De Massachusetts a Maine. Portsmouth, Cape Elizabeth, Bar Harbor

Día 3 | 3 de septiembre de 2013

Lejos de empezar a regular mejor nuestro horario de sueño, volvemos a despertar a las 5 de la mañana. Dejamos la habitación totalmente despejada salvo por las maletas ya preparadas junto a la puerta, y bajamos a desayunar.

La recepción del Roosev... no, del Omni Parker House

Las octavillas que el hotel nos entregó nuestra primera noche para poder solicitar una bebida de desayuno cada mañana tienen dos variantes. La primera y que utilizamos en las dos primeras ocasiones, dejar la octavilla rellenada la noche anterior en el pomo de la puerta para que el personal la recoja y nos suban la elección a nuestra habitación a la mañana siguiente. La segunda y que usaremos hoy, utilizar la octavilla como si se tratara de un vale por un café en la tienda anexa al hotel. Dado que hemos visto que, supuestamente, la cafetería de dicha tienda utiliza el mismo café que Starbucks, podemos darle una oportunidad sin poner en peligro el estómago de L.

El experimento no sale del todo bien: pese a estar reflejado en la octavilla y pedir claramente dos cafés con leche de tamaño “Grande”, lo que nos sirven tiene más bien aspecto de “Tall”, la medida inferior. Además, el mío solo está rellenado hasta poco más de la mitad del vaso, el resto ni siquiera es espuma. Sospecho que la empleada que nos atendió estaba en pleno aprendizaje y nosotros pagamos el pato. Para rematarlo, debemos esperar un rato largo a que otra huésped bastante desconsiderada con los demás despeje la mesa donde tienen los extras de leche, azúcar y demás para que nosotros podamos servirnos. Mal empezamos el día.

Nos lleva 10 minutos a pie desplazarnos desde el Omni Parker House hasta la oficina de alquiler de coches Alamo en Atlantic Avenue. En el camino, paramos en un Starbucks “de verdad” para comprar la parte sólida del desayuno. L no arriesga y repite su tradicional pan de banana y nueces, pero yo no puedo irme sin probar unos tales “Marshmallow dream bar” que al parecer son típicos de Boston. Resulta ser una especie de barrita tostada hecha con nubes de azúcar. No tiene demasiado sabor y es algo empalagoso, pero tampoco es que le haga ascos.

Atlantic Avenue se encuentra en pleno distrito financiero de la ciudad, colindante a la zona marítima y el New England Aquarium. Se nota que estamos en zona de oficinas y es día laborable, ya que todo el que nos cruzamos va trajeado y, en el caso de las mujeres, ataviadas con calzado cómodo para a pocos metros de la entrada del edificio de turno sacar del bolso unos tacones del tamaño del Empire State.

En Atlantic Avenue huele a oficinas y dinero
La última calle antes del puerto
La mayoría de rascacielos y edificios modernos está aquí

Toca recoger el coche de alquiler que nos acompañará a nuestro destino final del viaje. Contratamos, a través del portal online RentalCars.com, un vehículo de la categoría “Economy” proveído por Alamo con recogida en esta oficina a las 9 de la mañana y entrega en otra oficina urbana de Washington DC por la noche de 10 días después. El precio final es de unos 500 euros. Los 360 euros correspondientes al alquiler “base” los pagamos desde casa antes de nuestra salida, y los 167 euros que suman el recargo por dejarlo en otra ciudad y la ampliación del seguro se cargan mediante tarjeta de crédito cuando devuelves el coche y comprueban que está todo correcto.

La hora que hemos fijado de recogida es también la de apertura de la oficina, y hemos llegado con unos minutos de antelación por lo que nos toca esperar. Cuando entramos, el acento imposible del empleado de Alamo nos impide entender casi ni una palabra de su conversación con la mujer que nos precede en la cola. Sin embargo, cuando llega nuestro turno se adapta enseguida a nuestra situación de no-locales y con un inglés más neutral y despacio nos entendemos con él a la perfección. Toda la reserva está correcta, y solo nos queda decir no al GPS (traemos uno de casa), a conseguir un vehículo de mayor categoría pagando un extra y al alquiler de un pase que evita las colas en los peajes, y confirmar que debemos pagar el recargo por ciudad distinta y que nos interesa el seguro ampliado que incluye asistencia en carretera.

