El largo camino hasta Salt Lake City

Día 0 | 26 de agosto de 2014

Mapa de la etapa 0

Estados Unidos es enorme. Y no solo por una cuestión física: la variedad de cosas que ver, desde grandes enjambres de rascacielos hasta pequeños poblados pesqueros, desde hectáreas y más hectáreas de bosques hasta desiertos y mesetas que van más allá de lo que alcanza la vista, lo convierten en un destino prácticamente inacabable para el turista.

Por eso hoy se inicia nuestro quinto periplo en siete años al país de los excesos con el fin de, como objetivo principal, alimentar nuestra obsesión por la red de Parques Nacionales tan bien promocionada y mantenida por su gobierno. Y por eso, sumado a esa a veces orgullosa, a veces engorrosa costumbre de documentar hasta el más mínimo detalle de nuestros viajes para disfrute tanto propio como ajeno, estamos aquí otra vez.

Son las 5:55 cuando suena el despertador. Arrancamos con un buen descanso acumulado tras descartar ver durante la noche anterior la ceremonia de entrega de los premios Emmy. Al final pesó más no ser un zombi durante toda esta jornada que saciar nuestro interés televisivo. A cinco días de que se cumpla un año exacto de nuestro último viaje a los Estados Unidos, llega hoy nuestro nuevo “Día 0”. Y llega pese a los temores en los últimos días de que el Bardarbunga, un volcán islandés que ha registrado múltiples seísmos en los últimos días, decidiera entrar en erupción y con sus cenizas provocar otra crisis en el tráfico aéreo europeo que hubiera puesto en duda la viabilidad de nuestro viaje.

Pero los dioses islandeses creyeron que ya habíamos sufrido bastante por este año y decidieron posponer los titulares de prensa para más adelante. Y gracias a ello, a las 7:00 estamos ya poniendo rumbo al aeropuerto de Son Sant Joan para dar inicio a las 16 horas en el aire, 20 incluyendo esperas, que tenemos por delante antes de poner los pies sobre Salt Lake City, Utah.

El aeropuerto de Palma de Mallorca nos recibe con el ajetreo esperado en una de las últimas mañanas de agosto, es decir, con unos cuantos cientos de ingleses, alemanes y algún italiano enfilando ya su camino de vuelta a casa. Afortunadamente, parece que pocos de los vuelos de la primera hora son de nuestra compañía aérea, por lo que nos encontramos completamente libre de colas el mostrador de facturación de Edelweiss. Gracias a haber tramitado el embarque a través de Internet en las 24 horas previas, solo nos queda entregar nuestras dos maletas de rigor. Y qué maletas, recurriendo una vez más al truco de la “muñeca rusa” de introducir un trolley dentro del arcón, para poder contar con mucho más espacio en el viaje de vuelta. 16kg marca la maleta de L mientras que mi monstruosidad llega a los 22,5kg, solo medio kilo por debajo del límite de algunas compañías. Habrá que vigilar mucho no sobrepasar el límite de peso cuando confeccionemos nuestro equipaje de vuelta. La mujer que nos atiende nos confirma que, al igual que el de inmigración, deberemos pasar el control de aduanas en nuestra escala intermedia en Chicago, y no en el destino final de Salt Lake City.

Por aquello de evitar sorpresas de última hora y llegar al aeropuerto con margen de tiempo, nos quedan todavía 90 minutos por delante hasta iniciar nuestro primer salto del día hasta Zúrich. Un momento perfecto para acercarme al McDonalds de la terminal, consumir mi primer frappe de caramelo del viaje y recapitular un poco a dónde vamos y cómo lo hemos contratado.

Como decía anteriormente, el objetivo principal del viaje es saciar nuestro apetito de Parques Nacionales de los Estados Unidos, una red de la que quedamos prendados tras visitar Yosemite National Park hará tres años y la cual, si dispusiéramos de tiempo y dinero, no nos importaría recorrer desde la A hasta la Z. Más concretamente, nuestra intención es dedicar 18 días a visitar algunos de los parques (unos más populares que otros) del medio-oeste del país, en un área comprendida por los estados de Wyoming, Montana, Utah y Arizona. Y sobre todo y prácticamente como instigador principal del viaje, esa bestia en forma de supervolcán latente atestada de géiseres y piscinas termales que un día provocará el fin del mundo: el Parque Nacional de Yellowstone.

