En el hotel. Cena en Toni's Surf & Turf

4 de junio de 2012

Arranca nuestro último día completo en la Riviera Maya. Y lo hace tras haber soñado por mi parte que ya habíamos regresado, y que en el trabajo las cosas no andaban precisamente bien. Solo son sueños, pero ya te dejan con el ánimo por los suelos hasta que te recompones.

Hoy toca encender el portátil en primer lugar para comprobar si he entrado en el cupo de plazas para estudiar inglés en la Escuela Oficial de Idiomas por Palma. Y sale cruz: solo han habilitado 25 plazas de nueva admisión en el nivel Advanced 1, y me he quedado en el puesto 31 de la lista... de reserva. Así que las esperanzas de terminar accediendo a una plaza dependen de que otros 30 rechacen antes de mí su oportunidad. Suena difícil.

Y para rematarlo, L se despierta con uno de sus clásicos dolores de barriga... para los que ya veníamos mentalizados, pero tras pasar más de una semana sin ellos creíamos habernos librado de ellos por esta vez. Así que, en resumen, la mañana empieza teñida de negro.

Empezamos con un desayuno esta vez con más cautela, y parece que acertamos cuando L se va encontrando gradualmente mejor según avanza la mañana. Tras dejar el comedor pasamos por recepción para conseguir unos últimos pesos pensando en las propinas. Ayer me realizaron un bastante favorable cambio de 16,5 pesos por euro, pero solo tenían billetes de 50. Vuelvo esta vez para conseguir en su lugar billetes de 20, que son los que nos resultan más cómodos de cara a las propinas. Me los cambia Alicia, la chica que en su día nos facilitó las gestiones para cambiar de habitación.

Recojo de las mesas frente a la consejería el "USA Today Caribbean Edition", aunque solo sea para ver la previsión del clima y leer algo sobre deportes. Por las puertas de la villa asoman buenos rayos de sol, así que instalamos toallas y mochilas en la piscina tranquila. Especialmente a primera hora, hay toallas preparadas tanto en las tumbonas como en un pequeño balcón junto a la Tranquility Pool, lo que nos ahorra tener que ir hasta el mostrador de la piscina principal a buscarlas.

Una de las ventajas de tener tantas instalaciones distintas en la zona Grand Hotel (al contrario de lo que ocurría en The Royal Suites), es que puedes hacer varias veces un pequeño paseo entre ellas sin necesidad de coger ningún carrito. Nosotros empezamos pronto: atravesamos piscina tranquila y piscina principal hasta llegar a la playa, donde se confirma que no vamos a conocer otra cosa en nuestro viaje que el oleaje agitado.

Como siempre, al volver de la playa aprovechamos las duchas y el agua de la piscina principal para quitarnos la arena y la sal, y regresamos para echarnos en nuestra parcela de la Tranquility. Pero nos espera una desagradable sorpresa: los norteamericanos escandalosos de los que ayer no tuvimos noticia han decidido empezar el día por el mismo sitio que nosotros. De momento todavía no exceden los límites del escándalo, pero ya me voy preparando un discurso si alcanzan el extremo en el que sea necesario mover ficha.

Como no podía ser de otra manera, Mirna ya está haciendo sus primeras rondas del día entre la piscina y la barra. Sus "¿Todo bien?" cuando pasa junto a nosotros son ya la cancioncilla de nuestro viaje. También pasan pronto por aquí dos empleados que pasean una cámara réflex y un mono intentando pescar a incautos huéspedes. Desconozco el precio de las fotos que te hagas con el animal, porque ni me molesté en preguntar.

Los escandalosos, todavía algo comedidos, invaden la piscina de colchonetas inflables que deduzco han comprado en su tierra, ya que son todas iguales. Parece que estemos en parque acuático.

Llega una empleada que no trae ni vasos, ni monos. Se pasea con una nevera portátil y lo que ofrece a los clientes es... ¡helados! ¿Pero dónde te habías metido todos estos días, chica? Tiene para elegir, entre otros, sándwiches de nata, almendrados y helados de limón. L no se atreve para no poner en riesgo su estómago, pero yo no me resisto a un cono de chocolate.

Volvemos a pasear hasta la piscina principal, en la que el animador Edu está haciendo una clase de aquagym con unos 9 o 10 participantes. Hoy el concurso con gorra y camiseta de premio volverá a implicar pasar una pelota de tenis por un aro con la ayuda de una raqueta. Incluso con el ruido de la animación, por momentos esto parece más tranquilo que la otra piscina gracias a nuestros archienemigos. Que por cierto, no muestran intención alguna de moverse en toda la mañana.

