En el hotel. Cena en La Marina

2 de junio de 2012

Vuelven las nubes. Lejos quedan ya los chaparrones prolongados de los dos últimos días, pero parece que serán pocos los días que restan en los que vayamos a tener un sol radiante y un cielo totalmente despejado. Empezamos por el desayuno de cada mañana, y ya solo quedan 3 más. El toque innovador de hoy lo pone mezclar yogur líquido de fresa y plátano con Fruit Loops, que son unos cereales de colores con forma de aro y sabor a fruta... aunque al final todos saben igual que los de color morado, de sabor a uva.

Como ya es tradición, al desayuno le sigue una vuelta por la piscina principal para evaluar si nos quedamos... y decidimos que sí. Previamente, eso sí, nos bañamos en OFF (el repelente de mosquitos por excelencia) porque con la humedad y las sombras por las nubes los insectos están más vivos que nunca. Las lluvias también provocan que las manchas de humedad y goteras en los pasillos de las villas no desaparezcan. Feo detalle que desmejora la imagen del hotel.

El sol gana terreno y disfrutamos del ansiado calor en nuestra pequeña parcela, hoy situada bastante cerca del Sirena Bar. Lo cual es bueno cuando tienes sed... pero malo cuando la sed la tienen los demás. Unos afroamericanos llegan al más puro estilo película de Eddie Murphy, voceando de lado a lado de la piscina. Libro en mano, es el momento de mudarse a la piscina tranquila. Vigilamos nuestro balcón desde la comodidad del jacuzzi.

Corre una agradable brisa, el sol está descubierto y por ahora somos cuatro gatos. Por eso la Tranquility Pool termina siendo el lugar más socorrido de nuestro viaje. Me paseo hasta la habitación para sacar de su envoltorio una colchoneta inflable de nuestra propiedad. Las que ofrece el hotel escasean y las mejores, con reposacabezas, suelen durar poco. En ese mismo mostrador me ahorran desgastar mis pulmones gracias a un inflador de aire caliente con el que la empleada casi se quema los dedos.

En otro momento como tantos en los que la piscina tranquila es para nosotros solos, sugiero una combinación que sería la perdición de L a partir de este momento. Batido (o licuado, según le llaman aquí) de fresa y plátano. Ganador absoluto entre todos los tragos sin alcohol acumulados durante el viaje. Sigue sin aparecer más gente, reforzando mi teoría de que ni mucho menos el hotel debe presentar una ocupación completa.

Antes de ir hacia el buffet para comer, toca encender la cámara y pasar por un clásico ya de nuestros viajes: grabar un recorrido completo en video por nuestro cuarto. En el capítulo de hoy, la habitación 7433.

Volvemos a encontrar barbacoa al aire libre en el buffet Bellavista. Para no repetir hamburguesa, hoy apostamos por perritos calientes y filetes de angus de buey. No tienen nada que hacer con el manjar del día anterior, aquello pertenecía a otra dimensión. En el postre caigo por enésima vez en un helado de coco creyendo que era de nata.

Mientras desde la habitación cumplo con la llamada del día a mis padres, L da a Mirna, la camarera de la piscina tranquila, nuestro particular premio a empleada que mejor servicios nos ha dado. 200 pesos, lo cual para un alemán quizás sea una miseria, pero para nuestro estándar de propinas es un gesto bastante generoso. Aunque yo no estaba presente, L me explica que Mirna se queda sorprendida al recibirlo. A partir de ese día nos saludaría siempre efusivamente al vernos llegar y marcharnos de la piscina.

El que me haya visto a la vuelta del viaje sabrá que me he presentado a principios de junio con un color de piel más propio de finales del verano. La culpa la tienen los siguientes 5 minutos, tumbado a pleno sol desde la comodidad de la colchoneta inflable en pleno centro de la piscina tranquila. Si me hubiera metido un puñado de maíz crudo en la boca, habría sido una fuente de palomitas. Horas después descubriríamos en el espejo de nuestro cuarto un tono de rojo que nunca creí que pudiera tomar nuestra piel.

