Nueva York, día 1. Times Square, Estatua de la Libertad, High Line Park, Top of the Rock

Día 10 | 10 de septiembre de 2013

Nuestro primer día completo en New York City empieza poco antes de las 7:00. La cama, si bien no es especialmente grande, sí que ha resultado cómoda. El poco ruido ambiental que supera la insonorizada ventana puedo combatirse con el que genera el aire acondicionado, dejado durante la noche a unos decentes 80 grados Fahrenheit (unos 26,5 grados Celsius).

Como no podía ser de otra manera, la primera acción del día es abrir las cortinas y volver a disfrutar de las vistas desde el Z Hotel. Con luz del día, ahora podemos distinguir también parte de la fachada del Metlife Building, en el que las dos ocasiones anteriores era “nuestro barrio” al visitar la ciudad. El día ha amanecido bastante nublado y todavía perdura el intenso viento que nos dio la bienvenida ayer. Un hecho que no debemos pasar por alto cuando nuestra principal actividad del día incluye coger un ferry que nos lleve a Liberty Island.

Antes de bajar al nivel de la calle, subimos en ascensor hasta la planta 12 para ser testigos de esa azotea de la que tanto presume el hotel en su página web. Es grande, con numerosos sofás repartidos por toda la superficie, numerosos altavoces instalados y un pequeño bar en el centro, confirmando que varios días a la semana se organizan fiestas urbanas de esas que tan de moda están últimamente. Y lo más importante, las vistas: orientadas hacia el mismo lugar que nuestra habitación, pero con la ventaja de tener un mayor campo de visión y haber ganado algo de altura.

Buenos días, Manhattan

El Z Hotel habilita para sus huéspedes un servicio gratuito de lanzadera para el trayecto desde el hotel en Queens hasta una esquina de Manhattan, cercana a la Quinta Avenida. El servicio tiene salida desde el hotel a cada hora en punto, y desde Manhattan a cada y media. Todavía faltan 10 minutos para las 8:00 cuando estamos ya frente a la entrada principal, en la que ya esperan entre 15 y 20 huéspedes. En el arcén tenemos ya aparcado el autobús: un vehículo que emula la estética y carrocería de los clásicos autobuses escolares, pero tachando toda referencia a escuelas con el logotipo del hotel. Parece algo pequeño, pero tenemos la confianza de que la gerencia debe ser previsora y tener una pequeña flota para dar cabida a cuantos huéspedes quieran disfrutar del servicio.

El Z Hotel NYC School Bus

Craso error. Un asiático que se encarga de conducir el bus abre las puertas, y obviamente las escasas 14 plazas quedan ocupadas enseguida. El resto nos apilamos de pie al fondo, pero el conductor no tarda en decirnos que debemos esperar al siguiente bus que llegará en cinco minutos. Sin motivos para desconfiar por ahora, nos apeamos y esperamos que lleguen esos prometidos refuerzos. Pasamos 15 minutos en el ligero frío de la calle, y no llega nadie. Pasan 30, y seguimos esperando. Momento en el que decidimos que o nos quedamos aquí hasta las 9:00, o tomamos la opción B de llegar hasta la estación de metro más cercana. Por lo menos al fin encontramos un punto negativo de un hotel que estaba resultando inquietantemente perfecto: esto descarta que la última noche alguien entre en la habitación para extraernos los riñones.

Por buscar el lado positivo de las cosas, la larga espera ha servido para curiosear los aledaños del hotel. Esta zona de Queens está sitiada por dos tipos de establecimiento: los talleres, y las compañías de taxi. Es, sin exagerar, la versión en la VidaReal de los escenarios iniciales en el videojuego Grand Theft Auto IV, creyendo que en cualquier momento Niko Bellic aparecerá por una esquina. Las expectativas por lo que pueda llegar en unos días cuando se lance su sucesor ambientado en la costa oeste son muy altas.

Gracias a que la conexión del hotel tiene alcance suficiente para conectarse desde la calle, consultamos Google Maps para investigar cual es nuestra mejor combinación de transporte público. Decidimos que debemos caminar 10 minutos hacia sur hasta llegar a Court Square, en la que un tren de la línea morada nos llevará hasta la Grand Central Station que es precisamente donde queremos empezar el día, así que al final casi será más rápida esta vía que la de coger la lanzadera del hotel.

