Boston, día 2. M.I.T., Harvard, Best Buy

Día 2 | 2 de septiembre de 2013

No han llegado las 5 de la mañana cuando nos despertamos esta vez. Quizás sean todavía secuelas del desfase horario dos días después, o quizás se trate de que la adrenalina por vivir el viaje reduzca el número de horas de sueño necesario.

Aprovechamos que son las 11 de la mañana en la península y Baleares para hacer nuestras primeras llamadas vía Skype. Nuestras familias no tardan mucho en hacer la resta y no se explican que estemos llamándoles de madrugada.

Empezando el día con un poco de Skype

La previsión del tiempo que arroja la web del Weather Channel no augura nada bueno. Son malas noticias, especialmente dado que no tenemos mucho margen de maniobra: hoy será nuestro último día en Boston, los puntos pendientes de nuestra agenda conllevan visitar espacios en su mayoría abiertos, y no tenemos una alternativa que sea compatible con un día de lluvia. No queda otra que esperar un golpe de suerte y que la predicción no sea del todo precisa.

Estudiamos el sistema tarifario de la MBTA, el metro de Boston. Cargar la CharlieTicket que conservamos desde nuestra llegada a la ciudad con viajes ilimitados durante un día tiene un coste de 11 dólares. Sin embargo, esta opción es individual por lo que deberíamos hacer dos desembolsos, uno por persona. La otra opción es cargar la cantidad que consideremos oportuna en función de los trayectos que tenemos previsto realizar. El precio por persona de cada trayecto son 2,5 dólares. No creemos que vayamos a hacer más de 4 desplazamientos entre idas y venidas, así que al final esta es la opción ganadora.

Investigamos el horario de los locales del Quincy Market y no abren hasta las 10, así que no son una opción válida para el desayuno. Volvemos a recurrir a Starbucks como alto en el camino antes de alcanzar la estación de Park Street. En esta segunda ocasión ya no puedo evitar pedirme un frapuccino. Decir que están buenos es quedarse muy corto.

Pan dulce mallorquín, lo que vendría siendo una ensaimada
Si pudiera desayunar siempre en Starbucks sería mi ruina

Como medida para contrarrestar la más que probable lluvia, nos hemos hecho con otro paraguas en el hotel para que cada uno puedo cargar con el suyo. Ya antes de acceder al metro ha empezado a chispear, aunque por ahora con una intensidad soportable. Lo que resulta más preocupante son los fuertes golpes de viento que sufrimos, que tampoco se llevan muy bien con el hecho de ir con un paraguas desplegado.

Llegamos a las escaleras que dan acceso a la estación de Park Street, literalmente a dos metros del césped del Boston Common y en una zona por la que, cada vez que hemos pasado, había gente dando gritos, habitualmente vagabundos. A mano derecha queda la State House que hoy luce más brillante con el cielo algo más claro que ayer. Cargamos nuestra CharlieTicket con, de momento, 10 dólares para garantizar una ida y una vuelta para cada uno y, leyendo con atención, seguimos las indicaciones que nos llevan al andén de la línea roja en dirección Alewife. El mapa promete dejarnos tras tan solo dos paradas a las puertas del Instituto de Tecnología de Massachusetts. El M.I.T. nos espera.

La estación de Kendall/MIT nos sitúa en Main Street, en la que aparecemos algo desorientados y con más lluvia de la que sufríamos la última vez que estuvimos al nivel de la calle. Lo único que sabemos seguro para alcanzar las instalaciones del M.I.T. es que debemos avanzar hacia el oeste, por lo que así lo hacemos y decidimos girar hacia la izquierda en un cruce aleatorio, esperando acertar con ello. El camino nos lleva a una plaza peatonal que si no es un campus universitario, se parece mucho. La plaza la preside un edificio con formas muy similares a las del Museo Guggenheim de Bilbao, y según nos aproximamos descubrimos que se trata del Ray and Maria Stata Center. Una de las puertas más cercanas –cerradas, como ya esperábamos- da acceso a la Gates Tower, nombrada así como consecuencia de que el cofundador de Microsoft sea uno de los inversores de las actividades que se realizan en el interior. El parecido con el Guggenheim no es casualidad: ambos están diseñados por el mismo arquitecto, Frank Gehry.

