Washington DC. Capitolio. Jefferson, Roosevelt, Luther King, Korean War y Lincoln Memorial

Día 14 | 14 de septiembre de 2013

Empezamos nuestro penúltimo día en la habitación del Hyatt, que se confirma como el mejor de los hoteles que ha incluido nuestra aventura. Tuvimos algo de ruido al inicio de la noche, pero ahí terminan los peros. La habitación es espectacular: amplia, moderna, con un mobiliario cuidadosamente escogido y una cama tan grande como cómoda. El despertador suena a una hora conservadora, las 7:15. Tenemos 75 minutos para presentarnos frente al Capitolio con motivo de nuestra visita guiada.

El Hyatt Arlington, entre oficinas
El edificio de la izquierda es el de Operativa Gubernamental de Boeing

Tras coger un par de cafés para llevar en el Starbucks para no perder mucho tiempo desayunando, sufrimos un nuevo drama con motivo del sistema de metro. Ya asentados tras las prisas de ayer, parece claro que si pensamos hacer más de 5 viajes en metro, compensa la obtención de una SmarTrip por 5 dólares (más 5 de saldo), ya que de ese modo nos ahorramos el dólar adicional que cada billete sencillo grava en el precio. Encontramos en la estación un par de máquinas para la expedición de este tipo de tarjetas. El primer revés es que no podemos utilizar nuestras tarjetas bancarias, ya que al hacerlo el sistema solicita un código postal norteamericano que nosotros obviamente no tenemos (y “00000” tampoco es una opción válida). Para pagar en efectivo, solo se aceptan billetes de 1, 5 y 10 dólares… y por supuesto, en estos momentos no disponemos de suficiente cantidad de dichos billetes para alcanzar el precio a pagar. Pido ayuda al agente de la estación que lamenta informarme de que él no dispone de cambio, así que me insta a probar suerte en algún comercio cercano.

Vuelvo al Starbucks al otro lado de la calle de la estación para, con un ojo puesto en el reloj y el tiempo restante para nuestra cita, conseguir cambio de 20 a toda prisa. Vuelvo a la estación con cuatro billetes de 5, uno de ellos en un estado bastante deplorable. Sacamos la primera SmarTrip: bien, ya es nuestra. Procedemos a la segunda: metemos el primer billete, y en último lugar insertamos el de peor estado… rechazado. Lo estiro, lo aplano, y vuelvo a intentarlo. Nada. Y en estas, la máquina nos informa de que ha expirado el tiempo para poder realizar la compra. Muy bien, devuélveme mis 5 dólares… ¡eh! ¿Dónde está mi billete?

Pues tal como suena, la máquina decide establecer una política de “no devoluciones” y en lugar del billete que le he entregado me imprime un recibo informando de que la transacción no ha podido finalizarse y utilice el justificante para hacer mi reclamación. Vuelvo al mismo agente de estación que antes, que en cuanto ve el justificante pone esa cara de “pues estás jodido”. Resulta que el papeleo necesario para recuperar esos cinco dólares llevaría bastante más tiempo que las apenas 36 que nos quedan en la ciudad antes de salir volando. Pasan unos minutos en los que el agente parece estar sopesando las opciones, hasta que finalmente aparece con una tarjeta SmarTrip claramente usada y me acompaña a una máquina de recarga. Pasa la tarjeta por el lector y la pantalla informa de que el saldo es casi cero. El agente me insta a insertar los cinco dólares deplorables que en este caso la máquina sí acepta. Ya con la tarjeta recargada, me la entrega.

En resumen, el hombre ha decidido darme una SmarTrip desgastada que conservaba a título personal para no “perder” los 5 dólares de emisión que la máquina expendedora decidió tragarse. Le doy mi más sincero agradecimiento y le digo que es un buen hombre, antes de salir pitando hacia al andén tras comprobar por primera vez que la tarjeta cedida está efectivamente muy gastada, ya que cuesta varios intentos que el torno la acepte.

Ya enfrascados en el trayecto de la línea naranja hacia el este, observamos un denominador común en el vagón: mujeres preparadas para algún tipo de carrera popular. No sé qué pasa últimamente, pero cada vez que piso una ciudad distinta de en la que resido coincido con la “Cursa de la dona” y similares.

Volvemos a la calle en la estación de Capitol South. El clima es de locos: oficialmente tenemos entre 20 y 22 grados y pasear por el sol es agradable, pero en la sombra corre un viento gélido ante el que voy a tener serios problemas por salir del hotel en manga corta.