Así que, tras sopesar varias opciones, estudiar la zona y trazar un itinerario, concluimos que lo más adecuado era iniciar el periplo en Salt Lake City, recorrer en coche de alquiler más de 4.000 km, y terminar en Las Vegas por aquello de alcanzar un aeropuerto internacional que nos permita regresar a casa. Y para conseguirlo, contactamos de nuevo con nuestra agencia de viaje favorita: Simartour, un pequeño negocio afincado en Alicante y que ha sabido hacerse un hueco por su cercanía y competitividad entre la comunidad online de viajeros independientes de España. Tras conseguir con ellos el precio adecuado (ver las secciones “Presupuesto” y “Cómo se hizo” para más detalles), terminamos contratando sendos billetes por 1795€.

El primer frappucino del viaje ya es historia, así que sigamos por donde lo dejamos. Son las 9 de la mañana cuando tomamos aire por primera vez, rumbo a Zúrich para enlazar allí con el avión que nos llevará hasta Chicago. Se acabó la buena racha que arrastraba últimamente respecto a la compañía de niños pequeños en vuelos. Cada vez que cojo un avión, estoy un pasito más cerca de esa planeada vasectomía. Esta vez nos toca en suerte, justo en la fila anterior a la nuestra, un matrimonio con una niña de 4 o 5 años y un bebé de pocos meses rebosantes de energía tras haber dormido bien. Aproximadamente 90 de los 120 minutos que dura el vuelo hasta la ciudad suiza son un reto para nuestra paciencia.

Desde que hace tres años volamos con ellos para llegar hasta Los Angeles, siempre intentamos que nuestros grandes viajes vayan a cargo de Swiss o bien de su filial, Edelweiss. El motivo no es otro que lo atento, educado y servicial que es su personal, lo correcto en cuanto a espacio y mantenimiento de sus aparatos y, punto que merece mención aparte, la cantidad y calidad de la comida que sirven a todos sus pasajeros durante el vuelo. Una vez más Edelweiss no decepciona y tras apenas 20 minutos en el aire ya nos traen un sándwich a escoger entre de carne o lechuga y queso. Eso sí, su primera opción al dirigirse a nosotros siempre es el alemán, ante lo cual debemos decir aquello de “English, please”.

Que empiece el festín de los aviones suizos...

El A320 que nos lleva hasta Zúrich tiene el espacio justito. El piloto anuncia por megafonía que sobrevolaremos el Montblanc y que la llegada al destino vendrá acompañada de lluvias, pero poco de eso nos importa ya que de todos modos no íbamos a ver nada por nuestra ventanilla situada justo encima del ala izquierda del aparato. Llama la atención que, con lo seria y formal que parece la sociedad suiza, en sus aviones con pantallas colectivas siempre opten por emitir alguna mierda de cámara oculta y vergüenza ajena del estilo Just For Laughs.

Primer tramo casi listo

Una hora de vuelo y la gente de Edelweiss debe creer que nos hemos quedado con hambre. Reparten ahora una suerte de bizcocho hipercalórico que decidimos guardar en la mochila para uso futuro.

Recuerdo de un vuelo anterior que recorrer Suiza desde las alturas en un día soleado era una auténtica gozada. Ahora, con un manto de nubes que apenas deja ver praderas grisáceas en algunos claros, la situación no es la misma. Aterrizamos sin que nuestra conexión aparezca todavía en las pantallas informativas del avión. Y esta vez, ni suenan trompetas ni empieza a aplaudir el pasaje. Cosas de no volar ni con Ryanair, ni rodeado de españoles.

Nos toca pasearnos en jardinera hasta la zona de conexión con otros vuelos, donde al fin vemos a dónde tenemos que dirigirnos para continuar hasta Chicago: la puerta E23. Antes de tomar el tren subterráneo que conecta las terminales, nos toca pasar por el primer control de pasaportes. Tras comprobar mi nacionalidad, el agente me devuelve el mío con un “Gracias” al que yo por inercia respondo con un “Thank you”. Que hay que ir cambiando el chip, hombre.

Nos cruzamos con los primeros grupos de asiáticos, el absoluto terror de los aeropuertos. Su manía de quedarse apiñados en zonas de paso mirando al vacío no es la más deseable cuando lo que tú quieres es llegar de A hasta B lo más pronto posible. No hablemos ya cuando te preceden en algún control como el de inmigración al entrar en Estados Unidos, suponiendo un reto para la paciencia del agente de turno al que le toque sufrirlos. Mejor llévate una revista.