Aparecemos en Kendall... y la lluvia también
Ray and Maria Stata Center, primo del Guggenheim
Poca actividad en las aulas y laboratorios un día festivo
El edificio de Bill Gates

Parece por lo tanto que estamos avanzando en la dirección correcta. Consultamos el mapa para determinar cuál es la mejor manera de alcanzar el centro de visitantes, aún a sabiendas de que con motivo de la jornada festiva hoy no están disponibles las visitas guiadas a cargo de estudiantes que se anuncian en la página web del organismo. La ruta va dejando a lado y lado de la calle numerosos institutos y laboratorios, todos con su encanto. Los hay de biología, de química, de astronomía… y seguramente en todos y cada uno de ellos ejerza algunas de las más brillantes mentes de cada área.

Astrofísica e investigación espacial... poca cosa

Caminamos sobre Massachusetts Avenue cuando llegamos a la supuesta dirección del Visitor Center, y resulta que sin pretenderlo nos hemos plantado en el edificio principal del MIT. Varias señales en las puertas informan de que se trata de un recinto privado, pero la ausencia de prohibiciones y ver a gente –asiáticos, en su mayoría- entrar y salir como si nada nos empuja a decidir entrar. No hay prácticamente nadie por los pasillos y la mayoría de salas y laboratorios se encuentran cerrados, pero por lo menos se ve un mínimo de actividad en las pocas que permanecen abiertas.

Yo estoy orgulloso de haber salido de la FIB, pero...
¿Dónde está todo el mundo...?
Oficina de admisiones, ojo al detalle del emoticono final
Laboratorios de ciencia, por desgracia desiertos

A medio recorrido del largo pasillo principal de la planta baja, un ventanal a mano derecha nos brinda vistas de nuestro próximo objetivo, Kendall Square. La cosa promete.

Acabamos hallando el modo de salir a dicha plaza, y tal y como esperábamos es una gozada. Una gran extensión de césped transitable frente a la fachada principal con el rótulo del Massachusetts Institute of Technology. Está chispeando, pero no podemos dejar este lugar sin hacer un buen puñado de fotos.

La fachada por excelencia del MIT
El día no acompaña, pero el lugar es agradable
Hola, venimos a por trabajo... de bedel, supongo
El Charles River, a tiro de piedra del MIT

Decidimos sentarnos en las escaleras de la fachada principal y el cielo se abre dejando entrever un sol muy prometedor. Encontramos una red inalámbrica para invitados, y como no podía ser de otro modo, vuela en cuanto a velocidad. Con el añadido del día soleado que nos acabamos de encontrar por sorpresa, este pasa a ser nuestro punto favorito en todo nuestro periplo en Boston.

El instituto...
... y los guiris haciendo tonterías

Las alas del edificio a lado y lado están nombradas en honor a celebridades de la historia de la ciencia: Darwin, Archimedes, Edison… En el extremo abierto, solo una carretera nos separa de las vistas al Charles River con la ciudad de Boston asomando a mano izquierda, con la cúpula dorada de la State House como punto más destacado. Iniciamos el camino de vuelta a la estación de metro junto al río, bien pegados a un lateral para no entorpecer la notable cantidad de ciclistas y corredores que han decidido empezar el Labor Day con un poco de ejercicio.

