son los gorrillas de la red de parques nacionales.

Llegan las 17:30, nos damos una nueva capa de protección solar y toca narrar una experiencia agridulce. El siguiente fragmento de diario no ha sido construido a base de notas tomadas sobre la marcha para luego pasar a la redacción en forma de párrafos, así que su lectura puede ser algo más caótica y atropellada.

Con L muy preocupada sobre lo que se avecina desde que escuchamos las instrucciones del Ranger enfilamos el primer tramo que, tras superar una breve llanura, es ya un fuerte ascenso serpenteante por una vía de grava. A continuación se presenta otro tramo de camino más bien llano y bien aclimatado, y parece que la cosa marcha bien. Pero entonces llega el momento crítico.

Por ahora bien...

Si me preguntáis a mí, definiría el camino hasta Delicate Arch como "fácil, pero exigente". No tiene pérdida y en todo momento sabes dónde hay que pisar, pero el tipo de terreno, que al ser duro castiga las rodillas, y sobre todo su pronunciada inclinación ponen a prueba la capacidad y resistencia de cada uno. En cambio, si le preguntáis a L os lo definiría como "imposible". Y sería literal.

El tramo más largo, pesado y duro de los 2,4 kilómetros que separan el aparcamiento y el arco consiste en un enorme bloque de roca con una fuerte pendiente y ninguna sombra en la que protegerse. A un buen ritmo, superarlo puede llevar entre 10 y 20 minutos. A un ritmo más pausado, uno puede pasar aquí más de media hora expuesto al calor. La combinación de estos factores supera a L, que tiene en las fuertes y abruptas subidas su talón de Aquiles cuando se trata del senderismo. A medio camino apenas puede mantener un ritmo de respiración adecuado, y decido adelantarme hasta el siguiente cambio de rasante para indicarle con gestos si el esfuerzo termina ahí o bien queda más pendiente que superar. Asciendo el gran bloque y lo que me encuentro luego, si bien no es tan duro, para nada da a entender que el examen haya terminado. Así que le doy la señal acordada, y ella decide dar media vuelta y regresar al aparcamiento.

... la cosa va a peor...
... y aquí ya llego solo

Es una situación que no disfruto, y son contadas las ocasiones en las que por la diferencia de forma física nos hemos separado durante un tiempo. Pero tras tantos kilómetros, tanta documentación y preparación para ello, no concebía quedarme a solo kilómetro y medio de una de las joyas de este viaje. Por otra parte, las circunstancias me empujan a intentar hacer el recorrido del modo más rápido y eficiente posible, así que me pongo manos a la obra y empiezo a poner un pie frente al otro con todo el ímpetu que puedo. No llego al punto de empezar a correr, pero voy adelantando grupos que se lo toman con más calma.

Los últimos metros antes de la meta

Es algo que ya desde años atrás sorprendía a mis compañeros de gimnasio cuando me subía a la bicicleta estática. Soy el clásico informático sedentario que -y sé que debería- no acompaña su día a día con un ejercicio físico adecuado pero sin embargo, cuando las circunstancias me lo exigen o la adrenalina está presente, tengo una resistencia bastante alta a los esfuerzos prolongados. No soy explosivo ni puedo empezar a esprintar sobre las rocas como ese par de locos que hemos visto antes, pero puedo mantener un buen ritmo y, aunque por mi rostro y mi respiración parezca estar al límite, mantenerlo durante largo tiempo y recuperarme rápidamente. Así que sigo, y sigo, y sigo, y la segunda mitad del recorrido, mucho menos monótona que la primera y que finaliza con una estrecha pasarela entre una pared de piedra y un precipicio, llega a su fin. Y ahí está.

Delicate Arch desde el mirador superior

No es una sensación nueva. Pasas meses viendo una tras otra fotografías de un lugar desde todos los ángulos posibles, y cuando llegas a él y lo ves con tus propios ojos es una experiencia que no puedes anticipar. Ante mí tengo un sumidero de piedra en cuya orilla opuesta ve pasar las horas, impasible, el precioso Delicate Arch. Algo antes de las 18:30, el tono de la roca es ahora de un marrón claro que intenta fundirse con el azul del cielo.

