Acadia National Park, día 2. Jordan Pond Trail, Eagle Lake

Día 5 | 5 de septiembre de 2013

Nuestra segunda mañana a las puertas de Bar Harbor y del Parque Nacional de Acadia empieza… con lluvia. Persistente e intensa lluvia. Y según la predicción del Weather Channel, no parece que la situación vaya a mejorar hasta el mediodía. No queda más remedio que modificar la agenda y confiar en que nos baste con las horas de la tarde para ver todo cuanto hoy queríamos del parque.

El agua sobre el coche no es por el rocío de la mañana

Los capítulos pendientes de Masterchef US son un buen remedio para pasar el tiempo hasta que llega la hora de desayunar. Y nosotros encantados con que nuestro concursante favorito, y contra todo pronóstico, haya alcanzado el “Top 4” por decisión de Gordon Ramsay y sus secuaces.

Para no forzar el estómago (y porque la lluvia no invita mucho a dirigirnos al pueblo), hoy decidimos que el desayuno será del tipo “háztelo tú mismo”. Nuestra nevera de la habitación tiene sándwiches que nos han sobrado, tenemos leche, y en un sabio y previsor movimiento L trajo de España un tarro de café soluble de Mercadona. En la tranquilidad de la mañana, los 15 grados del exterior empiezan a adentrarse en la habitación… es decir, que empezamos a tener frío.

Decidimos que la mañana irá dedicada a una de las actividades favoritas del estadounidense estándar: los centros comerciales. Volveremos a Acadia Crossing, el conglomerado de grandes almacenes (Walmart incluido) junto a la ciudad de Ellsworth, al norte de Mount Desert Island. Tras unas nuevas 15 millas de carretera esta vez con los limpiaparabrisas en marcha llegamos de nuevo al Walmart, y de nuevo con problemas para localizarlo por su ubicación justo tras una colina que lo oculta hasta que estás a escasos metros.

Halloween ya ha llegado al Walmart de Ellsworth
¿Pero en las películas no se las hacen ellos?

Somos una pareja a la que le gusta observar y estudiar a la gente y sus comportamientos. Del mismo modo, últimamente ha aumentado nuestro interés por la cocina y la elaboración de recetas. Sumando esas dos cosas, tener una hora para perderse por los pasillos de un supermercado estadounidense es una gozada. Y si además se trata de un día laborable y cuando pocos tienen oportunidad de estar haciendo la compra, el gozo se multiplica. Tenemos casi toda la gran superficie para nosotros y aunque lo visitáramos 100 veces, en la ocasión 101 descubriríamos algún nuevo producto que por rocambolesco u ofensivamente dañino para la salud nos volvería a sorprender. Aunque pasáramos aquí toda una vida, nos faltaría tiempo para probar tantas cosas que nos llaman la atención. Eso si no sufriéramos antes un infarto por el exceso de grasas y calorías vacías.

Tampoco puede faltar un clásico cada vez que visitamos el país tras una larga temporada y la memoria ya ha empezado a flojear. Ese momento en el que te encuentras la sección de armería del supermercado. En este caso y para más inri, justo a continuación de la sección de juguetería. Ver una estantería destacada como oferta en la que, como si de cartones de huevos se trataran, un montón de impolutos rifles y escopetas están al alcance de la mano, nunca deja de impresionar cuando no eres de aquí.

Encontramos también en nuestra expedición por la zona de textil del hipermercado un mueble entero dedicado a camisetas con motivos “frikis”, en su mayoría referencias a películas, series de televisión y cómics. Me llevaría alguna relacionada con superhéroes de Marvel, Game of Thrones o The Walking Dead, pero por desgracia ya no quedan tallas M o L, que son a las que aspiro según el estándar de medida norteamericano.

