Nueva York, día 3. HBO Shop, Empire State & Flatiron Building, Brooklyn Bridge Park

Día 12 | 12 de septiembre de 2013

Se inicia nuestro último día en la gran manzana, a sabiendas de que probablemente sea el último en mucho, mucho tiempo. En 2008 pusimos los pies sobre ella por primera vez y caímos enamorados, prometiéndonos que la revisitaríamos cuántas veces fuera posible. No tardamos en cumplir nuestra palabra, volviendo apenas un año después acompañados de mi cuñado y mi suegro, y volviendo a disfrutar del ambiente y la oferta de la ciudad. Pero esta tercera vez en 5 años, pese a haberla disfrutado igualmente, Nueva York ha recibido a dos viajeros que han cambiado sus preferencias, buscando destinos de más naturaleza en lugar de colmenas de vigas y cemento. Llega el momento de dejar descansar la que ha sido y sigue siendo una de nuestras ciudades favoritas y dejar que en nuestro lugar la descubran otros que todavía no la hayan conocido. Cuando mañana a primera hora abandonemos el área metropolitana, puede que pase mucho tiempo hasta que volvamos a recorrerla.

El día de hoy se va a caracterizar por tomarse las calmas con mucha calma y recurrir mucho a la improvisación. Muy a mi pesar, mover los suficientes hilos para asistir a un musical de Broadway queda fuera de la ecuación. Hacerlo conllevaría tener que estar en las taquillas de TKTS (en Times Square o en el Downtown) al mediodía, comprar las entradas, volver al hotel para quitarnos el sudor y la ropa de la mañana, y tomar otra vez el camino hasta Broadway para presenciar el espectáculo. La suma de todo ello significa invertir prácticamente todo nuestro último día en una única actividad, y creemos que no es la mejor manera de despedirse de la ciudad. La cuenta pendiente de ver un gran musical tendrá que saciarla nuestra siempre en el horizonte primera visita a Londres.

Tal y como salimos de la entrada del hotel llega el “Z Bus” dispuesto a recibir un nuevo cargamento de huéspedes. Tenemos la suerte de no quedarnos fuera del número de asientos disponible, y en 20 minutos volvemos a estar en el norte del Midtown. Tomamos aquí mismo el metro en dirección sur para regresar tras dos paradas a la Grand Central Station, donde aprovechamos los Macbook de la Apple Store del vestíbulo principal para consultar un par de direcciones que pueden sernos útiles a lo largo del día.

Nos dejamos caer por segunda vez en tres días en nuestro amado Central Café, donde esta vez cogemos para llevar un muffin de banana para L y un yogur de frambuesas y muesli confeccionado a granel para mí. Unas puertas más allá, en la calle 45, sacamos de un Starbucks un café con leche y un café helado, recurriendo al truco aprendido ayer de pedir café solo y rellenarlo al gusto en la mesa de extras. Nos llevamos nuestro desayuno por piezas a Bryant Park, donde lo disfrutamos al sol de la terraza. Parece que hoy no hay ningún tipo de actividad en grupo como el yoga del otro día, y también a diferencia de la visita anterior el césped está hoy abierto para disfrute de los neoyorkinos. Mi teléfono móvil es consciente de que su fin anda cerca (maldita sea Google, anuncia el Nexus 5 de una vez) y sigue mostrando su capacidad para sacarme de mis casillas ante los continuos problemas de cobertura y de recepción de la señal wifi. Mientras tanto, L con su Nexus 4 puede navegar tranquilamente gracias a la conexión municipal.

Aprovechamos la conectividad para consultar la carta de Shake Shack, una cadena de hamburgueserías que nos han recomendado a través de dos fuentes independientes. No solo lo que leemos nos convence para que sea nuestra comida de hoy, si no que alucinamos al encontrar en la carta un apartado de comida para perros a precio de oro. Nosotros mismos somos unos apasionados de los perros, pero esto es tan excesivo como vestirles con un suéter y llamarles “Fifí”.

Una "bolsa de huesos", por favor
Bryant Park, esta vez con sol y parejas retozando

Desayunados, tenemos a un puñado de metros nuestra primera parada prevista del día. En la esquina noreste de Bryant Park, donde se cruzan la Sexta Avenida (o Avenida de las Americas) y la calle 42, una modesta fachada anuncia la HBO Shop, tienda de artículos de merchandising relacionados con las series producidas por la cadena de televisión por cable. La tienda es pequeña, y en un primer momento nos decepciona ver un dominio claro de artículos de Boardwalk Empire y True Blood, dos series de las que no somos en absoluto seguidores. Pero entonces alcanzamos los dos últimos pasillos y encontramos el universo de George R. R. Martin, con camisetas, figuras, juegos de mesa y hasta paraguas con forma de espada con motivo del universo de Canción de Hielo y Fuego. Game of Thrones ha sido también en nuestra casa uno de los fenómenos televisivos y literarios de los últimos años.

