Condado de Lancaster, Tanger Outlet y llegada a Washington DC

Día 13 | 13 de septiembre de 2013

Pasan 10 minutos de las 7 de la mañana cuando no solo estamos despiertos, si no que nuestras maletas ya están cargadas en el maletero del durante tres días abandonado Volkswagen Golf. Tal y como nos aseguró el personal del hotel a nuestra llegada, no ha habido ningún problema con aparcarlo en plena calle a pocos metros de la entrada principal. Dentro de los preparativos para detenerse lo mínimo y poder salir de Nueva York lo más temprano posible, desayunamos en la propia habitación un café mocha light de Starbucks y un batido de chocolate Hersheys que compramos días antes y conservábamos en la pequeña nevera.

Hay una razón para nuestra insistencia en salir cuanto antes de Nueva York: el tráfico. Nuestra ruta nos obliga a cruzar de nuevo la isla de Manhattan para luego poder dirigirnos al sur, y tanto sus propias calles como los túneles y puentes que la conectan al resto de superficie se convierten en un hervidero de coches cuando la gente inicia su jornada laboral y se desplaza hasta el trabajo. Adicionalmente, así conseguiremos exprimir al máximo las horas de un día en el que la previsión es que cada minuto va a ser valioso, ya que nos espera mucho que conducir y mucho que visitar antes de alcanzar nuestro próximo y último hotel.

Antes de ponernos en marcha, comparamos las rutas que nos propone por un lado el GPS Garmin y por otro el servicio de Google Maps, ya que no se ponen de acuerdo acerca de qué túnel o puente es el más adecuado para abandonar Queens a esta hora. Descartamos la opción de Google, ya que nos pretende enviar a un Queensboro Bridge sobre el cual ya desde el hotel podemos ver que el tráfico empieza a congestionarse. El GPS en cambio nos insta a tomar el Queens Midtown Tunnel, algo más al sur de nuestra posición. Entrar a la isla por esta vía nos cuesta 7,5 dólares, y ya en la superficie las indicaciones para cruzar Manhattan de lado a lado incluyen pasar junto al Empire State Building del mismo modo que ayer hicimos a pie.

Nuestros días en Nueva York terminan al entrar al Lincoln Tunnel, tras el cual ya volvemos a estar en el estado de Nueva Jersey. El tráfico finalmente no ha sido tan dramático, gracias a que no hemos alcanzado siquiera las 8 de la mañana y nuestros únicos compañeros de carretera son taxis, camiones de reparto y algún kiosco de perritos calientes y derivados en busca de su esquina de todos los días.

¡Bienvenido a Nueva Jersey! ... paga aquí

Las carreteras de Nueva Jersey sí que nos reciben con algún ligero atasco, pero nada comparado con lo que deben sufrir los conductores en dirección contraria para entrar en Manhattan. Pasan los minutos y la vía se va despejando a medida que el resto de vehículos, muchos de ellos camiones y furgonetas, van tomando salidas mientras nosotros continuamos rumbo al sur. También se va despejando nuestra billetera tras pagar los 10,25 dólares de un nuevo peaje. Nos están desplumando a base de pagar cantidades nada pequeñas tras cada puñado de millas.

Pasando junto a Newark

Circulando ya por la interestatal 95, toda nuestra preocupación consiste en anticipar a través del retrovisor los camiones kamikaze que esperan hacer un récord en el reparto de hoy y creen que dos metros de separación son suficientes cuando pasan a toda velocidad por el carril de tu izquierda. Son las 8:30 cuando ya no podemos esperar más a desayunar algo sólido y nos apeamos en el Starbucks de la estación de servicio Molly Pitcher. Los 24 grados centígrados que marcaba el termómetro al abandonar Manhattan han bajado hasta los 21 tras alejarnos levemente, quién sabe si por una cuestión de corrientes de aire o por el efecto invernadero fruto de la contaminación de la gran ciudad.

Son ya con esta varias jornadas de carreteras norteamericanas, pero nos sigue sorprendiendo como los conductores no respetan en absoluto los límites de velocidad establecido, y sin embargo todos parecen haber llegado a un consenso sobre la velocidad real que deben mantener. Todos se pasan, pero se pasan la misma cantidad, no hay ningún conductor dedicándose a hacer eslalon bailando entre carriles. En el caso de hoy es de agradecer, ya que integrados en la velocidad oficiosa poder circular a 70 millas por hora hará que el viaje no se haga tan pesado como haciéndolo a 55.

