Arlington Cemetery, Smithsonian Air & Space y British Airways vía Londres

Día 15 | 15 de septiembre de 2013

Dormimos, y dormimos muy bien. Primera asignatura de un día que va a ser especialmente largo, aprobada con nota. Empiezan nuestras últimas horas de 2013 en los Estados Unidos a las 8:30, con una última ducha en el Hyatt Arlington antes de bajar a desayunar. Mientras tanto en el televisor numerosas cadenas emiten ceremonias y discursos de telepredicadores y motivadores en masa. Estas cosas existen.

Cogemos asiento en el Starbucks de Rosslyn y nos acomodamos con el portátil que hoy traemos, con el fin de aprovechar la conexión a Internet gratuita de la franquicia. A través del cristal contemplamos como la moda “runner” también ha llegado imparable a este lado del Atlántico, con numerosos grupos y corredores solitarios cruzando a trote la calle cada pocos minutos. Sin alzar mucho la voz y equipados con auriculares abusamos de Skype incluso con llamadas a móviles, a sabiendas que el generoso saldo que todavía nos queda terminará caducando antes de la próxima ocasión en la que lo necesitemos.

Regresamos al Hyatt con el único objetivo de bajar hasta recepción nuestras maletas ya preparadas y tramitar la salida. Entregamos al botones nuestros cuatro bultos a cambio de cuatro resguardos para recuperarlos de la consigna horas después, y salimos a la calle rumbo de nuevo hacia Rosslyn, esta vez para tomar el metro. Cargamos nuestras SmarTrip ya agotadas con el saldo mínimo y necesario para ir y volver a la estación de Arlington Cemetery: 1,70 dólares por persona y trayecto. Mi tarjeta, aquella que el buen samaritano vestido de agente de estación me entregó, cada vez da más problemas para ser reconocida por los lectores magnéticos, por lo que cada entrada y salida de la estación amenaza con llevarme 5 minutos de intentos hasta que se abren las puertas.

El metro de Washington DC, ese búnker
El andén de Rosslyn da cada día la bienvenida a Virginia
Pasamos más rato en el andén que en el vagón

Tan solo una parada de la línea azul en dirección sur nos deja a las puertas del Cementerio de Arlington. Visto con perspectiva, probablemente hubiera sido más adecuado hacer el trayecto de ida a pie, aprovechando así el paso frente al reconocible Monumento de Iwo Jima. Sin embargo ya es tarde para eso y decidimos que el extra necesario para ir hasta allí y volver no merece la pena, por lo que vamos directamente hacia el vestíbulo de entrada y a su vez centro de visitantes del cementerio.

Los estadounidenses hacen un uso de los camposantos mucho más presente en el día a día de las personas, ya que por una parte rara vez están ubicados demasiado lejos de la propia ciudad, y además están tratados, conservados y señalizados como si de un parque se tratara. La clave está en que no hay que fomentar el estereotipo de un campo de lápidas tenebroso y solitario: se puede rendir tributo a los caídos sin por ello renunciar a un agradable paseo. Arlington es el máximo exponente de ello, y la travesía hasta alcanzar el pie de la colina de Arlington House es un agradable camino que mejora gracias al día soleado que por ahora podemos disfrutar. Aquí, a los pies, hallamos uno de los puntos más recurrentes de la visita: el lugar de descanso del presidente John Fitzgerald Kennedy, su esposa Jackie (que pasados los hechos de Dallas sumó también el apellido de Onassis), y los dos hijos menores del matrimonio. No deja de llegar gente frente a la “llama eterna” que acompaña la tumba, perfectamente alineada con el Monumento a Lincoln al otro lado del río.

