En el hotel. Cena en L'Atelier

1 de junio de 2012

¡Sale el sol! Las 7 de la mañana son en ésta ocasión mucho más luminosas, y un cielo abierto nos recibe al abrir las cortinas de la habitación. Las piscinas no abren hasta las 8:00, pero desde la terraza vemos que no somos los únicos que ansiábamos el calor desde primera hora: ya hay alguien metido en la piscina tranquila.

Pero tras la de arena, llega la de cal. En su ronda matutina L confirma que el día 1 de julio pasará a trabajar 2,5 horas más a la semana y que, además, se ha suprimido un premio de 5 días extra de vacaciones a los que optaba por haber realizado y presumiblemente superado un curso.

El desayuno empieza con dos de esos detalles insignificantes pero que no deberían ocurrir en un supuesto hotel de gran categoría. La jarra de leche que nos sirven junto al café está fría, y el queso de uno de los cruasanes mixtos que vemos al pasar por la barra empieza a mostrar motas verdes. Mientras hago un recorrido en video de toda la oferta para desayunar, la cámara me muestra por primera vez en su historia el mensaje "Tarjeta de memoria llena". Se me fue la mano grabando videos del Rock Show hace un par de noches.

Me veo obligado a pasar por la habitación para descargar el contenido de la cámara al ordenador, y aprovecho para dejar una nota preguntando si sería posible tener algo de champán en el minibar. Salimos hacia la playa no sin antes hacer una pequeña parada en las terrazas junto a los restaurantes de la planta superior, el Haiku y el Toni's. Desde aquí, donde ayer parecían estar grabando una entrevista para televisión, las vistas a la piscina principal y su enlace con el mar son inmejorables. Bajo nuestros pies aparecen, otra vez, los Señores Heineken.

Parada de rigor en el mostrador junto a la piscina para coger toallas y colchoneta inflable. La bandera amarilla sustituye a la roja, que es con la que siempre parecemos empezar el día. Sin embargo, las olas no parecen tener intención de mermar y la colchoneta en el mar sigue siendo una aventura.

Ya bañados preferimos pasar directamente a la piscina en lugar de tumbarnos en la playa. Lo que nos interesa del Caribe es remojarnos, pero para achicharrarnos al sol preferimos la comodidad y falta de arena de una construcción artificial. Cae el primer latigazo, que para L es un daiquiri de fresa y plátano que parece llevar un extra de ron y para mi un Baileys granizado, tras comprobar que la horchata no está entre todas esas botellas que tienen en el bar.

Avanza la mañana y la piscina principal sigue mostrando un aspecto muy tranquilo, con poca gente. Suena por el hilo musical una versión jazz de Live and let die de Guns'N'Roses. Parece que los discos de Vintage Café no son una tendencia solo en The Royal Suites. El sol ha vuelto con tanta fuerza que tras 15 minutos tumbado boca abajo podría hacer una tortilla sobre mi espalda. Parece que esté sudando aceite.

Son las 11:00 cuando empieza el jaleo en la piscina principal en forma de música estridente y animación, así que es el momento perfecto para hacer el traslado a la piscina tranquila. En la retirada me engancha un animador que me anuncia que el concurso de hoy es chutando un balón de fútbol. Charlo con él un rato: se llama Eder Alberto y resulta que hace 3 semanas estuvo en Ses Covetes, a 40 kilómetros de mi casa. Hizo todo un itinerario en el que visitó, entre otras, Barcelona, Madrid, Mallorca y París.

La Tranquility Pool sigue dando lo mejor de si misma. L descubre una puerta pseudo-clandestina que nos lleva directamente a las plantas que hay justo debajo del ala de nuestra habitación, con mucho menos rodeo que el camino que tomábamos hasta ahora. Lo aprovecha para ir al cuarto a por un sobre de Almax, tras comprobar que el extra de ron del primer cóctel le está haciendo mella. Mientras tanto, la camarera Mirna y sus constantes rondas por la piscina siguen otorgándole el premio de Empleada del Viaje.

Aunque ni por asomo encontramos tantas como en nuestra estancia en The Royal Suites, aquí también hay iguanas. En concreto, una me da un susto de muerte al caer desde los árboles a pocos metros de mí cuando me disponía a entrar en el cuarto de baño de la piscina. Medio metro de diferencia y aterriza justo sobre mi cabeza.

Las picaduras, que empezamos a sospechar que son compartidas entre los mosquitos y unos muy pequeños insectos que pueblan las tumbonas, siguen su curso. La peor parece ser la primera que sufrí, que sigue hinchada a mi espalda y me pide a gritos un poco de pomada para aliviar el dolor. Más que de un mosquito, parece la picadura de un dragón, pero no se si ha sido Drogon, Viserion o Rhaegal.

