Pedreres de s'Hostal, Café del Nord y Punta Nati

5 de septiembre de 2012

El día amanece fresco en el exterior y con unas décimas de fiebre para L. La primera impresión es que hoy tampoco tocará descubrir playas menorquinas. Bajamos a desayunar en cuanto abre el comedor a las 8, para evitar que la gente se acumule. Hoy el café parece haber mejorado sensiblemente respecto a la mañana anterior. No abusamos del buffet (yo por conveniencia, L porque no se atreve por su malestar) y subimos a la habitación a la espera de que el ibuprofeno obre su magia. Mientras, Doctor Who me hace compañía tumbado en la cama.

Alrededor de las 10 de la mañana L da luz verde y emprendemos la marcha. Solo por si acaso, llevamos encima bañadores y toalla en una mochila, para no tener que volver hasta el hotel si el escenario cambia. Por ahora empezaremos con una excursión cercana, a la Pedrera de s'Hostal.

Situadas a escasa distancia al este nada más salir de Ciutadella, la Pedrera de s'Hostal es una mezcla de viejas y nuevas canteras de piedra convertidas en atracción turística. Tras coger la bien indicada salida de una de las inevitables rotondas, dejamos el coche en un parking hasta ese momento vacío y accedemos a la recepción. A cambio de 4 euros por persona conseguimos acceso a las canteras, un mapa con los posibles itinerarios y una breve introducción a lo que podemos encontrar. Nos advierten de que el itinerario principal está señalizado mediante flechas azules y eventualmente pueden aparecer flechas verdes para iniciar rutas alternativas como, por ejemplo, la que lleva hasta un pequeño y oculto jardín medieval.

Empezamos la travesía, inicialmente parándonos en todos los miradores marcados mediante el dibujo de un ojo abierto. Ya en las primeras paradas tenemos algunas de las vistas más, por lo menos, curiosas: las que se asoman al interior de dos enormes huecos en la tierra con claras marcas de cada uno de los bloques de piedra que en su día se extrajeron. Más adelante, en el tramo final del itinerario, podremos descender hasta la base de dichas fosas.

Según avanza el recorrido, nos adentramos en un laberinto de caminos entre la vegetación al que no le falta encanto. Lo que nos falta a nosotros, y especialmente a mí, es mejor sentido de la orientación para no perder la referencia tras un par de desvíos. Pese a ello terminamos alcanzando nuestro objetivo: el pequeño jardín supuestamente medieval oculto entre la maleza. Y qué bien que lo encontramos: es un pequeño remanso de paz en el que pasamos un largo rato sin más sonido que el del viento y el agua que cae de las fuentes.

Superado el jardín, seguimos el camino -que vuelve a consistir en tortuosas rutas entre los arbustos- hasta alcanzar el último hito: el descenso a las canteras. Es aquí, rodeado de restos de maquinaria, cuando te das cuenta de que han conseguido el sueño de todo jubilado: hacer de una obra un punto de interés cultural e histórico.

Ya de vuelta al aparcamiento, el sol lleva largo rato acompañándonos intensamente durante la excursión. Lo cual, junto al hecho de llevar en el maletero del coche toallas y bañadores, significa una cosa: vamos a intentar hacer nuestra primera incursión en las playas. Me cambio antes de ponernos en marcha y salimos hacia la rotonda con el desvío a todas las playas. Pero antes de llegar la esperanza se disipa: en los letreros luminosos previos al desvío los aparcamientos de Cala Turqueta y Son Saura ya están en rojo. Solo el de Cala Macarella continúa en verde. Por ese único motivo no desistimos y seguimos nuestro camino.

