Nueva York, día 2. Central Park, Whole Foods Market, New York Mets en el Citi Field

Día 11 | 11 de septiembre de 2013

Empezamos de nuevo a las 7 de la mañana, abriendo cortinas y observando como despierta Manhattan desde la distancia. Suena el teléfono en nuestra habitación para recibir una llamada desde un locutorio de Mallorca: mi suegro se ha empeñado en llamar a alguno de los hoteles que conforman nuestro viaje, y no ha desistido hasta conseguirlo. Puesto el buen hombre al día, colgamos y nos damos prisa para estar con suficiente antelación en el turno de las 8:00 del autobús lanzadera hasta el otro lado del río, esperando conseguir un asiento y no tener que improvisar una alternativa en metro como nos ocurrió ayer. Pese a llegar con más de 15 minutos de margen, una pareja de huéspedes griegos ya se nos ha adelantado. No es que sepa griego, pero el alfabeto que utiliza la guía de viajes que lleva el hombre les delata.

Queens delante, Manhattan detrás

Los esfuerzos por no perder en esta ocasión el autobús lanzadera son por un buen motivo: nuestra agenda de hoy se centra principalmente en la zona medio-alta de Manhattan, teniendo como atracción estrella perderse por Central Park. Mientras que desplazarnos en metro nos obligaría a luego hacer un segundo recorrido vía transbordo, el autobús promete dejarnos ya a apenas un puñado de calles de nuestra zona de interés.

Hoy tenemos más suerte. Apenas 4 o 5 huéspedes no llegan a tiempo para poder tomar asiento en el falso autobús escolar, y ninguno de ellos somos nosotros. En 20 minutos y tras atravesar el Queensboro Bridge volvemos a poner nuestros pies sobre Manhattan, concretamente en el cruce entre Lexington Avenue y la calle 59. Empezamos a caminar hacia el noreste, atravesando Park Avenue y su característico balcón hacia el Metlife Building si giramos el cuello hacia la izquierda. No tardamos en alcanzar la Quinta Avenida, donde nos espera la fachada totalmente cubierta por andamios del Hotel Plaza y el característico cubo acristalado que da acceso a la Apple Store subterránea.

Pese a nuestra poca amistad con la marca de la manzana, aprovechamos la ocasión para hacer un par de consultas utilizando sendos iPad de exposición, entre ellas la de averiguar el emplazamiento del Starbucks más cercano. En lo personal llevo ya varias semanas coqueteando con la idea de renovar mi ordenador con un portátil ligero, e inevitablemente la posibilidad de un Macbook Air con sus buenos acabados y su indiscutible atractivo estuvieron sobre la mesa. Pero mi reticencia a introducirme en el ecosistema Apple y mi poco interés por empezar de cero con un nuevo sistema operativo como MacOs finalmente se hacen paso, y lo más probable es que el ganador acabe siendo un equipo Dell o Lenovo.

Solo usamos productos Apple cuando viajamos
Es temprano y hoy no sale un iPhone nuevo

Como es habitual y más todavía a horas tan tempranas, haciendo números hay más empleados que clientes en la tienda. Pero para mi sorpresa, esta vez sus atenciones no son tan excesivas y empalagosas como venía ocurriendo, y estamos un buen rato navegando tranquilamente y probando los equipos sin tener que recurrir al “No necesito su ayuda, gracias”. También ayuda a que la tienda esté tranquila el hecho de que los nuevos iPhone 5C y 5S anunciados oficialmente ayer no se pongan a la venta hasta el próximo 20 de septiembre.

La entrada por dentro
La entrada por fuera

Google Maps nos dice que el Starbucks más cercano se encuentra dos manzanas al sur en la Quinta Avenida. Nos dirigimos hacia allí, y las indicaciones nos llevan hasta la entrada de la mismísima Trump Tower. Pasamos la puerta giratoria creyendo que en cualquier momento un conserje trajeado nos invitará amablemente a salir, pero no. En la primera planta, alcanzamos el Starbucks más formal de cuantos hemos visitados, siendo un par de evidentes turistas rodeados de gente de traje y corbata.