Llegamos a tiempo para nuestra visita guiada al Capitolio de los Estados Unidos, edificio histórico y gubernamental por excelencia que alberga las dos cámaras del Congreso: la del Senado y la de los Representantes. Irónicamente, los turistas tenemos menos obstáculos para conseguir una visita guiada por sus pasillos respecto a los residentes estadounidenses: mientras que estos deben solicitarla expresamente al senador de su estado, a nosotros nos basta con obtenerla con antelación a través de su página web oficial.

A pocos metros de la entrada este del edificio un primer control se limita a observar el contenido de nuestras mochilas, pero al entrar ya nos encontramos con el kit de seguridad completo incluyendo detector de metales y escáner de rayos x. Superado el trámite, nos encontramos en un gran vestíbulo con mostradores a lado y lado en los que presentar el recibo de nuestra visita guiada. Al hacerlo, obtenemos una pegatina para llevar con nosotros indicando la hora exacta a la que se inicia nuestra visita. Pese a la odisea del metro, estamos listos con 20 minutos de antelación que nos permiten hacer un pequeño paseo por los alrededores antes de empezar.

Nuestro turno es a las 9:00

Se reparten por el perímetro del vestíbulo varias estatuas con personalidades correspondientes a varios de los estados que forman el país. Empiezo por una de las más curiosas: la de Kamehameha, que despierta el inevitable recuerdo de la serie Dragon Ball. Para alguien ajeno a una historia más detallada del país, la mayoría de las estatuas resultan completamente desconocidas. Quizás la más reconocible es la de Jack Swigert, senador de Colorado que antes de inmiscuirse en política salió a dar una vuelta por el espacio a bordo del Apolo XIII.

Pues no se parece mucho a Kevin Bacon...
Ni este se parece mucho a Son Goku...

Todavía en el vestíbulo, encontramos la leyenda de “North Theater” sobre sendas puertas cerradas que intuimos serán las que cruzaremos para dar inicio a nuestra visita. Todavía nos queda tiempo para recorrer el “Exhibition Hall”, un pequeño pero bien surtido museo con reliquias y descripciones relativas al sistema de gobierno estadounidense, sus organismos y, por supuesto, la historia, construcción y arquitectura del edificio en el que nos encontramos. No se permite tomar fotografías dentro de este área.

El exterior desde el interior
Modelo de la Estatua de la Libertad que corona la cúpula
Empezando la jornada de visitas guiadas

Llegan las 9:00 y una pequeña cola se forma ya ante la entrada del citado North Theater. Accedemos a un cine de dimensiones bastante considerables en el que se nos proyecta una patriótica proyección de 15 minutos que recorre de forma resumida los primeros pasos en la creación de los Estados Unidos de América, enumerando los motivos y virtudes de su separación de poderes así como toda la relación de hitos y éxitos conseguidos por el congreso a base de aprobar nuevas leyes y actas. La película, aún con la descarada intención de venderse, le da mil vueltas al Lincoln de Steven Spielberg a la hora de acercar los orígenes de la nación al espectador. Por lo menos aquí el contexto está bien explicado y entiendes de lo que te están hablando.

Abandonamos el teatro y en la sala contigua nos instan en colocarnos en una de las tres filas posibles para “visitantes estándar”. En cada una, un guía distinto está repartiendo receptores con auriculares sintonizados con el micrófono que llevan a la solapa, por lo que sabemos ya cómo piensan luchar contra la acústica y las dificultades para permanecer cerca de nuestro presentador. Un sistema bien diseñado y más cercano que tener una audioguía pre-grabada como en el caso de la Estatua de la Libertad. Empezamos así nuestro recorrido por los pasillos del Capitolio tras Catherine, la mujer entre los 30 y 40 años que nos ha sido asignada.

Catherine cogiendo carrerilla

La visita está francamente bien planteada y solo la barrera del idioma debería ser una excusa para no realizarla aprovechando la estancia en la ciudad, ya que la guía realiza las introducciones y responde a las preguntas en inglés y no hay ningún tipo de traducción para los que no se manejen bien con él. Un grupo de alrededor de 30 o 40 personas vamos siguiendo a Catherine por los pasillos, llegando en primer lugar a una cripta en los niveles inferiores que jamás se utilizó como tal, ya que las condiciones de la esposa de George Washington y un inoportuno ataque de los británicos al edificio abortaron toda intención de que el presidente descansara aquí. El recorrido continúa pasando junto a la sala del Tribunal Supremo, y acto seguido alcanzamos uno de los puntos álgidos de la mañana.