Antes de comer por penúltima vez pasamos por la habitación y aprovecho el paso por la mesa de conserjería para explicar con amables palabras el "problema" que existe en la piscina tranquila, ya que un día más estaba empezando a ser preocupante. A punto de llegar al cuarto, nos cruzamos con el mayordomo de la villa al que le volvemos a explicar el asunto cuando nos pregunta si está todo en orden. Siempre dejando claro que lo achacamos a un problema de educación y no del hotel ni sus empleados, nos agradece mucho los comentarios y nos comunica que intentarán que alguien compruebe que se respetan las normas recordándolas en caso contrario.

Al contrario que en los días anteriores, donde cuando apenas eran las 10:00 ya habían pasado a adecentar la habitación, esta vez superamos la una del mediodía y el cartel verde sigue en nuestro pomo. Qué raro.

Comemos en La Brisa, ya que Bellavista sigue cerrado desde el día anterior tanto al mediodía como por la noche, desconocemos por qué motivo. En este caso los puestos de barbacoa están en el interior, y fuera un chef que parece español pero no lo es prepara algo parecido a tacos de marisco. No es la primera vez que nos encontramos a este chef, que parece siempre estar algo asqueado sirviendo a gente que no sabe valorar la comida "de nivel". El mejor ejemplo es cuando una chica le dice "quiero un taco con esta salsa" y él contesta sin despeinarse "no, no le eches esa salsa". Debe pensar que somos gentuza. Cuando volvemos con el plato lleno a nuestra mesa vemos que los escandalosos se han sentado justo a nuestra vera. Manda narices.

Comiendo en La Brisa siempre apetece pasearse por la arena de la playa al salir. Esta vez nos encontramos el agua del tono más turquesa que tuvimos durante el viaje.

Ya de vuelta a la Tranquility, los escandalosos regresan poco después de nosotros pero de momento parecen estar más callados. Incluso han apagado el iPod que habían encendido a última hora de la mañana. Quizás finalmente el hotel haya movido ficha y les haya dado un toque de atención, nunca lo sabremos. Al rato empiezan a frecuentar la piscina una vez más los animadores y su conversación, nunca distinguiendo cuándo agradeces su compañía y cuándo preferirías que pasaran de largo.

Al poco tiempo subo a la habitación para realizar la última llamada con Skype. La próxima ya será al modo tradicional, con Pepephone y desde el Aeropuerto de Barajas. Esta vez a la llamada no le sigue una visita al gimnasio, ya que no puedo estar seguro de que la ropa de deporte se lave y seque a tiempo para nuestra salida y no es cuestión de llevar ropa sudada en el equipaje de vuelta.

De nuevo en la Tranquility, Mirna se despide. Y precisamente mañana tiene su día libre, así que es nuestro último encuentro con ella. Definitivamente, La Empleada en mayúsculas.

Paseamos de nuevo hasta la playa pero esta vez una vez alcanzado el mar giramos a la derecha, donde nos espera una segunda villa de Ocean Front Suites y más allá empieza la playa virgen, no vinculada a ningún hotel. Caminamos por la orilla y nos viene a la mente la banda sonora de Michael Giacchino en Perdidos. Para darle más ambiente, nos topamos con dos ramas formando una cruz en medio de la nada, con vegetación detrás. Muy al estilo de la isla de la serie.

Avanzamos hasta divisar tras un giro el próximo hotel siguiendo la costa. Desde aquí parece más bien feo, con altos muros de hormigón pobremente decorados. Ya en el camino de vuelta, nos asomamos a una de las Ocean Front Suite que hace esquina en la planta más baja. Como preveíamos, tienen un generoso jacuzzi en la terraza. Buena cosa.

Descubrimos desde aquí una vía lateral que nos lleva hasta las Honey Moon Villas, unas instalaciones especiales en uno de los límites del complejo que ofrecen al huésped apartamentos completos, con su propio pequeño jardín con piscina. Solo podemos ver las fachadas desde la calle que las conecta con el hotel, pero no parece que las vistas puedan ser uno de sus principales atractivos ya que quedan muy encajonadas entre la vegetación. Conseguimos bordear una para asomarnos al jardín... y resulta tan pequeño como la supuesta piscina privada, en la que apenas caben dos personas estiradas uno a los pies de la otra. En absoluto me convence asumiendo que la diferencia de precio con las villas "normales" es más que notable.

Siguiendo el camino resulta que aparecemos por la parte trasera de la piscina tranquila, un camino que hasta ahora habíamos asumido que solo se utilizaba para transporte y servicios. Así cerramos el circuito sin tener que deshacer nuestros pasos.

