Cala Santandria, Es Talatí de Dalt, Es Castell y regreso

8 de septiembre de 2012

Nuestra última mañana en Menorca empieza a las 7:45. El equipaje queda listo en apenas unos minutos: ventajas de traer en el coche una súper-maleta con la cual no hay que esforzarse mucho para que cierre tras colocar todo el equipaje dentro. En nuestro último desayuno, las destacables napolitanas han desaparecido dejando paso a otras más bien normalitas. Un símbolo de lo que ha sido desayunar y cenar en el Prinsotel Sa Caleta: una continua decepción.

Hemos decidido que en nuestro última mañana daremos una oportunidad a la cala que más hemos visto a lo largo de nuestra estancia: Cala Santandria, la que nos daba los buenos días desde la terraza de la habitación. El agua está muy fría y la arena muy dura, sensaciones que ya nos dio Son Saura pero aquí se multiplican. Lo mejor para nosotros es, sin duda, ver como los ocho patos aquí afincados se pasean de un lado a otro sin prácticamente miedo alguno por los turistas.

Desde bien prontito una familia completa se dedica a entrar y salir nadando de la cala a lo largo de sus varios cientos de metros repetidas veces, en lo que me parece una práctica la mar de sana si tienes la suerte de contar con una casita a pie de playa. La primera hora transcurre con prácticamente toda la cala para nosotros, hasta que llega una familia de alemanes y considera que, de entre los más de 100 metros que se extiende la orilla, el lugar perfecto es a escaso metro y medio de nuestras toallas. Ya son ganas de tocar las narices.

El bar situado prácticamente sobre la arena sube sus persianas y el encargado reparte patatas fritas entre los patos del vecindario. Ellos encantados. Entre el clima y la comida, yo también pensaría seriamente instalarme aquí si tuviera pico, plumas y membranas en las patas.

Tenemos una hora de margen para abandonar la habitación cuando decidimos aprovecharla por última vez. Una ducha y a sacar las cosas por el acceso trasero para tener que arrastrarlas menos hasta el coche. El checkout en la recepción apenas nos lleva un minuto.

Con prácticamente todo el día por delante -no debemos estar cerca de la estación marítima hasta dentro de 6 horas-, decidimos terminar el viaje con la actividad más repetida durante estos días: conducir hasta Maó. Por cuarta vez atravesamos la Me-1 prácticamente de punta a punta, con especial atención a los radares de velocidad situados en el obligado paso a través de Es Mercadal. Con un límite de 50 km/h por entrar en núcleo urbano, no es difícil que en un despiste una inesperada carta llegue en el correo tras pasar por aquí.

Llegamos a Es Talatí de Dalt, perfectamente señalizado cuando apenas nos separaba un kilómetro de los límites de la ciudad de Maó. A razón de 4€ la persona y tras atravesar un par de fincas con vacas para llegar a la entrada, accedemos a uno de los más completos yacimientos prehistóricos de la isla. Un itinerario bien marcado atraviesa 13 puntos de interés, incluyendo varias casas milenarias, un gran talayote fácilmente escalable y la estrella del recinto, una gran taula que en este caso se caracteriza por aguantar el peso de un pilar contiguo que debió desplazarse en algún momento de la historia.

Siempre teniendo en cuenta para la valoración la antigüedad de las construcciones, la visita a Es Talatí de Dalt es muy recomendable. Tiene variedad de instalaciones, el área que cubre no es excesivamente grande por lo que su visita no quita demasiado tiempo y energía, y en épocas del año como la que nos ocupa a nosotros se puede contemplar en un ambiente de tranquilidad.

Zanjamos las visitas de ruinas para empezar a pensar con el estómago. No muy lejos de aquí podríamos alcanzar Trepucó, otro poblado prehistórico de notable popularidad, pero dos visitas consecutivas a emplazamientos del mismo tipo quizás es demasiado, más si cabe cuando las ruinas prehistóricas tampoco es la mayor de nuestras pasiones. En su lugar ponemos rumbo a Es Castell, situado a escasa distancia al norte de Maó.

Es Castell nos recibe con 28 grados pero un notable bochorno, y paseamos hasta los miradores que apuntan al pasillo que recorren los barcos cuando realizan su entrada por el este de la isla hasta su capital. Antes hemos cruzado una enorme plaza que, en un segundo vistazo, descubrimos que está rodeada por antiguos cuarteles militares, algunos de ellos aparentemente abandonados, otros reconvertidos, y otros sin perder del todo su esencia, por ejemplo, albergando una comisaría. A un par de calles hemos dejado el desvío que lleva al Barceló Hamilton, un hotel solo para adultos que probablemente hubiera sido nuestra elección de no haber preferido en esta ocasión dar prioridad a la cuestión económica.

Llegamos a la calle y número donde nuestras notas indican que se encuentra el Restaurante España, una recomendación directa de un amigo que conoce la isla al dedillo. Sin embargo, nuestra suerte con los restaurantes no iba a cambiar en el último día del viaje: precisamente hoy está cerrado. Al igual que muchos de los locales que más apetecibles resultaban, quedando solo abiertos los más cercanos al puerto de Es Castell, claramente turísticos y con precios en consonancia. Quizás influya en tanto negocio cerrado el hecho de que estemos en plena víspera de las fiestas de la Virgen de Gracia, día grande para Maó.