Alas del MIT dedicados a nombres ilustres
Boston desde la otra orilla del Charles River
Con este tiempo, no sale ni una a navegar

Nos detenemos a pocos metros de la estación para entrar en The Coop, que acaba de abrir sus puertas cuando dan las 10 de la mañana. Se trata de una tienda cooperativa que da servicio a los organismos del MIT y la Universidad de Harvard, y además de material de estudio y libros de texto ofrece cantidades de merchandising de ambas entidades en forma de camisetas, sudaderas, gorras, llaveros y todo tipo de souvenirs. Ingeniero informático como soy, comprar una camiseta del MIT tendría su gracia, pero las que mejor aspecto tienen superan los 30 dólares y, siendo francos, no lo valen. No podemos evitar, eso sí, llevarnos un imán de nevera con la fotografía de la estatua de Make Way for Ducklings.

Ya que no puedes estudiar aquí, llévate un recuerdo

Tras dos paradas de metro y cinco dólares menos en el saldo de nuestra CharlieTicket compartida, llegamos a Harvard Square. Emergemos a la superficie en pleno bullicio, y entre el mapa y el itinerario del campus que nos sugiere TripAdvisor deducimos donde está la oficina de información. Sin embargo, como muchas de las cosas en el día de hoy, permanece cerrada.

Decidimos descubrir las instalaciones de la Universidad de Harvard un poco “a lo loco”: avanzar en una dirección que sugiera encontrar bastantes cosas, y a ver qué pasa. Atravesamos edificios con aspecto clásico, todos al parecer destinados a impartir clase. El aspecto general del campus es agradable, aunque resulta extraño que no haya un edificio o torre que destaque entre el resto. Seguimos en línea recta hasta alcanzar una gran plaza en la que se encuentra el Centro de Ciencias, y a su lado instalada una gran carpa en la que al parecer van a celebrar un acto de la Escuela de Derecho. Sospechamos que por la época del año debe tratarse bien de un acto de graduación, o bien de un acto de bienvenida para nuevos alumnos.

Harvard y sus bicicletas borrachas
Un campus bonito y tradicional
Por la leyenda, de aquí deben salir abogados...
Abogados, médicos, químicos... todos juntos

El estilo de los edificios y cómo muchos de ellos están decorados con tapices y estandartes hace que sea imposible evitar la comparación con la Hogwarts de Harry Potter.

Esta debe ser la casa de Gryffindor, por lo menos
Ni una hectárea yanki sin un campanario

Siguiendo un poco a ciegas los hitos que nos sugiere Trip Advisor nos dirigimos a Cambridge Common, que para decepción nuestra resulta ser un parque bastante normal y corriente, sin nada que lo haga memorable. Aprovechamos los bancos para sentarnos un rato y decidimos que ya nos hemos empapado bastante del ambiente de Harvard. Probablemente otro día y otra época del año que aseguraran más actividad académica por sus calles hubiera sido una mejor opción.

Regresamos a Harvard Square con la mente puesta en The Harvard Shop y las tiendas que tiene aquí The Coop, con mayor presencia de merchandising de Harvard. L trae de casa el capricho de una de esas típicas sudaderas con el nombre de la Universidad, y hay que comprobar precios.

The Coop tiene hasta tres edificios alrededor de la plaza, todos conectados mediante pasillos internos. Accedemos por el de la librería, que tiene varias plantas y está muy bien decorada. En la planta baja hay un notable catálogo de libros de ciencia ficción de la buena. Me hace especial ilusión ver ediciones impresas de la saga “Old Man’s War” de John Scalzi, cuyos cinco tomos devoré semanas atrás en mi eBook. Es casi impensable encontrar algo así en casa salvo tiendas especializadas y por encargo. Estoy tentado de llevarme una guía de fotografía del National Geographic y un ejemplar de Wool, una novela que la red social Goodreads me recomienda constantemente, pero no quiero arriesgar con el exceso de peso y espacio en el equipaje de vuelta.

¿Para cuándo Winds of Winter, George de las narices?
Lo que vendría siendo la versión Harvard de Abacus

Con un poco de desorientación por falta de una señalización mejor, acabamos sabiendo como conectar con el edificio de “Insignia Clothing”, que es donde está la pequeña tienda de ropa con la imagen de Harvard. Una decepción para L, que se encuentra unos precios desorbitados y ningún descuento ni rebaja que los compensen, frustrando su intención inicial.

