En el hotel. Cena en Toni's Surf & Turf

28 de mayo de 2012

Suena el despertador... no, de despertador nada, que estamos de vacaciones. Abrimos los ojos cuando el reloj de la habitación marca las 5:30. Lo habitual en un viaje hacia el oeste: que la primera mañana seas el más madrugador del país de destino. Pese a ello, hemos dormido algo más de 7 horas, así que descanso no parece que vayamos a echar en falta.

Empezar con una ducha nos basta para descubrir que las luces de la habitación tienen un comportamiento, cuanto menos, extraño. Si en medio de la noche te levantas, te diriges al baño y pulsas el interruptor, unas luces acopladas a la cabecera de la cama también se encienden. Y si tu pareja todavía está durmiendo, que se joda.

Recorremos por primera vez la villa 72, un edificio de considerables dimensiones de tres plantas y con una decoración bastante ostentosa y sobrecargada. Tapices emulando a pinturas italianas, grandes columnas con detalles dorados, suelo embaldosado reluciente. Personalmente, creo que para un viaje de estas características prefiero el modelo de villas más "al aire libre", en las que para desplazarte entre las instalaciones debes salir al exterior. Con ello se consigue que el edificio con habitaciones tenga como único objeto el de ir a tu cuarto, y no se convierta en una zona de paso de gente que va a recepción, a las piscinas, a los restaurantes, etc.

Nos adentramos en el Buffet Bellavista para tomar nuestro primer desayuno en el hotel. Antes hemos recorrido brevemente el perímetro de las dos piscinas del Grand Paraíso, todavía lejos de la hora oficial de apertura (aunque, como veremos, en ocasiones algún bañista prematuro ya se mete en el agua antes de las 8:00). Entre los zumos del desayuno no encontramos el ansiado jugo de plátano frío que nos brindaron en The Royal Suites, pero sí tenemos para escoger otros como el de sandía o el de melón, que no están nada mal.

La comida del buffet, la que se puede esperar de cualquier hotel con clientela internacional. Tanto oferta de platos fríos como calientes, cereales, panes variados, todo lo imaginable para untar en el pan, fruta fresca, bollería, crepes, gofres y tortitas, tortillas a petición, etc. Por lo general, todo lo que pueda apetecerte para desayunar te estará esperando para que lo cojas.

Con el estómago bien poblado visitamos por primera vez el mostrador de conserjería, situado en un pequeño vestíbulo que conecta las distintas alas de las villas. Es aquí donde se reservan cenas en los restaurantes del complejo, tanto en los del propio Grand Paraíso como en los del resto de hoteles del complejo. Sin embargo, justo a nuestra llegada la conexión a la red parece caída y el conserje nos remite a regresar en un rato para volver a intentarlo.

Apenas llevamos un par de horas en pie en nuestro flamante hotel, pero ya tenemos que desplazarnos a uno de sus hoteles vecinos. La charla introductoria de la touroperadora tiene lugar en el Hotel Paraíso Maya, el cual alcanzamos a pie en apenas 5 minutos. Su entrada principal la preside una versión en miniatura de la Pirámide de Kukulkán, emblema de las ruinas mayas de Chichén Itzá. Su interior es un enorme bar cuya barra se ubica en el centro, presidida por una gran serpiente enroscada alrededor de un cilindro.

Encontramos una pequeña área de la recepción poblada de sofás en las que se dispone de conexión a Internet con bastante calidad. Sacamos nuestros móviles y aprovechamos la espera para ponernos un poco al día con la actualidad, tras un buen puñado de horas totalmente desconectados del mundo. Al parecer, Mariano Rajoy está dando una rueda de prensa en este preciso instante: la primera en 7 meses como Presidente del Gobierno. Ha esperado a que abandonáramos el país.