Esto puede ser peligroso...
Media hora dudando entre llevarme a Tyrion o Jon...
No a este Jon, este no cabe en casa
Pato Targaryen, The Duck King

Recorriendo el resto de la diminuta tienda, encontramos algo de material de The Newsroom, otra de nuestras series fetiche de la actualidad, pero apenas se trata de unas camisetas y tazas algo pobres. El resto de la tienda, además de las citadas Boardwalk Empire y True Blood, está dedicado a series ya extintas o no de primerísima línea como Sex and the city y Entourage. Volviendo al espacio de Game of Thrones, las camisetas entre 25 y 30 dólares más impuestos son algo caras para lo que ofrecen, pero las figuras cabezonas “Pop” a 14 dólares tasas incluidas son más apetecibles. Dudo un rato entre llevarme a Tyrion Lannister o a Jon Snow, pero finalmente mi predilección por los leones decanta la balanza. Me llevaría más cosas, pero mi fanatismo no llega al nivel necesario para hacer según qué desembolsos. Por lo menos, la bolsa con el Iron Throne impreso en la que me entregan mi compra también tiene su valor.

El último pasillo de la tienda es el que nos interesa

Volvemos hacia el metro, donde la única manera de no tener calor y sudar como un cerdo es que tus glándulas sudoríparas ya se hayan calcinado por la exposición prolongada de la temperatura y humedad de sus andenes. Nos basta una parada en dirección Downtown para alcanzar la calle 34.

El metro de NY ya no es peligroso, pero sucio...

Acompañados constantemente por un Empire State Building que no deja de sorprender al divisarlo a corta distancia desde la calle, buscamos la que para nosotros era la mejor tienda de souvenirs de la ciudad, llamada “The City That Never Sleeps”. Se trataba de un local inmenso y con unos precios bastante ajustados en comparación con el resto de tiendas similares, pero por desgracia en su lugar encontramos ahora una tienda de calzado y las demás tiendas de recuerdos cercanas no parecen haber tomado su relevo. Una lástima.

Paseamos brevemente por el tramo de Quinta Avenida cercano al Empire State, copado de grandes comercios como Macy’s o Victoria’s Secret. En este último lo mejor es encontrar a los acompañantes de las clientas echándose una siesta mientras esperan en los sillones de terciopelo rojos repartidos por toda la tienda, cuyas paredes muestran pantallas y más pantallas donde lo raro es que no aparezcan unos pechos. La escena es, cuanto menos, pintoresca.

Macy's, esta vez ni entramos...
Hola, Empire
Escenarios que no han cambiado en 80 años

Caminamos ahora por el tramo de Quinta Avenida que une al Empire State Building con el Flatiron Building, el edificio con forma de plancha que en su día fue considerado el primer rascacielos de la ciudad, dato curioso teniendo en cuenta como su altura ha quedado reducida a la nada en comparación con las construcciones vecinas. La mitad del camino sigue invadido por los comercios, entre ellos un GameStop que sería las delicias de cualquier jugador de videoconsolas siempre y cuando su sistema sea compatible con juegos de la región NTSC. En comparación con las “ofertas” de las cadenas de venta de videojuegos en España, los precios son sonrojantes.

Del Empire al Flatiron, recorrido 100% neoyorkino
Esos gigantescos conos también tienen denominación de origen

Alcanzamos el Flatiron, con el cielo amenazando seriamente con descargar un buen chaparrón. Nos sentamos un rato en las mesas de terraza instaladas frente a la esquinada fachada y, para variar, solo L consigue conectarse a una de las redes públicas, aunque sea de forma limitada durante solo 10 minutos. Los aprovechamos para planificar las próximas horas.

Imposible no sentarse en la terracita frente al Flatiron
Flatiron vs Fatduck
En su día fue el edificio más alto de la ciudad

En Nueva York, la lluvia es como todo lo demás: exagerada. Nos encontramos ya buscando nuestra próxima estación de metro cuando las nubes deciden hacerse notar y empieza a caer un chaparrón de los que no permiten dar dos pasos sin acabar tan mojado como si te tiraras a una piscina. Algo bueno de que Nueva York esté permanentemente invadida de andamios y remodelaciones es que, en caso de tormenta extrema como la que nos ocupa, siempre hay algún sitio a mano en el que refugiarse. Así lo hacemos durante unos minutos hasta que decidimos correr por nuestras vidas los 200 metros que nos separan de la boca de metro que queda al final de la calle, solo para acabar descubriendo que por esa entrada se accede solo al andén en dirección contraria a la que nosotros necesitamos.