Cruzamos a pie toda la terminal E hasta alcanzar nuestra puerta de embarque, no sin antes pasar por otro control más de pasaportes esta vez llevado a cabo por Swiss. Tras una comprobación en el ordenador, te hacen la clásica pregunta de cuántos días vas a estar de viaje, a la que ahora añaden el verificar si ya tienes comprado el billete de vuelta. Qué más quisiera yo que ir hacia allí con solo un billete de ida...

Encontramos algunos bancos con enchufes junto a ellos, los cuales aprovechamos para cargar todo lo posible los teléfonos móviles. Nunca se sabe. Una red inalámbrica abierta ofrece conexión gratuita durante 60 minutos, pero solo a cambio de introducir tu número de teléfono móvil para recibir un código por SMS. Todavía no estoy tan desesperado por conectarme.

Érase una vez un día soleado en Zúrich

Hacemos el embarque puntualmente, una vez más por una puerta con un mostrador y un mobiliario que hace sonrojar a los atriles barateros que solemos encontrar en los aeropuertos españoles. Nos metemos en el A340 del que no bajaremos hasta dentro de 10 horas y alcanzamos nuestros asientos en la fila 29. Podemos confirmar ya el rotundo acierto que fue reservar asiento cuanto antes en la web de Swiss para conseguir una salida de emergencia siguiendo las recomendaciones de la web SeatGuru. La ventaja de estos asientos es la ausencia de más filas de pasajeros justo delante, por lo que el tópico de no poder estirar las piernas mientras estás sentado en tu butaca no se aplica.

Un breve repaso al sitio al que nos vamos a anclar durante gran parte de la jornada: los asientos, al igual que todos los de la clase Economy, pecan de algo estrechos. En un primer momento creemos que el precio a pagar por estar en la salida de emergencia es no disponer de pantalla interactiva individual, pero nada de eso: simplemente está escondida en un lateral en lugar de pegada al asiento de delante. Lo peor de todo es, con diferencia, tener apenas acceso a media ventanilla por la que poder mirar el exterior.

Salidas de emergencia, el paraíso de altos vuelos

Nada más despegar, Swiss no quiere faltar a la cita y nos entrega ya bebida y un paquete de galletitas saladas. Mientras tanto, las numerosas nubes consiguen que no lamentemos tanto no poder asomarnos al exterior sin retorcernos el cuello. Nos perdemos por los menús del servicio de ocio digital: un buen puñado de películas, algunas subtituladas en inglés, otras pocas dobladas al español, y la gran mayoría en versión original “pelada”. Capítulos sueltos de series, destacando entre otras Sherlock, Community o House of Cards. Y por último algunos videojuegos, destacando un Tetris con opción “multijugador” para retar a un pasajero en otro asiento.

Camino de las dos horas de vuelo y sobrevolando Londres, ya es hora de comer de verdad. A elegir entre pollo con puré de patatas o un plato de pasta que nadie parece preferir. Acompañado de ensalada, pan, queso y un riquísimo bizcocho de melocotón. Nos quedamos más que satisfechos, e incluso podríamos haber repetido pollo cuando la azafata pasa ofreciendo los excedentes. Un té, y ya estamos listos para dormitar lo que podamos hasta la siguiente tanda de aperitivos. Unos lo harán más que otros: el colega que queda a nuestra derecha lleva ya tres latas de cerveza en su haber, y todavía le quedan 8 horas de vuelo para batir el récord.

Y más comida a bordo

Hora de sacar el portátil y empezar a escribir este diario de la forma más definitiva posible. Esta vez la vuelta será dura: a los dos días de aterrizar empiezo un nuevo empleo y dos semanas después inicio mis clases de inglés, así que todo el trabajo de redacción que pueda tener hecho a mi regreso será de agradecer.

50 minutos más que pasan en compañía del cuarto capítulo de Halt, Catch & Fire, que resulta ser "ese" capítulo que te acaba de convencer de seguir una serie. Eso sí, apretando los auriculares contra los tímpanos para aislar todo lo posible el ruido del avión que dificulta mucho seguir los diálogos.

Y ahora, helado de chocolate. Si me preguntáis si está bueno, os diré que me comería el mío, el de L, y el de media clase turista si no fuera por los remordimientos. Mientras tanto, el matrimonio entrado en años que tenemos en los asientos de atrás prácticamente no existe salvo cuando se levantan para estirar las piernas. Una delicia.

