White Mountain National Forest. Arethusa, Sabbaday & Glen Ellis Falls. Covered Bridges

Día 7 | 7 de septiembre de 2013

Hay costumbres difíciles de perder, y al parecer abrir los ojos cada día durante el viaje a las 5 de la mañana es una de ellas. Según avanzan los días, empieza a quedar claro que no es una cuestión de jet lag, si no de exceso de adrenalina por la emoción del viaje que provoca que el cuerpo no me exija tantas horas de sueño. A la vuelta ya notaré las consecuencias, cuando la excitación desaparezca y me encuentre con una súbita falta de descanso.

Una hora después el cielo que se ve desde la ventana de nuestra cabaña empieza a teñirse de azul, vaticinando un día perfecto para descubrir el White Mountain National Forest. Echamos mano para desayunar de la leche y cereales conseguidos en Walmart. Aquel producto de Baileys sin alcohol para echar en el café que descubrí días atrás está disfrutado y reincidido, por cierto.

Diseñada una agenda pensando en aprovechar al máximo el día, dejamos sobre la mesa una “Hike safe slip” tal cual recomiendan en el dossier informativo. Se trata de un pequeño escrito en el que resumir qué puntos tenemos previsto visitar durante el día para que, en caso de suceder algún imprevisto, quede constancia de en qué zona es más probable que nos encuentren.

La recepción y otro cartel entrañable más para la colección

Nos ponemos en marcha pero por poco tiempo, ya que nuestra primera parada es literalmente a 20 segundos en coche desde A Better Life Cabins. Tenemos junto a nuestro hogar el Bart’s Deli, uno de tantos híbridos entre supermercado y cafetería con la peculiaridad de ofrecer conexión a Internet gratuita. Como excusa para poder sentarnos en el amplio y cómo salón repleto de sillones y sofás, pedimos sendas tazas de té cuya temperatura haría derretirse los círculos del Inferno de Dante.

El salón de "El deli de Bart"
Donde estén estos carteles que se quiten los neones

Pasamos aquí media hora poniéndonos al día en la red tras casi 24 horas desconectados. Inicialmente con el salón entero para nosotros, y luego con la compañía en una mesa cercana de un grupo de jóvenes entre los 20 y 30 años que, a falta de captar mejor los acentos, apostaría a que son canadienses.

Ahora sí, iniciamos el trayecto hacia nuestra primera parada del día. Equipados con la “green sheet” (hoja verde) del dossier informativo de la cabaña y cuyas indicaciones para alcanzar los puntos de interés parecen útiles, nos movemos hacia el oeste esperando encontrar al cabo de 5 millas tal y como la hoja informa el aparcamiento en el que se inicia la travesía a Arethusa Falls. Sin embargo, parece que la hoja verde no es tan infalible como deseábamos: pasan 5, 6, y hasta 7 millas y no hay ni rastro del desvío. Decidimos parar a preguntar en una encantadora posada visible desde la carretera, donde muy amablemente me informan de que todavía estamos a 2 o 3 millas de alcanzar el aparcamiento a mano izquierda, poco después de superar un General Store que veremos en el lado contrario.

La calle principal (y casi única) de Bartlett

Efectivamente, en la posada sabían de lo que hablaban. Somos el segundo coche en aparcar donde se inicia el sendero que nos llevará a Arethusa Falls, supuestamente la caída de agua de mayor altitud de toda la zona. Nos esperan 1,3 millas definidas como “un poco rocosas al inicio”, y que empiezan justo después de atravesar una vía de tren.

Solo los más madrugadores ven así el aparcamiento de Arethusa
Haciéndonos una idea acerca de dónde demonios estamos...
Nota mental para la próxima vez: coger este tren

Lo de “al inicio” se convierte en un “a lo largo de toda la segunda mitad del camino”. El resto del sendero consiste en tramos de tierra, otros tramos embarrados por la lluvia y algunos puentes de madera. No es una superficie complicada de atravesar, si bien la pendiente en algunos momentos bastante pronunciada es el mayor reto para mantener un buen ritmo y llegar al destino. L sufre un poco al inicio dado que la pendiente no va creciendo de forma gradual, pero poco a poco su cuerpo va entrando en calor y parece llevarlo mejor. En el último tramo, los altos árboles van desapareciendo abriéndonos paso hacia el cielo y empieza a percibirse el rumor de agua a lo lejos.