Abandonamos ya el estado de Nueva Jersey para entrar en suelo de Pennsylvania, con un nuevo control para coger el ticket que luego deberemos usar al abandonar la carretera y pagar el peaje. Lo dicho, hoy nos despluman. Paramos en una nueva estación de servicio a las 10:15, cuyos estantes con folletos sobre Lancaster y otras zonas cercanas recorro a conciencia mientras otros viajeros van directos a la zona de alimentación para empezar a engullir su ración de grasas saturadas diaria.

Acercándonos a Lancaster

Tras 4 horas en carretera que podrían haberse rebajado hasta alrededor de las 3,5 si hubiéramos prescindido de las paradas, entramos en el condado de Lancaster. Nos acompañan en las primeras millas prados verdes y bastante tráfico atravesando su arteria principal, la carretera número 30.

La carretera 30, arteria principal de la zona

Nuestro paso en el día de hoy por Lancaster tiene una triple explicación. La primera es que no nos supone apenas desviarnos del camino que separa Nueva York y Washington DC. La segunda, es el reclamo turístico que suponen las granjas y prados controlados por la comunidad Amish, un grupo religioso que se resiste al curso mayoritario y mantiene un estilo de vida lo más ajeno posible a la irrupción de la maquinaria y la sofisticada tecnología, dejándoles como ocupación mayormente la agricultura y la ganadería. Y la tercera, que esta zona se considera también “territorio outlet”, con un buen puñado de tiendas de textil, accesorios y calzados repartidas a lo largo de la carretera principal y que ofrecen atractivos descuentos con el añadido de no gravar los precios con impuesto alguno.

Amish paparazzi

Menos llevados por la necesidad y más por la curiosidad de compararlo con Woodbury nos detenemos en el Tanger Outlet, un complejo que agrupa alrededor de 20 o 30 tiendas. Como descubriremos, Tanger es solo una más de tantas y tantas instalaciones de este tipo asentadas en los alrededores de la carretera 30. En casi ningún caso las tiendas salen vencedoras de la comparación con sus equivalentes en Woodbury, debido a los más agresivos descuentos que se aplican en nuestro outlet de referencia. Sin embargo, puede ser una buena alternativa si se quiere aprovechar un viaje para saciar el hambre consumista y la ubicación de Woodbury condiciona demasiado el itinerario. El punto en el que sí resulta claramente vencedora esta opción es la de la afluencia de público: a diferencia de en Woodbury, aquí tenemos prácticamente todas las tiendas para nosotros solos.

Al igual que ocurrió en Woodbury, nuestra primera parada en Tanger Outlet es el local de Tommy Hilfiger. Aquí nos encontramos a dos empleadas con un escandaloso cachondeo que se oye desde todos los rincones de la tienda. La tienda es algo más pequeña que su hermana de Woodbury pero bastante bien surtida, aunque efectivamente comprobamos que los descuentos no son tan jugosos como hace 3 días. Parece mentira pero al final pasamos por caja, y al hacerlo nos dan un 15% de descuento a utilizar en las cercana de Calvin Klein. Las siguientes paradas incluyen la citada tienda CK, la Nike y Aeropostale. Alguna compra más sumamos a la lista, pero nunca más que un par de prendas de las más simples y baratas por local.

Llevamos cuatro días sin hacer compras, inadmisible
Tanger Outlet, un puñado de tiendas a pie de carretera
La de Polo Ralph Lauren es una de las más grandes

Volvemos a la carretera 30 para empezar a tomar desvíos arbitrarios en busca de un poco de vida amish. Resulta muy curioso verles convivir casi codo con codo con aquello a lo que renuncian y, debo suponer, en gran parte detestan. Por poner un ejemplo, durante la espera en un semáforo se detiene a nuestro lado un chico empujando una carretilla, lo cual supone que aunque de forma indirecta debe sufrir las consecuencias de estar esperando junto a 7 u 8 vehículos que aguardan la luz verde en la calzada.

Vacas de Pennsylvania
Estos puentes cuando tienen carteles turísticos pierden el encanto
¿A que de frente no parecía tan largo?

Hemos alcanzado la hora de comer, y en nuestras idas y venidas por la carretera hemos visto en un arcén un Diner cuyo exterior parecía bastante auténtico. Nos paramos en él aún a riesgo de que se trate de un reclamo para incautos turistas, pero acertamos de lleno. Se trata del Jennie’s Diner, y su interior es tan fiel o más que el exterior respecto a los clásicos diner americanos. La confirmación definitiva viene cuando vemos sentados en varias mesas no solo familias locales, si no incluso grupos de amish disfrutando de su comida mientras sus sombreros descansan en el perchero habilitado junto a cada mesa.