Llega Jorge, el empleado de Viva Tours (la cuál incluye Iberojet) y empieza nuestra táctica para deshacernos rápidamente del trámite. Este encuentro tiene dos finalidades: la primera, confirmar los datos de nuestro regreso, acordando la hora de recogida del autocar que nos llevará de vuelta al Aeropuerto de Cancún. La segunda, sacar todo el arsenal comercial de la touroperadora para que contratemos todo tipo de excursiones y actividades cercanas. Nosotros, como reincidentes en un viaje a la Riviera Maya y que ya han visitado (y sin ánimo de revisitar) todo lo que nos atrajo en la primera ocasión, no tenemos ninguna voluntad de salir del hotel durante nuestra estancia y así se lo hacemos saber. Al principio parece que no va a oponer resistencia, pero luego insiste en lo largos que son los días y lo bonito que es bañarse con delfines o descubrir el lecho marino. Pero no sabe que está pinchando en hueso, y en apenas 10 minutos estamos ya saliendo del Paraíso Maya en dirección hacia el Grand Paraíso.

Por otra parte, la única utilidad real que tenía este encuentro no sirvió para nada: para conocer la hora de recogida, debemos pasar el día antes a nuestro regreso por una sala de nuestro hotel reservada para agencias. Allí encontraremos un dossier de Viva Tours en el que se nos informará de los datos que necesitaremos.

Aunque no lo comentáramos a nuestra llegada al hotel, la habitación que se nos ha asignado es una Standard Suite, la 7252. Este tipo de habitación es la más básica posible en el Grand Paraíso. Sin embargo, en el momento de la reserva vimos como la web del complejo anunciaba una mejora de la habitación sin coste adicional para los huéspedes que se encuentren en su luna de miel, siempre y cuando haya disponibilidad para ello. Aprovechamos nuestro paso por recepción para conocer los motivos de que no nos hayamos beneficiado de esa mejora, y la señorita que nos atiende se hace la sueca y dice no saber nada sobre mejoras gratuitas para este tipo de viajes. Lo único que puede hacer es informarnos de los precios de las mejoras: 50 dólares la noche para una planta superior (y con mejores vistas), y 120 dólares la noche, 80 de forma excepcional debido a una oferta, por trasladarse a las Ocean Front Suite, situadas en villas en primera línea de mar y con vistas al Caribe desde la terraza.

L, fiel a su estilo, no se rinde, y al regresar a la habitación contacta por correo electrónico con la jefa de recepción, con la cual ya había planteado previamente nuestras preferencias de hospedaje: una habitación en una planta alta y que fuera tranquila. Ninguna de las dos cosas se estaba cumpliendo: la habitación se encontraba en el primer piso y situada en plena zona de paso de la villa, lo que provoca cierto ruido por las idas y venidas de los huéspedes durante la noche. Le hace saber que a nuestra llegada no parecen haber sido atendidas estas peticiones pese a haber disponibilidad, tal y como la empleada en el mostrador nos ha hecho saber al darnos la opción de pagar por ellas.

Esta vez sí, a nuestro paso de nuevo por la conserjería reservamos nuestras cenas. El Grand Paraíso tiene cuatro restaurantes propios: Toni's Surf & Turf, especializado en una combinación de carne y marisco; Haiku, de comida japonesa; Venetia, restaurante italiano y L'Atelier, un restaurante de tipo "gourmet". Por otro lado, el resto de hoteles tienen su propia oferta de restauración, destacando las dos opciones que ofrece el Paraíso Maya: La Marina, que es una marisquería, y El Rancho, que es un steakhouse. Reservamos para noches consecutivas todos ellos según disponibilidad y siempre en el último turno de las 9 de la noche, a excepción del Haiku que desplazamos a las 20:30 ya que ese día a las 22:00 tiene lugar en el teatro un espectáculo que nos interesa. Las reservas se realizan correctamente, pero lo que no funciona esta vez es la impresora y nos indican que harán llegar los resguardos a nuestra habitación en cuanto se repare.

Y ahora sí. Tras idas y venidas, conserjes y recepcionistas, desayunos y charlas de excursiones, empezamos a disfrutar de lo que hemos venido a hacer. Vámonos al Caribe.