Camino a Arethusa Falls: bonitos senderos...
... no tan ansiadas cuestas...
... clásicos puentes de madera...
... pasos sobre riachuelos...
... hitos azules en los árboles y rocas...
... más inevitables subidas...
... escaleras naturales...
... y señales prometiendo que el fin está cerca

Las Arethusa Falls compensan el camino. Una espectacular cascada rodeada de vegetación y que se inicia varios metros de altura por encima de nuestras cabezas. La caída principal, ahora que estamos en época de menos caudal, se sucede frente a una larga pared de roca oscura, la cual da un precioso contraste con el brillo del agua precipitándose hacia el río. Fotos, fotos, comerse un sándwich y más fotos. Gracias a nuestra costumbre de empezar las jornadas temprano, tenemos el lugar entero para nosotros solos… hasta que llega una pareja con un par de perros de raza boxer como avanzadilla que nos dan un susto de muerte. Estar en plena naturaleza, sentir que has oído algo a tu espalda y que al darte la vuelta tengas un hocico a un metro de distancia no es algo que te pase todos los días. Perros y dueños superan nuestra posición y se acercan hasta la cascada a través de las resbaladizas rocas.

La cascada aquí parece normalita...
... pero con una referencia ya es otra cosa
Ahora que sabemos su tamaño, veámosla de nuevo
Susto que nos dieron esos dos perros

Iniciamos el camino de vuelta. Renunciamos a un desvío alternativo que la hoja verde anuncia que nos llevaría a Ripley Falls, ya que práctica doblaría la duración de la excursión y además la anuncian como no apta para gente que no conserve una forma física especialmente afinada. Durante el descenso ya empezamos a encontrar más gente, en su mayoría parejas o pequeños grupos familiares de 4 o 5 miembros. Toda esta gente, mientras nosotros estábamos ya ascendiendo, debía estar tomándose uno de esos nada ligeros desayunos con huevos y bacon. Me parecen especialmente dignas de mención las parejas de ancianos ya rondando los 70 años y que parecen llegar a las medianías de la cascada como una rosa. Envidiable.

Las zonas embarradas que nos encontramos al subir son ahora un mayor problema, ya que durante el descenso el peso que recae sobre las pisadas es mayor y más probable es que el pie se hunda en la tierra. Recomendable pues hacer la travesía con un calzado que no lamentemos mucho ver teñido de marrón. La vuelta se nos hace mucho más amena que una ida que se prolongó en exceso, gracias a las sombras que los árboles nos proporcionan. Llegamos al aparcamiento con, según Endomondo, 800 calorías quemadas durante la excursión.

Decidimos deshacer las 9 millas hasta la cabaña. Porque sí, al final eran 4 millas más que las que nos indicaba la famosa hoja verde cuya información ya hemos comprobado que no hay que tomarse al pie de la letra. Justo antes de llegar, volvemos a detenernos en Bart’s Deli para comprobar el correo y las redes sociales, en estos momentos monopolizadas por las expectación ante el posible triunfo o fracaso de la candidatura olímpica de Madrid 2020. Cuando finalmente llegamos a A Better Life, descubrimos la recepción abierta y aprovechamos para tramitar el papeleo de la reserva. Nos asiste una mujer, presumiblemente la esposa del Rick que conocimos ayer, que nos pone en serias dificultades con una velocidad al hablar digna de un personaje de Aaron Sorkin.

¿Ande vamos ahora...?
Escuela Josiah Bartlett. Con dos t, pero mola igual

Tras un breve descanso, nos volvemos a poner en marcha por la carretera 302 esta vez en dirección contraria, hacia el este hasta la Bear Notch Road, supuesta vía que nos llevará a nuevas cascadas. Durante el camino un nuevo repaso a la hoja verde nos informa de que precisamente nos dirigimos a una de las zonas más propicias para el avistamiento de alces. Decidimos probar suerte, aunque ya se advierte de que es preferible intentarlo en el amanecer o atardecer. A lo largo de la ruta encontramos numerosos apeaderos en los que contemplar la silueta de las montañas de New Hampshire.