Esto parece un Diner, pero seguro que es una trampa para turistas...
... anda, pues resulta que sí es un Diner de verdad

Y además es barato: por 18 dólares más la propina, tomamos sendos refrescos, un enrollado de ensalada pollo y un enorme sándwich de pollo a la parrilla con queso, éste último acompañado de unas espectaculares patatas fritas. Nos despedimos del local totalmente satisfechos y dejando atrás en el aparcamiento las camionetas de faena de los amish.

Enrollado de ensalada de pollo, ¡arf!
Sandwich de pollo a la parrilla, ¡doble arf!

Al igual que nos ocurrió en el caso de White Mountain, la mejor guía para orientarnos en el condado de Lancaster resulta ser el mapa que nos envió por correo postal la propia oficina de turismo del lugar. En él podemos identificar dónde se encuentran los distintos puentes cubiertos todavía en pie, y utilizando a ojo las carreteras como referencia podemos localizarlos navegando de forma manual por el mapa del GPS para conseguir las indicaciones. Es un mundo curioso el de la carretera 30: basta alejarse un par de minutos de ella para que el montón de franquicias, outlets y moteles dejen paso a un paisaje totalmente agrícola de enormes praderas, colosales granjas y espectaculares cultivos de maíz al que le debe quedar poco tiempo para ser recolectado.

Enormes campos de maíz mires hacia donde mires

Tal y como viajeros anteriores recomendaban, la mejor manera de descubrir Lancaster es perderse. Dejando de lado ingeniárselas para encontrar los puentes cubiertos, empezar a improvisar por los numerosos desvíos y carreteras secundarias no es en absoluto una mala opción para empaparse del paisaje más tradicional de la región. Cuidado con no meterse en caminos privados, que a diferencia de otros lugares aquí no siempre están vallados y protegidos por una puerta y puede que ya te encuentres a pocos metros de una casa cuando caigas en tu error.

El auténtico Condado de Lancaster: las carreteras secundarias
Yo diría que ese buggy se conduce solo...
Granjas y más granjas, a cada cual más descomunal
Vacas perezosas de Pennsylvania
Los prados de esta región son de postal

El último puente cubierto que pretendemos visitar no parece accesible en coche, ya que el GPS solo alcanza a dejarnos en uno de los refugios del Lancaster County Central Park a aproximadamente 1 milla del punto exacto que hemos marcado. Decidimos aparcar y recorrer esa distancia a pie, ya que nos hará bien estirar un poco las piernas en un día en el que hemos pasado la mayor parte del tiempo en el asiento del coche. Lo hacemos atravesando una carretera cerrada en ambos extremos, y que en el final del trayecto nos lleva a descubrir que el puente sí era accesible en coche, pero por una ruta alternativa. No importa, el paseo ha sido agradable y además aprovechamos para atravesar este puente a pie, gracias a formar parte de un camino muy poco transitado por vehículos.

Camino hacia otro puente cubierto a pie
El puente para nosotros solos
Qué tontería podría hacer yo aquí...
Tan rústico como robusto
Él también estuvo allí

Quizás esté en un equívoco y en realidad haya latente una fuerte tensión a punto de explotar, pero a ojo del visitante esporádico resulta destacable la buena convivencia que parece haber entre dos culturas tan opuestas como los amish y un capitalismo tan extremo como el estadounidense. Las granjas y hogares de unos son colindantes a las casas más habituales y ostentosas de otros, y no parece que nadie tenga ganas de excluir a nadie. Es un contraste muy grande respecto a otros conflictos mucho más cercanos en el que culturas con muchísimo más en común que estas dos parecen incapaces de establecer diálogo alguno.

Esta foto sin una pickup de Chevrolet ya no sería igual
Simplemente guau

En añadido al Tanger Outlet, decidimos hacer una parada muy rápida en Rockvale Outlet, otro complejo de tiendas que en este caso incluye a la franquicia Levis. Y aquí nos llevamos la mayor sorpresa en materia de compras, ya que los precios resultan ser más baratos que en su hermana de Woodbury y, por lo menos en lo que a sección femenina se refiere, con mucho más surtido de todo tipo de prendas. Tejanos marcados a 50$ pero que en caso de comprar dos bajan hasta los 40$, y lavados concretos rebajados hasta los 30$. Parte por prudencia y parte porque ya hemos cargado suficientes vaqueros, tan solo me llevo una camiseta que aquí cuesta 15 dólares en contraste a los 20 que marcaba en Woodbury.

¡Rápido, compremos algo, que nos vamos de vacío!