No nos queda ya nada que hacer al otro lado del Charles River, así que cargamos 5 dólares más en la CharlieTicket, ya que el saldo que añadimos inicialmente solo contemplada dos viajes y el recorrido entre el MIT y Harvard pensábamos hacerlo a pie, intención que sabiamente cambiamos teniendo en cuenta el clima y que la distancia no era nada despreciable. En el trayecto de metro nos rodeamos de gente ataviada de gorras y camisetas de los Red Sox, que en unos minutos empezarán su partido en Fenway Park. Ya de vuelta en Park Street, hemos cubierto todos nuestros “puntos imprescindibles” de Boston y prácticamente nos sobra medio día. Descartada la opción de Brookhill debido a que la casa de JFK permanece hoy cerrada, podemos pensar en qué invertir nuestras últimas horas con total libertad.

Vamos directos de Park Street a Quincy Market, pasando frente a pero no parando en nuestro hotel. Nos recorremos todo el pasillo de franquicias decidiendo qué comer hoy. La intención inicial era un clam chowder (la típica sopa de almeja) para L y un lobster roll (una especie de perrito caliente pero rellenado con ensalada de cangrejo y langosta), pero la comida entra por los ojos y al final ella compra sendas porciones de pizza y yo un burrito de gambas. Y unos nachos de pollo que estaban de más, ya que nunca hay que subestimar la capacidad que tienen los norteamericanos para hacer un burrito que te deje satisfecho para cinco días. Toda posibilidad de cenar algo hoy queda automáticamente descartada. Nos cuesta todo el banquete 30 dólares incluyendo un refresco que compartimos.

En el camino de vuelta al hotel, paramos en el Faneuil Hall, un edificio clásico en el que los partidarios de independizarse del Reino Unido daban sus discursos hace más de 200 años. Ahora se ha reconvertido en un centro de información rodeado de varias tiendas de souvenirs, ocasión que aprovecho para iniciar la “Operación Thimble”, que consiste en ir encontrando dedales con motivos de mis destinos viajeros para engrosar la colección de mi madre. Por 3,5 dólares, la operación se inicia satisfactoriamente.

Misión thimble, primera victoria

Es nuestro último día en Boston y todavía no hemos grabado el clásico video recorriendo la habitación del hotel, así que llego a la planta 14 del Omni Parker House preparado para la ocasión. Sin embargo, extrañamente el servicio de habitaciones todavía no ha pasado a adecentar el cuarto pese a haberse superado holgadamente el mediodía, así que tocará esperar a que la habitación esté más presentable para empezar a grabar. Sufrimos una sincronía perfecta con el clima cuando, a los 2 minutos de haber abandonado las calles, vuelve a diluviar.

Es el momento de descasar un poco, ponerse al día en las redes sociales aprovechando la conexión a Internet del hotel y pasar las fotografías y notas del viaje. Mientras tanto, en la ESPN los Boston Red Sox están perdiendo por 2 a 0 contra Detroit. Tiene gracia ver toda la actualidad deportiva española pendiente de un tal Gareth Bale, y que a este lado del océano la noticia de su fichaje por el Real Madrid esté pasando totalmente inadvertida. A veces hay que alejarse un poco para poner las cosas en perspectiva.

Por fin llega el personal del hotel a la habitación, así que decidimos volver a salir para darles tiempo y espacio. Esa joya que es L accede a acompañarme hasta Fenway Park para perderme por uno de los locales de Best Buy, una cadena de venta de electrodomésticos y electrónica de ocio con mayor presencia en el país. Para llegar volvemos a la estación de Park Street y tomamos una de las cuatro bifurcaciones que la línea verde tiene en su recorrido hacia el oeste.