Turnos y peleas por hacerse la foto en el arco
20 metros de altura imponen de cerca

Sin llegar a disfrutar completamente del momento por la falta de mi compañía, me las ingenio para retratarme con el arco gracias a la cámara, el trípode, y un intervalómetro que un compañero de trabajo me prestó para realizar timelapses y al que nunca estaré lo suficientemente agradecido. Luego camino hasta la base del arco, en busca de una experiencia más allá de la típica observación a él desde la orilla apuesta del embudo. No hay palabras, y las fotografías y videos que tomo son solo un mínimo vistazo de reojo a una imagen incomparable.

Esa mancha entre las columnas es un servidor
Buscando ángulos diferentes...
El techo del arco

Aquí, bajo los 20 metros de arco, oigo a cuatro chavales hablar en catalán. Miro al que parece el líder, le sonrío y le pregunto "D'on sou?" (¿De dónde sois?). El chico, que se llama Pau -una regla no escrita dice que todo niño catalán con el que te cruces en el extranjero se llamará Pau- me mira extrañado y tras unos segundos de tenso silencio me dice "What?". Yo me lo paso pipa por dentro, pero le vuelvo a sonreír y le digo que de dónde son, que yo soy de Barcelona. Pau se relaja y se ríe de la situación, y charlamos durante dos minutos sobre Sants -mi barrio-, Gràcia -el suyo-, y esa chica que no ha podido estar aquí conmigo y a estas alturas debe estar ya en el aparcamiento recuperando el aliento. Una chica que descansa apoyando la espalda sobre una roca me pregunta, con acento sudamericano, si estamos hablando en catalán o vasco. Ella es venezolana.

Un último vistazo...

En la alrededor de media hora que ha transcurrido desde que he alcanzado el arco, la cantidad de gente que se acomoda en el mirador principal se ha triplicado. Se acerca el momento estrella por el que todos están aquí: el atardecer con el sol desapareciendo a la derecha de Delicate Arch. Sin embargo en ningún momento me planteo esperar hasta entonces, ya que ni quiero dejar a L esperando hasta el infinito en el coche ni me apetece deshacer yo solo todo el camino ya con mucha menos luz natural. Iniciando un descenso a contracorriente de los más rezagados, intento regresar hasta el punto de partida a toda velocidad. El exceso de ímpetu me lleva a perder la orientación durante unos segundos que provocan que me desvíe del camino y me cueste unos tres minutos volver a retomarlo. Finalmente, algo más relajado en el último tramo, alcanzo el coche donde L me está esperando y para mi alivio parece plenamente recuperada del bajón físico. El cronómetro que he arrancado en lo alto de Delicate Arch marca 28 minutos, lo cual significa que despistes aparte descenderlo a un ritmo medio-alto supone unos 25 minutos. El precio a pagar es llegar al aparcamiento brillando por el reflejo del sudor.

Empieza la expectación en el mirador
Y esto es lo que hay justo detrás y a lo que nadie hace caso
28 minutos desde la cima y perdiéndose un poco, el sudor de propina

Pasamos unos minutos de sentimientos encontrados. Pese a la satisfacción personal, parte de mí está cabreada con la situación. Lo que predomina es la preocupación por L y la decepción de no haber compartido uno de los momentos estrella de nuestro periplo. Son las 19:10 cuando arrancamos el coche huyendo de unos cada vez más virulentos mosquitos y ponemos rumbo a la salida del parque, pero todavía con algo de luz y literalmente en el último segundo decidimos tomar el desvío a la zona de las Windows, con la esperanza de ver desde allí la puesta del sol.

El aparcamiento vuelve a presentar esos agarrotados que esperan a las puertas a que una plaza de las pocas visibles desde aquí se liberen, ignorando que unos metros más allá queda un montón de espacio libre. Finalmente paramos el coche y emprendemos el camino hasta la North Window, un juego de niños comparado con el esfuerzo anterior. Llegamos hasta él justo cuando medio sol ha desaparecido tras el horizonte. Desde la North Window tenemos una panorámica compuesta por el Turret Arch, el Double Arch y entre ellos dos el citado sol recogiendo sus cosas para irse a cenar. Con los últimos rayos de luz, nos sorprende ver pasar ante nosotros a una pareja de catalanes con los que nos habíamos cruzado días antes en una tienda de Yellowstone.

