Boston, día 1. Public Garden, Beacon Hill, Freedom Trail, North End

Día 1 | 1 de septiembre de 2013

Son las 4 de la mañana en la costa este cuando la diferencia horaria (6 horas menos que en España) hace acto de presencia. Encendemos las luces de nuestra habitación del Omni Parker House y no parece que vayamos a ser capaces de volvernos a dormir. Afortunadamente, la noche ha transcurrido tranquila y sin demasiados ruidos. A excepción de unos intensos y sentidos gritos femeninos que tuvieron lugar allá sobre la medianoche, pero que no duraron más de diez segundos.

El plan para nuestra primera jornada, que arrancará cuando la ciudad de Boston esté tan despierta como nosotros, ha quedado ya bastante definido siempre y cuando la meteorología acompañe. Tras nuestro primer desayuno, aprovecharemos la cercanía del hotel con el parque de Boston Common, y luego desde allí iniciaremos el recorrido “oficial” de la ciudad llamado Freedom Trail y que, siguiendo una línea roja marcada en las aceras, ofrece una visita guiada por los puntos históricos más emblemáticos de la ciudad.

Por ahora las impresiones sobre el hotel escogido están siendo muy buenas. A la buena ubicación y las clásicas instalaciones, se le suma un trato muy agradable, y la satisfacción de ver cumplidas nuestras preferencias solicitadas días antes de la llegada. Además, por pertenecer al programa de fidelidad de la cadena hotelera, disponemos de unos folletos que, a razón de uno por día, nos permite solicitar una bebida (zumo, té, café, etc.) para que nos sirvan en la habitación cada mañana a la hora que indiquemos. También encontramos junto a nuestra puerta un sobre personalizado de bienvenida y sendas botellas de agua.

A las 6:15 suenan unos nudillos contra la puerta y al abrirla no encontramos a nadie, pero sí una bandeja con sendos zumos de naranja tapados para no oxidarse. Se acerca el momento de salir al exterior y, tras una puesta a punto en forma de ducha y preparar la ropa del día gracias a la plancha disponible en el armario, cargamos con nuestro equipo de turista (a saber: cámara de fotos, pasaportes, mapas, cartera y botella de agua) y nos echamos a la calle bajo la amenaza de 40% de probabilidad de lluvia. Es por ello que al salir solicitamos en recepción si disponen de paraguas para los huéspedes, y así nos hacemos con uno que viene acompañado del logotipo del hotel.

Un primer día en Estados Unidos no sería tal si no se inicia desayunando en el Starbucks más cercano. En nuestro caso es casi imperativo, ya que el estómago de L es especialmente intolerante con el café estadounidense y los que sirve la famosa franquicia son los únicos que parecen no poner en peligro su integridad física. En nuestro caso bastan unos pocos pasos a mano derecha para estar a pidiendo sendos cafés con leche y algo de bollería. Es un Starbucks algo extraño, ya que no todo lo que estamos acostumbrados a encontrar en el expositor de bollería está disponible aquí. Si vemos sin embargo pequeñas ensaimadas bajo el título de “Mallorca sweet bread” (pan dulce mallorquín).

El empleado de Starbucks nos ofrece conversación mientras anota nuestro pedido y nos hace saber que, pese al tiempo con el que ha amanecido el día, acaban de vivir uno de los mejores veranos de los últimos años en la ciudad.

Starbucks, primer asalto

Apenas dos giros y unos cuantos pasos después de salir de la cafetería nos llevan hasta la entrada sureste del Boston Common. Con todas las reservas del mundo, estaríamos hablando del “Central Park” particular de la ciudad de Boston, en lo que se refiere al parque público por excelencia para los habitantes de la ciudad.