La estación de Fenway es bastante austera, al aire libre y obligándote a pasar a pie sobre las vías para poder salir del andén. Es cuanto menos sorprendente, dado que aquí es donde deben llegar miles de forofos del béisbol cada vez que hay partido de los Red Sox. Nada más salir de la estación nos encontramos con el centro comercial de Landmark, que no es más que una serie de grandes superficies especializadas instaladas una junto a la otra. En uno de sus laterales encontramos el logotipo de la etiqueta amarilla de Best Buy. Al fondo de la calle se pueden ver los focos encendidos del estadio de Fenway Park, donde los Red Sox siguen disputando su partido contra Detroit.

La visita al local es medianamente satisfactoria, encontrando no todas pero sí varias de las cosas que venía a buscar. La más importante, un disparador remoto sin cables para mi cámara réflex, única forma de que consigamos hacernos algunas fotos en pareja sin tener que depender de encontrar turistas que la tomen por nosotros. Es de marca Rocketfish y lo consigo por 20 dólares en lugar de los 50 que cuesta el oficial de Canon.

Encuentro también, aunque tan escondido que casi cabría esperar que no se esperan vender muchas unidades, un Chromecast de Google, el nuevo accesorio que la compañía ha sacado al mercado para poder convertir el televisor en un centro multimedia controlado desde tu dispositivo móvil. Esto es un encargo que traigo de España para un amigo.

Me encuentro cara a cara con el Nexus 7 renovado, el nuevo tablet Android que Google ha anunciado en las últimas semanas y del que traía serias dudas sobre si hacerme con uno o no aprovechando el cambio de divisa. Sin embargo y por muy buenos acabados y buena pantalla que parezca traer instalada, las 7 pulgadas se me siguen antojando algo pequeñas para el uso que me gustaría darle (a saber: reproducción de videos, lectura de libros técnicos y videojuegos). El mismo aparato con una pantalla 4:3 de 7,9’ como la del iPad Mini posiblemente hubiera acabado en mi maleta.

Pasamos también por la sección de ordenadores portátiles, y lamento que el no disponer de teclado español y el tema de las garantías me disuada de comprar aquí algo que voy a necesitar renovar en breve. Puedo ver y tocar de primera mano marcas y modelos que en España cuesta mucho encontrar en tienda física, como es el caso de Dell. Por no hablar de la diferencia de precio, por la que aquí puedo obtener por 1.000 dólares lo que de vuelta en casa probablemente no cueste menos de 1.200 euros. Por último, una rápida visita a la estantería de discos duros portátiles me lleva a la conclusión de que en este caso las conversiones de dólar a euro se están haciendo con bastante sentido, ya que los modelos que en Europa tenemos por 50 o 60 euros aquí se marchan a los 80 dólares. No hay motivo para comprarlo aquí, pues.

Antes de pasar por caja, una última observación: parece que aquí en Estados Unidos la guerra por el mercado de los teléfonos móviles no trata de “Apple contra Android”, ya que tanto en venta de terminales como de accesorios Android solo parece conocer un nombre: Samsung, y en concreto el último modelo Galaxy S que haya aparecido en el mercado, el SIV en estos momentos. Apenas hay rastro de otras opciones como los HTC y LG, y no hablemos ya del Nexus 4 promovido por la propia Google, que parece inexistente.

Antes de abandonar el centro comercial de Landmark, aprovechamos la visita para ver con nuestros propios ojos un par de comercios de los que no tenemos ni idea de qué venden y sin embargo no paramos de ver a gente cargando con bolsas suyas. El primero es Staples. Resulta ser una enorme papelería que también ofrece productos de electrónica de consumo. Pero el absoluto rey en número de bolsas que se ven por la calle es Bed Bath & Beyond, cuya visita a la entrada principal nos basta para descubrir que es un gran almacén de tamaño ofensivo dedicado al menaje del hogar. La madre de todos los Leroy Merlin, Bauhaus y Brico Depot juntos, vaya. Parece que a los estadounidenses les gusta el bricolaje.

