Acadia National Park, día 1. Sand Beach, Gorham Mountain Trail, Cadillac Mountain, Hulls Cove

Día 4 | 4 de septiembre de 2013

Por mucho que nos hayamos desplazado al este en relación a la noche anterior, a las puertas de Bar Harbor tampoco ha amanecido todavía a las 5 de la mañana. La noche ha sido mejor de lo que cabía esperar cuando empezó: el colchón, pese a esa primera impresión de ser demasiado duro, ha resultado bastante cómodo, y las voces procedentes del anciano matrimonio y su televisor en la habitación contigua no tardaron en desaparecer. A decir verdad, en nuestra primera noche en Maine hemos dormido estupendamente.

Nos desperezamos en la absoluta tranquilidad de nuestra habitación, sin ninguna prisa ya que en la zona no hay mucho que hacer mientras no salga el sol. Gracias a la conexión de Time Warner Cable del motel, de la cual nos advirtieron que puede sufrir pequeñas interrupciones pero por ahora no han sucedido, nos ponemos al día en las redes sociales. Una ducha y dejamos la habitación algo más recogida, lamentando la ausencia de una caja fuerte.

Barton's y sus vecinos
Buscando a Norman Bates...
Buscando a Stephen King...
Esperando a que escampe la niebla

Este país parece haber entendido mejor que nadie la utilidad y potencia de las redes sociales para conseguir visibilidad y facilitar información a los consumidores. Prácticamente cualquier local de ocio y restauración está no solo dado de alta en Foursquare, si no que además incorporando información detallada, incluida la carta del menú con precios. Esto nos facilita mucho la elección de dónde tomar nuestro primer desayuno en Bar Harbor, de lo que hablaremos en unos minutos.

La previsión del tiempo según la web del Weather Channel es buena: solo un 20% de probabilidad de lluvia, parcialmente nublado, y temperaturas que irán de los 15 a 22 grados Celsius y nos obligarán a vestir tejanos y chaqueta por primera vez desde que tomamos tierra.

Nos lleva dos minutos de reloj alcanzar Cottage Street, una de las calles con más servicios de Bar Harbor. En el camino pasamos junto a infinidad de hoteles, moteles y posadas, la mayoría de ellos con un aspecto encantador. El estilo colonial se conserva en esta zona más que en ninguna parte. En el extremo más al oeste de Cottage Street nos espera 2 Cats, un lugar muy bien referenciado en las redes y donde tomaremos el desayuno.

Los gatos del cartel me inquietan

El local, como todos, tiene su entrada camuflada como si de una vivienda se tratara, con un pequeño jardín precediendo al porche elevado con escaleras de madera. En su interior, una serie de pequeñas estancias de lo más agradable, con cierto aire a cabaña y un estilo notablemente “hippie”. Aún a sabiendas de cómo se las gastan en Estados Unidos a la hora de llenar el estómago durante el desayuno, L elige unas tortitas de fresa y banana que llevan su nombre escrito, y yo me la juego con el “Farmer’s Breakfast” (desayuno de los granjeros). Efectivamente lo que traen a nuestra mesa son dos señores desayunos, aunque no los más exagerados que nos hemos encontrado (Tuba City, en Arizona, sigue ostentando ese título).

Salchicha, tortilla, unas espectaculares patatas caseras sazonadas, una “magdalena inglesa” y mantequilla de fresa, todo lo cocinado con un regusto picante. Nada más y nada menos que eso para empezar el día, dedicar la jornada a travesías y excursiones es casi una obligación tras semejante banquete. Las tortitas de L, a su exigente juicio, aprueban pero sin más pretensiones. El café, servido en un gran tazón al que le echo hasta tres cápsulas de crema para suavizarlo, está inesperadamente bueno. 31 dólares más la propina puede parecer excesivo para un desayuno, pero no tanto cuando en Europa hay días en los que no ingerimos tanta comida a lo largo de todo un día. Al salir nos damos cuenta de que 2 Cats no es solo un restaurante, si no que tiene anexa su propia posada para alojar turistas en el corazón de Bar Harbor.

Desayunando ligero en 2 Cats
Tortitas de fresa. Para uno

Damos un pequeño paseo por Cottage St. mientras se inicia la larga digestión. Un escenario encantador, aunque sin mucho más que contar sobre él: casas bajas, comercios camuflados, y un ambiente tranquilo y agradable. Mr. Sandman vuelve a nuestras cabezas.