El Starbucks más pijo conocido

Contra pronóstico, los precios son idénticos a los de cualquier otro local de la franquicia. Vuelvo a mi añorada “Chocolate chunk cookie” y sigo con el objetivo de probar casi todo frapuccino imaginable con un Java Chip Frappé. Observando desde una de las mesas, varios ejecutivos nos enseñan sin que fuera su intención un truco para cuando estás interesado en un café con leche: pides un café solo (considerablemente más barato), y en la isla de extras derramas un poco del contenido para entonces rellenarlo con leche de unas de las jarras disponibles. Supongo que el ahorro es significativo si lo repites a diario de camino a la oficina.

Cumplido el trámite del desayuno y volviendo sobre nuestros pasos, la juguetería FAO Schwarz popularizada en la película de Tom Hanks “Big” no abre sus puertas hasta las 10:00, por lo que descartamos esperar por ahora y seguimos nuestro periplo para entrar, esta vez sí, a Central Park a través de su esquina sureste. Nos da la bienvenida cruzando el primero de los caminos una ard… de ardilla nada, eso era una rata.

Tras un amago de colarnos por error en el Central Park Zoo, iniciamos la travesía en diagonal esperando encontrarnos con The Pond. Un lago, un puñado de patos y vistas al Midtown del que nos estamos alejando. Un buen inicio de etapa.

El Upper Midtown desde The Pond
Ahora que se ha ido el de la camiseta azul...

Seguimos el rumbo atravesando un impecable campo de béisbol hasta alcanzar Sheep Meadow, una extensa superficie de césped cuidadosamente mantenido… y con la que no solemos tener demasiada fortuna. En la ocasión previa, una tormenta de mayo irrumpió súbitamente cuando apenas acabamos de adentrarnos en el césped. Esta vez, nos lo encontramos cerrado por una verja que recorre todo su perímetro.

Conservando el impecable césped de los campos de béisbol
El perfil del Upper West Side

Nuestro itinerario nos lleva hasta Bethesda Fountain, otra de las localizaciones de Central Park popularizada a base de apariciones en cine y televisión, como por ejemplo la secuela de “Home Alone” o más recientemente la película “The Avengers” y un capítulo muy especial de “Doctor Who”. Nos la encontramos ya bastante concurrida para tratarse apenas de las 10 de la mañana, lo cual dificulta un poco conseguir hacerse una fotografía con una vista limpia de la fuente sin nadie cruzando frente a ella. No soy de los que va pidiendo a la gente que se detenga porque estoy haciendo una foto, pero por lo menos alguno podría tener la decencia de no decidir pararse a mirar un mapa justo en el punto en el que me tapa la visión. Permanecemos aquí un buen rato, por tratarse de un buen refugio a la sombra de algunos árboles y porque el agua que salpica la fuente compensa levemente el bochorno con el que ha amanecido el día. Junto a Bethesda Fountain, unos pocos y valientes patos se atreven a surcar las aguas de un lago totalmente cubierto de verde musgo.

Bethesda Terrace
Aquí por segunda vez...
Bethesda Fountain
Este cacharrete se ha amortizado solo...
Pato buscando problemas
Limpios por arriba, como zombies por debajo
Bethesda es de los lugares más concurridos de Central Park

A partir de este punto nuestra capacidad de orientación baja considerablemente, en parte por no habernos topado con un puesto de información en el que conseguir un mapa, y en parte por la mejorable presencia de señales indicando dónde termina cada uno de los incontables caminos y bifurcaciones que atraviesan el parque. Creyendo que estamos avanzando principalmente hacia el norte, nos encontramos con la estatua en motivo de Alicia en el País de las Maravillas, a los pies del estanque de “Conservatory Water”… que más bien está hacia el este.

El Dorado, de los perfiles más reconocibles del Upper West Side
Homenaje a Lewis Carroll en el oeste del parque
Alicia y el Sombrerero Loco

Ni uno, ni dos: decenas de españoles nos hemos cruzado ya en lo que llevamos de mañana. No es necesario siquiera esperar a oírles hablar para confirmar su origen: existen trucos y pistas infalibles y solo achacables a turistas patrios. Por ejemplo, las perlas falsas en la oreja y uñas pintadas de rojo en ellas, siguiendo una moda 100% española. O bermudas, mochilas y camisetas de marca Quechua en ellos. En ocasiones incluso sin ninguna de estas señales visibles, acertamos al especular sobre si alguna pareja que vemos en la distancia es o no compatriota. Tenemos un “no sé qué” que no nos podemos quitar de encima.