Volvemos a esa cochambrosa estación del aire libre que es Fenway. Un empleado de la MBTA está junto a los tornos asistiendo a los pasajeros, y cuando ve que tras pasarlo nuestra CharlieTicket se ha quedado sin saldo, dice que ya no sirve para nada y la tira. No es necesario conservarla por si pasa por nuestro vagón el revisor porque aquí… ¡no hay revisores! Como en tantos otros lugares que hemos visitado, viniendo de España nos sorprende la falta de mecanismos de seguridad para evitar robos o, en este caso, gente que se cuele. Y es que parece que el estigma social y el temor a ser “pillado” ya es lo suficientemente disuasorio como para que haya pocos casos de hurtos en comercios.

Todavía quedan un par de horas de luz natural cuando volvemos a aparecer por cuarta vez en lo que va de día en la esquina del Boston Common donde se encuentra la estación del Park Street. Siendo nuestras últimas horas en las que disfrutar de Boston, parece lógico aprovecharlas para revisitar el que ha sido uno de nuestros lugares favoritos: el Public Garden y su ejército de patos. Según estamos cruzando el mayor de los parques, veo a la distancia algo que cuesta creer pero según se aproxima confirmo: entre 20 y 30 personas ataviadas con senyeras, esteladas, camisetas del Barça y otros símbolos de Cataluña. Imagino que se trata de un grupo de catalanes residentes en Boston que están ensayando para la “Vía Catalana”, una convocatoria mundial dentro de exactamente 9 días para revindicar la independencia de Cataluña.

Tremenda densidad de iglesias en el centro de Boston
Calles comerciales

Dejamos pasar el tiempo sentados en un banco frente al Swan Lake, aprovechando para hacer las primeras pruebas con el disparador remoto que he comprado. Cuando ya tomamos el camino de vuelta al hotel, encontramos una red wifi municipal con buena cobertura frente al Frog Pond, la cual aprovechamos para ponernos al día. Mejor aquí, en pleno parque y todavía con algo de luz, que bajo los focos de la habitación del hotel.

El Boston Common gana mucho cuando sale el sol
Diez dólares al primero que pronuncie bien "squirrel"
El mayor y más presuntuoso de los patos
Probando el juguete nuevo que tengo en mi mano derecha...
Definitivamente, el sol ayuda
Park Church al fondo

Esta vez sí, la habitación 1452 del Omni Parker House vuelve a estar limpia y con la cama impecable, así que toca grabar el video que pueda ser de utilidad a futuros turistas que estén planteando alojarse en este hotel que, personalmente, no podemos dejar de recomendar.

Nuestras últimas horas disfrutando de nuestra habitación sirven para que encuentre y compre en Amazon la versión digital de Wool, la novela de ciencia ficción que estuve a punto de adquirir en edición impresa horas antes en Harvard. Por solo 4 dólares ya lo tengo listo para disfrutar en mi Kindle. Viva la literatura digital.

Enciendo la televisión y llego a tiempo a la ESPN para ver el último punto de Tommy Robredo venciendo a Roger Federer, un resultado que a buen seguro ha debido causar el caos en alguna casa de apuestas. Mientras lo veo, toca volver a guardar todo en las maletas. Es uno de los problemas de los viajes itinerantes: la cantidad de tiempo que inviertes en meter y sacar ropa y compras de tu equipaje.

Nuestra última cena en Boston consiste en sendos sándwiches, uno de pavo y el otro de pollo, un yogur helado para L que se veía obligada a probar tras hacerlo yo la noche anterior en Frozenyo, y un Mountain Dew para mí... cosa que no debería haber hecho, porque soy especialmente sensible a la cafeína (evito tomarla pasado el mediodía, como si fuera un gremlin) y resulta que el Mountain Dew tiene todavía más cafeína que una Coca Cola.

Viendo primero una repetición de New Girl y luego a Nadal pasarlas canutas para remontar un set en el US Open, disfrutamos por última vez de nuestra habitación antes de apagar las luces. No sabíamos en este momento que estábamos a horas de comenzar los mejores días de nuestro viaje.

Un día duro... para todos