En el hotel. Cena en El Rancho

3 de junio de 2012

Muy nublados empezamos. Todavía antes de salir a desayunar, un fuerte viento amenaza con llevarse por los aires la ropa tendida en la terraza, así que salimos rápidamente a recogerla junto a la colchoneta inflable, que de lo contrario podría acabar en Playa del Carmen.

Hoy falta algo en el desayuno del Bellavista. El maravilloso melón naranja ha desaparecido sin previo aviso, y no hay atisbos de él ni en las bandejas de fruta fresca, ni entre las jarras de zumos. Pero que no cunda el pánico: una crepe de fresa y plátano con un toque de crema de avellanas (la Nutella de toda la vida, vamos) tampoco es motivo de queja.

Nos quedan dos noches más por delante, y solo tenemos cena reservada para la de hoy. Decidimos que nuestra última noche del viaje debe estar destinada a uno de los cuatro restaurantes ya descubiertos de nuestro hotel, y tras un proceso de descarte quedan como finalistas el italiano Venetia y el que fue nuestro debut, el Toni's Surf & Turf. Tras consultar las cartas de uno y otro, el New York Strip sumado a nuestra pasión por las carnes dictaminan que el Toni's sea el ganador.

Ya desde primera hora nos cruzamos por las villas y comedores con caras que nos resultan conocidas. Todo un elenco de personajes secundarios que refuerzan la historia de nuestro viaje. Tenemos a "La fumet", una mujer francesa de avanzada edad que mantiene una digna figura a base de comer acompañada de champagne y tener siempre un cigarro en la mano. O la Kischner, una exuberante chica cuyo origen sospechamos que es argentino. O los anteriormente mencionados Heineken, que tras tres días paseando sus pronunciadas barrigas siempre con una lata verde en la mano desaparecieron sin dejar ni rastro. O a "los hermanos", un par de chicos chilenos alrededor de la treintena supuestamente hermanados, pero de cuya verdadera relación tenemos nuestras sospechas.

El paseo preliminar por la piscina tras el desayuno nos hace decidir que hoy no tenemos el clima más apropiado. Toca volver a la habitación para cambiarse y dirigirse al spa, que L tiene prácticamente abandonado y yo solo he visitado últimamente como zona de paso hasta el gimnasio.

Empezamos tranquilos, con apenas otras 2 o 3 personas en la piscina climatizada, pero no tarda en venir el grueso de la clientela hasta llegar al punto en el que no quedan tumbonas libres. Incluso con el aforo completo y con una clase de yoga teniendo lugar a pocos metros, se sigue estando a gusto gracias al hilo musical y el comportamiento respetuoso de la gente. Incomprensible que el personal del spa procure mantener las dos accesos al exterior abiertos, dejando así vía libre para que todos los mosquitos acudan a la llamada de la humedad.

Desde el agua y asomándome a los cristales que separan la piscina del gimnasio, veo que Federer está pasando serios apuros en Roland Garros. Al cabo de un rato empiezan a frecuentar los aledaños de la piscina los animadores del hotel, que con una lluvia en los exteriores que no cesa se han quedado sin trabajo en la piscina principal. Traen juegos de mesa y dan conversación.

Conversación que no siempre es del todo deseada. Pese a que tanto L como yo estamos concentrados leyendo acerca de las Tierras de Poniente, un animador, de nombre Eduardo, se nos engancha y entabla conversación. Decirle que somos españoles provoca que el tema no sea otro que la economía. Ese es el escenario, hace unos años la respuesta hubiera sido "Ah, qué lindo país, me gusta mucho" y ahora lo más habitual es recibir un "Vaya, ¿está la cosa tan mal como dicen?". Nos pregunta acerca de una supuesta tasa que hicieron pagar a un amigo durante su visita a España, de 6 euros al día. Para mí que le timaron a base de bien. Los siguientes veinte minutos son un repaso al pasado, presente y futuro del país... si es que tiene algo parecido a un futuro.

Tras una muy larga estancia en la piscina climatizada, dejamos las mochilas en la habitación y vamos hacia la recepción a por un carrito. Aprovechando que la lluvia ha cesado, es turno de visitar otro de los hoteles vecinos.

Debemos esperar a un carro eléctrico más de lo esperado, ya que hay mucho ajetreo de gente que hoy termina sus vacaciones y el personal de transporte está desbordado. Mientras tanto, en el Mirador Bar los animadores organizan un bingo y varias partidas de juegos de mesa. Está bien lo de tener un Plan B de animación cuando el tiempo no acompaña. Finalmente un carrito carga con cinco huéspedes: tres se dirigen hacia el centro comercial y nosotros dos al hotel Paraíso del Mar.

Nuevamente nos espera una recepción al aire libre. Hay bastantes niños por la zona, pero no hacen un excesivo ruido. Un estanque alberga a patos, cisnes, flamencos y pavos reales. Algunos incluso se pasean por los caminos y no parecen inquietarse por la presencia cercana de personas.

Visto el salón de juegos cercano a la recepción, que no es más que una sala con tres mesas de billar, caminamos hacia el este a la búsqueda de las piscinas y la playa. Las villas que vamos atravesando tienen un aspecto mucho más humilde, algo que ya anticipábamos al tratarse éste del hotel más económico de los del complejo. Además, algunos de los edificios, los más cercanos a la recepción, están considerablemente lejos de la zona de las piscinas, por lo que las idas y venidas de sus huéspedes suponen un largo paseo.