Precisamente vamos comentando que no nos hemos cruzado con ningún turista francés, cuando una pareja de mujeres de innegable acento que pasan de los 50 nos piden ayuda para localizar el Museo de Historia Natural. Por si quedaba alguna duda, cuando la que parece llevar la voz cantante traduce mis indicaciones a su acompañante, confirma totalmente que vienen de nuestros vecinos del norte. Hago lo que puedo por orientarles en términos de norte y oeste, pero no conozco lo suficiente el complejo sistema de caminos del parque como para darles una respuesta más satisfactoria.

Gracias a no hacer un exceso de planes y tener tiempo de sobra nos tomamos el paseo con mucha calma, con múltiples paradas en bancos a pie de los caminos en los que hay sombra y corre una agradable brisa. Nuestras piernas llevan ya varios días de travesías, idas y venidas, y la jornada especialmente intensa de ayer terminó por hacernos bajar un escalón que conviene recuperar en resistencia física.

El Upper Midtown cada vez más lejos...

Alcanzamos el último de los lugares que planeamos presenciar dentro del parque: el Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir. Bautizado en honor a la esposa del malogrado presidente se trata del, y por mucha diferencia, mayor estanque de cuantos puedes encontrarte perdiéndote por Central Park. Con una extensión de 43 hectáreas, el extremo opuesto se pierde en el horizonte. Solo lo habíamos visto una vez hace cinco años, alcanzándolo por su lado más al norte cuando volvíamos de presenciar una misa gospel en Harlem, pero la sorpresa por su tamaño permanece intacta.

El embalse de Jackie
El embalse de Al
Panorámica del Jackie O. Reservoir

Ahora sí, damos por terminada nuestra etapa en Central Park. Sintiéndolo mucho por el Parque del Retiro de Madrid por el que siento especial cariño, cualquier comparación es totalmente innecesaria. Por no hablar ya de ponerlo junto al Boston Common, cuya diferencia en variedad de paisajes y tamaño roza lo ofensivo. Hacemos el camino de vuelta hacia el sur en metro, concretamente hasta la estación de Columbus Circle.

A escasos metros de aquí nos espera un nuevo local de Best Buy, la franquicia de tiendas de electrónica de consumo con instalaciones por todo el país. Me ha llegado un nuevo encargo de Google Chromecast, pero esta vez no podré satisfacerlo como sí hice al visitar el Best Buy de Boston. Aparentemente, el nuevo ingenio de Google ya está agotado en el área de Manhattan. La visita no es en vano: aprovecho la excusa para hacerme con una segunda tarjeta de memoria para la cámara, ya que la actual amenaza con llenarse antes de concluir el viaje y quiero conservar esa copia adicional por si el portátil decide hacerme una mala jugada. Me llevo también la extensión “Episodes from Liberty City” de Xbox 360, que me servirá para saciar el apetito de GTAIV tras visitar su homónimo real y de paso amenizará la espera hasta que el inminente GTAV baje un poco su precio de salida.

Entramos ahora en lo que era el principal motivo por el que desplazarnos hasta Columbus Circle: el Time Warner Building. Se trata de un centro comercial de interior con tiendas mayoritariamente de nivel alto (traducción: caras y exclusivas), algo así como una mezcla entre los centros comerciales Las Arenas y L’Illa de Barcelona. Curioseando sus pasillos, apenas entramos en un comercio especializado en alimentos gourmet y accesorios de cocina de gran factura. El objetivo real por el que nos encontramos aquí se encuentra en la planta baja, llevamos viendo bolsas con su emblema durante toda la mañana en Central Park y tiene nombre: Whole Foods Market.