Le dije que no repitiera...

Alcanzamos ya las 20:00 horas de España y veo Inception para pasar el rato (haber visto una película un buen puñado de veces ayuda a poder seguirla en versión original sin subtítulos de ningún tipo). Es en este momento cuando, casi un año después, nos adentramos de nuevo en territorio estadounidense sobrevolando uno de nuestros estados favoritos, Maine.

Y cuando quedan dos horas para aterrizar llega la cena, comida, merienda o vete tú a saber. Lo que hace tres años fue una pequeña pizza, se ha transformado esta vez en un jugoso calzone. También llegan unas pastitas de té para acompañar. Y por supuesto, para terminar y despedirse del pasaje... unas toallitas calientes acompañadas de una auténtica chocolatina suiza. Como reyes.

¿Más comida? Gracias...

Superamos la bahía de Chicago para toparnos de lleno desde nuestra media ventana con los rascacielos de la ciudad del viento. El aterrizaje, al igual que el que tuvimos en Zúrich, es suave y sin maltratar la amortiguación del avión. Parece que el que vale, vale, y el que no, se dedica a aterrizar a lo bruto aviones de Ryanair. Al contrario que en Suiza, esta vez sí que aplaude parte del pasaje. Se apaga la señal de cinturones abrochados y nos ponemos en posición de "en sus marcas" para salir disparados en cuanto podamos.

Chicago en un vistazo

Alcanzamos el control de inmigración, y nos espera un proceso diferente al de las ocasiones anteriores. Para empezar, nos encontramos con que los pasajeros no americanos pero cuya ESTA vigente hayan utilizado ya en alguna entrada anterior al país, pueden acceder a las mismas colas que los residentes, normalmente mucho menos pobladas y libres de turistas despistados. La "ESTA" es la solicitud telemática para entrar al país sin necesidad de visado que debe realizarse a través de Internet antes de llegar. Además, al final de la cola nos espera, en lugar del temido mostrador con un agente de inmigración y su guión de preguntas, una máquina donde todo el proceso de escanear pasaporte, digitalizar huellas y realizar fotografía lo realizas tú mismo. Sin embargo, el "recibo" marcado con una X que nos devuelve la máquina nos insta a una segunda cola en la que, esta vez sí, debemos pasar por la intervención manual de un agente. En cualquier caso, un proceso mucho más ágil y rápido que en todas nuestras visitas anteriores. Bueno, excepto para un pobre anciano de 70 o más que cuando salimos de allí sigue a golpes y lamentos con una de las máquinas por no saber cómo introducir el pasaporte.

El agente que nos atiende en este último trago del proceso nos deja presentarnos juntos pese a no ser oficialmente familia, y nos desea felices vacaciones no sin antes destacar nuestro "Very neat writing", que vendría a ser lo clara que es nuestra caligrafía en el formulario de aduanas en comparación con la de otros pasajeros. Creo que es la primera vez en 30 años que alguien habla bien de mi escritura a mano. A dos pasos del mostrador nos espera la cinta número cuatro de equipajes, en la que para nuestro alivio ya están dando vueltas nuestras dos maletas. Entregamos el resguardo de aduanas y ya estamos enfilando las señales de "Baggage re-check" para depositar de nuevo el equipaje y que cojan rumbo a la bodega de nuestro próximo avión. Y para ello el empleado del aeropuerto no tiene mejor idea que literalmente "lanzarlas" contra la cinta transportadora. Todavía me duele el sonido de los 22,5 kg cayendo a plomo.

Los paneles del aeropuerto nos informan de que la puerta de nuestro último salto hasta Salt Lake City con la compañía United es la C31 y por ahora no sufre retrasos. Tenemos algo menos de 30 minutos para conseguir alcanzarla. No nos cuesta seguir las señales del "Terminal Express", un tren que comunica los distintos edificios del Aeropuerto de Chicago. Rodeados de varios españoles que nos vienen acompañando desde Palma, abandonamos la terminal 5 y en un par de minutos nos plantamos en la terminal 1.