El paseo desde las villas hasta la playa pasa por la piscina principal. En apenas unos metros, pisamos arena y vemos como la realidad se ajusta a las experiencias de otros viajeros que habíamos leído en la red: a mano derecha la playa parece algo más poblada de rocas, mientras que a mano izquierda, junto al resto de instalaciones del hotel, se extiende una larga orilla bañada por el sol y acompañada de esas aguas de color azul turquesa tan características. A pocos metros, cerca de un campo de voleibol, empieza la colección de tumbonas más que suficiente para que nunca falte un sitio en el que instalarse.

Los camareros pasan con una frecuencia regular, y a veces se les echa en falta ya que no hay ningún bar cercano como sí ocurría en la Playa La Jarra del Grand Palladium. Por ahora, y contra pronóstico, los mosquitos parecen no haberse enterado de nuestra llegada. Dado que la línea de mar pertenece al gobierno y no a los hoteles, aquí sí es libre de llegar cualquiera y vemos alguna familia con niños pese a estar junto a un hotel solo para adultos. Afortunadamente, por ahora parecen comportarse y no consiguen acallar el sonido de un oleaje que viene pegando fuerte desde el este.

A los pocos minutos de estar tumbados inauguramos la temporada de combinados con un daiquiri de plátano para cada uno. La segunda tanda sería de un San Francisco (combinado de frutas sin alcohol) para ella y un Baileys granizado, fijo en la colección, para un servidor. Uno de los animadores de Star, el departamento encargado de la animación del hotel, está reclutando a gente para un partido de voley playa y consigue convocar a más de 10 personas para un terreno de dimensiones no muy grandes, por lo que desde nuestra tumbona solo nos queda admirar el caos de gente cayendo y rebozándose en la arena.

Bautizados ya en las agitadas aguas del mar llega el turno de tantear la piscina principal del hotel. Ésta, de dimensiones considerables, se encuentra limitada por un lado por el buffet Bellavista y por el otro por el buffet La Brisa (solo abierto para las comidas) y la citada playa. En su larga extensión encontramos dos fuentes, cuatro jacuzzis de agua caliente, y un bar al nivel del agua en su zona media. En uno de los extremos de la piscina hay instaladas dos canastas y sendas pelotas de baloncesto.

Aquí también tiene su momento el personal de animación. Alrededor de las 11 de la mañana, instalan un altavoz y sobre la música de discoteca empiezan a presentar el concurso de hoy, que consiste en conseguir atravesar una diana con una pelota de tenis con la ayuda de una raqueta. Pese a estar en el lateral opuesto de dónde se concursa, casi me llevo un pelotazo que me hace tirar al suelo el cuadernillo en el que tomo notas para el diario. Cada concursante se va presentando y predominan los estadounidenses, pero no por mucho. Entre el resto de canadienses y mejicanos se cuelan un par de europeos, una chica belga y otra española. Finalmente gana un canadiense que se lleva una gorra y una camiseta de Iberostar.

Se acerca el mediodía y volvemos a la habitación para hacer la primera llamada con Skype. Conectados a la red por cable, la conexión va fina y pongo al día a mis padres sin problemas. Tiene su gracia que cuando solo nos separan un puñado de kilómetros hablo con ellos un par de veces por semana, pero cuando más lejos me voy suelo llamarles a diario. Al fin y al cabo, es cuando hay algo que contar.

Aprovechando el momento nos cambiamos el bañador por uno seco. Aunque a los buffet de mediodía se puede acceder con ropa de baño y sandalias (no así en los restaurantes), si se requiere que uno no se siente en los cojines chorreando tras haberse dado un baño.

Ya que hemos desayunado en Bellavista, para nuestra primera comida nos decantamos por La Brisa, que tiene una amplia cristalera con vistas al mar. A nuestra entrada nos recibe una densa nube de humo desde las cocinas. La estancia es más pequeña de lo esperada y no excesivamente variada en cuanto a gastronomía, aunque nadie se quedará con hambre viniendo aquí. Nos prometemos no dar más de dos viajes a las mesas de buffet, evitar el tipo de comida que hayamos reservado para la cena, y no hincharnos como abuelos del Imserso con tal de llegar a la noche con algo de apetito. Lo mejor de la comida resultan ser los helados de postre, siempre con tres sabores a elegir (hoy tocaba café, vainilla y fresa) y cremosos como ninguno.

