Parque del Retiro, Atocha, Príncipe Pío, Lago de la Casa de Campo, atardecer en el Templo de Debod

4 de mayo de 2013

La mañana se presenta sin prisas. Y ya está bien para tener un extra de descanso, ya que la noche anterior pareció entrar a nuestra planta del hotel la Tribu de los Brady al completo pasada la medianoche. Voces, gritos, niños, carreras por el pasillo y todo lo imaginable se sucedió más allá de las paredes de papel que separan nuestra habitación de las zonas comunes.

Hacemos tiempo en el cuarto hasta que dan las 9:30 para ir a desayunar. Para esta mañana nos hemos decantado por el Juicy Avenue, un local situado en el nacimiento de la Calle Génova desde la Plaza Alonso Martínez, a escasos metros de nuestro hotel. Le teníamos echado el ojo desde el primer día, cuando vimos en sus carteles una tentadora oferta de smoothies, bagels rellenos, crepes, gofres y otras delicias.

Nos adentramos en un local que engaña, ya que tras pasar un modesto espacio de apenas 4 metros cuadrados frente a la barra donde hacer el pedido se esconde un pequeño salón que, sin ser espectacular, da cabida a varias mesas más e incluso algún sofá. Tras pensarlo unos minutos L se ha decidido por un smoothie de fresa y plátano y un gofre de nata y fresa, mientras que yo me he decantado por un capuccino con yogur helado y un gofre con nata y arándanos. Y esto es solo una ínfima parte de las apetitosas cosas que podríamos haber escogido. De hecho, durante el desayuno vemos como entran dos comensales con unas bandejas monstruosas, las cuales decidimos que se tratan de un combo anunciado en la entrada y ante el que acabaríamos sucumbiendo al día siguiente.

  • Desayunando en Juicy Avenue

Empezando el día bien alimentados, tomamos el metro hasta la estación de Banco de España, con la intención de recorrer el Paseo del Prado hasta conectar con el Parque del Retiro.

  • Creo que esto ya lo vimos ayer...

Superada de nuevo la Plaza de Cibeles iniciamos el paseo en dirección al sur. El Paseo del Prado cuenta con un pasillo peatonal en el centro poblado de vegetación y sombras, lo cual lo hace muy agradable de recorrer. A lado y lado empiezan a sucederse museos como el Museo Naval o el Thyssen, combinado con edificios estatales como la sede del Ministerio de Sanidad. Por muy bueno que estuviera el smoothie L siente que le falta el café de la mañana, así que aprovecha el paso por Neptuno para detenerse en el Starbucks que hay a los pies del Hotel Palace.

  • Dos semanas después, aquí se lió una buena...
  • Tendrá mucho glamour, pero por fuera es feo, feo...
  • Qué contenta ella con su café

Continuamos el paseo pasando de largo el complejo del Museo del Prado que ya tenemos a nuestra izquierda, hasta girar en dicho sentido cuando alcanzamos la puerta del Jardín Botánico. Tras un breve ascenso, damos con una de las entradas laterales del Parque del Retiro.

Nos encanta el Parque del Retiro. Tiene mil caminos en los que perderse viendo a perros pasear, patos remojarse y gente, más que nunca, haciendo deporte. Definitivamente lo de salir a correr se ha puesto de moda. Claro, que ahora se llama "hacer running" y entonces queda mejor. Nosotros a lo nuestro: pasear, hacer fotos y si nos apetece sentarnos en una sombra, hacerlo, que lo de hacer deporte siempre ha sido una asignatura pendiente.

  • Un rincón cualquiera del Retiro
  • Un rincón cualquiera del Retiro
  • Siempre preparado para disparar
  • En busca de la sombra
  • Paseantes por el Retiro
  • Patos en el Parque del Retiro
  • Patos dormidos

No teníamos previsto visitarlo más tras descubrirlo en visitas anteriores, pero la propia inercia del paseo nos lleva a las mediaciones del Palacio de Cristal. Pese a ser de los lugares del Retiro más masificados, merece la pena verlo una, dos, y las veces que hagan falta. Al atractivo del palacio en sí hay que sumarle el gran estanque que le acompaña, lleno de fauna de todo tipo.

  • Palacio de Cristal
  • Palacio de Cristal
  • Palacio de Cristal tapado
  • Palacio de Cristal
  • Interior del Palacio de Cristal
  • Interior del Palacio de Cristal
  • El pato más presumido del Retiro

Tras pasar un buen rato en los alrededores del palacio, ya no nos queda nada para que alcancemos el lago del Retiro. Tenía la vaga ilusión de aprovechar esta visita para cumplir el nada original deseo de alquilar una de las barcas que navegan sobre el lago, pero al llegar me lo pienso dos veces. El lago está invadido de ellas, y al fondo se divisa una notable cola de gente esperando su turno para que una quede libre. Por motivos prácticos, de navegación incómoda... y también porque a L lo de surcar las aguas no le hace mucha gracia, decidimos que otra vez será. No solo el lago está lleno: todos los alrededores del lago están llenos de gente, pero siendo tan amplio, no llega al punto de ser agobiante.