Si un día desaparezco, este es un buen sitio donde empezar a buscarme
Acogedor, clásico... Bar Harbor me está gustando
Esos adornos siempre me han recordado a las elecciones en Hill Valley
Más calles de Bar Harbor
Nuestro coche, perfectamente integrado

Empezamos ya la parte protagonista de la jornada, accediendo a Acadia a través de la Park Loop Road. Acadia es un Parque Nacional que cubre la mayor parte del territorio de la isla de Mount Desert así como infinidad de pequeños islotes que conforman un archipiélago en la costa de Maine. Su ubicación y sus ligeras elevaciones de terreno permiten incluir en su catálogo infinidad de rutas, tanto para coche como de senderismo, que culminan en notables vistas al mar y esas pequeñas islas, así como algunas pequeñas playas e incluso el popular faro de Bass Harbor. Mount Desert Island queda dividida por dos “dedos” que se extienden al sur, siendo Park Loop Road una carretera circular que recorre el tercio más oriental de ella.

Primeras millas en Acadia

Durante nuestras primeras millas y antes de llegar a ninguno de los desvíos a puntos de interés, la carretera atraviesa una de las “Entrance Station” en la que conseguir nuestro pase que colgaremos del retrovisor y nos da acceso al parque durante 7 días a cambio de 20 dólares. Legalizada nuestra situación, no tardamos en encontrar rumbo al sur el giro a la izquierda que nos lleva a Sand Beach. Visitar este punto no entraba en nuestra agenda inicial, pero su proximidad a la carretera es tal que sería absurdo pasarlo de largo y no dedicarle por lo menos unos minutos.

Y acertamos al hacerlo. Tras aparcar, dejar de lado los servicios y vestuarios habilitados para los valientes que quieran bañarse y descender unos pocos peldaños de madera, nos encontramos en una pequeña cala de arena con las aguas muy revueltas y el anuncio de que la temperatura de estas no superan los 10 grados ni siquiera en los meses más calurosos del verano. La estampa recuerda a la escena final de El Planeta de los Simios, y el cielo de un azul cada vez más intenso así como los 20 grados de temperatura ambiente invitando a quedarnos un rato contemplando el océano.

Sand Beach, zona de baño solo para valientes
No esperábamos encontrar una playa aquí
Foto de familia
Sand Beach de extremo a extremo

Dejamos atrás Sand Beach y en pocos minutos aparece a nuestra derecha la señal para entrar en el aparcamiento que precede el “Gorham Mountain Trail”, nuestro objetivo principal del día. Como en cualquier National Park estadounidense, durante la planificación de la visita es posible consultar listas de rutas de senderismo, tanto oficiales como realizadas por aficionados. Habitualmente, estos listados incluyen indicaciones sobre cómo encontrar la ruta, un nivel de dificultad que pasa por “Muy fácil”, “Fácil”, “Moderado” y “Extenuante”, y un resumen de la longitud y características del itinerario. Gorham Mountain Trail quedaba en un término medio que parecía ajustarse bien a nuestras preferencias: de dificultad moderada, no excesiva longitud (apenas 3 kilómetros sumando ida y vuelta) y prometiendo buenas vistas de Mount Desert Island cuando se alcanza el punto más elevado.

Encontramos solo tres coches aparcados a nuestra llegada, y con la mochila a la espalda comenzamos la travesía que inicialmente consiste en un ascenso por un pequeño camino que las recientes lluvias han convertido prácticamente en un riachuelo. Nos espera media hora de ascenso con algunas rocas altas y la vía obviamente encharcada, pero sin excesiva dificultad para cualquier excursionista que no sufra de alguna dolencia que le impida una actividad normal. En el camino encontramos en una pequeña cueva formada por las rocas una placa que homenajea a uno de los pioneros en trazar los senderos del parque.

Gorham Mountain Trail, comencemos

Durante la subida, se suceden varios cruces con otra de las rutas ofrecidas por el parque, la “Cadillac Mountain South Ridge Trail”. Esta sin embargo venía indicada como de dificultad extrema, y necesitamos poco para confirmarlo: el tramo que se cruza con el nuestro es un descenso “a lo bruto” en toda regla por un angosto camino de apenas medio metro de ancho y ocupado casi en su totalidad por rocas y más rocas en las que hacer equilibrios en una pendiente muy pronunciada. Si los 12 kilómetros que supuestamente se extiende el camino son todos iguales, es lógico que solo lo recomienden para gente con buena forma física y muchas ganas de aprovecharla.