Estrenadas la playa y la piscina principal, es turno ahora de visitar la piscina secundaria, bautizada como Tranquility Pool. Unas señales más escondidas de lo que deberían nos indican que entramos en una zona donde se exige silencio, ya que se trata de una piscina disponible para aquellos huéspedes que quieran huir del alboroto y animación de la piscina principal, y así poder echar una siesta o leer sin distracciones. El lugar es, simplemente, maravilloso. Rodeados en dos de los laterales por las terrazas de las habitaciones (incluida la nuestra), el ambiente es efectivamente tranquilo, silencioso, y por ahora la gente es respetuosa con las normas. La camarera, que a la postre resultaría ser nuestra Empleada del Mes particular, se llama Mirna y nos visita cada 10 minutos siempre con una sonrisa en la cara. Los dos jacuzzi en los extremos de la piscina son de agua caliente, muy caliente, hasta los 34 grados centígrados.

En nuestra siguiente parada por la habitación descubrimos que, al fin y tras haberlo pedido al servicio de habitaciones, tenemos un abridor para los botellines de cerveza del mueble bar. Éste, sin embargo, sigue sin estar rellenado desde nuestra llegada. Pequeños detalles sin importancia, pero en los que uno no espera tener que insistir en un hotel supuestamente "tope de gama". El mueble bar trae de serie una variedad de cervezas (Sol, XX, Coors Light), refrescos, agua embotellada, zumos y botellitas de alcohol (tequila, ginebra, ron y vodka). Aprovechamos la llamada al mayordomo para indicarle que nuestra prioridad es tener Coca-Cola Light y Coors Light (cerveza americana que no es que sea baja en calorías, si no más ligera).

Pasamos a la última casilla que tachar en nuestro día de estrenos: el Spa. Pese a que el complejo Playa Paraíso tiene ya un Spa para todos sus huéspedes (disponible cerca del Paraíso Maya, junto a un supuesto centro comercial), los clientes del Grand Paraíso tienen sus propias instalaciones de balneario. Me atrevería a decir que éste es el principal argumento a favor del hotel respecto a The Royal Suites Yucatán: que hay mucho más surtido de instalaciones exclusivas para los huéspedes del solo adultos. En el caso del Grand Palladium solo una piscina y la recepción eran exclusivas, pero tanto el spa como las demás piscinas eran ya compartidas con el resto de huéspedes.

El spa tiene dos entradas: una directa a la piscina climatizada y otra que pasa por recepción. Ya que es nuestra primera visita, utilizamos la entrada principal y nos presentamos, por si debemos conocer alguna información antes de usar las instalaciones. Todo lo que conseguimos es un libro con los servicios de masajes y tratamientos de pago, el cual despachamos rápido tras una lectura rápida.

La instalación consiste en una piscina de tamaño medio con el agua templada, dos jacuzzis de agua muy caliente, un bar de zumos junto a la piscina, un gimnasio bastante completo e instalaciones de sauna seca y de vapor en cada vestuario y, por lo tanto, separadas para cada sexo. También junto al agua se disponen unas cuantas bicicletas de spinning. La piscina cuenta en los laterales con los clásicos chorros a presión para darse un masaje mientras te bañas.

Muy poca gente en las tumbonas a nuestra llegada, lo cual sería el caso habitual durante toda nuestra estancia. Nos recibe un hilo musical relajante. Tras un baño me voy por mi cuenta a las saunas (en nuestro caso no importa que no sean unisex, ya que a L no le apasionan) y tras 5 minutos en la de vapor, la sauna seca me deja para el arrastre. Y casi me sale cara la excursión: al salir del vestuario, la puerta da un último empujón fuerte para cerrarse y casi me lleva por delante la mano con la que intentaba acompañarla. La herida parece más grave de lo que es.

Todavía durante nuestra visita se inicia la clase de spinning, en la que el miembro de Star encargado de impartirla apenas tiene un par de alumnos: una mujer entrada en años y un hombre con aspecto de ser habitual en los gimnasios.