Hello State House, nos vemos en un rato
Park Church, siempre vigilando el Boston Common

Definitivamente nuestro primer día presenta una meteorología bastante adversa: el gris que cubre el cielo no hace más que oscurecerse y coincidiendo con nuestros primeros pasos por el parque debemos abrir el paraguas que nos ha cedido el hotel. No son buenas noticias ni para el itinerario que nos habíamos fijado para hoy, ni para retratar el lugar en fotografías. Motivos más que suficientes para empezar nuestras vacaciones con los ánimos algo tocados, aunque afortunadamente la situación no haría más que mejorar.

El Frog Pond, testigo de la lluvia
Tommy, una de las ranas del Frog Pond

El Boston Common es un parque correcto, agradable, con un pequeño estanque de apenas unos centímetros de profundidad bautizado como “Frog Pond” (estanque de las ranas), tal y como corroboran las dos ranas de bronce dedicadas a la pesca que tiene en uno de sus extremos. Dispone también de largas extensiones de césped con buenas vistas a los rascacielos de la ciudad así como al Beacon Hill (la casa del estado de Massachussets, que veremos más adelante). Sin embargo, su reducido tamaño provoca que no soporte comparación posible con el parque urbano por excelencia de la ciudad de Nueva York. Ni siquiera puede competir en superficie con el Parque del Retiro de Madrid, que también le supera holgadamente. De lo que sí anda sobrado es de cantidad de ardillas, que por lo inquietas que parecen cabría pensar que se han pasado la noche entera tomando café. En su extremo más al norte, el parque se encuentra con la calle de Beacon Street, cuyas cuidadas y clásicas fachadas ya podemos admirar durante el paseo.

Los rascacielos de la ciudad, desde el Boston Common
Y la lluvia que no cesa...
Resignándose al mal inicio meteorológico
Uno de los parques públicos más antiguos del país

Justo a continuación del Boston Common y tras cruzar un solo paso de peatones, llegamos a su hermano pequeño, el parque Public Garden. En lo personal, resulta nuestro favorito. Es todavía más pequeño pero su vegetación parece más cuidada, probablemente gracias a la prohibición de utilizar el césped para transitar o realizar actividades. Y sobre todo, lo preferimos gracias a su enorme lago en el que los patos son los reyes. Pero no son estas las primeras aves que veremos: nada más entrar nos espera la estatua de Make Way of Ducklings, una familia de patos de bronce situados aquí en honor a un cuento ilustrado infantil del mismo nombre que, con 2 millones de copias vendidas, ayudó a popularizar en todo el mundo el lugar en el que nos encontramos.

Make Way for Ducklings
Por fin ha encontrado a su familia...
Meses esperando a poder tomar esta foto...
... y esta otra...
... y esta...
... y esta también. Gracias, amable chino
Gracias, Mr. McCloskey

El lago recibe el nombre de “Swan lake” (lago de los cisnes) y, como decía, es el hábitat de la mayor concentración de patos que haya visto en mi vida. Están por todas partes, y prácticamente ni un solo metro de orilla queda exento de unos cuantos de ellos dándose un chapuzón o dormitando a centímetros del agua. Irónicamente, el lago de los cisnes solo cuenta con dos de estos animales, siempre y cuando no contabilicemos las embarcaciones para turistas ahora aparcadas en cuyo lateral aparecen figuras de cartón de estos. En los aledaños del lago así como en el resto de rincones del Public Garden todavía quedan algunas ardillas, pero está claro que los patos son los amos y señores de este pulmón de Boston.

Swan Lake, Boston Public Garden
Apenas dos cisnes de verdad en todo el lago

Damos una vuelta completa a la orilla, cuando de fondo empiezan a sonar campanas. Claro, es domingo, se acerca la hora de la misa, y no hay que perder de vista la notable presencia que el cristianismo tiene en este país. Salimos del Public Garden por el mismo acceso que entramos pasando de nuevo junto a los patos de bronce, y enfilamos la pendiente ascendente que nos ofrece Beacon Street, casi coincidiendo con el punto de inicio de la Freedom Trail.