Camino a la cima, toma 1
Camino a la cima, toma 2
Camino a la cima, toma 3

El bosque se abre y deja paso a la “falsa cima” de la que hablan las descripciones de la excursión. Una falsa cima que en realidad ofrece las mejores vistas de todo el sendero, orientadas al océano y la playa que hemos visitado hace apenas una hora. El sol ya ha despertado del todo y empieza a apretar, pero la fresca brisa que corre a esta altura ayuda a sobrellevarlo.

La falsa cima resulta mejor que la real
Sand Beach a nuestros pies
Mount Desert Island y algunos islotes
Panorámica de la falsa cima

Siguiendo los mismos hitos de pequeñas montañas de piedra y pinturas azules en rocas y árboles, pronto alcanzamos la cima real. La escasa elevación de 160 metros de altura sobre el nivel del mar es suficiente para ofrecer una buena panorámica de la parte central de Mount Desert Island, un paisaje mucho más montañoso que el que hemos tenido en la parada anterior.

La modesta cumbre a 163 metros
Las vistas en la cima real son menos atractivas

La documentación consultada durante la preparación del viaje nos indica que el Gorham Mountain Trail es una ruta cuyo regreso se realiza por el mismo camino que la ida. Sin embargo, tras alcanzar la cima, siguen apareciendo hitos continuando en la misma dirección que llevamos desde el inicio. Lo achacamos a que el final del itinerario debe realizar una especie de lazo en la que dar un pequeño rodeo para finalmente retomar la misma senda, y no le damos mayor importancia. Todo parece ir bien cuando una de las pocas señales del camino nos dice que estamos deshaciendo uno de los dos posibles ascensos a la cima. Pero según sigue el descenso algo empieza a fallar, cuando nos encontramos acompañando a un río que poco o nada tiene que ver con el que vimos durante el inicio del camino.

Comenzamos el camino de vuelta... o eso creemos
No recuerdo este bosque en la subida...

Las sospechas se confirman cuando el camino termina en la Park Loop Road, sin rastro alguno del aparcamiento donde se encuentra nuestro coche. Basta con asomarse a lado y lado de la carretera para encontrar la señal que indica el desvío a Sand Beach. Hemos aparecido varios cientos de metros por detrás el punto esperado, y la única solución pasa por corregir el desvío recorriendo en paralelo la carretera con, además, una pendiente nada despreciable.

Este tramo improvisado que nos toca recorrer coincide con una de las “Hiking trails” que las guías mostraban como “Muy fáciles”. Y realmente lo es: consiste en ir recorriendo el arcén izquierdo, por lo que además nos ofrece buenas vistas panorámicas al océano, especialmente en uno de los numerosos salientes del acantilado que aprovechamos para hacer una parada y reponer fuerzas con nuestros sándwiches caseros. En realidad, este pequeño imprevisto puede ser en parte preferible a deshacer el mismo camino que recorrimos para la ida, ya que nos ofrece más vistas y paisajes inéditos.

Corrigiendo el error cuesta arriba
Gracias al error, almorzamos con vistas a Sand Beach

El último tramo antes de alcanzar nuestro ansiado aparcamiento es el más duro, debido a que la pendiente no hace más que aumentar y desaparecen los árboles en cuya sombra cobijarse. Pese a todo, llegamos y encontramos el lugar ahora abarrotado de coches, dando una alegría al sacar el nuestro a un matrimonio que ya estaba asumiendo que había llegado demasiado tarde. Para compensar el sobreesfuerzo del desvío no previsto, decidimos recorrer toda la Park Loop Road sobre ruedas.

La primera mitad de la carretera circular nos lleva hasta el punto más al sureste de la isla, donde continuamos el perímetro hasta empezar el regreso hacia el norte. Aquí se encuentra el desvío para poder visitar el lago de Jordan Pond, pero el aparcamiento (tanto el del propio lago como el del restaurante, apenas unos cientos de metros antes) está abarrotado de tal manera que parece improbable que podamos conseguir un hueco en el que parar a corto plazo. Es por ello que seguimos sin bajarnos del coche hasta iniciar el desvío a Cadillac Mountain.