Había dos compras menores que me rondaban la cabeza desde varios días. La primera era conseguir un par de zapatillas deportivas “de emergencia”, ya que las Skechers que he traído están viviendo sus últimos días y temo que en cualquier momento decidan suicidarse y me quede descalzo en pleno bosque. Husmeando entre las secciones de gangas encuentro unas bambas que por aspecto encajan a la perfección, y solo cuestan 15… no, han bajado a 10… no, espera, aquí hay otra etiqueta… 5. Cinco puñeteros dólares. Por ese precio, como si se rompen a los 3 días.

Ya enfilando el camino de salida y además de algo de embutido para los bocadillos que pensamos prepararnos, nos damos un último capricho: una caja de cookies de nueces de Macadamia que pensamos llevar en el coche y en nuestro próximo destino cuando no nos quede más remedio que prepararnos nuestro propio desayuno. La otra alternativa eran unos muffin de banana, pero las galletas tienen aspecto de que nos van a durar durante más tiempo.

Todavía en Acadia Crossing y con tiempo por delante para que la tormenta se disipe, visitamos un establecimiento RadioShack sin demasiada esperanza de encontrar lo que busco. RadioShack es una franquicia con locales no demasiado grandes (que hayamos visto) especializados en electrónica para el hogar. Por buscar un equivalente, podría compararse con un Expert o un Miró en Barcelona o Mallorca. La otra compra que ando buscando es un trípode de peso ligero y que pueda replegarse lo suficiente para poder cargar con él a diario, y contra pronóstico lo encuentro. No es especialmente robusto, no es de ninguna marca conocida, pero por 21 dólares, es una preocupación menos para el resto del viaje. Misión cumplida.

A la hora de pagar, y con esta ya van varias ocasiones, la tarjeta de débito Visa Electron da problemas con el terminal de pago y es rechazada constantemente. Afortunadamente, y es algo que aconsejo, siempre que salimos de viaje al extranjero procuramos llevar varias opciones de pago: en nuestro caso tarjetas de débito Visa Electron, tarjetas de débito Mastercard y tarjetas de crédito Visa. Intentando utilizarlas por ese orden, la de crédito nunca nos da problemas.

Consultamos el reloj y son las 11 de la mañana, a 2 horas de que supuestamente la tormenta amaine y nos dé una oportunidad para seguir con nuestra visita a Acadia. Para estar preparados y ponerse en marcha enseguida cuando eso ocurra, recorremos ya las 16 millas de vuelta hasta nuestro motel. La temperatura esta mañana no ha superado en ningún momento los 15 grados, por lo que llegamos a ese punto en el que meterte en el coche tras estar aparcado al sol comienza a resultar agradable.

Llega el mediodía y, efectivamente, la lluvia parece llegar a su fin. Ponemos rumbo a Bar Harbor y, antes de comer, llegamos al cruce entre West Street y un desvío que lleva a un pequeño mirador hacia Bar Island. Siendo la hora de comer las plazas de aparcamiento no abundan, pero tenemos suerte y conseguimos un hueco relativamente cerca.

Bar Island es una “isla mareal” conectada con el pueblo de Bar Harbor. Por el tipo de isla del que se trata, es accesible a pie solo cuando la marea baja descubre el terreno que la conecta a Mount Desert Island, y cuando hay marea alta queda completamente rodeada por las aguas del Océano Atlántico. Se trata de una isla completamente inhabitada y con una superficie ocupada en su mayoría por pinares. Esta característica, viéndola desde la perfecta distancia del mirador al que llegamos, hace inevitable pensar en la misteriosa isla de Lost y evocar la banda sonora de Michael Giacchino.

Bar Island... por ahí deben andar Jack y Vincent

El mirador es pequeño, con un embarcadero aparentemente en desuso a mano izquierda y un espacio de aguas estancas con decenas de navíos anclados a mano derecha. Efectivamente, aproximadamente 500 metros totalmente ocupados por el agua nos separan de la isla, de la que cuesta creer que pueda explorarse a pie cuando la marea lo permite. Irónicamente, la isla no está bajo la jurisdicción de Bar Harbor si no del pueblo vecino de Gouldsboro.

