En el hotel. Cena en Haiku

29 de mayo de 2012

La segunda jornada completa empieza a las 7:00, tras poco menos de 8 horas de sueño. El servicio de desayuno ha empezado precisamente a esa hora, pero nos lo tomamos con calma, empezando por navegar un poco por la red. Mientras nosotros dormíamos en España han alcanzado el mediodía, así que se acumulan los tweets, actualizaciones y titulares que no hemos visto.

Cuando por fin bajamos a desayunar (al Bellavista, como siempre) nos sentamos, como será una costumbre, en una mesa junto a la cristalera que nos separa de la piscina principal. Y mientras saboreamos nuestros zumos, un ejército de extraños animales empieza a cruzar el acceso a la piscina que tenemos a pocos metros. Parecen una combinación de mapache y ardilla. Ya tendremos tiempo para familiarizarnos con ellos más adelante.

Nos dirigimos hasta la recepción para tomar nuestro primer carrito para huéspedes del Grand, que aquí se distinguen de los "normales" por estar pintados de color azul y con la insignia del hotel. Pedimos que nos lleven hasta lo que ellos llaman "el centro comercial". Las carreteras interiores del hotel marcan un máximo de 20 kilómetros por hora, pero los carritos eléctricos los superan y a ciertas horas los conductores se confían, así que en apenas 2 minutos nos hemos plantado en estas instalaciones anexas a unos metros del Paraíso Maya. Llegamos demasiado pronto y todos los locales permanecen cerrados, pero tenemos a escasos metros el spa principal para todos los huéspedes del complejo y lo aprovechamos para matar el tiempo.

Nos reciben con mucho más protocolo que en el spa del Grand Paraíso, acompañándonos por separado a sendos vestuarios y haciéndonos rellenar los datos de nuestra entrada en un diario de visitas. No es hasta que hemos dejado las mochilas en taquillas e ingresado en la zona húmeda cuando nos volvemos a encontrar.

El área húmeda consiste en dos grandes espacios. En el de más al fondo tenemos la piscina climatizada, totalmente aislada del exterior y provocando un efecto invernadero por el que no tardas en notar gotas de sudor. El agua es caliente y sumergidos hay multitud de chorros de presión con sus respectivos bancos de piedra para sentarse. Una puerta lleva a una pequeña terraza con dos grandes iglúes de piedra, bajo la leyenda de "Baños prehispánicos". No los probamos.

En el espacio anterior, también cerrado, tenemos una colección de pequeñas bañeras de hidromasaje. La mayoría son de agua caliente, oscilando entre los 35 y los 38 grados. Excepto una, marcada como "bañera de agua fría" y que alcanza la temperatura de... 25 grados. No es que sea un erudito de los spa, pero lo normal es que la "bañera fría" ronde los 10 o 15 grados, como ocurre en la del spa de The Royal Suites. En comparación, ésta parece una sopa.

Todavía en este espacio nos esperan varias duchas de distintos tratamientos a base de chorros a distintas alturas. Todas ellas acompañadas de cuatro botones correspondientes a los cuatro niveles posibles de temperatura media de la sesión. Durante la aproximadamente una hora que pasamos aquí apenas compartimos instalaciones con 3 o 4 huéspedes, aunque probablemente según avance el día la concurrencia aumente. Ya de vuelta al vestuario y listos para marcharnos, rodeamos una terraza ubicada en el centro del edificio que ejerce de solarium, con varias tumbonas de piedra y un pediluvio rodeando todo el perímetro.

Volvemos al punto de partida y las tiendas del centro comercial ya están abiertas. Damos un paseo por ellas: siete u ocho locales, la mayoría joyerías y tiendas de camisetas con lemas más o menos graciosos. También nos topamos con una farmacia, una heladería, un local de tacos y la inevitable capilla. A modo de curiosidad, nos encontramos con la "Taberna del Lavapiés", un local de tapas que emula las clásicas barras madrileñas. Echamos en falta algún local parecido a un supermercado, como si podías encontrar en el Grand Palladium.

Sería el momento de averiguar a quién hay que solicitar traer un carrito para recogernos, pero no es necesario. Justo cuando salimos, llega otro de los vehículos azules para traer a más huéspedes y lo aprovechamos para que nos lleve de vuelta. Conduce una de las empleadas que estaba atendiendo en la recepción.

