Acadia y rumbo a New Hampshire. Bass Harbor, Echo Lake, North Conway

Día 6 | 6 de septiembre de 2013

Por una vez no es el desfase horario o la adrenalina acumulada la culpable de que ya estemos despiertos a las 5 de la mañana. La culpa en esta ocasión la tiene los aterradores 7 grados a los que ha bajado la temperatura exterior y que empiezan a abrirse hueco en el interior de la habitación. Es hora de darle una oportunidad a los mandos de la calefacción que tenemos en la pared.

Ya con un clima más agradable bajo nuestro techo y un par de horas más tarde, el sonido (o la ausencia de) nos da una pista acerca del día que nos espera antes de abrir las cortinas: soleado, tranquilo, con el único ruido del graznido de los cuervos que deben estar por Hulls Cove y el paso de un coche frente al motel cada minuto o más. Es hora de desperezarse, repasar una vez más que no nos dejamos nada por el camino, cargar hasta arriba el maletero del coche y tramitar la salida del Barton’s Motel and Cottages. Ha sido un motel sencillo, pero con una instancia en el interior mucho más acogedora de lo que insinúa el tétrico exterior. No hemos tenido problemas de absolutamente ningún tipo, y el precio ha sido bueno. Más que satisfechos.

Nuestro último desayuno en Bar Harbor tiene lugar en Jordan’s Restaurant, un local frente al cual hemos pasado varias veces durante nuestro periplo y que no podíamos marcharnos sin probar de primera mano. Para no perder la costumbre, se encuentra en la misma Cottage Street que otros tantos y tantos locales, a apenas un puñado de metros del 2 Cats de nuestro primer desayuno y del Family Market que nos ha abastecido de provisiones durante estos días. Mientras que 2 Cats basaba su local en una estética hippie, este intenta ajustarse al estereotipo de “diner” americano de los años 50. Apenas nos hemos sentado en una de sus mesas cuando una camarera ya nos ha dedicado un clásico “Do you want some coffee, honey?”.

Jordan's Restaurant, coqueteando con la estética diner

No pensamos cortarnos un pelo hoy con el desayuno. Entre los dos juntamos sobre la mesa una tortilla de queso y patata y otra estilo “western” con jamón, pimiento verde y cebolla. A la primera le acompañan un par de tostadas, y para acompañar a la segunda, tras el no superado examen de los “lobster roll”, pedimos una “Blueberry muffin”. Junto a los rollos de langosta, los arándanos son el otro gran reclamo gastronómico de todos los locales de la zona. Y al igual que pasó con la langosta, la verdad es que no entendemos por qué. Irónicamente, en nuestros algo más de dos días en Bar Harbor hemos comido estupendamente a excepción de precisamente sus dos mayores reclamos comerciales.

Tortilla western BIEN, muffin de arándanos MEH
Tortilla de queso BIEN, tostadas con mermelada BIEN BIEN

Los claros ganadores del desayuno son esas tostadas, pasadas por la sartén con mantequilla y acompañadas de mermelada de fresa a disposición de los comensales en todas las mesas. Otra vez el café, debidamente acompañado de varias cápsulas de crema, supera las expectativas. Jordan’s nos deja con las ganas de revisitarlo en horario de comidas, pero eso tendrá que ser si algún día regresamos a Bar Harbor. De momento, propina incluida, pagamos los 27 dólares del desayuno e iniciamos nuestra última travesía en Mount Desert Island.

Nuestra despedida nos va a llevar hasta el punto más al sur de la isla y de Acadia National Park: el faro de Bass Harbor. Al poco de empezar la ruta L divisa en el río que estamos cruzando un puñado de ciervos bebiendo, pero para cuando hemos salido del coche cámara en mano ya han desaparecido. Retomamos la marcha y llegamos a Southwest Harbor, un pueblo de forma alargada muy buen surtido de servicios y que parece una buena opción si uno desea hospedarse totalmente rodeado de Acadia. Porque esa es una peculiaridad: los terrenos del parque comparten superficie con áreas municipales normales y corrientes, por lo que atravesar Mount Desert Island significa estar permanentemente entrando y saliendo de sus dominios.

Calles de Southweast Harbor

Llegamos a Bass Harbor a falta de unos minutos para que sean las 9 de la mañana, supuesta hora oficial a partir de la cual puede visitarse el faro. Sin embargo, ya hay un par de coches aparcados a nuestra llegada y no parece que nadie esté controlando que el horario se cumpla. Accedemos por la derecha hasta el pie del faro, en lo que se podría considerar el mirador “oficial” ya que se habilita un espacio abierto con vistas al océano y algo de información sobre el punto en el que nos encontramos. Sin embargo resulta algo decepcionante: estamos demasiado cerca de la construcción y eso limita las posibilidades fotográficas, y para acabar de arreglarlo el sol del amanecer queda justo tras la torre, por lo que el contraluz es un problema.