Puerto de Bar Harbor junto al mirador a Bar Island
Saca la foto rápido, que tengo hambre...

Los hoteles a lo largo de West Street y las calles colindantes tienen un aspecto inmejorable: grandes, señoriales, manteniendo el estilo clásico y colonial de cuando era territorio inglés. Sospecho que el precio por alojarse irá en consonancia a lo atractivos que son.

En Bar Harbor puedes dormir barato como nosotros, o puedes dormir aquí

Es hora de comer, y la estupenda cena que nos brindó la gente del West Street Café merece como recompensa que repitamos para la ocasión. Sigo con cervezas autóctonas, aunque en este caso sustituyo la Bar Harbor Ale por una Thunder Hole Ale. Igualmente tostada y llena de sabor. L se inclina por un pollo a la parmesana con una salsa marinara que sigue estando buena pero no al nivel de la que nos sirvieron ayer. El trono lo hereda la salsa que acompaña a mis pastelitos de cangrejo caseros, que parece hecha a mi medida: una combinación entre salsa rosa y salsa tártara. De las patatas fritas, poco se puede decir ya. Otra estupenda comida por 35 dólares más la propina.

Pastelitos de cangrejo fritos, hoy sí he acertado
Tallarines con la misma salsa marinara de ayer

Seguimos notando, como en cualquier lugar y momento del día desde que abandonamos Boston, una absoluta mayoría de turismo local. No solamente es que toda la conversación ajena con la que nos cruzamos sea en inglés: es que siempre es con el mismo acento, lo que descarta turistas británicos. Mi teoría es que Nueva Inglaterra está llena de estadounidenses que viven en los estados cercanos del este y de canadienses procedentes del área anglosajona del país vecino.

Ahora sí, tras media jornada relativamente perdida por la climatología volvemos a las entrañas de Acadia con el objetivo de disfrutar de ese Jordan Pond con la esperanza de encontrar más facilidades para aparcar que ayer. Retrocedemos unas millas para tomar la Park Loop Road en su entrada más al norte, y así conseguir una ruta más directa que evite tener que dar toda la vuelta a la mitad este de la isla. El aparcamiento del lago está mucho menos concurrido, y en general parece que la cantidad de visitantes del parque ha bajado drásticamente. No descartaría que muchos estadounidenses alargasen hasta ayer martes un fin de semana ya de por si especialmente extenso a causa del Labor Day del pasado lunes.

Iniciamos el Jordan Pond Trail: un sendero de 5,5 kilómetros que recorre todo el perímetro del lago, sin separarse en ningún momento más que un par de metros de la orilla. Marcado como de dificultad “moderada” en las guías debido a pequeños tramos con el piso irregular, en realidad queda muy cerca de la categoría “paseo placentero”. Lo primero que nos da la bienvenida son las “Bubbles”, esas dos pequeñas colinas que ya pudimos ver ayer desde otro ángulo. El lago se extiende metros y más metros con el agua en calma bañada por el sol, creando un espectacular escenario digno de postal.

Rodeémoslo pues
Empezamos por la parte más fea...
... cruzando sobre una de las entradas de agua al lago

Desplazándonos en el sentido contrario a las agujas del reloj, la primera mitad del recorrido consiste en un camino de grava y entre uno y dos metros de ancho, siempre dejando frondosos bosques a la derecha y múltiples claros entre los arbustos por los que ver el lago a mano izquierda. La temperatura es casi perfecta (un par de grados más no harían daño a nadie), somos pocos los turistas que estamos recorriendo el sendero y se respira tranquilidad. Un auténtico lujo.