Con este último desembolso damos por terminado nuestro tiempo en Lancaster. Es hora de marcar nuestro próximo hotel en el GPS e iniciar la travesía hasta la capital de la nación. El camino empieza bien: entramos en Maryland, y al ritmo actual parece que podremos alcanzar nuestro destino a las 20:00 tras algo más de dos horas al volante. Pero en la última hora, comienza el infierno. En concreto cuando alcanzamos Silver Spring, la antesala a Washington DC y que no solo nos recibe con un paisaje urbano decadente y que transmite cierta inseguridad como la del Hill Valley alternativo de Regreso al Futuro II, si no que marca el inicio de un caos circulatorio que nos acompañaría durante casi una hora de sudores, incertidumbre y nervios al volante.

Tras muchos dolores de cabeza sorteando coches aparcados aleatoriamente en carriles de supuesta circulación y deteniéndose prácticamente a cada 50 metros por culpa de interminables semáforos, un último giro nos coloca de pleno en la entrada para vehículos del hotel Hyatt Arlington. No había terminado el caos: la superficie está asediada por vehículos de huéspedes que acaban de llegar, y mientras descargamos las pesadas maletas tenemos que pedir a uno de los aparcacoches si puede velar por nuestro coche durante los 10 minutos que tardemos en tramitar la entrada y bajar de nuevo para llevarlo a la oficina de alquiler. Afortunadamente, el hindú que nos atiende acepta de buen grado y tras estudiar el escenario decide dónde puede dejarlo apartado sin que obstaculice el paso, pidiéndonos las llaves para hacerlo él mismo. Mientras tratamos con él, otro hindú esta vez ataviado con el uniforme de botones ha olido la potencial propina y ya está ofreciéndose a cargar con nuestras maletas tan pronto como sepamos qué habitación se nos ha asignado. Accedemos, porque el carrito de equipaje comienza a ser poco maniobrable con tanto peso y bolsas de la compra colgando.

En contraposición con lo mal que se inicia nuestra aventura en Washington DC, la búsqueda de un hotel en el que hacer noche no estuvo exenta de suerte. Siguiendo nuestro proceso habitual para buscar alojamiento, utilizamos el buscador avanzado de Hoteles.com para localizar establecimientos con buena relación entre opiniones y precio acotados por zona. En la búsqueda surgió un resultando que llamaba poderosamente la atención: un Hyatt, cadena hotelera caracterizada por ofrecer alojamientos de un nivel bastante alto, pero a un precio más acorde a opciones de nivel medio. La zona en la que se encontraba también era estratégica: ya en Arlington, estado de Virginia, pero a literalmente dos pasos de la estación de metro de Rosslyn, la cual ya sabíamos por nuestra visita anterior que era una opción ideal para conectar con Washington DC. Así que nuestra búsqueda terminó pronto y enseguida estábamos ya reservando dos noches en el Hyatt Arlington por el atractivo precio de 159€.

Volvemos a los minutos de agobio esperando tramitar la entrada en el menor tiempo posible para salir pitando hacia la oficina de alquiler de coches. Afortunadamente el check-in transcurre sin problemas y subimos a la planta 16, la más alta del edificio. La habitación es espectacular, probablemente la más cuidada y mejor equipada de cuántas hemos habitado en nuestro viaje. Una pena que el cansancio y nervios acumulados nos impiden disfrutar en condiciones de esta primera impresión. La perspectiva de tener que volver a echarme a las calles de Washington para alcanzar el otro extremo de la ciudad no da lugar a muchas alegrías. Volvemos pitando a la entrada, tras dar dos dólares al botones y otros dos al aparcacoches por las molestias. Salimos pitando hacia Union Square, y durante el camino ya vemos iluminados varios de los puntos que esperamos visitar en los próximos dos días: el Lincoln Memorial, el Jefferson Memorial e incluso el Capitolio.

Pese a lo complicado de la entrada a la ciudad el navegador GPS parecía haber hecho todo lo posible por echarnos una mano, pero es ahora cuando decide unirse a la fiesta y no avisarme a tiempo de la salida que debo tomar en el interior de un túnel. Así que nos toca dar un rodeo, que por lo menos transcurre en una zona poco transitada y nos da un respiro. Alcanzamos entonces Union Square, presidida por la enorme estación de trenes y autobuses cuya fachada me recuerda al edificio de Correos en Madrid. Íbamos a sufrir los problemas de señalización hasta el final: el acceso a las oficinas de alquiler de coche no está indicado hasta después de haber tomado la salida correcta de la plaza, así que acabamos de lleno en la zona de carga y descarga frente a la estación y debemos dar una nueva vuelta a todo el perímetro. La segunda vez ya podemos acertar y accedemos al carril del parking a mano derecha señalado para subir hasta la planta donde Alamo y otras compañías tienen sus puntos de entrega.