Primeros metros, con Arlington House en lo alto
Aquí yace JFK
Custodiado por Jackie y sus dos hijos menores

Los pocos metros que nos quedan para llegar a la cima de la colina pasan junto a los restos del segundo Kennedy con mayor recuerdo en la historia, el senador Robert F. Kennedy. Y terminan en la Arlington House, mansión que presidía todo el territorio y ahora reconvertida en lugar de homenaje a Robert E. Lee, general confederado que combatió por el sur en la Guerra Civil Estadounidense. La estratégica posición en el punto más alto de Arlington permite que desde aquí se divise gran parte del National Mall, distinguiendo en la distancia los Monumentos a Lincoln, Washington y Jefferson, el Capitolio… y también el Marine One, que al igual que en nuestra visita 4 años antes ha decidido surcar los cielos para disfrute y curiosidad de los turistas. También podemos ver desde aquí, aunque no resulta tan impactante como desde un punto de vista cenital, el edificio del Pentágono.

El National Mall, desde Arlington House

Atajamos hacia nuestro próximo punto de la agenda gracias a las bien repartidas por todo el cementerio indicaciones, avanzando en dirección sur. Nos damos de bruces con el Memorial Amphitheater, principal escenario de las ceremonias celebradas en el cementerio. A dos pasos al oeste no es difícil encontrar nuestra siguiente parada: los homenajes a las víctimas de los malogrados transbordadores espaciales Challenger y Columbia. Guardo un especial afecto por las del primero, cuyo destino recuerdo perfectamente como llegó a mí. Evidentemente, no recuerdo en directo su explosión a los pocos minutos de despegar, ya que por aquel entonces apenas contaba con 2 años. Fue varios años después, perdido entre las páginas de una enciclopedia digital, cuando alcancé el artículo dedicado al Challenger y al reproducir el video adjunto, me quedé helado ante la escena. Llegar aquí y ver la placa conmemorativa de todos los astronautas que perecieron en ese momento es un modo de dar cierre a ese capítulo. Entre los tributos al Challenger y el Columbia, una tercera placa conmemora a las víctimas sufridas durante una extracción de rehenes en Irán. Curiosa combinación.

Como en un parque cualquiera, la señalización es excelente
Memorial Amphiteater, escenario de ceremonias
Recordando el destino del Challenger
Y recordando el destino del Columbia
Supuestamente este acorazado lo hundió España

Regresamos ahora hasta el Memorial Amphitheater para asomarnos al extremo opuesto, donde por puro azar llegamos un par de minutos antes de que se inicie un nuevo cambio de guardia en la Tumba de los Desconocidos. Este lugar, permanentemente velado por un soldado, rinde tributo a todos esos militares anónimos que perecen en los no pocos conflictos bélicos con participación estadounidense. Cada hora o cada media hora según la época del año, se realiza un cambio de guardia cuya coreografía perfectamente orquestada es retratada por todos los presentes. Lo estricto de sus pasos, los golpes de un zapato contra el otro, los gritos de las órdenes sacados de una película bélica y el silencio sepulcral y respetuoso del público hacen que la ceremonia sea tan solemne como innecesaria. Pero ya sabemos del gusto de la cúpula militar por este tipo de actos, rasgo que se acentúa en una cultura tan entregada a sus ejércitos como la estadounidense.

Regresamos al Memorial Amphiteater
Y en su otro extremo nos esperan los desconocidos
El solemne cambio de guardia
Obsequios de las visitas del Gobierno Español a Arlington
Patria y religión, omnipresentes
La tumba con el amfiteatro detrás
Así es el 90% de Arlington

Con este ritual damos por terminada nuestra relativamente fugaz visita a Arlington, que nos ha llevado alrededor de un par horas. Las señalizaciones vuelven a poner difícil perderse en el camino de vuelta hasta la estación de metro. Todavía con mucho tiempo por delante antes de pensar en comer y dirigirnos al aeropuerto, decidimos hacer un último intento desesperado de conseguir un souvenir muy especial para mi cuñado. Por ese motivo recorremos por los túneles de metro el camino de nuevo hacia el National Mall, concretamente hasta la estación de Federal Center. 1,75 dólares nos cuesta este trayecto.

