De Mallorca a la Riviera Maya

27 de mayo de 2012

Empieza esta narración un domingo temprano, muy temprano. Tan temprano como a las 5:30, antes de que salga el sol en Palma de Mallorca. Un desayuno ligero, una buena ducha y una puesta al día de la actualidad en la red preceden a nuestra salida de casa para a las 6:15 tomar el taxi que hemos reservado la noche anterior.

El taxista ofrece conversación, pero la justa deseable a estas horas de la mañana y con un largo día por delante. No tuvimos la misma suerte en nuestro viaje anterior, con un ex-sindicalista que pasó los 15 minutos de trayecto hablando de su trayectoria sin siquiera preguntar hacia qué ciudad volábamos. El recorrido nos cuesta 25€, suplementos incluidos.

Nuestro viaje pasa por una escala que nos lleve a Madrid como paso previo a cruzar el Atlántico. Esta primera escala está operada por Air Europa, mientras que el vuelo principal corre a cargo de Orbest. Ya en el mostrador de facturación de Son Sant Joan, la azafata nos indica que solo puede darnos en este momento las tarjetas de embarque para el primer tramo del viaje, teniendo que conseguir las del vuelo Madrid - Cancún en el Aeropuerto de Barajas. El equipaje, una maleta de tamaño estándar y una bolsa de deporte, viajan sin embargo directos hasta la ciudad mejicana. El vuelo a la capital transcurre con total normalidad. Son algo menos de las 10:00 cuando aterrizamos en la Terminal 2 de Barajas.

Toca ahora desplazarnos hacia la Terminal 1, en la que tienen lugar parte de las salidas internacionales. Intentamos hacerlo sin salir a las áreas públicas del aeropuerto, pero resulta complicado y el personal de información no ayuda demasiado. Finalmente optamos por salir a la zona pública todavía en la T2 para entonces seguir las, esta vez si, señales que nos indican el camino a seguir para el cambio de terminal.

Cuando alcanzamos los mostradores de facturación de Orbest nos informan de que nuestro vuelo no se abre hasta las 11:00, con todavía una hora por delante. Turno de salir al sol de Madrid y hacer una primera visita a los bocadillos de tortilla que nos acompañan en las mochilas.

Se abre la veda de la facturación. Cuando reentramos en la terminal, unas 20 personas ya hacen cola ante el mostrador. Somos los únicos de la fila que vamos únicamente acompañados de equipaje de mano, y supongo que ese es el motivo de algunas miradas extrañadas. Por ahora no se prevén niños en el pasaje, pero si muchísimas parejas con todo el aspecto de iniciar su luna de miel.

Llega nuestro turno y nuestras tarjetas de embarque se emiten sin problema. Traemos los asientos ya asignados de casa, previo pago de 9,90€ por persona y trayecto. Días después de tramitarlo el precio había ascendido a 14,90€, sin carácter retroactivo. No está la cosa tan clara con el equipaje, que al informar a la azafata de que ya ha sido facturado hacia Cancún desde Mallorca le provoca algunos quebraderos de cabeza con el sistema informático. Nos asegura en todo caso que nuestro equipaje llegará sin problemas a Cancún, pero ya nos mete el miedo en el cuerpo.

Pasamos ya el arco de seguridad con la convicción de que Elena, una amiga virtual con la que teníamos la esperanza de encontrarnos por primera vez, finalmente no va a poder reservarnos un hueco durante la mañana. Móvil en mano veo que el Atlético Baleares pierde 1 a 2 con el Mirandés y por ahora no ascenderá a Segunda División.

Según avanzamos por el interior de Barajas encontramos dos oficinas de cambio puerta con puerta. En la primera nos ofrecen un cambio de euros a pesos a razón de 15 pesos por euro. En la segunda, la oferta asciende a 16 pesos por euro, así que resulta la opción vencedora en la que cambiar unos pocos euros que irán destinados a propinas. El cambio oficial en ese momento era de 17 pesos por euro, céntimo arriba céntimo abajo.

Nos quedan por delante unas 3 horas de espera para nuestro vuelo, las cuales amenizamos alternando la lectura con el ebook Kindle y, por mi parte, el visionado de un capítulo de Doctor Who con el netbook. Sentado en el suelo, ya que hay que ahorrar batería para el vuelo y el único enchufe disponible en el largo pasillo no tiene un asiento cerca.

Según se acerca la hora y conocemos nuestra puerta de embarque, descubrimos que prácticamente a la misma hora y en puertas cercanas salen sendos vuelos a Ciudad de Méjico y Caracas. No tarda en provocarse un relativo caos cuando todos los embarques abren casi simultáneamente. Una monstruosa fila alcanza hasta gran parte del pasillo principal, fuera del pequeño anexo donde están las puertas de embarque. Evidentemente, dicha fila está formada mucho antes de que los embarques se abrieran, como es costumbre en este país.

Una jardinera nos lleva hasta el avión de Orbest. Nuestros asientos están en la primera fila, junto a la ventana derecha. Puede que haya dos o tres niños en todo el avión... y uno de ellos tiene que tocarnos justo detrás. Portugués, para más señas.

