Compras en Woodbury Common Premium Outlet. Llegada a Z New York Hotel

Día 9 | 9 de septiembre de 2013

Despertamos a las 7 de la mañana, sinónimo de haber descansado bien. Buen colchón, poco ruido y pilas cargadas si sumamos el descanso a una jornada anterior que no nos exigió demasiado. Toca recoger las pocas cosas que quedan desperdigadas por nuestra habitación del Days Inn de Newburgh, metiéndolas en unas maletas que esperamos que en cuestión de horas pasen a estar considerablemente más llena. Pero antes de eso, aprovechemos el último hotel de todo el viaje que nos incluye desayuno junto al alojamiento, servido en la habitación 101.

El desayuno es, en términos estadounidenses, algo escaso y con la variedad mínima exigida. Pero nos basta y nos sobra. Hay café, hay té, hay bollería básica, hay bagles para tostar y mermelada para untar en ellos, y hay cereales Fruit Loops a granel, lo cual me hace inmensamente feliz.

Salimos a la terraza del hotel para disfrutar de las vistas hacia Lake Washington. Momento que no se prolonga mucho, ya que los 10 grados que nos encontramos en el exterior no incitan especialmente a permanecer muchos minutos a la intemperie. Es turno de entregar las llaves y cargar el coche, cosa que hacemos a las 9 junto a un montón de huéspedes que parecen abandonar el hotel en tropel. Por las conversaciones que hemos podido cazar durante el desayuno, la mayoría del hotel está ocupado por gente que está en Newburgh de paso, y parece que pocos quieren atrasar mucho el retomar la marcha.

En pleno ecuador de un viaje que combina naturaleza en su primera semana y ciudades en la segunda, la jornada de hoy ejerce de bisagra con una actividad completamente distinta: aprovechar el bajo precio y bajos impuestos de un gran centro comercial al aire libre en el que somos veteranos, y que unidos al cambio favorable (menos que hace unos años) para los que procedemos de Europa, hacen que sea siempre una tentación regresar a España con una buena remesa de ropa de primeras marcas a estrenar. Nos vamos a Woodbury Common Premium Outlet.

Tras 15 millas y un peaje de 1,25 dólares, el aparcamiento del outlet nos recibe a ritmo de Don’t Stop Till You Get Enough. Música que suena por una megafonía que, a la hora de transmitir anuncios y consejos para los clientes, lo hace primero en inglés y luego… ¡en chino! Parece que la afluencia asiática está en claro aumento, ya que en ninguna de las dos visitas anteriores recordamos haber vivido algo así.

No nos lleva ni dos minutos en la torre de información recoger nuestro talonario de descuentos. El proceso es sencillo: para empezar, nos damos de alta de forma gratuita como socios de la cadena Common Premium en su página web. Días antes de iniciar el viaje y a través de la misma web, solicitamos un talonario que incluye cupones para prácticamente todas las tiendas. Y finalmente aquí, en la oficina de información, canjeamos el cupón que la página web nos permite imprimir a cambio del talonario de verdad, un pequeño libreto en el que cada página acoge dos cupones, que normalmente son del tipo “Descuento de X % para compras a partir de Y dólares” o “Descuentos de X dólares para compras a partir de Y”. Teniendo siempre en cuenta los mínimos marcados y agrupando la ropa de todos los miembros del grupo, con el uso de este talonario uno puede ahorrarse un buen puñado de dólares durante la jornada consumista.

Hola Woodbury, ¿nos echabas de menos?

Venimos de seis días en los que la presencia de españoles a nuestro alrededor era nula. Sin embargo, cinco minutos en el outlet ya nos hacen dudar si nos encontramos en Nueva York o en un centro comercial cualquiera de vuelta en casa, ya que son más los españoles que los turistas de otras nacionalidades que nos cruzamos.

Nosotros ya no necesitamos mapa...

A las 10 de la mañana da el pistoletazo de salida, que para nosotros tiene lugar frente a una de las cuatro o cinco tiendas que tenemos marcadas en nuestra planificación como “paradas gordas”: Tommy Hilfiger.