Nos hace la entrega de las llaves y nos indica como alcanzar el garaje donde tienen los coches estacionados. Sin haber mirado siquiera el logotipo en las llaves, echamos un ojo al contrato para descubrir que el coche que nos ha “tocado” es… un Volkswagen Golf. No es que sea un mal coche, pero cuando alquilamos un vehículo en Estados Unidos nos hace algo de gracia que se trate de un fabricante norteamericano. Un Chevrolet, un Dodge o incluso un Ford nos hubiera hecho más ilusión, pero tampoco es que vayamos a quejarnos por ello. Mientras ruede, tenga espacio para el equipaje y nos haga el favor de llevarnos de un lugar a otro, bastará.

Ni más ni menos que hasta la séptima planta de un gran edificio de aparcamientos debemos llegar en ascensor. Un empleado asiático nos trae nuestro Golf de color azul marino y nos pregunta si necesitamos algo. Hace ya 2 años desde que conduje por última vez un vehículo con cambio automático, así que una clase de repaso no viene mal. No cuesta mucho asimilarlo: pedal de freno pisado cada vez que accione la palanca, cuya posición P es para estacionar, D para empezar a andar y R para la marcha atrás. Como en todas las oficinas de alquiler, prescinden de explicarnos qué es ese modo Sport y el modo D “avanzado”, que no es más que pasar a tener algo más de control sobre cuándo subir y bajar de marcha. Nosotros salvo cuesta imposible en algún recorrido de montaña, pensamos limitarnos al cambio automático. Los 15 minutos que tenemos para abandonar el parking usando la tarjeta que nos entrega son útiles para familiarizarse con la sensibilidad de los pedales, del volante, y las dimensiones del vehículo antes de salir a la calle.

En menos de una milla recorrida ya estamos de vuelta frente a la fachada del Omni Parker House. No ha sido complicado: ha bastado con recordar que aquí los semáforos se sitúan varios metros por delante de la línea donde debes detenerte, no confiarse mucho con la velocidad y como siempre en ciudad, usar el GPS solo como asistente y no confiar ciegamente en él si el sentido común te insta a no seguir al pie de la letra algunas de sus instrucciones. Al dejar el coche frente a la entrada, rogamos a uno de los botones si puede echarle un ojo mientras bajamos nuestro equipaje y tramitamos la salida. Casi ignora mis palabras y se limita a pedirme las llaves, un poco brusco el muchacho.

Bajamos las maletas ya preparadas desde la habitación y tramitamos la salida del hotel en tiempo récord, ya que no hay cargos extra a aplicar y al haber realizado (y pagado) la reserva a través de Hoteles.com, ni siquiera deben emitirnos una factura. Nuestras dos grandes maletas encajan en el maletero del Golf pero sin un solo milímetro de margen, augurando que tendremos que recurrir al asiento trasero cuando nuestra carga vaya aumentando. Le damos un par de dólares al amargo botones por vigilar nuestro coche, marcamos nuestro próximo destino en el GPS, y ya estamos listos para abandonar la primera etapa de nuestro viaje.

En líneas generales, Boston nos ha gustado. Pese al irregular tiempo que nos hemos encontrado, descubrimos una ciudad moderna pero que conserva montones de arquitectura clásica y colonial. En mi opinión y simplificándolo mucho, me ha parecido una versión a escala reducida de la incomparable Nueva York. Tener un pulmón urbano como el Public Garden y el Boston Common, unas buenas conexiones de metro, servicios por todas partes. La Freedom Trail me parece una genial idea tanto para rendir tributo a la historia como para facilitar las cosas al turismo, y esbozaremos una sonrisa cada vez que recordemos alguna de esas características torres con remates dorados del viejo ayuntamiento o la State House. Sin embargo, en el global del viaje resultaría imposible colocar a Boston en las primeras posiciones, ya que como en breve descubriríamos Nueva Inglaterra tenía mucho más que ofrecernos, y lejos de las opciones urbanas.