Pero no iban a tardar en irse al traste todas nuestras opciones. Tras tomar el mentado desvío (el cual, ya desde los primeros metros, se convierte en una de las famosas carreteras menorquinas que desafían el cruce entre dos vehículos), en apenas un par de kilómetros nos topamos con una retención. Una retención promovida por el hecho de que en un cruce más adelante están informando a los conductores de algo, probablemente de que no hay plazas en ninguna de las calas y no es recomendable tomar la angosta carretera porque podría provocar todavía más retenciones. Nosotros, que todavía lo vemos desde lejos, decidimos a los pocos minutos de espera que las 12 del mediodía definitivamente es una mala hora para decidir ir a la playa. Aprovechamos un pequeño vado como escapatoria para dar la vuelta y abandonar nuestro intento.

Paramos puntualmente en el hotel (que prácticamente nos viene de camino) para ponernos ropa más fresca, tras achicharrarnos en las canteras con ropa para menos de 30 grados. Repetimos la ruta de ayer hasta Maó con una doble intención: la de visitar la capital de Menorca, y quitarnos antes la espina de habernos encontrado el restaurante de Fornells cerrado el día anterior.

Llegamos de ese modo alrededor de las 13 horas a Platges de Fornells donde, esta vez sí, el Café del Nord tiene las puertas abiertas. Como primeros comensales del día, inauguramos la terraza en la que nos reciben con toda hospitalidad, tal y como auguraban los comentarios que habíamos encontrado en la red. No necesitamos mirar durante mucho tiempo la carta, sabemos a lo que venimos: menú menorquín que incluye degustación de entrantes, una caldereta para dos, bebida y postre. 35 euros por persona.

La degustación consiste en tres pequeños platos para hacer tiempo mientras la caldereta de langosta se prepara. Para empezar, un crujiente de hojaldre con sobrasada y miel. A continuación un buen plato de gambas a la plancha. Y para terminar otra buena ración de mejillones al vapor. Para estas alturas ya hemos dado buena cuenta de los cuencos de agua con limón que nos han traído para lavarse las manos.

Y entonces llega la caldereta. Tras instalar junto a nosotros una mesa accesoria, llega el caldero recién salido del fuego y el camarero sirve la justa proporción de caldo y langosta. Nos trae también un buen plato de láminas de pan, aunque recomienda no abusar de él ya que la caldereta es sustanciosa por sí sola. Probamos al fin el famoso plato insignia de Fornells en particular y Menorca en general, echando eventualmente mano de las pinzas para lidiar con los trozos de langosta más rebeldes. Supongo que sí a nosotros que no sabemos valorar especialmente el supuesto sabor exquisito de la langosta nos parece un buen plato, es porque realmente debe ser muy bueno.

Cierra la velada un postre de helado de queso de Maó, curioso y más suave de lo esperado. Nos despedimos así de, probablemente, una de las opciones con mejor relación calidad-precio para saborear la comida tradicional menorquina. Además, con unas vistas inmejorables a Cala Tirant.

Pero no todo son buenas noticias. Durante la comida, el dolor de cabeza de L que parecía haber remitido ha vuelto a hacer aparición y va ganando en intensidad. Aumentando de tal manera que decidimos abortar los planes de continuar hasta Maó y volver al hotel para intentar que descanse un par de horas. Si para entonces se encuentra mejor, ya improvisaremos algún plan alternativo sin abandonar la costa oeste de la isla. Esperamos que otro día pueda ser el turno de Maó, La Mola y la compra de quesos típicos.

En el regreso ya no hace falta siquiera activar el GPS del teléfono. Al final todo se reduce a la misma vía principal (la Me-1) y recordar en qué rotonda hay que girar según cuál sea tu destino. Incluso vamos ya adelantando a coches de alquiler; resulta difícil resistirse cuando alguno apenas supera los 50 km/h en vías con límite de 80...

Algo más de dos horas después, el descanso en la cama del hotel parece haber sido buena idea. Rondan las 18 horas cuando volvemos a salir, esta vez para volver a Ciutadella. Volvemos a aparcar en el acertadísimo y gratuito paseo de Sant Nicolau, en esta ocasión frente al portal número 13, todavía más cerca de la plaza del ayuntamiento con aparcamientos de pago.