De ahí venimos
Se avecina la tragedia

Bailamos un poco por la línea roja buscando una estación que nos permita cambiar de andén sin tener que salir al exterior, pero no hay suerte. Finalmente cuando estamos esperando en la calle 29 el aguacero se detiene lo suficiente para poder salir a la superficie y encontrar la entrada adecuada. Ya de nuevo en la calle algo más al sur, recorremos tres o cuatro manzanas en paralelo a la zona cero hasta llegar al local de Shake Shack en la calle Murray Street, situado en un pasillo lleno de comercios de nivel “ejecutivo”. Accedemos al interior y comprobamos que efectivamente la franquicia está en plena cresta de la ola, ya que la gente se acumula para hacer su pedido primero y recogerlo después. Pedimos dos “ShackBurger” muy hechas, unas patatas por compartir y dos refrescos. Nos cobran 17 dólares y a cambio nos dan un “Buzzer” que se iluminará y vibrará cuando el pedido número 228 esté listo para recoger.

Tardan algo más de lo deseado, pero entre 15 y 20 minutos después nos instalamos con nuestra comida en una mesa de la terraza. La fama y recomendaciones estaban merecidas: las hamburguesas, aunque algo pequeñas, están sublimes. Se deshacen en la boca, gracias a un pan con el toque tostado justo y una carne sabrosa y perfectamente hecha al punto que hemos solicitado. Las patatas, cortadas en espiral, tampoco desmerecen el menú. Muy recomendado, aunque dado el reducido tamaño quizás pedir una hamburguesa doble no sea tan descabellado.

No solo de hamburguesas vive ShakeShack
Esperando a que nos avisen para recoger el pedido...
... vía buzzer
Pequeña pero matona
Vamos a ir buscando ya locales en nuestra próxima ciudad...

En una de las pantallas del interior veo como están retransmitiendo en directo un nuevo partido entre los New York Mets y los Washington Nationals, apenas unas horas después de que contempláramos un idéntico partido en el Citi Field. Los calendarios deportivos de Estados Unidos son también dignos de estudio.

El camino de vuelta desde ShakeShack hasta la parada de metro de Chambers Street nos brinda unas buenas vistas a la Freedom Tower, el primero de los grandes rascacielos levantados en el solar ocupado por las malogradas Torres Gemelas. Nos encontramos a una distancia que todavía permite distinguir su figura, ya que cuanto más cerca más complicado es contemplarla debido a su altura.

Freedom Tower, One World Trade Center... ¿lo rebautizarán más?

Esta vez dos paradas de la línea azul en dirección Brooklyn nos llevan hasta High Street, desde la cual caminando hacia el este apenas 10 minutos llegamos a la entrada del Brooklyn Bridge Park, ubicado entre los puentes de Brooklyn y Manhattan. En el camino buscamos el punto exacto en el que conseguir la clásica foto del Empire State Building asomando bajo las columnas del Puente de Manhattan, pero no tenemos la misma suerte que en nuestra anterior visita.

Brooklyn Bridge Park es un lugar pequeño, con apenas unos cuantos metros cuadrados de césped, pero que poco a poco ha ido ganando popularidad gracias a la pequeña orilla que tiene con unas inmejorables vistas al perfil de Manhattan acompañado del Brooklyn Bridge. El poco alentador aspecto de las aguas del East River no desmerece el paisaje, que según avanza la tarde y empieza a venir acompañado de las luces de las oficinas es todavía más espectacular. Hay algo de gente, pero mucha menos de la que temíamos encontrar a tenor de las últimas fotografías del lugar que habíamos encontrado en la red. Probablemente sea debido a que todavía faltan varias horas para ese momento estrella del día que es el atardecer. Renovamos nuestras fotos del lugar, ahora con el perfil de la ciudad renovado gracias a la incorporación de la Freedom Tower.

De vuelta en Brooklyn Bridge Park
Donde está ese carrusel hace no mucho hubo un escenario
Parece que el Puente de Brooklyn está vendado
Melancólico
Cualquier momento es bueno para que sobrevuele un avión militar
El Puente de Manhattan debe estar celoso
La "Playa de Brooklyn", panorámica

El reloj alcanza las 16:00 horas, nos queda una lavadora por hacer, confeccionar el equipaje e irnos a dormir no demasiado tarde. La suma de todos los factores nos lleva a decidir regresar ya al hotel. Con una holgada media hora para llegar al cruce donde nos espera el “Z Bus”, cometemos un error de principiante al apearnos del metro en la cale 53 en lugar de la 59. Son las 16:29, y supuestamente deberíamos recorrer en un minuto seis manzanas para no tener que esperar hasta el autobús de la próxima hora. Haber subido a toda velocidad los cinco tramos de escaleras que nos separaban de la superficie no ha servido para nada.