Las primeras impresiones no son las mejores posibles: todo nos parece más caro que en las dos ocasiones anteriores (tres, si contamos los outlets de la misma cadena que visitamos en Las Vegas dos años atrás). Esta percepción de menores oportunidades viene propiciada principalmente, por lo menos en la sección masculina, por el hecho de que muchos de los descuentos son condicionados, del estilo “Llévate 1 y consigue otro al X%”. Empezamos a cargar y yo me llevaría más cosas, pero por experiencias previas sabemos que es fácil caer aquí en el consumismo poco meditado y acabar facturando prendas que luego rara vez nos ponemos en el día a día. Al final caen unos inevitables tejanos, algún polo… sumando la compra de los dos y añadiendo un encargo infantil que traíamos de casa, alcanzamos los 150$ necesarios para utilizar el cupón del talonario: un 10% de descuento. Mientras tanto, el hilo musical da mil patadas al de cualquier tienda de moda en España: The Killers, The Beatles, ZZ Top…

Aprovechando que nuestro coche está nada casualmente estacionado cerca de Tommy Hilfiger, guardamos las primeras compras antes de pasar al segundo plato fuerte del día: la Levis Outlet Store. Encontramos la misma situación de siempre: en este local en concreto, la sección masculina es algo más grande y variada que la femenina. Encontramos tejanos cuyo precio original son 65$ pero están rebajados a precio outlet de 50$. Sin embargo, los más tentadores son aquellos marcados en las estanterías como “This wash X.XX$”, carteles que indican precios especialmente bajos (entre 35 40 dólares) para ciertas tiradas y colores. Los modelos de tejanos más clásicos de la marca, los 501 y 511, son los que menos tiradas de precio mínimo ofrecen.

El resto de la tienda lo completan algunas camisas, camisetas, chaquetas, polos y pantalones de pinzas, pero claramente el tejano es el protagonista copando todas las paredes del local. El cupón del talonario nos rebaja 15 dólares si gastamos 100, y 30 dólares si gastamos 200. Al pasar por caja el ticket conjunto asciende hasta 192, pero de todas formas el chico que nos atiende canjea el descuento de 30 dólares. Un detalle por su parte.

¡¡¡COMPRA!!!

Con lo recorrido hasta ahora y 2 horas invertidas, ya hemos cubierto 2 de las principales paradas previstas. Pero nos queda una en la que tengo depositadas muchas esperanzas: GAP Outlet.

Las expectativas se cumplen: personalmente, arraso nada más entrar, no dejando pasar un solo tramo de estanterías sin lanzar algo dentro del cesto de “me lo voy a probar”. Pantalones, suéteres, polos… hasta una camiseta de Batman va directa a la bolsa. Solo echo en falta mayor oferta de pantalones cortos y piratas, que al parecer han sido retirados recientemente tras el cambio de temporada y no quedan más que migajas en los percheros de “liquidación”. De todos modos, GAP se sitúa fácilmente en el primer puesto de mi jornada consumista particular, llevándome 7 u 8 piezas.

Toca cambio de tercio y mirar hacia el suelo: cargados de pantalones, camisas y otros atuendos, ahora hay que vestir los pies. Junto a GAP, tenemos la que por diseño es mi tienda de calzado favorita: Skechers.

Toda la tienda ofrece un 50% de descuento en el segundo par que te lleves, aplicable obviamente al más barato de los dos que presentes en caja. Dicho descuento no es compatible con el del talonario, que consiste en 10$ de rebaja por gastar 50 o más. Un rápido cálculo nos arroja la conclusión de que merece más la pena la primera opción. Necesitamos llevarnos un número par de objetos, y L solo quiere un par de bambas. Eso me deja con el durísimo deber de llevarme tres cajas con el logo de Skechers. En mis cuentas personales los tres pares de calzado me suponen unos 100 dólares. No es una gran ganga comparada con lo que podría haber encontrado en España, pero la principal diferencia es que aquí encuentro el estilo de calzado que me gusta, cada vez menos habitual cuando salgo de expedición en Mallorca o Barcelona.