Time Warner Center, desde fuera
Time Warner Center, desde dentro
Curioseando en Williams-Sonoma

Whole Foods Market es una cadena de supermercados que se ha hecho hueco gracias a, principalmente, dos motivos. El primero, que surte sus pasillos de productos de primer nivel y “delicatessen” para tipos de cocina de prácticamente cualquier rincón del mundo. El segundo, y he aquí el atractivo para nosotros, por habilitar también una suerte de “Deli” en el que pagar a granel o mediante paquetes pre-configurados comida para llevar, pudiendo elegir igualmente entre múltiples opciones gastronómicas.

Pese a sus considerables dimensiones, transitar por los pasillos del local es una locura dada la altísima afluencia de clientes. Alcanzamos la zona de comidas preparadas y a granel, y la variedad y aspecto de todo cumple las expectativas. L se hace con una combinación ya preparada de pollo a la barbacoa, brócoli y puré de patatas. Yo aprovecho la ocasión de no tener que coincidir en gustos con ella para quitarme la espina asiática: una bandeja con varias piezas de California maki, y una confección a granel de varios elementos de comida tailandesa: pollo, arroz, fideos y una suerte de ensalada de patata. Para rematar y dado que comprarlo con antelación es la única manera de que no renunciemos al postre, compartiremos apenas una cucharada de pudding de pan y una porción de tarta de limoncello. La suma de todo, sin incluir bebidas, sube hasta los 32 dólares, lo cual puede sonar un poco alto pero no es tanto teniendo en cuenta que mi selección asiática es lo que conforma prácticamente 20 dólares de la factura. Pese a la gran cantidad de gente esperando turno para pagar, la espera no se hace muy larga gracias a una impecable organización y a un servicio que no escatima en gastos. Conseguimos tras varias vueltas un par de taburetes libres en el abarrotado comedor, y la verdad es que comemos estupendamente. Recomiendo el lugar para todo el que guste de comer cosas fuera de lo habitual o sea especialmente exquisito, siempre y cuando esté preparado para unos minutos de estrés mientras se encuentre en sus pasillos.

Mi homenaje en Whole Foods Market
Plato combinado de pollo, puré y brócoli

El reloj alcanza las 14:00 y todavía nos queda un margen de 5 horas hasta nuestra próxima cita ineludible a varias millas de donde nos encontramos. Sin embargo, el cansancio acumulado y la conveniente posición de nuestro hotel a medio camino de dicha cita nos llevan a decidir regresar a nuestra habitación. Llegamos a tiempo al turno de las 14:30 del autobús del Z New York Hotel que nos lleva de nuevo a través del Queensboro Bridge.

Cuando estamos de vuelta en nuestro hogar nos encontramos con que el servicio de limpieza todavía no ha alcanzado nuestra planta, así que hacemos tiempo subiendo portátil en mano a la azotea para copiar las fotografías y notas de lo que llevamos de jornada. Antes, aprovechamos ese servicio incluido con la habitación que para nosotros resulta inédito: poder realizar llamadas internacionales a casa sin ningún tipo de cargo. Pasamos un agradable rato en los asientos de la azotea con magníficas vistas tanto a Manhattan como las entrañas de Queens.

La terraza del Z Hotel NYC
Ponerse a pasar notas y fotos aquí roza el postureo
Queensboro Bridge y sus mil carriles y niveles
Mirando hacia el sureste
Las vistas hacia el otro lado tampoco están mal
Parece que CitiBank es dueña de medio Queens

Tras dar un margen de tiempo al personal de limpieza, regresamos a una habitación ya reordenada y descansamos para lo que nos espera. Tras el reportaje audiovisual de rigor para facilitar las cosas a futuros viajeros, nos ponemos en marcha hacia nuestra próxima estación. En 3 horas los New York Mets juegan un partido de la Major League Baseball en su estadio de Queens. Y tenemos entradas.