La caída del sol avisa de que va siendo hora de regresar a la habitación. Solicito al servicio de mayordomo que me traigan algunas botellitas de tequila más para el minibar, ya pensando en un par de alcohólicos no reconocidos que me esperan al regreso en Mallorca. Antes de la ducha y la cena nos reservamos una hora para ver el final de la segunda temporada de Juego de Tronos, emitido hace menos de un día en la HBO. Como toda la serie, está al nivel esperado.

En algún momento durante el visionado del capítulo, sin habernos enterado por llevar puestos los auriculares, han dejado una carta de despedida pobremente personalizada en el marco de la puerta. Anecdótica, más que nada. Nos aseamos y vestimos de noche por última vez para revisitar el que fue nuestro primer restaurante, con la promesa de un buen filete de carne en el Toni's Surf & Turf.

No empieza muy bien la experiencia. A nuestra llegada el atril de recepción está desierto, y un par de grupos numerosos se colocan tras nosotros en la cola. Cuando aparece el maître, un muchacho bajito y engominado, se va directamente hacia uno de los grupos (que debía conocer de antes) y nos ignora por completo, pese a estar esperando a pie del atril. Parece que al cabo de unos segundos se da cuenta de la torpeza e intenta enmendar su error.

Para los entrantes, me decanto por la "selección de mariscos" aún a sabiendas de que probablemente sea un show utilizar el cortamariscos (una especie de tenazas) para abrirlo. La acompaña un pequeño accesorio con varias salsas: marinera, mayonesa y salsa rosa. El maître sigue con su desacertada noche haciendo comentarios acerca de otros comensales a otro camarero... a una distancia insuficiente para que no le oigamos.

Hoy toca acompañar los platos de vino rosado. Un peligroso compañero, más si cabe cuando ni siquiera esperan a que vacíes tu copa para ofrecerse a rellenarla. Debieron caer unas 3 copas y media durante toda la velada.

Llega el marisco y, efectivamente, tenemos show. Ahora que había superado mi trauma con los palillos de un restaurante japonés, me encuentro a otro némesis en las tenazas para abrir el cangrejo. Que la camisa no acabara la noche con alguna salpicadura fue una cuestión de suerte.

Tras brindar a L motivos de burla suficientes con el entrante, llega el plato fuerte. A lo que hemos venido: un New York Strip bien hecho y con patatas lionesas. El factor sorpresa se pierde tras vernos sorprendidos con la carne del steakhouse de la noche anterior, pero aún así hay que reconocer que está muy bueno. Cuando recogen nuestros platos el camarero bromea al ver que no hemos dejado ni rastro diciendo que parece que no nos ha gustado nada. De postre me veo obligado a repetir ese helado frito que me dejó encantado en la primera ocasión.

Mientras dábamos buena cuenta del filete, en otra mesa afortunadamente lejos de la nuestra otro cliente está devolviendo la cena. No llegamos a saber el motivo, aunque las teorías más plausibles son que le sentó mal el marisco o no supo llevar bien eso de que te rellenen la copa tan a menudo. Al abandonar el restaurante vemos al maître hablando con "El jefe", un huésped que ya nos hemos cruzado en infinidad de ocasiones y que por lo observado debe tratarse de algún directivo de la cadena Iberostar. Por lo poco de la conversación que L consigue captar, parece que le está explicando el percance con el huésped indispuesto.

Vamos hacia recepción para preguntar si debemos saber algo relativo al proceso de salida del hotel, pero topamos con el menos indicado para ello. Un tal Dominik, con claro acento francés, que se explica bastante mal y además no parece tener mucha idea de lo que le estamos preguntando. A priori no debería haber ningún misterio más que entregar las llaves antes de las 12 del mediodía, ya que del equipaje se encarga el botones que acordó con nosotros la hora de recogida por teléfono antes de salir a cenar.

En el Mirador Bar, L sigue con su rutina de cerrar el día con una manzanilla. Yo, satisfecho de alcohol tras el vino rosado, buceo entre los combinados sin alcohol y me decanto por un Tiger, que lleva piña, fresa, y coco. Dulce y bueno. Vemos aparecer a lo lejos a un par de los cansinos animadores, y teniendo en cuenta que el bar está casi desierto es muy probable que nos enganchen. Curioso el caso de este bar que no conoce término medio: algunas noches está a rebosar y otras está prácticamente vacío. El caso es que salimos disparados y nos llevamos nuestras bebidas a la habitación, para poner cierre a nuestra última noche en el Grand Hotel Paraíso.