Echamos a andar por Queens y una de las primeras cosas que nos encontramos es una serie de autocares aparcados junto a una nave industrial en la que están montando algo parecido a un catering. No hay que echarle mucha imaginación para pensar que quizás estamos cerca de un set de rodaje. Es entonces cuando miro a la puerta de la nave y me encuentro un cartel indicando que dentro se está grabando Person of Interest, la serie de la CBS protagonizada por Jim Cazievel y Michael Emerson… un Emerson que precisamente llevo estampado en la camiseta de hoy, en alusión a su personaje de Benjamin Linus en la extinta Lost. Gran casualidad, gran suerte y hubiera sido el colmo toparme con él, pero lo máximo que conseguimos es ver a una ayudante de producción trayendo un par de pelotas de béisbol que asumo deben ser para el perro de Harold Finch, el personaje que Emerson interpreta en la serie.

Mi reino por encontrarme a Michael Emerson

Todavía en shock por tan inesperado caramelo que nos hemos encontrado, llegamos a Court Square. Como es nuestro primer uso del metro de Nueva York en los siguientes tres días, es turno de sacar nuestros billetes. Tras evaluar las opciones disponibles, concluimos que la más conveniente es conseguir cada uno una “Metrocard” de 7 días por 31 dólares, ya que aunque nos sobren la mitad de los días económicamente resultará más barato que pagar todos los trayectos previstos en billetes sencillos. Conseguimos en el mostrador de información un mapa de la red de metro enorme, de esos que cuesta volver a plegar, y tomamos la línea 7 en dirección Manhattan.

Salimos al exterior, y no podemos evitar esa sensación de sentirnos en casa. Para nosotros, el recuerdo de Nueva York está fuertemente vinculado a lo que tenemos ahora frente a nosotros: el cruce entre Park Avenue y la calle 42, con la majestuosa fachada de la Grand Central Station siendo testigo del bullicio de la ciudad por excelencia. Muchas cosas han cambiado desde aquella primera mañana en la que transitamos por aquí, hace ya más de 5 años. Por aquel entonces, todavía faltaban unos minutos para enamorarnos de la ciudad y en esos primeros instantes nos sentíamos superados por el ambiente, los ruidos, la velocidad a la que todo se movía. En aquella ocasión el trago del desayuno fue difícil, por culpa de un local en el que nos desenvolvíamos de la forma más torpe que un turista puede hacerlo, provocando colas y malentendidos con el personal. Ahora todo eso se transforma en un atractivo, motivo por el cual hemos decidido que nuestra primera mañana desayunaríamos en un sitio que ya pertenece a nuestra particular historia: Central Café.

Encontramos su interior justo frente a una de las entradas la estación tal cual lo recordábamos: un par de islas con dulce y salado para servirse a granel, un mostrador al fondo con línea directa al cocinero en el que encargar comidas calientes, y sendas cajas acompañadas de servicio de cafetería en dos de los otros laterales. Ahora nos parece fácil, pero la primera vez costaba horrores entender cómo funcionaba el local.

Cojo de una de las islas un muffin de banana y me acerco al mostrador para pedir una tortilla western para L. El cocinero es un espectáculo digno de presenciar: con los pies plantados en el suelo, parece tener ocho brazos mientras se encarga de preparar todos los pedidos él solo. El resto de ayudantes se limitan a poner a su alcance todos los ingredientes necesarios y envasar lo que va saliendo cocinado de la plancha. La magdalena, la tortilla, un té y un café nos cuesta un total de 9 dólares. No es un local apto para novatos pero una vez dominado el ritmo, no podría dejar de recomendarlo para desayunar y también para comer.

A ver si el desayuno me quita esta cara de dormido...

Nos encontramos en las primeras horas de la mañana, es un día laborable y estamos transitando por uno de los centros neurálgicos de la ciudad. Dadas esas circunstancias, es lógico observar que la actividad en la zona es frenética y la gente parece multiplicarse por momentos. Más significante es la saturación de personal de seguridad de varios tipos que se encuentra desplegada por todo el perímetro y el interior de la Grand Central Station, recordándonos a todos los transeúntes que mañana mismo se celebra el duodécimo aniversario del atentado en el World Trade Center. Que en estos días la actualidad política la marque el creciente conflicto entre Estados Unidos y Siria también contribuye a la paranoia.

Pasamos unos minutos en el gran y sobradamente conocido vestíbulo principal de la estación. Una mujer gruesa y afroamericana se acerca tímidamente a mí y me pregunta si sé donde se encuentra la Apple Store. Hasta hace unos segundos desconocía completamente que Apple había abierto una nueva tienda dentro de la misma estación, pero la brillante manzana en uno de los laterales la delata. Otro logro desbloqueado: que una persona con poco aspecto de turista te pida a ti indicaciones sobre un lugar.