Aparece por la piscina tranquila una de las pocas parejas españolas que nos cruzamos durante la estancia. ¿Y cómo sabemos que son paisanos? La camiseta de la selección española que lleva él enfundada no deja lugar a dudas. Es curioso que los norteamericanos, con su consabida afición por cientos de deportes, raramente se dejen ver por el hotel con una camiseta de un equipo de béisbol, baloncesto o fútbol americano. La chica española ve pasar su vida ante sus ojos tras 10 minutos de tos sin pausa. Digo yo que beber un poco de agua tras el tercer ataque de tos hubiera sido una buena opción.

Según el sol va descendiendo por el oeste, aparece por debajo de los toldos de algunas camas de la piscina tranquila, dejando éstas de ser recomendables si no se quiere sufrir una insolación. Cambiamos de tumbona y en ese momento mi sandalia entra en coma, despegándose la lengüeta de la base. Por ahora presionando vuelve a quedarse pegada, pero las esperanzas son pocas.

Raro era que, bien entrada la tarde, nuestros "queridos" vecinos escandalosos no se hubieran dejado caer con todo su arsenal de ruido por la piscina tranquila. Y aquí los tenemos, preparados para tensar sus cuerdas vocales e incluso acompañados de unos altavoces para el iPod y que así todos conozcamos sus gustos musicales. Cuesta creer que ellos mismos no se den cuenta de que a su llegada siempre reine el silencio, y al instalarse la gente empiece a desfilar con cara de desagrado. Incluso deberían disfrutar más de la piscina principal, si música y gritos es lo que buscan.

Sin más remedio que dejar la Tranquility, volvemos a la piscina principal. O eso intentamos, porque tras dar vuelta y media completa al perímetro no encontramos ni una sola tumbona que no esté ocupada. Afortunadamente, cuando ya pensábamos en un plan de emergencia, una pareja mayor hace amago de marcharse y me lanzo en barrena. Tras preguntarles si dejan libre su sitio y confirmármelo amablemente, el hombre se despide con un "Disfruten" que no me deja entrever de dónde puede ser. Quizás italiano.

Instalados en el inesperado hueco, aprovechamos la cercanía a la playa... a la que voy descalzo, porque es en este momento cuando se confirma el fallecimiento de mis sandalias. Me tocará visitar las tiendas en recepción y asumir el precio de unas nuevas, que presumo que no será bajo.

Nos recibe en la orilla la bandera amarilla, pero el oleaje es tan fuerte como siempre. Y con él las rocas traicioneras enterradas que se descubren solo cuando pasas el pie rozando por ellas. Un regreso hacia la piscina principal tras quitar el 95% de arena en las duchas y el 5% restante con un chapuzón rápido, y damos por cerrada la jornada de baños.

Parada por la tienda antes de ir a la habitación, el mismo local donde compré espuma de afeitar los primeros días. En la puerta indican que está cerrado hasta dentro de 5 minutos, a las 18:05. Sin embargo, se impone la ley del "ahorita" y no es hasta aproximadamente las 18:20 cuando llega la chica encargada del turno de tarde. Tras un vistazo al género, me quedo con las sandalias más básicas por 350 pesos, unos 21 euros. Las que son más elaboradas alcanzan precios de hasta 35 o 40 euros. Mientras pagamos, la chica exhibe todo su potencial comercial insistiendo una y otra vez en todos los preciosos artículos de recuerdo, para el niño y para la niña, la madre y el abuelo, que tiene a precios (según ella) más bajos que los de Playa del Carmen. Un poco... no, dejémonos de eufemismos, muy pesada.

Con L retirada ya a la habitación, dedico algo más de media hora en el gimnasio, minutos compartidos con el clon de vacaciones de Stannis Baratheon. Ya en el cuarto, mientras tiendo la ropa de deporte lavada en la terraza, me sorprende la luz del atardecer proyectada sobre las villas de las Ocean Front Suite. Un contraste de amarillos y naranjas con el azul del cielo y el mar que bien merecía una foto que no conseguí sacar.

Por enésima vez, las luces de la habitación se apagan sin haber dado la orden. Al parecer hay unos sensores de movimiento repartidos entre el cuarto y la entrada de éste, decidiendo por si mismos que no queda nadie ocupándo la habitación y por lo tanto se pueden apagar las luces. El problema es que a veces ignora que sí estamos en la habitación, y nos obliga a hacer aspavientos para no quedarnos a oscuras. Más divertido es cuando se apagan estando sentado en el retrete, donde no llegan los sensores y te ves obligado a permanecer en la oscuridad hasta que termines tus labores. Este comportamiento es un problema en cuanto a cargar baterías de cámaras, portátiles, etc., ya que no te permite dejar los aparatos enchufados cuando te marchas de la habitación.