Avanzamos a paso ligero las 6 calles que nos separan del lugar correcto, pero con pocas o nulas esperanzas de que el azar y el exceso de tráfico provoque que todavía estemos a tiempo de encontrarnos el autobús. Sin embargo, cuando alcanzamos la calle 59 y miro hacia la derecha, vemos el susodicho detenido en un semáforo a aproximadamente 300 o 400 metros de nuestra posición. Es la carrera más intensa que he realizado en mucho tiempo y con el agravante de llevar cámara y trípode cargados a la espalda, pero tiene su recompensa: llegamos a tiempo para que el autobús abra sus puertas y nos lleve hacia Queens. El tráfico salvaje a esta hora de la tarde, uno de los más intensos que recuerdo haber visto en Manhattan, esta vez ha jugado en nuestro favor.

Llegamos al hotel ligeramente superadas las 17:00, y antes de subir pedimos en recepción indicaciones sobre la “Laundromat” más cercana. Aprovechamos la habitación 410 para descansar lo mínimo antes de cargar con la ropa sucia y ponernos en marcha hasta la lavandería, situada a menos de 10 minutos justo antes del cruce de la calle 21 con la avenida 45.

De nuevo en el hotel por última vez

Nos encontramos el clásico “Laundromat” neoyorkino: dos largas filas de lavadoras y secadoras gestionadas por un dependiente rara vez originario de la ciudad. Vemos varias lavadoras aparentemente desocupadas, pero para evitar problemas me aseguro preguntándoselo al encargado. Craso error: el personaje parece saber todavía menos inglés que yo, porque me cuesta sudor y lágrimas entenderme con él y que posteriormente nos venda una dosis de jabón por 75 centavos. Posteriores clientes confirman que los problemas de comunicación no eran míos si no suyos, ya que entre lo poco que domina el idioma y el carácter más bien despistado del personaje, ni uno solo se libra de hacer un esfuerzo extra para entenderse con él.

Entre detergente, lavado y secado, despedirnos de la ropa sucia nos cuesta alrededor de 5 dólares y una espera de 2 horas. Espera que se hace especialmente dura cuando tal y como nos tememos no hay ninguna red inalámbrica abierta a nuestro alcance. Ayuda algo un ejemplar de la revista “E!”, especializada en reportajes, avances y rumores sobre cine y televisión. Para rematar la jornada, cuando nos queda algo más de media hora para poder recoger nuestra ropa aparece un ruido sospechoso procedente de la calle. Nos asomamos, y varios litros de agua cayendo en tromba han tomado el control de las calles de Queens. Se ha puesto a diluviar de nuevo, y aunque las lluvias de esta época del año parecen tan intensas como intermitentes, la suerte con el clima que llevamos arrastrando el día de hoy nos hace presagiar que vamos a tener un regreso hacia el hotel pasado por agua.

Efectivamente el secado termina y, tras doblar y colocar nuestra ropa en el trolley que traemos para protegerla, el diluvio universal sigue teniendo lugar en el exterior. Cuando nos disponemos a iniciar otra carrera contra los elementos, una encantadora señora accede al interior ataviada con una bolsa de basura para cubrirse y se la ofrece a L para protegerse cuando nos ve dispuestos a salir. Con un estratégico agujero para asomar la cabeza, un servidor y la versión improvisada de Batman nos hacemos a la calle para deshacer nuestros pasos a toda velocidad.

La tormenta solo molesta durante el primer minuto: a partir de ahí, cuando nuestro pelo y la ropa que llevamos puesta ya no acepta empaparse más, no tiene mayor importancia. Algo más molestos resultan los incontables charcos que aparecen cuando menos te lo esperas y no detectas hasta que tu pie ya no está en disposición de detenerse a tiempo. La situación no invita a explorar alternativas para la cena de hoy así que nos detenemos en “Jassi’s World Famous Deli & Grocery”, el mismo local descubierto la noche anterior aprovechando que coincide con nuestro itinerario. L repite sándwich caliente esta vez de pollo, y yo aprovecho la barra de ensaladas para hacerme una ídem bien surtida de ingredientes y con el pavo como ingrediente principal. Junto a un refresco y una cerveza, pagamos 18 dólares. Solo nos restan un puñado de metros más procurando que no se moje la bolsa con la cena para alcanzar el hotel.

Empapados como estamos, no queda más remedio que colocar parte de la ropa colgada de la ducha y parte sobre la salida del aire acondicionado con la esperanza de que mañana no debamos guardarla todavía chorreando. Cenamos, hacemos inventario de nuestro equipaje por última vez y apagamos las luces, ya que mañana nos pondremos en marcha lo más temprano posible para recuperar tres días después el volante de nuestro coche de alquiler y poner rumbo al suroeste, primero al condado de Lancaster y luego a la capital del país. Nueva York termina para nosotros, y dentro de 24 horas ya nos habremos desecho de nuestro Volkswagen Golf y nos encontraremos en la última parada del viaje. Se acerca el final.