La Grand Central Station celebrando sus 100 años
Pues ya estamos aquí de nuevo...
A quarter to ten
Vestíbulo aparte, sigue siendo una estación

Empezamos a caminar hacia el oeste hasta Bryant Park, el cual encontramos en apenas 5 minutos cuando aparece la fachada contigua (y en obras, como siempre) de la biblioteca pública. Coincidimos con una clase de yoga en uno de los laterales del parque, y con un grupo cerca de asiáticos todos concentrados en las pantallas de sus Macbook. Parques urbanos y colectivos haciendo de todo, no cabe duda de que ya estamos en Manhattan. Recorro el perímetro del parque mientras L aprovecha la conexión a Internet municipal, y observo que aquí la guerra de fabricantes de ordenadores portátiles está reñida entre Apple y Lenovo. El cielo todavía sigue nublado, por lo que no queda más remedio que asumir el brillante y horrible blanco de las fotografías.

El césped de Bryant Park, hoy cerrado
Con tanto bicho raro en Manhattan, uno más no se notará
El característico perfil de Bryant Park
Más rascacielos
Yoga en el extremo este del parque...
... y café y portátiles en el extremo oeste
El Empire, asomando en un día nublado

Alcanzamos la meca del capitalismo, el punto de encuentro mundial… no se me ocurre nada que no se haya dicho ya acerca de Times Square. Este punto exacto fue el que hizo que nos enamoráramos al instante de la gran manzana. Parte del lugar sigue cubierto de vallas y grúas debido a la salomónica obra que planea convertirlo en un emplazamiento peatonal casi por completo. Aunque L dice que siempre fue así, no recordaba que la ciudad oliese tan mal. Somos dos cabezas más entre un mar de gente y más gente, pero por ahora todavía se puede caminar.

No hace falta que diga donde estamos
Fuerte campaña de promoción de Agents of S.H.I.E.L.D.
¿Taxis? ¿En Times Square? Raro, raro...
La ciudad no es para mí
Ni para mí tampoco

Llegamos hasta las rojas escaleras cuya parte trasera ocultan las taquillas de TKTS, pero a esta hora permanecen cerradas. El funcionamiento de TKTS es sencillo: cada día, a una hora diferente según las sesiones que se celebren en esa fecha, las taquillas abren para dar salida a todas las entradas para espectáculos de Broadway que todavía no se han vendido. El principal reclamo es que lo hacen con jugosos descuentos, lo cual es de agradecer a sabiendas de que disfrutar de un musical en Nueva York rara vez supone un desembolso menor de 80 dólares, y eso siempre y cuando te conformes con una butaca en el peor ángulo y distancia posible. Todavía no tenemos claro si la planificación del viaje y, sobre todo, lo apartado que se encuentra nuestro hotel nos va a permitir quitarnos la cuenta pendiente de disfrutar de un musical. En cualquier caso, anoto el horario de los próximos días para estar preparado. En las escaleras, ahora los turistas pueden participar en una soberana tontería que consiste en que tus caras aparezcan proyectadas sobre una fotografía en la gran pantalla cercana. Y lo peor, es que hay cola.

El anuncio de Coca-Cola, otra seña de Times Square
Al hacerla peatonal, ahora en lugar de coches está abarrotada de gente

Nueva York sigue siendo el mismo festival de disfraces de siempre. Salvo que seas una estrella de la música, la televisión o el cine, o que vayas por la calle en ropa interior, es imposible que nadie repare en ti mientras caminas. Y esa última opción tampoco la daría por segura. La diversidad y absoluta libertad de aspecto de la gente con la que puedes cruzarte en apenas 100 metros es extrema.

Cubierto el inevitable trámite de empezar la visita por “nuestro barrio”, tomamos ahora el metro para desplazarnos hasta lo más al sur de Manhattan, donde se inicia nuestra actividad estrella del día. Entre cuerpo de la cámara y objetivo, el chico sentado frente a mí en el vagón debe llevar colgado al cuello no menos de 5000 euros. Ya no siento ni envidia: el mundo de la fotografía es una amenaza para el bolsillo y en algún momento hay que poner freno para no hipotecarse por unas fotos.

Volvemos a la superficie prácticamente ya dentro de Battery Park, donde hordas de voluntarios se encuentran limpiando el parque, así como varios policías acompañados de pastores alemanes, cosa de la que en absoluto pensamos objetar. Tenemos en Battery Park la fortaleza de Castle Clinton, antigua defensa de la ciudad que ahora hace las veces de estación marítima para los barcos que conectan Manhattan con Liberty Island.