Nuestro gozo en un pozo: el cuartel general de la NASA, situado a dos manzanas de aquí, permanece todo el fin de semana tan cerrado como su tienda de regalos. Imposible entonces probar suerte y conseguir la clásica pegatina con el logotipo de la organización, por lo que ya sin mucha esperanza intentamos buscarla de nuevo donde ya lo hicimos hace cuatro años: en el Museo Smithsonian del Aire y el Espacio, convenientemente cerca de nuestra posición.

Previo control de mochilas, atravesamos en el vestíbulo principal del museo decorado por numerosos aviones, cohetes e incluso el módulo de amerizaje del Apollo 11 para ir directamente hacia la Museum Store. No hay mucha suerte: encontramos todo tipo de artículo con motivos de la NASA… excepto la condenada pegatina. Tenemos maquetas de los transbordadores, e incluso los clásicos trajes naranjas de la tripulación. Pero lo más parecido a la pegatina que buscamos es una diseñada para pegar al parachoques trasero del coche con la leyenda “Give me space”. Bueno, es mejor que nada. Aprovechamos la visita para llevarnos un par de artículos más: unos pendientes para una buena amiga, y un llavero del Discovery para sustituir al que sigo llevando junto a mis llaves desde hace ya 3 años.

Primero el aire, más tarde el espacio
Aviones y misiles comparten el vestíbulo de entrada
Acoplamiento entre el estadounidense Apollo y el soviético Soyuz
Un pequeño paso para el hombre...
Misiles soviéticos

Ahora sí que se acerca la hora de comer y probamos suerte con el pabellón de comida del propio museo, tras cruzar varias salas con artículos y explicaciones de las misiones lunares así como la recreación de un acoplamiento entre los módulos Apollo y el soviético Soyuz. No hay mucho que ofrecer: toda la oferta se limita a menús de McDonalds o pizzas completas de queso o pepperoni, nada que andemos buscando. Decidimos desplazarnos, y ya empieza a ser una carrera contrarreloj, hacia el edificio de la Old Post Office, la vieja oficina de correos que años atrás visitamos con el único objetivo de asomarnos a la torre que ofrece vistas a la ciudad.

Llegamos a pie entre 15 y 20 minutos después, tras atravesar de norte a sur el National Mall y caminar por Pennsylvania Avenue junto a edificios como el cuartel general del FBI o el Archivo Nacional. El interior de la oficina de correos es un pabellón de comida en toda regla, pero nos recibe con la mitad de locales cerrados supuestamente por tratarse de un domingo. A falta de un establecimiento de porciones de pizza, nos conformamos con el Georgetown Deli, en el que compramos dos sándwiches con ensalada de patata y refresco por 8 dólares cada uno.

El último almuerzo, poco glamouroso

Comemos a toda prisa y ya no hay tiempo para más. Nuestro último trayecto en metro va desde Federal Triangle hasta nuestro campamento base en Rosslyn. Mi deteriorada SmarTrip muere definitivamente, y las pocas ganas de seguir luchando contra ella me llevan a pagar el dólar extra por obtener un billete sencillo de papel. Por lo menos esta vez tenemos la suerte de bajar al andén en el preciso instante en que llega un nuevo tren, evitándonos así la espera de un fin de semana.

Nos da tiempo a todo. Llegamos al Hyatt Arlington, donde primeros invertimos nuestros últimos 10 minutos en el “Centro de negocios” para intentar por tercera vez y sin éxito obtener las tarjetas de embarque de la escala entre Londres y Palma de Mallorca. Regresamos a recepción donde recuperamos de la consigna nuestras maletas, y con ellas nos dirigimos a la parada provisional de la línea 5A del Metrobus Express hasta el Aeropuerto Internacional de Dulles. Su paso por Rosslyn se sucede cada hora a los y 51 minutos, y hemos conseguido llegar al servicio de una hora antes al que nos habíamos propuesto. Todo margen es bienvenido cuando se trata de coger un vuelo.