Nuestra primera parada de nuestro itinerario de hoy en dirección noreste será Portsmouth, un pequeño pueblo de 20.000 habitantes situado a 58 millas (93 kilómetros) de Boston y aproximadamente una hora de carretera. Habíamos estudiado previamente una ruta alternativa que en lugar de llevarnos por autopistas interestatales nos haría circular por una carretera secundaria, sin peajes, más cercana a la costa, pero nos resulta imposible configurarla en el GPS así que renunciamos a ella. En apenas un par de giros en los cruces indicados ya nos hemos alejado del núcleo urbano y estamos en plena carretera, y pese a circular siempre en el límite de velocidad marcado o incluso un par de millas por encima, no rebaso a ningún vehículo y en cambio todos me dan alcance.

Primeras millas, ¡rumbo a Maine!
En la vida esperaba verme conduciendo un Golf...

El cielo presenta nubes y claros, pero por ahora resulta perfecto y lejos de las temidas tormentas para una jornada de carretera. Ni demasiado calor, ni demasiado frío, y sin previsión de sufrir una sola gota de lluvia.

Las primeras millas alejándonos de Boston por el noreste son un sinfín de desvíos a estaciones de servicio con locales de todas las guarradas en forma de franquicia imaginables: hamburguesas, tacos, pollo frito, burritos, batidos y un largo etcétera. Gradualmente, el paisaje va dejando lugar a menos presencia de edificios y más parajes verdes y tras la esperada hora de trayecto alcanzamos Portsmouth, ya en el estado de New Hampshire.

Yo si miro hacia atrás me mareo. Otros, no.

Como tantas y tantas ciudades, pueblos y regiones de Nueva Inglaterra, Portsmouth hereda su nombre de la homónima ciudad en Reino Unido. Atravesamos las calles del centro de la ciudad en las que aparcar tendría un precio, y llegamos más allá del puerto, junto al Prescott Park. Aquí hay sitio de sobra en la calle y se permite estacionar el coche gratuitamente durante un máximo de dos horas, más que suficiente para nuestros propósitos.

Caminamos a través del puerto para alcanzar la ciudad. El puerto es, digamos, poco atractivo, totalmente industrial y no especialmente cuidado. Las calles sin embargo tienen ese encanto que esperábamos de la zona, con fachadas que provocan que “Mr. Sandman” empiece a sonar en tu cabeza. Al llegar a la plaza principal presidida (como siempre) por una iglesia, encontramos lo más vistoso de Portsmouth. Y de rebote, tenemos la red municipal “ecoastwifi” con la que conectarnos y ponernos al día, ya que desde antes de obtener nuestro vehículo no habíamos tenido ocasión de acceder a la red. Unas cuantas fotos y un rato sentados en la plaza después Portsmouth ya no tiene mucho más que ofrecernos en nuestra jornada, así que regresamos al coche, confirmando una vez más que el puerto es feo de narices.

Portsmouth, un pueblo con encan...no, es feo
Camino al centro de Portsmouth
Portsmouth y Mr. Sandman sonando en nuestras cabezas
En lo mejor del pueblo, como siempre, una iglesia
Más Portsmouth
Regreso al coche a través del puerto

Sigo yo al volante, poniendo ahora rumbo a un más prometedor destino que el que ha resultado ser Portsmouth. La salida de la ciudad está cortada por obras, pero el desvío habilitado está bien señalizado y no nos cuesta volver a la autopista. El plan es detenernos en alguna estación de servicio para que L se ponga a los mandos y pueda familiarizarse con ellos en el aparcamiento. Encontramos una que se anuncia como la última disponible en las próximas 25 millas, así que no hay mucho que discutir y aprovechamos la parada para hacer un almuerzo, 4 horas después del desayuno. Impresionante el frapuccino de fresa que me compro en un Starbucks y muy prometedoras las Pringles BBQ que L compra en un pequeño supermercado, las cuales intentaremos dosificar durante todo el viaje. En otro de los locales, el “Popeye Chicken & Biscuits” especializado en pollo frito, vemos como hay a disposición de los clientes baberos de usar y tirar. Por supuesto, tenemos conexión a Internet gratuita a lo largo de toda la estación de servicio.

Tras el cambio de conductor, alcanzamos el estado de Maine y atravesamos puente mediante el puerto de Portland divisando a varias millas de distancia la ciudad, que parece más atractiva de lo que esperaba. Tras otras 58 millas desde Portsmouth nuestro coche llega a Cape Elizabeth, pese a los intentos del GPS por hacernos pasar de largo al no tener bien indicada la entrada exacta a nuestro destino. Lo solucionamos configurando como punto al que llegar Fort Williams, y ahora sí aparece ante nosotros el faro de Portland Head Light.

