En el hotel. Cena en buffet americano

31 de mayo de 2012

Como si de una repetición del despertar anterior se tratara, el cielo está cubierto y la terraza con síntomas de haber llovido durante toda la noche. Parece que por segundo día consecutivo el clima estará caprichoso.

Como siempre, desayunamos en el buffet Bellavista. Y como siempre, disfrutamos de la mejor comida del día. Cada mañana, en la entrada del buffet se anuncia el tema gastronómico de la cena, en lo que supone una alternativa a los restaurantes a la carta. El de esta noche será comida americana... lo cual nos hace plantear seriamente si reorganizar nuestros planes de cena para hoy.

Saliendo directamente del desayuno a la piscina principal, paseamos a su alrededor para constatar si el tiempo todavía permite disfrutar de ella. Ya durante el paseo localizamos una cama sin señal alguna de estar reservada y en una situación perfecta: una zona con sombra cercana al bar y a una entrada al agua. Así que mientras L va a por toallas y a instalarse para que no nos la quiten, yo vuelvo al cuarto para coger las mochilas con el "kit de piscina", ya que no sabíamos exactamente qué íbamos a hacer y no las habíamos llevado al desayuno.

Aprovecho el paseo por delante de la conserjería para solicitar un cambio en las reservas de cena. La reserva de hoy la trasladamos a un día futuro, para dejar así hueco a ese anunciado buffet americano. Vuelvo ya con gafas de sol, crema solar, spray antimosquitos y libro electrónico a la piscina y nos instalamos. Al poco rato, un ruso corpulento y su mujer empiezan a pasear alrededor nuestro echándonos miradas. Acto seguido, se dirige a un empleado y empieza a contarle algo con aspecto claramente disgustado. Nosotros, mientras tanto, haciéndonos los suecos. Cuando se ha marchado, voy hacia dicho empleado y le pregunto si había algún problema. Me cuenta que el hombre está convencido de que había reservado esa cama y cree que se la hemos birlado. Dejando de lado que la acusación es totalmente falsa, las formas que tuvo el personaje por algo así me parecen excesivas. Estás de vacaciones, en pleno Caribe y con un sinfín de posibilidades para descansar y relajarte por delante. Si vas a estar de mal humor y encararte con la gente, no mereces estar aquí.

La lluvia es intermitente pero no nos priva del clásico combo de chapuzón, cóctel, tiros a canasta y visitas al jacuzzi caliente. Una vez más, el personal del spa nos ofrece masajes de demostración para que luego soltemos la billetera. Los españoles siempre le compran masajes, dice. Y yo que me lo creo, somos especialistas en picar ante la primera mierda que nos vendan, más todavía en vacaciones cuando tenemos la muñeca rota. También nos ofrecen jugar a golf, palo en mano. Porque el Iberostar incluye todo un campo de golf al que los huéspedes del complejo tienen acceso por un módico precio... excepto los del Grand Hotel, que pueden visitarlo sin precio adicional alguno. Cosa que no aprovechamos, para desesperación de un compañero de trabajo mío totalmente devoto del golf.

L descubre a base de daiquiris que definitivamente el ron es una de sus bebidas alcohólicas favoritas, como si de una pirata cualquiera se tratase.

Según aprieta la lluvia, intento hacer un apaño con el toldo de nuestra cama con el fin de resguardarme y solo consigo estropearlo más, siendo golpeado por las cortinas una y otra vez por culpa del viento. Entre mi momento de gloria y que ya hemos alcanzado el mediodía, parece el punto perfecto para volver un rato a nuestra habitación.

Estando allí nos visita el mayordomo para revisar si estamos satisfechos con todas nuestras peticiones. Nos traen más bolsas de patatilla, de las cuales L está guardando unas pocas a diario para el viaje de vuelta a sabiendas de lo poco que se estiran en el aspecto de la comida en nuestra compañía aérea.

Entramos a la oficina virtual de nuestro banco y comprobamos que se nos han ingresado las nóminas, ese momento fantástico en el que cobras estando de vacaciones. Aunque tal y como está el panorama, sientes que cada nómina podría ser la última.

Tal y como ocurrió en nuestra primera batería de reservas, cuando he solicitado modificar la de esta noche la impresora de los resguardos no funcionaba, así que es ahora cuando recibimos el impreso. Y está todo correcto salvo la hora, que refleja las 19:00 en lugar de las habituales 21:00, así que me toca bajar hasta la conserjería para que una amable señorita solucione el error. Precisamente mientras lo modifica, veo pasar a una pareja recién llegada acompañada de un botones. Al verlos, la chica coge el walkie talkie y anuncia "Mayordomo, 7252 llegando". Parece que nuestro viejo hogar ya tiene nuevos inquilinos.

Desde la terraza divisamos como las nubes van remitiendo y poco a poco el cielo azul va ganando terreno a la altura de la playa, así que esta tarde aparentemente tendremos una nueva tregua. Hoy hacemos una excepción y decidimos comer en nuestro propio cuarto, a través del servicio de habitaciones. Consultando el dossier de bienvenida con el menú disponible, elijo un cóctel de gambas y aguacate y un helado de vainilla. L opta por unos spaghetti boloñesa y unos supuestos profiteroles de crema que finalmente resultaron ser de trufa. En media hora tenemos al camarero llamando a nuestra puerta.