Un letrero junto a las taquillas informa de que ya no quedan entradas para acceder hasta la mismísima corona de la Estatua de la Libertad. No es ninguna sorpresa. Nosotros traemos ya las nuestras compradas con bastante antelación en Statue Cruises, la empresa encargada de las excursiones hasta el monumento. Existen tres tipos de entrada: las que simplemente te llevan hasta la isla, las que incluyen acceso al pedestal (ambas por 17$), y por último las que añaden al pack poder subir hasta el mirador habilitado en la corona de Miss Liberty, estas por un precio total de 20$. Sin embargo, el acceso a la corona está muy controlado y dosificado, lo cual sumado a que se volvió a habilitar el pasado 4 de julio tras el paso del huracán Sandy provoca que las entradas se agoten enseguida y sea difícil conseguirlas con menos de un mes o dos de antelación. En una taquilla especialmente habilitada para tal fin, entregamos nuestros recibos impresos desde la web y obtenemos nuestros dos billetes.

Taquillas para ir a Liberty Island, en Castle Clinton
Impensable sin comprarlas de forma anticipada

A la espera de que se inicie el embarque, seguimos sin encontrar una conexión gratuita en condiciones. El día está siendo especialmente complicado al respecto: la red pública de Bryant Park era muy inestable, y en Times Square las pocas redes abiertas no inspiraban demasiada confianza.

Somos los primeros de la cola que pone sus pies sobre el ferry, tras observar durante unos largos minutos cómo el pasaje del trayecto anterior lo abandonaba a través de una pasarela en perpetuo movimiento por el oleaje de la bahía. Entre las hordas de turistas, un par de monjes budistas de impecable naranja ataviados con sendos iPad bajo el brazo. A nuestra entrada nos vamos directos a la terraza superior, donde nos sentamos en la última fila de bancos, supuestamente el mejor lugar del navío para no acusar posibles mareos. Por el escenario, las numerosas señales de que nos encontramos en un National Park y el fuerte viento que golpea la cubierta, volvemos mentalmente 2 años atrás en el tiempo cuando esperamos a zarpar para visitar la isla de Alcatraz.

La familia de sudamericanos que nos acompañan de pie tras nuestros asientos se lleva el premio a uno de los grupos más estúpidos que nos encontramos a lo largo del viaje. Comentarios absurdos sin fin, cuchicheos perfectamente audibles creyendo que ningún otro pasajero les debe entender cuando hablan en español… unas joyas, vaya.

El perfil del Downtown, actualizado con el nuevo techo
Ellis Island, la antigua puerta de acceso para inmigrantes
Allá que vamos...

La inicialmente diminuta estatua en el horizonte va haciéndose más y más grande hasta que atracamos en uno de los embarcaderos de Liberty Island. Pasamos los primeros controles de entradas, en los cuales nos hacen ya entrega de una guía electrónica que nos irá ofreciendo un repaso por la historia y peculiaridades del lugar a medida que avancemos en la visita. Debemos, y esto es solo aplicable a los visitantes con acceso a la corona, dejar nuestras pertenencias en una taquilla electrónica a cambio de 2 dólares. La agente del parque encargada de dar el último visto bueno a nuestro acceso a la estatua se sorprende del extenso nombre de L, por el simple hecho de tener un nombre compuesto y los clásicos dos apellidos con los que aquí en EEUU no están tan familiarizados. Pasamos un último control de seguridad que roza la paranoia, y entonces sí que nos introducimos en la estructura que preside la isla.

La antorcha original, reemplazada en 1986

El primer tramo de ascenso hasta el pedestal puede realizarse tanto a pie como en ascensor. Como en tramos posteriores ya no tendremos esa opción, por ahora decidimos aprovecharla e ir por la vía sin esfuerzo. La agente encargada del ascensor nos dice que hemos venido en el mejor momento del año para visitar la corona, coincidiendo con la menor afluencia de público.

Manhattan, desde el pedestal
Vistas a la base y otras zonas de la isla

Al fin, llega el momento de subir hasta lo más alto de Miss Liberty recorriendo sus entrañas. La subida consiste en una escalera de caracol oscura, claustrofóbica y muy justa en dimensiones, haciendo que me pregunta seriamente si el clásico estadounidense obeso podría siquiera intentar utilizarla. En previsión de que el ascenso puede hacerse algo pesado y mareante por girar permanentemente en la misma dirección, cada puñado de escalones se habilita un pequeño apartadero en el que detenerse durante unos segundos y, ya de paso, ver con más calma y cuando las pupilas se dilaten lo suficiente el otro lado de ese azul pálido tan característico de la estatua. Tal y como nos habían informado, el acceso a la corona está cualquier cosa menos concurrido, adelantando únicamente un par de señoras de risa nerviosa que parecen estar pasando apuros para llegar al final del camino.