Solo han sido cuatro los locales visitados hasta el momento, pero se trata de los cuatro en los que teníamos previsión de hacer la mayor carga. Eso explica que el tiempo haya pasado volando y ya sean las 14:00, momento de hacer algunas compras para el estómago. Nuestras dos visitas anteriores tuvieron en común comer en el local que Applebee’s tiene en el outlet, pero el hecho de haber visitado la franquicia dos veces ya en los últimos 9 días provoca que por primera vez probemos suerte en el “Food Court”. El interior del pabellón de comida no está mal: no demasiada cantidad, pero sí la justa para ofrecer todas las opciones: fast food, carnes, comida mejicana, china, japonesa, pizza… Nos decidimos por sendos “Philly steaks”, aceitosos bocadillos con filete típicos del área de Philadelphia. El de L es de ternera y el mío de pollo con queso cheddar, además de alguna especie que provoca que pique como el demonio. Los bocadillos son tamaño “mini” y las raciones de patatas y bebida “small”… que en España serían equivalentes a un menú XL, por lo menos. Nos sale todo por 21 dólares.

Buen tiempo, poca gente y tarjetas de crédito
En realidad nos interesa un porcentaje muy pequeño de todo lo que hay

Cabe destacar el hecho de que, contra todo pronóstico, no conseguimos “cazar” una conexión a Internet en todo el outlet, ni tan siquiera aquí en el pabellón de comida. Parece que el único local que ofrece una red abierta es el Starbucks del recinto, razón que explicaría la sospechosa presencia de más gente de la normal apoyada en su pared móvil en mano.

Nuestra entrada en el estado de Nueva York, mucho más diverso étnicamente que los estados visitados hasta el momento, ha traído consigo la clara percepción de la batalla de clases. Las cocinas de la mayoría de locales de restauración están ocupadas por centro y sudamericanos (portorriqueños y mexicanos, en su mayoría). En el personal de limpieza vemos una clara mayoría de afroamericanos. Por últimos, como dependientes en las tiendas y salvo alguna excepción, predominan los caucásicos.

Dejo a L visitando un par de locales (Reebok, Calvin Klein) en los que en principio yo no tengo especial interés, momento que aprovecho para cruzar todo el outlet cargado con las compras de GAP y Skechers, que no son pocas. Tras un par de minutos combinando técnicas de Tetris y Punch Out consigo que el maletero continúe cerrando. Vuelvo entonces al rescate de L y es entonces cuando la maldigo por recomendarme que de una oportunidad a la tienda de Calvin Klein.

Podría comprar casi todo lo que traía previsto aquí, y por solo un poco más de dinero que el que me he gastado diversificando tiendas. Los precios de base son más elevados, pero también lo son los descuentos que empiezan en el 25% y en ocasiones alcanzan el 50% del precio marcado. No exagero, con 300 dólares podrías llevarte un par de conjuntos completos, sin llegar al extremo de ir trajeado pero suficientes para presentarse en la oficina. En un esfuerzo de contención me “conformo” con llevarme unos tejanos por 32 dólares, que a la postre serían los mejores de cuantos me llevé durante la jornada. Me quedo con ganas de añadir al carro alguna camisa, pero estas se quedan en 40 dólares y todavía albergo esperanzas de encontrar algo más económico. L a su vez se lleva un par de tejanos “Bootcut” por 38 dólares cada uno.

Solo dos cosas podemos tachar de negativas en la tienda de Calvin Klein. La primera, que sus empleados se llevan el premio a los menos profesionales de todo el outlet. En su mayoría chicos y chicas de “buena planta”, dedican el tiempo a bromear y charlar entre ellos en ocasiones obstaculizando zonas de paso. La segunda, es que no es el lugar para comprar perfumes. L va a la caza de un frasco de “CK One Shock for Her”, que encuentra por 65 dólares más tasas. Se lo replantea y es un acierto, ya que apenas unos metros a la izquierda el local de Perfumanía vende ese mismo artículo por 50 dólares precio final. En cualquier caso y exceptuando esas dos manchas en el expediente, Calvin Klein entra en mi lista de recomendadas.

Pasamos ahora el trago de entrar a la enorme tienda de Polo Ralph Lauren. Un trago porque, pese a que el tipo de prendas coincida bastante con el gusto de L, la marca representa un tipo de tribu urbana que yo aborrezco especialmente. A más grande el caballo cosido al pecho, más grande el golpe de vara. Encuentra una camiseta de manga larga y un jersey, todo por 72 dólares. Nada para mí, ya que las camisas aquí se escapan todavía más de presupuesto que en la parada anterior.