La devolución del coche transcurre sin contratiempos, lo cual es un alivio a sabiendas de que esta mañana durante la carga del equipaje uno de los topes de la bandeja del maletero saltó por los aires y pudimos repararlo pobremente. La empleada de Alamo hace una revisión básica del coche antes de entregarnos el recibo, y echamos un vistazo al odómetro antes de salir del vehículo por última vez: 1502 millas recorridas en total, algo más de 2400 kilómetros desde que salimos de Boston hace 11 días. Teniendo en cuenta que durante los tres días en Nueva York el vehículo estuvo detenido, nos sale una media de 300 kilómetros diarios durante 8 días de carretera.

Todavía no había terminado la odisea de estas últimas horas del 13 de septiembre: nos queda regresar hasta el hotel utilizando el metro de Washington DC, temible por lo extraño de su sistema tarifario. Aquí el precio no es fijo por viaje, si no que depende del trayecto exacto que deseas realizar. Por ello los bonos y tarjetas son “prepago”, cargados previamente con una cantidad que va decreciendo a medida que utilizas el servicio. Además, utilizar billetes sencillos impresos en papel añaden un sobrecoste de 1 dólar por trayecto, cantidad que puedes ahorrarte si en su lugar obtienes una tarjeta “SmarTrip” plastificada que inicialmente cuesta 5 dólares de emisión más otros 5 de saldo inicial. Ahora mismo, cansados hasta el extremo, decidimos sacrificar ese dólar extra y obtener un billete sencillo que cargamos con dos veces el importe para ir desde Union Square hasta Rosslyn. Pero oh, sorpresa, resulta que los billetes son individuales y solo L consigue atravesar los tornos. Así que debo regresar a las máquinas expendedoras y obtener otro billete sencillo, con un dólar extra más a cargar y además debiendo alcanzar un mínimo de saldo. Dado el precio dependiente del trayecto, el cargo en el billete no se realiza hasta que pasas el torno en la estación de salida, corriendo el riesgo de que si has fallado en el cálculo y tu saldo es insuficiente quedes atrapado en su interior. Por fortuna, todas las estaciones habilitan una máquina de “Exitfare” en las que abonar la diferencia necesaria para poder escapar de los túneles.

Por otra parte, el metro de DC sigue siendo el búnker que recordábamos, con amplios vestíbulos especialmente profundos, andenes protegidos por gruesos bloques de hormigón y, lo más curioso de todo, vagones con el suelo enmoquetado. La parte graciosa de toda la “crisis del metro” llega cuando, ya en Rosslyn, pregunto a un joven empleado que pasaba por allí la ubicación de la máquina para compensar el saldo insuficiente de mi tarjeta. Mientras procedo con ello, el joven se dirige a L y le pregunta de dónde somos, ya que por mi acento le he recordado a Rafa Nadal. No sé si por azar o talento, pero desde luego ha afinado mucho el tiro.

No cabe duda de que nuestro inicio en Washington DC ha sido horrible. El ambiente en las calles sigue siendo tan extraño como lo recordaba, con una sensación de cierta inseguridad y en absoluto la sensación de encontrarse en la capital de un país capaz de ofrecer otro tipo de ambientes más agradables como los de las calles de Nueva York o Boston. Tampoco es que esta opinión la refuerce ningún tipo de percance, pero hay algo en el aire que deja claro que se trata de una ciudad “de mentira”, levantada de forma artificial hace pocos años (históricamente hablando) para que el gobierno de un país en plena constitución no pudiera ser acusada de favoritismo hacia algún asentamiento ya establecido.

Lo último que nos queda en este agotador día es bajar hasta un CVS Pharmacy cercano al hotel para comprar una bandeja de fruta con la que cenar. Pero claro, la suerte de la jornada no iba a cambiar en el último instante, y por un margen de diez minutos me encuentro el local cerrado obligándome a recurrir a un McDonalds cercano que parece ser de lo poco que permanece abierto a estas horas. Terminamos cenando sin demasiada ilusión un Big Mac y una ensalada césar, con el consuelo de que este último rodeo por los aledaños del hotel me ha servido para ubicar el Starbucks de la zona y, sorpresa, otro local Frozenyo con el que repetir la experiencia de hace ya un buen puñado de días en Boston.

Uno de los días más duros del viaje termina apagando las luces de esa habitación que tendremos tiempo para valorar como se merece. La jornada empezó bien, encontrando en Lancaster exactamente lo que buscábamos y más, pero estas últimas horas frenéticas hasta volver a ser turistas no motorizados han mellado el ánimo y ahora solo nos apetece dormir y esperar que la jornada de mañana nos reconcilie con la capital.