Monte Toro, Faro de Cavalleria, Torre de Fornells y Binibeca Vell

4 de septiembre de 2012

Contra todo pronóstico, la cama del hotel nos ha dado una tregua y hemos descansado mucho y bien, cosa que necesitábamos urgentemente. Tanto L como yo somos un tanto especiales en materia de colchones, y no es raro que nos toque en gracia una cama que nos provoque agudos dolores de espalda.

El cielo nos da los buenos días despejado, pero la previsión es de que en cualquier momento volverán los nubarrones y echarán por tierra toda opción de disfrutar de las playas. En su lugar dedicaremos el día de hoy a hacer kilómetros y visitar cosas relativamente lejanas a la zona de nuestro hotel.

Visitamos por primera vez el desayuno del Prinsotel Sa Caleta. Ni bien ni mal, más o menos lo que uno espera encontrarse. Nadie nos marca la tarjeta, aunque más adelante pudimos comprobar que era por llegar a los pocos minutos de iniciarse el servicio. Lo mejor, las napolitanas de chocolate y el batido de fresa natural recién preparado. Lo peor, el café, lejos de las bazofias de hotel norteamericano pero aún así bastante malo.

Mientras desayunábamos, la AEMET se ha marcado un tanto y ha empezado a diluviar. Con tanta fuerza que nos resulta imposible salir del edificio principal hacia la villa, así que como la gran mayoría de huéspedes que estaban desayunando nos quedamos en la zona de sofás junto a la recepción. Cuando la espera ya se está alargando demasiado y no se nos ocurren más formas de entretenimiento con el móvil, decidimos que es hora de correr y alcanzamos lo más rápido posible nuestra villa. Puestos a esperar a que la lluvia descargue, mejor hacerlo tumbados en la cama.

Debían acercarse a toda velocidad las 10 de la mañana cuando la tormenta deja paso a un leve chispeo. Decidimos aprovechar la tregua para ponernos en marcha en dirección al este. Al salir de la habitación nos topamos con la mujer de la limpieza, que me caza enseguida el acento y me pregunta si soy de Barcelona. A lo que toca el clásico discurso de "sí, pero no". Ya no sé ni de dónde soy.

Hay que ser muy despistado para coger una carretera equivocada en Menorca. Entre la ofensiva cantidad de rotondas y la buena señalización de las salidas de éstas, no cuesta nada alcanzar la Me-1, arteria principal del tráfico en la isla que une Ciutadella con Maó, y empezar a atravesar verdes prados con caballos y vacas suizas como las de los anuncios, blancas con manchas negras.

La velocidad máxima es de 80 km/h, aunque algunos conductores locales que ya se conocen el camino alcanzan fácilmente los 100 km/h. De todos modos, siempre hay algún turista que va más lento de lo que debería, así que los eventuales tramos en los que aparece un segundo carril para vehículos lentos son de agradecer. Nos sorprende ver que el terreno es menos llano de lo que esperábamos, sufriendo subidas y bajadas bastante pronunciadas a menudo. Es un buen lugar para hacer turismo en bicicleta, pero conviene estar en forma.

Siguiendo rumbo a Maó alcanzamos el pueblo de Es Mercadal. Si siguiéramos nuestro curso actual, alcanzaríamos la capital de la isla. Sin embargo, desde aquí se toma el desvío para iniciar el ascenso al monte Toro, el punto de más altitud de Menorca pese a elevarse tan solo unos 300 metros. La subida es muy asequible incluso para un conductor como yo que no disfruta especialmente de los ascensos de montaña. En apenas 3 kilómetros alcanzamos un aparcamiento con plazas de sobra, aunque probablemente en pleno verano esté mucho más saturado.

Se dice que desde Toro puede observarse el perímetro completo de la isla. Incluso que en días despejados es posible distinguir claramente tierra mallorquina. Sin embargo hoy no es el caso, y lo más vistoso que encontramos es la costa norte de Menorca, más concretamente la bahía de Fornells acompañada de la Torre del mismo nombre en un saliente y el faro de Cavalleria en otro. Precisamente sobre Fornells vemos claramente como unas oscuras nubes están descargando su ira. Y han debido escucharnos, ya que en cuestión de segundos pasamos de cuatro gotas al enésimo diluvio universal. Nos metemos en el coche para refugiarnos durante los 30 segundos que dura el chaparrón.

Seguimos disfrutando de las vistas para finalmente iniciar el descenso. Descenso liderado por un abuelo a los mandos de un Jaguar que parece desconocer que hay vida más allá de los 20 kilómetros por hora. Al alcanzar la base del monte, en lugar de retroceder por nuestros pasos seguimos hacia el norte en dirección Fornells para enseguida tomar el desvío hacia el faro de Cavalleria.

Aunque inicialmente parecía bien señalizado, según avanza la carretera la misión de alcanzar el faro comienza a complicarse. En algunos cruces las señales son tan minúsculas que los vehículos deben detenerse totalmente para forzar la mirada y poder leerlas. Cuando el camino ya es muy estrecho y pobremente asfaltado, la falta de señales nos lleva a un callejón sin salida donde se encuentra el Ecomuseo. A varios cientos de metros de distancia el faro nos mira con sorna 90 metros por encima del nivel del mar.