La cripta, todavía esperando los restos de George Washington
La vieja cámara del Tribunal Supremo
En New Hampshire ya llega el invierno
La joya de la corona: el interior de la cúpula

La “Rotunda” es una sala circular de considerables dimensiones con un alto componente artístico gracias a lienzos, estatuas y grabados a lo largo de toda su única pared sin fin. Pero lo que la hace más especial que ninguna otra sala se encuentra justo encima de nuestras cabezas: la “Apoteosis de Washington” impecablemente conservada bajo la enorme cúpula que preside el edificio y todo el National Mall de la ciudad. La Rotunda, situada en la segunda planta y en el preciso centro del edificio, además de ser más rica en detalles que algunos museos cumple también la función de salón para eventos especiales, como la recepción de personalidades por parte del gobierno del país. Escudriñándola con la vista en 360 grados encontramos enormes lienzos incluyendo uno con motivo del desembarco de Cristóbal Colón, y una historia visual de los orígenes del país que recorre todo el perímetro justo bajo la cúpula, iniciada también con el primer contacto entre Europa y América hace ya más de 500 años.

La Apoteosis de Washington, coronando la sala
Uno de los varios cameos de Colón en la Rotunda
Washington y Jefferson vigilando las entradas
La atención del grupo hacia su guía no es fingida
La historia estadounidense, empezando con Colón
Una sala propicia para ejercitar los músculos del cuello
Yo, la cúpula y Catherine en mis oídos

Aunque ya nada podrá superar el impacto de la Rotunda, tampoco hay que desmerecer la siguiente parada de la visita. Se trata de la vieja cámara de los representantes, ahora utilizada literalmente como almacén de estatuas que ya no pueden encontrar otro hueco en todo el edificio debido a la saturación de ellas. Catherine nos brinda una divertida demostración del discutible diseño de la cámara que presenta serios problemas de acústica cuando el orador se encuentra demasiado cerca de los objetos de su discurso, algo irónico teniendo en cuenta que este era un espacio dedicado principalmente al debate y los discursos. Entre las decenas de estatuas repartidas por todo el perímetro y nuevamente dedicadas a personalidades de distintos estados, una con el rótulo de California nos resulta familiar: se trata de Fray Junípero Serra, el fraile fundador de numerosas misiones en la costa oeste del país tales como Los Ángeles, San Francisco o San Diego.

Junípero, un mallorquín en el Capitolio
Unas cuantas de las estatuas del almacén

Termina la visita guiada y su hora de duración se nos ha pasado en un suspiro. Vuelvo a recomendarlo encarecidamente: es gratis, el trámite para conseguir hora es sencillo, y es sumamente interesante tanto para la vista como para los oídos siempre y cuando permanezcas atento a las numerosas explicaciones del guía que te sea asignado. Pasamos fugazmente por la tienda de regalos cuyos artículos más interesantes son copias de documentos históricos como la Constitución, y damos por zanjado nuestro tiempo en las entrañas del Capitolio de los Estados Unidos.

Salimos por el mismo lateral este por el que habíamos entrado y aprovechando lo tranquila que está la explanada frente al edificio hacemos muchas fotos, aún a sabiendas de que ésta no es la fachada principal y más popular del edificio. Pero hacemos más que bien: tras rodearlo, dicha fachada principal además de más atestada de gente, está demasiado recargada con arbustos, flores y demás decoraciones que tapan el verdadero protagonista: el Capitolio. Por mucho que este lateral oeste sea el más conocido por ser el escenario de la investidura de Obama y sus predecesores, claramente me quedo con la versión oriental.