Creemos que el estómago todavía es capaz de resistir un rato más sin comer y decidimos poner rumbo de regreso al oeste de la isla, no sin antes hacer una parada repentina en una de esas granjas a pie de carretera que anuncian venta directa de productos de la tierra, concretamente quesos. Pero la suerte sigue siendo esquiva: la valla anuncia que excepcionalmente, la granja está hoy cerrada con motivo del puesto habilitado en el mercadillo de Ferreries. De haber sabido que teníamos un mercadillo de productos típicos disponible esta mañana, probablemente hubiera sido una de nuestras paradas.

Prácticamente regresamos al que ya ha dejado de ser nuestro hotel, ya que para comer nos decantamos por un sitio que vimos anunciado ayer en octavillas sobre los parabrisas de los coches de Cala Blanca. Se trata de Ocean, un restaurante que anuncia a bombo y platillo sus menús por 10 euros con un buen surtido de opciones tanto para el primer plato como para el segundo. Y además, otro más que incluye piscina para sus clientes.

El local está vacío a nuestra llegada y no albergaría más que 3 o 4 parejas a lo largo de nuestra estancia. La comida, lamentablemente, hace honor al precio y es básicamente precocinada y calentada. L hace la interesante observación de que tras la puerta blanca no se oye ruido de hornos ni sartenes: solo microondas. Aún así nos parece suficiente para salir del paso y de no ser porque toda nuestra ropa ya está empaquetada en el maletero, probablemente hubiéramos probado la piscina.

Con el estómago lleno, el coche cargado con todas nuestras cosas y ya situados en las cercanías de la Estación Marítima, se nos presentan por delante unas tres horas en las que no tenemos ni idea de qué hacer. Empezamos parando en un mirador que queda exactamente en el punto intermedio entre los diques de la estación y la torre de defensa contigua al que ha sido nuestro hotel. Ahora que se tapa el sol, la brisa que corre es tan agradable que permanecemos un largo rato sentados sobre dos rocas observando a los barcos pasar intermitentemente en dirección de Ciutadella. Casi en fila aparecen las 4 embarcaciones que cada día llevan a cientos de turistas a las playas del sur de la isla.

Con todavía dos horas por delante, nos plantamos en la estación y nuestro barco no está por ninguna parte. Parece que Iscomar apura los horarios al máximo para mantener los barcos parados el menor tiempo posible. Tras haber pasado por las taquillas de la estación y confirmar que la tarjeta de regreso que obtuvimos en Port d'Alcúdia es ya definitiva y válida para la vuelta, no es hasta las 18:30 cuando el mismo navío que nos trajo aparece y descarga unos cuantos pasajeros y apenas un puñado de vehículos. Esta vez mi coche se libra de recorrer la angosta pasarela elevada y me orientan para que aparque sin mucho esmero en uno de los laterales de la bodega. Al parecer no vamos ni mucho menos al máximo de aforo del garaje y no hace falta apurar demasiado las distancias. Detrás de mí empiezan a acceder al interior autocares y camiones con carga pesada. Prefiero no quedarme a ver el espectáculo de moles de toneladas maniobrando a escasos metros de mi coqueto Grand Modus.

Todavía con los motores apagados accedemos a la cubierta más alta, que como todas las demás hoy sí que permanece abierta gracias al buen tiempo y las aguas calmadas. Estando asomados a la pasarela el barco empieza a virar y en el giro que realiza para cambiar el rumbo nos da unas buenas vistas al que otrora fue el pasillo de acceso al Port de Ciutadella. Tal y como ya observé cuando lo vimos desde tierra, hay que tener muy claro el oficio para meterse por ahí con un gran buque y fuertes mareas.

Nos sentamos en exactamente las mismas butacas que a la ida, y todos los televisores del buque empiezan la proyección de la película excepto el de nuestra sala. Tras avisar a la tripulación y arreglarlo, al cabo de unos minutos aparece Transformers 2 en pantalla. Hoy sí que tiro por mi cuenta: con las aguas tranquilas y varios enchufes repartidos por la estancia, las 2,5 horas de trayecto se me pasan volando alternando jugar con el móvil y ver un par de capítulos de Doctor Who en mi portátil.

Durante la travesía, no mucho después de salir y con el cielo ya oscurecido, enseguida podían distinguirse desde cubierta las luces parpadeantes de varios faros del litoral norte de Mallorca. Llegamos y tras la espera de rigor para poder bajar al garaje, mi coche es el último en tomar tierra. Debo abandonar el puerto y recorrer apenas unos metros en carretera para acceder a la estación por la entrada principal, donde L ya está esperándome.

Nos queda por delante una eterna hora de autopista de noche y con poco tráfico, en las que el único pensamiento es llegar a casa y caer redondos en la cama llevados por la modorra de casi 3 horas surcando los mares. Mañana ya habrá tiempo de deshacer equipaje y hacer balance de un viaje que, luchando contra viento y marea, nubes y lluvias, dolores de cabeza y de estómago, finalmente ha resultado bastante satisfactorio.

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