El autobús cuesta 6 dólares por persona, independientemente de si lo abonas con el saldo de tu tarjeta SmarTrip o pagas directamente en efectivo en su interior. Tras 40 minutos nos deja en la terminal única de Dulles, un espacio reducido especialmente en comparación a colosales aeropuertos como el JFK o el maldito –por experiencias pasadas- Aeropuerto de San Francisco. Conseguimos un carro para las maletas y tras subir un piso en ascensor hasta la planta de facturación, encontramos una báscula en la que comprobar nuestra carga antes de pasar a los mostradores. Es una gran y agradable sorpresa que a L le sobren 5 kg hasta el peso límite y yo solo me exceda medio kilo. Pasando un par de prendas de una maleta a otra, conseguimos que ninguna de las dos deba pagar un recargo por exceso de equipaje.

Nos sumamos a la cola de los mostradores de facturación de British Airways reservada para el “bag drop”, esto es, para gente con tarjeta de embarque ya obtenida online y que solo necesita entregar los bultos a facturar. Llega nuestro turno y aunque nos cuesta horrores entender lo que nos dice el empleado de turno, resulta atento y eficiente: no solo se esmera en darnos instrucciones sobre dónde entregar las maletas, si no que además consigue obtener para nosotros las tarjetas de embarque de Vueling que no pudimos tramitar por cuenta propia.

Gracias British por borrar el recuerdo de United

Tras depositarlo en la cinta transportadora correspondiente, nos despedimos de nuestro equipaje esperando reencontrarnos horas después ya a pocos minutos de casa. Mucho más ligeros de carga con la única compañía de nuestros trolley, avanzamos hacia el control de seguridad. Esta cola avanza notablemente más despacio que la de facturación, pero llega nuestro turno y tras descalzarnos nos metemos en el escáner corporal. L pasa sin problemas, y a mí me ruegan que muestre qué es la marca blanca de mi bolsillo que refleja la pantalla. Una barrita de cacao, no se les escapa una.

Un tren lanzadera con frecuencia de cada 150 segundos nos lleva al vestíbulo de puertas de embarque. Resulta ser un largo pasillo con montones de comercios que acompañan a las puertas y de propina la inevitable capilla para rezos de última hora, por lo que pueda pasar en el aire. Descubrimos un “Starbucks evenings”, que no es más que un Starbucks de notables dimensiones e incluyendo algo más de surtido de comidas calientes para poder cenar en él. L aprovecha la ocasión para, sobre la campana, renovar el termo de café de la franquicia que tan buen servicio le ha dado los dos últimos años. Esta vez el susodicho le cuesta 14 dólares. Sin nada mucho mejor que hacer, decidimos que este Starbucks tan especial es perfecto para esperar a que se acerque la hora del embarque en compañía de un café, repitiendo nuevamente el truco de “un café solo, que ya lo convierto yo en con leche”. Por desgracia ninguna de las redes inalámbricas supuestamente abiertas responden, asumo que por una cuestión de saturación de tráfico.

Hemos llegado a la zona de embarque con casi 3 horas de antelación al despegue, pero bendita espera. La experiencia de nuestro viaje de vuelta es mucho más placentera que la de dos años atrás en San Francisco, cuando una pésima organización de la terminal del aeropuerto asignada a la compañía United nos costó una carrera contrarreloj y más de una discusión con el personal de tierra. Esta vez todo ha ido como la seda y todavía nos queda tiempo para recorrer todo el vestíbulo, camino durante el cual L sucumbe al capricho de una pizza que lleva horas arrastrando, comprando la porción más cara de la historia: 5 dólares. Yo en cambio y puestos a ceder ante las tentaciones, decido que mi último bocado en Norteamérica será el de una rosquilla de Dunkin’ Donuts, que en comparación solo me cuesta un dólar.

La terminal satélite de Dulles
¡No me culpes! Yo voté a Romney
Nunca es tarde para unos últimos rezos antes de despegar
Starbucks Evenings, nuestras últimas horas
Cómo voy a echar de menos estos cafés...