Vistas desde Bass Harbor, un Finisterre norteamericano
El sol de primera hora no es nuestro aliado
Como siempre, ni un punto de interés sin información

Sin embargo todavía no habíamos terminado. Cuando ya nos dirigimos de vuelta al vehículo, en el otro extremo del aparcamiento vemos una señal indicando el inicio del “sendero”, así sin más. Consultando los mapas de Acadia, se intuye que un pequeño camino que nace aquí recorre apenas unos metros y vira para acabar en la costa. Podría ser el punto que andamos buscando y desde el cual habíamos visto numerosas fotos del faro durante la planificación del viaje, así que le damos una oportunidad. Efectivamente, tras apenas 200 metros, el descenso por una escalera de madera y atravesar un puñado de grandes rocas, alcanzamos el mirador que merece la pena.

Ahora sí, esto es Bass Harbor
Sufriendo por un posible golpe de viento...

Los mosquitos, que durante los días previos apenas estaban presentes y no eran especialmente ofensivos, aquí se multiplican y parecen ser más beligerantes. Eso no nos impide pasar aquí un rato disfrutando de la vista, el sonido del mar, y un día que se ha iniciado soleado. En cierto modo, la postal nos está sirviendo para despedirnos con todas las de la ley del Parque Nacional de Acadia, tras los algo más de dos días en los que hemos podido disfrutar de él y de los encantadores parajes que lo rodean.

Buena luz, buena temperatura y buenos mosquitos
Las pocas rocas a atravesar para llegar al mirador

Volvemos al coche, junto al que hay aparcada otra más de esas furgonetas “pickup” reconvertidas en auto caravana. Iniciamos el regreso último hacia el norte, tomando una vía paralela a por la que hemos descendido y en lo que serán nuestras últimas millas en Mount Desert Island. Solo 3 millas después estamos haciendo otra parada improvisada en el aparcamiento de Echo Lake, prácticamente desierto. Nos espera la orilla de una pequeña playa en la que el baño está permitido si uno es lo suficientemente valiente para retar a la temperatura del agua. La extensión del lago se pierde en el horizonte, y sopla algo de brisa. Acadia piensa regalarnos lugares idílicos hasta el final.

Pick-up convertida en hogar unifamiliar
Echo Lake, una inesperada sorpresa
A ver si el muchacho coge color...
No preguntéis
Bienvenida, vestuarios y la playa

Ahora sí, los neumáticos de nuestro Golf recorren por última vez la superficie de Acadia National Park y Mount Desert Island. Nos marchamos absolutamente encantados. La naturaleza del parque, cuya posición en plena isla le permite ofrecer paisajes que combinan mar y montaña prácticamente a cada puñado de metros. La arquitectura y estilo clásico y colonial de los pequeños pueblos esparcidos por la isla, con especial atención a ese Bar Harbor del que tanto hemos disfrutado. La cortesía de la gente, que suele ser un denominador común al visitar este país pero en Nueva Inglaterra parece haberse acentuado. Definitivamente, la visita ha merecido la pena todas y cada una de las millas que nos costó llegar hasta aquí. Volvería y lo haría durante más días, sin duda.

Hasta la próxima, Acadia

Nuestras desventuras en Mount Desert Island terminan igual que comenzaron: con una parada en el Walmart de Ellsworth. La tercera vez que lo visitamos en cuatro días, y seguimos encontrando cosas por sus pasillos con las que sorprendernos. L se lleva por 12 dólares una cazadora impermeable y paravientos en previsión de las previsibles temperaturas bajas y lugares elevados que protagonizarán nuestras próximas jornadas. Esta vez solo nos llevamos un par de cosas pensando en que los próximos días los desayunos y comidas van a correr por nuestra cuenta, ya que no estaremos alojados ni visitaremos una zona especialmente nutrida de servicios: en nuestra cabeza construimos una cena basada en algo de pasta, salsa de tomate, ajo y queso parmesano. Pasamos por la estantería de sopas Campbell, las clásicas con una lata de colores blanco y rojo. Nos llevamos tres: una de crema de brócoli, una de queso y pollo, otra de New England Clam Chowder con la previsión de llevárnosla de vuelta a casa. Cada una de estas latas en España, a través de una tienda de importación de productos americanos, nos cuesta un mínimo de 3 o 4 euros. Sobra decir que aquí por esa cantidad nos llevamos las tres, y todavía nos sobra.