Llegamos al fin a las primeras piscinas y resultan algo menos decoradas que las del Paraíso Maya, sin rastro de esas grandes cascadas y fuentes. Sin embargo, no están nada mal. Y todo está tranquilo, mucho más de lo que esperábamos y probablemente menos ajetreado que en los correspondientes hoteles más económicos del complejo Grand Palladium. Puede que sea lo habitual, o sencillamente que los estemos visitando en unos días de baja ocupación. No sabría por qué apostar.

Alcanzamos la orilla, y aquí si tenemos un bar a pie de playa, como cabía esperar. Ya desde aquí divisamos hacia la derecha nuestro hotel a muy corta distancia, así que volvemos a él caminando sobre la arena. Resulta ser el modo más rápido y agradable de hacerlo, provocando que lo de coger carritos para visitar a los vecinos carezca de mucho sentido. Ir acercándose a las elegantes fachadas del Grand Hotel caminando por la arena merece la pena, y en un momento ya nos hemos plantado frente a ellas.

Aprovechamos que ya es hora de comer y estamos junto a él para entrar en el buffet La Brisa. Evitamos las carnes a sabiendas de que la cena de hoy las tendrá como elemento principal, dando prioridad para el mediodía al pescado y marisco. En apenas una semana he comido más salmón y langosta que en toda mi vida. Me apetece un refresco de limón, pero me ofrecen una limonada natural y por curiosidad la acepto. Y no podía ser en mejor momento, es todo un descubrimiento.

Las ventanas a pie de playa nos permiten ver que las nubes están dejando espacio para el sol según comemos. Sumado a un calor que en ningún momento nos abandonó, el próximo destino está claro: la Tranquility Pool. Esperando siempre que no hayan llegado allí antes los escandalosos de siempre. Afortunadamente no están, pero sí encontramos en cambio otro más de los simpáticos coati.

L se queda en nuestra piscina favorita, y a las 15:30 un servidor sube a la habitación para el Skype diario y baja luego al gimnasio, con la esperanza de ver la segunda parte del partido de fútbol España – China mientras hago algo de ejercicio. Al llegar me encuentro sintonizado otro canal diferente, así que pido amablemente en recepción si sería posible cambiarlo. Me dicen que enseguida viene el chico encargado, y ese "enseguida" se traduce en 40 minutos, por lo que a su llegada tanto yo como el partido ya hemos terminado. Así que en lugar del fútbol disfruto de un apasionante partido de rugby entre dos equipos que ni siquiera se de qué país debían ser. Y lo de "apasionante" no es un sarcasmo. Incluso me divierto.

Paso por el cuarto para una ducha rápida y recupero a L en la piscina tranquila. Hoy nos invaden los turistas asiáticos, pero no tengo ninguna queja. Mucho me extrañaría que fueran tan escandalosos como los norteamericanos reincidentes.

Mirna, nuestra camarera favorita, se despide a las 17:45 diciendo que es su último servicio del día. Normalmente sobre las 10:00 ya está por aquí y no para nunca de recorrer el camino entre la piscina y el desconocido sitio en el que se abastece de provisiones.

Ya de regreso al cuarto, un artículo en un blog televisivo sobre la muerte de una entrañable actriz provoca que pasemos 30 minutos viendo videos de El Ala Oeste de la Casa Blanca. Asomado a la terraza, un rucho está colgando de una rama de un árbol cercano, mientras un pájaro no deja de hacer caídas en picado sobre él para atacarle. No es la primera vez que vemos un enfrentamiento así: nuestra teoría es que los coati, aprovechando que trepan los árboles, deben atacar los nidos de esos pájaros.

A las 20:15 salimos rumbo a por un nuevo carrito. Por segundo día consecutivo, nos vamos al Paraíso Maya para cenar. Si ayer fue a una marisquería, hoy es turno de un steakhouse. Lo cual en nuestro caso es sinónimo de éxito casi asegurado.

No tenemos que esperar para que un carrito nos lleve, así que nos sobra tiempo para visitar el "rincón del wifi" en la recepción del Paraíso Maya. Una vez más, compartimos la enfermiza estampa de 10 o 12 personas sentadas mirando a la pantalla de sus teléfonos móviles.

Entramos a las 21:00 en El Rancho. Nos atiende el clon mejicano de Hiro Nakamura, el personaje de Héroes. Al igual que en el restaurante de ayer, los entrantes se disponen a modo de barra de buffet. El surtido es bueno, aunque da la sensación de que en este último turno ya no reponen las bandejas y algunas están casi o totalmente vacías. A destacar las costillas de res adobadas, que L no puede evitar probar.

El portavelas que preside cada mesa es adorable: una versión en miniatura de la pirámide de Kukulkán. No bromeo si digo que me gustaría llevarme uno, pero ni están en venta ni el considerable peso del susodicho lo hacen muy aconsejable para cargarlo en el equipaje.

Llega el plato principal... y no defrauda. Para ella un tenderloin (solomillo extraído únicamente del lomo de la ternera) y para mi un beef plate, que solo se sirve de músculo para los cortes. No sabría con qué quedarme: sabrosos y jugosos como deben ser. Para el postre esperan profiteroles y helados. Muy buen restaurante, sin duda entre las tres mejores cenas de nuestro viaje.

Volvemos hacia la recepción del Grand Hotel mediante carrito. Seguimos el ritual de una manzanilla con hielo y un ruso blanco, pero esta vez evitamos los sofás del bar y nos escondemos en los bancos de la plaza central. Por la noche, los animadores se visten de etiqueta y siguen empeñados en dar conversación. Con la media hora de Eduardo de esta mañana ya hemos tenido suficiente.

Recogiendo las cosas para irnos a dormir, algunas prendas se retiran ya a la maleta para no volver a salir en lo que queda de viaje. Esto se acaba.