Cuando volvemos a la habitación el servicio de limpieza ya la ha dejado impecable, y eso que todavía no son las 10 de la mañana. Tal y como ocurrió ayer, encontramos en el pomo una pequeña bolsa con el periódico mejicano de hoy, pero no nos molestamos en recogerlo porque no nos aporta gran cosa. En The Royal Suites cada mañana nos esperaba en recepción una copia de El País y El Mundo, pero aquí solo podemos aspirar a este diario local y una edición caribeña del USA Today. Consecuencias de ser un hotel con mucha menos afluencia de turistas españoles.

Empezamos la jornada de sol y baños en la piscina principal. Pasamos por el mostrador de toallas para recoger las nuestras, y vemos que también ofrecen colchonetas inflables y protección solar para quién no la haya traído consigo. Como ya no estamos a primera hora, muchas de las tumbonas y camas con toldo están ocupadas, pero nos encontramos una en uno de los extremos con dos toallas mínimamente desenrolladas sobre ellas, es decir, aparentemente libres (cada mañana los empleados depositan una toalla enrollada sobre cada tumbona). Cuando ya llevamos un rato tomando el sol, una mujer, diría que británica, nos pregunta amablemente cómo habíamos encontrado las tumbonas y si había unas toallas sobre ellas. Mentimos y decimos que las encontramos vacías: independientemente de que no me gusta esta costumbre de "reservar un puesto" para dejarlo vacío durante horas, creo que la señora se lo podría haber trabajado un poco más. Lo habitual cuando se quiere reservar una tumbona es dejar una toalla extendida y algún tipo de mochila o artículo sobre ella para que quede claro que ya está ocupada. Ésta mujer se limitó a coger la toalla, agitarla levemente y volverla a colocar. Considero que con eso no basta.

El concurso que preparan hoy los chicos de animación implica un balón de fútbol americano. Vuelven a presentarse la chica belga (Nellie, o algo así) y Ana, la chica española. Ambas parece que se apuntan a un bombardeo. Como era de esperar, una prueba que implica marcar un field goal con el pie la acaba ganando un norteamericano.

El clima nos está acompañando de forma más o menos benevolente esta mañana. El cielo está parcialmente nublado y sopla constantemente un ligero viento, pero se puede sobrellevar y no disminuye las ganas de darse un baño. Constantemente pasean por la piscina empleados del spa que se ofrecen a hacerte una demostración de sus masajes con la esperanza de que acabes mordiendo el anzuelo.

Tras comer ayer en La Brisa hoy toca probar la oferta del Bellavista, que está abierto para las tres comidas del día. Al contrario que durante el desayuno, no se aprovecha toda la barra de buffet y en su lugar se habilita en la terraza exterior una pequeña barbacoa donde sirven carnes hechas al instante. La barra del interior queda reservada para frutas, postres, platos de pasta preparados al gusto de cada uno y alguna cosa más. La variedad me parece un poco decepcionante. Lo mejor vuelven a ser los helados. Uno de ellos, que parecía de nata, es todavía mejor: ¡cheesecake!

Tras la comida hacemos un cambio de tercio y pasamos a la Tranquility Pool. Tras varias horas de sol, los tablones que rodean la entrada a la piscina queman como el infierno, y hay que pasar rápidamente sobre ellos para aliviar los pies en el agua. Empieza a chispear durante 2 minutos, pero no llega a ir a mayores. En solo día y medio hospedados en el hotel ya nos hemos cruzado numerosas veces con una curiosa pareja: aparentemente norteamericanos, considerablemente gruesos y él siempre ataviado de un gran sombrero y una lata de Heineken en la mano, no importa a qué hora. Ya los hemos bautizado como los "Señores Heineken", y no dejamos de encontrárnoslos allá donde estemos.

Llega las 15:00 y tenemos una cita en recepción para visitar la que puede ser desde hoy mismo nuestra nueva habitación. Subimos hasta la segunda planta y nos abren la puerta de la 7433: más elevada, más apartada del pasillo central de la villa y nuevamente con vistas a la Tranquility Pool, pero esta vez acompañadas de un poco de mar en el horizonte. No es una habitación sin humos, pero no parece que el último huésped haya dejado un rastro de nicotina, así que no nos importa. Nos la quedamos.

Tras volver a empaquetar de forma muy rudimentaria nuestro equipaje y esperar a un botones que llevará los bultos a la nueva habitación, nos entregan las llaves y nos instalamos. Cuando inspeccionamos el baño más en profundidad nos encontramos el horror: aquí tenemos una báscula para pesarnos. Mala idea para 9 días de festín sin fin y sedentarismo a tope. En esta ocasión junto a los kits y cremas varias que se disponen en el baño, no encontramos repelente contra insectos, cosa que sí ocurría en la anterior habitación. Bajo a conserjería para consultar si las reservas para las cenas deben modificarse tras el cambio de habitación, pero no es necesario. El conserje me pide que le confirme dónde cenaremos esta noche ya que nos tienen preparada una "sorpresa". Yo ya me imagino a mariachis cantando a la luz de las velas.

