Últimas horas de hotel y regreso a casa

5 y 6 de junio de 2012

En nuestra última noche en la 7433, L no ha dormido bien. Yo no me he enterado, pero al parecer bien entrada la madrugada un grupo de vecinos llegó a su habitación después de salir de fiesta y todavía con energías. Definitivamente, el hotel no es únicamente un destino para parejas en luna de miel. También encontramos numerosos grupos de amigos, con todos los contras que eso conlleva.

Durante el desayuno muchas de las caras norteamericanas ya conocidas se despiden unas a otras. Nuestra teoría es que el Memorial Day (el día en el que los estadounidenses homenajean a las víctimas de sus Fuerzas Armadas) ha provocado un largo fin de semana, lo que nos lleva a que algunos grupos vengan a pasar unos días en el Caribe a costa de la proximidad que les une (apenas 3 o 4 horas de vuelo si residen en el sur).

En nuestro último desayuno no podía faltar todo lo que ya ha pasado a ser un clásico de nuestras mañanas: mi tostada con queso y tomate, un corte de patata, el melón naranja. Una vez más, cuando nos preguntan si queremos café debemos pedir dos jarritas de leche y una de café (somos de café manchado, y aquí suelen cargarlo demasiado). Hoy los camareros están algo más pesados de lo habitual con sus constantes atenciones sin venir a cuento. En ocasiones incluso cortan la conversación que estamos manteniendo entre nosotros.

Tras el éxito relativo de ayer, vuelvo a pasar por recepción para averiguar si debemos saber algo más relativo a la salida del hotel. Poca cosa: no es necesario que estemos presentes en la habitación cuando llegue el botones, y debemos entregar las llaves magnéticas en el mostrador antes de las doce del mediodía.

Con un margen de tiempo más que holgado, llegamos a la habitación para empaquetar nuestras cosas. No vamos especialmente sobrados de espacio, lo que ratifica mi teoría de que traer la cámara réflex hubiera sido un problema (además, no la hubiera aprovechado demasiado). Lo más importante, como aparatos electrónicos o pasaporte, lo cargamos con nosotros en las mochilas. El resto queda repartido entre la maleta y la bolsa de deporte frente a la puerta, con dos billetes de 20 pesos (uno por maleta) y una nota de agradecimiento. Al fondo de la habitación, dejamos un billete de 100 pesos con una nota dirigida al servicio de limpieza.

Siendo nuestras últimas horas de Grand Paraíso, no teníamos muchas dudas sobre dónde instalarnos. Hacia la piscina tranquila que vamos, en la que todavía corre algo de brisa fresca. Mientras L se queda prácticamente frita sobre la toalla, yo decido darme un paseo, a sabiendas de que en pocas horas echaré de menos todos y cada uno de los rincones de estos días. Llego al spa que está totalmente vacío, así que no me queda más remedio que aprovecharlo y meterme en sus aguas.

Al volver hacia L todo sigue tranquilo, muy a gusto sin los escandalosos amigos de días anteriores. Hacemos el clásico itinerario desde la tranquila hasta la playa pasando por la principal. Unos turistas chinos han hecho un apaño atando las cortinas del toldo para conseguir una sombra donde no la había. Otra chica asiática ha averiguado qué interesa a los coati para tener a dos comiendo de su mano. Definitivamente nos llevan años de ventaja...

De vuelta a nuestro campamento básico, recuerdo que mi teléfono móvil hace unas decentes fotos panorámicas. Un poco tarde para descubrirlo pero no demasiado, así que tras ventilarme el primer Baileys del día me voy móvil en mano a hacer la enésima ronda por todo el complejo. Y he aquí las panorámicas.

Superado el tour fotográfico vuelvo a la piscina tranquila, con eventuales paseos hasta el mar. El "jefe" de Iberostar sigue dejándose ver por aquí, y ya lleva prácticamente una semana en lo que a buen seguro debe constar como "viaje de trabajo". Nota mental: plantearse un futuro como directivo de una multinacional hotelera.