Ascendiendo las entrañas de la dama

Llegamos a la corona, donde nos espera solo otro turista más y Peter, el Ranger asiático que en esos momentos está cubriendo la supervisión del acceso hasta aquí. La corona es una superficie de apenas 5 o 6 metros cuadrados en la que poder asomar la vista a través de los orificios que la estatua tiene realizados en la corona. En ellos se puede divisar, sin demasiado detalle, lugares como el Downtown de Manhattan. Asomándose todo lo posible a la derecha y muy por los pelos, vemos un pedacito de la antorcha que la Estatua está sujetando en alto. Charlamos un rato con Peter, al que cuando le pregunto si una pequeña isla que se divisa en una de las ventanas en Governors Island, asume que debo ser neoyorkino o por lo menos llevar ya un tiempo viviendo en la ciudad. Se echa a reír cuando le respondo que es la suma de visitar mucho la ciudad y haber jugado al Grand Theft Auto IV, y supongo que mientras ríe debe avisar a medio FBI para que me esté esperando a la salida.

El último tramo de escaleras
Manhattan, desde la corona
Logro desbloqueado

Pasamos alrededor de 15 minutos aquí arriba. Visitar la corona no tiene un gran valor añadido en lo que a vistas se refiere, pero sí en cuanto a lugar simbólico. El ascenso, y saberse dentro y en las alturas de ese icono del mundo universalmente reconocido, creo que es una sensación que merece la pena los 3 dólares más que cuesta poder llegar hasta aquí. Buscando unas buenas vistas, no lo aconsejaría.

Ver, lo que se dice ver, poca cosa...

Empezamos a recorrer en sentido inverso lo que antes hemos tenido que ascender. Primero hasta alcanzar el pedestal, cuyo atractivo reside en un pequeño pasillo de apenas metro y medio de ancho que rodea completamente la base de la estatua. Y luego hasta la base, esa robusta construcción en forma de estrella y sobradamente amplia, consiguiendo una distancia respecto a la estatua que ya empieza a permitir hacer fotos en contrapicado en las que la silueta de la dama sea reconocible. Intercambiamos el favor de hacernos fotografías con una pareja de padre e hija, y cuando a la pregunta acerca de nuestro origen contestamos que Mallorca en España, se interesa por saber si en dicha región está presente también la disputa entre el español y el catalán. Aunque la fama sea que los estadounidenses tienen una cultura muy limitada, siempre puede encontrarse a algún nativo que parece saber mucho más que situar a España lejos de Sudamérica. Cuando ya nos estamos despidiendo, desde la distancia grita un “Nice shirt! Very retro!” en alusión a la camiseta de KISS que he sacado hoy de la maleta.

Mirando hacia abajo desde el cuello de su señoría
De nuevo en tierra
¿Libertad?
Foto realizada por el único neoyorkino que ubica Mallorca en el mapa

Nos reencontramos con nuestra taquilla, de la que recuperamos todas nuestras cosas excepto los 2 dólares, que no se tratan de ninguna fianza. Afortunadamente, no estuve obligado a dejar aquí la cámara de fotos, eso hubiera sido absurdo y solo al nivel de las estúpidas medidas de seguridad del Palacio Real de Aranjuez. Devolvemos también las audio guías: en un principio empezamos a utilizarla, pero con tanto ascensor, escalera y por vivir el momento nos hemos olvidado completamente de ellas y apenas las hemos aprovechado. Por lo menos no hemos pagado de más por ellas: cualquier entrada a la estatua a partir del pedestal ya incluye la entrega del aparato.

Todavía dentro del recinto del Parque Nacional, una carpa ofrece “Certificados de asistencia a la estatua”, una soberana tontería que ni tratándose de algo gratuito me interesa. ¿No será más valioso una foto que un trozo de papel que puedes hacerte en tu casa? Evidentemente y como cualquier cosa habilitada para turistas, hay colas para conseguir el tuyo.