Confirmamos antes de la ducha que esos 5 minutos entregados al sol en la piscina tranquila han traído consecuencias. Y tras empaparnos de crema after-sun para hidratar la piel, nos vamos hacia la recepción ya con ropa de noche. El primo hermano de El Koala, aquel que cantaba "Opá, yo via hasé un corrá" se encarga de los carritos y es él mismo quien nos lleva hasta la recepción del Paraíso Maya.

La recepción está a rebosar de adolescentes y niños por todas partes, muchos de ellos enganchados a sus móviles aprovechando que es en este rincón donde se encuentra la mejor conexión a la red sin cables de todo el complejo. Y no es ninguna broma decir que tras varios días sin salir de un hotel solo para adultos, se hace muy extraño volver a ver niños correteando y gritando por todas partes.

Entramos a las 21:00 en La Marina, uno de los dos restaurantes situados en el Paraíso Maya. Se nota un pequeño bajón en cuanto al protocolo de los camareros respecto a los restaurantes del Grand Paraíso, pero mientras se coma bien, no nos importa lo más mínimo. Fuera de los locales del Grand Hotel, los entrantes sí se sirven en modo buffet, tal y como recordábamos en el caso de los restaurantes del Grand Palladium hace dos años. En este caso tenemos para escoger entre pescado frito de varios tipos, marisco variado, ensaladas, pulpo, etc.

Nos sirven una crema de marisco tras el entrante y antes del plato principal. Yo acompaño la velada de vino rosado, que en este caso es el que dispone el local y no te dan a elegir entre varias cosechas. Creo que se trataba de un Penedés.

Empieza a demorarse un poco más de la cuenta el plato principal, y echando un vistazo al resto de mesas parece ser un problema generalizado. Una mujer protesta a uno de los camareros y su segundo argumento es "Es que los nenes nos han comido". Sé que soy una especie de Herodes en potencia, pero me revienta esa obsesión por usar siempre un argumento basado en los niños con la intención de que hacer más presión. Si están tardando, están tardando, y que tengas niños en la mesa no va a hacer que sea más o menos cierto. ¿O acaso si vinieras sola estarías encantada por esperar una hora a que te sirvan?

Llega nuestra parrillada de pescado para dos. La langosta nos sigue pareciendo de sabor muy débil, como una gamba grande (y no una gamba de las mejores). El arroz debe estar empapado en mantequilla, porque conserva su sabor. Pese a lo anterior, el plato sale bastante bueno.

Para el postre volvemos a recurrir al pequeño buffet habilitado en un rincón. Entre los dos probamos el arroz con leche, la tarta de San Marcos y los inevitables helados. Quedamos satisfechos, con el único inconveniente del tiempo que han tardado en servir. Aunque a tenor de las expresiones de los camareros, apostaría a que no se trata del caso habitual y deben haber sufrido algún problema, quizás la ausencia repentina de algún cocinero.

Salimos hasta la recepción esperando conseguir un carrito de vuelta a nuestro hotel y no encontramos a nadie del personal, solo otros huéspedes esperando. Aparece al cabo de unos minutos nuestro viejo conocido El Koala y avisa a un compañero para que venga a buscarnos. Estamos rodeados de incipientes que parecen preparados para salir de marcha.

Ya que entramos al hotel por la recepción, paramos en el Mirador Bar para seguir nuestro ritual de manzanilla para ella y Baileys o ruso blanco para mí. La camarera nos recuerda de la noche anterior, y recuerda también que olvidó servir a L el vaso de hielo que había pedido junto a la manzanilla. Se disculpa más de lo necesario, pero es agradable ver que los empleados empiezan a reconocerte. Echo de menos algo más de la cercanía que sí teníamos con el personal de The Royal Suites.

Tras la copa, último paseo del día hasta la habitación, a la que entramos cuando el reloj ya marca las 23:00. Al contrario que en otras tardes, hoy no hemos probado el cómodo colchón en todo el día, así que era de esperar que cayéramos redondos. Y que mañana el sol siga con nosotros, que esto empieza a acabarse.