Cuando el reloj marca la una del mediodía, estimamos que faltan poco menos de 24 horas para que entremos por la puerta de nuestra casa. Visto así, el viaje de vuelta se nos hace un mundo. Seguimos haciendo tiempo hasta las 2, momento para ir a comer por última vez a La Brisa. El Bellavista sigue cerrado, así que el desayuno habrá sido la última vez en la que lo pisemos.

Hoy nos sentimos especialmente observados por los camareros, quizás porque saben que es nuestro último día y por norma general los turistas se deshacen de todos los pesos sobrantes antes de volver al aeropuerto. Para colmo, nos sientan relativamente cerca del puesto de avituallamiento en el que los camareros se sirven de jarras, servilletas, etc. Y al parecer se sienten seguros en ese rincón, ya que entre ellos comentan las más o menos generosas propinas que les han dejado los comensales... y todo en perfecto castellano, creyendo que ninguno de los presentes será capaz de entenderles. Teniendo en cuenta que no se cortan en cuanto al tono despectivo de aquellos que no les han dejado gran cosa, es una sensación bastante desagradable.

Me veo obligado a que nuestra última comida incluya una de esas hamburguesas cocinadas al momento. Porque el adjetivo "buenas" se les queda muy corto. En el postre tampoco podía faltar el cuenco de helado de fresa con una cookie acompañándolo. Nuestro último bocado.

Sin tiempo para bañarse más si queremos contar con cierto margen de tranquilidad, nos vamos hacia la recepción. Nuestros bultos ya están allí, esperando a la hora en la que pasen a recogernos. Sacamos de ellos nuestro kit ya preparado de "ropa de avión" y L pide en recepción algo de acondicionador y body milk, tras ver que las duchas de cortesía no cuentan con ellos. Lo notifican a un chico de almacén que en unos 10 minutos se presenta con un puñado de frascos.

Las duchas de cortesía cumplen con lo necesario, aunque algo más de presión en el agua no hubiera molestado. En lugar de un gran vestuario con duchas, dispone de pequeños habitáculos individuales con la ducha, un perchero y un banco con toallas. En los dosificadores el champú y el gel están invertidos respecto a lo que teníamos en la habitación, por lo que la duda es si todos estos días nos hemos estado lavando el cuerpo con champú y el pelo con gel de baño. Duchados y con los dientes lavados, nos quedamos nuevos y a una hora de que llegue el autocar de Viva Tours para recogernos. Aprovechando que esperamos en recepción, nos despedimos del Mirador Bar y del todo incluido con una manzanilla con hielo y una limonada natural.

Llega nuestro transporte a las 16:25, 5 minutos antes de lo previsto. El pasaje está casi lleno, consecuencia de que nuestro complejo sea el más cercano al aeropuerto y probablemente la última parada del itinerario de recogida. Perdemos otros 20 minutos parando y esperando a los huéspedes del resto de hoteles del complejo: primero el Paraíso Maya & Paraíso Lindo, y luego el Paraíso del Mar. Los que no sabían en qué consiste el complejo Iberostar Playa Paraíso no entienden el motivo de tanta parada.

Los grupos y parejas que van entrando al autocar se conocen ya entre todos ellos. Como siempre, los españoles tienden a socializar entre ellos cuando coinciden lejos de sus casas. Es algo en lo que creo que jamás me veré identificado. Con lo que cuesta encontrar gente afín, me parece muy arriesgado basar la experiencia de tantos días en la convivencia que tengas con gente cuyo único punto que a priori os une es coincidir en el tiempo y espacio de vuestras vacaciones.

Una media hora más tarde llegamos al Aeropuerto de Cancún. En los últimos diez minutos, la empleada de la operadora nos da una charla haciendo especial énfasis en los límites del equipaje. 6kg para el equipaje de mano y 20kg para el bulto a facturar, aunque juraría que en las normas oficiales se habla de un máximo facturable de 23kg. Nos aconseja usar los mostradores de facturación vacíos para pesar nuestras maletas antes de ponernos en la fila. La charla en general está bien, limitándose a la información útil y práctica. Claro que tampoco tendría mucho sentido intentar vender excursiones y demás a un grupo de gente que está a punto de marcharse.

