En el hotel. Cena en Venetia

30 de mayo de 2012

De nuevo empezando a las 7 de la mañana, esta vez el clima no nos da precisamente un cálido buenos días. El piso de la terraza delata que ha estado lloviendo toda la noche y las nubes no hacen amago de marcharse. Estábamos sobre aviso de que durante la semana habría días de mejor y peor tiempo, y parece que ha llegado el momento de sufrir peor suerte.

Esta vez sustituimos el desayuno en el Bellavista por uno que nos traen hasta nuestra habitación. El día anterior, rellenamos un formulario que teníamos a la llegada al cuarto en el que marcar qué queríamos para desayunar, a elegir entre varios zumos, café y leche, bollería, fruta, y cosas calientes preparadas. Si lo dejas colgado en el pomo de la puerta antes de la una de la madrugada, el mayordomo lo recoge y al día siguiente pasan con tu desayuno a la hora que hayas indicado. En nuestro caso marcamos que queremos desayunar entre las 7:30 y las 8:00, y el reloj marca las 7:40 cuando llaman a la puerta.

Nuestro pedido incluye frijoles triturados, tortilla con todos los extras, fruta fresca, café, zumo y bollería. El camarero, como todos los empleados con los que hemos tratado hasta ahora, hace el ademán de marcharse sin esperar una propina, así que tengo que apañármelas para dársela. Me parece un gesto muy noble por su parte.

Esta vez nos salimos del guión de hacer las llamadas en nuestro mediodía (noche en España) y llamamos al levantarnos, cuando en Europa empieza la tarde. Puesta al día la familia y desayunados, nos vamos hacia la playa retando a las nubes. No hace el habitual bochorno y el mar sigue revuelto, pero se puede estar. La temperatura del agua no impresiona tanto como en días anteriores, pero si asusta más el fresco del viento cuando sales de ella mojado.

Es cuando estamos secándonos y leyendo en las tumbonas cuando empieza a chispear. No es una lluvia intensa, pero si algo molesta ya que al contrario que en la piscina aquí no hay una protección excesiva en forma de toldos. Al cabo de un rato nos rendimos y decidimos que la playa deberá esperar a que el tiempo mejore. Parece un momento propicio para la piscina climatizada, así que nuestra próxima parada es el spa. En el camino de vuelta nos engancha un empleado que traza la misma ruta y, como la inmensa mayoría, empieza a hablarnos en inglés y así habría continuado si no le dijéramos nosotros mismos que puede hablarnos en español. Desconozco si realmente podríamos pasar por norteamericanos, o si por una cuestión de probabilidad (poco turista español, como dije) prefieren siempre entablar conversación en el idioma de Shakespeare.

En unos pocos pasos llegamos al spa, esperando que esté abarrotado. y resulta estar prácticamente vacío. Dos o tres personas ejercitándose en el gimnasio, y una sola disfrutando de la piscina. Por la hora que es uno esperaría algo más de actividad, así que la pregunta es ¿dónde demonios está la gente?

Invertimos algo más de una hora en bañarnos, tantear por segunda vez la sauna seca (la húmeda está averiada) y leer en horizontal. Un capítulo de A Dance With Dragons más tarde, decidimos recoger y explorar alguno de los otros hoteles del Playa Paraíso.

Ponemos rumbo noreste a través de un camino que emerge desde la parte posterior del spa. Cuando cambia el estilo de los edificios sabemos que ya estamos caminando entre villas del hotel Paraíso Maya. Son muy abiertas y coloridas, amenizadas en el exterior por fuentes, vegetación, y una versión en miniatura del Templo de las mil columnas de Chichén Itzá. La zona parece desierta; o todo el mundo está en las piscinas y la playa, o la ocupación del hotel está muy lejos de ser completa.

Llegamos a la zona de piscinas, y lo primero que destaca es que son muchísimas. Apenas acabas de bordear una y ya llegas a la siguiente. Tienen mucha más decoración y añadidos que las piscinas del Grand Hotel, con fuentes, caídas de agua, pequeñas cuevas, etc. El ambiente, como era de esperar, es más "familiar". Mucho más ruido, mayor aglomeración de gente, carritos de bebé aparcados... bueno, al que le guste o no le quede más remedio por tener algún retoño, le servirá y además le saldrá más barato que a nosotros. Pero L y yo no somos especialmente amigos de este tipo de ambiente, y la exploración nos sirve para disfrutar más si cabe de la calma del Grand Hotel cuando regresemos.

Vistas las piscinas, volvemos hacia el lado contrario para cruzar los puentes que pasan sobre el río lento, un surco de agua que puede recorrerse a bordo de un flotador. Parece divertido, y quizás volvamos en algún momento sin ir cargados de las mochilas para poder probarlo. Caminando, caminando, nos plantamos en los jardines del Paraíso Lindo, que es colindante al Paraíso Maya. Una sucesión de aceras y puentes que pasan sobre pequeños estanques, bastante agradables. Al llegar a la altura de la recepción desempolvamos los móviles ávidos de Internet... pero no encontramos red inalámbrica. Una de las grandes lacras del complejo, la escasez de accesos a la red sin cables.

Deshacemos nuestros pasos por las villas de colores hasta regresar a la piscina principal del Grand Hotel, que ahora nos gusta aún más si cabe. El cielo sigue gris, pero el sol parece apretar más tras las nubes y llega a hacer un considerable calor.

Los animadores siguen insistiendo a todo el que se cruzan para que participe en el concurso del día, que hoy va de lanzamiento de fútbol americano con la mano. No me atrae demasiado, y me intenta convencer de que los europeos siempre acaban ganando... pero hoy el premio es para un huésped de Tejas. Yo, mientras tanto, doy continuidad al ruso blanco y me pido uno en el Sirena Bar, sin salir siquiera del agua.