No podíamos marcharnos sin despedirnos de Ellsworth

Buscamos, y no es la primera vez, alguna pequeña bolsa de frutos secos para poder darle a las ardillas que esperamos ir encontrando en parques diversos. Sin embargo, la cultura de darlo todo hecho y el mínimo esfuerzo hace presencia, y es imposible encontrar nada que conserve las cáscaras.

Nos queda por delante el tramo de carretera más largo de nuestros 15 días de viaje: el que conecta la entrada la isla de Mount Desert en Maine con el pueblo de Bartlett, a las puertas del White Mountain National Forest en el estado de New Hampshire. 205 millas sin ningún punto relevante a visitar apuntado en el camino, y una estimación de 4 horas para alcanzar el destino. No ocultaré que uno de los momentos de más disfrute del viaje de carretera es subir el volumen de nuestra banda sonora y cantar a grito pelado “Ni tú ni nadie”. Hace poco que sufrimos la fiebre del programa “Alaska y Mario” en MTV España, y todavía me duran los efectos.

Las primeras millas antes de enlazar con la autopista nos llevan a través de la ciudad de Ellsworth. Prácticamente todos los colegios e institutos junto a los que pasamos tienen instalados campos de fútbol “del nuestro” que han ido desplazando paulatinamente a los de fútbol americano. Visto como la moda del “soccer” está creciendo en Norteamérica, no creo que tarden muchos años en ponerse a un buen nivel competitivo.

Las clásicas "casitas" de Nueva Inglaterra
Repostar en EEUU duele menos

Dado el amplio margen de tiempo con el que hemos partido, aprovechamos que la interestatal 95 pasa junto a Newport, un pueblo de 3000 habitantes cuyo nombre recordamos haber leído de pasada en alguno de los diarios de viaje que hemos utilizado para documentarnos. Resulta un pequeño fiasco, sin una arquitectura especialmente destacable y con un lago totalmente desaprovechado, sin un solo mirador debidamente acondicionado. Lo más parecido que encontramos a ello es un saliente con varios coches aparcados que más bien podría ser un picadero para adolescentes. Solo bajamos del coche para intercambiar asientos, ya que L lleva un buen rato al volante y se hace necesario un relevo.

El camino a New Hampshire nos sitúa al mediodía en el área de servicio de Waterville. En nuestros viajes a los Estados Unidos, parar en un local de McDonalds dejó de ser una opción cuando descubrimos que el estómago de L tiene algún tipo de intolerancia a algo que utilizan en sus cocinas. Sin embargo hoy ella está decidida a comer solo una ensalada, así que puede ser mi única ocasión para aparcar junto a la gran M amarilla. Comemos bien, aunque podría haber sido mejor si el aire acondicionado estuviera configurado un par de grados por encima del nivel “Polo Norte en el mes de enero de un año fresco”.

En un gesto de plena integración con la cultura del “fast food” al volante, nos llevamos para el trayecto un “smoothie” de banana y fresa para L y para mí… sí, una vez más un frapuccino, de caramelo esta vez. La mayoría de los locales de restauración que hemos visitado durante la primera semana informan religiosamente de las calorías de absolutamente toda la carta, y eso puede ser buena idea… o no.

Nuestro nuevo paso por las cercanías de Augusta varios días después de la primera vez supone el fin de la autopista interestatal, y la autopista 122 nos lleva a escasa distancia del pueblo de Poland. ¿Y qué tiene de especial este pueblo? Pues que aloja la industria y da nombre a una de nuestras marcas de agua mineral favoritas del país, Poland Spring. Y no solo eso, si no que la carretera nos lleva a pasar justo por delante de la entrada a su planta embotelladora cuando un camión cisterna sale de ella y nos precede en el camino durante varias millas. Todo en conjunto, una brutal casualidad.

Poland Spring, ya es casualidad

Al igual que en el resto de etapas de carretera, sufrimos la excesiva presencia de tramos en obras bajo la leyenda de “road work”. Estos tramos en el mejor de los casos nos obligan a aminorar la velocidad entre 10 y 20 millas por hora, pero en los peores como es el caso reducen la circulación a un solo carril, provocan tramos de una sola dirección en los que hay que ir alternando el sentido de la circulación, y nos obligan a detener el coche. Es por ocasiones como ésta que siempre conviene planificar las jornadas con trayectos de carretera de forma conservadora, reservando una o dos horas más de las que el GPS anuncia que nos costará llegar.