Pillando in fraganti a la dama
El pato de la libertad

Me aso como un pollo en la cubierta del ferry mientras esperamos que complete su carga e iniciemos la travesía de vuelta. Zarpamos echando un último vistazo a la Estatua de la Libertad, satisfechos con la decisión de realizar una visita que habíamos omitido las dos ocasiones anteriores. Las vistas en la aproximación al distrito comercial desde el agua mejoran respecto a las de la ida, gracias a que el cielo se ha despejado un poco y la visibilidad es mejor. La Freedom Tower inaugurada recientemente en el solar de las difuntas Torres Gemelas destaca doblando la altura respecto a la mayoría de edificios vecinos. Es inevitable pensar en cómo debía ser esta misma panorámica con las torres todavía en pie. Desgraciadamente no llegamos a tiempo para comprobarlo.

Regresando al ferry
Poniendo rumbo de regreso a Manhattan
El One World Trade Center y sus hermanos mayores

Volvemos a tocar tierra en Battery Park, cuya extensión está ocupada por obras de remodelación y mantenimiento es más de la mitad de su superficie. El plan inicial era buscar un local de comida para llevar y disfrutarla en el parque, pero la falta de lugares donde asentarnos nos hace cambiar de idea. Decidimos caminar a la búsqueda de algo que nos apetezca través de lo más popular del distrito financiero, lo cual nos lleva a pasar por el “Toro de Wall Street” y el edificio de la bolsa de Nueva York, lugares que ya tenemos más que vistos y en los que no nos detenemos más de lo estrictamente necesario. Cuando casi nos dábamos por vencidos creyendo que todo local sería excesivamente caro debido a la afluencia de hombres de negocios, encontramos un tal Open Kitchen que, si bien no tan austero como buscábamos, nos vale.

Trinity Church, cuando los agentes de bolsa van a rezar
Un clásico: Wall Street desde las escaleras del Federal Hall

Open Kitchen no es al 100% un clásico “deli” de Nueva York, pero se acerca bastante. Este tipo de locales es una de nuestras opciones favoritas cuando visitamos la ciudad, ya que estás menos condicionado a un menú y raciones que normalmente superan la cantidad a la que estás acostumbrado, y en su lugar tu eliges a granel qué y cuánto quieres comer, cobrándote únicamente en función del peso de lo que hayas cogido. Así funciona también este local, situado en el número 15 de William Street. El precio es de 4,75 dólares por cada media libra de peso, y mientras L se inclina más a la isla de comidas calientes yo voy más a la de frías. Acabamos pagando, incluyendo una Pepsi para compartir, 21 dólares en total.

Tras un buen puñado de horas desde que abandonamos el hotel volvemos a tener una conexión a Internet estable, pero justo en esta ocasión que tenemos varias fotografías en la cola de pendientes, el servicio de Instagram parece estar fuera de servicio. Pasamos un buen rato en el local, prácticamente para nosotros solos a excepción de alguna otra pareja y algún comensal solitario concentrado en su portátil. En el hilo musical suena Free Bird de Lynyrd Skynyrd, y con eso consiguen que les perdona el, para variar, aire acondicionado extremo que nos hace añorar una buena chaqueta.

Llenado el estómago, alcanzamos la estación de Fulton Street en la que podemos tomar la línea azul en dirección Uptown hasta la calle 23. Es allí dónde tenemos marcado otro punto de interés que por desconocimiento no habíamos visitado en nuestras anteriores visitas: el High Line Park.

Hubo un tiempo en el que muchas de las millas que recorría el metro de Nueva York a su paso por Manhattan ocurrían encima de la superficie, dando lugar a esas vías de tren elevadas varios metros del nivel de la calle gracias a robustos andamios de hierro. La evolución de la ciudad y, supongo, lo jugoso de disponer de más espacio en el que construir más edificios y rascacielos altamente cotizados, llevó a que poco a poco el tráfico ferroviario quedase totalmente relegado a lo subterráneo, dejando las vías elevadas como un recuerdo que solo sigue vigente en otros barrios como el de Queens. High Line es un parque que reutiliza un tramo de esas vías clásicas de Manhattan, concretamente el que cubre la alrededor de milla y media que va desde la calle 30 hasta la 15. En lo que antes eran vías y cableado ahora se extiende un suelo de tablones de madera sobre el que se han plantado flores y plantas aquí y allá para darle el aspecto de un jardín alargado en plena ciudad. Se ha convertido en un lugar del agrado de los “modernos”, por lo que no es raro encontrárselo ocupado por artistas callejeros de todo tipo tal que pintores o fotógrafos urbanos.

Alcanzamos el parque tras superar 2 o 3 manzanas desde que salimos de la estación. Según nos aproximamos, ya podemos ver árboles y arbustos asomando por encima de esa vía que sigue en pie varios metros por encima de nuestras cabezas. Subimos por las escaleras y caminamos un poco sobre él hasta llegar a unos tentadores escalones en los que la gente descansa. El concepto es interesante y la aparente tranquilidad del lugar consigue aislar en mayor o menor medida del bullicio de la ciudad, que ya de hecho es menor en esta zona, la de Chelsea en el West Side de Manhattan.

