Palma de Mallorca, Madrid, Boston con Iberia

Día 0 | 31 de agosto de 2013

Allá vamos. Quince jornadas, diecisiete días en total, nos separan de uno de esos viajes a los que el calificativo “vacaciones” se le queda corto. Porque son algo más. Son una experiencia, una aventura, una vivencia de esas que te llenan la cabeza de recuerdos que han venido para quedarse y ya jamás se irán. Nos disponemos a recorrer parte del este de los Estados Unidos, y son las 4:30 de la mañana en Mallorca cuando todo empieza.

Pese a dejar todo preparadísimo la noche anterior, los últimos minutos antes de salir de casa siguen contando para pequeños ajustes sobre la campana. Me retracto a última hora de llevar una camiseta de Lost con la ubicación de un supuesto accidente aéreo sobre un mapa: nunca hay que subestimar la capacidad de escandalizarse y ofenderse del pueblo estadounidense. Y, sabia decisión de última hora como horas más tarde podría comprobar, decido finalmente cargar también con la cámara digital compacta en añadido a la cámara réflex.

Preparados, listos, ¡ya!

Nos sincronizamos a la perfección con el taxi de Llucmajor que habíamos solicitado vía telefónica la noche anterior: justo aparece en la esquina cuando salgo del portal cargado con las maletas. Como siempre, recurrimos a la estrategia de “muñeca rusa”: cada uno carga con una maleta grande que en su interior aloja una maleta pequeña. A la vuelta, usaremos la pequeña como equipaje de mano y la grande volverá a facturarse esta vez llena hasta arriba. Así disponemos de ese espacio extra que tan bien nos vendrán para acompañar a la locura de compras en dólares.

Son las 5:00 cuando ya estamos en el Aeropuerto de Son Sant Joan facturando nuestros 36 kilos de equipaje y empezando desde ya a sortear esa fauna autóctona que son los turistas extranjeros y su capacidad para plantarse embobados en plena zona de paso. Como siempre, el borreguismo hace que todos los turistas hagan fila frente a un único arco de seguridad, y no es hasta que nosotros nos dirigimos a otro de los arcos abiertos cuando el resto se dan cuenta de que estaban haciendo el tonto. ¿Tanto costará fijarse en las cosas? Nos quedan 50 minutos para despegar rumbo a Madrid cuando ya estamos frente a la puerta de embarque D90.

Turno de hablar de nuestros vuelos en este viaje: en esta ocasión contratados a través del portal Expedia, y operados por Iberia Express (de Palma de Mallorca a Madrid), Iberia (de Madrid a Boston), British Airways (de Washington DC a Londres) y Vueling (de Londres a Palma de Mallorca). El precio para dos personas, 1114€, al que sumarle los 171€ de seguro de viaje Multiasistencia Plus de 30 días con Intermundial. Por apenas dos jornadas no podemos conformarnos con el de 15 días, que cuesta la mitad.

Volvemos a nuestra puerta de embarque, que se abre de forma prematura, transcurre de forma rápida y no requiere que la gente espere de pie durante los 60 minutos anteriores. Había olvidado ya lo que es volar con una compañía diferente de Ryanair (de la que no reniego en absoluto… de no ser por ella estaríamos condenados a no salir prácticamente nunca de la isla). Por haber adelantado el embarque y ser pocos pasajeros, nos toca esperar un rato en cabina hasta que el avión empieza a moverse. Tiempo que me basta para terminar mi lectura de Un gran chico de Nick Hornby. Tiene momentos mejores y peores, le pongo un 6 sobre 10. Ya no encenderé más el Kindle durante todo el viaje salvo puntualmente el resto de este primer día para leer algo sobre testing web con Zombie.js.

Esperando el embarque sentados. Imposible con Ryanair

Nos acompaña el escenario habitual durante los 80 minutos que cubren la distancia entre Mallorca y Madrid: un bebé que rompe a llorar con cada cambio de presión o maniobra del avión, y una niña dicharachera con voz aguda en la fila frente a la nuestra que al parecer ha dormido bien y tiene muchos temas de conversación con su madre, para nuestra desgracia.

Nos recuerdan con insistencia por megafonía que el avión ha tomado tierra en Barajas con 10 minutos de antelación. Lo cual nos tranquiliza mucho, ya que tenía serias dudas de si iba a llegar a tiempo al embarque de mi próximo vuelo dentro de seis horas. Que la T4 es muy grande.