Este debe ser un recién llegado...

El Freedom Trail es un itinerario que recorre los lugares históricos y de especial relevancia más emblemáticos de la ciudad de Boston. Su recorrido está indicado mediante una línea de color rojo implantada con adoquines de colores o pintura sobre el asfalto cuando requiere cruzar una calle. Es una iniciativa de incalculable valor para el turismo, ya que le proporciona una visión de gran parte de los atractivos de la ciudad sin ser necesaria ningún tipo de preparación previa para poder atravesarla. Es difícil de perder (salvo que de vez en cuando te distraigas por estar hablando sin darte cuenta de que ya no se encuentra bajo tus pies), y organiza por ti media jornada de tu estancia en Boston.

Freedom Trail, la forma más cómoda de recorrer Boston

La subida por Beacon Street resulta más intensa de lo que podía parecer en un primer vistazo, pero se compensa por el colorido y arquitectura de sus edificios. Las viviendas de este tramo mezclan características de las “Painted Ladies” de San Francisco con los apartamentos de lujo al oeste de Central Park. Nuestro plan inicial es seguir el camino hasta alcanzar la fachada que simulaba ser el bufete de Richard Fish y John Cage, escenario principal de la serie Ally McBeal. Sin embargo, lo acusado de la cuesta y el encontrarnos con el Freedom Trail cuando alcanzamos la State House provoca que cambiemos nuestra agenda. Lo que no encontramos es demasiada presencia de vehículos americanos: el mercado asiático con sus Honda, Hyundai y Toyota y en menor medida el europeo con sus Audi, Mercedes y BMW han desplazado drásticamente lo que antes era una mayoría de Chevrolet, Dodge o Ford, por citar algunos ejemplos.

Las resultonas fachadas de Beacon Hill
No lo parece, pero la pendiente se nota

El State House es el edificio estrella de la colina de Beacon Hill, y alberga en su interior las instalaciones de la Corte General del Estado de Massachusetts así como las oficinas del gobernador, que en estos momentos es un demócrata Deval Patrick (lo he tenido que buscar). El edificio guarda inevitables similitudes con el Capitolio de los Estados Unidos en Washington DC, con la principal diferencia de tener su cúpula completamente recubierta de un dorado en que brilla con el reflejo del sol.

Massachusetts State House, toma 1
Massachusetts State House, toma 2
Massachusetts State House, toma 3

Suenan truenos a nuestra espalda cuando empezamos a recorrer el Freedom Trail, primero atravesando de nuevo el Boston Common de norte a sur, y luego alcanzando los cementerios de Granary y King’s Chapel. En el primero destaca el obelisco central levantado en honor de los padres y familiares de Benjamin Franklin, además de las lápidas de otras personalidades como Samuel Adams, otro de los responsables de la Declaración de la Independencia. Resulta interesante en líneas generales como los estadounidenses hacen de los cementerios un sitio muy normalizado, con una alta frecuencia de visitas y extremadamente cercanos a la vida diaria de la gente, ya que lejos de encontrarse en instalaciones apartadas a las afueras no es difícil encontrarse con uno al pasear por cualquier ciudad o poblado.

Granary Burying Ground...
... otro cementerio más integrado en la ciudad
Aquí yace Samuel Adams, firmante de la Declaración de la Independencia

Justo en el momento que estamos recorriendo algunos de los pasillos del cementerio de King’s Chapel, con el día todavía teñido de negro y ni un solo turista haciéndonos compañía, de la mochila de L empieza a surgir una voz femenina con tono solemne que no conseguimos entender. Os imaginaréis que la situación era, cuanto menos, inesperada. Al final resultó ser el sistema de alertas de radiodifusión que venía activado de serie en su Google Nexus 4, y la voz nos estaba alertando de las fuertes tormentas que iba a sufrir la zona hasta bien entrada la tarde.