La fachada este del Capitolio, enorme y reluciente
Iniciando su carrera como senador...
Hace apenas unos minutos veíamos su interior
Lateral sur del Capitolio, con los primeros jardines
El National Mall, con Washington vendado
La fachada oeste, más popular y también más recargada

Comenzamos a caminar hacia el oeste, atravesando de lado a lado el “National Mall”, nombre que recibe toda esta área que comprende los principales monumentos, museos y edificios gubernamentales de Washington DC. Ya desde un inicio vemos que, tal y como traíamos aprendido, el obelisco de Monumento a Washington se encuentra completamente cubierto por andamios y lonas, provocando así el cierre durante meses de un mirador en su punto más alto que en otro caso hubiéramos intentado visitar. A medio camino de alcanzar el obelisco cazamos desde un banco en el que nos sentamos la primera red abierta a Internet, que a juzgar por su nombre (DCCity) puede que se trate de algún tipo de servicio municipal. Aprovechamos la ocasión, ya que salvo el fugaz minuto en el que estuve esperando mi café en Starbucks llevamos 24 horas sin revisar la actividad en la red. Consecuencia de que el Hyatt Arlington, y como suele ocurrir cuando un hotel se cree de categoría superior, solo ofrece conexión a Internet mediante pago de un recargo. Utilizamos igualmente el receso para planificar el itinerario más eficiente que recorra todos los puntos pendientes de nuestra agenda.

Cuando alcanzamos la pequeña colina sobre la que se eleva el obelisco (en el cual apenas reparamos por haberlo visto 4 años antes y estar ahora en una versión muy desmejorada) giramos a la izquierda por la calle 15. En dos pasos estamos ya recorriendo el perímetro del Tidal Basin, el gran embalse presidido en el otro extremo por el monumento a Thomas Jefferson, tan inmaculadamente blanco como casi toda la arquitectura de la zona. Solo coqueteamos con la opción de alquilar un hidropedal durante unos segundos.

Thomas Jefferson sabe escoger sus casas

Rodeamos medio lago y alcanzamos la construcción, en cuyo interior nos espera la majestuosa figura de bronce y casi 6 metros de altura del tercer Presidente de los Estados Unidos. Numerosas placas de mármol en las paredes interiores muestran algunos de los más famosos discursos del bueno de Tomás. Pese a haber pasado a la historia como un hombre de ciencia, en todos hay un claro predominio del lenguaje teológico y referencias divinas. Ironías de la Norteamérica del siglo XVIII.

A solo unas escaleras de uno de los padres fundadores

Sin la carta a favor de visitarlo a primera hora como ocurría en el Capitolio, aquí empezamos a temer la clásica aglomeración turística de un sábado. En el radio de pocos metros alrededor de Jefferson pueden estar tomándose sin temor a exagerar más de 100 instantáneas por minuto. Y sí, aquí también tenemos de esos que van paseándose con el tablet (iPad, en su mayoría) alzado cual tabla de Moisés, viendo todo su viaje como a través de un televisor. Visitamos durante unos minutos utilizando el ascensor el pequeño museo y las tiendas de regalos subterráneos.

Jefferson y sus groupies
El segundo párrafo de la Declaración de la Independencia
4.500 kg de Presidente

Recorremos ahora la mitad del lago restante, tramo en el que nos aguardan un buen puñado de monumentos más a borrar de la lista de puntos pendientes. Empezamos por el dedicado a Franklin D. Roosevelt, vigésimo sexto Presidente. Se trata de un agradable parque con cascadas artificiales y grandes bloques de piedra, en los cuales leer grabadas algunas de las frases más significativas pronunciadas tanto por él como por su esposa Eleanor Roosevelt, primera delegada estadounidense en las Naciones Unidas. El memorial ha pretendido destacar ante todo la faceta antibelicista de ambos, con numerosas alusiones a los horrores de la guerra y la necesidad de establecer la paz.

Jefferson nunca perdió de vista el Capitolio
Roosevelt nos da la bienvenida a sus jardines
Menos solemne pero más propicio para el paseo
He visto la guerra... odio la guerra

El siguiente en la lista es Martin Luther King Jr., considerado uno de los más férreos defensores por los derechos de los afroamericanos y la igualdad racial de toda la historia. Que su memorial sea el único de todos los de la zona no dedicado a un Presidente de la Nación da una visión de la importancia que a este personaje se le atribuye por parte del pueblo norteamericano. Se trata de un pequeño parque igualmente con frases esculpidas en piedra, pero en el que el absoluto protagonismo se lo lleva la ingeniosa escultura del homenajeado: un enorme bloque de granito que emerge de una montaña del mismo material, mostrando en uno de los laterales la leyenda “Out of a mountain of despair, a stone of hope” (traducción libre: “De una montaña de desesperación, una piedra de esperanza”).