Nuestra habitación en la cuarta planta, toma 1
Nuestra habitación en la cuarta planta, toma 2
Nuestra habitación en la cuarta planta, toma 3
Nuestra habitación en la cuarta planta, toma 4

Cuando buscábamos actividades con las que rellenar nuestros tres días de este tercer paso por Manhattan, una prioridad es encontrar cosas que hacer que hubiéramos pasado por alto en las ocasiones anteriores. Así surgió por ejemplo la subida hasta la Estatua de la Libertad, y centrándonos en el terreno de los espectáculos deportivos, la opción ganadora fue presenciar un partido de béisbol. La NBA, además de ser extremadamente cara, no empezará su temporada hasta dentro de varias semanas, y el fútbol americano nos atraía menos como deporte además de no tener fechas que coincidieran con nuestra agenda. Nueva York tiene dos equipos de béisbol que compiten en la MLB: el más popular en la actualidad son los New York Yankees, equipo puntero de la liga y que juega en el Yankee Stadium del Bronx. El segundo equipo son los New York Mets, un equipo mucho más modesto que ha conocido tiempos mejores pero cuyo estadio se encuentra en Queens, lo cual lo hacía mucho más propicio dada la ubicación de nuestro hotel. Además, presenciar a los Mets resultaba más barato que hacer lo propio con los Yankees, lo cual acabó de inclinar la balanza por el partido de hoy frente a los Washington Nationals. Acabamos pagando 37 dólares por un par de asientos a través del portal StubHub, el cual nos envió en cuestión de segundos nuestras entradas listas para imprimir a través de Internet.

Regresamos a nuestra parada de metro más recurrente: la de Court Square. Hemos superado las 18:00 horas y con ello la alerta meteorológica por calor y humedad, pero continúa percibiéndose bochorno. Aprovechamos los 10 minutos a pie hacia la estación para empezar con las ideas para el día de mañana, el último que pasaremos en Manhattan. La opción de un musical en Broadway sigue presente, aunque se me antoja cada vez más complicada por la logística y tiempos que requiere.

En Nueva York, la mayoría de las vías de metro alternan trenes de tipo “Local”, que se detienen en todas las paradas, y tipo “Express”, que solo lo hacen en las más populares y concurridas. Cogemos el primer tren que llega a nuestro andén sin prestar mucha atención y resultar ser de tipo Local, por lo que nos esperan 14 paradas hasta alcanzar nuestra meta en Willets Point. De haber cogido el Express, solo hubiéramos necesitado superar 4 estaciones. Pese a ello, por ahora estamos en hora para el inicio del partido. Desde el metro, cuyas vías en Queens son en su mayoría exteriores, vemos más talleres y más garajes de compañías de taxi, definitivamente los dos negocios estrella del distrito. Frente a nuestro banco del vagón nos tocan cuatro personajes listos para grabar la reedición del “Amo a Laura” de la MTV, tanto por el aspecto como por el habla y la conversación. Todos cumplen el estereotipo perfecto: iPhone en mano, y suéter con el mayor emblema de Polo Ralph Lauren posible bajo el cual asoma un cuello de camisa abierto. Sacados de un manual.

Según se acerca nuestra parada a mano derecha vemos las gradas desiertas de un estadio de béisbol, pero resulta ser el viejo hogar de los Mets ya que el actual, un Citi Field inaugurado en 2009, está apareciendo a mi espalda a mano izquierda de la vía y no lo veo hasta que nos apeamos del tren. El estadio de los Mets compite en señalizaciones de la estación con Flushing Meadows, situado al otro lado de la parada y escenario en el que Rafa Nadal conquistó el US Open hace apenas 48 horas. También tenemos cerca de la zona el Aeropuerto Nacional de La Guardia, tal y como nos indican los numerosos aviones que irrumpen el cielo a escasos metros de altura.

Superamos varios controles de seguridad a medida que nos acercamos a los accesos al estadio. En uno de ellos, no podremos olvidar la reacción del agente cuando descubre a nuestra particular mascota al inspeccionar la mochila de L. La exclamación “You have a duck inside!” pasa directamente a nuestra historia como viajeros.

El Citi Field nos espera

Llegamos sobre la campana justo a tiempo para presenciar el primer lanzamiento. Por desgracia, no hemos calculado bien los tiempos para presenciar los prolegómenos de presentación de los equipos y, sobre todo, la interpretación del Himno Nacional, que probablemente haya sido especialmente emotivo teniendo en cuenta que hoy es 11 de septiembre. El caso es que alcanzamos nuestros asientos tras un buen paseo por las entrañas del estadio, ya que están situados en una de las gradas más alejadas del terreno de juego. Sin embargo la visión del juego es muy buena, aunque no acompañe al espectáculo el desempeño de un equipo local que no tarda mucho en darnos argumentos por los que llevan un bagaje tan pobre esta temporada.