El camino de la libertad, tal y como ya sabíamos, nos lleva a pasar justo frente a nuestro hotel y seguir hacia el noreste, donde descubrimos la calle Washington y como se suceden infinidad de locales para comer con una pinta estupenda. Nos van a faltar días (y estómago) para todo lo que querríamos probar.

El Freedom Trail pasa justo frente a nuestro hotel
Imposible no recordar la marquesina del Roosevelt en NY
Esto es Boston

Como no podía ser de otra forma, lo peor de la tormenta llega en forma de diluvio universal en el preciso instante que estamos atravesando una zona amplia y abierta, con lo que urge encontrar refugio. Lo conseguimos siguiendo la estela de otros tantos turistas que se esconden bajo el arco de entrada de una especie de edificio público. Resulta ser el Quincy Market, un edificio histórico que en su interior aloja a lo largo de un enorme pasillo decenas de franquicias en las que poder comer absolutamente de todo. No es ni mucho menos hora de saciar el apetito, pero la lluvia no nos deja otra opción que descubrirlo y atravesarlo en toda su extensión.

La cantidad y variedad de lo que se puede comer aquí es impresionante, llegando a lamentar haberlo descubierto cuando ya habíamos desayunado. Comida italiana, oriental, hamburguesas, perritos, marisco, fruta, gastronomía típica de Nueva Inglaterra, helados, bollería… el Quincy Market no deja casi opciones sin tratar. Si lo piensas desde el punto de vista de que a buen seguro hay ciudadanos que comen aquí a diario, la fascinación se convierte en preocupación. Nos sentamos durante un rato en la zona central, ocupada por una pequeña plaza de dos plantas repleta de mesas y sillas que más adelante descubriríamos insuficientes para la cantidad de gente que acude a este lugar. Por ahora, el aforo basta y sobra para los que pretendemos escapar del aguacero, y además nos ameniza la espera gracias a una conexión a Internet municipal gratuita.

Quincy Market, refugiados de la lluvia...
... y envueltos en olor a grasas y dulces

Mientras esperamos, una familia de japoneses se sienta en una mesa próxima a la nuestra y empieza a poner sobre la mesa una serie de Clam Chowder, plato típico de Nueva Inglaterra consistente en una densa sopa de almejas con nata que, por si no fuera suficiente, puede venir servida en un cuenco construido a partir de vaciar una pieza de pan. Como es el caso, claro. Nuestros vecinos japoneses planean comerse una de esas por cabeza cuando todavía son las 10 de la mañana.

Salón superior del Quincy Market
Y la lluvia que sigue dándonos la mañana

Lo peor de la tormenta no está previsto que acabe hasta que llegue el mediodía, pero a través de las ventanas parece que se acerca una pequeña tregua. Decidimos correr el riesgo y volvemos al exterior con la intención de seguir el Freedom Trail. Los adoquines rojos a veces serpentean sin un motivo aparente, ya que no hay ningún punto de interés en dichos tramos que justifiquen los rodeos que te obliga a realizar.

Faneuil Hall Marketplace

El giro del camino a North Street supone la bienvenida al barrio de North End. El barrio italiano de Boston se caracteriza por la constante irrupción de edificios construidos con adoquines rojizos. El efecto consigue que pasear por dicha calle resulte muy agradable, y se van sucediendo restaurantes de temática italiana de los que sospechamos que los precios están concebidos teniendo muy en mente el generoso y despreocupado bolsillo de los turistas. Lo que queda fuera de toda duda es que este particular “Little Italy” ha resistido el paso del tiempo mucho mejor que su equivalente neoyorkino, en peligro de extinción tras ver como a lo largo de los años su vecina Chinatown le ha ido conquistando terreno.