Los últimos giros atravesando el pueblo de Poland vienen acompañados de carteles con forma de pato anunciando algo llamado “Duck race”. Una pena que las indicaciones no den muchas más explicaciones sobre el lugar y hora del acontecimiento, ya que parece diseñado a nuestra medida.

I got a duck... ¡¿pero dónde y cuándo es la carrera?!

Gran parte del viaje de hoy resultaría imposible de reproducir sin la ayuda de un navegador GPS. Apenas enlazamos más de 10 millas sin tener que tomar un desvío, y en ocasiones nos vemos obligados a callejear para enlazar un trozo autopista con la siguiente. Nos toca ahora atravesar varios pueblos y grandes lagos que se suceden a lado y lado de la calzada. Es el condado de Cumberland, una opción aparentemente recomendada para el que busque la Nueva Inglaterra más auténtica y menos turística.

A unas 30 millas de nuestro final de etapa, un Centro de Visitantes de Maine marca la despedida del estado en el que hemos pasado los últimos 3 días. Dejamos las tierras de Stephen King para adentrarnos en las de Joshua Bartlet. Entramos en New Hampshire.

No queda mucho para el destino cuando nos acercamos a North Conway, una villa separada del pueblo de Conway pero que no alcanza el estatus de localidad con ayuntamiento propio. Cuando desde casa intentábamos localizar hipermercados Walmart en los que hacer la compra para nuestro siguiente destino, el que se encuentra aquí se anunciaba como una versión reducida sin sección de alimentación. En cualquier caso paramos en él para estirar las piernas y comprar algo de beber. Efectivamente no hay secciones de productos frescos, pero eso no quita que varios pasillos tengan comida preparada y otros aperitivos para casos de emergencias. Además, tras llevar apenas 10 minutos en New Hampshire ya consigo el correspondiente dedal. Con oso abrazado a él incluido y todo.

Por ahora, la gente que nos cruzamos desde nuestra llegada a New Hampshire tiene un aspecto más… desaliñado, sin querer con ello sonar demasiado peyorativo. La gente parece descuidar un poco más la apariencia, y en las conversaciones que vamos cazando la densidad de tacos por frase ha subido considerablemente. El hombre que ha estacionado junto a nosotros en el aparcamiento está ahora comprando munición en la sección de armas. Más vale que salga con cuidado de la plaza cuando nos marchemos.

Apenas 3 millas hacia el noroeste llegamos a las calles de North Conway. Se nos planta ante nosotros un escenario que merece la pena visitar, así que volvemos a detener el coche. Tenemos una iglesia, varios restaurantes, un parque de bomberos, una antigua estación de tren, una gran extensión de césped y un grupo de adolescentes jugando a fútbol americano sobre él. Como para perdérselo.

North Conway, nuevamente Mr. Sandman de hilo musical
Iglesias, parques y niños jugando a football
La adorable estación de tren
Y la adorable L ;-)

Nos quedan solo 10 minutos para llegar según el GPS, 10 minutos en los que atravesamos bosques de New Hampshire repletos de moteles y posadas, la mayoría respetando el estilo colonial. Finalmente, un desvío a mano izquierda nos permite entrar en nuestra nueva casa.

A Better Life Cabins and Campground es un negocio local que ofrece hospedarse en pequeñas cabañas en lugar de recurrir a las habituales habitaciones de hotel o posada. Supimos de él gracias a buenas críticas de viajeros que nos precedieron, y cuando lo estudiamos a fondo supimos que era una buena ocasión para probar algo distinto. El coste final de alojarnos aquí durante dos noches en una cabaña de las más modestas fue de 110€, la mitad pagados al realizar la reserva por correo electrónico y la otra mitad abonados directamente en el mostrador de recepción.

A nuestra llegada la cabaña que alberga la recepción está cerrada, pero en la puerta hay instalado un cartel que invita a los nuevos huéspedes a dirigirse directamente a sus cabañas. En nuestro caso se trata de la cabaña número 5, que encontramos abierta y con las llaves en el interior. La primera sensación es buena: una estancia de aproximadamente 30 metros cuadrados con cama, cocina, mobiliario básico que incluye mesa, sillas y una cómoda, un viejo televisor, cuarto de baño con ducha y una mesa de picnic con barbacoa en uno de los laterales exteriores. Apenas hemos comenzado a descargar el maletero cuando aparece un tal Rick que debe rondar los 40 años y nos da la bienvenida. No hay prisa por rellenar el papeleo y pagar el 50% restante de la reserva, y presume de poseer no solo el negocio, si no el vasto terreno que queda a nuestras espaldas. Al poco de entablar conversación aparece una pareja de vecinos que resultan ser canadienses, y se asombran al saber que venimos de España. Parece que en los próximos días continuará la tónica de vivir rodeados de turismo local y de los vecinos del norte.

