Llegada, Ciutadella, Naveta des Tudons y Cap d'Artrutx

3 de septiembre de 2012

Empecemos. Se inicia esta historia un lunes 3 de septiembre de 2012 temprano, muy temprano. Tan temprano como a las 5 de la mañana, momento en el que suenan nuestros despertadores para iniciar la maratón que supone desplazarse hasta el norte de la isla para tomar un barco.

No son en absoluto buenos los presagios que preceden al viaje. Apenas unas horas antes un servidor empezó sus vacaciones con 38 grados de fiebre y reposo intensivo para paliar el dolor de cabeza. Por otra parte, la predicción meteorológica que días atrás vaticinaba lluvias, fuertes vientos y mar agitado se ha cumplido, por lo que ni siquiera ahora, a escasas horas de la salida del barco, sabemos si sufrirá algún tipo de retraso o cancelación.

Son las 5:40 cuando nos ponemos en marcha para recorrer los aproximadamente 70 kilómetros que separan nuestra casa, al sur de Mallorca, de la estación marítima del Puerto de Alcudia. El inicio de la nueva temporada del Hoy por hoy de la Cadena SER, con la primera intervención de Pepa Bueno, nos coge ya en plena autopista de Inca.

Llegamos a la estación todavía con noche cerrada. En el espacio indicado para el embarque de vehículos de Iscomar solo hay un turismo además del nuestro. En cambio, en el espacio de Balearia no solo hay más coches, si no que ya han empezado a dirigirse al interior del navío. Es una buena señal, ya que se dice que Balearia suele ser más prudente que Iscomar en lo que a salir con temporal se refiere. Si ellos han decidido que es viable, sería extraño que Iscomar no opinara lo mismo.

Cerramos el coche y nos dirigimos a pie a la estación. Nada más atravesar la puerta, la persiana del mostrador de Iscomar empieza a levantarse, así que somos los primeros en obtener nuestras tarjetas de embarque. Nos entregan tanto el billete de ida como el de la vuelta.

Ya de vuelta en el coche, pasan unos minutos de las 7 de la mañana cuando el personal de seguridad y el de la propia compañía empieza a recorrer los coches para dar el visto bueno y autorizar el avance hasta el barco. Mi coche es el tercero en enfilar la rampa de acceso, y me dirigen hacia una pequeña pasarela elevada a mano derecha. Una pasarela tan estrecha como las carreteras menorquinas de acceso a algunas playas. Considerémoslo un entrenamiento.

Alcanzo el patio de butacas antes que L, que tiene que acceder al barco a través de la pasarela de a pie (solo el conductor puede acceder a través de la bodega). El espacio total habilitado para los pasajeros es bastante pequeño: un par de zonas de butacas, una pequeña cafetería en cada extremo y apenas un puñado de sofás con mesa en los laterales. Todo acompañado de los primeros niños escandalosos -y los que están por venir...- y las pantallas de televisión con el informativo de TVE a todo volumen.

El buque arranca puntualmente y empieza a separarse de tierra firme. Se confirma que somos literalmente cuatro gatos: apenas uno de cada seis asientos está ocupado. Es el momento de aplicarse un chute doble de Biodramina, por lo que pueda ser.

Los ventanales de uno de los laterales se conservan igual de bien que el sonido de la megafonía: por los primeros no se ve nada, y por la segunda es imposible entender los anuncios que se realizan. Cuando se está proyectando el vídeo de seguridad (tiene su gracia ver consejos de seguridad que no sean los de un avión), empieza el temido balanceo por la marea. Los consejos dan paso a la película que se proyectará durante el trayecto: Una noche en el museo. Ojalá no hubiera mala mar y pudiera echar mano del ordenador portátil para ver algo por mi cuenta sin que fuera un suicidio.

Pasamos las algo más de dos horas y media que transcurren de trayecto mentalizados en no marearnos. Además de las Biodramina, recurrimos a técnicas como mantener la mirada fija en un punto distante (la televisión al otro extremo de la sala es un buen ejemplo) o evitar movimientos bruscos. Y parece que funciona, ya que somos de los que mejor llevamos el vaivén y no sucumbimos a las bolsas de plástico que ofrece la compañía. No corren la misma suerte muchos otros, a los que intentamos en la medida de lo posible no ver ni oír cuando tienen que echar mano de la bolsa.

Siempre se ha comentado que la llegada a Menorca por su costa oeste es muy característica. Los buques se adentran en el pequeño estrecho que supone el camino hasta el puerto de Ciutadella. Sin embargo, eso es historia: el recientemente construído nuevo puerto comercial se sitúa en primera línea, sin necesidad de hacer encaje de bolillos para hacer pasar un gran barco por un pasillo de reducidas dimensiones. Llegamos a un enorme bloque de hormigón que no tiene el mismo encanto que el centro urbano, pero resulta mucho más práctico.