Supuestamente todo el Aeropuerto Internacional de Dulles ofrece conexión a Internet gratuita. Y digo supuestamente, porque pese a que la red siempre ha estado ahí esperando a que conectáramos, nuestros numerosos internos de hacerlo son en vano. No hay manera de conseguir conexión hasta que, no podía ser de otra forma, apenas quedan 5 minutos para acceder a la cabina del avión.

Nada más acceder a la cabina, British Airways nos da buenas sensaciones. La separación entre asientos es algo superior a la mínima exigida, y disponemos de pantallas individuales en cada respaldo. Los compartimentos superiores son algo justos para dar cabida al equipaje de mano. No digamos ya en la columna central, en la que a duras penas deben caber bultos del tamaño de un neceser. No tenemos toma de corriente, pero eso es más la norma que la excepción. Repaso la oferta multimedia que tendremos en nuestras pantallas individuales gracias a la revista de la compañía. Lo de siempre: bastante catálogo de cine y televisión, pero muy poco con opción de subtítulos siquiera en inglés, no digamos ya traducidos al español. Lo que no pienso dejar pasar es la oportunidad de ver uno de los dos capítulos de Doctor Who disponibles a bordo de un avión británico. Probablemente Rings of Akhaten, cuya historia no me dejó especial huella pero sí algunos de sus escenarios.

British airplane, British show

Llega la cena, que no es la mejor ni la peor que hemos probado en las alturas: a elegir entre pasta con tomate o ternera tex-mex. Al final, cada nueva aerolínea que probamos nos hace llegar a la misma conclusión: que Swiss es la mejor con diferencia, y que Air Europa hace el ridículo en las distancias largas, con unas comodidades y servicios para sus viajeros a años luz de los de toda la competencia.

La última cena

Toca recurrir al ordenador portátil para visionar el penúltimo capítulo de los 8 años en antena de Dexter Morgan. Guión lleno de confusión, trampas y agujeros… en esta serie hace ya tiempo desde que todo vale. La he intentado defender, he intentado ser optimista, pero ya no puedo aguantar más sin dar la razón a los que manifiestan que debió acabar hace ya unos años. El cierre de serie que veríamos una semana después no cambiaría esa opinión.

L intenta dormir y yo, que sé que en estos vuelos no lo consigo, ni siquiera lo intento y paso a disfrutar durante 2 horas de la tercera entrega de Ironman. Robert Downey Jr. sigue siendo la piedra angular de todo el éxito cosechado con Marvel con el proyecto de llevar Los Vengadores al cine. Sin él, no me arriesgo a creer que hubieran llegado al mismo nivel.

Sin nada cargado en el portátil que me despierte especial ilusión en estos momentos, ahora sí decido hacer uso del entretenimiento a bordo para ver una tal “El increíble Burt Wonderstone”, subtitulada en inglés y protagonizada por Steve Carell. Sin renunciar a tópicos del humor absurdo, resulta más simpática de lo que esperaba, y con un montón de apariciones de secundarios de las que me provocan una sonrisa: Olivia Wilde, Jim Carrey… ¡incluso Gillian Jacobs!

Cuando falta algo menos de dos horas para tomar tierra en Londres, el personal sirve un desayuno que consiste en café o té a elegir y un cruasán con mermelada para untar. Por las pequeñas ventanas el paisaje azul ya da paso primero a grandes parajes verdes naturales que deduzco corresponden a Irlanda y el oeste de Inglaterra, y finalmente a cientos y cientos de viviendas unifamiliares dispuestas a lado y lado de coquetas calles y curvas carreteras. Mientras tanto, un hombre sentado a pocos asientos de los nuestros sigue dedicando el vuelo a lo mismo desde que hemos despegado: hacer dibujos a lápiz. Y no se le da nada mal… siempre he envidiado a la gente que nace con esa predisposición para crear arte.