Continuando el Freedom Trail rumbo al norte
En memoria de los soldados caídos en Iraq y Afganistán
La iglesia, siempre a la derecha
North End, el característico barrio italiano

Superamos la Old North Church y la lluvia vuelve a sus momentos más salvajes. Nos refugiamos en un parking, y la bajada de intensidad que sucede media hora después solo dura apenas cinco minutos antes de que volvamos a necesitar refugiarnos en el portal de unas oficinas de North Washington Street.

Mientras contemplamos la cortina de agua, consultamos en la aplicación de Trip Advisor que traemos preparada sin necesidad de conexión a Internet cuánto nos queda por recorrer de la Freedom Trail. Desde nuestra posición, solo faltan tres hitos más superar: cruzar el puente de Charlestown, atravesar el parque conmemorativo de la Guerra de la Independencia en Bunker Hill y visitar la fragata bicentenaria USS Constitution. Lo de cruzar caminando sin refugio posible los más de 300 metros de longitud del puente suponen todo un riesgo dada la meteorología, y aunque nos gustaría poder completar en su totalidad el camino decidimos que los otros dos puntos no merecen la pena la aventura. Llega el momento de deshacer lo andado para descansar un poco.

Llegamos al hotel al mediodía, con el tiempo justo para que L descanse un poco y yo haga el primer pase de fotografías y notas al ordenador portátil. Tanto una cosa como la otra son material demasiado valioso como para arriesgarse a perder la única copia.

Para comer hoy traemos los deberes hechos de casa. A partir de varias fuentes, en su mayoría blogueros especializados en hamburgueserías, tenemos en nuestra agenda una visita obligada a alguno de los locales de la franquicia UBurger. El más cercano a nuestro hotel se encuentra frente al Boston Common, pero durante nuestra travesía de la mañana hemos visto uno con aspecto de ser estar mucho menos transitado en las cercanías del Quincy Market. Efectivamente la elección es un acierto: el local es amplio, moderno, muy limpio y está medio desierto.

Hora de comer...

Pedimos una Cheeseburger y una Cowboy Burger. El tamaño es medio, ni muy grande ni muy pequeño, pero tanto el pan como la hamburguesa que alojan están exquisitos. Junto a las hamburguesas hemos pedido un único cesto de patatas, pero cuando nos entregan el pedido hay patatas tanto dentro del cesto como en la mitad de la bandeja, es decir, más bien el triple de la ración esperada. Son caseras, pero de corte muy fino. Todo bañado con refrescos self-service, por lo que primero me tomo una Pink Lemonade y luego cato el té helado de frambuesa. El precio alcanza los 19 dólares. Al tratarse de una franquicia de comida rápida, aquí no hay camareros y por lo tanto no hay que calcular propinas.

... sabe mucho mejor de lo que parece

Salimos satisfechos con nuestra elección y ponemos rumbo al Waterfront, el puerto de la ciudad. En concreto alcanzamos la zona del Long Wharf y Commercial Wharf. La verdad es que no hay gran cosa que ver, salvo la interminable cola de gente esperando embarcar en los ferry que ofrecen avistamiento de ballenas y, lo más curioso, la torre de control y pistas del aeropuerto que como ya pudimos saber en nuestro aterrizaje se encuentran en primera línea de la costa.

Fachadas del embarcadero de Long Wharf
Marea baja esta tarde en Boston
La ciudad desde el embarcadero
Moderna y clásica a la vez
Aunque no lo parezca, al fondo aterrizan los aviones

El día no invita a alejarse mucho por si acaso vuelve a aparecer la tormenta, así que dedicamos el resto de la tarde a pasear por la zona comercial próxima al hotel. En un local de Skechers no tardo ni 3 segundos en encontrar unas zapatillas deportivas de mi estilo, cosa que rara vez ocurre cuando busco género en España. Sin embargo, con una visita ya prevista en futuras fechas a un conocido outlet, carece de sentido adelantar las compras.