Por puro azar nuestro camino se cruza con la entrada de Aéropostale, una marca que habíamos ignorado en nuestras visitas anteriores. En cambio esta vez entramos y encuentro precisamente lo que ninguna otra me estaba brindando: camisas del estilo que buscaba y a precios bastante contenidos, iniciales de 40 a 50 dólares pero que se quedan entre los 20 y los 30 tras los descuentos anunciados. Me llevo dos, y un nuevo local al que seguir la pista cada vez que me deje caer por aquí.

Es hora de dar un descanso a las tarjetas bancarias tras gastar más que en tres meses seguidos en casa. Cerramos el trato con dos frapuccinos de Starbucks, uno de fresa y nata y otro de caramelo, y pasando un frío importante mientras nos conectamos a Internet, ya sea primero en la terraza con una brisa cada vez más fresca y después en el interior con un aire acondicionado que sigue la norma estadounidense. Cumplido el trámite, volvemos por última vez al coche (cuyo maletero ya no acepta más carga y empieza a amontonar bolsas en el asiento trasero), e iniciamos las 40 millas que deben llevarnos al distrito de Queens.

Su droga, gracias

En el camino la aguja del depósito anuncia la cuarta parada en una gasolinera, que acabaría siendo la última del viaje. Eso, siguiendo nuestra norma de repostar cada vez que bajamos del medio depósito, significa que acabaremos cubriendo todo el itinerario del viaje con algo menos de tres depósitos de gasolina. Donde paramos esta vez parece ser una “gasolinera de un solo hombre”, en la que los conductores no deben siquiera apearse del vehículo y un solo empleado se maneja entre ellos recibiendo el pedido, cobrando y gestionando los surtidores. Así es complicado bajar las cifras del paro.

Se trata también de una de esas gasolineras, y no es poco habitual, en las que pagar en efectivo resulta más barato que hacerlo con tarjeta. Un punto a tener en cuenta para ahorrar costes. Al deshacer el desvío para volver a la autopista, pasamos junto a un ciervo que está pastando… entre las lápidas de un cementerio.

Manhattan no asoma frente a nosotros hasta que ya estamos rodando sobre el George Washington Bridge, previo pago de 13 dólares en la cabina de peaje. Yo ando especialmente concentrado en un tráfico que va ganando densidad a cada metro que avanzo, pero L ha podido intuir a mano derecha la cima iluminada del Empire State y la particular llamada a Batman que sale del punto más alto de la Freedom Tower, el último gran rascacielos de la ciudad.

Por ahora el GPS está desempeñándose a la altura, quitando poco a poco la aversión inicial que tenía ante la idea de tener que cruzar Manhattan de lado a lado al volante. Esta tranquilidad dura mientras recorremos el lateral oeste a la altura de Harlem, pero empieza a complicarse cuando salimos a la superficie y empiezan a sucederse las avenidas según avanzamos hacia el sureste. El punto crítico llega cuando la próxima indicación me da solo 200 metros de margen para hacer hasta 4 cambios de carril. Evidentemente paso de largo y le obligo a recalcular la ruta, y es ahí donde ya se pierde del todo intentando llevarnos al Queensboro Bridge.

Como Luke Skywalker a bordo del X-Wing, decido pasar a modo manual y guiarme por el sentido común y un par de carteles señalando la dirección correcta. Consigo entrar al puente, aunque sea por uno de los pasos laterales inferiores y por ello vaya a tener que recorrer unos metros más de lo debido antes de poder salir y descender hasta Queens. Pero no es nada irreparable.

Ahora sí, ya en uno de los cinco distritos que conforman la Ciudad de Nueva York, el GPS vuelve a guiarnos correctamente y tras unas cuantas calles absolutamente desiertas pese a ser todavía las 20:00 horas, nos lleva hasta la fachada del Z Hotel NYC.

Nueva York fue la ciudad en la que más nos costó decidirnos por un alojamiento. En las dos ocasiones anteriores, la opción ganadora siempre fue el Roosevelt Hotel, un alojamiento de nivel medio-alto con una arquitectura clásica y una ubicación perfecta. Sin embargo, durante los preparativos del viaje detectamos que el precio de la noche en todo Manhattan había subido escandalosamente durante los últimos 4 años, viéndonos ahora obligados a pagar prácticamente un 50% más que en la última ocasión. Tras juguetear durante unas semanas con la opción de alquilar un apartamento, varias referencias y buenas opiniones en redes varias nos descubrieron el “Z”. Se trata de un hotel prácticamente nuevo (inaugurado en 2011) situado justo al otro lado del East River, por lo que obliga a tomar algún transporte para llegar a Manhattan pero no se aleja una distancia prohibitiva. A cambio, el precio parecía algo más contenido que si quisiéramos dormir en el Midtown. En concreto, una estancia de 4 noches a través de Hoteles.com nos cuesta 680€, gracias en parte a un código de descuento de 10% a usar en dicho portal.