La nueva estación no tiene una pasarela separada para los tripulantes de a pie, así que nadie puede salir por su propio pie hasta que la bodega queda libre de vehículos. Por otra parte, los coches en la pasarela elevada no pueden arrancar los motores hasta que la bodega inferior queda libre, por lo que a mí me toca esperar un rato y a L uno más largo todavía. Por lo menos, el buque tiene compuertas en ambos extremos por lo que la salida es hacia delante, disipando mis preocupaciones por tener que dar marcha atrás en esa angosta rampa.

Nos ponemos en marcha enseguida, abandonando la insípida estación que recuerda al Forum de Barcelona o La Cartuja de Sevilla. En solo una rotonda nos metemos de lleno en Ciutadella, vaticinando que en esta isla las distancias parecen acortarse. Aparcamos en una calle que no teníamos prevista pero resulta ser una gran opción: el Paseo de Sant Nicolau. Una vía amplia, con aparcamiento gratuito a ambos lados, y a escasos metros de la plaza del ayuntamiento.

Encontramos más gente de la esperada en la plaza teniendo en cuenta que es lunes, que no es todavía mediodía, y que ya hemos dejado agosto atrás. Tenemos nuestra primera experiencia con los famosos vientos de Menorca, que varían su intensidad pero jamás desaparecen del todo. La sensación es cercana al bochorno en cualquier caso.

Justo a nuestra llegada al mediodía el local de la franquicia Bocatta junto al ayuntamiento abre sus puertas. Entramos para comer, ya que al madrugar y no atreverse a comer durante el viaje a estas horas el estómago ya ruge. Sin embargo, nos llevamos el primer desengaño: teníamos marcado en la agenda este local por tener una terraza con unas vistas inmejorables al puerto, pero por motivos que no llegamos a conocer el acceso a la terraza está cerrado y se niegan a abrirlo para nosotros.

Apurando nuestros bocadillos observamos la lista de puntos de interés y un mapa que hemos traído para planificar nuestros primeros pasos en la isla. De nuevo en la calle, lo que parecía un paseo que nos llevaría un largo rato apenas se consume en 15 minutos caminando a velocidad de turista. Las pocas calles que componen el casco antiguo de Ciutadella alternan mucho local comercial con fachadas antiguas, la mitad de ellas correspondientes a edificios eclesiásticos: la catedral y capillas varias. Las calles colindantes, mucho más estrechas y sin actividad comercial, tienen muchísima más gracia y merece la pena detenerse por ellas.

De nuestra incursión en el casco antiguo nos quedamos con el exceso de terraza atrapa-guiris y la notable cantidad de heladerías. Bajamos ahora al viejo puerto, al que hubiéramos llegado de no haberse construido la nueva estación. Desde luego, viendo sus dimensiones no puedo más que aplaudir la decisión del ayuntamiento.

Nos queda una hora para que en el hotel tengan lista nuestra habitación, así que aprovechamos para hacer nuestra primera excursión. En solo 10 minutos y tras unas pocas rotondas (la isla está minada de ellas) nos plantamos en la Naveta des Tudons, cuyo acceso los lunes es excepcionalmente gratis en lugar de costar 2€ por persona.

Unos pocos cientos de metros separan la taquilla del monumento prehistórico. Se trata de una construcción de piedra de hace 3000 años utilizada como último reposo para individuos unidos por algún motivo. Es decir, lo que podríamos considerar un mausoleo de hoy en día. Una pequeña abertura en uno de los extremos deja adivinar el interior, pero desde hace un tiempo está cerrado y apenas se puede asomar la cabeza. En el cielo amenazan nubes de color gris oscuro, dando a la escena un aire apocalíptico.

Llama la atención como en un abrir y cerrar de ojos hemos pasado del paisaje urbano a uno totalmente rural. Mires donde mires predomina la vegetación con la pequeña excepción de algún coche que atraviesa las carreteras y algún pequeño almacén. No resulta tan agradable recibir las primeras gotas de aviso para acto seguido sufrir un chaparrón en toda regla, que consigue empaparnos mientras atravesamos corriendo el camino de regreso hasta el coche.

Volvemos a tomar la carretera, concretamente la "Ronda", que es una vía de dos carriles que rodea Ciutadella. A través de ella y gracias a una buena señalización, enseguida estamos en Santandria, y tras un par de giros damos de bruces con nuestro hotel, el Prinsotel Sa Caleta. El proceso de check-in transcurre sin problemas, indicándonos que nuestra villa es la número 3 y haciendo entrega de una tarjeta en la que ir marcando nuestras comidas.