Cuando solo nos queda pasar un nuevo control de seguridad y parece que no pasaremos apuros, lo menos pensado nos da problemas. Al lector de tarjetas de embarque no parece gustarle la que traemos imprimida a través de la web de Swiss desde casa, y tenemos que salir de nuevo a la zona común de la terminal para invertir cinco minutos en obtener tarjetas de United a través de las máquinas disponibles. Superamos el bache, nos deshacemos de los zapatos y pasamos el escáner corporal para que ya solo nos quede caminar hasta la puerta. La cual, por supuesto, es la que está en el extremo opuesto de la terminal. Estando ya en los 15 minutos programados para el embarque, nos quedan un par de carreras en la medida que lo permitan las piernas agarrotadas del vuelo anterior y la mochila a la espalda. Cuando al fin alcanzamos la C31, resulta que está terminando de bajarse del avión el pasaje anterior y todavía nos sobran unos minutos. Minutos que aprovecho para comprobar el anunciado wifi gratuito de la terminal, el cual no funciona por mucho que lo intentes.

Tras estos minutos algo frenéticos, hemos superado el trago más temible del día. Aunque muy justas, las dos horas para desembarcar, pasar inmigración y aduanas, cambiar de terminal y pasar un nuevo control de seguridad han bastado. Entramos al avión que en dos horas y media nos dejará a Salt Lake City... y creo que nunca había visto un avión tan, literalmente, de juguete. El pasillo más estrecho jamás visto en una cabina nos lleva hasta los asientos de la fila 12, y tras un par de buenas vueltas sobre ruedas a las pistas del aeropuerto, volvemos al aire en dirección al oeste. Al cabo de unos minutos, nos ofrecen la que probablemente será nuestra última bebida a bordo del día. Cuando viajamos, nos ponemos ciegos de zumos de naranja.

El vuelo hasta Salt Lake City resulta eterno. Proporcionalmente, sus alrededor de dos horas y media de duración nos dejan más hechos polvo que las diez horas del trayecto entre Zúrich y Chicago. Además, durante la mayor parte del trayecto es imposible distinguir nada en la superficie debido a la elevada altura a la que nos encontramos y un banco de espesas nubes que nunca parece terminar.

Al fin, cuando ya pasan las 20:00 en el estado de Utah, los aledaños de Salt Lake City nos reciben con un paisaje tan desolador como el clima que nos estaba esperando. Todo guarda un aspecto aterrador, casi abandonado, como una ciudad en plena posguerra apocalíptica en una película de ciencia ficción. Apenas se distinguen coches circulando por las decenas y decenas de carreteras que se camuflan entre el tono marrón oscuro de sus alrededores.

Tomamos tierra y ponemos fin a las 16 horas en el aire que nos aguardaba en esta interminable jornada. La pasarela nos introduce en la terminal del aeropuerto, el cual tiene un aspecto antiguo y sumado a sus dimensiones en absoluto se asemeja al resto de grandes enrutadores de tráfico aéreo que hemos visitado hoy. Además, todavía no sabemos cuál es la temperatura exterior, pero en el interior hace un frío que pela. Los absurdamente altos aires acondicionados estadounidenses nos reciben dando lo mejor de sí mismos.

Empiezan a emerger maletas por la cinta tras diez minutos observando fijamente la rampa por la que deben aparecer. No tardan en llegar las nuestras, o algo parecido a lo que eran las nuestras cuando empezamos el día. Gracias al delicado trato que le han dado en Chicago, la maleta de L tiene ahora las dos ruedas salidas de su eje y la mía está visiblemente deformada en uno de los laterales, probablemente donde recibió todo el peso cuando la lanzaron a lo burro en la terminal de United. Gracias, majos.

Diez minutos mirando fijamente esa cinta

Salimos al exterior y, por ahora, la temperatura parece bastante agradable para tratarse de las nueve de la noche. Justo enfrente de la terminal y a apenas diez pasos, nos espera el edificio con todos los mostradores de alquiler de coches, prácticamente desiertos. No necesitamos hacer cola para que nos atiendan en Alamo, donde presentamos nuestra reserva realizada a través del portal RentalCars para un vehículo de la clase Standard. Traemos los deberes hechos en cuanto a qué paquetes incluir y qué paquetes no, así que el proceso es rápido y sin demasiadas preguntas ni, cosa de agradecer, tener que rechazar mil y un extras que nos intente vender la compañía. Hemos pagado anticipadamente los 364€ del alquiler más los 108€ del paquete que incluye varios extras: un conductor adicional y el tanque de combustible sin necesidad de devolverlo lleno. Quedará abonar solamente el recargo por devolver el vehículo en el estado de Nevada, lo cual supondrá 150 dólares más tasas. Coger vehículos en un estado para devolverlos en otro siempre es un pico a tener en cuenta en el presupuesto. La amable empleada de Alamo solo nos solicita el pasaporte y el carnet de conducir español, así que una vez más se hace caso omiso del permiso de conducir internacional.