Cape Elizabeth es un pueblo en el que residen 9.000 personas, cuyo principal reclamo para nosotros es el pequeño parque a línea de mar que alberga uno de los tantos faros repartidos por la costa de New England. En este caso un faro con un significado histórico notable, ya que su construcción se inició a cargo de nada más y nada menos que George Washington y da soporte a la navegación desde 1791.

Portland Head Light, el primero de varios faros
¡Oa!
Me has conocido en un momento extraño de mi vida...

Pasamos un buen rato en las proximidades del faro, sumando fotografías por aquí y por allá. Solo hay una leve brisa y el sol, según se aproxima el mediodía, empieza a amenazar con apretar fuerte mientras dure. Hay bastantes turistas pero lejos de cantidades agobiantes y, como sería ya lo habitual en el resto de nuestras desventuras por Nueva Inglaterra, prácticamente todos son norteamericanos, con presencia baja o nula de turismo europeo. Ni hablemos ya de cazar conversaciones en español: ni una hasta que volvemos a visitar grandes ciudades.

Cape Elizabeth, la foto buena
Cape Elizabeth, la foto panorámica
La placa la firma George Bush, vicepresidente en 1982

Con Cape Elizabeth finalizan nuestras paradas intermedias hasta que estemos cerca de nuestro destino final de la jornada y lugar de residencia de los próximos días. Fijamos en el GPS la dirección del hipermercado Walmart que hay a pocas millas de nuestra meta, y decidimos ir consumiendo carretera hasta que no aguantemos más y debamos parar para comer. Nos esperan por delante alrededor de 200 millas o, lo que es lo mismo, 321 kilómetros.

Para amenizar el buen puñado de horas de carretera que nos esperan, antes de partir preparamos cada uno nuestra particular “banda sonora” para el viaje. La colección de L empieza a dar sus momentos cuando empieza a sonar “Cacho a cacho” de Estopa cuando Portland desaparece por nuestra luneta trasera. Cuidado New England, que aquí llega Cornellà.

Paisajes completamente naturales predominan nuestra travesía rumbo al norte, con millas y millas de frondosos bosques que solo permiten interrumpirse para dar lugar a verdes prados. Empezamos a ver paisajes que, en un contexto más apocalíptico, nos recuerdan a esas largas carreteras con bosque a lado y lado de la que no dejan de emerger zombies en la serie The Walking Dead. Nos encontramos el cuarto peaje en lo que llevamos de día. Sí, cuatro peajes en apenas 5 horas parecen muchos, pero no parece tan grave cuando el precio a pagar en cada uno era de 2, 3, 1 y 1 dólar respectivamente.

Peajes baratos en Nueva Inglaterra
Parece que vamos en la dirección correcta...

Estamos pasando de largo la ciudad de Augusta cuando, antes de superar los tres desvíos de la interestatal que llevan hacia ella, dan las 15:00 y los estómagos empiezan a reclamar un poco de atención. Justo en ese instante, una de las señales de la carretera anuncia que en el último de los desvíos es posible encontrar bastante oferta de restauración, entre ella, un local de Applebee’s. Lo consideramos una señal que no podemos pasar de largo, así que damos con él pese a que una vez abandonada la autopista las señales desaparecen y tenemos que recurrir al GPS para reubicar el restaurante.

Applebee’s es, si no la que más, una de nuestras franquicias favoritas para comer en los Estados Unidos. Sirven comida típica del país, a saber: hamburguesas, sándwiches, ensaladas bien surtidas, batidos, etc., pero con una calidad por encima de la media y, además, sus locales suelen estar muy bien decorados con motivos norteamericanos. En esta ocasión pedimos unos “simples” steaks de ternera muy hechos con su guarnición, y al no pedir entrantes ni pensar en el postre no podemos evitar compararnos con nuestros yos de hace apenas 5 años, cuando descubrimos la franquicia por primera vez en nuestra primera incursión en el outlet de Woodbury. Claro que por aquel entonces teníamos que cargar con entre 12 y 18 kilos más de peso cada uno, y el estómago tenía más aguante.