El alojamiento por 5 noches en régimen de media pensión (desayuno y cena, ésta con bebidas incluidas) nos costó aproximadamente 600 euros mediante reserva por Internet. Además, debido a una promoción por reserva anticipada, se nos aplica automáticamente la condición "Select", que es un paquete de servicios adicionales sobre una reserva estándar: mando a distancia de la televisión y toallas sin necesidad de fianza, albornoces, zapatillas, amenities supuestamente mejores, kit de bebidas de bienvenida, etc.

Bordeamos la piscina para alcanzar nuestra villa y no nos molestamos ni en comprobar el resto de instalaciones del hotel: ha sido una noche muy corta y estamos agotados, así que a modo excepcional (no soy de los que se echan siestas), toca descansar durante hora y media. Al despertar comprobamos que fue una buena idea.

Nos ponemos al día y de paso estrenamos la conexión a Internet del hotel. No es especialmente boyante (ni en velocidad ni en alcance, no entiendo por qué cuesta tanto que un hotel tenga una buena instalación inalámbrica), pero nos da el servicio. Desde la terraza se vislumbra entre la vegetación Cala Santandria, la más cercana al hotel, pero no hace suficiente calor como para que bajar a probarla sea una prioridad. Para colmo, nos sorprende otro violento chaparrón que nos deja en la habitación durante un rato más. Cuando se detiene la lluvia pasamos a recorrer el hotel y disfrutar el mirador hacia la cala.

Descartada la opción de un baño y demasiado tarde como para conducir hasta según qué lugares, decidimos visitar la punta suroeste de la isla. En un tiempo ridículo (distancias cortas de nuevo) alcanzamos las viviendas del Cap d’Artrutx. Y vaya viviendas... con sus grandes ventanales, sus impecables jardines y sus piscinas bien mantenidas, algunos chalets hacen la boca agua. Pero lo más sorprendente llega cuando empezamos a recorrer el litoral a escasos metros del mar: en el horizonte se distingue perfectamente la silueta de Mallorca, y más concretamente el hueco que en su costa norte deja la Bahía de Alcúdia.

Tras un buen rato disfrutando de la mentada vista sin necesidad siquiera de apearse del coche, seguimos unos metros más hasta alcanzar el Faro de Cap d’Artrutx. Un faro con, literalmente, un bar en su interior, cuyos clientes son los únicos que pueden acceder al recinto. Pues que les cunda, porque no hay necesidad ninguna de entrar en él, nos basta con rodear su perímetro exterior.

Empieza a chispear, así que volvemos al coche y decidimos que nos gustan más las vistas poco antes de alcanzar el faro que desde él, así que volvemos a nuestro balcón particular a Mallorca. Pasamos aquí un largo rato a ritmo de Hot Cakes de The Darkness sonando en el coche.

Estamos de vuelta en el hotel a las 19, justo la hora en la que se abre el servicio de cena hasta las 22:30. No es hasta las 20 cuando nosotros entramos al comedor, donde un empleado nos indica que los asientos son libres y nos sitúa donde está el buffet, los postres y el show cooking (una plancha donde cada día preparan en el instante carnes y pescados). Para el grueso de los huéspedes las bebidas no están incluidas (y por lo que pude escuchar cuestan entre 1 y 2 euros), pero a través de Internet pudimos indicar que se incluyeran en el precio para las 5 noches a cambia de 12 euros más.

El show cooking de hoy incluye filetes de ternera, atún y bacalao. En el resto del buffet, la comida entra claramente por los ojos, aunque en su mayoría los platos flojean cuando alcanzan el paladar. Como suele ocurrir, la isla de postres es la que podríamos considerar más “peligrosa”: helados varios, bizcochos, tartas, pudding… y algo de fruta para los que no tengan la conciencia tranquila. Uno de los extremos del salón ofrece vistas a una vieja torre de defensa y la puesta de sol, acompañada aquí también por la silueta de Mallorca.

Cuando damos por finalizada nuestra cena a las 21 el comedor está mucho más abarrotado que a nuestra llegada. La torpeza de algunos huéspedes y su increíble capacidad para quedarse plantados en las zonas de mayor afluencia de gente provocan pequeños caos entre los que pretenden abastecerse. Entre la clientela no hay un denominador común: tenemos alemanes, italianos, ingleses y catalanes, muchos catalanes, pero ningún colectivo parece imponerse sobre los demás.

Solo queda tiempo para volver a la habitación, apagar las luces y comprobar dos cosas de la animación del hotel. La primera, que es de una calidad penosa, ya que no escuchamos más que música de gasolinera y chascarrillos propios de Noche de Fiesta. La segunda, que es ruidosa y mal situada, ya que nos vemos obligados a dejar el televisor encendido mediante temporizador para aplacar el escándalo que entra incluso con el balcón cerrado.

Enlaces de interés