En pleno ascenso y tras superar un par de ciclistas, el segundo de ellos un hombre de avanzada edad de cuyo éxito de llegar a la cumbre todos dudamos, un apartadero del camino nos ofrece vistas al Bubble Pond, un lago que recibe su nombre por las “Bubble Mountains”, dos pequeñas colinas gemelas perfectamente visibles en uno de los laterales del lago. Tras la obligatoria parada, alcanzamos la cima de la Montaña Cadillac y el panorama para aparcar no es mucho mejor que en el Jordan Pond, con una buena fila de vehículos esperando su oportunidad para poder estacionar. Afortunadamente, justo a nuestro paso un coche abandona su escondrijo dejando disponible un pequeño espacio insuficiente para la mayoría de grandes coches y todoterrenos que nos acompañan, pero que basta para poder aparcar nuestro coqueto utilitario. Desde luego, parece que el Parque Nacional de Yosemite tenía algo mejor calculada la previsión de plazas de aparcamiento necesarias.

Vistas a pequeños lagos en la subida a Cadillac Mountain
Bubble Pond
Vistas al oeste de Mount Desert Island

La cima de Cadillac Mountain, a 470 metros de altura sobre el nivel del mar, es el punto más elevado no solo de Mount Desert Island, sino de todo condado de Hancock y de 40 kilómetros a la redonda. Es por ello que se considera el primer punto donde amanece en los Estados Unidos entre los meses de octubre y marzo. Su condición de “techo de la zona” permite que las vistas ofrezcan una perfecta panorámica a la infinidad de islas que completan el Parque Nacional de Acadia, así como de parcial o totalmente todos los pueblos situados en la isla de Mount Desert. Dado lo popular del lugar hay bastante turismo, pero una vez más nada que impida poder disfrutar del lugar en todo su esplendor.

Cadillac Mountain, las mejores vistas de Acadia
Y también la mayor concentración de gente
Monte pelado, muchos islotes e incluso un crucero

Emprendemos el descenso de la montaña y seguimos con nuestro periplo al norte en la Park Loop Road. Pasamos de largo el desvío que nos llevaría de vuelta a Bar Harbor para acercarnos hasta el Centro de Visitantes situado en la entrada norte del parque. No tiene gran cosa: apenas un puñado de libros sobre el parque y la región, postales y los cuatro recuerdos típicos en forma de imanes para nevera, pegatinas y bolígrafos. Dejamos atrás por ahora el territorio de Acadia para hacer algunas compras de primera necesidad en el supermercado Family Dollar de la misma Cottage Street en la que desayunamos esta mañana. Veníamos a por leche y agua, pero de entre la infinidad de extraños y desproporcionados productos que encontramos, no puedo marcharme sin coger una pequeña botella de Baileys sin alcohol para dar sabor al café.

Hasta en el menor de los supermercados la tentación es constante
Tras un par de días, la tentación se convierte en asco

Estamos de vuelta en nuestro motel bien entrado el mediodía. Poca hambre, el sándwich que nos ha sobrado a cada uno de los dos que habíamos preparado serán suficiente. Dejamos que pasen un par de horas para que L se recupere de un leve dolor de cabeza, consecuencia de la falta de sueño y el esfuerzo de la mañana. Al poco llegan nuestros vecinos de la habitación contigua y la anciana me sorprende en calzoncillos a través de la ventana, cosas de estar a pie de calle y con toda la luz natural del mundo. Ella en cambio ni se inmuta, la de cosas que habrá visto ya en su larga vida…

Aquí el dueño del motel y sus empleadas se montan las fiestas

Tras una actualización familiar con Skype que consiste básicamente en llamar, que ellos te cuenten lo que ya saben de ti gracias a las redes sociales y se queden satisfechos por oír tu voz, toca ponerse en marcha de nuevo. Esta vez para algo un poco más de andar por casa: utilizar la lavandería del motel. Para lavar la ropa sin pagar barbaridades durante un viaje en Estados Unidos hacen falta varias cosas. La primera, una lavandería, claro. En las ciudades no queda otra que buscar los típicos “Laundromat”, esos locales con todo un sinfín de lavadoras y secadoras que tantas veces han salido en cine y televisión. En nuestro caso de hoy no hace falta recurrir a eso: el motel ya tiene su propio cuarto con sendos aparatos de cada tipo para disfrute de sus huéspedes. Lo segundo que necesitamos es detergente. Comparando precios con las dosis XXL del supermercado, para esto nos basta con comprar por 1 dólar un paquete de detergente en polvo en la misma recepción del motel. Por último, durante el secado es recomendable utilizar toallitas de suavizante, que además de cuidar la ropa pueden incluir un aroma para compensar el olor a humedad. Para esto, 24 horas antes en nuestra visita al Walmart nos hicimos con un paquete de 80 toallitas por unos 2 dólares. Las lavadoras y secadoras aceptan solo monedas de 25 centavos para pagar el importe, que suele oscilar entre los 1,5 y los 2 dólares según el local y aparato. Así pues, nuestra primera colada nos cuesta en total unos 5 dólares, aproximadamente.