Cuando cruzamos de nuevo la puerta con el 7252 inscrito detectamos que el personal parece haberse espabilado: nos espera un sobrecito con los resguardos al fin impresos de nuestras reservas de cena, y el mueble bar ya está rellenado como esperábamos.

L consulta su correo... y vuelve a sumarse un tanto. La jefa de recepción se disculpa por no haber atendido nuestras preferencias y nos ofrece una mejora para mañana. Nos indica que vayamos a recepción para conocer los detalles. Tras hacerlo acordamos que mañana a las 15:00 iremos a visitar la habitación que nos ofrecen, que se encuentra en la planta superior y encarada hacia el este, es decir, hacia el mar. Se trata de las Ocean View Suite por las que nos pedían 50 dólares adicionales por noche. Ya que estamos en recepción consultamos el precio al que podemos cambiar divisas en el propio hotel: 16,5 pesos por euro. Un cambio bastante decente, mejor que el de cualquier banco y servicios de cambio oficiales.

Partiendo de la recepción, recorremos esta vez sin la compañía del botones las instalaciones comunes que hay en el hotel. Tenemos junto a la entrada el Mirador Bar, con mesas y sofás acompañando a una barra bien surtida de bebidas con dos camareras yendo y viniendo. Avanzando encontramos la plaza que preside el edificio, con plantas y una gran fuente central así como un gran mosaico pintado en el techo. A mano izquierda según entramos, encontramos tiendas de variedades, una pequeña biblioteca y una sala de billar, entre otros. A mano derecha tenemos la sala reservada para touroperadoras, las duchas de cortesía para utilizar en el día de nuestra salida y uno de los cuatro restaurantes, el italiano.

Volvemos al que presumiblemente será nuestro cuarto solo hasta mañana. Con tiempo de sobra hasta la hora de cenar, nos refrescamos con una ducha y reservamos un hueco para ver el penúltimo capítulo de la segunda temporada de Game of Thrones. La ansiada batalla del Aguasnegras.

Ya vestidos convenientemente (a los caballeros se les exige pantalón largo y no llevar sandalias) llegamos al Toni's Surf & Turf con diez minutos de antelación. Tras presentar el resguardo de nuestra reserva nos acompañan desde el atril hasta el interior del local, que es más pequeño y acogedor de lo que esperábamos. Es cuanto menos irónico que, en las promociones del hotel, se haga hincapié en que todos los restaurantes tienen vistas al mar. ¿De qué sirven las vistas al mar horas después de que se ponga el sol? Una bonita vista a la más absoluta oscuridad nos acompaña en la pared acristalada del local.

Las formas de los camareros pretenden ser de restaurante de etiqueta. Inclinación sumisa cada vez que se dirigen a ti, guante blanco para servir la comida, fórmulas grabadas a fuego de "Si, señor", "Claro, señor". A mi tanta servidumbre por momentos me incomoda, pero no seré yo quien les haga salir del guión que les ordenan cumplir.

L pide como entrante la crema de marisco y yo me decido por una brocheta de camarón y pollo. Para el plato principal, parece obvio pedir la especialidad de la casa: Mar y Tierra, que trae langosta, filete de res y una guarnición a elegir... en nuestro caso patatas lionesas. Buenísimo todo el plato. En el postre nos traen crujiente de manzana para ella y helado frito para mí, que pone el broche a una cena de notable alto. Para beber un vino tinto y el inevitable ritual de hacerse el entendido catándolo cuando en realidad no se tiene ni puñetera idea. Propina al levantarse, y superada con nota la primera cena de carta.

Queda tiempo para tomar una última copa en el Mirador Bar junto a la recepción. No encontramos el descanso que esperábamos: el teclado que está tocando un empleado suena demasiado alto y en uno de los sofás un poblado grupo de rusos no deja de gritar como universitarios de vacaciones. Descubrimos que junto a las bebidas te sirven un cuenco de palomitas, lo cual provoca destellos en los ojos de L.

No hay tiempo para más. Superado el día de adaptación, a dormir pensando en el mañana.