Como el objetivo era poder apurar el sueño al máximo posible, decidimos no tomar nada en casa y esperar a nuestra llegada a Barajas para desayunar. La friolera de 10 euros nos cuesta dos cafés y dos pastas en una cafetería de Medas. En nuestro primer paseo por la terminal T4 ya percibimos una alarmante falta de enchufes que serían de agradecer para amenizar portátil en mano nuestra espera.

Anuncian por megafonía que debido a las medidas especiales de seguridad, los pasajeros que vuelen a Estados Unidos deben estar preparados para el embarque con 90 minutos de antelación. Nuestro vuelo sale a las 14:40, por lo que peligra levemente nuestro plan de tomar café con una amiga madrileña que no podrá llegar hasta las 12:00. Decidimos seguir adelante aunque el café vaya a ser más breve de lo previsto, y durante la espera conseguimos ver un capítulo de The Tudors enchufados a una de las estaciones de publicidad que Samsung tiene instaladas entre las puertas de embarque.

Terminan nuestros 50 minutos con Enrique VIII y, dado que nos queda tiempo, L echa mano de la Nintendo DS mientras yo empiezo a disfrutar de las BBC Proms de este año, dedicadas a Doctor Who con motivo de los 50 años del inicio de la serie británica. Lo que antes era una base Samsung con enchufes para dar y tomar, empieza a estar saturada y sin puertos libres según la T4 se ha ido llenando y la gente ha puesto a cargar sus iPhone. Y digo específicamente iPhone, porque teléfonos Android u otros de momento se están viendo poquitos.

Aunque no lo parezca, estoy en el Royal Albert Hall

Llega el momento en que nuestra querida Langly se pone en marcha para venir a vernos, así que salimos de la zona de tránsito para buscar la oferta de cafeterías que hay antes de los controles de la T4. Langly llega y acabamos hablando durante una hora de, principalmente, cuando vendrá a vernos a Mallorca, lo maravilloso que es Aaron Sorkin y su serie The Newsroom, y qué otros destinos visitaríamos a lo largo y ancho del planeta si fuéramos millonarios o nos dedicáramos a algo bien pagado y con poco trabajo. Políticos de élite, por ejemplo.

Nos despedimos y tardamos algo menos de 20 minutos entre volver a acceder a la zona de tránsito, tomar el tren lanzadera a la terminal T4S y alcanzar las puertas de embarque U. El control de pasaportes que debemos cruzar es anecdótico: podría llevar en el mío la foto de Batman y me hubieran dejado pasar del mismo modo.

Antes de alcanzar nuestra entrada al avión, nos queda un último control de seguridad que superar pero por ahora permanece cerrado. No hay premio para los primeros y la sala está llena de asientos libres, pero al parecer nuestros compañeros de vuelo consideran imprescindible permanecer sentado de pie haciendo cola frente a la cinta que bloquea el paso. Finalmente se abre el control y tras un rápido vistazo a la tarjeta de embarque, el pasaporte y la simple pregunta de “¿A qué vais a Estados Unidos?”, embarcamos puntualmente.

Quién nos va a permitir cruzar el Atlántico es el Airbus A340 “Agustina de Aragón”, que resulta que año y medio atrás sufrió daños en el morro tras impactar contra un buitre al poco tiempo de despegar. Obviamente esto no lo sabía en el momento de subir a bordo, lo he descubierto durante la documentación de este diario. Una vez más, rabia y envidia infinita al echar un vistazo a la primera clase que queda a mano izquierda cuando entramos al avión.

La encargada de que nuestro viaje empiece

La suerte parece que esta vez está de nuestro lado cuando todo el pasaje ha llegado a sus asientos: ningún niño sentado a menos de dos metros de nuestra posición. Tardamos un rato, exactamente el que pasó hasta que quisimos levantar el reposabrazos que nos separa, en descubrir que bajo él quedaba escondido un módulo de corriente con un enchufe universal y un conector USB. La emoción inicial se disipa rápidamente cuando comprobamos que no funciona pero al cabo de un rato, con el avión ya estabilizado en el aire, el piloto verde junto al conector se encenderá y podremos utilizar nuestro portátil sin necesidad de gastar batería.

Las entrañas de Agustina de Aragón
Definición gráfica de la felicidad

Reparten las azafatas versiones reducidas de la prensa nacional y anuncian que se servirá un almuerzo tras el despegue y una merienda antes del aterrizaje en Boston, eventos entre los cuales transcurrirán siete horas.