Nos acercamos a una de las básculas libres con temor a pasar los 20kg... y resulta que mi bolsa de deporte no supera ni los 12kg. La maleta de L no llega a los 18kg. Así pues, vía libre hacia la facturación.

Como ya vimos en la ocasión anterior, es en un punto de la fila previo a llegar a los mostradores donde se habilita una mesa en la que un empleado del aeropuerto cobra las tasas de salida del país. 55€ por cabeza para poder abandonar Méjico, 1000 pesos si decides pagar con la moneda local. No se aceptan dólares. Con el cambio actual el pago con pesos resulta más caro, así que solo entiendo que haya gente que lo realice así porque no hayan calculado bien el cambio de divisa y les sobren ahora un montón de pesos con los que no saben qué hacer.

A un lado de la fila una pareja ya está interpretando el clásico ritual de "equilibrar las maletas". Mira que han avisado de los límites. Mira que han aconsejado que peses tus maletas antes de hacer cola. Pero nada, siempre hay alguien confiado que espera hasta el momento de la facturación para darse cuenta de que se le ha ido la mano cargando su equipaje.

El proceso de facturación es impecable, gracias a una empleada eficaz y muy profesional. Las maletas, sin vacilar, llegarán directas a Palma de Mallorca. Y llevamos ya encima todas las tarjetas de embarque necesarias, por lo que nos ahorraremos hacer más colas en Madrid. Por ahora todo marcha mucho más tranquilo que en el viaje de ida.

Todavía en la planta baja, antes de tomar las escaleras mecánicas hacia el arco de seguridad, esperan en un lateral un Starbucks y un local de tacos y margaritas, sin demasiada concurrencia de clientes. Tras superar el arco y antes de llegar a la zona de puertas de embarque, nos vemos literalmente obligados a pasar a través de la tienda Duty Free. Como ya teníamos aprendido del viaje anterior, nada de lo aquí expuesto tiene un precio que valga la pena. Algunas parejas miran botellas grandes de tequila y otros licores tentados de comprarlas. Si hacen escala en Barajas, llegará el momento en el que les obliguen a dejarlas en el arco de seguridad y seguir su camino sin ellas.

Llegamos a la puerta C12 una hora antes del supuesto momento del embarque. Pagamos 45 pesos (unos 2,7€) por una botella de litro de agua mineral Cristal, la misma marca que abastecía al resort. Es más barata que en Barajas, pero no se queda muy atrás.

Llega el avión y ya tenemos frente al mostrador la clásica cola kilométrica de gente ansiosa por despegar. En vista de que entorpecen la circulación por la sala, anuncian explícitamente por megafonía que pueden volver a sus asientos y, cuando se abra el embarque, se les comunicará en qué orden de fila pueden empezar a aproximarse a la puerta. Es tratar al pasajero como niños pequeños, pero ojalá siempre fuera así. Muchos es lo que están pidiendo a gritos.

Llega la tripulación, un numeroso grupo repartido entre pilotos y auxiliares de vuelo. Pero justo antes de la entrada a la pasarela que conecta con el avión una empleada de seguridad les exige una inspección exhaustiva de su equipaje de mano. Una de las azafatas, con aspecto de mujer con carácter, cumple las apariencias y monta en cólera con la empleada, indignada por el trato. Y ciertamente, es algo humillante: todos los presentes esperando a embarcar podemos ver con detalle el contenido de cada uno de los bolsos y trolleys que la empleada de seguridad vacía por completo.

Pasa un tiempo que nos parece una eternidad y el avión sigue en tareas de mantenimiento, con bolsas de basura desfilando desde la cabina hasta la pista a través de las escaleras. La tripulación no termina con el control hasta pasada media hora del momento de embarque programado.

Con una hora de retraso, finalmente se abre el embarque. El orden de bloques de filas que se establece es totalmente lógico sabiendo la disposición del avión, empezando por los pasajeros que se irán apilando en los extremos de la cabina según se accede a ella. Con esa premisa, nuestra fila, justo al lado de la salida de emergencia que hace las funciones de compuerta principal, es la última en embarcar.