El coche que nos toca en suerte es un Chrysler 200. Desgraciadamente, no ha sonado la flauta de que nos ofrezcan un SUV, cosa que hubiera sido deseable para algunas etapas del viaje pero también suponía una diferencia de precio demasiado grande al reservarlo desde casa. Salimos al garaje tras las oficinas y, por supuesto, nuestro coche está al final de todo el paseo.

Allí nos encontramos nuestro sedan plateado, con matrícula de Illinois, y visiblemente sucio tanto por dentro como por fuera. Da la sensación de que han devuelto el vehículo hace unas horas y no se han molestado siquiera en sacar del maletero unas cuantas botellas de agua vacías. Dicho maletero es engañoso, muchísimo más amplio de lo que parece a simple vista, así que nuestras malogradas maletas entran sin problemas. Encendemos nuestro propio GPS, dedico un par de minutos a familiarizarme con controles, retrovisores, etc., y nos ponemos en marcha.

Por ahora no me declaro demasiado fan del interior de este Chrysler 200. El panel de mandos es austero, mostrando muy poca información y gran parte de ella en formato analógico. Algunos controles como el regulador no son nada intuitivos, y para colmo cuando ya estamos en marcha me doy cuenta de que no he regulado demasiado bien la altura del asiento, por lo que los brazos no reposan correctamente y debo cambiar de postura constantemente para que no se me agarroten. Podríamos parar en alguna área de servicio para intentar reacomodarme, pero lo que queremos es llegar cuanto antes y todavía nos quedan dos horas y cuarenta minutos por delante.

Empiezan a sucederse los McDonalds a lado y lado de la interestatal I-15, compartiendo durante un tramo el mismo recorrido que la I-84. Coincidiendo con el momento en el que sus destinos vuelven a separarse, la I-15 abandona su rumbo levemente hacia el oeste para ahora sí trazar una línea casi directa en dirección al norte. Es aquí donde un cartel nos informa de que abandonamos temporalmente el estado de Utah para adentrarnos en el de Idaho.

Las casi tres horas de carretera, con noche ya cerrada, un vehículo con el que no estoy familiarizado y tras la odisea del día, son la puntilla que necesitábamos. Hacer este esfuerzo antes de llegar a nuestro primer hotel era un mal necesario para ganarle tiempo al reloj al día siguiente, pero la próxima vez que me plantee algo similar es importante que recuerde este día. Con unas carreteras cada vez más desiertas con apenas algún compañero de viaje y un camión que adelantar de vez en cuando, e intentando exprimir al máximo los límites de velocidad entre las 65 y las 80 millas por hora en función del tramo, llegamos pasadas las once de la noche al Best Western de Pocatello.

Reservamos este hotel a través de la página para empleados de Hotelopia, en la cual tras un descuento del 18% pudimos optar a una habitación doble por poco más de 60 euros. Con nuestras últimas reservas de energía, tramitamos la entrada en el mostrador y recibimos la llave de la habitación 154. El hotel tiene un aspecto estupendo, pero la situación nos impide disfrutar de una cena en el Applebee's colindante, o de un baño en la piscina interior de la que algunos huéspedes todavía a estas horas están disfrutando.

La habitación no desmerece. Grande, con dos camas de tamaño muy generoso y un televisor enorme. Es una pena que apenas la vayamos a disfrutar. Soltamos las maletas, nos quitamos la ropa, utilizamos durante 15 minutos la conexión a Internet gratuita para hacer una ronda relámpago y notificar a la familia que hemos llegado, y damos por concluido este largo, eterno día.

Ha sido el "Día 0" más duro que podemos recordar, y eso sin haber sufrido ningún contratiempo que dificultase las cosas. Las dos escalas, la cantidad de horas de vuelo y la puntilla final de la carretera nocturna han sido un precio a pagar para poder encontrarnos ya casi a las puertas de nuestro primer hito del viaje, y concretamente el que instigó todo el plan. Mañana llegamos a Yellowstone.