Luther King Jr., emergiendo de la división
Una piedra de esperanza

Con Luther King Jr. no terminan los monumentos a visitar en este regreso hacia el norte. Es turno ahora de rendir tributo a los veteranos de la guerra de Corea. El diseño es muy interesante: una pequeña cuesta en la que soldados de acero inoxidable perfectamente esculpidos avanzan entre la maleza. En plena sesión de fotos, un matrimonio local de 50 y tantos me secuestra para retratarles con su iPhone (que sí, hace unas fotografías impresionantes para tratarse de un teléfono) y cubierta la petición, la mujer me atrapa llena de entusiasmo durante 15 minutos al decirle primero que vengo de España y después que soy nacido en Barcelona. Mi experiencia me dicta que la marca Barcelona vende una barbaridad en el extranjero. Disertamos sobre el preocupante desempleo y receso económico del país, y no hubiera tenido mayor importancia de no ser porque aquí, junto a los soldados de acero, el sol aprieta de verdad y no hay una mísera sombra en la que refugiarse.

Soldados en Corea
La expresividad de las estatuas impresiona
Vistoso y muy logrado homenaje

El último de los monumentos de nuestra lista se trata de uno de los principales motivos para nuestra revisita de la ciudad. Hace 4 años, en plena breve y mal planificada visita a la zona, decidí ir por mi cuenta a visitar el Lincoln Memorial mientras L, mi suegro y mi cuñado terminaban de recorrer un museo. El oportunismo hizo que justo cuando me alejaba de la estación de metro del Cementerio de Arlington y empezaba a ver el monumento a lo lejos, un mensaje en mi móvil me informara de que mis compañeros de viaje habían terminado y ya se dirigían hacia el metro, donde debíamos reencontrarnos. Así que desde esa primavera de 2009, quedó grabada en mi retina la fachada de mármol a un kilómetro de distancia de uno de los mayores reclamos de la ciudad. Y hoy era el momento de resarcirme.

Sí, Abraham, por fin soy yo

Por desgracia, el contexto no ayuda a ensalzar el mito personal que he ido construyendo durante este tiempo alrededor del homenaje al decimosexto Presidente. El monumento a Abraham Lincoln roza lo intransitable, dada la abrumadora cantidad de gente que se acumula en sus alrededores empezando por la larga y ancha escalera que da acceso a su interior. Interior en el que nos espera con su ya universal postura sentado en un gran trono, mirando con gesto amenazador a todo visitante. Si a Jefferson se le hacían 100 fotografías por minuto, aquí 300 instantáneas en el mismo tiempo es una estimación conservadora. Y no esperéis mucha pulcritud por respetar a fotógrafos ajenos: cuesta horrores mantener despejado un espacio de un metro cuadrado durante más de 2 segundos. El caso es que pese a la adversidad, queda saldada mi cuenta pendiente con el artífice de la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos. Nos despide de nuestra jornada en el National Mall la Reflecting Pool, esa larguísima piscina que separa los monumentos de Lincoln y Washington y por la cual Jenny corría al reencuentro del inocente Forrest Gump.

El recuerdo de Abraham Lincoln consagrado para siempre
¿Forrest? ¿Jane?

Siendo este nuestro último día completo, agotados como estamos y tras poder tachar de la lista todo nuestro plan de la jornada, solo nos queda buscar un lugar en el que comer y regresar al hotel para un merecido descanso primero y empezar la primera fase de recogida de equipaje. La búsqueda de una estación de metro delata que no vendrían mal un par o tres paradas más de los trenes en esta zona del National Mall. Para conseguir llegar a un andén, nos vemos obligados a recorrer durante una buena media hora una pendiente ascendente hasta Foggy Bottom, pasando antes junto al edificio Departamento de Estado y las instalaciones y apartamentos de la George Washington University. Y si los estadounidenses ya suelen ser de por sí algo ruidosos, imaginadlos cuando son universitarios y salen en grupos de 5 un sábado a la búsqueda de un poco de acción.

La frecuencia de paso de los trenes de metro durante un día como hoy tampoco da para muchos elogios: por algunas líneas los trenes tienen una separación de hasta 17 minutos, y afortunadamente en nuestro próximo destino confluyen varias de ellas lo cual acorta nuestra espera. Llegamos a Gallery Place, en el extremo sur de Chinatown y a dos manzanas del cruce entre la calle F y la calle 9. En Washington DC, las travesías horizontales siguen el orden del alfabeto de sur a norte, mientras que las verticales están numeradas de este a oeste. En esta esquina repetiremos con ShakeShack, esa franquicia de hamburguesas de la que quedamos prendados a nuestro paso por Nueva York. Por 20 dólares, disfrutamos de sendas ShackBurger, unas patatas con queso, una cola y una limonada. Nuevamente exquisito.