Mediodía, hambre y un Applebee's, señales que no se pueden ignorar
Cocineros españoles, ESTO es carne muy hecha
Felicidad

Los steaks llegan y como era de esperar, saben a gloria. Esta gente domina el “well-done” (la carne muy hecha, para entendernos) como nadie, y las patatas y verduras que los acompañan completan el plato perfecto. Para rematar podemos aprovechar la parada para conectarnos gracias al wifi gratuito. Si hubiera que encontrar un pero, el local no se salva de esa obsesión estadounidense por convertir los interiores en una versión del polo norte gracias a las temperaturas extremas de los aires acondicionados. La comida nos cuesta 35 dólares más la habitual propina entre el 15 y 20% según cuán satisfecho estés con el servicio. En el caso de pagar con tarjeta, dicha propina se indica a mano en el ticket que debes firmar para autorizar el pago.

Empieza ahora el tramo más pesado de carretera que sufriríamos en todo el día. Para empeorarlo un poco más, las millas que nos hemos distanciado de la autopista provocan que el GPS decida continuar la ruta por la “Highway US-202”. Y por mucho que “highway” se traduzca como “autopista”, supone una calzada con menos carriles y menor límite de velocidad que una interestatal. Sin embargo, cuando nos damos cuenta del cambio de ruta consideramos que ya es demasiado tarde para dar media vuelta, y pelillos a la mar.

Nos esperan millas y más millas de carretera rodeada de densa vegetación. A las 18:00 empieza a anochecer de forma artificial a causa de unas negras nubes que no terminan de decidirse a dejar caer agua. Según nos aproximamos al destino, se suceden especialmente en la ventanilla derecha algunos paisajes de postal, en su mayoría grandes lagos a pie de carretera. En algunos tramos nos sorprende una densa niebla que sirve para descubrir que el Volkswagen Golf de alquiler no dispone de faros antiniebla. Imagino que a diferencia de España, ni siquiera la antiniebla trasera es obligatoria para circular en Estados Unidos.

Por una cuestión de prudencia, decidimos que repostaremos combustible cada vez que la aguja del depósito se sitúe por debajo de la mitad de su capacidad. Llega ahora el momento de parar por primera vez en una gasolinera, y lo hacemos en una de la compañía Steamboat cuyos precios parecen algo inferiores a la media que hemos ido observando durante todo el día. Aquí los precios se informan en dólares por galón, siendo un galón aproximadamente equivalente a 3,8 litros. Si la señal nos indica que un galón cuesta 3,6 dólares, estamos hablando de unos 0,70 euros por litro de gasolina. Hace unos días en Palma de Mallorca el gasoil se pagaba por el doble, 1,4 euros por litro. Y eso que los estadounidenses están alarmados ante la escandalosa subida del precio del combustible en los últimos años.

Siendo nuestra primera parada para repostar del viaje, entro en la oficina para refrescar la memoria en cuanto al proceso. No tiene mucho misterio: todos los surtidores están automatizados para que puedas elegir si pagar en la propia máquina o en el interior. En este caso elijo lo segundo, pero para el resto del viaje ya no sería necesario ningún contacto humano: simplemente introduces tu tarjeta bancaria, eliges el tipo de combustible, llenas el depósito y cuando te marches se te cargará la cantidad consumida en la cuenta. Más fácil imposible. Por apenas 25 dólares, el depósito de nuestro coche vuelve a estar lleno hasta arriba.

Han pasado unas dos horas desde que salimos de Applebee’s cuando llegamos a la ciudad de Ellsworth, y empezamos a temer un equívoco cuando ninguna señal parece anticipar la cercanía del Walmart que andamos buscando. Afortunadamente, esta vez el GPS suma más que resta y nos dirige a un giro en el que, tras una colina, aparece el edificio que andamos buscando. Y como no podía ser de otra manera, es enorme.

Es fácil detectar a unos turistas paseando por los pasillos de un Walmart, o para el caso por los de cualquier supermercado estadounidense: son los que se detienen y señalan absolutamente todo, ya sea por lo exótico del producto que han visto, o por las desproporcionadas dimensiones de los paquetes. Aquí lo del “tamaño familiar” es un eufemismo, porque cuesta encontrar algo cuyo envase no contenga cantidad como para alimentar a una familia numerosa durante varias semanas. A nosotros nos basta con una compra que a ojos de la cajera debe resultar ridícula: unos embutidos y pan de molde, algo de fruta, cerveza Coors Light (un indispensable en mis viajes a EEUU), suavizante, y un paquete de tapones para los oídos por si nos encontramos alguna sorpresa en el hotel. Me empieza a preocupar no encontrar un trípode ligero para la cámara, y a arrepentirme de no haberme llevado el que por 20 dólares ofrecía el Best Buy de Boston.