  • Lago del Retiro
  • Lago del Retiro
  • Lago del Retiro
  • Hora punta en el lago
  • Lago del Retiro
  • Ver esta foto con la sintonía de Corrupción en Miami

Estando ya cerca del extremo noroeste del parque, nos asomamos a la Puerta de Alcalá antes de tomar el camino de vuelta hasta la estación de Atocha. En el regreso me atrapa a traición una de esas gitanas que te ponen el romero en la mano, y en medio segundo ya te están pidiendo unas monedas y ofreciéndose a leerte el futuro. Algún día se me acabará la paciencia y educación y tendremos una escena. Una vez librados de ella, empezamos a cruzar el parque de norte a sur por uno de los caminos más exteriores, y durante toda la travesía no dejan de adelantarnos varios corredores por minuto. Finalmente, llegamos a Atocha.

  • Miralá, miralá...
  • ... la Puerta de Alcalá
  • Otra entrada al Retiro

El enorme vestíbulo de la estación nos recibe con una temperatura más propia del mes de agosto en pleno desierto de Almería. El objetivo era asomarse a ver los jardines interiores y, eventualmente, dar un paseo por ellos, pero esto segundo queda claramente descartado tras el golpe de calor.

  • Vestíbulo de la Estación de Atocha
  • Vestíbulo de la Estación de Atocha

Salimos corriendo a la calle y nos planteamos donde comer hoy. Aprovechando su cercanía al hotel que nos permitiría reposar el estómago un par de horas en la habitación, decidimos acudir al Fresh & Co cercano a la Plaza Alonso Martínez. Y cercano está, pero más importante es que hubiera estado abierto. Cerrado a cal y canto, y por el aspecto desde el exterior diría que de forma indefinida.

Así que improvisamos que para comer repetiremos en el mismo local que desayunamos unas horas antes, el Juicy Avenue. Comparimos una ensalada césar de verdad (de las que llenan) y una pizza, y ya estamos listos para dejar caer nuestros huesos durante un rato sobre la mullida cama del NH Embajada.

Justo en el momento en el que intentamos entrar a nuestra habitación y descubro que nuestra tarjeta se ha desmagnetizado, una empleada de la limpieza pasa por el lugar y nos quiere dar conversación. Mientras yo bajo a recepción a conseguir una nueva tarjeta, L lo aprovecha para preguntarle por el aire acondicionado. Resulta que el edificio --y su instalación de aire acondicionado- está compartido entre el hotel y una serie de viviendas particulares, la mayoría de ellas ocupadas por gente anciana. Y esa gente, hasta que las palomas no empiezan a sacar las gafas de sol, quiere que la instalación permanezca en modo calefacción. Así que resulta que cada noche, durante un par de horas, lo que teníamos en nuestra habitación era una bomba de calor compensando el frío invernal de 20 grados del exterior. Pues vaya.

Con calor o no, pasan un par de horas y con las pilas algo recargadas ponemos rumbo subterráneo hacia el Intercambiador de Príncipe Pío, una gran estación de tren ahora reconvertida en centro comercial. Que sí, que estamos en Madrid para descubrir la ciudad y tal... pero ya hemos cubierto casi todo lo que teníamos previsto, y este centro nos queda cerca de lo poco que nos queda por visitar. La gran superficie no está mal, pero esperaba algo más descomunal al estilo La Maquinista de Barcelona. Se queda más bien en un Porto Pi de Palma, más pequeño que el Gran Vía 2 de L'Hospitalet.

Terminamos tan pronto la visita a Príncipe Pío que volvemos a la misma línea de metro para ir una estación más allá, a Lago. Y Lago resulta ser una salida a apenas unos metros de un precioso ídem que los madrileños tienen escondido en la Casa de Campo. El recorrido por el Retiro de esta mañana me había dejado encantado, pero encontrar esto a dos pasos de la ciudad creo que lo supera.

  • El inmenso lago de la Casa de Campo
  • Sí, aquí también hay

Damos una vuelta entera al lago a ritmo de paseo. Volvemos a tener un amago de atrevernos a alquilar una barca, pero L vuelve a comprobar como se balancean cuando la gente sube y baja de ellas y abortamos la misión por segunda vez. En los 30 minutos que nos lleva rodear las aguas disfrutamos de un ambiente familiar y con mucho niño, pero dentro de lo soportable. El tipo de asistencia es más bien de estilo dominguero, con mucha menos afluencia de corredores y otros deportistas que esta mañana.