Y ahora sí, regresamos al Hyatt Arlington. Nos detenemos en recepción el tiempo justo y necesario para confirmar que mañana podremos dejar nuestras maletas durante el día en una consigna, permitiéndonos así echarnos a la calle en nuestras últimas horas en la ciudad antes de despegar. Aprovechamos la llegada al hotel para localizar la marquesina en la que mañana tomaremos la línea especial del Metrobus hasta el Aeropuerto Internacional de Dulles, ahora en una ubicación provisional debido a que la entrada a la estación de Rosslyn se encuentra en obras. Subimos a la habitación y lleno nuestra bañera, que esta vez me la he ganado.

Habitación en la planta 15, toma 1
Habitación en la planta 15, toma 2
Habitación en la planta 15, toma 3
Habitación en la planta 15, toma 4
Habitación en la planta 15, toma 5

Parece que nos hemos hecho veteranos en materia de preparar equipajes, ya que esta vez nos lleva poco tiempo y esfuerzo colocar todo en un orden coherente, procurando que las cosas más frágiles queden protegidas por la ropa y consiguiendo que las maletas no amenacen con explosionar a lo largo del camino. El objetivo es facturar tan solo nuestras dos maletas grandes (de las que tengo asumido que la mayor de ellas superará los 23kg gratuitos y deberemos pagar un extra), y llevar con nosotros los dos trolley que a la ida iban dentro de los bultos grandes. La mochila, en mi caso queda encajada y bien arrugada en el interior del trolley. L es más arriesgada y no cree que vaya a haber inconveniente por llevarla a la espalda. Yo creo que en el caso de British Airways no tendremos problemas, pero dudo más acerca de Vueling y su escala de Londres a Palma de Mallorca.

Con la intención de hacer el check-in online de nuestros vuelos y conseguir las tarjetas de embarque, bajamos al centro de negocios de la primera planta del hotel. El centro consiste en una sala con tres ordenadores Dell Optiplex (con todo el hardware incluido en el monitor, estilo iMac) y una impresora láser. Al iniciar sesión, sin necesidad de aportar dato alguno, se inicia la cuenta atrás de una hora de navegación gratuita al día. Sin embargo hay truco: basta con cerrar sesión y volverla a abrir para que el contador se resetee y empiece a contar una nueva hora. Así que echándole morro uno puede bajarse un café y abusar del servicio todo el tiempo que quiera… pero claro, esto no es España y aquí los negocios se pueden permitir confiar en la buena voluntad de sus clientes.

Solo conseguimos obtener las tarjetas de embarque de nuestra primera escala de Washington DC a Londres, las cuales imprimimos y también volcamos en nuestros teléfonos móviles para tener siempre a mano y por precaución una copia digital. Solo queda bajar a por nuestra última cena, siendo nuestra intención que sea muy pobre gastronómicamente hablando y absolutamente prohibida por alguien que esté obsesionado por la buena nutrición. Mientras cenamos, veremos algo de nuestro material audiovisual de reserva, probablemente uno de los últimos capítulos de Dexter o el estreno de la segunda temporada de Isabel.

La cena sale de la cadena Frozenyo y es una locura de despedida con fuegos artificiales: una buena ración de yogur helado de nube tostada cubierta con fresas, nueces y trocitos de bizcocho de chocolate, y rematada con otra ración algo menor de yogur helado de mantequilla de cacahuete con pepitas de chocolate blanco. La cena soñada por cualquier niño deseoso de azúcar. Sí, podría ganarme el infierno por esto, pero quién sabe cuando volveré a tener la ocasión de hacerme mi propio “froyo”. L también cena su propia creación, en este caso no tan osada y basada en su sabor favorito: el de fresa y plátano con sus correspondientes y variados toppings.

En la comodidad de nuestra habitación, descansando a pasos agigantados y con un extra de azúcar en el organismo, damos por finalizado nuestro último día completo en Estados Unidos durante 2013. Mañana tendremos unas horas de propina que sin duda buscaremos aprovechar, pero ya no queda duda de que la acción está terminando.