El despegue se realiza de forma puntual. Una pregunta tonta, ¿por qué la gente tiene la costumbre de aplaudir en el aterrizaje y no hacerlo durante la elevación? Tan absurda me parece una cosa como la otra.

El espacio disponible no mejora demasiado por estar en primera fila, ya que a poca distancia de los asientos tenemos un separador con la zona de abastecimiento del personal de vuelo. Entre otras características propias de low-cost, las compañías aéreas españolas tienen la costumbre de racanear bastante con el espacio entre asientos incluso para vuelos intercontinentales. Anuncian por megafonía las dos películas que se proyectarán en las pantallas comunes: In Time y Hugo. Las dos vistas, habrá que tirar de portátil.

No pasa demasiado tiempo cuando nos sirven la primera comida, que resulta ser lasaña boloñesa, una pequeña ensaladilla rusa (entendiendo por pequeña un tenedor y medio), un bollo de pan y un bizcocho de chocolate para el posterior café. Calidad... pues de avión, que suele ser sinónimo de normal tirando a mala salvo honrosas excepciones como la compañía Swiss. El café, aún siendo también un arma de destrucción masiva, podría haber sido peor. Como curiosidad, si pides para beber un refresco o un zumo te sirven el típico vaso diminuto, pero si pides una cerveza te llevas de premio la lata entera. En este caso, una Estrella Damm.

Para mi desgracia, las compañías aéreas siguen con su manía de emitir gags de Just For Laughs en los monitores. Ese lamentable programa británico a medio camino entre Videos de Primera y Benny Hill, que incluso sin sonido me hace sentir vergüenza ajena.

Comienza la proyección de In Time. Además de la relativa calidad de la cinta, la versión a bordo está censurada, imagino que para que pase a la calificación de apta para todos los públicos. Así que cuando un personaje encara a otro con un arma de fuego, la secuencia sufre un corte y de repente la víctima perece en el suelo y debemos imaginar de dónde ha salido la bala. Las pocas escenas subidas de tono de la película también están obviamente cortadas.

Antes de empezar con la película pasan a venderte unos auriculares de baratillo por el módico precio de 3 euros. Auriculares que, por otra parte, son bastante inútiles en una cabina de avión, ya que no aíslan el ruido externo y éste suele ser más elevado que el volumen máximo que permite el sistema de sonido. Yo en cambio, saco mis auriculares intrauriculares marca Carrefour que me costaron 3,90€ y paso a ver un capítulo de Doctor Who en mi portátil sin ningún problema.

Se anuncia por megafonía que, dada la extensa duración del viaje, se proyectarán dos películas más de añadido a las anunciadas. Y lo anuncian como si dicha duración fuera una sorpresa, como si creyeran antes de despegar que de Madrid a Cancún se llega con medio depósito. Las películas en cuestión son el remake de Superagente 86 y una cinta protagonizada por Adam Sandler que, evidentemente, es otro bodrio.

Pasan las horas y nos dan una cajita de cartón con algo parecido a una merienda. En el interior encontramos un sándwich y un sobao. Recuerdo los helados, porciones de pizza y chocolatinas de Swiss y una lágrima recorre mi mejilla.

Que a estas alturas no haya dicho nada sobre el niño portugués no quiere decir que no esté presente en mis oraciones. Y sus padres también. El chiquitín resulta ser un Robert Arryn en potencia (aviso, estoy leyendo Canción de Hielo y Fuego y las referencias serán numerosas) y nos da el viaje en forma de gritos, golpes y demás molestias provocadas por unos padres indulgentes que incluso le han traído cochecitos de juguete para que se explaye con ellos sobre la mesita que, casualmente, está anclada a nuestros asientos. Resulta imposible leer o intentar dormir con tal terremoto justo detrás, así que las dos últimas horas de vuelo se hacen eternas.

Una densa capa de nubes con probablemente lluvia bajo ellas nos da la bienvenida a la superficie de Cancún. Los pocos claros dejan ver la densa vegetación de la zona. Cuando el avión toma tierra, esta vez si, pasamos por el ritual de los aplausos.

Todavía nos quedan varios trámites dentro de la terminal antes de toparnos con el clima caribeño. El primero de ellos el control de inmigración, en el que entregar el formulario que hemos rellenado a bordo con datos sobre nuestro viaje, y que previamente ya han revisado mínimamente nada más salir del finger que nos sacó del avión. El control, al contrario que al pisar suelo estadounidense, pasa rápido y sin ninguna pregunta "de manual" cuya respuesta sea recomendable traer preparada para evitar problemas.

Llegamos a la cinta de equipaje y comienzan nuestros nervios particulares dada la poca confianza que nos dio el personal de Orbest en Madrid. Las maletas van saliendo, la gente va recogiéndolas y marchándose... y en uno de los últimos lotes, aparece nuestra carga. Respiramos muy aliviados y enfilamos el camino hacia el control de aduanas.