17 días después, vuelta a casa

Llegamos a la terminal 5 de London Heathrow, en la que el tramo desde las escaleras hasta la jardinera que nos lleva a cubierto ya me hace comprender el amor que los ingleses profesan por el clima y el sol de Mallorca. Aquí hace un frío que pela, y eso que parece haber amanecido una buena mañana. Cuando llegamos a la terminal solo tenemos dos opciones: ir directos a la zona de tránsito con el resto de edificios, o entrar en territorio británico a través del control de inmigración. Como no es el caso de permanecer en el país, parece que no podré ser testigo de la TARDIS y demás motivos de Doctor Who supuestamente repartidos por los vestíbulos de la terminal para celebrar el 50 aniversario de la serie. Tomamos el autobús que conecta en 10 minutos las terminales 5 y 3, obviamente circulando por la izquierda y con el volante al lado contrario. El día que visite Londres (años planteándolo, ninguno realizándolo) ni por todo el oro del mundo pienso alquilar un coche.

Tras pasar un nuevo control de seguridad, accedemos a la zona de espera de la terminal 3. Y pese a que según la hora local todavía no son las 10 de la mañana, ya es un infierno. Un hervidero de gente que no solo destaca por su cantidad, si no por la frenética actividad que presentan. La gente no deja de ir y venir por los pasillos haciendo eslalon y abriéndose paso a empujones, como si por unas horas hubiéramos regresado a la Grand Central Station en horario de máxima afluencia.

Por norma las puertas de embarque no se anuncian hasta 45 minutos antes de la salida del vuelo así que el nuestro, el único operado por Vueling y el único con destino a España de cuantas aparecen en pantalla, tardará casi dos horas en tener puerta asignada. No es la escala más larga que hemos hecho, pero la poca atractiva idea de recorrer la terminal luchando contra la muchedumbre nos invita a permanecer sentados sin mucho con lo que entretenerse tras consumir los 45 minutos de conexión gratuita a Internet dentro del aeropuerto. Al fin se acerca la hora de despegue y tras caminar apenas 200 metros llegamos a la pequeña antesala que nos llevará hasta el avión.

Irónicamente, mi imposibilidad de dormir en vuelos largos choca con la capacidad de hacerlo en escalas más cortas. Siempre que vuelvo del otro lado del Atlántico, esta última escala ya sobrevolando Europa es en la que consigo conciliar el sueño justo para luego poder aguantar hasta la noche del recuperado horario peninsular. También ayuda el hecho de que en estas escalas más pequeñas ya no queda absolutamente nada que hacer: no hay servicio de entretenimiento, no suelen servirse comidas, y ya he hecho suficiente uso del portátil en las horas anteriores. Así que cuando abro los ojos no queda mucho para que Palma de Mallorca aparezca bajo nosotros, y solo queda salir del avión escuchando la pegadiza canción de Vueling por megafonía antes de sentir que hemos vuelto a casa.

Otra vez debemos esperar a una jardinera para apearnos del avión. Finalmente llegamos a la zona de recogida de equipajes y, en la pecera con dos o tres cintas reservadas a bultos procedentes de fuera de la Unión Europea, no tardan en aparecer nuestras maletas. El guardia civil que debe permitirnos la salida de la sala se limita a preguntarnos cuál es nuestro origen y al contestarle que Washington DC, nos deja pasar sin proceder a una mayor inspección.

Nuestro particular chófer (es decir, mi suegro) nos espera frente a la zona de salidas de Son Sant Joan, y tras 15 minutos de carretera estamos en casa. Con un poco de hambre, prácticamente el mismo peso con el que nos fuimos y en mi caso las uñas más largas gracias a que no me las muerdo durante los viajes (por cierto: no durarían mucho), volvemos a pasar por la puerta más de 16 días después. Ahora solo nos queda aguantar como sea posible hasta la noche para olvidar cuanto antes la zona horaria de la costa este, y dedicar las próximas tardes a escribir, retocar, maquetar y finalmente publicar. Es difícil comparar según qué viajes por lo que no me arriesgaría a clasificarlo como el mejor de todos, pero con toda seguridad acabamos de terminar unas de nuestras mejores vacaciones. Y como suele ocurrir, el recuerdo no hará más que mejorar según pasen los años.