Enseguida empieza lo bueno
Miradores al Jordan Pond cada pocos metros de camino
La luz y las nubes acompañan a la excursión de hoy
¿Te parecen muchas fotos? Pues son un 1% de las que saqué...
Uno entiende la prohibición de bañarse y navegar, el lugar así es más tranquilo
Aunque siempre hay algún indeseable deseando armar alboroto
Medio perímetro es un camino apto para todos los públicos
Algunos de los salientes se convierten en improvisadas orillas

Superado el ecuador de la travesía, los dos últimos kilómetros cambian el escenario y dan paso primero a un tramo en el que atravesar grandes rocas que no presentan un gran obstáculo, y posteriormente un largo camino de tablones estratégicamente instalados sobre la zona más anegada de la orilla. Todo senderista nos saluda al cruzarse, haciéndolo un lugar perfecto para practicar tu “Hello! How are you?”. Nos adelantan un par de grupos de adolescentes haciendo footing, que por edad y atuendos podrían ser perfectamente universitarios de primer año.

Los mejores metros recorriendo el Jordan Pond
Esto, acompañado con el silencio de la zona, impresiona
Varios puentes antes de iniciar el tramo final
Perfectos para sentarse y, simplemente, contemplar
Está retocada, pero la escena real no dista mucho
Por no haber, ni siquiera hay apenas fauna en el lago
La última milla antes de cerrar el círculo es sobre tablones

En los últimos metros previos a cerrar el recorrido, un claro tierra adentro ofrece un mirador excelente al Jordan Pond Restaurant. Otra imagen de postal, y llevamos unas cuantas en la última hora. Según el GPS de nuestro teléfono han sido 5,36 kilómetros recorridos en 1 hora y 10 minutos, múltiples paradas para hacer fotografías incluidas. Las 336 calorías supuestamente perdidas no marcarán ninguna diferencia, pero tampoco son una mala noticia. En conclusión, una visita altamente recomendada para todo el que dé con sus pies en Acadia y quiera una o dos horas de un escenario idílico con escaso coste de esfuerzo físico.

El Jordan Pond Restaurant, poco antes de terminar la excursión
Vuelta al punto de partida, con The Bubbles al fondo
El disparador remoto, la mejor compra del viaje

Con dos horas de sol todavía por delante, decidimos conducir rumbo al sur para a continuación girar a la derecha y adentrarnos en la parte central de Mount Desert Island. Nuestra primera parada es en Northeast Harbor, un pequeño puerto tranquilo hasta el extremo con apenas un puñado de encantadoras casas, un hotel considerablemente grande y con muy buen aspecto y un embarcadero.

Northeast Harbor, un alto en el camino
No den de comer a los patos... ¿a ninguno?
Nuestro particular compañero de viaje

Nuestra intención es atravesar completamente el tercio central de la isla de sur a norte. Sin embargo, la combinación de una mala estimación de las distancias en el mapa, haber prescindido del GPS y una señalización de las carreteras en ocasiones mejorable nos lleva hasta un giro que no encaja en nuestros planes y nos hace sospechar que no estamos siguiendo el camino esperado. Parando y estudiando el mapa confirmamos que, efectivamente, nos estamos yendo demasiado hacia el oeste. Por suerte hemos detectado el error a tiempo y corregirlo solo nos obliga a deshacer un par de millas.

Ahora sí, la conducción esperada nos lleva por más y más carreteras rodeadas de vegetación, pero sin ningún punto de especial interés que merezca la parada. No es hasta que ya estamos de nuevo orientados hacia el este y acercándonos a Bar Harbor cuando se aparece el Eagle Lake, y un nuevo motivo para detener el vehículo. Estacionamos en el aparcamiento de uno de los muchísimos “Carriage roads” (carreteras para carruajes) que se pueden encontrar a lo largo y ancho del parque. A nuestro paso un ranger está dando la charla de introducción a un grupo al que previsiblemente va a acompañar durante una visita guiada. Nosotros seguimos por nuestra cuenta y tras atravesar por debajo un puente llegamos a la orilla de Eagle Lake. Nos recibe otro gran lago con el agua absolutamente estática y silencio, mucho silencio. También aquí podríamos tomar un sendero que aparentemente lo rodea por completo, pero ya no son horas para intentarlo. Otra gozada de lugar.