Nos ha tocado el gordo. Durante la planificación, decidimos pagar por reservar asiento tanto en la ida como en la vuelta, eligiendo para el primer caso la fila 1 y para el segundo la fila 13, justo al inicio del segundo bloque de asientos. Y ésta era la decisión adecuada. Siempre que sea en uno de los dos laterales, sentarse en la fila 13 implica tener más metros libres por delante de los que tus piernas pueden alcanzar, ya que enfrente nuestro queda el compartimento de cocina y los asientos abatibles para los auxiliares de vuelo. Y para colmo, los pocos niños que han entrado en el avión parecen haberse sentado lo suficientemente lejos como para ignorar su presencia. Este viaje apunta a que va a ser glorioso.

Durante el despegue, se sienta cara a cara ante nosotros un auxiliar de vuelo alto, más allá de los 40 años y un bronceado al nivel del Eduardo Zaplana. Durante la maniobra de despegue empieza a intercambiar chismorreos con la azafata que hay en el lateral contrario. Algunos hacen referencia a los pasajeros, y para disimular cambian la conversación al inglés. Y así podemos traducir frases como "¿Has visto el de la 23L? ¿El que no tiene pelo? Sí, madre mía...” Un gran aplauso para esta pareja de auxiliares de vuelo que no sabe guardar las apariencias durante los escasos minutos que no pueden esconderse del pasaje.

Si quedara alguna duda sobre recomendar los asientos de la fila 13 de un Airbus A330, ahora es cuando llega la excusa definitiva. Aparto mi pie izquierdo y descubro tras él... ¡un enchufe! Algo que solo hemos disfrutado en 2 de los 10 vuelos transoceánicos que hemos hecho, remontándonos a los vuelos entre Barcelona y Nueva York de la compañía Continental en 2008. Así que espacio de sobra para estirar las piernas, y un enchufe para mí solo. Solo lamento que hayamos acertado en un vuelo de 8 horas y no en el de 11 de hace unos días.

Poco después del despegue, ya con noche cerrada en las ventanas, llega el reparto de comida. Arroz con pollo, ensalada, bollo de limón de dudoso gusto, bebida y café. En fin, lo normal, a estas alturas ya no esperábamos ninguna sorpresa al respecto.

Tras la comida, primera película: Noche de fin de año. Prefiero echar mano del portátil y de ese maravilloso enchufe que me permite no pensar en la batería, y saldar una deuda pendiente con Ethan Hunt. Misión Imposible 4 aprueba pero justito. Tom Cruise sabe lo que hace y Jeremy Renner es de lo poco que merece la pena del resto de la cinta.

Todavía sin acabar mi proyección particular, Noche de fin de año ha dado paso a El origen del planeta de los simios, lo cual supongo que es un salto de calidad al fin y al cabo. La cabina está ya totalmente a oscuras y parece que la mayoría del pasaje duerme.

La absurda censura que aplican a las proyecciones se ceba con los minutos finales de la película de los simios. Un gorila se abalanza sobre un helicóptero, dando paso a un segundo de pantalla en negro y de repente ese mismo gorila está tendido en el suelo malherido. Podrían ahorrarse este acto de vandalismo cinematográfico limitándose a proyectar películas que sean aptas para todos los públicos sin necesidad de tijera.

La sesión de cine a bordo se completa con Super 8, pero mi sesión particular se cierra con más capítulos de Doctor Who. Está resultando el vuelo de larga duración más placentero que jamás he tenido, y solo cambiar la comida por la de la compañía Swiss podría hacerlo perfecto. Aunque en realidad para esta vez agradezco lo poco que Orbest se estira: a menos comidas y aperitivos, menos interrupciones. Hasta el punto de conseguir echar algunas cabezadas esporádicas, algo que se me suele resistir.

Llegamos incluso unos minutos antes de lo programado a Barajas, pese al retraso del embarque en Cancún. Salimos de la T1 para llegar rápidamente a la T2, tras recibir un vistazo rápido a nuestros pasaportes al poco de salir del avión. Nos toca un nuevo arco de seguridad, y empieza el clásico show de gente que a estas alturas debería ya saber que no se pueden pasar según que recipientes de líquidos en el equipaje de mano. Entre los grupos de gente escasa de luces y grupos de ancianos por cortesía del Imserso, la cola tarda una eternidad en avanzar mientras retiran botellas de agua, cremas, licores, e incluso elementos punzantes como unas amenazadoras tijeras. Al pasar por fin oigo a algunos empleados decir que llevan allí desde las 5 de la mañana. Yo no sería capaz de aguantar tal tortura mucho tiempo antes de arremeter contra alguno de los peores casos que, además de desinformados e irrespetuosos, te echan la culpa de que les hagas cumplir las normas.