El almuerzo consiste en un plato a elegir entre lasaña de “verduritas” –en serio, así lo presentaban las azafatas- o una ración de albóndigas. Ninguno de los dos con muy buena pinta, y siempre acompañado de pastelito, pan y una ensalada tamaño Tyrion Lannister. Cuando un cómico menciona la comida de los aviones siempre es para referirse a que sabe a rayos, pero a mí lo que más me molesta es la cuestión del espacio. Con la minúscula bandeja en la que colocar estratégicamente todo el pack del almuerzo y el escaso espacio para maniobrar con los cubiertos, más que comer parece que estemos manipulando explosivos con tal de no derramar nada. Sé de lo que hablo, hace unos años pasé medio vuelo desprendiendo el atractivo aroma de una Coca Cola derramada sobre mi camiseta.

Como siempre, al almuerzo del avión le sucede poder elegir entre café o té. L, con razón, renunció hace mucho tiempo a probar el café de los aviones, pero a mí me gusta vivir al límite y nunca renuncio a una taza de sucedáneo en estos casos. Y en esta ocasión está sorprendentemente bueno.

Le resulta imposible a L conciliar el sueño, ya que pese a no ser un ruido de los que evocan a Herodes, un niño a seis asientos de distancia se pasa sollozando 2 de cada 3 minutos del vuelo. Yo seguiré con mi campaña por muy políticamente incorrecta que se considere, cosa que tampoco comprendo: un vuelo de más de una hora no es lugar para criaturas que todavía no están en edad de comprender cuando no se puede hacer ruido o consolarles para que dejen de hacerlo. Cuando un crío de 5 o 6 años te da un vuelo, la culpa es suya por cretino y de sus padres por no saber gestionarlo. Pero con un bebé ya no es una cuestión de negligencia: es que va a llorar sí o sí y no podrás hacer nada por evitarlo.

Algunos tienen más suerte intentando dormir a bordo

Esta vez no toca un avión equipado con pantallas para entretenimiento tras el respaldo de cada asiento. En su lugar, la megafonía anuncia que durante el vuelo se proyectará la película “Un gran golpe”, una comedia protagonizada por Colin Firth y Cameron Diaz. Verla no entra en mis planes y, de todos modos, desde los asientos 14J y 14L ver y distinguir algo de la pantalla colectiva más cercana es misión imposible.

Antes de que se inicie la proyección reparten pequeños paquetes con unos auriculares de intrauriculares obsequio de la casa. Un contraste con la gente de Air Europa, que los alquilaba y además se trataban de supraaurales, un tipo de auricular que deja mucho de desear a la hora de aislar el ruido del motor y el pasaje de un avión.

Dado mi nulo interés por la película cortesía de Iberia, echo mano del enchufado portátil y por fin veo la tan cacareada Star Trek: Into Darkness. La verdad es que me deja un poco frío, como era de esperar tras elevar mis expectativas a raíz de comentarios de conocidos. No falla: el único truco para que una película te sorprenda es no exigirle nada de antemano. Personalmente me parece una película de aventuras futuristas correcta, pero mi falta de simpatía por los personajes –vale, excepto Scotty- y un guión plagado de agujeros “Marca Lindelof” la arruinan.

Terminada Star Trek, aprovecho que ya tengo el cine personal montado para terminar con los últimos 15 minutos de las Doctor Who BBC Proms. Tal y como dijo un amigo que estuvo viéndolas en Londres la versión emitida por televisión está muy cortada, pero resulta la dosis justa y necesaria para renovar las ansias por que el próximo noviembre la serie regrese con su esperadísimo capítulo especial de 50 aniversario.

A dos horas de aterrizar, llega el turno de la merienda. Una cajita alargada que contiene un bocata hecho con pan trenzado, un yogur de albaricoque, una chocolatina Kit Kat en miniatura y un bizcocho. Todo muy aceptable salvo el bizcocho, que amenaza con dejarte con sed hasta que termine Cuéntame Cómo Pasó si te lo comes.

Un último tentempié antes del aterrizaje

A lo largo de todo el vuelo, de forma intermitente oímos una señal acústica que hace que siempre desviemos la mirada a la señal de abrocharse los cinturones para comprobar una y otra vez que no se ha encendido. A poco de aterrizar, mediante conversaciones ajenas entre un pasajero y un azafato descubrimos que se trata de que el pasajero en cuestión se ha pasado todo el viaje pulsando el botón de solicitar atención creyendo que era el que activaba la luz de lectura. Y claro, pedirle que asociara que cada vez que pulsaba el maldito botón se activaba la señal de atención y sonaba ese sonido, era mucho pedir.