Eagle Lake, un descubrimiento
Esta imagen será mi fondo de pantalla durante mucho tiempo
Los Carriage Roads de Mount Desert Island

Ahora sí, damos por terminada nuestra jornada de visita al parque de hoy, que nos deja muy buen sabor de boca considerando que la lluvia podría haberla convertido en un absoluto desastre. Antes de regresar al Barton’s Motel and Cottages, hacemos una nueva parada en el Family Market de Bar Harbor para hacer un par de compras sencillas y en esta ocasión llevarnos una de las típicas neveras de porexpan para conservar algunos alimentos durante la ruta que nos espera mañana. Originalmente por 3,99 dólares, gracias a una oferta nos cuesta solo 1,99.

Toca una nueva hora de descanso en la habitación en la que ponerse al día de la actualidad de las últimas 7 horas, y pasar fotografías y notas. Para cenar procedemos a algo sencillo que se nos ocurrió ayer a nuestro paso por Hulls Cove: pasar por la pizzería Peppers justo en el punto donde dejamos el coche y llevarnos un par de porciones al motel. Prácticamente podríamos ir a pie dando un paseo de 30 minutos como mucho de no ser porque con la caída del sol el frío empieza a ponerse serio.

Cuando entramos al local totalmente vacío y decimos a la dueña que solo queremos 2 porciones de pizza por cabeza, nos mira con cara rara. Dile rara, dile cara de “estos europeos no comen una mierda”. No hay mucho que elegir en cuanto a porciones, ya que lo habitual es que la gente pida pizzas enteras al gusto: tenemos que conformarnos con las de queso y pepperoni que se mantienen calientes en el mostrador. Las cuatro porciones en total nos cuestan 9 dólares. Para la bebida ya tenemos material de sobra en la nevera de la habitación.

Al salir de Peppers alcanzamos la temperatura mínima del día: 13,5 grados. Sumado a la inevitable humedad del lugar, la sensación térmica es de unos grados menos y empiezan a ser visible nuestras exhalaciones. El Weather Channel pronostica temperaturas todavía más bajas para los próximos días en New Hampshire, por lo que pese al descenso de la humedad habrá que concienciarse de que las camisetas y pantalones cortos se van a quedar en la maleta.

Las porciones de pizza en el silencio de nuestro cuarto nos saben a gloria. Aprovechamos la sobremesa para cerrar los planes de mañana, en el que tendremos apenas un par de horas en la zona antes de ponernos en marcha rumbo al oeste. Una de las mejores sensaciones que vives durante un viaje es cuando al acabar un día organizas los planes para el siguiente, y prácticamente los horarios cuadran por sí solos.

No creo en la cocina moderna cuando la mejor comida ya está inventada

El día casi ha terminado, pero todavía reserva uno de los momentos cumbre. Siendo ya hora de afeitarse, la suma de un espejo empañado por la ducha ya en marcha y estar absorto en mis pensamientos da lugar a un accidente que afortunadamente no fue a mayores. Digamos que, por arte de magia, aproximadamente el centímetro más exterior de mi ceja izquierda pasó a la historia. Corrí el riesgo (estúpido, sí, pero quedarme asimétrico durante a saber cuántos días no me hacía mucha gracia) de igualar el esquilado en la otra ceja, y parece que el resultado terminó siendo bastante digno y no perceptible a primera vista. Os voy a adelantar trabajo para que no tengáis que pensar en la mofa: sí, en los próximos días seré Mazinger Ceja. Y sí, mi grito de guerra será “Cejas fuera”. Mejor nos vamos a dormir antes de que me afeita algo más que no debo.