Un dato práctico: en las habitaciones no es necesario ningún adaptador de enchufe para los aparatos electrónicos con clavija europea. Todas las clavijas admiten este formato, con la única diferencia de funcionar a 110V, la mitad que el estándar europeo. Sin embargo, sí es necesario dicho adaptador en sitios puntuales, como los enchufes disponibles en la terraza.

La comida sale bien a medias. Los spaghetti de L superan la prueba pero mi cóctel de gambas se queda en un suficiente, demasiada poca salsa rosa. La bandeja que nos han dejado incluye mantequilla, rebanadas de pan de molde y galletitas de tipo crackers. Como comentaba, los profiteroles no coinciden con lo anunciado y el relleno es de trufa en lugar de crema. Definitivamente, el sol baña el suelo de la terraza por primera vez en día y medio.

Salimos pitando hacia la playa, no vaya a ser que la tregua sea solo temporal. En el camino nos hacemos con un sillón inflable además de las toallas. De vez en cuando el sol vuelve a ocultarse, pero nos metemos en el agua de todos modos. El agua, como siempre desde que hemos llegado, presenta un fuerte oleaje, por lo que el sillón inflable supone más una atracción de montaña rusa que un accesorio para relajarse. Tanto mar revuelto provoca que las algas estén esparcidas por la superficie. Otro aspecto a tener en cuenta es que la corriente suele desenterrar alguna roca allá donde la orilla parecía lisa, así que no conviene nunca confiarse y entrar corriendo al agua. Yo casi lo aprendo a base de golpes, rozando la posibilidad de darme un buen golpe en el tobillo.

Revisitada la playa volvemos a nuestro lugar predilecto, es decir, la piscina tranquila. Al ofrecimiento constante de bebidas hay que sumar una chica que se pasea ofreciendo puros. El sol vuelve a ser intermitente, y de repente nos visita otro gran chaparrón. La gente sale disparada al interior de la villa, cosa que sigo sin entender por lo menos durante los primeros minutos del diluvio. Aquí suele ser habitual presenciar una cortina de agua y en cuestión de un par de minutos volver a ver brillar el sol.

A partir de las 17:00 el sol empieza a ponerse en la Tranquility Pool. Vamos hasta el mostrador de la piscina principal para devolver el sillón inflable, pero parece que aquí se está tan bien que nos quedamos un rato más escuchando música tumbados. Recuerdo que mi Amazon Kindle (el lector electrónico) tiene conectividad 3G universal y que no en todos los países el acceso está limitado, así que me animo a probar y... premio, puedo acceder libremente a la red desde él. El lado negativo es que el dispositivo no está ni mucho menos preparado para navegar por Internet, así que algo tan básico como consultar el correo ya resulta complicado. Y así nos dan las 18:30, momento de volver a la habitación.

Paseando hacia aquí y hacia allá, ya vamos aprendiendo cómo detectar a aquellos que son recién llegados. Son los que suelen quedarse un rato mirando tumbonas (lo normal es llegar y plantarse sin dar muchas vueltas) y, lo más importante, los que meten el pie en el agua para saber a qué temperatura está.

Sin una hora estipulada para la cena de hoy, bajamos de todas formas al buffet americano en nuestro horario habitual, las nueve de la noche. El surtido es algo decepcionante, ya que esperaba algo bastante más fuerte. Hay marisco cocido y algo de carne, pero muy poco variada. Un camarero corta y asa a la plancha cortes de rib-eye, aunque no le salen demasiado bien. Hay costillas, pero son de ternera y no de cerdo, como deberían ser si lo que se pretende es jugar a ser una cena americana. Ni siquiera sirven hamburguesas como las que hemos visto otras veces. Vaya, que la supuesta temática de la noche no está muy trabajada. Destaca esta noche, eso sí, una fuente de chocolate con leche junto a bandejas con fruta fresca para bañarlas, ampliando la oferta habitual de postres de tartitas y helado. Aprovecho los ingredientes disponibles para hacer una ensalada césar en condiciones, y no ese simulacro que nos sirvieron en la habitación el día de nuestra llegada.

Nos desplazamos hasta la recepción para intentar colgar un par de fotografías del teléfono móvil a través de la red sin cables, pero la conexión se muere tras haber cargado solo la primera. En nuestro último viaje del día hacia la habitación, pasamos frente al local reservado para agencias y consultamos las horas de recogida de días anteriores a nuestro regreso, para ir anticipando sobre qué hora deberemos despedirnos del hotel. Siendo el vuelo sobre las 20:00, lo habitual es estar preparado para la recogida alrededor de las 16:00.

Llegamos a nuestra habitación tras esquivar una vez más a un empleado que intenta convencer a los que pasan para que vayan hacia el teatro. Nosotros ya hemos consultado la oferta de shows y el único que nos interesaba ya lo disfrutamos, en la medida de lo que se pudo, la noche anterior.

Mientras L hace unas gestiones con el portátil me animo a probar una de las botellitas de tequila disponibles en el minibar. Siendo la más suave de las 4 opciones disponibles (38 grados, la ginebra alcanzaba los 48) a mi me parece como beber colonia, claro que no soy muy dado al alcohol fuerte. Me apetecería más en este momento una copa de champagne, pero el minibar no lo trae por defecto. Quizás mañana me encargue de ello... pero ya será otro día.