Durante el anuncio inicial con las normas del vuelo se comunica literalmente que los móviles no pueden encenderse en ningún momento del recorrido, pero entre nuestros compañeros de viaje vemos numerosos smartphones encendidos utilizándose como reproductor de música. Así que nada, con la conciencia tranquila por haberlos apagado antes de subir a bordo con el modo avión activado, enciendo el mío para poder escuchar música y de paso entretenerme con alguna partida de parchís. L prefiere recurrir a esa Nintendo DS que arrastrará todo el viaje para encenderla solo hoy.

Una hora para alcanzar la ciudad de Boston y empiezan a repartir los habituales impresos de aduana. Por primera vez no vienen acompañados de otro papel que rellenar para entregar en los mostradores de inmigración. Echamos mano del pasaporte y la tarjeta de embarque, rellenamos todos los “no” necesarios para no provocar volvernos a casa, y llegan las 15:40 hora de la costa este cuando el avión toma tierra en el Aeropuerto Internacional de Logan. La toma de tierra tiene lugar segundos después de haber estado sobrevolando el lago poblado de embarcaciones ubicado exactamente justo a las pistas. A diferencia de otras ciudades donde la zona de rascacielos queda demasiado alejada, aquí ya podemos ver la silueta del distrito financiero de Boston desde nuestras ventanillas. El cielo de Massachussets nos da la bienvenida totalmente cubierto, pero lejos de esas nubes negras que anuncien una tormenta inminente.

Misión cumplida, milady

Hace dos años, la espera para nuestro turno en el control de inmigración del Aeropuerto de Los Ángeles nos llevó una más que interminable hora, en gran medida porque a nuestro vuelo le precedió uno lleno de turistas asiáticos que provocaban enormes problemas de entendimiento con los agentes del Servicio de Inmigración. Esta vez en cambio tenemos la suerte totalmente opuesta, ya que nuestro vuelo parece ser el único que ha tomado tierra en los últimos minutos y no es hasta más tarde cuando otro pasaje procedente de París se añada a nuestra cola.

Como siempre, pasamos el control por separado al no ser oficialmente una familia. Algo que nos llama la atención en comparación con otras ciudades estadounidenses, es que ni uno solo de los agentes es latino. El que me toca a mí tiene un inquietante parecido a Zeljko Ivanek y su eterna cara de villano, lo cual sumado a que habla a toda prisa y que yo ando desentrenado en mi inglés, provoca que me entienda con él peor que con nadie más durante el viaje. Pese a ello nos acabamos entendiendo sobre la duración y motivo de mi visita y recibo luz verde para bajar a las cintas de equipaje.

Desciendo la escalera y no encuentro a L, que inició su turno en inmigración segundos antes que yo, por lo que imagino que ha tenido una urgencia y debe estar en el baño. Sin embargo, no veo indicaciones para los servicios por ninguna parte. Al cabo de un rato aparece y me descubre que a ella, como lo decimos entre nosotros, “se la han llevado p’alante". Es decir, que tras las preguntas habituales, en lugar de dejarle marchar la han invitado a entrar en otro cuarto donde le harán otra serie de preguntas. Esto, según hemos leído en varias ocasiones y creo que tiene bastante sentido, puede venir provocado por una coincidencia parcial o total en el nombre con algún latino que esté siendo perseguido por la justicia. En mi caso, con apellidos poco latinos además de no tan habituales, jamás me han llevado al cuarto. En cambio, L y su hermano ya han sufrido un “paseíllo” cada uno.

La maleta de L aparece bastante pronto tras ponerse en marcha la cinta de equipaje, y la mía se hace de rogar. Por fin puedo respirar aliviado: la única vez que tuvimos problemas fue en nuestro primer vuelo a Nueva York, cuando debido a un retraso nuestras maletas fueron facturadas demasiado pronto y llegaron al destino mucho antes que nosotros. Esta vez, debido a la larga escala en Madrid, era un caso similar, por lo que algún temor albergaba de que volviera a ocurrir lo mismo.

Se acabaron los controles, al abandonar la sala de recogida de equipajes el agente de aduanas nos deja pasar sin más. Cogemos un mapa de una estantería con folletos de información, y seguimos las indicaciones de un empleado para tomar frente a la terminal el autobús gratuito número 33 que nos llevará a la estación de metro más cercana.

Por ahora el clima es cálido, y se nota humedad por estar en la costa. Sin embargo, no es nada insoportable para unos residentes en esa olla a fuego lento en agosto que es la isla de Mallorca.