Seguimos instalándonos en la nueva habitación con divertidas consecuencias. Es idéntica a la que hemos dejado atrás, pero simétricamente opuesta. Lo que estaba a la derecha ahora está a la izquierda, así que no paramos de equivocarnos y tener que corregir la dirección tras mirar hacia el lado equivocado.

Decidimos estrenar la habitación utilizando la bañera de hidromasaje del cuarto de baño. Tarda bastante en llenarse, como era de esperar. Es agradable, pero en absoluto comparable a tener un jacuzzi en la terraza, en el cual cabrían de forma más holgada dos personas. En la bañera el espacio es más reducido y entran ambos, pero con más apuros.

Entre traslados, baños y un poco de relax bajo techo nos da la hora de cenar, que hoy hemos adelantado 30 minutos con el fin de estar listos a las 22:00 para ir hacia el teatro. La cena de hoy es totalmente a ciegas, ya que no somos clientes habituales de los restaurantes japoneses. Nos vamos al Haiku. En los minutos de la basura hasta que llega la hora exacta de la reserva, salimos a la terraza anexa que ofrece buenas vistas a la piscina principal.

Nada más acceder nos ofrecen sentarnos en una mesa "normal" o bien en las show cooking, que son unas islas con una plancha central y mesas alrededor, en las que ver en directo cómo se prepara tu pedido. Pagamos la novatada y accedemos al show, pero hay que esperar hasta que las tres mesas que la rodean queden ocupadas y nos quedamos esperando eternamente. Cuando la hora amenaza con desbaratar nuestros planes, comunicamos con pesar a la camarera que preferimos cambiar a una mesa ya que el tiempo apremia. Algo más tarde de lo habitual conseguimos empezar a comer maki de salmón, arroz frito y teppiyaki de langosta para mí y de pollo para ella. Por primera vez en todos estos años y tras varios intentos en vano, consigo con relativo éxito comer con palillos antes de resignarme a pedir unos cubiertos occidentales. Al igual que en las comidas, aquí lo mejor vuelve a ser el postre. Helado para mí y helado con banana frita para ella. Al final salimos del local a las 21:50, justo a tiempo para ir hacia el teatro, que está a mano derecha justo antes de alcanzar la recepción del hotel. Por cierto, de la anunciada sorpresa que íbamos a tener esta noche, nunca más se supo.

Hoy asistimos al que será nuestro primer y a la postre único show de los que cada noche prepara la compañía de danza del hotel. Mientras que para el resto de días se trata de espectáculos esencialmente de baile, el de hoy tiene un factor musical al que no me he podido resistir. Bajo el título de Rock Show, se promete música en directo versionando a los más aclamados éxitos de los ochenta y los noventa. Por la descripción, parece un espectáculo preparado a mi medida.

El teatro resulta ser un auditorio bastante grande y acogedor, con un bar en la zona más elevada y pequeñas mesas orientadas hacia el escenario. Me pongo el disfraz de "El Nota" y me pido un ruso blanco: vodka, café y un toque de leche. Serio competidor del Baileys.

Empieza el show. Los músicos (batería, teclados, guitarra y bajo) cumplen lo que prometían, pero de los 6 cantantes solo 3 parecen estar a la altura. Mención especial al que parece más elocuente de todos, un hombre a medio camino entre Carles Puyol y Gerard Quintana que tiene buena presencia en el escenario pero cuya voz no le acompaña. Del repertorio, eso sí, ninguna queja: Queen, Europe, U2, Scorpions... hacia el final del show llega el turno de Bon Jovi y el público echa el resto poniéndose en pie. Como imaginaba, me sobra toda la parte de bailarines y me quedaría esencialmente con el concierto.

Cuando termina el espectáculo, con las luces ya encendidas pero los músicos todavía animando el cotarro desde el escenario, los bailarines empiezan a pasear por las mesas saludando a todo el mundo y vendiendo la moto de su trabajo y sus futuros espectáculos. Me muerdo la lengua y no digo que a mí lo que me gusta es la música, no los bailecitos. En definitiva, un espectáculo relativamente recomendado, siempre sin perder de vista que los que juegan en primera división no suelen actuar en un hotel.

A la salida del teatro se acerca peligrosamente la medianoche, así que es turno de echar la persiana con el fin de seguir aprovechando las horas de sol a la mañana siguiente.