El check-in en el hotel se desarrolla sin sorpresas, en una recepción con la música demasiado alta para un lugar destinado a que se comuniquen las personas. Tal y como habíamos solicitado, nos asignan una habitación en una planta intermedia, la cuarta, ni muy cerca del posible tráfico a pie de calle ni muy próxima a la azotea en la que ciertos días de la semana se organizan fiestas. Tras insistir mucho en ello y pedirles absoluta sinceridad, me aseguran que puedo dejar mi vehículo aparcado unos metros más allá de la entrada del hotel durante los 4 días y no hay ningún problema de seguridad. Un gasto menos y otra ventaja respecto a hacer noche en Manhattan, al disponer de zonas de aparcamiento libre y no requerir buscar un parking en el que dejar el Golf en reposo durante estos días.

Contra todo pronóstico, conseguimos subir toda la carga del coche en un solo viaje hasta la habitación. El ascensor ya augura que todo el edificio tendrá buena pinta, con una decoración moderna y trabajada. Llegamos a nuestra planta y encontramos nuestra puerta al final del pasillo. Pasillo que a uno de los lados ofrece vistas a Queens, ya que absolutamente todas las habitaciones están orientadas al noroeste por un obvio motivo que en breve confirmaremos. Cruzamos la puerta y… caray, la habitación está pero que muy bien.

Tenemos un baño bastante amplio con una ducha moderna, una cama de notables dimensiones, una buena mesa, decoración urbana, televisión grande y todo lo que pudiéramos necesitar. Tenemos incluso albornoz y zapatillas, cosa poco habitual. Pero queda todavía lo mejor: acercarse al ventanal, abrir la cortina y… saludar a Manhattan. A menos de una milla tenemos la silueta del Empire State Building, el Chrysler Building, las Naciones Unidas, la luz que emana de Times Square, el foco de la Freedom Tower. Las vistas era uno de los reclamos más utilizados por el hotel, y con toda la razón. Otras ventajas a destacar son la conexión a Internet gratuita y sin restricciones, y algo que jamás habíamos disfrutado antes: la posibilidad de realizar llamadas internacionales desde la habitación sin cargo adicional.

Encendemos el televisor y Nadal acaba de ganar hace unos minutos el US Open apenas a unas millas de nuestra posición. Sacamos y ordenamos todas las compras del día a ritmo de Padre de Familia primero y The Big Bang Theory después.

Podemos ahora hacer balance de cómo ha sido la jornada consumista. Por parte de L, tenemos: 2 polos, 2 sudaderas, 4 tejanos, un par de zapatos, 2 jerseys, 4 camisetas de manga larga y 1 frasco de colonia. Por mi parte: 3 pares de zapatos, 2 camisas, 4 tejanos, 1 polar, 2 jerseys, 2 polos, 1 camiseta y 1 pantalón de pinzas. 16 artículos cada uno, 32 en total, y haciendo cuentas nos hemos gastado en total algo menos de 900 euros. La media es de 28 euros por prenda, lo cual tratándose de ropa que sabemos que nos va a durar bastante tiempo, entra en lo previsto. Y para colmo, estudiando la manera de incorporarlo al equipaje descubrimos que ni mucho menos estamos al límite de nuestra capacidad para el vuelo de regreso.

Mi compra
Su compra
Nuestra compra

Tras disfrutar levemente de las comodidades de la habitación y esa ducha que cumple con el buen aspecto que tenía, es hora de cerrar la jornada cuando se acerca peligrosamente la medianoche. Nuestro recién elaborado plan para mañana implica ponerse en pie antes de las 8:00 para poder llegar a tiempo al servicio gratuito de autobús que el hotel fleta hasta Manhattan. Volvemos a la gran manzana 4 años después, pero eso ya será otra historia.