Volvemos sobre nuestras marcas y, cuando empezábamos a plantearnos desistir, decido adentrarme en un camino de tierra más propio de una vía particular que de la ruta que debe llevarnos hacia el faro. Nada más lejos: ése era el camino, y tras unos últimos minutos de terreno complicado con baches, piedras sueltas, y vistas despejadas a lado y lado, dejamos el coche en el arcén para caminar hasta el punto más al norte de Menorca.

El perímetro del faro está cerrado pero se puede bordear fácilmente. Se alcanzan así varios miradores naturales en altura, con vistas a la isla de Porros que recibe el nombre por su fauna, nada que ver con cigarrillos de la risa. En las cercanías del precipicio se encuentran cuevas naturales, en las que un simple vistazo y mantener intacto el sentido del olfato matan nuestra curiosidad. Aquí dejo un video que delata el vendaval que nos recibe al asomarnos al mirador.

Alejarse del faro es todavía más agradecido que la aproximación, ya que durante el descenso hay buenas vistas hacia la torre de Fornells y Playas de Fornells, una pequeña urbanización en el lateral oeste del saliente. Es a la torre hacia donde nos dirigimos, cruzando inevitablemente para ello el pueblo de Fornells.

Aparcamos al pie de la pequeña cuesta que supone el ascenso hasta la torre. Una subida corta pero intensa por lo pronunciada que es, dejando a mano izquierda una pequeña ermita de la Virgen de Lourdes. La situación de la torre, en lo más alto de la pequeña colina, ofrece buenas vistas tanto del mar por el norte (acompañadas del otro saliente, con el faro de Cavalleria), como del pueblo de Fornells al sur con el Monte Toro vigilando en el horizonte. Solo es necesario pagar entrada para acceder al interior de la edificación, cosa que no hacemos.

En esta explanada, al igual que en prácticamente todas partes desde que llegamos a la isla, estamos rodeados de niños pequeños y no tan pequeños. Lo cual, por una cuestión de probabilidad (basta con que lo hagan el 10%, siendo tantos), conlleva un escándalo continuo de gritos, llantos y berridos varios. Ésa es la otra cara de considerar a Menorca el destino más "familiar" de Baleares: que se llena de gente con niños buscando un espacio tranquilo. Claro que a cambio de eso la tranquilidad se la joden a los menos tolerantes con la infancia, como es nuestro caso.

Abandonamos la torre para dirigirnos a la pequeña urbanización de Playas de Fornells, accesible a través de un desvío a mano derecha poco después de abandonar Fornells. Uno de los atractivos de toda esta zona es la "caldereta de langosta", y para probarla tenemos echado el ojo a un sitio, el Café del Nord, con una buena relación calidad/precio y buenas opiniones de sus clientes.

Sin embargo, tras aparcar en pleno mirador a escasos metros del local, nos llevamos la sorpresa de que está cerrado lunes y martes, cosa de la que no nos habían informado en ninguna parte. Por la hora que es y las pocas ganas de dar muchas vueltas, decidimos dar una oportunidad al local colindante, Es Cactus, que ofrece un menú bastante completo con bebida y postre por 16 euros. Tratándose de un sitio tan bien situado, parece un buen trato.

De primero nos sirven unas sustanciosas crepes de verdura para ella y un gazpacho al estilo IKEA para mí. Estilo que viene de servirse "a pelo" y ofrecer en una bandeja aparte los ingredientes adicionales que tú quieras echarte: pimiento rojo y verde, cebolla, picatostes, pasas. Por supuesto, me los echo todos. De segundo a mí me sirven un roast beef muy jugoso y para L confunden entrecot a la pimienta con entrecot a la plancha, pero le da el visto bueno y se lo queda. Decidimos no probar la caldereta con la previsión de volver un día a la misma zona, pero de haberse dado el caso las langostas esperaban vivitas y coleando en un acuario en el interior.

Las raciones en Es Cactus son tan generosas que cuando acabamos no podemos dar un paso más. Según ha avanzado el mediodía el sol aprieta con más fuerza, pero el viento lo compensa. Varios metros por debajo de nuestra altura vemos la orilla de Cala Tirant, en la que un puñado de windsurfistas está aprovechando las fuertes olas. Como a estas horas visitar una playa sin esperar que esté abarrotada resulta imposible, decidimos seguir con nuestra agenda de visitas a puntos de interés. Y lo hacemos cambiando radicalmente de ambiente para dirigirnos al sureste, a Binibeca Vell.

Tomamos la carretera que va de Fornells hasta Maó para una vez alcanzada la capital seguir las indicaciones hacia Sant Lluís. El GPS nos juega una mala pasada y nos manda a una carretera con más pinta de camino para burros que vía secundaria. El desvío nos lleva tras 15 eternos minutos esperando no encontrar ningún coche en sentido contrario hasta el pueblo de Llucmassanes. Y donde digo pueblo me refiero a tres casas y seis vacas. Sale a pareja de ganado por vivienda.