High Line Park
Calles de Manhattan desde High Line Park
Manhattan envejece
Descansando un rato en High Line...
Olor a modernillo por todo el parque
Un último descanso antes de salir corriendo...

Siendo algo menos de las 18:00, nos quedaríamos aquí un rato más con el mero objetivo de relajarnos. Pero entonces el cielo parece abrirse definitivamente, y la posibilidad de que haya mejorado la visibilidad nos hace plantear añadir un hito más a la jornada de hoy. Subir al Top of the Rock, la azotea en lo alto del Rockefeller Center, es siempre un obligatorio de nuestras visitas, y siempre nos gusta llegar unos minutos antes del atardecer para poder disfrutar de la ciudad con y sin luz natural en una misma visita. Decididos, resulta que no tenemos mucho tiempo que perder y debemos salir a toda prisa hacia el este, así que por desgracia no podremos hacer un mayor recorrido de High Line.

Otra vez hacia el metro, demostrando que nuestra decisión de sacar el abono de 7 días para el transporte público era la decisión correcta. Llegamos al cruce entre la calle 53 y la Quinta Avenida, que nos obliga a recorrer un par de manzanas por la considerada calle más cara de la ciudad hasta alcanzar la estatua del Atlas sosteniendo el mundo en este lateral del Rockefeller Center. Cruzamos Rockefeller Plaza para así descubrir que, a diferencia de las veces anteriores, ya no es en una taquilla en plena calle donde se consiguen las entradas para el mirador, si no que han ubicado los mostradores para tal fin dentro del propio edificio. El interior es un caos, haciéndonos dudar seriamente de lo adecuado de juntar en los mismos vestíbulos tanto los que ya tienen entrada como a los que todavía deben conseguirla. El resultado son aglomeraciones y demasiada gente para un espacio relativamente pequeño.

Mostradores del Top of the Rock

Nosotros, afortunadamente, no tendremos que sufrirlo mucho tiempo. Traemos nuestras entradas ya compradas con antelación mediante el portal de Hotelopia, en el que gracias a un descuento para empleados del grupo TUI pude conseguir ambas entradas por 30 euros, casi 10 euros menos de lo que costarían según el precio de la web oficial. El chico que debe canjear nuestro recibo por las dos entradas definitivas tiene dificultades para entender el resguardo de Hotelopia, pero finalmente nos entrega nuestros tickets. El acceso al ascensor que nos lleva hasta la cima es escalonado, y nuestro turno es el de las 18:35.

Apenas debemos esperar 10 minutos en la tienda de regalos hasta que llega nuestro turno y podemos acceder al primer vestíbulo, donde una monstruosa lámpara de cristales de Swarovski acapara toda la atención. Superado el primer ascensor que apenas remonta un par de plantas, pasamos nuestras cosas por el control de seguridad y nadie me impide pasar con mi botella de agua, pese a las indicaciones que supuestamente instan a no pasar con ningún tipo de comida ni bebida. Finalmente entramos en uno de los varios ascensores que suben en cuestión de segundos los más de 60 niveles restantes, como siempre amenizados por una proyección en el techo de la cabina con una historia extremadamente condensada de los Estados Unidos.

Swaroski y la ostentación

El Top of the Rock siempre ha sido uno de nuestros puntos de referencia en Nueva York. De esos que, cuando un amigo te dice que está planeando visitar la ciudad y quiere consejos sobre qué visitar, siempre aparecen entre los dos o tres puntos de obligado paso. Siempre lo hemos preferido al Empire State Building, al que subimos una sola vez y cuyo estrecho pasillo de la azotea con una densa rejilla separándote de las vistas nos animó a no volver a hacerlo. En lo más alto del Rockefeller Center, sin embargo, tenemos numerosas terrazas bastante amplias, algunas protegidas por paneles de metacrilato transparentes y la más alta de todas, ni siquiera por eso. Además, las vistas son más variadas: mientras que por un lado tenemos Central Park, por el otro tenemos absolutamente toda la zona media y sur de Manhattan, presidida precisamente por la característica silueta del Empire State.