Tamaño estándar norteamericano... el de la derecha
Por fortuna, no solo de sopa de tomate vive Campbell's
Me pregunto si esto tendrá relación con el índice de obesidad...

Ya solo nos quedan 15 millas para nuestra meta de hoy: nuestro motel a escasa distancia del pueblo de Bar Harbor. Con cinco mil habitantes, es un destino cuyo principal atractivo es encontrarse a las puertas del Parque Nacional de Acadia, nuestro verdadero objetivo de los próximos días. Sin embargo, en los próximos días veremos que el propio pueblo nos dejará igualmente encandilados.

Mejor no circular muy rápido cuando andas buscando el desvío a tu motel, ya que aparecerá de forma súbita y tendrás que lanzarte a la derecha de la carretera enseguida para poder entrar a él. De no ser por el GPS, seguramente lo hubiéramos pasado de largo. Por fin hemos alcanzado el “Barton’s Motel & Cottages”, un complejo que combina un austero motel y una colección de cabañas, y que elegimos tras una intensa búsqueda por portales, guías de viaje y recomendaciones en comunidades de viajeros. Desde casa puede parecer que Bar Harbor no tiene demasiada oferta de alojamiento, pero es solo una ilusión: en realidad la carretera y el pueblo está lleno de moteles, hoteles y hotelazos, lo que falla es cómo encontrarlos a través de Internet. Aquí puede haber negocio…

En nuestro caso, hicimos la reserva directamente por la página web del hotel, que es lo mismo que decir que tuvimos que enviarles un correo electrónico. La comunicación fue algo deficiente, ya que ante la falta de respuesta tuvimos que usar el comodín de un tío de L que vive en Texas para que llamara por teléfono y confirmara que teníamos habitación reservada. Además, recomiendan que se notifique si los huéspedes van a llegar pasadas las 18:00 horas, pero pese a hacerlo por e-mail tampoco recibimos respuesta alguna a eso. El coste final de pasar 3 noches en una habitación del motel es de 146 euros, precio que abonamos a nuestra llegada. En nuestros primeros minutos no hay un solo coche aparcado a lo largo de la tétrica construcción, que parece homenajear al Bates Motel de la película Psicosis.

En una austera oficina, el dueño nos recibe con hospitalidad pero sin ningún comentario sobre que hayamos llegado superada la supuesta “hora límite”. Recibimos la bienvenida y la llave de nuestra habitación, y tras el mostrador un cartel nos confirma que el motel dispone de un servicio de lavandería que estamos empezando a necesitar. Aparcamos nuestro vehículo frente al número 10. Por disponibilidad y precio acabamos renunciando para esta ocasión a la cabaña, pero no importa: el interior es tan acogedor como lo hubiera sido la otra opción. Las dimensiones justas, mobiliario rústico… la verdad es que yo estoy encantado, prefiero este tipo de alojamiento antes que las clásicas habitaciones clónicas de un hotel de franquicia.

El primer contacto con el colchón de la cama nos hace temer que quizás es demasiado dura, pero habrá que pasar una noche entera para confirmarlo. 280 millas (450 kilómetros) y 11 horas después de abandonar Boston, el paisaje que nos rodea ha cambiado radicalmente, encontrándonos ahora en plena naturaleza, metidos de lleno en Mount Desert Island y a escasa distancia de un National Park que esperemos nos brinde grandes momentos.

Solo queda tiempo de pasar muchas fotografías y más notas de la jornada al portátil, y descansar lo que se pueda esperando empezar temprano el día de mañana, ya que lo adecuado es aprovechar al máximo las horas de sol. Bar Harbor nos regala en nuestras primeras horas una tormenta de verano que, sumada al escenario bucólico que supone nuestra habitación, completa un cuadro perfecto. Mientras no llueva durante el día, que caiga el agua que quiera durante la noche. Los ojos se nos cierran viendo el decepcionando y excesivamente guionizador capítulo de Masterchef US, a solo 4 programas de proclamar un ganador.

Cambiemos portátil por máquina de escribir, y ya estoy listo para una novela de terror