Empieza a caer un chaparrón moderado y la gente se revuelve. Algunos salen corriendo... pero caray, si estás en una piscina y rodeado de agua, no veo dónde está el problema. Nuestra técnica es, cuando el agua cae fresca, meternos en un jacuzzi caliente y aquí no pasa nada. Como es lógico, con tanta agua y tanto charco hoy se ha intensificado la presencia de mosquitos.

Probablemente dado el clima, hay menos gente de lo habitual en los aledaños de la piscina. A la una del mediodía tiene lugar una clase de cocina junto a ella, y pese a que L estuvo tentada de asistir en el último momento da un paso atrás. Sabia decisión, ya que cuando junto a la supuesta clase vemos que de cocina tiene poco, y más bien es una excusa que la gente utiliza para catar canapés y vinos.

Volvemos a cambiarnos los bañadores por uno seco y enfilamos el camino para comer en La Brisa. Cuando te reciben y sientan, te ofrecen una carta donde elegir algún plato de manera adicional a lo que dispone el buffet. Le echamos un vistazo y algunas cosas como una selección de burritos suenan tentadoras, pero preferimos más variedad picando aquí y allá de lo que vemos en las barras. Hoy destacamos un risotto muy sabroso, tanto o más que las patatas al horno con salsa. También cojo, quién lo iba a decir, un poco de coliflor y brócoli al vapor que entre tanto exceso me saben a gloria. De nuevo, los helados para el postre merecen mención aparte.

Son las 2 del mediodía cuando regresamos con el estómago lleno a la habitación. La Selección Española de fútbol está jugando un partido amistoso frente a Corea del sur, así que intento sintonizar TVE Internacional en el televisor... y lo consigo, pero la calidad de la imagen es horrible. Y no es cosa de la habitación, ya que lo mismo ocurría en aquella en la que nos instalamos inicialmente. Me resulta más agradable aprovechar la buena conexión a la red para verlo por Internet gracias a alguna web de streaming. La web oficial de TVE no es una opción, ya que está limitada a conexiones desde territorio nacional. Mientras tanto L disfruta de una de sus célebres siestas esperando a la hora a la que sus padres esperan recibir una llamada.

Desde que descubrimos el spa por primera vez, dudo sobre aprovechar o no mínimamente el gimnasio incorporado, ya que el calzado deportivo que traigo no es el más adecuado. Finalmente me animo a probar. No compensará ni mucho menos todos los excesos de estos días, pero siempre será mejor que no hacer absolutamente ningún esfuerzo físico. Un kilómetro a buen ritmo en la cinta, unas pocas series en un par de máquinas de musculatura, y 20 minutos en la bicicleta elíptica, con el objetivo principal de quemar grasas. Todo ello al ritmo de Garbage y Green Day con los auriculares enchufados al móvil. La música ambiente no casa demasiado con mis gustos. Los dos televisores del gimnasio mantienen siempre sintonizado TDN o ESPN, ambos canales deportivos.

A mis espaldas la piscina climatizada está algo más poblada de lo visto hasta ahora, pero sigue respirándose tranquilidad y habiendo espacio de sobra. Vuelvo al cuarto para ducharme y en lugar de a L me encuentro una nota diciendo que me espera en la piscina tranquila. Allá que voy tras refrescarme, para zambullirme en el agua de la piscina... y en un San Francisco que le pido a Mirna.

Llegan un par de parejas de "cuerpecitos", es decir, él marcando músculo y ella con una silueta y un bronceado perfectamente cuidados. Y por ahora se cumple el tópico de que mucha figura, pocas luces. No entienden lo que significa "piscina tranquila" y sus gritos en el agua se oyen desde las tumbonas, por lo que fastidian el descanso y la lectura de los que estamos por allí.

Se nos cruza a pocos metros otro de esos simpáticos animales, a los que hay que sumar también rasgos de mono, ya que empieza a trepar un árbol sin ningún esfuerzo.

Empieza a llover, primero de forma leve y luego muy intensa, pero el toldo de la tumbona nos protege relativamente. Finalmente volvemos a la habitación porque entre el aguacero y las voces desde la piscina no estamos disfrutando al 100% de la experiencia. Nos quedan por delante 3 horas para leer en la mullida cama, afeitarse, ducharse y esperar a la cena de hoy.

Es el turno del Venetia, el restaurante italiano ubicado en la plaza junto a la recepción del hotel. Sigue lloviendo a mares, y sin embargo el interior de las villas no está más abarrotado de lo habitual. Empezamos a divisar un número considerable de goteras y manchas de humedad, lo cual no parece muy propio de un hotel 5 estrellas por muy poco preparado que esté para la lluvia.

Llegamos puntuales a nuestra cita, y entramos a otro pequeño local ambientado con pinturas y esculturas que evocan a la antigua Roma. Ella acierta más que yo en los entrantes, ya que sus calamares fritos entran muchísimo más por los ojos que mi carpaccio de salmón. En el plato principal la cosa está más igualada, L con su lasaña de langosta y yo con mi risotto de camarones. Si hay risotto, soy incapaz de pedir otra cosa de la carta. Esta noche yo acompaño los platos con sendas copas de champagne. De toda la oferta de postre nos decantamos por un tiramisú para ella y chocolate con cubierta de remolacha para mí. De momento puede que se trate del mejor de los tres restaurantes que llevamos visitados.

Ponemos el cierre a la jornada con una copa en el Mirador Bar, en el que esperamos más de lo deseado a que nos atiendan a pesar de estar prácticamente vacío. En el camino de vuelta pasamos por la sala de billares donde basta con una partida rápida para que L no quiera jugar más, y llegamos alrededor de las 23:00 a nuestra habitación. Se acabó el tercero.