No hay demasiado público. Cuando se inicia el partido apenas debe cubrirse un cuarto del aforo del estadio, asistencia que va aumentando según superamos las primeras tandas pero sin llegar nunca a la media entrada. El deporte no resulta demasiado emocionante, claro que a ello contribuyen unos Mets muy poco afinados a la hora de batear y con los que parece cuestión de tiempo que el marcador se ponga en contra. En contra también se nos pone el precio de la bebida dentro del estadio: unos abusivos 5 dólares por una botella pequeña de agua, y unos escandalosos entre 8 y 11 dólares por una cerveza. No es que creyera que fueran a regalar la bebida y comida dentro del estadio pero vaya, parece tensar mucho la cuerda. Por lo menos ver lo que la gente carga en bandejas es un espectáculo mayor que el propio deporte: el premio se lo lleva un grupo de chicas que llegan con un cubo lleno de tiras de zanahoria y apio metido en una bandeja rectangular rellenada con nuggets de pollo.

Poca gente y menos bateos
Quinta entrada y seguimos 0 a 0, apasionante

Definitivamente los Mets son malos, muy malos. Tras cinco rondas de cada equipo, solo hemos visto una carrera anotada por los de Washington gracias a un Home Run (conseguir al batear que la bola salga más allá del terreno), y los Mets apenas han alcanzado alguna vez la segunda base. En las pausas entre cada cambio de posiciones, la animación del estadio protagoniza los clásicos números de la Kiss Cam, enfocando a parejas con la esperanza de que se besen en pantalla o la Dance Cam, en la que dos espectadores al azar compiten por ver quien se lleva el título de “bailón” de la noche a cambio de un vale de descuento.

En lo más alto del estadio
Este deporte es un poco...

Durante el cambio de posiciones de la sexta entrada, el juego se detiene para que una mujer bombero interprete el God Bless America. El público en pie y muchos de ellos con la mano en el corazón, lo cual resulta emocionante aunque podría serlo mucho más en un estadio con mucho más ambiente que en el que nos encontramos. Coincidiendo con la pausa, empieza a salir de detrás de las gradas un humo acompañado del olor a fritanga, indicando que las planchas y freidoras de los quioscos deben estar echando el resto para los incautos espectadores a los que les empiece a rugir el estómago.

Momento "God Bless America"

Nos marchamos a la mitad de la penúltima entrada, después de que los Nationals consigan tras un buen bateo dos nuevas carreras y sitúen el marcador en un definitivo 0 a 3. La experiencia ha resultado interesante y ha cumplido con el objetivo de ver de primera mano como los estadounidenses se desviven por el deporte, si bien recomendaría, siempre que la cartera y la agenda lo permita, ir a ver un partido de los Yankees o, si antes se pasa por Boston, de los Red Sox, ya que se trata de equipos que arrastran a muchísima más gente y parecen ofrecer algo más de espectáculo.

Volvemos metro mediante hasta nuestro “barrio”, y en los ya sobradamente conocidos 10 minutos entre la estación y el hotel buscamos un lugar en el que recoger nuestra cena. Dada la zona y la hora tardía, nos tenemos que conformar con un pequeño local regentado por un hombre de tez morena, probablemente de Pakistán o alrededores. Con la plancha para comida caliente ya cerrada, nos acabamos llevando un par de sándwiches de pavo y atún pasados por la sandwichera, que acaban resultando mucho más buenos de lo que esperábamos.

Mientras estábamos en el Citi Field la FOX retransmitía la entrega final de la cuarta temporada de Masterchef, así que cenamos en la habitación con un ojo puesto a la descarga del programa aprovechando la conexión del hotel. Gracias a su velocidad, en 5 minutos ya estamos viendo la gran final en la que, contra todo pronóstico, nuestro concursante favorito se hace con la victoria entre la euforia y las lágrimas de sus compañeros. Una buena manera de cerrar la jornada.

De vuelta a la habitación, qué horas se nos han hecho...