Carrera contrarreloj hasta la North Window
Estos escalones ya no son nada...
La North Window, más y más grande según te acercas
Atardecer a los pies de la North Window
El Double Arch, esperando su momento
Turret Arch, frente a la North Window

Ya casi a oscuras y manteniendo un combate a muerte contra los mosquitos a pesar de estar cubiertos de repelente, volvemos al coche e iniciamos el camino hasta el hotel. Los primeros 20 minutos son necesarios para alcanzar la salida del parque, mientras que los 10 últimos son los que separan Arches de Moab, el inevitable lugar de descanso para los visitantes de los dos National Parks que aquí conviven.

En Moab nos espera una calle comercial repleta de hoteles y restaurantes, en cuyo final algo más tranquilo se encuentra el Sleep Inn. Al igual que otros, este hotel fue reservado a través del espacio para empleados de Hotelopia.com, beneficiándome así de un 18% de descuento que dejó el precio final por dos noches en 171,27€.

Tramitamos la entrada al hotel y nos entregan la llave de la habitación 200, en la planta alta. Una buena noticia, pero con la contrapartida de que hay que subir todo nuestro equipaje -que no es poco- y no hay ascensor. Cuando finalmente lo conseguimos, descubrimos una habitación agradable, gélida gracias al aire acondicionado puesto a máxima potencia, y con otra de esas monstruosas camas donde puede dormir todo un equipo de fútbol con entrenador incluido.

Me doy una ducha a toda velocidad mientras L aprovecha la conexión a Internet para buscar dónde cenar en Foursquare, sin encontrar nada que nos termine de convencer. Mientras tanto, el gel y champú que compramos el primer día en Walmart -nos gusta no estar expuestos a lo que nos ofrezcan en cada hotel- no aparecen por ninguna parte. La teoría más probable es que una mujer de la limpieza del Quality Inn de Evanston se habrá encontrado artículos de higiene por valor de 5 dólares. Que le aproveche.

Cogemos el coche y recorremos de vuelta la milla comercial, parando en un tal Blu Pig creyendo que a media hora de las 22:00 anunciadas como momento del cierre no nos dejarían pasar al comedor. Nada más lejos, están encantados de recibirnos y pedimos sendas hamburguesas, lo único que mantiene un precio en nuestra opinión aceptable si lo comparamos con unos filetes y costillas mucho más caros de lo que consideramos justo. Pagar con tarjeta tiene un recargo del 3,5%, así que habrá que echar mano del dinero en efectivo que ya empieza a escasear.

Llevo puesta una de las camisetas que compré en Walmart: una plagada de superhéroes con el estilo de dibujo de los Scribblenauts. Y ya se lleva el primer cumplido de un camarero que se queda mirándola, estudiando cuántos personajes puede reconocer.

Veces puesta: 1, cumplidos recibidos: 1

La hamburguesa de L es tradicional, con lechuga, tomate, pepinillo y una guarnición que ha escogido de patata al horno. Yo me tiro a la aventura y pido el especial de la casa, que trae dentro un enorme aro de cebolla y trozos de filete. Una verdadera bomba junto a las patatas fritas, pero si había una noche en la que lo necesitaba y podía permitírmelo, era esta. Está jugosa, chorreante de grasa y sabor. Me siento como Adam Richman superando un reto, solo que sin una legión de seguidores gritando "Man versus Food!" a mi espalda. Supero el reto, y pago gustosamente los 33 dólares que nos cuesta junto a la bebida y la propina.

Ñam
¡ÑAM!

Volvemos a la habitación, donde solo nos queda la misión de hacer copia de seguridad del material del día -el disco duro que he comprado funciona de maravilla-, y poner cierre a la jornada. Con un punto agridulce, pero jornada bien aprovechada y completa al fin y al cabo. Todavía nos quedarían rincones de Arches por descubrir, pero a estas alturas ya damos por bueno la decisión de incluirlo en nuestra agenda.

¿Desvelado? Pues a escribir...