La misión: comprar unas abarcas. Se trata de un calzado muy típico en la isla, una especie de zuecos con una suela que recuerda al perfil de un neumático y asidas al pie mediante dos tiras de cuero que dejan espacio para respirar a la zona intermedia. Traemos anotada de casa la dirección de una supuesta buena opción para comprarlas, pero tras media hora dando vueltas por el casco antiguo empiezo a pensar que o bien la tienda se encuentra atrapada en un bucle temporal, o bien es como el andén del tren a Hogwarts, porque no hay ni rastro de ella. Para colmo, cuando finalmente se aparece frente a nosotros -en una calle por la que habíamos pasado seis veces-... resulta que de abarcas ni rastro. Se trata de una zapatería más bien selecta que solo tiene calzado más tradicional de marcas reconocidas.

Así que finalmente L decide comprar sus abarcas en una tienda claramente enfocada a turistas de la plaza del ayuntamiento, con un precio muy similar al que habíamos ido observando por todas partes: 23 euros.

Cumplida la misión, toca esta vez desplazarse hacia la punta noroeste de la isla, donde se encuentra el faro de Punta Nati. El camino es bonito, una carretera estrecha –pero no la peor- escoltada por carril bici a ambos ladas y aislada del campo a través mediante muros de empedrado de medio metro de altura. La idílica imagen se estropea cuando apenas nos quedan unos cientos de metros para alcanzar el faro: al parecer, no hay ninguna zona habilitada para aparcar y los coches no tienen otra opción que irse apilando en uno de los laterales de la carretera. Para colmo, algún espabilado ha decidido ser muy especial y aparcado su coche en el lado contrario al resto de vehículos, provocando un caos considerable cuando van llegando nuevos turismos y algunos pretenden marcharse.

Nos lo pensamos pero finalmente, gracias a un hombre con aspecto de jubilado que decide tomar las riendas momentáneamente, conseguimos avanzar para dar la vuelta y dejar el coche en el lateral adecuado, ya apuntando hacia la salida para cuando nos decidamos marchar.

Lo que apenas iban a ser unos segundos en coche, se convierten en 15 minutos a pie bajo un calor importante para alcanzar el faro. Faro que, para variar, no permite llegar hasta él y obliga a rodear su perímetro delimitado por un muro. Lo superamos y llegamos hasta los acantilados, en los que ya hay bastante gente esperando a la puesta de sol, principal motivo por el que la gente viene a este lugar. Los más previsores y precoces han cogido sitio en lo alto de pequeños talayotes y vienen equipados incluso con neveras portátiles.

Sentados de forma precaria en las mejores rocas que hemos encontrados y tras un buen puñado de disparos de la cámara de fotos, el sol se despide elegantemente de un cielo totalmente despejado y empezamos a enfilar casi todos los presentes el camino de vuelta. La sensación es parecida a cuando la masa se deja arrastrar por las calles tras finalizar un partido en el Camp Nou. Se reanuda el pequeño caos de coches que intentan avanzar, pero nosotros tenemos suerte y al alcanzar el nuestro no sufrimos problemas para ponernos en marcha.

El GPS nos invita a llegar a nuestro hotel atravesando de nuevo el centro de Ciutadella, pero decidimos por nuestra cuenta que será menos problemático recurrir a la "Ronda" y sus incontables rotondas. Ya en la habitación no tenemos prisa por cenar, ya que L sigue convaleciente por la fiebre y yo empiezo a sentir dolor de estómago. Lo siento hasta el punto de recurrir al retrete justo a tiempo para no dejar a L sola en el buffet y acompañarla durante la cena sin que la visión de comida me dé arcadas. Incluso me atrevo a asentar el estómago con un poco de gazpacho y cuatro macarrones contados, pero sin éxito: no tardarían en seguir el mismo camino. Cuesta, pero finalmente nos dormimos con la esperanza de que mañana ya no persistan los problemas de salud. No tendríamos esa suerte.

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