Sin embargo nuestro idilio con el TOTR estaba a punto de diluirse. Y es que cuando el ascensor se detiene y accedemos a las terrazas el problema es evidente: se ha popularizado muchísimo en los últimos años. Anteriormente la afluencia de gente era notable pero sin alcanzar cotas molestas. Sin embargo, en esta tercera iteración nos encontramos todo el lugar saturado, y no digamos ya el nivel superior sin nada que obstaculice la vista de la ciudad, donde el único modo de conseguir un hueco en primera línea es aguantar pacientemente a que alguien se marche. Y a esta hora, la hora clave del atardecer, ni eso: todos los que han encontrado un sitio privilegiado no piensan renunciar a él así como así.

Y por esto será nuestra última visita al TOTR

No obstante disfrutamos de las vistas consiguiendo algún punto en el que poder asomar la mirada entre la nube de cabezas. Vemos toda la extensión de Central Park antes de que al anochecer quede totalmente escondido por la ausencia de luz artificial. Cuando el sol empieza a remitir, cambiamos de lateral para disfrutar del espectáculo del Midtown a medida que las miles de luces procedentes de las oficinas y rascacielos se enciendan gradualmente. Para conseguir alguna fotografía o vídeo, toca tirar de un poco de ingenio. Saco de mi mochila el trípode fotográfico, me aseguro de que la cámara está bien fijada, programo el temporizador entre captura y captura y la elevo por encima de las cabezas. Evidentemente en estas condiciones no me queda más remedio que configurar la cámara con la velocidad de obturación más baja posible, ajustando la ISO y la profundidad de campo a lo mínimo requerido. No son las mejores fotos, pero por lo menos puedo hacer alguna.

Midtown, atardecer
Empire en primer plano, One WTC en tercero
Metlife & Chrysler Buildings
Channel 4 y el resplandor de Times Square

Tras una media hora de movilidad reducida en la terraza superior, decidimos volver hacia una de las intermedias, de las protegidas con mamparas. Por lo menos aquí hay varios bancos de madera en los que conseguimos sentarnos para observar la frenética ida y venida de gente en todas direcciones, mientras de fondo Manhattan va oscureciéndose y continúa el espectáculo de los miles de puntos brillantes. Parece que por mucho que pasen los años, la gente no acaba de entender que utilizar el flash cuando haces una foto a objetos que se encuentran a cientos de metros es de lo más absurdo. No digamos ya si entre el motivo de la foto y el fotógrafo hay una superficie reflectante que va a provocar que tu instantánea sea un bonito punto de luz rodeado de la más absoluta nada.

Aprovechando la escasa separación entre mamparas y apoyado de la mejor manera posible, hago algunas fotografías más ahora que ya ha anochecido por completo, siendo consciente de que visto el escenario esta sea probablemente la última vez que tenga frente a mí estas vistas en mucho, mucho tiempo, por lo menos hasta que la Freedom Tower habilite su propio mirador como espero que tengan proyectado, y ello provoque que el público ávido de paisaje urbano tenga más lugares donde repartirse y no quede todo concentrado en el mismo lugar.

Midtown, noche
Midtown y la batseñal de fondo

Son ya las 21:15 horas. Llevamos 13 horas por las calles desde que salimos de Queens y lo notamos en el físico y en el ánimo. Es hora de romper filas y regresar al hotel, para el cual decidimos prescindir del autobús lanzadera ya que cuesta creer que en 15 minutos vayamos a conseguir llegar al punto de salida, y en caso de no conseguirlo no podríamos volver a intentarlo hasta las 22:30, demasiado tarde para nosotros. Por ese motivo, aprovechamos la conexión abierta en la azotea del Rockefeller Center para buscar nuestra mejor opción de transporte público, que resulta ser caminar un par de bloques hasta coger la línea naranja y llegar a Court Square, la misma estación de Queens en la que iniciamos nuestra excursión de hoy.

Volvemos a la superficie y recorremos en sentido inverso los 15 minutos a pie de esta mañana que separan la estación de metro y el hotel. Esta zona de Queens, la más cercana al río, es extremadamente solitaria, pero en ningún momento alcanza a transmitirnos sensación de inseguridad. Apenas quedan un par de “delis” y un restaurante abierto, por lo que no es la mejor zona en la que salir a encontrar algo para cenar sin un plan previo.

Hemos superado ya las 22:00 cuando estamos de vuelta en nuestra habitación, tan agotados que ni siquiera nos recreamos demasiado en las vistas hacia ese hormiguero del que acabamos de regresar. Ha sido un día completo y muy intenso: no importa cuantas veces hayas estado antes, ni como de holgada quieras hacer tu planificación: en Manhattan hay siempre algo más que ver, algún punto de interés más que improvisar, y el tiempo siempre te parecerá insuficiente.