Este último control en Cancún, y desconozco si en el resto de Méjico, tiene la peculiaridad de basarse en un pulsador aleatorio. El pasajero lo oprime y se ilumina al azar una luz roja o verde. Si es verde, recoge su bolsa y sale por fin de la terminal. Si es roja, se procede a una inspección manual del contenido del equipaje. Aunque parezca increíble dado el precedente en el que a L una chica le dedicó un grito de "¡Rojito!", esta vez los dos pasamos en verde y nos ahorramos el trance.

En el último tramo de aeropuerto, así como en las mediaciones del exterior de la puerta, nos esperan ya los comerciales de compañías de transporte varias ofreciéndose a llevarnos. No creo que les valga mucho la pena, a sabiendas de que casi todos los que llegamos lo hacemos mediante operadora y por lo tanto tenemos un autocar esperándonos. También nos cruzamos con un mostrador de cambio de divisa que por un euro ofrece... ¡13 pesos! 4 pesos por debajo del cambio oficial.

Llegamos al portador del portafolio con la leyenda "Iberojet" y empezamos a recibir la célebre (y pagada) amabilidad mejicana. Nos pregunta el hotel de destino y nos señala cuál es nuestro autocar. Por lo que podemos intuir en su papel, parece que somos los únicos que bajarán en el Grand Hotel Paraíso.

Tras una breve espera en la que familiarizarnos con la humedad, el calor y algún mosquito intruso, el autocar arranca y a los pocos minutos el guía inicia la clásica charla de introducción. No se olvida de los típicos temas de la seguridad, la presentación que tendrá lugar mañana, etc., pero resulta algo menos tedioso que la mujer que hizo lo propio en nuestro viaje de hace 2 años con Travelplan.

Tras haber esperado más de una hora para alcanzar nuestro hotel en el viaje anterior, los escasos 30 minutos que transcurren hasta que el guía anuncia "Grand Paraíso" se nos antojan muy cortos. Aunque ya nos lo esperábamos: mientras que el Grand Palladium está más allá de Playa del Carmen y casi a la misma distancia de ésta que de Tulum, el complejo de Iberostar se encuentra mucho antes del núcleo urbano, por lo que la distancia desde el aeropuerto es mucho menor. Cuando, tal y como preveíamos, somos los únicos en levantarnos de nuestro asiento, oigo por detrás un cariñoso "qué cabrones". Quedará en el misterio si por ser los primeros en llegar, o por el nivel del hotel.

La recepción del Iberostar Grand Hotel Paraíso (Grand Paraíso a partir de ahora, para abreviar) nos espera. El recepcionista nos recibe con buenas palabras, y una bandeja con sendas copas de champagne y cócteles San Francisco. Vemos pasar por el bar más cercano a los primeros mariachis.

Tras la introducción al complejo y obtener nuestras pulseras transparentes, el botones recoge nuestro equipaje y nos lleva de paseo... a pie, lo cual ya supone una diferencia con The Royal Suites. En este caso las villas no son exteriores separadas por caminos y césped, si no que son grandes edificios sobrecargados de decoración y conectados interiormente (salvo en el caso de ciertos tipos de habitación de los que ya hablaré en su momento). Durante el paseo nos va señalando algunas áreas comunes, como el bar musical, el teatro o los restaurantes.

Llegamos a la habitación y el botones se despide tras recibir de propina 20 pesos por maleta. Al contrario que con Joshua en The Royal Suites, éste no se queda en pie esperando con una sonrisa nerviosa a que "aflojemos la mosca", si no que prácticamente ya se despedía cuando tengo que extender el brazo para que recoja la propina.

Aún a riesgo de parecer unos adictos enfermos (que lo somos), una de las primeras cosas que comprobamos es el acceso a Internet. Encontramos una red inalámbrica, pero ni los teléfonos ni el portátil son capaces de conectar a ella. Tras una primera llamada al mayordomo, nos informa de que el acceso desde las habitaciones es exclusivamente mediante cable y se ofrece a traernos uno, lo cuál no es necesario porque ya venía preparado para la ocasión.

Como es costumbre a la llegada a un hotel de la Riviera Maya, se ha hecho muy tarde (alrededor de las 22:00) y estamos exhaustos, así que preferimos pedir la cena al servicio de habitaciones antes que bajar a un buffet. Pedimos dos ensaladas césar. que resultan ser bastante escasas, apenas dos grandes hojas de lechuga con un puñado de picatostes y bañadas por salsa y una (¡solo una!) anchoa. Afortunadamente en la habitación nos esperaban dos bolsas de patatilla con las que completar el festín.

El cansancio no da para mucho más, así que tras apenas descubrir que el televisor de la habitación es de tubo y que la terraza tiene vistas a la "piscina tranquila", sacamos el pijama de nuestro equipaje y probamos las mieles de una cama que resulta ser tan grande como cómoda. Y es muy grande.

Son ya pasadas las 23:00, y en un día normal estaríamos a escasos minutos de levantarnos para empezar nuestra semana laboral. Pero no, estamos en la Riviera Maya y solo necesitamos recuperar un poco las fuerzas para empezar a disfrutarla. Mañana será otro día.