No hay suerte con los “mooses”, claro que tampoco estábamos dispuestos a esperar más de 5 minutos parados en el arcén guardando silencio. Mantenemos la mirada fija en el bosque junto a nosotros, con la esperanza de ver algo que se mueva más allá de las hojas acompañando al viento. Pero nada, ni una mísera ardilla sale a saludarnos. Seguimos con el plan original, que es continuar 3 millas más hacia el oeste en la carretera 102 en la que ya nos encontramos para finalmente girar a la izquierda en una señal que indica el aparcamiento para las “Sabbaday Falls”. En un primer recorrido no encontramos una sola plaza libre, pero en la segunda pasada tenemos más suerte y nos hacemos con un hueco que acaban de despejar.

Todavía en el aparcamiento descubrimos el extraño mecanismo de pago para poder estacionar el vehículo. Junto al cartel con información del punto en el que nos encontramos, se habilita un pequeño buzón acompañado de un dispensador de sobres. El proceso consiste en tomar uno de los sobres, rellenar la octavilla de su interior con los datos, arrancar parte de dicha octavilla preparada para colgar en el retrovisor, y depositar en el buzón el sobre cerrado con el folleto rellenado y la cantidad en efectivo a abonar para la estancia prevista. En nuestro caso, 3 dólares servirán para aparcar durante un día tanto en este como en otros aparcamientos del National Forest que se rigen por el mismo sistema.

Recortando de los rangers para pagar el aparcamiento

No nos espera un camino especialmente exigente: apenas 0,3 millas hasta llegar a las Sabbaday Falls, aunque en constante ascenso y con una pronunciada pendiente de la que nadie nos había informado. No importa, porque al llegar junto a la cascada uno olvida todos los males. El lugar es espectacular, mucho más de lo que esperábamos. Un salto de agua dividido en dos tramos que puede observarse desde su altura gracias a una pasarela de madera y posteriormente desde el cauce del río tras un breve descenso. En lugares como este es cuando se amortiza la inversión no solo del trípode, si no también de tener una cámara que te permita configurar la fotografía a tu gusto y no decida la mejor manera de sacar la foto por ti.

Sabbaday Falls, una inesperada sorpresa
Una cascada de dos pisos con un puente para contemplarla de cerca
El agua sigue su curso tras la caída
Lo máximo que pude centrarme sin poner en riesgo la cámara
Más de Sabbaday...

De vuelta al aparcamiento y comprobando que las fuerzas de L empiezan a flaquear por no estar del todo recuperada de la excursión de esta mañana, decidimos un pequeño cambio de planes. Los puntos restantes de la agenda que requerían paseos a pie quedan aplazados, y en su lugar nos ponemos en marcha rumbo al Monte Washington, a 23 millas de nuestra posición.

Una vez más y aprovechando que coincide con nuestro itinerario, paramos en Bart’s Deli para conectarnos sin siquiera salir del coche. Lo primero de lo que nos enteramos es de que Madrid se ha quedado sin opciones olímpicas tras la primera eliminación. Pero más nos afecta lo que encontramos al comprobar nuestras cuentas corrientes: sendos cargos de Applebee’s y West Street Café no solo añadidos al cargo adicional, si no incluso mayores que estos. Enviamos un mail a La Caixa solicitando más información para averiguar lo que ha ocurrido, cosa que no tardaríamos en conocer.

Volvemos a la carretera. Mount Washington es el techo del noreste de los Estados Unidos con sus casi 2000 metros de altitud. Evidentemente es una de las principales atracciones del White Mountain National Forest. Los 37 kilómetros que nos separan de él nos permite ver desde el mismo coche alguno de los famosos Covered Bridges, esos clásicos puentes cubiertos de madera que más adelante visitaremos con mayor atención.