La conversación se alarga durante 15 minutos, en los que básicamente escuchamos que han hecho nuestros vecinos canadienses y tomando nota de sus recomendaciones de lugares a visitar. Al terminar, la amenaza de una noche fresca nos invita a probar la calefacción, que empieza a tener efecto en la cabaña de inmediato y sin ningún tipo de problema.

Nuestro mejor hogar en las 15 noches de viaje
Y nuestro jardín comunitario
Pequeña pero acogedora

El día recorriendo 300 millas nos ha dejado algo groguis, por lo que no pensamos aprovechar mucho más estas últimas horas de la jornada. Sacamos del equipaje lo mínimo necesario para las próximas 48 horas, sabiendo que el White Mountain National Forest probablemente requerirá una ropa de algo más de abrigo que la que hemos llevado los últimos días. Tal y como nos ha confirmado Rick no disponemos de conexión a Internet en la cabaña, lo cual sobre el papel resulta muy bucólico pero en la práctica echamos en falta. Cuando queramos reconectar con el mundo deberemos desplazarnos a un local cercano que tiene una conexión abierta. A falta de red, encendemos la televisión de tubo y nos topamos con la Tangled en el Disney Channel. Servirá.

No tenemos una gran oferta de restauración en los alrededores, pero aunque la hubiera, no cambiaría la decisión de cenar en la cabaña. Toca estrenar las compras que hicimos esta mañana: la crema Campbell de brócoli con queso y esas salchichas italianas con un toque picante. Todo está bastante bueno, pero el colofón viene cuando al fin estrenamos las Pringles con sabor a cheeseburger que estamos reservando desde hace unos días. Son impresionantes, cada bocado es como estar comiéndose una Big Mac de McDonalds, impregnada de sabor a pepinillo. Al terminar toca fregar los platos bajo amenaza de pagar un suplemento de 25 dólares si la dirección de las cabañas encuentra algo sucio en el fregadero y se ven obligados a lavarlo.

Al igual que en todas las del complejo, en nuestra cabaña nos estaba esperando un dossier que enumera las normas generales de las instalaciones, y luego pasa a ofrecer a sus clientes indicaciones útiles y puntos de interés a tener en cuenta durante nuestra visita a White Mountain. Todo con muchísimo humor, al igual que todos los pequeños carteles repartidos con la cabaña indicando normas específicas de cada rincón. Ese toque informal y cercano es muy de agradecer, infinitamente mejor que los típicos cuadernos llenos de publicidad y marketing que encuentras en la habitación de un hotel de franquicia.

Reglas del baño: no tiren pañales, preservativos... sí, va en serio

Sería el momento de irse a dormir, pero al llegar a la cabaña y verificar que no tenemos ningún núcleo urbano cercano, he caído en la cuenta de algo que no había pensado antes. El cielo.

Estar en una zona elevada, sin contaminación lumínica, ni grandes fachadas que tapen un cielo esta noche despejada, provocan la situación propicia para que esta noche tengamos uno de esos cielos estrellados de infarto. Millones de puntos de luz de múltiples tamaños esperan sobre mí. Me falta tiempo para echar mano de cámara, trípode y disparador automático, pero por desgracia no estoy inspirado y no consigo dar con la configuración correcta para conseguir fotos dignas de lo que tengo a mi disposición. Antes de salir, aprovecho una manta que encontramos en la cabaña y de cuyo suave tacto suave caigo enamorado al instante. Así, en medio de la nada y arropado por la manta como si fuera Eddard Stark, es como termina nuestra séptima jornada de viaje.

No soy un fotógrafo astronómico, toma 1
No soy un fotógrafo astronómico, toma 2
No soy un fotógrafo astronómico, toma 3

Los últimos minutos antes de caer rendidos en la cama nos sirven para, en primer lugar, comprobar que la limpieza de la cabaña no es mala, pero podría ser mejor: alguna telaraña queda por quitar en el aplique de algunas lámparas. Y en segundo lugar, que las tuberías de la calefacción puede resultar un poco ruidosas, en añadido a unos irregulares crujidos que parecen provenir de las ventanas. ¿Golpes de viento o termitas dándose un banquete en los marcos? Hay cosas que es mejor no saber.