Descubierto el encanto oculto de Llucmassanes, retomamos la senda hasta Sant Lluís para finalmente tomar las indicaciones hacia Binibeca. Binibeca Vell, concretamente, que es un pequeño pueblo pesquero que ha conservado su aspecto original de blanco impoluto para convertirse en una atracción turística. Llegamos a la entrada al poblado y los coches hacen cola para poder aparcar en un pequeño parking. Sin embargo, al otro lado de la vía se suceden las calles normales y corrientes con todo el espacio del mundo para aparcar. Yo giro, y que ellos sigan esperando. Nos sorprende no haber encontrado todavía zonas de aparcamiento de pago más allá del centro de las "grandes" ciudades.

Llegamos junto a los rayos de sol, por lo que no abandonamos el calor. Las primeras calles de Binibeca Vell resultan mucho más comerciales de lo que esperábamos, con mucha tienda de souvenirs, mucho chiringuito y mucho alboroto. Callejeando junto a las verdaderas viviendas la cosa mejora, respetando siempre el silencio que ruegan numerosos carteles en las paredes. Las calles, estrechas, reflejando el sol y con formas irregulares, tienen mucho encanto. Sin embargo, debe ser un suplicio tener aquí la residencia fija, especialmente en una vivienda de las plantas bajas frente a la cual deben pasar miles de turistas a lo largo del año. Claro que algún vecino contraataca poniendo la música a todo volumen. Silencio mis narices.

Iniciamos el camino de vuelta hacia la costa opuesta, no sin antes parar en el único Mercadona de toda la isla situado en el Polígono Industrial Poima, junto a Maó. Se prodigan más otras franquicias como Eroski, Lidl o Hiper Centro. Compramos un par de botellas de agua para acompañarnos durante la noche y uno de esos café fríos que siempre he sentido curiosidad por probar.

Recorremos la Me-1, esta vez en sentido inverso hacia Ciutadella. Cuando alcanzamos la entrada a Es Mercadal, el sol brilla con fuerza contra la cumbre de monte Toro, y observar cómo se acerca gradualmente me atrae tanto que decido ascenderlo por segunda vez en el mismo día. Ya que subir al punto más alto solo lleva 5 minutos, aprovechémoslo.

El arrebato merece la pena, ya que ahora las vistas son mucho más nítidas que durante los chaparrones de esta mañana. En cualquier caso lo más interesante sigue siendo la bahía de Fornells presidida por el faro y la torre.

Regresamos finalmente a nuestro hotel aparcando esta vez en la zona trasera, en un pequeño camino de tierra que lo separa de Sa Nacra, un local con bar y restaurante con sendas terrazas apuntando a Cala Santandria. Más adelante descubrimos que este camino es el Camí de Cavalls, una ruta que recorre todo el perímetro de la isla lo más cerca posible de los límites con el mar.

Al acceder por este atajo entramos al hotel junto a la piscina, donde tiene lugar la sesión de tarde de animación. Una animación tan lamentable como la nocturna, en este caso un absurdo juego en el que la gente está al borde de la piscina portando globos. Cuando llegamos a la habitación nos recibe todo el kit de las habitaciones tipo "Select", la mejora gratuita incluida en la reserva que no habíamos visto reflejada al llegar y por la que habíamos reclamado esta misma mañana. Ahora ya tenemos toallas, albornoces, zapatillas, un kit de baño mejor que el original, el mueble bar surtido de varias cervezas, aguas y refrescos, y sendas botellas de vino tinto y blanco y una botella de gin xoriguer sobre la mesa.

Esta noche bajamos a cenar en plena hora punta, las 21 horas. El comedor está mucho, mucho más ocupado que ayer a las 20, con el aumento de ruido e idas y venidas de gente que ello comporta. El personal del hotel está uniformado con algún tipo de traje asiático, acompañando a la cena que por una vez a la semana se especializa en una temática. Efectivamente, hoy toca comida china.

Al igual que ayer, la comida presenta mejor aspecto del que realmente tiene una vez que te la llevas a la boca, lo cual tampoco quiere decir que esté mala. Terminamos de cenar y paseamos por Cala Santandria de noche, encontrando por el camino casas particulares incrustadas prácticamente en la roca, sorprendiéndonos en los sitios más insospechados. El agua de la cala no está tan fría como preveíamos por los datos de la AEMET, que la acotaban alrededor de los 20 grados.

Ya de vuelta a la habitación, aprovecho los minutos en los que L se ducha para acercarme al mirador cámara en mano. El experimento no sale muy bien y además supone la jubilación de mi trípode, que se deja por el camino una de las bisagras que mantienen fijas las patas retráctiles. Mientras hacía fotos hacia la oscuridad del mar, eventualmente emergen escandalosos gritos de los patos entre las sombras.

Esta noche en la piscina se celebra un bingo, lo que supone una tortura para los que queremos ir a dormir antes de medianoche. Una vez más, el personal de la animación del hotel se dirige a los huéspedes como si fueran retrasados mentales. Y lo peor es que a la mayoría de esos huéspedes parece gustarle.

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