Aunque seamos bastante concienzudos a la hora de preparar un viaje, evidentemente no somos infalibles. Y la prueba llega cuando alcanzamos el pie de Mount Washington, al descubrir que subir a la cima con tu propio vehículo cuesta nada más y nada menos que 26 dólares, más 8 dólares adicionales por cada pasajero adicional además del conductor. Eso quiere decir pagar 34 dólares por poder recorrer una carretera de montaña que, para colmo, los carteles insisten en remarcar que no es apta para gente que no se sienta cómoda conduciendo a escasa distancia de altos precipicios. Lo inesperado del pago y lo intimidatorio de las informaciones nos llevan a decidir prescindir de subir hasta la cima… ya buscaremos fotografías en la red para saciar nuestra curiosidad. Un par de fotos desde la propia base de la montaña, incluido un pequeño campamento habilitado cerca de nuestra posición, y media vuelta.

Con esos precios, Monte Washington tendrá que esperar
Parece que está cerca, ¿verdad? Pues está a 34 dólares de distancia
Y aquí el ejército Lannister preparándose para asaltarlo

Para que el desplazamiento hasta esta zona del National Forest no haya sido en vano, aprovechamos el regreso para detenernos en un par o tres puntos marcados en un mapa que nos facilitó por correo postal la oficina de turismo de White Mountain. El primero de ellos nos sitúa en el aparcamiento para visitar las Glen Ellis Falls, que hace uso del mismo mecanismo de pago que hemos descubierto unas horas antes. Afortunadamente el mismo resguardo para el retrovisor que obtuvimos entonces sigue siendo suficiente.

Las 0,3 millas que separan el aparcamiento de la cascada se inician con un paso subterráneo que atraviesa la carretera. Nada más volver al exterior, empezamos a descender en paralelo al río Ellis, que nace en el descartado Mount Washington y desemboca en el Océano Atlántico. Por último, debemos descender mediante varios tramos de escalera en buen estado los 60 pies (unos 18 metros) en los que consiste la cascada.

Las escaleras que acompañan a la cascada
Justo ahí, empieza a caer el agua

Nos encontramos, y para nosotros solos ante la ausencia de turista alguno, otro lugar de ensueño. Una preciosa cascada a la que podemos acercarnos prácticamente hasta su base. Ligeramente salpicados por el agua que no deja caer, es un nuevo turno de trípode, cámara, y disparador automático para llevarse un bonito recuerdo. Fotos que encontraríamos en la red más adelante nos descubrirían que apenas semanas atrás el volumen de agua que caía era mucho mayor, pero no tenemos ninguna queja sobre el estado en el que hemos encontrado la cascada.

Glen Ellis Falls, o como tener una cascada para nosotros solos
Dándole un remojón al filtro de la cámara...
Un punto de vista más elevado de la caída...

Suficiente agua y gravedad por hoy. Es turno ahora de aprovechar la no demasiada jornada que nos queda para acercarnos a alguno de esos puentes cubiertos. Los Covered Bridge son un elemento clásico que puede encontrarse sobre todo en Europa y Norteamérica, y dentro de los Estados Unidos especialmente concentrados en New Hampshire y Lancaster (destino que también visitaremos en unos días). Los tablones de madera que permiten cruzar personas, carros y años después también vehículos se apoyan para soportar las inclemencias del tiempo en una cubierta completa a ambos lados y el techo que es la que los hace tan atractivos.

El puente cubierto más cercano dada nuestra posición es el de Jackson, situado justo después de la entrada por carretera a dicho pueblo. No solo podemos contemplarlo, también atravesarlo, primero sobre ruedas y luego a pie. En el extremo del puente perteneciente al pueblo, encontramos una de las tiendas de souvenirs y otros artículos más pintorescas que haya visto… por lo menos en su exterior, que es lo único que vemos.