Llegamos a la estación y todo resulta un poco caótico para poder tomar nuestro tren de la Blue Line. Queremos dos billetes sencillos, pero no existen. En su lugar, hay que indicar en las máquinas qué importe quieres que venga cargado en la tarjeta, y es labor tuya conocer qué cantidad te va a exigir el sistema para salir en tu estación de destino. Tras preguntarlo a un empleado, averiguamos que son 2,5 dólares por cabeza. Hubieran sido solo 2 dólares por persona en caso de haber tenido una “CharlieCard”, pero creo que para obtener una es necesario una identificación ya que se trata de tarjetas individuales. En su lugar pagamos los 5 dólares y obtenemos así una “CharlieTicket” cargada con lo necesario para llegar a nuestro hotel.

Cuatro paradas después, salimos finalmente a las calles de Boston en la estación de Government Center. Aparecemos junto al City Hall y rodeados de locales de Starbucks, Dunkin’ Donuts, Bank of America, CVS Pharmacy, 7 Eleven… sí, parece que hemos llegado al país previsto. Arrastramos las maletas dos manzanas hacia el sur y topamos a nuestra izquierda con el cementerio de King’s Chapel, pisando ya en la acera los adoquines rojos que indican el itinerario de la Freedom Trail. El siguiente cruce es el que sucede con School Street, y a 10 metros a mano izquierda nos encontramos nuestro hotel.

Nuestra elección de alojamiento ha sido el Omni Parker House. Se trata de un edificio que, tanto en su fachada y marquesina como en sus salones interiores, nos recuerdan enseguida a la arquitectura clásica del Roosevelt Hotel en Nueva York. En este caso la reserva la realizamos a través del portal Hoteles.com beneficiándonos de un código del 10% de descuento, y el importe total por una estancia de 3 noches es de 402,61€ que pagamos meses antes al realizar la reserva.

El proceso de check-in va como la seda, recibiendo la bienvenida a Nueva Inglaterra de la mano de la amable Stephanie, junto a dos tarjetas que nos dan acceso a la habitación 1452, ubicada en la planta más alta del edificio. Como siempre, unos días antes de nuestra llegada enviamos un correo al hotel con nuestras preferencias de un cuarto en la planta más alta posible y lejos de vestíbulos, máquinas de hielo y cualquier otra fuente de posible ruido. En esta ocasión, atienden nuestra solicitud de principio a fin.

Soltamos las maletas, desempaquetamos ciertas cosas y probamos la conexión a Internet de 3 Mbps de velocidad, la cual cuesta 10 dólares por día. A nosotros en cambio nos sale gratis gracias a habernos registrado sin coste en el programa de fidelidad “Select Guest” de la cadena Omni e indicar nuestro “número de cliente” en la reserva. El portátil me escupe un pantallazo azul de error si intento abrir demasiadas pestañas con el navegador, pero de eso no tiene culpa el hotel.

Hacemos una ronda mínima y rápida por las redes sociales, envío el correo electrónico de rigor a la familia avisando de que todo ha ido bien, y nos tumbamos a hacer zapping. Chorrocientos canales de deporte y todos se ponen de acuerdo para retransmitir fútbol americano. Unas emisoras más adelante, me encuentro con USA Network emitiendo Indiana Jones & The Last Crusade. Clásico de mi infancia me sé los diálogos en español al dedillo pero nunca la he visto en versión original, así que llega el momento de arreglarlo.

Voy al baño de la habitación y encuentro una grifería tan clásica como el resto del hotel, de la que quedo tan prendado que se merece una foto.

He quedado enamorado de esta grifería

Tras descansar durante algo más de una hora mientras Indy y el Dr. Jones huyen de los nazis, salimos a la calle ya de noche para examinar los alrededores del hotel. Evidentemente, mucha oferta de cadenas de comida rápida, así como una curiosa concentración de joyerías con nombres que sugieren que están regentadas por judíos. Encontramos un enorme Walgreens, cadena de supermercados de la cual bastantes locales permanecen abiertos las 24 horas. Tiene una sección de yogur helado al estilo “háztelo tú mismo” que convendría revisitar. Compramos una bandeja de fruta para L y una ensalada para mí, y nos hacemos con un pack de cubertería de plástico sin coste poco antes de pasar por las cajas.

Primera noche yanki, y comemos sano...
... muy sano

De vuelta al hotel, encuentro tirada en el piso del ascensor la tarjeta de otra habitación, y aprovecho el viaje hasta el mostrador de recepción para confirmar que no se me aplica ningún cargo adicional por el uso de Internet. Parece que mi nivel de inglés ha mejorado respecto al titubeo nervioso en inmigración. Vuelvo a disfrutar de estar en este país. Estamos en marcha.