Entramos en el Macy’s de la zona, que como todos nos resulta imposible no asociar a El Corte Inglés cuando su planta baja nos recibe llena de expositores y demostraciones de perfume y maquillaje. Al contrario de su equivalente en Nueva York, este no tiene sección de electrónica, aunque sí que encontramos una máquina de vending en la que hacerte con el iPad que quiera. Como un Apple Store, pero sin el incordio de los polos azules ofreciéndote ayuda cada 2 minutos.

Por primera vez en lo que va de día el sol se deja ver entre las nubes y nos ofrece un escenario más bonito del que hemos sufrido hasta el momento, iluminando las fachadas. Volvemos a la que fue una de nuestras primeras paradas del día, el Public Garden tras atravesar el Boston Common. Salvo el inconveniente de que ahora hay muchísima más gente que a las 8 de la mañana, el ambiente soleado mejora el lugar. Nos sentamos en un banco con la única ocupación de ver a las ardillas corretear, trepar y enterrar los cacahuetes que un asiático les va tirando. Evidentemente, tenemos que pasar a saludar a nuestros amigos los patos antes de marcharnos. Pese al día constantemente nublado y lluvioso, el calor y la humedad han sido una constante durante toda la jornada.

Old State House, toma 1
Old State House, toma 2
Nubes y claros durante todo el día
Volvemos a Park Church
Es un milagro que encontráramos solos a los patos esta mañana
Panorámica del Boston Common
Los amos y señores del Boston Public Garden
Sí, le tienen mucho miedo a las cámaras...

La poco más de una hora de sol llega a su fin, así que llega la hora de recoger definitivamente y volver a la habitación. Antes de salir a buscar algo de cenar, nos da tiempo de trazar las líneas generales de nuestra agenda para mañana, que consistirá en desplazarnos al otro lado del río para visitar el Instituto de Tecnología y el campus de la Universidad de Harvard. Conectándonos a Internet recibimos recomendaciones para primero visitar el museo de robótica del MIT, y a continuación movernos hacia el suroeste para entrar en la casa natal de John Fitzgerald Kennedy. Por desgracia, el día de mañana será festivo pese a ser lunes con motivo del Labor Day, y nunca de las dos instalaciones estará abierta al público.

Descubrimos al usar otra de las salidas del hotel que tenemos un completo gimnasio con máquinas de cardio y pesas a nuestra disposición. No es algo que descarte: por regla general me gusta aprovechar las vacaciones para hacer un poco de ejercicio, cosa impensable en el día a día cuando llego a casa ávido de ocio tras tantas horas de oficina. Tomamos la calle para ir a buscar la cena, si es que se le puede llamar así. L se decanta por el B. Good, un local cuya carta en el expositor promete un batido de fresa y plátano al que no puede renunciar. Yo entro en un local de Fro.zen.yo, una franquicia que te permite construir tu propio yogur helado y pagarlo en función de su peso. Me construyo una obra maestra de yogur de cookies & cream con pequeñas nubes y fresas. El dependiente tasa la obra en 5 dólares. Mientras tanto, L recoge su batido y descubre que han debido confundirlo con el de otro cliente, ya que las fresas y plátano saben sospechosamente a chocolate. Pero está igualmente rico y no tenemos muchas ganas de retroceder para enmendar el error, por lo que así se queda.

Si esto existiera en España, estaría en apuros

Volvemos a nuestra habitación para disfrutar de la cena soñada por cualquier niño pequeño, y solo queda darnos un baño y descansar en vistas al día siguiente. L, al igual que en casa, no necesita mucho para caer dormida, pero yo que soy de sueño más difícil todavía tengo tiempo de invertir 90 minutos en ver Premium Rush (Sin Frenos), una película de premisa horrible pero que me inclino a ver por la mera presencia de Joseph Gordon Levitt y me acaba sorprendiendo. Quién iba a pensar que hora y media sobre persecuciones de repartidores ciclistas huyendo por Nueva York podía resultar tan atractiva.

Y ahora sí, a dormir.