Junto a la lavandería nos espera el granero de Hershel

La fase de lavado llevará unos 35 minutos, tiempo más que suficiente para visitar Hulls Cove, una cala a apenas 30 segundos en coche desde el motel y que da nombre a toda esta zona. Se trata de una muy extensa orilla presidida en un extremo por un restaurante cuya terraza se sitúa sobre una suerte de embarcadero. Al final de la amplia y empedrada entrada al agua que ofrece la marea baja, unas cuantas gaviotas se dan un chapuzón aprovechando las últimas horas de sol. Un lugar bastante agradable, como todo lo que hasta ahora nos ha ofrecido Mount Desert Island.

Marea baja en Hulls Cove
Hulls Cove y locales que se adueñan del embarcadero
Hulls Cove, la última foto

Volvemos puntuales para hacer el trasvase de ropa desde la lavadora hasta la secadora, que promete dejar la carga lista en 40 minutos. Aprovechamos mientras tanto para investigar, conexión a Internet mediante, qué oferta tenemos a escasa distancia para disfrutar de una buena cena típica de la región. L se muere por probar los “Fried calamari” (que son como calamares a la andaluza, pero en inglés queda mucho más exótico), se siente obligada a no irse de Maine sin probar una nueva clam chowder y yo ya he sucumbido a tanto reclamo en forma de cartel y debo probar los tan cacareados “Lobster roll”, que baratos no son. Tuvimos un desayuno potente, pero desde entonces nos hemos portado bien y ahora nuestros estómagos están listos para un nuevo asalto.

Finalmente, la mejor relación entre opciones de la carta, precios y opiniones de los usuarios se la lleva un tal “West Street Café”. Una vez más, lo completa que es la colaboración de los locales con redes como Foursquare facilita mucho la elección de un restaurante sin tener que pasear por sus fachadas. Nos plantamos frente al local, obviamente situado en la calle West Street, aproximadamente a las 20:00 horas. Para beber pido una Real Ale, una de las cervezas de barril propias de Bar Harbor. Resulta ser una cerveza tostada con muchísimo sabor que gusta incluso a L, que es de difícil paladar para las cervezas. Como entrantes, unas alitas de pollo y los ansiados calamares. Las alitas traen el toque de crujiente justo y se acompañan de salsa de queso azul. Los calamares cumplen las expectativas y no solo eso, si no que nos brindan la oportunidad de descubrir un nuevo fetiche: la espectacular salsa marinara con la que los acompañan.

Alitas de pollo con salsa de queso azul
Calamares y la mejor salsa marinara jamás creada

Llegan los platos principales. La clam chowder, clásica sopa de almejas con mucho alimento y que incluso preparamos de vez en cuando en casa, aprueba el examen. Por otra parte, el supuestamente inolvidable “rollito de langosta” no es como para arrepentirse, pero tampoco parece muy acorde a mis gustos. Se sirve en pan tostado, similar al de un perrito caliente, pero rellenado con una suerte de ensalada de cangrejo en la que una buena dosis de langosta troceada es la reina. El contraste entre el caliente del exterior y el frío del interior es interesante, pero definitivamente creo que por mucho que “vista” comerla, la langosta no es uno de mis platos favoritos.

Lobster roll, la decepción gastronómica de la noche
El clam chowder es una apuesta segura

Pagamos gustosamente los 52 dólares, incluyendo la propina, que nos cuesta una de las mejores cenas hasta la fecha y a la postre de todo el viaje. Enfilamos el camino de vuelta cuando solo han pasado unos minutos de las 21:00 horas. La vida cerca de Acadia termina al mismo tiempo que las horas de sol, y ahora queda descansar en nuestro acertado motel para intentar aprovechar al máximo todo el día siguiente que nos espera.