No sé por qué, este sitio me da ganas de bailar...
Viéndola por fuera, el interior de esta tienda puede ser espectacular

Dejando Jackson, nuestro camino de vuelta a la cabaña coincide con un segundo puente, esta vez ya anexo al pueblo de Bartlett. A diferencia del de Jackson que todavía se usaba con fines similares a los que fue construido, el que encontramos ahora está no solo cerrado al tráfico, si no reconvertido en una tienda de recuerdos. Pese al cartel que indica que ya ha pasado la hora del cierre, su dueña nos invita a pasar de todos modos. Es la ocasión para hacerse con otro imán de nevera en el que llevarnos un pedacito del viaje, y de adoptar un nuevo amigo a ese extraño ser amarillo que nos ha venido acompañando. Pato, te presentamos a “Muse”. La dependienta, toda amabilidad, nos confirma que no se ven muchos españoles y ni siquiera europeos por esta zona.

Un puente cubierto reconvertido en tienda de regalos
Y qué mejor regalo que un cuarto miembro para nuestro equipo

Volvemos a nuestra cabaña, que dado que nos alojaremos menos de tres días en ella no va a recibir visita de servicio de habitaciones alguno. Tras liberar a la espalda del peso de la mochila volvemos por última vez en el día al Bart’s Deli, esta vez para comprar un par de refrescos para la cena y luego, obviamente, volver a conectarnos a Internet desde el aparcamiento. Estudiando con más detenimiento esos cargos extra que descubrimos horas antes, creemos encontrar una explicación: en ambos establecimientos pagamos con tarjeta, y igualmente en sendas ocasiones tuvimos que indicar la propina a incluir en el ticket que firmamos una vez pasada por el lector. Por ese proceso, se acaban aplicando dos cargos en la tarjeta: uno con el importe original, y otro con el importe más la propina especificada, provocando que el primero de los cargos quede anulado… pero no inmediatamente, si no al cabo de unos días. Por lo menos nos quedamos más tranquilos sabiendo ya de qué se trata el equívoco.

Mientras navegamos, a lo lejos suena una locomotora, que sin duda debe tratarse del tren de la ruta escénica “Conway Scenic Railroad” que lleva de North Conway a Crawford Notch atravesando varios puntos de White Mountain, y cuya estación de origen tuvimos frente a nosotros ayer mismo sin nosotros ser conscientes de ello. No seremos nosotros quien podamos recomendarlo de primera mano, pero desde luego el trayecto que realiza (las vías de tren que encontramos esta mañana en Arethusa Falls, sin ir más lejos) parece merecer mucho la pena.

Dado que mañana ya dormiremos en un nuevo emplazamiento, enviamos lo que ya casi parece nuestra plantilla de preferencias deseables para la habitación del hotel: silenciosa, tranquila, y lejos de zonas comunes como ascensores o máquinas de hielo. El e-mail del hotel Days Inn devuelve un error, así que repetimos el intento utilizando ahora un formulario de su web sin muchas esperanzas. Ya que estamos preparando la jornada de mañana, hago una simulación con el GPS para saber lo que nos espera: ni más ni menos que 360 millas y 6 horas de carretera. Sabíamos que sería una ruta larga pero no hasta que punto, y en parte es algo que nos obliga a truncar nuestros planes para las últimas horas en White Mountain con el fin de ponernos en marcha lo más pronto posible.

Tras pasar el trámite de la cena (nuevamente salchichas italianas, esta vez con una muy rica sopa Campbell de pollo con champiñones) y la ducha, terminamos el día encontrando los ansiados subtítulos para la penúltima entrega de Masterchef US, entrega que disfrutamos en el silencio de la cabaña acompañados de un pack de palomitas que estábamos reservando para la ocasión. La pareja finalista que competirá la próxima semana incluye a nuestro inesperado favorito, así que nuestras ganas de intentar ver la gran final en directo desde nuestro hotel en Nueva York no hacen más que aumentar.

Para cerrar la noche hubiera deseado volver a repetir la experiencia de salir a la intemperie trípode y cámara en mano esperando mejorar el muy flojo resultado de la jornada de fotografía astronómica de ayer, pero el cielo trunca mis planes. Una interminable capa de nubes que amenazan con una noche pasada por agua hace desaparecer todo rastro de la infinidad de puntos brillantes del cielo, así que esta noche no correré el riesgo de ser asaltado por un oso mientras admiro las estrellas refugiado en mi manta.