Superado el arco, las pantallas de la terminal indican que nuestro vuelo a Mallorca sale a las 16:10. Nuestra tarjeta de embarque, tal y como traíamos informado, dice que el despegue es a las 15:55, pero quién sabe. Nos dirigimos a la puerta E82, que está a pocos metros de la que tuvimos que tomar hace dos años para una escala idéntica.

Las dos horas que tenemos por delante dan para mucho. Amortizar la cuota de Internet móvil de Pepephone, ya que a día 6 todavía no he podido empezar a consumir los 650mb de tarifa plana mensual. Seguir avanzando con A dance with dragons, quinto y último libro editado hasta la fecha de la saga A song of ice and fire. O escuchar las mil y una historias que se intercambian los pasajeros, que ya procuran airearlas a suficiente volumen como para que se enteren hasta en la Puerta del Sol. Algunas son dignas de Callejeros.

Seguimos con el festival de mala educación. En un momento en el que, literalmente, somos cuatro en la sala de embarques, dos chicas aparecen y se instalan justo a nuestro lado, sentándose en el suelo. Y lo hacen porque sí, ya que ni siquiera pretendían aprovechar el enchufe junto al que se han instalado. Hasta ahí no habría problema, pero entonces empiezan a vocear como alumnos recién salidos del colegio, sin importar que L estuviera intentando dormir un poco y yo estuviera leyendo justo allí donde han decidido colocarse. Cosas así son las que provocan que a veces sea tan radical.

En otro momento de la espera aparece por la sala un hombre corpulento, trajeado, de avanzada edad y sin separarse del móvil. Lo reconoce L antes que yo: Jaume Cladera, actual presidente del RCD Mallorca. La carpeta que lleva bajo el brazo, con el logotipo de la Liga de Fútbol Profesional, confirma su identidad.

Anuncian un retraso de 15 minutos en nuestro vuelo, confirmando así lo que parecía saberse ya dos horas antes a tenor de lo visto en las pantallas. Finalmente despegamos y nos plantamos en la isla en poco más de 1 hora. El viaje final entre la península y Mallorca tras un vuelo de varias horas queda ya como algo anecdótico.

Nuestras maletas aparecen enseguida por las cintas especiales para equipaje procedente de fuera de la Unión Europea, dentro de una pecera que impida abandonar la terminal sin pasar por un control de aduanas. Hay bastante ajetreo, y nos quedamos esperando frente a dicho control varios segundos sin recibir ninguna indicación, por lo que decidimos pasar de largo (como ya nos ha ocurrido varias veces). Sin embargo, cuando ya nos hemos alejado unos metros, un Guardia Civil de paisano viene a buscarnos y nos pide que regresemos. Al decirle que hemos esperado indicaciones y parecían ignorarnos, nos dice que "Podríais preguntar, hombre". Pues mira... no. Tú eres el que lleva el control, y tú eres el que debe saber dar las indicaciones. Si yo me planto delante y nadie me hace ni caso, entiendo que no tengo nadie a quien atender y paso de largo, como de hecho nos ha ocurrido en infinidad de ocasiones.

Mi suegro espera puntualmente en las salidas, un pequeño truco para recoger a gente en coche desde que prohibieron estacionarse frente a la planta de llegadas de Son Sant Joan. El reloj todavía no marca las 18:00 cuando entramos en casa más de 9 días después de que saliéramos de ella por última vez. Toca recoger equipaje (mejor hacerlo ahora, cuando todavía conservamos algo de adrenalina y no ha llegado el bajón físico), y cambiar el chip para los que al día siguiente tenemos cita puntual con la oficina. Finaliza un viaje que, como todos, ha sido bueno y el recuerdo hará mejor.