  • El inmenso lago de la Casa de Campo
  • Más feliz que unas pascuas

Desde uno de los laterales del lago volvemos a tener vistas a la silueta de Madrid. Otra vez nos encontramos desde la distancia con Moncloa, el Edificio España, la Catedral de la Almudena y especialmente el Palacio Real, que queda encajado a la perfección entre los árboles del horizonte.

  • Palacio Real desde la Casa de Campo
  • El inmenso lago de la Casa de Campo

Lo de los barcos no ha prosperado, pero otra de las misiones de L si que llega a buen puerto: la de comerse un Frigopié dos décadas después del anterior.

  • 20 años después

Volvemos, ahora ya con los tiempos más medidos, a la estación de Príncipe Pío. Desde aquí nos separan no demasiados metros del Templo de Debod, pero con lo que no contamos es que son cuesta arriba y la pendiente no es nada despreciable. Ahora más que nunca me acuerdo de que llevo todo el santo día cargando en la mochila con mi chaqueta y el abrigo de L, un peso "por si acaso" que lleva horas matándome la espalda.

El último tramo de ascenso hasta el Templo de Debod cuenta con la participación especial de grupos y más grupos de jóvenes tumbados al césped y pasándose botellas. Resulta que los parques que rodean al templo, y más siendo sábado, son zona de botellón.

En los alrededores del Templo nos esperan muchísimos aficionados a la fotografía. Un cálculo sencillo: si contamos las cámaras réflex que se aglutinan en la zona y calculamos entre 600 y 1000 euros mínimo por cámara, el resultado es... que los señores Canon y Nikon están podridos de dinero. Tanto aficionado se reúne aquí para disfrutar del atardecer junto al Templo, que tiene fama de ser muy fotogénico. Y ciertamente no está mal, aunque creo que la leyenda está un poco sobredimensionada. O quizás solo se cumpla en días muy concretos en los que la luz acompañe.

  • Atardecer en el Templo de Debod
  • Atardecer en el Templo de Debod
  • Atardecer en el Templo de Debod
  • Atardecer en el Templo de Debod
  • Coge un rato la cámara, que pesa mucho...

Descendemos del Templo y cruzamos primero la calle Ferraz y luego la Plaza de España, para acabar apareciendo en plena Gran Vía. Y la Gran Vía de Madrid, un sábado de mayo a las diez de la noche, es una trampa mortal. En una estampa que me recuerda a las Ramblas de Barcelona un 23 de abril cualquiera, un mar de gente y más gente se acumula en ambas aceras caminando a ritmo más bien lento, eso cuando no se topan con una fila de personas esperando para entrar en uno de los múltiples teatros repartidos por toda la calle.

Para colmo y por segunda vez en lo que va de día, la cadena Fresh & Co. nos falla, y del local supuestamente contiguo a la Gran Vía que aparece en Foursquare no hay ni rastro. Tiene todo el aspecto de que la franquicia ha abandonado la capital en busca de destinos más rentables. Por aquello de aprovechar nuestra localización, buscamos a la desesperada una alternativa, pero en los pocos pasos que la muchedumbre invita a realizar no encontramos nada que nos convenza. Así que en un arrebato de "al carajo", alcanzamos a duras penas la estación de Callao y decidimos que es hora de volver a nuestra más conocida -y mucho más tranquila- zona del hotel.

Con la que nos topamos en el andén de Callao, creo que ya van unas cuatro o cinco bodas o despedidas de soltero que hemos encontrado a lo largo del día. Parece que medio Madrid ha decidido casarse este verano. El premio de entre todos los participantes se lo lleva una simpática chica que pasea por los pasillos de la estación una bonita diadema de la que salen dos miembros saltarines.

Nos damos una pequeña tregua de pies descalzos en la habitación mientras investigamos donde podemos cenar. Tenemos un Lizarrán a pocos metros, pero precisamente este local no recibe muy buenas críticas en las redes sociales. Tras meditar y descartar otras opciones, decidimos reincidir en el Urban Diner.

Hoy damos una oportunidad a sendos sándwiches de pollo, que según la carta es el plato que ha dado fama a la franquicia. Hoy no podemos pasar de largo los postres y compartimos un helado de plátano, chocolate y nueces que nos hace saltar las lágrimas. El servicio hoy es algo lento pero relativamente excusable por tener el local lleno, lo que provoca que debamos sentarnos en una de las mesas elevadas acompañada de taburetes.

En el regreso hacia el hotel, nos cruzamos con infinidad de gente que desciende por la calle de Santa Engracia portando encendidas una suerte de velas de diseño. Ni sé, ni quiero preguntar. Mejor nos vamos a dormir.

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