Hoy la comida vuelve a ser en el buffet Bellavista. Se vuelve a habilitar una pequeña barbacoa en la terraza exterior, y hoy si me animo a probar las hamburguesas completas con su queso, su colchón de tomate y cebolla y su pan tostado. Y qué lástima no haberlas probado antes, porque me faltan números una escala del 1 al 10 para decir cómo están.

Desde la seguridad de nuestras sillas en el comedor vemos como empieza el enésimo diluvio universal, cortesía de nuevas nubes grises que han entrado por el mar. Uno de esos simpáticos animales se resguarda de la lluvia en la terraza cubierta y, ya de paso, intenta conseguir algo de comida de los huéspedes. Tras investigarlo posteriormente, se les conoce como Coati y entre sus numerosos nombres populares el que más gracia nos hace es "cucurucho", quedando para nosotros con el nombre de "ruchos".

Cuando salimos del comedor empieza a tronar fuerte, y nosotros hemos dejado toallas y cremas solares sobre la tumbona de la piscina tranquila. Salgo a por ellas rápidamente, en una carrera de 20 metros en sandalias para ir, recogerlas y volver a cubierto. Suficiente para quedar calado hasta los huesos. Habrá que ir a cambiarse.

En la habitación nos está esperando una cubitera, dos copas y una botella de champagne procedente de Portugal. Yo me refería más bien a botellas pequeñas que pudieran almacenarse en el minibar pero claro, aquí querer champán suele significar esto. La tormenta no parece ser momentánea, y dura más que ninguna hasta el momento. Los pasillos de la villa están llenos de empleados cubriendo el suelo allí donde caen goteras, y fregando las zonas de paso.

El acceso a Internet se corta, tanto desde la recepción con el teléfono como desde la habitación con cable. Y el chaparrón sigue y sigue y no parece que vaya a parar. Son quizás nuestros peores momentos del viaje, tanto por el presente como por el temor a que la situación se alargue durante el resto de nuestros días en el Caribe.

La conexión vuelve y nos permite por lo menos aprovechar el momento para llamar a casa. Al cabo de un tiempo la lluvia empieza a amainar, pero más como fruto de que las nubes siguen aligerando su carga que porque el viento las esté desplazando. Sigue sin ser ni mucho menos un clima propicio para tomar el sol y bañarse. Dado el escenario, parece obvio aprovechar para hacer otra incursión en el gimnasio, así que no hay mal que por bien no venga. Al pasar por la piscina climatizada del spa apenas hay dos o tres parejas resguardándose de la lluvia, por lo que hay espacio de sobra en caso de decidir venir aquí. L sin embargo ha preferido quedarse en la habitación, dormitando. Cuando termino en el gimnasio y vuelvo hacia la villa, las palometas han formado ejército y debo entrar corriendo al edificio.

La terraza está casi inundada, con un gran charco ocupando todo el suelo de madera. Imposible y absurdo plantearse tender la ropa en el exterior, así que hay que improvisar con la bañera.

Tras cinco largas horas recluidos en la habitación (algo menos para mi gracias al gimnasio), salimos rumbo a la cena en L'Atelier, el restaurante "gourmet" con aires franceses. Dos camareros parecen no ponerse de acuerdo sobre a quién le corresponde nuestra mesa, y recibimos por duplicado las visitas para servir agua, tomar nota, sustituir cubertería, etc. Es gracioso ver como el segundo en llegar hace el amago y tras un derrape modifica su trayectoria como si se dirigiera a otro sitio.

De entrante, sopa de cebolla para ella y dados de salmón con soja para mí. De segundo, costillas de cordero, aunque en la carta reflejaba que se trataba de lomo. Reticentes inicialmente a hacerlo, al final no queda más remedio que soltar los cubiertos y recurrir a las manos. De postre, un hojaldre con mousse de chocolate y vainilla. Todo lo baño en mi caso con dos copazos de vino tinto Cabernet Sauvignon de Burdeos, las cuales hacen mella cuando me levanto de mi asiento.

Pese a que sigue con algo de acidez, L se anima a nuestra visita rutinaria al Mirador Bar para la última copa del día, que en su caso suele ser una manzanilla con hielo. En realidad, lo que le puede es otra obsesión: las palomitas que sirven junto a la bebida. Yo sigo con mi tradición de pasar al ruso blanco al caer la noche. Otra vez nos acompaña una mesa escandalosa, en este caso llena de americanos. Gritan y ríen como un grupo de chavales de 20 años.

En el regreso a nuestra habitación pasamos de nuevo frente a dos locales curiosos: el salón para fumadores, bien abastecido de pipas de fumar en las mesas, y el Rhapsody Musical Bar, que hasta donde vemos desde el exterior parece estar siempre vacío. En esta zona común, la de la plaza con fuentes, vegetación y el gran mural en el techo, siempre hace un frío considerable. Con la excusa de que es un espacio inmenso, se les va la mano con la temperatura y potencia del aire acondicionado. Los cristales que dan al exterior están totalmente empañados, en contraste con los 20 grados que debemos tener al aire libre.